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Vivía en una ciudad lejana, extraña para mí, en un internado para mujeres, regido por monjas severísimas y sin un hálito de esperanza para mí.En el internado compartía habitación con Patricia, una buena amiga que conocí allí y que había vivido en Ciudad Real. Paty, que es como cariñosamente la llamábamos, estaba muy desarrollada para tener diecisiete años. Las dos conseguíamos sacar dulces de las cocinas sin que las monjas lo advirtieran. Nos unió nuestro gusto por lo prohibido. Me acuerdo de lo bien que imitaba a sor Lucía una vieja y gorda monja gruñona.
Los viernes por la tarde hacíamos las maletas y nos arreglábamos para pasar el fin de semana con nuestras familias. Mi madre me recibía cada vez con más cariño porque notaba que en el internado estaba madurando y convirtiéndome en una señorita. Una de esas tardes, Paty se estaba peinando con vigilante cuidado delante del espejo de nuestra habitación. Llevaba puesta la falda plisada del uniforme y todavía no se había puesto la camisa- Sólo llevaba puesto el sujetador y estaba preciosa.
Paty se dió cuenta que me había quedado paralizada detrás suyo mirando su imagen en el espejo. Sonrió y continuó cepillándose con una mano mientras que con la otra liberaba sus pechos de la prisión del sujetador. Me acerqué poco a poco oyendo sólo sus gemidos y el ruido de mis zapatos y mi respiración. Mis manos empezaron a seguir a las suyas, recorriendo sus duros pezones. A mis dedos, siguió mi lengua y las faldas cayeron al suelo. Nuestras bocas se unieron mientras caíamos en la cama. No sé si su sexo sabía a cielo, lo único que sé es que yo lo llegué a tocar gracias al calor de su lengua, gracias a sus besos, gracias al amor que profesaba por ella.
Así, mi amiga empezó a besarme lentamente, deteniendo su mojada lengua en mi húmedo clítoris una y otra vez obligándome a gritar que no parara, a cerrar los ojos de placer. No tardé mucho en alcanzar el orgasmo, mi primer orgasmo con ella y me acerqué a ella y la besé tiernamente. Después empecé a chuparle sus pezones, con suavidad y determinación mientras que con la otra mano le acariciaba el coño. Cuando estaba mojada al máximo recorrí con la lengua todo su cuerpo, parándome en el ombligo un buen rato. Ahora era ella la que gritaba compasión y pasé a comerme su clítoris hasta que Paty gritó que se corría.
De repente, un ruido. Unos pasos. Alguien detrás de la puerta. Pese a estar cerrada con llave, la monja de guardia tiene la llave maestra. Abre. Se queda parada. Sin saber qué hacer o decir. Vacila.
Entonces se oyó un grito. Fuimos expulsadas. Mis padres me lo hicieron pasar muy mal pero Paty siempre estuvo allí, apoyándome y brindándome besos cuando los necesitaba. Al final, lo nuestro acabó como se acaban las cosas. Nunca llegué a comprender cómo pudo haber pasado pero sí que sé que cuando lo recuerdo, no es con tristeza sino con una gran alegría.
por Ariak
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