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Hace algunos meses, mi mujer y yo fuimos de vacaciones a Jamaica para celebrar nuestro aniversario de boda. María es una morenita muy mona, de estatura media. Tiene las tetas aún firmes, los pezones puntiagudos y un trasero fantástico que atrae las miradas, sobre todo masculinas, claro. Me considero afortunado de ser su marido. Aunque le cuesta entablar nuevas amistades porque es tímida, una vez que coge confianza, resulta abierta e incluso algo coqueta con nuestros conocidos. Sin embargo, nunca había sospechado lo cerca que puede estar uno de ser coronado con un buen par de cuernos. Para mí esa hipótesis era poco probable por no decir imposible, y más conociendo a mi mujer. Pero este viaje me demostró lo equivocado que estaba.Nos alojamos en un complejo turístico donde todo está preparado para que los huéspedes no se aburran ni un instante. No tardamos en conocer a bastante gente. Inmersos en aquel ambiente festivo, algunos hombres entablaron conversación con María e incluso hicieron tentativas de intimar, pero no me preocupé demasiado. Además también había mujeres que me resultaban muy pero que muy interesantes.
Conocimos, entre otros, a nuestros vecinos de apartamento Nancy y Teddy, una pareja de norteamericanos de lo más típico. Muy altos y muy rubios los dos, con un español de culebrón mexicano muy divertido. Nancy era muy extrovertida y alegre. Pero sobre todo tenía unos pechos asomándose por el generoso escote que parecían estar diciendo ¡cómeme! . Bailé con ella en el centro de la pista mientras mi mujer, que estaba estupenda esa noche, era a su vez el centro de atención al otro lado de la sala. Bailamos muy juntos, sensualmente. La tía era una provocadora, y cuando me refregó las tetas por segunda vez supe que aquello no era casualidad.
Aquella noche follamos igual que salvajes. María estaba como loca. Pocas veces la había visto así... insaciable. Y me pregunté si tanta pasión era debida a que estaba en su momento hormonal sexualmente óptimo, o si por el contrario las atenciones que le habían dispensado a lo largo del día tendrían que ver con su excitación.
Al día siguiente teníamos que ir a una excursión. Prometía ser divertida. Nos iban a llevar a una hermosa y apartada calita donde quien quisiera podría hacer topless tranquilamente, e incluso nudismo los más osados. Pero el autobús partía temprano y María estaba muy cansada por todo lo del día anterior. Le apetecía seguir durmiendo. Yo, en cambio, no podía dejar de pensar en que me iba a perder el cuerpo, quizás totalmente desnudo, de la potente americana. Tras discutirlo brevemente me dijo:
- mira, haz lo que te salga de los huevos. Nos vemos por la tarde -, se dio la vuelta y se puso a dormir otra vez.
Y los dioses parecían estar de mi lado. Me encontré a Nancy en la recepción y le pregunté si venía a la excursión. Al principio no le pareció una buena idea ya que no habían venido a la isla totalmente por placer. Su marido se encontraba en la capital encargándose de unos negocietes. Pero tras mostrar duda por unos instantes, aquel hermoso rostro empezó a relucir con una sonrisa encantadora.
- OK Le dejaré una nota - dijo simplemente.
No me di cuenta si el trayecto fue largo o corto. Ni siquiera me enteré de todo lo que decía. Sólo sé que estaba embobado, mirando esa carita y ese cuerpo de cine de arriba a abajo mientras ella hablaba y hablaba en su simpática mezcla de mexicano e inglés.
Para remate ella fue una de las que sí se quitó la parte de arriba del bikini. ¡Dios..., que buena estaba la tía! No estaba acostumbrada y le daba un poco de vergüenza, pero se le pasó bien pronto. Estuvimos tumbados en la arena un buen rato y me contó que ella era de un Estado muy mojigato en lo referente al sexo, y aquí se sentía libre para dar rienda suelta a sus fantasías. Y justo en aquel preciso instante, la naturaleza me jugó una mala pasada. Sentí ganas de cagar. Me disculpé y tras hacerme de unos klínex me fui en busca de un lugar adecuado para tal menester.
A la vuelta, a medida que me iba acercando, oía bastante alboroto de risas y chillidos. Distinguí a Nancy, riendo y coqueteando con otro, un ejecutivo alemán alto y atractivo que nos presentaron también la noche anterior. ¡Joder...! Uno de los monitores anunció en el camino que habría algunos concursos y actividades antes de comer. Parece ser que ahora estaban organizando el primero. La gente se agolpó a su alrededor y éste explicó que la prueba se disputaría por parejas mixtas y consistiría en que los hombres se vistieran con el traje de baño de la mujer y viceversa. Ganaría la pareja que lo hiciera más rápido.
Nancy y el alemán se emparejaron de inmediato y cuando se inició el concurso se quedaron en pelotas en un abrir y cerrar de ojos. El Alemán tenía una polla bastante grande. Los pezones de Nancy estaban muy duros cuando se despojó de su única prenda, la parte inferior de su bikini.
Observar el concurso fue divertido y excitante, porque los hombres apenas podían meter el instrumento y la caja de herramientas en las diminutas braguitas femeninas. Las chicas trataban de colaborar, pero eso dificultaba su tarea. Nancy intentó esconder el impresionante miembro del alemán en sus bragas, sin conseguirlo, pero me pareció observar que aprovechaba la coyuntura para darle unos cuantos meneos y comprobar su estado de erección.
Siguieron otras actividades, como carreras a tres pies, etc... pero para entonces yo ya estaba bastante mosqueado y aburrido y les dije a los monitores que me largaba. Intentaron retenerme, pero yo estaba decidido.
Salí a la carretera e intenté hacer auto-stop. Un buen rato después un simpático nativo me recogió en su camioneta.
Llegué a mi edificio rendido. Subí las escaleras lenta y cansinamente. A mitad de camino me di cuenta de había ascensor, y tras darme un par de chocazos contra la pared, por imbécil, abrí la puerta y pulsé el botón de mi planta.
Encontré la puerta de mi apartamento ligeramente abierta. Entré sin hacer ruido. En la terraza estaban mi mujer, tendida en la tumbona, y Teddy, el marido de Nancy, apoyado en la barandilla. El americano llevaba un apretado tanga, y ella un reducido bikini. María estaba tomando el sol boca arriba, en una postura muy sexy con las dos manos tras su nuca, exhibiendo claramente sus encantos a nuestro vecino, el cual lucía ya un abultado paquete. Estaban charlando divertidamente y tomando una copa. Mi mujercita no había estado perdiendo el tiempo... No voy a negar que estaba un poco celoso, pero tenía más curiosidad que otra cosa. Me escondí tras la cortina del dormitorio, cuya ventana daba a la terraza, para observar a través del tejido sin ser visto.
- Es una pena... - decía Teddy. - Si tomáramos el sol sin ropa tendríamos color lindo en todo el cuerpo... -
Mi mujer miró al americano con una sonrisa de niña traviesa. Noté el incremento de mi pulso.
-¿Sabes...?, creo que tienes razón, Teddy -
- ¿Te atreves...?- la desafió el jodido yanqui. Mi mujer soltó una picara risita, y acto seguido María se echo mano al sujetador sensualmente. Despacito como en un strip-tease se lo fue quitando.
-Tarara tararaaa... - canturreaba poniéndole banda sonora a su actuación. Primero se lo desabrochó de atrás, quedando su espalda totalmente desnuda y las tiras colgando. Con las manos sostenía ahora las copas del sujetador con su precioso cargamento dentro, y con gracia lo fue retirando suavemente a un lado mientras su mano derecha lo iba sustituyendo. Teatralmente lanzó el sostén a una silla cercana mientras quedaba en una bella pose, con un brazo extendido al aire y el otro ocultando sus pezones.
-¡Tachaaan... ! Cantó María triunfalmente. Extendió por fin la otra mano al aire quedando así sus dos hermosos senos al descubierto.
- ¡Bravo..., bravo...! - aplaudió Teddy. Luego se quitaron la parte de abajo y se dispusieron a tomar el sol como sus madres los trajeron al mundo. Y mientras los dos reían, yo empecé a notar cierta actividad en mis genitales. Sí, me estaba poniendo caliente. No me pude reprimir. Bajé ligeramente mis bermudas y le eché mano al rabo.
Después quedaron los dos en silencio. Durante un buen rato, con disimulo al principio, se limitaron a recorrer sus atractivos cuerpos con la mirada. El americano, echado en su tumbona, devoraba ya el cuerpo de mi mujer sin ningún disimulo mientras ella tomaba el sol plácidamente. Me pregunté si mi mujer sería capaz de aprovechar mi ausencia para ligar, cosa que dudaba, porque hasta entonces no me había sido infiel, o por lo menos eso creía yo. ¡Que coqueta..., por un momento me había asustado...!, pensé que mi María iba a traicionarme en directo mientras yo me la pelaba. La idea me excitó. Era algo que nunca había probado y que como fantasía sexual me parecía genial, pero como realidad resultaba preocupante.
De pronto, María le pidió a Teddy que le pusiera más crema protectora. Se tumbó boca abajo y empecé a masturbarme sin perderme ni un detalle.
Teddy le extendía la crema con ambas manos por la espalda colocándose a horcajadas sobre ella. Pasó por los glúteos y siguió hasta las pantorrillas, volviendo luego a ascender lentamente hacia los muslos, esta vez con otras intenciones.
Cuando se acercó al punto neurálgico, María separó las piernas. El corazón me latía como un martillo. Debido a la excitación, al temor, o quizá a las dos cosas juntas. Hasta yo veía el brillo de sus labios vaginales sobresaliendo de su densa selva púbica, signo evidente de buena disposición ante aquel extraño.
Teddy invirtió algunos minutos en acariciarle los muslos y las nalgas, pero gracias a Dios no le tocó el sexo. En varias ocasiones le rozó la raja del culo con el dedo mojado de crema.
El atractivo americano masajeaba el cuerpo de mi esposa. Sus dedos se daban un banquete con la carne de mi María. Su polla morcillona y ya semierecta cayó pesadamente sobre los glúteos de mi mujer.
- ¡Eh...!¿qué ha sido eso...? - dijo ella entre inocente y divertida. Él se limitó a sonreír y replicó:
- María, tienes un cuerpo espléndido.
Transcurridos unos intensos minutos, Teddy, mientras se empleaba sobre los hombros de mi mujer, le preguntó dulcemente si quería loción también por delante. María, con timidez, le respondió:
- Mira, Teddy, esto es estupendo..., pero no sé si seré capaz de resistir después de lo que me acabas de hacer. Sabes que soy una mujer casada...
¡Juro que en ese momento me sentí realmente aliviado y orgulloso de mi esposa!. Pero después de unos instantes de duda continuó:
- ... Aunque Juan no está y dijo que me lo pasara lo mejor que pudiera.
Entonces se dio la vuelta y se abrió un poco más de piernas. Cuando Teddy se giró para coger el bote de crema, María se atusó el vello del coñito.
¡Qué hija de puta...! Hasta aquel momento todo había sido, si no inocente, por lo menos hasta cierto punto tolerable por el innegable morbo que me estaba despertando la situación. Pero... ¿cuánto tiempo seguiría siendolo?. Mi absoluta confianza en ella se estaba derrumbando. Por primera vez dudé seriamente que mi mujer fuera capaz de poner freno llegado el momento. No estaba seguro de hasta dónde llegaría mi aguante, pero tampoco pensaba aparecer de pronto y avergonzarlos, al menos todavía. Además, se suponía que yo estaba pasándomelo en grande en una paradisiaca cala, de blanca arena y aguas transparentes, libre de manos y rodeado de bellas féminas en topless... ¿Sería capaz de desoír mucho más la alarma que los celos estaban disparando en mi cerebro para poder seguir disfrutando de tan excitante espectáculo?.
Teddy se colocó a horcajadas sobre el vientre de mi mujer y se dispuso a extenderle la crema por los brazos, realizando aproximaciones a su busto, hasta que empezó a acariciarle las tetas sin más preámbulos. Mientras le aplicaba los masajes, María empezó a sudar. Sus rosados pezones se pusieron más duros que nunca y ella misma se los frotó entre los dedos. Se retorcía de gusto y arqueaba la espalda para que las caricias de Teddy resultaran más intensas.
El tipo se sentó sobre los muslos de ella, de forma que su polla entró en contacto con el clítoris. Durante un par de minutos se quedaron mirándose el uno al otro. Luego María bajó la mirada hacia aquel cipote completamente tieso y comentó:
- Da la impresión de que te está gustando. Nunca había visto un aparato tan grande, ¿cuánto mide exactamente? - El fulano contestó orgulloso que sobrepasaba los 22 centímetros.
Teddy, con renovada pasión, siguió aplicándole la loción en las piernas y los muslos y trazaba con los dedos las líneas que separaban su piel bronceada de la que aún no lo estaba, aunque seguía sin tocar el sexo. Cada vez que parecía que iba a hacerlo, cambiaba la dirección. Me quedé blanco como un cadáver, con la picha marchita en mi mano... ¡Ya está...! ¡Pero qué imbécil soy...! No lo había visto antes, o no lo me había atrevido a verlo..., pero ya estaba dolorosamente claro que el coqueteo y los jueguecitos de seducción habían quedado muy atrás, y a estas alturas la muy zorra no iba a ponerle ningún impedimento... ¡El tío se iba a follar a mi mujer ante mis ojos si yo no salía ahora mismo a impedirlo!
Mientras mi cerebro daba vueltas frenéticamente tratando de encontrar la excusa y la forma adecuada de interrumpirlos, el jodido yanqui aplicó crema en el chumino de mi María, y pasó los dedos por el vello, tirando de los pelos y acariciándole la piel. Si quedaba algún resquicio en mi mente de la fidelidad de mi querida esposa, se estaba esfumando por completo. María cerró los ojos y movió las caderas, arriba y abajo, al ritmo que le marcaban los dedos de su recién estrenado amante. Teddy le hundió un par de ellos en la raja y empezó a menearlos.
Mi mujer le agarró la polla, tratando abarcarla con los dedos, y cuando Teddy procedió a estimularle el clítoris con el pulgar, ella se descontroló. Su cuerpo se retorcía de gusto aunque no dejaba de cascar con fervor la zanahoria de su amigo. Súbitamente gritó y se estremeció con el primero de sus orgasmos.
Lo único que podía hacer ya era echar a correr y de forma precipitada y grosera montarles el numerito. Estaba cegado de celos y de remordimientos... Salí del dormitorio pensando en partirle la cara a la puta de María y pegarle dos buenas patadas en los cojones al yanqui hijo de puta. Realmente disfruté recreando en mi mente la entrada en escena que iba a efectuar. Doblé la esquina y encaré la terraza con los puños crispados y los dientes apretados.
Después de recuperarse, Teddy se inclinó para comerle la almeja. María se fue moviendo hasta colocarse en un sesenta y nueve y trató de meterse en la boca el miembro de Teddy. Lamió como si se tratara del más dulce de los pasteles. Sus labios vaginales estaban rojos e hinchados y el flujo llenaba la cara de Teddy. Y yo allí a metro y medio escaso, delante de ellos, separados por la puerta corredera... Tan absortos y apasionados estaban que no advirtieron mi presencia tras el cristal. Podía sentir el sabor de la venganza por el orgullo herido en mis labios. Estaba allí mismo y podría haberlos matado con mis propias manos...
No lo podía creer, con mis manos apoyadas en la cristalera tenía la escena ante mis ojos, pero no lo podía creer. Y sin embargo, en el último instante, aquella impactante imagen, ver la boca de mi María degustando más que chupando aquel enorme pene mientras el otro enterraba la cara en el sexo de ella, me di cuenta de que el daño ya estaba hecho. Realmente mi sentimiento de culpa era muy superior a mi sed de vengaza. Avergonzado, miserable y totalmente humillado, decidí dejar que mi mujercita se divirtiera por su cuenta. La verdad, no hacía nada que yo no hubiera hecho con Nancy si las malditas circunstancias no lo hubieran estropeado.
Mi anhelante esposa apartó la boca del nabo para suplicar:
- Por favor, Teddy, métemela. Fóllame sin compasión. No dejes de follarme. Lléname el coño. Méteme la verga hasta el fondo...
Ella nunca había utilizado un lenguaje como ése. Siempre le había molestado que yo lo empleara. Chabacano decía. Estaba claro que mi esposa estaba haciendo realidad una oculta fantasía erótica. Decidí que ya me había entrometido demasiado. Tan silenciosamente como entré me dirigí a la puerta. Una vez en el pasillo de las escaleras aspiré profundamente y sentí ganas de gritar. Me mordí el puño con fuerza hasta no soportar más el dolor. Luego, ya más calmado pensé que era demasiado tarde. Pude haberlo impedido en su momento y no me atreví, pero que ya no se podía hacer nada. Intenté encontrar un consuelo. Lo que se me ocurrió fue que me la debía. No sabía cuando, pero en cuanto encontrara la ocasión le pagaría con la misma moneda, ya sin remordimiento alguno. Sí, ya nada se podía hacer, pero al menos podía volver a mi escondite para mirar y averiguar más cosas. Aspiré de nuevo profundamente, tragué saliva, y discretamente volví a mi privilegiado puesto de vigilancia mientras buscaba posibles candidatas entre sus mejores amigas.
Cuando Teddy se colocó los tobillos de María en los hombros, mi mujer se puso como una loca. Empezó rozándole la raja con la polla y eso la llevó al borde del frenesí. Estaba a punto de llorar cuando le suplicó que se la metiera de una vez.
No perdí detalle de como se tiraba a mi mujer. Se la hundió hasta el fondo de una sola embestida. Mientras yo comprobaba cómo desaparecía aquella tranca en el interior de mi mujer, ella gemía:
- Cielos, Teddy, jamás me había corrido con tanta intensidad. Eres el mejor amante que he tenido. Sigue follando, no pares; más, más deprisa, más fuerte.
Para ella era el polvo de su vida y no cesaba de gritar. Yo seguía mirando atónito, convencido de que nunca sería capaz de echarle un polvo igual. Su hermana menor, se merecía que le pusiera los cuernos con su hermana menor.
Al cabo de cinco minutos, Teddy la sacaba ante la desesperación de María, que juntó las piernas.
Arrodillado encima de ella, le pasaba la polla por el coño. Mi mujer no pudo reprimirse y le rogó que le volviera a llenar el agujero. Metió la verga en la húmeda raja hasta hacerla desaparecer por completo de mi vista. María echó la cabeza hacia atrás gimiendo y jadeando.
- Fóllame, fóllame, no se te ocurra parar ahora.
Teddy anunció que estaba a punto de correrse y cuando trató de sacar la polla de la vagina de María para no llenarla de semen, ella empujó hacia arriba con las caderas para que continuara hasta el fondo. Entonces gritó:
- Córrete dentro. Lléname. Vamos, quiero sentir tu semen caliente inundándome el coño. Fóllame, más, más...
María mantuvo la verga metida cuanto pudo, disfrutando de aquellos momentos de relax. Yo no dejaba de pensar en la escena. Una vez satisfechos, y tras recuperar el aliento, fueron al cuarto de baño para lavarse, y yo, en cuanto pude, me apresuré a batirme en retirada.
Más tarde, cuando me encontré con ella, le pregunté que cómo le había ido la tarde. Contestó que aburrida y que había comido demasiado en el restaurante, pero que por lo demás un rollo.
No le tuve en cuenta que mantuviera en secreto su polvo con Teddy, y nuestra actividad sexual durante las vacaciones y al regresar a casa, fue insuperable.
Sin embargo, poco a poco, las cosas volvieron a la rutina de siempre. Sigo a la espera de mi momento.
por Ben Reilly Parker
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