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¿Se han encontrado alguna vez viviendo de pronto una fantasía? ¿Y una fantasía que ni siquiera supieran que tenían? Pues yo sí.Todo empezó hace dos años y medio. Soy ejecutiva de una importante multinacional y tenía que supervisar una importante convención de clientes. El primer día de reuniones organizamos un buffet de presentación. Todos los participantes habían sido invitados y la mayoría de ellos asistieron al acto.
Fue allí donde conocí a Charles Steven, uno de nuestros mejores clientes en el extranjero. Además de ser muy rico, era guapo y poderoso, unas cualidades nada despreciables.Cuando mi jefe me dijo “ Betty, quiero que conozcas a Charles Steven ”, yo no tenía ni idea de que mi vida iba a dividirse en un antes y un después de esta convención. Miré a Charles a la cara y alargué el brazo, con una sonrisa, para el saludo habitual chocando las manos. Soy alta, tengo las piernas largas, las caderas estrechas y pecho generoso, aunque él era más alto que yo. Me quedé sin palabras cuando noté sus ojos atravesar los míos y explorar hasta el más íntimo rincón de mi alma.
Había en Charles algo distinto. No se trata de que fuera más alto o más corpulento que yo, sino de cierta aura que existía a su alrededor. Nada más entrar mi mano en contacto con la suya supe que ejercía un control sobre mí. Tuve la impresión de que las piernas me temblaban, los pezones se me habían erizado y el aire no me pasaba por la garganta. Le miré a la cara tratando de recomponer mi imagen de dura ejecutiva, y lo que me parecieron horas no fueron más que unos pocos segundos. Sus ojos tenían una especie de chispa, como si me hubiera reconocido.
Colocó su brazo para invitarme a acompañarle de una manera muy posesiva. Una actitud que no le habría consentido a nadie, ni compañero ni jefe. Sin esperar mi consentimiento, nos mezclamos con la multitud.
Dimos una vuelta por la sala, deteniéndonos de vez en cuando a charlar con unos y otros. Sus comentarios ocasionales, que me susurraba al oído acariciándome la oreja, tenían los efectos de una corriente eléctrica que me excitaba. Completamente inmóvil, me ponía la mano en la cadera y me rozaba la espalda, provocándome estremecimientos en la espina dorsal. Mis duros pezones presionaban el fino tejido de seda de la blusa. Traté de ocultar la excitación cruzando los brazos bajo el pecho. Pero fue inútil. Con una sonrisa me dedicó una intensa mirada que me hizo sentir totalmente desnuda frente a él.
Circulando por la sala hasta que se sirvió el buffet, siguió su asalto a mis sentidos. Por suerte, él era prácticamente el único con el que tenía que hablar. Creo que yo no habría sido capaz de contestar a la más simple de las preguntas. Me encontraba en un estado que me incapacitaba para pensar con claridad.
Cuando por fin llegó el momento de comer, me obligó a hacerlo a su lado. Sentí alivio al sentarme. Tenía la esperanza de que la comida me diera un respiro para recomponer mi mente confusa, pero cuando noté su mano abriéndose camino bajo la falda, supe que estaba perdida.
Este era el momento clave. Hasta ahora no había sino más que demasiado amable con un cliente al que había que atender muy bien. No era ni el primer moscón ni el último pulpo al que te he tenido que torear en mi carrera. He tenido que soportar a algún que otro gilipollas baboso que se creía con el deber de aliviar las necesidades sexuales de esta “atractiva mujer que no pensaba más que en el trabajo”. A todos los puse en su sitio y más de uno huye espantado al verme. Si me quedaba algo de orgullo y profesionalidad había que sacarlo ya.
Pero todo fue inútil. Inexplicablemente no pude, o tal vez no quise, intentar dominar a aquel hombre. Poco a poco su mano fue abriéndose camino bajo mi falda, cruzó la línea de demarcación de las medias y alcanzó los bordes de mis bragas mojadas. Le bastó murmurar la orden para que mis piernas se abrieran para facilitarle el acceso a mi intimidad. Los dedos empezaron a trazar círculos en mi pubis. Totalmente inconsciente de dónde me encontraba, no pude reprimir un gemido.
De nuevo una petición apenas murmurada obtuvo de mí la respuesta esperada. Siguiendo sus ordenes levanté un poco las nalgas. Unos dedos fuertes y seguros tiraron de la entrepierna de mis bragas y se deslizaron hasta mi trasero. Hábilmente los fue bajando hasta los muslos y luego se inclinó para susurrarme al oído. Me pidió que me quitara las bragas y se las pusiera en el bolsillo.
Mis protestas quedaron sofocadas en la garganta cuando me derritió con su mirada. Tomé aire y fingí total normalidad mientras me bajaba las bragas hasta las rodillas. “Accidentalmente” dejé caer la servilleta al suelo en el preciso momento en que lo hacían mis braguitas y luego, tal como me había indicado, utilizando la misma servilleta de tapadera, metí la pequeña prenda de encaje en su bolsillo.“Ahora subete la falda” volvió a murmurar antes de proseguir la conversación con el resto de comensales. Obedecí, e inmediatamente noté que su mano tomaba posesión de mi sexo.
Cuando la comida llegaba a u fin, apartó la mano y se levantó. Me apartó la silla para que yo hiciera lo mismo y, roja como un tomate, me bajé la falda a toda prisa. De nuevo me ofreció el brazo para alejarnos de la mesa y salir del salón del banquete.
“¡No puedo marcharme! ¿A dónde pretendes llevarme ahora?” pregunté, confundida y sin aliento. Aparté la mano de su brazo y traté de desasirme de él.
“Vamos a terminar lo que hemos empezado”. Me cogió el brazo con fuerza y nos dirigimos a su coche. Yo empecé a protestar en un tono de voz algo más elevado pero, sin inmutarse apenas, se inclinó hacia mí y me susurró acariciándome al hacerlo. “Está todo arreglado, no tienes que preocuparte de nada”.
Condujo con el brazo sobre mis hombros y los dedos rozándome los pezones erectos. Entró el coche en el aparcamiento de una casa, me atrajo fuertemente hacia él y me besó por primera vez. Ese beso me demostró lo débil que era yo en aquellos momentos. Creo que fue entonces cuando me di cuenta realmente de que me poseería por completo.
Al entrar en el salón me besó otra vez. Luego se sentó en el sofá, me miró y, con una sonrisa, dijo:
“Desnudate”
“¿Cómo?” pregunté. Estaba muy cohibida e insegura mientras luchaba por controlar mis sentidos.
“¡Quítate la ropa!”, repitió. Como vio que no le hacía caso, añadió: “Quiero ver tu cuerpo. Quiero que te desnudes.”
Se levantó y se dirigió a mí. Me cogió la cara con la mano y me besó con fuerza. Con la otra mano procedió a pellizcarme un pezón. Luego elevó la cabeza y prosiguió:
“No me obligues a pedirtelo dos veces.” Volvió a cubrir mis labios con los suyos, tomando posesión de mí con la boca.
Lancé un gemido cuando me soltó y dio un paso atrás con los brazos cruzados sobre el pecho. Se sentó, me atrajo hacia sí y me obligó a sentarme en su regazo. A continuación me subió la falda, me inclinó hacia delante y me dejó el culo al aire.
Me sujetó con una mano y con la otra me dio un cachetito en las nalgas. Luego otro un poco menos suave seguido de otro más fuerte. Charles se preparó y me dio una fuerte palmada en el culo. Grité cuando su mano izquierda dejó una marca roja en mi glúteo. Renové mis esfuerzos por liberarme y de nuevo su mano me golpeó el trasero. Cuanto más luchaba, más fuerte me pegaba y más me abría las piernas. Pronto se fijó en otros objetivos a parte del culo. Mi raja también se encontraba a su disposición. Tras darme unos cuantos cachetes en el coño me pasaba los dedos por los labios vaginales para mantenerlos calientes y abiertos. Y entonces, con renovado vigor me golpeaba los glúteos.
Mientras me pegaba, me repetía incesantemente que debía obedecerle sin rechistar. Se burlaba diciéndome que se había dado cuenta de que era una auténtica masoquista sumisa en el mismo momento en que posó sus ojos en mí. Añadió que supo que yo deseaba ser golpeada, que quería ser toda suya y dejarle hacer a su antojo. Y confirmaba sus aseveraciones dándome una palmada en el culo o bien frotándome el clítoris.
Yo estaba increíblemente caliente con la paliza, aunque también disgustada. Alguna lágrima rodó de mi cara al suelo. Los dientes apretados de rabia. ¿Qué me estaba pasando...? Yo no le permitiría esto a nadie. Por menos le habría partido la cara al que fuera. Una parte de mí lo mataría. La otra quería llegar hasta el final, aunque opusiera algo de resistencia. En el momento en que me apartó de su regazo me abracé a Charles sollozando como un bebé.
Despojándome de mi ropa, me quedé de pie frente a él, completamente desnuda y con el trasero rojo como un tomate.
“Arrodillate entre mis piernas”, fue la siguiente orden que me dio, al tiempo que me pellizcaba los pezones.
Sonrió cuando le ofrecí mis tetas para que las manoseara y pellizcara a placer. Se inclinó para tomar uno de los pezones entre los labios, cual fruta madura en el árbol, y succionarlo hasta que se puso muy grande. Entonces lo soltó y mordió el otro. Lo único que hacía yo era gritar de gusto y disfrutar de la proximidad del orgasmo.
Apartó la boca del pezón y me dedicó una mirada que valía más que mil palabras. Tenía control sobre mí y dominaba mis sentidos. Iba a utilizarme a su antojo. Si de verdad quería marcharme esta era la última oportunidad. Pero no me moví. Le deseaba y estaba dispuesta a soportarlo todo. Estaba ardiendo de deseo.
Utilizando mis delicados pezones como agarradero hizo que me pusiera a gatas en el suelo. Me cogió la cabeza con ambas manos y la refregó por la bragueta de sus pantalones. Me pasó la polla erecta por la cara y luego por la boca. Todavía con mi cabeza sujeta me dio instrucciones para que le bajara la cremallera y le sacara la verga. Me miró sin perder detalle mientras obedecía vacilando.
“Ahora abre la boca y succióname la polla hasta que te diga basta”, ordenó soltandome la cabeza. Se recostó con las manos en la nuca y esperó a que empezara.
Abrí la boca y tomé su nabo. Tenía el culo todavía dolorido y los pezones irritados, pero estaba más ardiente que nunca. Lentamente, acogí su capullo en la calidez de mi boca. Por un instante, rondó por mi cabeza la idea de morderle el pene y pagarle con la misma moneda. Pero decidí que este era el juego de Charles y quise jugarlo hasta el final.
Al pasar la lengua por la sensible punta noté el sabor salado de las primeras gotas de flujo sexual. Me la metí un poco más adentro, pero cuando llegó al paladar tuve una náusea y la saqué un poco. Entonces empecé a meter y sacar la polla de mi boca procurando que no llegara a la garganta.
Cuando me mandó que jugara con mi clítoris, obedecí encantada. Me pasé el dedo por el botón erótico y la mano por la rajita. Esto me hizo alcanzar las más altas cimas de la lujuria. Le chupé la polla con más energía, pero seguía sin poder engullirla hasta el fondo.
Apartó las manos de su nuca para cogerme la cabeza y forzarme a meterme su falo hasta la laringe, deslizándolo por la suavidad de mi boca con embestidas fuertes y profundas. Volví a sentir náuseas y me aparté.
De un solo movimiento sacó la correa del pantalón y me cogió del pelo. Levantó mi cara a la altura de la suya, me besó y luego me golpeó suavemente con el cinturón en las nalgas. Yo gemí y le devolví el beso cuando me dio otro golpe un poco más fuerte.
“Te gusta esto, ¿verdad?,” Me susurró al oído.
“¿Verdad?” El cinturón me cruzó el trasero con más fuerza todavía y solté un gemido que era a la vez una afirmación. Volvió a pegarme y esta vez grité de dolor. Levantó de nuevo la correa para darme otro latigazo.
“Me vas a comer la polla como es debido, ¿no es cierto?” preguntó y me soltó el pelo. Observó cómo me arrodillaba y le chupaba el nabo como una muerta de hambre, metiéndola hasta lo más profundo de mi garganta. Otro latigazo con el cinturón logró los efectos deseados. Con dos nuevos golpes consiguió que la polla entrara hasta la laringe. Justo antes de correrse sacó despacio su polla de mi boca hambrienta. Mis labios, totalmente ajustados a su pene, lo chupaban como un polo de limón a medida que iba saliendo.
Todavía de rodillas me recostó sobre el sofá. Apartó mi culo, aún irritado, y se colocó detrás de mí, también arrodillado.
Me mantuvo contra el sofá y me pasó la mano arriba y abajo de la raja, completamente empapada. Manteniéndome muy cogida, colocó uno de sus enormes dedos, lubricado con mi propio flujo vaginal, en la entrada del ano, y a continuación lo insertó en mi virginal cavidad posterior. Mi gemido de sorpresa inicial no tardó en convertirse otros de placer mientras me follaba el recto suavemente con el dedo.
Pero pronto sacó el dedo y colocó la cabeza del falo en su lugar. Me mantenía contra el sofá presionándome los hombros y poco a poco introdujo su miembro a través de mi apretado esfínter. Con la cabeza metida entre los cojines, su polla penetró hasta el fondo de mi culo. Yo no tenía el ano entrenado. Mi saliva, que impregnaba aún su verga, no pudo evitar el dolor que esa cosa me producía a medida que se iba abriendo paso a través de mi carne.
“Sepárate las nalgas” Ordenó una vez más.
Me llevé las manos atrás y me abrí bien el culo para que pudiera jodérmelo con más comodidad. Estaba en una nube. Estaba como en otro planeta. Esa no era yo. La excitación sexual me inundaba por completo y era mucho más fuerte que el dolor. Dando un salto a cada empujón, mantuve el ano muy abierto para que penetrara una y otra vez mi pasaje posterior. Sentía una extraña mezcla de dolor y placer psicológico sintiendo esa caliente polla llenando por completo todo mi conducto anal. Empecé a acariciar mi clítoris.
Justo cuando sentía que llegaba el momento de aliviar mi lascivia, noté que su polla palpitaba. Reconocí la señal, por eso aumenté el ritmo de masajeo del clítoris. Segundos después ya se vaciaba en mi agujero anal. Sentía los chorros de su ardiente semen dentro de mí, lo que me hizo ascender a cimas de placer inalcanzables para mí hasta aquel instante. Aún permaneció unos instantes dentro de mí, y fue, mientras sacaba lentamente su polla de mi culo, cuando mis deditos me dieron aquel brutal orgasmo.
Exhausta y completamente satisfecha permanecí inmóvil. Estaba demasiado cansada y dolorida para que me importara que él se levantara y se subiera los pantalones mientras me quedaba tirada en el suelo. Una vez relajada, apagados ya los ecos del magnífico orgasmo, fui consciente de la realidad. ¡Que humillante...!, ¡estaba en la casa de un desconocido, desparramada por el suelo, totalmente desnuda, pringada de semen, con las nalgas y el ano doloridos, utilizada y luego abandonada como un jodido clínex!
Y sin embargo, nunca hasta entonces me había puesto tan caliente ni había alcanzado aquel nivel de erotismo. Jamás.
Sentado en el sofá, fumando un carísimo puro, me recibió en sus brazos y me apretó contra su cuerpo. Apartó el pelo de mi cara enrojecida y me besó con dulzura. Levantó la cabeza, me miró a los ojos y sonrió.
Todo esto ocurrió hace dos años y medio. Desde entonces mi vida ha cambiado. Nos vemos poco pero, a veces, siento el extraño deseo de ser azotada en el culo y convertirme en una puta al servicio total de Charles. Cuando esto ocurre voy siempre al encuentro de mi amo y él me da mi merecido. Si le da la gana recibirme, claro... Pero esto no es todo. Ahora tengo mi propio esclavo sumiso que me suplica ser humillado y al que castigo a mi antojo tal y como Charles me enseñó.
por Ben Reilly Parker
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