La esposa profesional

 
Soy una mujer de 30 años y hace 2 que estoy divorciada: los mismos que va a hacer que estoy casada con mi actual marido.

Con mi primer marido estuve saliendo desde los 14 años y nos casamos muy jóvenes (con 19). Ya en la época de novios le fui infiel alguna que otra vez, y me dejaba besar e incluso mamar por otros, pero nunca me acosté con ninguno. Una vez casados descubrí el verdadero sexo con él, es decir, lo que era estar bien follada. No obstante, a los pocos años, hacer el amor con él todos los días empezó a aburrirme y comencé a buscar aventuras extrama-trimoniales. Joder con otros mejoró en cierta medida mi matrimonio. Porque el día que quedaba con mi amante, después de unos polvos tremendos con él, volvía a mi casa más excitada que antes, lo cual benefició las relaciones sexuales con mi marido. Por el contrario, la relación afectiva empeoró, surgieron las desconfianzas entre nosotros y, por eso, decidimos separarnos.

A mi segundo marido lo conocí en el trabajo, pues en cuanto me separé me puse a trabajar como telefonista en unas oficinas. Él era mi jefe y sabía que yo en aquellos momentos estaba en trámites de divorcio. Como él también se había divorciado hacía unos años (es cuatro mayor que yo), se ofreció a ayudarme con los papeles. El rollo legal era un verdadero coñazo para mí, por lo que acepté su ayuda sin dudarlo. Por ello, pasábamos bastante tiempo juntos y él intentaba consolarme cuando salía el tema. Yo notaba que, con esa excusa, se acercaba mucho a mí y me acariciaba la cara, el cuello y la espalda. Era algo inocente, pero a mí esas caricias me encendían rápidamente, puesto que desde mi separación no había vuelto a estar con ningún hombre. (Irme con otros me ponía sólo mientras era una mujer casada, pero al haber dejado de serlo, los amantes ya no tenían sentido.) Para quitarme la calentura, cuando llegaba a casa después del trabajo, me masturbaba bajo el chorro relajante de la ducha, antes de irme a la cama. Y si aún así no se me pasaba el ardor del coño, jugaba con mi vibrador hasta que caía rendida de cansancio.

Pero, las masturbaciones en solitario duraron poco, hasta que una tarde mi jefe me dijo que me quedara después de mi hora de salida porque quería hablar conmigo. Cuando todos en la planta se fueron, me hizo entrar a su despacho y me contó que, por mi valía y por mi estado (viviendo sola en el piso de casados, pagando la hipoteca), creía oportuno ascenderme en la empresa. Yo estaba muy contenta con la noticia y, para celebrarlo, sacó del cajón de su mesa una botella de ginebra. Entre lo que bebimos y la euforia, aparte de que él me gustaba, le besé en los labios. A partir de ahí, no recuerdo muy bien lo que pasó, pero el caso es que acabamos haciéndolo en la mesa.

Desde entonces, cada día pasaba a su despacho y se la chupaba, o él me lamía el chocho; algo rápido para que nadie notara mucho mi ausencia. Le conté la historia a mi hermana y ella me decía que era tonta, que no me fiara de él, que sólo quería aprovecharse de mí, que eso era acoso. Pero, yo no lo consideraba acoso, pues realmente él me atraía. Mi hermana decía que era demasiado temprano para que me volviera a enrollar con un tío. Ella no lo entendía porque nunca ha tenido la necesidad de sexo diario como yo.

El caso es que yo seguía en mi puesto de telefonista, y empecé a pensar que a lo mejor mi hermana tenía razón y me había tomado el pelo. Pero, a final del mes, al recibir la nómina me di cuenta que incluía un extra. Al menos, el sueldo me lo habían subido.

Al mes siguiente, mi jefe y yo ya no nos limitábamos al sexo oral en su despacho, sino que, cuando podíamos los dos, esperábamos a que se fuera todo el mundo para poder follar en cualquier rincón: contra la pared, sobre la fotocopiadora, en una silla... Cuando llegó la hora de cobrar, mi aumento de sueldo era incluso mayor que la otra vez.

Al tercer mes, un empleado estuvo a punto de pillarnos, porque volvió a recoger una cosa que se había dejado olvidada, mientras yo le estaba haciendo una mamada magnífica a mi jefe sentado en su sillón. Afortunadamente los dos estábamos vestidos y pudimos salir del paso, pero resultó un poco sospechoso. Por eso, mi jefe me propuso ir la próxima vez a mi casa. En la suya no podíamos acostarnos, ya que su hijo vivía con él.

Así, al día siguiente, a la salida del trabajo, me invitó a un café y me llevó a casa en su BMW. Aquella tarde follé como una loca con él. Por primera vez estábamos totalmente desnudos ante una cómoda cama (y grande, pues era la de matrimonio). Hicimos todo lo que cada uno sabía: Le comí la polla con toda tranquilidad, él me chupó el conejo varias veces y en cada una me corrí. Me metió la tranca por delante, por atrás. Se corrió encima de mí. Ya no importaba que me manchara con su leche porque no estábamos en la oficina. Él estaba más excitado que nunca, tanto que no le bajaba la erección ni después de haber echado aquel chorro. Así que le estrujé la verga y me la metí en la boca. Se la lamí tan bien que conseguí que volviera a correrse y vaciara hasta la última gota de semen en mi boca, mi cara, mi pelo. Cuando terminamos, los dos empapados de sudor y jugos, él se vistió, sacó la billetera de su chaqueta y me dio 20.000 pts. Un poco molesta, le dije que no quería que me pagara por hacer el amor con él. Pero, él me contestó que me lo había ganado, al igual que mis aumentos de sueldo, y que me daba el dinero ahora sólo porque estábamos fuera del trabajo.

Aquella noche se lo conté a mi hermana y ella se enfadó conmigo porque decía que me estaba comportando como una puta. Yo no lo veía así. Él me hacía disfrutar como a una pecadora, sí, pero me trataba con ternura y era muy atento conmigo. Los pocos días que siguieron antes de nuestra boda, se sucedieron los regalos, las invitaciones a cenar y cada vez me daba más dinero. Aunque era una vida cómoda, quería hacerle ver a mi hermana que estaba equivocada, y a la semana le dije que aquella situación me incomodaba un poco. Entonces él me sorprendió con la proposición de casarnos, a la que yo acepté sin dudarlo para callarle la boca a mi hermana.

Mi primer año de matrimonio fue como el de la mayoría: feliz, pero sin ninguna sorpresa. Como ya estaba a punto de cumplir los 30, tenía ganas de tener un niño con él, pero mi, ahora, marido no quería más hijos, después de que el suyo prefiriera marcharse con su madre al casarme yo con él. Así, llegué a los 30 y me di cuenta de que empezaba a aburrirme. Además, yo había dejado de trabajar en cuanto volví a casarme. La pasión de los días en que jugaba con mi marido al "jefe y la secretaria" se había perdido. No quería caer otra vez en la monotonía de mi primer matrimonio y en los líos con algún amante, sino que pensé que lo mejor sería buscar un trabajo. Pero, lo tenía un poco difícil, puesto que lo único que había hecho hasta entonces era atender llamadas de teléfono.

Fue así como una amiga me sugirió un trabajo que se adaptaba a mi experiencia, pero con el que podía ganar más dinero que como simple telefonista: el de telefonista sexual. Ella me enseñó un anuncio en el periódico que pedían gente para eso. Yo no perdía nada por llamar y, como estaba todo el día en casa sin hacer nada, podía hacerlo. Cuando llamé, me explicaron en que consistía el trabajo y me dijeron que, aparte del sueldo fijo, podía obtener unas generosas comisiones si me llevaba clientes a casa. Acepté el puesto, pero yo, en principio, pretendía limitarme a las conversaciones eróticas por teléfono.

No le dije nada a mi marido porque, ahora que le conocía mejor, sabía que no me iba a dejar trabajar y menos en eso. Pero, yo así me entretenía y además conseguía un dinero para mí, que podía gastarme en ropa u otros caprichos.

Al principio el asunto marchó como supuse: algunas llamadas muy de vez en cuando, decía unas cuantas guarrerías y me ganaba un dinerillo. Pero, era demasiado poco para mí. Yo tenía ganas de comprarme un abrigo de pieles o unas bonitas joyas de oro. Mi marido ya no me hacía tantos regalos como antes y nunca eran tan espléndidos.

Por tanto, un día me atreví a tener una cita con uno que me llamó al teléfono erótico. No podíamos ir a mi casa, por si mi marido nos descubría. Así que quedé con el cliente en un bar y, de allí, nos fuimos a un hotel. El tío era un chico joven, del que me fijé que tenía un paquete enorme. Nos fuimos a un hotel del centro y, sin apenas hablar, empezamos a desnudarnos. Efectivamente tenía un cipote inmenso y, como pude comprobar posteriormente, muy potente. Con el vigor juvenil, me echó tres polvos seguidos y en cada uno tuve más de un par de orgasmos: en total, más de seis orgasmos en una hora! Cada vez que me penetraba con aquella enorme tranca, me decía: "¡Córrete, zorra, córrete!" o "¡Muévete como tú sabes, guarra!". Sin embargo, a mí no me importaba que me insultara. Me quedé muy satisfecha, sobre todo cuando me dio las 50.000 pts. que le cobré.

Me lo monté con otros cuatro clientes más y, de este modo, al final de la semana reuní 250.000 pts., con las que podía pagarme un bonito abrigo de zorro.

Ese mismo viernes me lo compré y lo estrené con mi marido, que me sacó a cenar a un buen restaurante como en los buenos tiempos. No hacía demasiado frío, pero yo me puse el abrigo. Lo que hice, para no pasar demasiado calor y, de paso, calentar a mi marido, fue ponerme debajo sólo un vestidito corto de seda negro (él mismo con el que recibí a los que me cepillé esa semana) y sin nada de ropa interior. Cuando me quite el abrigo en el restaurante, todos se me quedaron mirando: las señoras admirando aquella prenda tan lujosa y los señores mi cuerpo que se adivinaba desnudo debajo de aquel fino vestido de tirantes. Mi marido nunca me había visto con ese tipo de ropa, tan sexy, pero no le molestó; al contrario, se pasó toda la cena metiéndome mano por debajo de la mesa, como cuando trabajábamos juntos. Me estaba divirtiendo mucho. Con los dedos pringados por los langostinos que se estaba comiendo, me restregaba los labios del chocho, que aquella semana me había depilado para gustar más a mis clientes. Me los introducía en mi ardiente coño que, a pesar del maratón de jodienda que había tenido esos días, seguía estrecho y elástico. Sentía su dedo como un pene bien agarrado por mi húmeda vagina. Él sacaba los dedos y se los chupaba, pero nadie se daba cuenta gracias a que allí todos hacían lo mismo al comerse el marisco. Mi marido me decía que el sabor del licor de mi coñito era más fuerte que el de la langosta. Sus palabras me ponían aún más cachonda. No fue de extrañar que me corriera allí mismo con el mete-saca del dedito. Nos fuimos sin tomar postre y con la botella de champán bajo el brazo, para seguir en casa.

Pero, yo no aguantaba a llegar a casa. Así que, en el parking, le bajé la cremallera de los pantalones a mi marido y me dispuse a mamársela en el coche. "Lo haces mejor que nunca", gemía. No me extraña, pensaba yo, después de tanta práctica. En dos minutos, su inflado capullo explotó sobre mi cara. Toda la corrida se deslizaba por los rizos rubios de mi larga melena. Cuando terminó de echar la última gota, me desnudó y me lamió el coño rapado. "Me gustas mucho más sin un pelo en tu chochito", repetía entre lametazos. A mí también me gustaba mucho más así. Con la vulva a flor de pile, me corría mucho más rápido. A mi tercer orgasmo, mi marido me dio la vuelta y me introdujo todo su ancho cipote por el culo. Las enculadas ya casi no me dolían. Mis agujeros estaban acostumbrados a pollas más gordas de esta semana. Los dos nos volvimos a correr. Dábamos tales gritos de placer, que el vigilante del aparcamiento se asomó. Mi marido rápidamente se subió los pantalones y me hizo ponerme el zorro sin ni siquiera el vestido debajo. No nos pudo llamar la atención, ya que no le dio tiempo a ver nada, y salimos pitando de allí con el coche.

Durante todo el trayecto hasta casa, mi marido se lo pasó con una mano en el volante y la otra sobre mis grandes tetas o en mi chocho mojado. Como yo tenía las dos manos libres, podía estrujarle la verga con toda libertad de movimientos, por lo que cuando llegamos a casa, tenía el pene tan empinado que parecía que le iban a reventar los pantalones.

Ya en nuestra cama, me folló mucho más a gusto. Mientras me montaba, me gritaba: "¡Te voy a hacer gozar como a una puta!". Era la primera vez que mi marido me llamaba así. Algo de razón tenía, pero me sentía orgullosa porque, aunque fuera así, tanto él como yo estábamos disfrutando más que nunca. Después de una larga jornada de folleteo, le dije que, por lo que me había llamado, debería pagarme. Él se rió y sacó 30.000 pts. de la cartera, que me entregó diciendo que me lo había ganado como hacía antes. Le pregunte si realmente me consideraba una puta. Pero, me respondió, con ternura como siempre, que yo era su esposa y, como tal, me amaba cada día más, pero eso no quitaba que me recompensara, y qué mejor que económicamente, cuando lo merecía.

"Así puedes comprarte más ropa como la que llevabas hoy", añadió, "además, darte dinero por hacer el amor contigo me pone a cien". Yo le hice saber que a mí me pasaba lo mismo.

Por eso ahora, el amor de mi marido me llena completamente, porque lo que le doy yo a él me lo paga en todos los sentidos.

La Pulga

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