Un mar mas grande

 

Tengo una tristeza hoy y me dejo llevar.

Quizà porque sé que esta emoción, también, pasará.

Considerarlo así me relaja y me libera.

Pasarà, sí, esta tristeza luminosa en las penumbras.

Así que me reclino en mi butaca y la dejo pasearme,

caminarme los adentros.

Es una tristeza de color sutil y agridulce, que lo tiñe todo,

hasta los trazos de amor, en este paisaje gigantesco

donde me encuentro hoy, en algún lugar de mi interior.

Me pasea pausada, sin ninguna clase de prisa impuesta

pero con su ritmo particular e imparable.

Ligera depresión pre-navideña, celebración de los vivos.

Acto forzado para quienes preferiríamos, porqué no, en

alguna ocasión, darle vida a nuestra muerte al convertirla

en recuerdo  y vívidamente resucitarla.

No sé muy bien dónde la tristeza me acaricia la memoria

y dónde sucede lo contrario.

Imàgenes retrospectivas que, en la noche de este día pa-

sado,insisten y persisten y se detienen de tanto en tanto,

asomàndome una frase, un gesto, un aroma, una luz, un

nombre...

Un solo nombre me despereza ahora, me sonsaca ligera-

mente de esta tristeza o quizà tan solo le da visos de nos-

talgia, que siempre es màs llevadera...

Podría ser cualquier otro nombre, uno que me provocara y

dibujara una media sonrisa en mi rostro....

Pero es, ay! otro nombre de hombre el que devuelve la vida

a mi muerte en esta noche de navidad; el que elijo recordar

porque se me grabó en el alma como tatuaje de por vida en

el cuerpo.

Este nombre de hombre que me sabe a mar, nombre de

hombre de mar.

Sin duda este nombre me despierta.

Me abre los ojos y me parte el corazón.

Y me toca el alma y otras partes también secretas, misterio-

sas e íntimas de mi ser.

Este nombre me acaricia ahora en el recuerdo y me reclino

y acomodo y me abandono todavía màs en mi butaca.

He decidido volver a volar surcando las letras de este nom-

bre hasta donde quieran llevarme.

Las llamas de este fuego de chimenea navideña me traen el

calor de su tacto y el color de su presencia...

La del hombre a quien pertenece este nombre insistente,

pronunciado....ahora quizà por alguna otra compañera de ce-

na..., a la luz de unas velas...

En esta Nochebuena.

Años atràs en una noche como esta fui yo quien le llamó por

su nombre directamente al corazón.

Y sus brazos encontraron la tierra anclada de mi ser, y no

pudieron abarcarla con la facilidad con la que abrazaban a

las demàs mujeres que habían visitado o que quizàs pobla-

ban, bien arraigadas, su vida....

Y sus brazos me apretaron contra su pecho, intentando me-

terme dentro de si....desclavarme de esta playa donde bus-

co, incansable, siempre, un mar màs grande.

"Vente conmigo....sin duda no hallaràs un mar màs grande

si permaneces anclada en esta playa mirando siempre el

mismo mar..."

Intentó convencerme con sus artes de seducción.

Mis manos....acaso palpaban lo intangible que es eso que

se llama placer...

Mis labios....entreabiertos de suspiros obligadamente aho-

gados....

Mis ojos...entrecerrados como no queriendo ver màs...no

màs....

Mis pechos bajo sus manos delataban el latido dubitativo

de mi corazón.

Mis pezones se estremecían pronunciàndose a su favor

bajo la calidez de su aliento.

La mujer anclada permanecía en lucha por no abandonar

su sueño,... "o por no hacerlo realidad..." pronunció la voz

del hombre, pronunciando al tiempo mi universo , iluminàn-

dolo de sentido.

Y mil estrellas comenzaron a llorar su luz brillante de líquido

incandescente y resbaladizo por mis muslos.

Comenzaba a sentirle.

Su lengua tremenda, deslizante, imparable, deshizo cada

pliegue de mi rosa replegada, recogiendo en cada sorbo

de sus labios mi luz de estrellas derramadas.

La mujer del ancla en la playa se resistía aún a dejarse lle-

var en volandas hasta la alfombra junto al fuego que ahora

ilumina el recuerdo del hombre de mar, permanecía aferra-

da al fondo de la arena.

Màs, un nudo marinero y experto iba cerràndose alrededor

de su cintura, un nudo magnético que la arrastraba fuera de

sí, y la obligaba a desplegar su infinito, innato, desconocido

saber, y a derramarse en líquidos ardientes hasta fundir el

ancla.

El vientre de la mujer medio anclada se llenó de sol y de

vida al rozarse con el sol y la vida contenida en el vientre

del hombre que había visitado tantos mares y tantos uni-

versos, y tantos colores de estrellas y rosas desparrama-

das había degustado.

Baten ahora apresuradas las alas de mi memoria.

Aletean ahora hasta alcanzar al vuelo y acariciar el viento

hecho aliento que empuja las velas del màstil penetrante.

Este recuerdo me bombea los adentros, insuflándome ole-

adas de sensaciones voluptuosas.

Y la mujer del àncora derretida se abandona a la travesía

de su universo antes nunca explorado de acuosos sentidos

y desbordante locura de placer.

Tu nombre, tu nombre, tu nombre...

Tu nombre penetra mis interiores...excitante, imposible,

desmandàndome las pasiones.

Tu nombre me completa, me llena y me inunda.

Y mi rosa salpicada de rocío rejuvenece.

Sabor escondido, tu beso de luz en el agujero negro de

mi universo funde mi amalgama de hierros obstinados y

oxidados que una vez tuvieron forma de àncora, y la mu-

jer casi descorchada de la angosta abertura  donde per-

manecía anclada por años y años y años de desterrado,

negado, desconocido placer por buscar un placer màs

grande, fue atravesada por la claridad que irradiaba el

hombre navegante de inmensos piélagos e inconmensu-

rables universos, quedando trapasada por su luz como

por una lenta bala perforadora de sus interiores...ahora

temblando por el recuerdo.

Y cuando sus pechos fueron estremecidos, y cuando su

rosa encarnada fue abierta, y desparramada la suavidad

de su fragancia,  y salpicada de gotas de blanco rocío, y

cuando su agujero negro vomitó toda su luz desconocida

y retenida durante milenios, y cuando el alma se le salió

del pecho ante la visión y el descubrimiento y la experien-

cia de su mar màs grande, su voz se quebró en un grito

descabellado que atravesó todos los universos de las

cosas creadas y sus manos finalmente agarraron la caña

del ancla que la condenaba a esta playa y ella  sola se la

declavó en un gemido de inconmensurable mar.

Por unos segundos ahora eternizados y rememorados na-

vegaron los dos hasta los confines de las praderas marinas

y celestiales del placer, unidos sobre una misma montura

cabalgando desenfrenados de sensaciones agradables,

dejando tras de sí una estela de líquidos sonidos ahora

etéreos.

El hombre cuyo nombre ahora me penetra mi rosa de los

recuerdos era también un hombre que buscaba un mar

màs grande poblado de rosas que formasen y fuesen una

sola y misma rosa por escarchar. Nunca supe si sigue na-

vegando.

Y la mujer ya sin ancla conoció su mar màs grande a cos-

ta de nunca ya querer regresar a ninguna otra costa.

Pues no halló ya hierros con qué crear una nueva ancla,

ni se le pudieron recomponer ya los pétalos de su rosa

desgranada y desangrada ni halló tampoco jamàs una

playa que fuese lamida por el mar màs infinito que jamàs

mujer alguna pudo desear, experimentar o concebir en su

imaginación.

Me encuentro ahora anclada en mi sillón, sin otra luz que

la proyectada por el fuego que arde en este fuego del ho-

gar que una vez fue nuestro hogar.

He evocado, rememorado y revivido este recuerdo para

poder navegar fuera de estos mares tras estas ventanas,

mares que semejan y acechan tempestades.

Estos mares cuyas olas se crespan en espumas de de-

seos apelotonados a base de mares nunca vistos, de si-

lencios apelotonados a base de palabras nunca dichas

y de gritos estrangulados.

Bullen, bullen los  mares, cocinando sus espumas del sa-

bor del deseo y de la miel.

Sus riberas naturales van minimizàndose hasta desapare-

cer anegadas por sus propias aguas pasionales, después

de ser erosionadas, chocadas desesperadamente.

Ya no existen playas donde anclarme. No existe el motivo

por el que anclarme. Anclarme me impide buscar un mar

màs grande, aunque sepa ya que no existe.

Cuántos amaneceres habré de vivir a oscuras antes de

bañar mi mirada de nuevo en la superficie lisa de un mar

todavía màs profundo, todavía màs grande...un mar de luz

rosa y dorada anegada de aguas calmas...

No muero sino que sigo viviendo cada vez que recuerdo

mi mar mas grande, sigo viviendo cada vez que busco un

mar mas grande, por màs que me empeñe en que no existe

la vida después de semejante amante.

 

Michelle

Volver al Indice