Transfiguración
 por Shitsu
“Amo a las máscaras por efímeras, por pasajeras, por irreales. Amo a las máscaras porque nunca cambian, siempre muestran su verdad. Amo a las máscaras por independientes y sempiternas. Por conquistadoras, por vencedoras, porque siempre superan al rostro que ocultan, y le imponen con crueldad su destino de fiesta oculta. Amo a las máscaras y las compadezco porque nunca tendrán ojos, ni manos, ni cuerpo. Su existencia consiste en ser miradas y usadas, cambiando de alma tan a menudo como en las noches aparece la tristeza. Su vida es vida de carnaval o vida de noche, es vida de cacería, de guerra o de muerte, su vida existe más allá de nuestros sentidos, en el universo de los otros que hubiésemos queridos ser” le decía él al tiempo que respiraba por detrás de su oreja y su cuello. Su tibio aliento hacía que los finísimos vellos se pusieran de punta al prever la inminencia (nunca culminada) de su cercanía.

Entre las penumbras de la habitación, sus ojos castaños miraban a su idéntica en el espejo, y las manos que tan diestra y expertamente ataban la máscara por detrás de su cabeza, le daban la certeza de que aquella a quien miraba era una distinta a ella, a la vez que entraba poco a poco a ese otro mundo a través del vidrio, en una libidinosa (ahora lo sabía) parodia de Alicia en el País de las Maravillas. La roja máscara tapaba sus bonitas facciones y sólo sus ojos permanecían como un rescoldo de un pasado no vivido. Pero aunque sólo su rostro estaba oculto y disperso, Charlene descubría una etérea criatura surgiendo de su piel completa. Miles de veces más se había visto desnuda ante un espejo, pero hoy, al descubrirse como otra, también empezó a descubrir lo otro de su cuerpo, lo oculto, lo esencial.

Su aliento casi empañaba el espejo a un metro suyo, y se deleitó veleidosa en la contemplación de sus labios entreabiertos que encontró ansiosos, como si la palabra quisiese salir corriendo en pos de sus sueños nocturnos. El cabello que se veía más oscuro que de costumbre también se apreciaba revuelto, como su vida en ese instante. Inmó vil, decidió masturbarse con la mirada, o mejor, deseó con fuerza poseer a esa otra que llenaba ahora su imagen de siempre. Recorrió con sed sus pechos con los pezones tumefactos, el vientre plano, el vello ensortijado sobre su centro, al que maldijo en ese instante por no hallarse más expuesto. Con su mirada decidió lamer las gotas de sus efluvios excitados que resplandecían ligeramente en su pubis con la poca luz de la habitación. Acercó taimadamente, sin resistir más, su sexo incómodo al espejo, al encuentro directo con esa inmensa vagina simbólica que reconocía en su reflejo completo.

Sí, toda ella era una inmensa vulva con ganas de ser humedecida, recorrida, rasgada, penetrada, sacudida, maltratada. Luchó en vano, por juntar su coño con el opuesto, dejando unos rastros traslúcidos de líquido en la pulida superficie y debió contentarse con besar su propio rostro con los ojos cerrados.

“Detente”, escuchó antes de ser separada con brusquedad y arrojada al piso. No repuesta aún de su desconcierto fue levantada por los mismos brazos. “Nadie te ordenó que hicieras eso”, le dijo esa voz mística mientras ella recorría con mirada confusa los difusos contornos de la habitación. La voz provenía de esa silueta que con tan poca luz apenas reconocía como Bertrand. Reconocía sus hombros suaves, sus piernas casi femeninas, su miembro erecto a contraluz. Sus ojos brillaban apenas, y Charlene aún no se adaptaba del todo a la máscara que traía. Sumisa inclinó su cabeza. No entendía aún como ella, que se había prometido jamás terminar con un hombre que coartara su libertad estaba esta noche haciendo todo lo que él quería que hiciera. Ya una hora antes, recordaba en ese momento, Charlene se había presentado en su apartamento exactamente a las 8 de la noche. Recién en la puerta la dejó y le dijo que se quitara toda la ropa, y que él la esperaría en determinada puerta. Temblando, se desnudó lo más rápido que pudo, y nerviosa dudó por un instante en dar tan sólo el primer paso. Su desnudez la incomodaba y estaba segura que ya su rostro se encontraba totalmente ruborizado. Tapando casi naturalmente su sexo descubierto y su senos, caminó vacilante y al tocar la puerta la encontró abierta: un gran baño con una tina inmensa, como sólo había visto, según creía, en una película japonesa. El agua caliente llenaba de vapor todo el sitio y tanto las paredes como los espejos se encontraban empañados. Él se había desnudado ya y con naturalidad exhibía su sexo aún disminuido. La tomó de la mano y de a poco la metió en la tina. Charlene se sentó a regañadientes y no pudo evitar que se le escapase un suspiro de miedo al sentir su masculina mano en su hombro derecho. El vino y el agua caliente calmaron seguramente su ansiedad ya que pronto él bañaría escrupulosamente su vulva abierta, con el mismo ahínco y modorra con que había lavado cada parte de su cuerpo. No la penetró a pesar de que sus jugos femeninos eran más claros que palabras. Ahora, al levantarse del piso, le daba un vestido negro, de una sola pieza, con una falda que le llegaba a sus rodillas desnudas, tan desnudas como el resto de su cuerpo bajo el vestido. Lo miró como esperando que él le pasara algo de ropa interior pero el ni siquiera le prestó importancia. Unos zapatos con un tacón mediano completaron su atuendo, y fue llevada al espejo de nuevo: se veía hermosa, y distinta, y aunque nunca se había puesto algo sin ropa interior, la sensación en su culo le gustó. Ahora estaba segura de que al frente suyo no había una distinta. Ahora, toda ella era ese reflejo que había visto antes. La Charlene de atardeceres rojos, de helados de chocolate y de libros de Cortázar había desaparecido, había abandonado su cuerpo, dejándola como un cascarón vacío que ocupaba un ser distinto, un ser que usaba una máscara. Esta Charlene no tenía miedo de nada, y daba cada paso con firmeza, aún a sabiendas de que se dirigiera directo a un abismo.

Las imágenes pasaron intactas por su prestada conciencia, de la calle sólo recuerda una danza incesante de rostros que la follaban con los ojos. Recuerda su falda levantada por el viento, su coño expuesto en la noche a la mirada de indigentes, ladrones, y seres de la noche, seres todos para los cuales su máscara era intrigante. No recuerda sin embargo haber tenido vergüenza: sólo esa vaguísima sensación de placer exhibicionista que ponía tiesos sus pezones y liberaba el flujo embriagador entre sus piernas.

Recuerda también las luces del bar, recuerda a los hombres del primer piso elevando sus miradas hacia el rubor intenso de su entrepierna. Recuerda la voz de Bertrand ordenándole abrir las piernas, allí sobre la tarima a la que no recuerda cómo llegó, sola en esa silla frente a un sinnúmero de ávidos ojos entre los que reconoció algunos femeninos. Abrió sus piernas lentamente, y empezó a subir la falda por sus muslos al escuchar la orden implacable de Bertrand, de levantarse el vestido. Esa voz estaba justo atrás suyo, y le ordenaba sólo mirar al frente. Dos manos completamente distintas resbalaron entonces por su cuello hacia sus hombros. Las identificó con manos de mujer al instante, y tembló en su interior al empezar a sentirse un poco más en la tierra tras el contacto sensual de esas dos manos reales, que al bajar por sus hombros bajaron los tirantes de su vestido.

Su vagina ya era evidente, supuso, pero estaba segura que la poca luz del sitio en que se hallaba iba a hacer difícil que la vieran con claridad. Las mujeres bajaron su vestido hasta la cintura dejando al descubierto sus pechos medianos de pezones escasamente coloreados, y Charlene tuvo que cerrar los ojos ante la potente luz de un reflector que alumbró su rostro. Allí pudo escuchar los primeros suspiros de complacencia. Sintió en sus orejas el leve soplido de unos labios acercándose, y pudo sentir como se erizaban sus casi invisibles vellos en su cuello, mientras una de las manos empezaba a hurgar en sus pechos. No pudo evitar gemir de placer, y escuchó algunos aplausos. Otras dos manos acariciaban alternativamente su espalda, su rostro y su estómago y Charlene sintió desmayarse al ser besada en los labios por una de las mujeres, no había duda en eso.

Charlene nunca había besado a otra mujer, nunca se había sentido atraída hacia otra mujer, aunque alguna vez leyendo las cauterizantes descripciones de una novela erótica, se descubrió con tres dedos inquietos en el interior de su coño al imaginar el duelo amoroso entre dos lesbianas. No obstante, no se negó al besó y en cambio lo anheló al retirarse de su rostro esos suaves labios llenos. Las manos la hicieron levantarse de su silla y con rapidez dejaron en sus tobillos el vestido arrugado. Desde su sitio lograba ver algunas mujeres sentadas en las rodillas de los hombres que acariciaban por sobre la ropa las tetas agitadas.

Sin embargo, las dos mujeres se detuvieron al unísono como controladas por una misteriosa máquina, y de repente, como un trueno imprevisto se elevó la voz de Bertrand que le imperaba con frialdad: “Acaríciate para nosotros”. Se sentó casi a tientas, abandonada ya por su propio aliento y fuerzas, y decidió que debía hacerlo, hacer público algo tan suyo. Abierta ya de piernas y completamente excitada por todos los preparativos dirigió sus manos livianamente a su sexo, y pretendió deleitarse en su placer solitario. Pero no eran sus dedos los que rodeaban el pequeño órgano rojo y lleno, ni los que separaban los labios menores, ni los que frotaban las paredes húmedas de su vagina. Se sintió violada por cien penes y cien manos, y finalmente tuvo un orgasmo plano e insípido, pero orgasmo al fin y al cabo, y su público le acogió con un aplauso.

En el camino a su casa, no fueron capaces de dirigirse una sola palabra. Aún con la máscara, pretendía que Bertrand dijera algo. Su silencio no era rabia, ni resentimiento, no era tristeza, ni decepción, ni era un silencio meditativo, era un silencio plano e imponente, firme como la mirada del hombre. Llevaba ahora la ropa que se había quitado en el apartamento, y al llegar a su puerta Charlene espero al fin la palabra última. Él se le acercó, acarició levemente su rostro, quitó de un golpe la máscara y la contempló en sus manos unos momentos, se dio media vuelta, besó la máscara y abrazándola se alejó sin decir nada. Frente a su puerta, impávida, ya exorcizada, Charlene se congeló unos momentos, descubriendo por fin que de nuevo, satisfecha sexualmente se encontraría de nuevo con la Charlene de siempre, en su apartamento abandonado de calor y lleno de sus fantasmas.
 
 
 

por Shitsu
 
 

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