VIAJE ASTRAL (I) |
Armando no estaba loco, no más que los demás. Por eso, su idea de viajar astralmente tenía mucho de imaginaria pero poco de loca. Sin embargo lo consiguió.
Baste decir que a base de cabezonería y mucha paciencia terminó por dominar una técnica tan arcana. En un viaje astral el alma o la conciencia de la persona es libre de la atadura corporal y puede ir donde quiera.Ninguna barrera física puede frenarla. Durante el proceso un cordón, de la misma etérea sustacia que la conciencia viajera une ésta con el cuerpo. Si el cordón se rompiera, sería fatal. El cuerpo entraría en coma, y el alma quedaría atrapada en el plano astral. Y es que esta realidad es sólo una de tantas dimensiones, sólo percibidas por nuestra conciencia al liberarse.
Al morir nuestra alma abandona el cuerpo y es libre en este mundo, en otra dimensión. Una nueva vida eterna.
Armando aún estudiaba su carrera de Empresariales a sus veintiocho años. Ello se debía más a su pereza que a otra cosa, porque es bien sabido que esa carrera no es difícil. Sin embargo, toda es atención, constancia y sufrimiento malgastados en los estudios encontraron un foco en el viaje astral. Cuando a uno le gusta lo que hace, lo hace bastante bien. Y a Armando era muy bueno.
Cada noche abandonaba su atadura física. Atravesaba la ventana y vagaba por el cielo. Sus sentidos funcionaban del mismo modo que despierto, incluso más acentuados. Debajo suyo conductores noctámbulos recorrían la carretera, vacía y melancólica. Armando se dirigía a su destino, el mismo noche tras noche. Flotaba despacio, con calma. La noche entera era suya.
Mercedes dormía plácidamente. Armando entró en su habitación, pequeña y acogedora. La conocía tan bien como la suya propia. Antaño él y Mercedes eran grandes amigos el instituto. En COU él la pidió salir, y ella no quiso. A Armando la negativa le dolió mucho, porque creía conocer a Mercedes mejor que nadie. Y también porque Mercedes tenía un cuerpazo increíble.
La colcha y las sábanas se acomodaban sobre las redondas y voluptuosas caderas de la mujer. Y debajo Armando sabía que había unos pechos maduros, muy blancos y unas piernas largas y esbeltas. Poco podía hacer Armando por acariciar a Mercedes. Pertenecían ambos a dimensiones distintas.
A veces se veían en la calle. Se saludaban e intercambiaban algunas palabras. Todo cortesía. Porque se dejaron de ver a diario cuando cada uno marchó a una universidad distinta.
Ahora Mercedes, después de terminar Magisterio hace cuatro años, se pasaba el día entre la página de ofertas de empleo del periódico y la cola del paro del INEM. La mala suerte en las oposiciones al perseguía año tras año.
Si hubiera dicho que sí, pensaba Armando mirando a Mercedes, nos hubiera ido muy diferente. Habríamos ido a la misma universidad, hubiéramos follado todas las noches y nos habríamos casado. Y tendríamos un trabajo, una casa y unos hijos.
Armando aún quería a Mercedes, pero la odiaba por haberla dicho que no una tarde calurosa de invierno. Mercedes carraspeó. Se revolvió en la cama y terminó por despertarse. Con gestos cansinos y lentos se levantó y fue al baño. Armando la siguió. Se bajó las bragas y meó. Armando la miraba. Como cada noche, sobre esa hora, Mercedes se levantaba a mear. No todas las noches eran igual. Algunas lo hacía medio borracha de la juerga de pocas horas antes. Otras aún dormida se golpeaba contra la puerta o un mueble. El repiquetear de la orina tampoco era igual. A veces salpicaba con más presión, otras con menos.
En verano Mercedes se recortaba el vello púbico. Pero al llegar el otoño Armando lo veía crecer otra vez. Mercedes dejó escapar un pedo. Y luego otro, éste como un petardo
Al principio Armando se excitaba al ver a Mercedes desnuda, pero ahora sólo veía una mujer cansada y somnolienta. Poco que ver con las mujeres cachondas y puteras que noche sí noche no el vecino de arriba visionaba. Dejó a su amor con sus lindos sueños, y se deslizó hasta el piso de arriba.
Ernesto se la cascaba tumbado en el sofá del salón con la única luz del televisor que mostraba a dos lesbianas haciendo un 69. Armando se colocó flotando junto al televisor y frotó su polla, que respondió endureciéndose y aumentando de temperatura. Aún en forma astral Armando podía hacerse una paja, algo que descubrió al primera noche frente a Mercedes. Armando evitaba fijarse en Ernesto, no sólo porque era patético ver a un hombre procurándose placer para sí, sino porque Ernesto era obeso, y toda aquella grasa vibrante y revolviéndose con los vaivenes de la mano le cortaba a Armando el "feeling".
Una negra y una sueca continuaban lamiéndose la vulva. Ambas tenían un par de tetas limoneras deliciosas y sus chochos iban y venían en planos periódicos. Sus clítoris rojos e hinchados eran cubiertos de pegajosa saliva en cada lamida y beso. Sus cuerpos esbeltos y sudorosos se revolvían como serpientes y giraban sobre sí en un escenario cutre de cartón-piedra que simulaba una mazmorra. Ernesto gimió y Armando no pudo evitar volverse para verle eyacular. Su tripona cubierta de semen reseco y escamoso se revolvió gelatinosa y sobre ella cayó una gota minúscula de semen pastoso y denso.
Justo cuando Armando se iba a correr, Ernesto apagó el vídeo y el televisor. Aquello jodía tanto como en la realidad. Ernesto se fue a la cama después de mear y Armando se quedó flotando en el salón oscuro. Si buscaba por el edificio encontraría alguna pareja follando y podría apagar su deseo. Pero prefirió bajar hasta el cuarto de Mercedes. Sabía lo que encontraría, y aquel cuerpo lo volvía loco. Armando se dio de bruces con dos espíritus que flotaban sobre el cuerpo de Mercedes. Nunca había visto ninguno. Y aunque él también era como ellos, salió tan rápido como pudo del edificio, gritando horrorizado.
El miedo le dio nuevas alas que lo plantaron en su cuerpo en pocos segundos. Despertó nervioso e inquieto. Se palpó el cuerpo y la pared y la cama, para asegurarse de que estaba en la realidad. Ya más tranquilo Armando se preguntó qué hacían aquellos fantasmas junto a Mercedes. Si a Mercedes le ocurriera algo malo, los remordimientos de no haber hecho todo lo posible por salvarla lo acompañarían el resto de la vida. Pero conocía la fragilidad de su cordón astral. Si lo cortaban estaría perdido para siempre. ¿Qué podía hacer él? Necesitaba ayuda. Algo parecido a la responsabilidad se adueñó de él. Tenía el deber de ayudar a su amor. Algo se le ocurriría, pero no iba a dejar a Mercedes sola. No a la persona que más quería en todas las dimensiones.
CONTINUARÁ...
BICAPA