EL LIMITE 
 por Francesca
Anabella compartió desde niña las bulliciosas sobremesas de domingo. Sus ojos claros, profundos e impenetrables, perturbaban la inocencia de sus hombros pequeños, su piel suave y rozagante de niña. A quien quisiera escucharlos le anunciaban la sensualidad que más tarde, al encontrar en su cuerpo otras complicidades, la definirían como mujer. Pero en aquella niña de entonces nadie vio a una mujer, y en su esbozo de mujer nadie la imaginó en la hoguera.

Anabella era la gran amiga de su hija mayor. Su compañera de escuela desde el jardín de infantes. La hija de Moira, la psicóloga insoportable.  Anabella era también una hija que silenciosa e imperceptiblemente había adoptado cuando una noche llorosa y con la nariz llena de mocos se amarró a su cuello pidiéndole que se quedara a su lado hasta poder conciliar el sueño nuevamente. Resignó orgullosa la posibilidad de madrugar para la clase del doctorado, y disfrutó la tibieza de esa espalda huesuda y frágil que se relajaba con sus caricias.
Anabella tenía ahora 15 años, los mismos que Paula, su hija mayor.
Esa tarde aprovechó la clase de gimnasia de Paula para leer la crónica de sentimientos de las últimas semanas, que su hija desde hacía unos años, plasmaba en las páginas del cuaderno de tapas duras. El cuaderno espiralado y de papel biblia que le había regalado para su cumpleaños número trece. Leer el diario de Paula fue una licencia que, queriendo protegerla, se dio luego de varias semanas de distancia, enojos, y peleas sin sentido. Y verdaderamente era así. Lo había conversado con su marido y después de algunas dudas habían consensuado que era un buen modo, aunque coincidían no del todo ético, para seguir de cerca el crecimiento de su hija. Sólo un tiempo, hasta que las incertidumbres de la adolescencia se esfumaran con los primeros logros de la juventud.

Interrumpió por un momento la lectura y respiró profundo luego de los primeros párrafos. La clave del desencuentro estaba en la escena del baño. Con letra pequeña y prolija Paula descargaba su bronca con detalle y minuciosidad. Su niña nunca fue tan niña como aquella tarde cuando la vio desnuda sentada en el borde de la bañera, con los bracitos en alto secándose el pelo recién lavado. Los pezones apenas hinchados, casi lampiña, todavía su niña. Cerca de ella Anabella, bajo la ducha, enjuagándose la cabeza. El pelo le cubría la cara y descubría su cuerpo.
Su piel cobriza brillaba por el agua caliente - el hálito agitado del diantre- la espuma jabonosa pronunciaba la curva de sus senos ya en plenilunio, espasmos de jabón que no alcanzaban a ocultar las aureolas y menos aún sus pezones que aunque relajados se abombaban como las puntas de dos frutillas maduras. Cuando la vieron entrar  Anabella giró despreocupada para saber qué quería. Se bañaban juntas desde siempre y la interrupción no fue una sorpresa. Paula en cambio se sobresaltó y sin decir palabra quitó la toalla de su cabeza y se cubrió el cuerpo. Esa tarde Mercedes comprendió que la exposición recurrente es a veces el mejor modo de ocultar, y que en esos casos siempre hay alguien que tarde o temprano comete un error y logra descorrer el velo. Su niña todavía era su niña. Anabella había crecido. Al día siguiente durante el desayuno Mercedes le había dicho a Paula que no quería que ella y Anabella se bañaran juntas. Paula preguntó por qué y Mercedes respondió porque ya eran grandes. Dos meses después Paula recordaba a esa tarde, entre otras cosas, como el día en que su madre se murió de envidia por descubrir que Anabella era la mujer más hermosa del mundo.

Un cúmulo sesgado de recuerdos, seleccionados por su tibieza e infancia se proyectaron en su mente al cerrar el cuaderno de tapas duras. A ellos le forzó interpretaciones fallidas que revelaban el revés de la trama. La anticipación del hechizo que hoy se llevaba la infancia de Paula, para desmoronarla prontamente en una adolescencia tortuosa. “¿Tortuosa?” pensó. Fue allí que se dio cuenta que exageraba, en sensaciones y consecuencias.  “Difícil, es un calificativo más adecuado” respondió. Se sentó al borde de la cama, bajó la cabeza hasta casi tocar sus rodillas y la sostuvo con ambas manos, presionó en las sienes y buscó calma. Imaginó lo peor: Paula es lesbiana. -¿Y qué?- se desafió. Aprendería a aceptarla.

La ayudaría a aceptarse. Aún creyendo que encontraría el modo se preguntaba por qué. Rastreando en los recuerdos intuyó que sus sospechas eran infundadas. -¿No es más probable que Paula esté iniciándose sexualmente sin prejuicios ni culpas?-. Al fin de cuentas era eso lo que había intentado transmitirle. Al fin de cuentas ella también -y más de una vez- había reposado luego del goce sobre las redondeces tibias de otra mujer.

Decidió entonces que esa sería la última vez que rastreaba en la intimidad de Paula cosas que no podía saber por mérito propio. Su intromisión parecía estar generando distancias aún más profundas. Tendría que estar más atenta o quizás por el contrario dejar de preocuparse. Su hija sabía que podía contar con ella y ella confiaba en que pediría ayuda si la necesitara.

Pasaron dos semanas y otra más. Sucedió que Paula siguió escribiendo y como era de prever, Mercedes olvidó su promesa. Era miércoles y llovía. Paula estaba estudiando en la casa de una compañera y la soledad en su cuarto era absoluta. Abrió el cajón, sacó el cuaderno de tapas duras y leyó sin pausa.

“ (...) la luz estaba apagada. Yo en mi cama y Anabella al lado en un colchón en el piso. Ya nos habíamos dicho buenas noches pero no podíamos dejar de hablar. Siempre nos pasa. Y salió el tema. Yo tenía pánico porque me moría de vergüenza pero era obvio que algún día me iba a preguntar. Y preguntó. ¡bah! en realidad no preguntó, solamente me explicó que hay gente que se excita mirando a otra gente excitada o desnuda, me dijo que yo quizás era una de esas personas y que a la vez había personas que se excitaban dejándose ver desnudas y que seguro ella era una de esas personas porque el día del baño a ella le había gustado mucho que yo la mirase y que ese día a la noche ella había tenido un orgasmo muy fuerte acordándose cómo yo la miraba. Me preguntó si yo había tenido un orgasmo alguna vez y le dije que no sabía. Ella me dijo que seguro que no porque es imposible no darse cuenta que uno tuvo un orgasmo... ¡ufff! ¡No sabes cómo me puse!... ¡el corazón me latía a mil!... me quedé callada y ella tampoco dijo nada por un rato. Por cómo respiraba yo sabía que no dormía y yo ni siquiera intenté dormir porque sabía que no iba a poder.  Entonces sentí su mano sobre mi pierna. Me preguntó si le daba la mano como cuando éramos chicas y le dije que sí. Un ratito después me preguntó si podía subir a mi cama porque quería estar cerca mío. Yo estaba asustada pero no pude decirle que no. Además, no te voy a mentir a vos: yo quería que durmiésemos juntas. Yo sabía que Anabella buscaba algo más porque últimamente está re zarpada, pero yo seguía paralizada. Y entonces me preguntó si quería que me mostrase las tetas otra vez. Anabella tenía puesto el camisón celeste que hizo mi abuela para mí pero que ya es suyo. Yo no respondí. Prendió el velador que está en mi mesita de luz y yo lo apagué de inmediato. Me dijo que si estaba oscuro no iba a poder verla pero que si quería podía verla con las manos. Y agarró mi mano y se la puso por debajo del camisón. Es tibia, es tan suave. Tenía la mano justo sobre el costado, donde caía y rozaba la sábana. Es grande, es blanda y mullida como un almohadón. Agarró mi mano y la corrió sobre el pezón. Estaba durito, chiquito y apretado. Y ahí empecé a hacer cosas que no puedo creer cómo me animé. La besé en el cuello. Le subí el camisón y la lamí como un gato. Bajé a sus tetas y las chupé despacito. Los pezones se ponían cada vez más duros. “Como un bebé” me dijo. “Chupame como si fueras un bebé”. Me acomodé y comencé a hacer lo que ella decía. Me quedé así un rato, tranquila y sin pensar nada. Ella me acariciaba la cabeza y me decía que me quería mucho, que yo era su mejor amiga y que siempre me iba a querer. Yo le dije que también la quería mucho y me puse a llorar. Me acarició la espalda, los hombros y acomodó su muslo entre mis piernas. Yo me empecé a mover despacito frotándome sobre ella. En un momento sentí que no podía dejar de moverme y después un calor que empezó a latirme. Ahí me di cuenta que Anabella tenía razón cuando me dijo que es imposible no darse cuenta cuando uno tiene un orgasmo (...)”.

Mercedes cerró el cuaderno y se mordió el labio hasta marcarle los dientes. Fijó la mirada en el portarretratos que estaba apoyado en la mesa de luz. El primer cumpleaños de Paula. Alejandro, cubierto de serpentinas, la tenía en brazos con una sonrisa de oreja a oreja. Lo agarró y lo acunó en su pecho. Lloró en silencio y se fue a su cuarto. Dejaría el portarretratos debajo de la almohada y segundos más tarde, intentaría dormir.

Alejandro se levantó a la mañana siguiente sin necesidad del despertador.
El ruido del agua cayendo en la ducha fue por un momento parte del sueño y finalmente lo despertó. Miró el reloj. Ya eran las siete y media. Espero a que Mercedes saliese del baño para después ducharse él y empezar el día. Cuando la vio se dio cuenta de inmediato que no iba a ser una buena mañana y fue precavido. La saludó con un beso silencioso y se fue a bañar.

Mercedes sacó del placard una pollera negra y una blusa color miel. Cuando abrió el cajón para sacar las medias se le cayó la toalla y al agacharse a recogerla se percató de su reflejo en el espejo del placard.

Sus muslos por detrás, abultándose hacia el medio y cerrándose en la vértebra final que aún se pronunciaba en la parte baja de la cintura. No se levantó de inmediato. Permaneció unos instantes allí, mirándose. Estiró y abrió un poco más las piernas forzando la cadera hacia atrás. A los costados las nalgas desdibujadas por la posición coronaban la mata mullida y oscura que protegía su sexo. Imaginó a Alejandro entrando a la habitación y encontrarla allí, desnuda y abierta, mirándose. Sonrió. Seguramente bufaría como un toro y besaría la hendidura. Se alegró por estar cambiando el humor. Apoyó las manos sobre las rodillas para levantarse. Toda la tensión de su piel se desvaneció en sus piernas. Se miró de costado en el espejo. Mantuvo la respiración unos instantes. Al aflojarse su vientre se desmoronó en su pesadez. Lo apretó con ambas manos hundiendo sus dedos en el exceso leve. Recorrió con la palma de la mano el contorno de su cintura y añoró la brevedad que había perdido. En sus piernas, pequeñas nervaduras violáceas desentonaban con el color de su piel. Se acarició los muslos. Giró en media luna para enfocarse por detrás en el espejo. Se meneó con fuerza y al ver que sus nalgas volvían tardíamente con cada espasmo, sintió toda la flojedad del cuerpo transformándose en el aullido de una revelación que se apretaba en el pecho. Ya entrampada olvidó la eternidad de sus piernas, sus tobillos breves, la elegancia de su postura, la fortaleza infinita de sus hombros perfectamente alineados.

Olvidó por completo la sensualidad de su inteligencia susurrada en con voz ronca, sus dientes marfil, sus labios siempre húmedos. ¿Para qué recordar el eufemismo de una belleza sostenida a fuerza de gestos si era la juventud toda quien la estaba abandonando irremediablemente?.
Se sentó al borde de la cama y resistió el llanto que se acumulaba en su garganta. Se vistió con prisa y no espero a Alejandro para desayunar.

Hubiesen bastado dos, pero esa mañana puso tres cucharaditas de azúcar al café con leche. En riguroso silencio preparó dos tostadas de pan integral y las untó con queso crema. Tomó el pocillo con ambas manos y permaneció largos minutos con la taza en alto y la mirada fija en cualquier parte.

Cuando Alejandro entró a la cocina se sorprendió al verla desayunando sola y preguntó si pasaba algo. - Dormí mal, nada más - respondió. - ¿Cuándo vas a arreglar el auto? – preguntó. – Estoy harta de viajar en colectivo y me pudre tener que levantarme temprano para no llegar tarde– agregó sin mirarlo.

- Ayer lo llevé al mecánico y hoy por la tarde paso a buscarlo- respondió Alejandro rápidamente intentando evitar la irritabilidad característica de su mujer mal humorada. – Si queres te paso a buscar por la facultad. Alrededor de las seis ya voy a estar libre. Paso a buscar a Paula y Anabella por inglés y después voy por allá... ¿te sirve? –
Escuchar ese nombre en su boca fue un golpe certero en el estómago.

- Alejandro, tengo que contarte algo – dijo Mercedes con tono preocupado.
Después de escucharla Alejandro, sin estar seguro, aceptó por la insistencia la decisión de su mujer. Esa noche, durante la cena, le dirían a Paula que no querían que Anabella volviese a entrar por la puerta de esa casa ni una sola vez más.

por Francesca
 
 

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