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Siempre me gustó verlo dormir. Con las manitas en rezo como almohada. Haciendo que sus mejillas de por si abultadas se plieguen sobre los ojos.Dormido, no todo él duerme. Su cuerpo permanece en vigilia, en estado puro, sin dueño. Estoy convencida de pertenecer al grupo selecto de mujeres a las que su boca le regala el gesto único del sueño que a él le es negado. Distendidos y levemente hinchados sus labios se plisan como para un enojo pero sin la compañía del resto de sus facciones logran retroceder el tiempo en cuarenta años. Si lo miro durante unos segundos lo puedo ver frente a Alba, mi suegra, con los ojos llorosos reclamando sobre una decisión que cree injusta. Si por él fuese no montaría en su cuerpo tamaña ternura. ¿Qué hacer con ella después?.
Duerme desnudo. Boca abajo y con el muslo izquierdo sobre su panza. Acaricio su espalda velluda y comprobando que su sueño es profundo me deslizo suavemente pero con firmeza hasta sus nalgas. Un rizo oscuro y gracioso vigila el final de la hendidura. Voy y vengo. Me conmueve sentir lo que siento. Es un ritual que el desconoce, que inicié no hace mucho y que iré perfeccionando con el tiempo. Como nuestro amor. El nuestro no fue un flechazo a primera vista. Ni cupido ni el destino nos quería juntos. Porque precisamente fue él quien me ayudó a torcer mi rumbo predestinado por una infancia vacía y una adolescencia tortuosa hacia vínculos breves y estériles. Mi amor hacia él fue el manantial que encontré al final del camino.
En cambio, aunque no lo dijo, el me amo de inmediato. Luchó con tenacidad y admirable firmeza para lograr despojarse de sus viejos harapos. Lamí sus lágrimas de entre tanto, como una mascota de sentimientos breves y decodificando recurrentes esquivos aprendí a pulir cotidianamente el espejo en donde contrastar mi deformidad. Fui mi propia tortura frente aquel espejo. Desahuciada y huérfana, me encontré mendigando alguna similitud con su dueño que me diera esperanzas y durante pocos aunque penosos años sólo encontré las piezas cóncavas del rompecabezas. Aún así, yo era su complemento. Quizás ahí se encontraba la pieza del broche que lo retenía día a día. Porque si bien entendí de inmediato que no era hombre de amar por compasión fui incapaz de comprender el origen de su amor y lo creí una farsa. Una farsa que sospeché confusión, veladura o narcisismo. Una farsa que se evaporaría inevitablemente como las gotas de lluvia que no necesitan del sol para volver a la bruma.
En esos tiempos alzarme a su boca era el único modo de callar las voces. El miedo tiene voz quejosa y agobiante, de verborragia frustrada. Murmullos continuos e insistentes, permanentes e inestables, por momentos chillidos agudos, por momentos aullidos desesperados. No había caricia, o palabra que lograra hacerle frente, ni por un momento desistía de invadirlo todo con sus lamentos, el silencio me era constantemente negado. Un augurio plagado de abandono y traición taladrando mis oídos sin pausa. Sólo su cuerpo tenía la fuerza de perturbar las sombras hasta ahuyentarlas. Y no su cuerpo sino la brisa sudorosa que emanaba de sus poros. Mi alma replegada en su pasado animal sólo respondía a su olor. Cuando su piel reaccionaba a mis caricias o a mi lengua, se despertaba. Ese era el poder de las invisibles perlas de sudor retenidas en la punta de los pelos del pecho. En esos tiempos era capaz de sentir el aroma particular e intenso de su sexo atiborrándose de sangre.
Sabía, aún antes de tocarlo, que estaba listo y ansioso de mi boca. Lo sentaba en el borde de la cama, y bajando el pantalón y su ropa interior hasta las rodillas, iba a su encuentro. Con mi mano derecha acariciaba sus huevos, con el codo abría levemente las piernas. Me excitaba recorrer con mi dedo el pliegue que en una línea perfecta nacía en su culo y se perdía entre las arrugas que cubrían el glande. Cuando llegaba este momento, él se recostaba mordiéndose los labios. Sabía muy bien cuál era el paso siguiente. Con firmeza y muy despacio descorrería el velo. Rosada y tibia, con la agradable textura del cristal, la punta de su pija iluminándome la cara. Nunca antes de un lengüetazo preciso para no intimidarlo, pero luego sin diletantes esperas lo llevaba hacia el inicio de mi garganta, con la voracidad del hambriento. Se estremecía con el roce tibio de mi lengua y las paredes internas de mi boca. Reaparecía húmedo y desesperado, temiendo que fuese el último embate. Pero yo no era capaz de semejante crueldad. Por el contrario, había aprendido a relajar la garganta hasta inhibir el reflejo que me hubiese atragantado. Llevaba su sexo nuevamente hacia mi boca, acompañándolo hasta las puertas de la garganta y lo dejaba allí un instantes, masajeando la punta con las paredes rugosas de mi guarida. Chuparlo fue siempre un placer en si mismo. Sumaba la ayuda de sus dedos. Habitualmente de ese modo destilaba de mis jugos la morfina que traería calma. Una primer gota sobre mi clítoris y un ardor tibio y preciso anestesiando cuanto resto de conciencia encontrase a su paso.
Las siluetas se desdibujaban fundiéndose en un orgasmo de aristas filosas, capaz de imponer brutalmente el silencio reparador. La densa calma de la tormenta. El silencio era entonces una realidad -efímero- pero total. Más tarde, como siempre, retomaría la desconfianza su tránsito gastado para reforzarse con insistencia en su única voluntad.
Finalmente una noche de febrero ocurrió entre gritos y palabras hirientes lo que tanto temía. Como siempre entre nosotros fue el sexo el que ilumino con violencia los resquicios inhóspitos donde encontrar la segunda puerta. El sexo fue de otra: María. Hacia mi: su primer infidelidad. Hacia él: sólo un reencuentro con su vieja y dispuesta amante. Si en su cara la palidez fue desde siempre el gesto de la tristeza, no me alcanzaban los brazos hoy para agazaparme ante la burla. Una niña que a pesar de sus intentos no había logrado anticiparse al naufragio. ¿Cómo culparlo si estaba asistiendo a un desenlace anunciado?. ¿De qué culparlo?. No había prometido más amor que el que decía aún sentir por mi. Desde aquí sus lágrimas podrían haber sido carcajadas, o simple emoción. Sus explicaciones exposiciones verbales sobre el sexo o el amor. Sin buscarlo pero con serena intensidad me iba alejando de los significados. Sus palabras eran un barullo de fondo. No más.
Mi huida fue ficticia e imposible. La intenté cubriéndome de tanta piel como me fuese posible encontrar. Sensaciones nuevas y desequilibrios, besos tan húmedos como leves, tan sabrosos como el sin fin de frutas exóticas que nunca habré de probar, pero que en el suceder se me tornaron una aburrida condena a olores nuevos. Duró el mismo tiempo que necesité para estremecerme de tristeza cada vez que las llaves tintineaban en la cerradura al volver del trabajo, de la oscuridad previsible del ambiente, del maullido hambriento y rutinario de las gatas. Un monumental tejido de cotidianeidad, agujerado por su ausencia en sus partes más abrigadas, visceralmente expuesto frente a mis narices. Ansié desesperada una rasgadura, una imperfección, un aroma embebido de recuerdos. No podía sin él, y tampoco podía con las grietas por donde se filtraba, gota a gota, toda mi vergüenza. Pero no podía sin él.
María era de todas la mujer más desconcertante. Al menos para mi. Austera en sus gestos y serenidad que inquietaba. Cabellos largos y boca sombría. Los ojos luminosos y grandes auguraban inteligencia de pronta expresión en palabras. Él nunca la ocultó o exacerbó la historia que los unía. Antes que yo, aún antes que todas - quizás la primera -, se había arraigado a su vida con encuentros espaciados a lo largo de los años, breves, y apasionados. Acechaba sin insistencia desde los límites de la cotidianeidad. Compartían algunas horas semanales de clases en un posgrado de la Facultad de Sociales. Cuando yo preguntaba por qué esa historia siempre quedaba trunca, él preguntaba a qué me refería y comenzaba una discusión sin sentido.
En un instante heroico decidí cambiar mi mundo porque me supe incapaz de cambiar algo. Entonces repetí: "instante heroico" y reconocí de inmediato mi cobardía. Di vueltas en la cama. Estuve llorando. Me levanté y prendí un cigarrillo que apagué después de la primer pitada. Seguí llorando. A mares. Después encontré consuelo. Un acto nacido en la cobardía también podía ser heroico. Fui consciente de lo que dije y fui consciente de la trampa. No me importó. No quise explicarme por qué quería hacer lo que iba a hacer. Iba a hacerlo. Iba a llamarlo. Iba a decirle que era cobarde. Iba a mostrarle que el amor me había vuelto cobarde pero esta vez iba a decírselo. No iba a guardarme el dolor y las restricciones que me imponía la cobardía. Iba a animarme a decirle que era cobarde, que lo amaba tanto que me animaba a su rechazo. Y a compartirlo. A dejar en sus manos y a cambiar de manos mis temores. A compartir su cuerpo con otra mujer aunque él no lo haya pedido. Descubrí que él no importaba. Sólo importaba el amor que sentía por él. Iba a pedirle que me dejara compartir su cuerpo con la mujer que le había dado rostro a mis miedos. Ya no lloraba. Sonreía con las lágrimas secas en las mejillas: quizás sea él quien a quien haya desafiado a compartir mi cuerpo con otra mujer. En ese entonces no creí lo que pensaba pero alcanzó para darme coraje. Me paré frente al espejo y repetí mis palabras en silencio: no puedo vivir sin vos. Soy cobarde porque no me animo a vivir sin vos. Lo llamé. Del otro lado sonó la campanilla dos veces. Atendió. Tardé dos horas largas hasta convencerlo.
Cuando nos saludamos quise mirarla a los ojos. Ella se anticipó al desafío sin intimidarse y me devolvió una sonrisa cómplice. Permanecimos en silencio largos segundos sentados alrededor de tres tazas de café. María preguntó trivialidades que aún ridículas sirvieron para relajar el ambiente. Entendí rápidamente que María pertenecía a esa clase de personas - tan pocas - capaces de resguardar sus miserias a los ojos ajenos y disponerlas a la vista por convicción cuando sintiese necesario desahogarse. Era imposible percibir en su tono inseguridad o temor alguno y tampoco demostraba que no los tenía. Sentí nacer la necesidad de su boca en su belleza. En la sofisticación de su inteligencia radicaba su belleza. Ni en su cuerpo. Ni en sus ojos. Me sentí cómoda en sus palabras. María siguió hablando. En la última frase desafinó el tono y bajó la vista. Me besó después, con las palabras a medio decir. Sin anuncios. Subió a mi cuello y buscó palabras. La detuve con el índice sobre sus labios. Sonrió. La acerqué a mi pecho y le di mi pecho. Entendió. Desabotonó uno a uno los obstáculos de mi blusa y suspiró mientras me arrancaba el primer gemido. Sentado al borde de la cama, detrás nuestro, él disfrutaba nuestro encuentro. Busqué su mano y completó la secuencia iniciada por María.
Con el torso casi desnudo, los breteles a los lados y los senos aún cubiertos me pregunté como continuar con el hechizo. Intenté decirle algo pero ella me frenó de cuajo y llevó mi mano hacia su pelo. Enredé mis dedos en sus cabellos, y al caer me devolvieron el aire cargado de frío. Se sacó los zapatos y se recostó sobre la cama. No hizo nada más, sólo esperaba. Toda la noche escenificada en su cuerpo. Un perfume estíptico y boscoso sumaba voluptuosidad a la escondida entre sus ropas.
Exceptuando el espacio vacío de su cuello, su cara y sus manos, era completamente oscura. Su pelo descansado sobre sus hombros, enmarcaban la sensualidad que continuaba en la noche de su cuerpo cubierto. Me monté al impulso por descubrir su misterio. Comencé por lo bajo. Quité su falda con lentitud. Levantó la cadera para ayudarme y al rozar sus glúteos por detrás sentí por primera vez la insinuación procaz de su desnudez inminente. Me recibieron sus piernas carnosas y firmes, vestidas con medias oscuras sujetas por un encaje a sus muslos, sostenidas innecesariamente por dos ligas que culminaban su recorrido al inicio de su cadera. No llevaba ropa interior. Sólo las medias. Imaginé que a su sexo descubierto le seguirían senos de fácil desnudez. Fui a buscarlos.
Enrosqué su remera en el cuello. Ella se encargó del resto. Sus tetas sin corpiño me recibieron en un epicúreo estallido de belleza. En la rigidez de sus pezones supe entender que me habían estado esperando. Enormes como jamás haya visto. Oscuros y aún apretados desmesurados, mordidos y salientes, vértices finales de las aureolas deseando perderse entre mis labios. Los rocé con la palma. Me respondieron fijándose a mis manos como imanes. Ansiosa me desnudé por completo. Busqué más. Me senté sobre su pecho con todo el peso en mis rodillas para no lastimarla. Me tomó de la cintura llevándome hacia su boca. Me sujeté con fuerza a los bordes de la cama y descanse mi vulva en sus labios. Me lamió como un gato llevándose con su lengua todo el exceso de humedad.
Por detrás sentí una mano que no era su mano, la sequedad conocida de una piel que tantas veces me había tocado y que de tanto placer estaba olvidando. Se acercó a mi espalda sumándose a la lengua de María en la fácil tarea que era en aquel entonces darme placer. Tomó mis pezones entre los dedos, apretándolos con furia y buscó mi boca. Sentí su lengua forzándome los labios. Su saliva que por debajo se transformaba en más jugos para que ella beba del manantial. Se apartó de mi boca y escuché el gemido de María estremeciendo su cadera. El ya le estaba dentro.
Llenando su recoveco para mi todavía desconocido. Quise herirme con la escena que tantas veces había imaginado entre lágrimas. Fijé la mirada en la cadencia de su pija - tan mía - compartida, entrando y saliendo, de a poco y de a mucho del canal - tan similar y tan ajeno - que lo amarraba con insistencia y al que no se resistía. Entraba. Sus huevos apretados, la vena hinchada y violácea a punto de estallar. Y no fue dolor, sino un abrupto asalto de energía naciéndome entre las piernas, una ferviente ausencia que me despojó allí de todos los miedos. Y esas voces. Y esas dudas. Y esos conjuros ya poco importaron. Pronto silencio. Y otra vez empezar. O al fin empezar. Deje que mi cuerpo se asiera de cuanta alegría pudiese. Nunca sentí su verga tan descomunal y violenta como en aquel momento.
Las piernas abiertas acompañándolo para cada nuevo embate. Brillaba humedecida por el almíbar que me tenté a probar. Busqué un lugar entre ambos cuerpos, me detuve con un dedo en su clítoris. Erecto, expectante, se escurría de mi dedo al tocarlo y se endurecía hacia arriba cuando presionaba suavemente su contorno. Recosté mi boca para chuparlo, de su concha a la base de ese falo que de tan quieto la llenaba por completo en una continuidad que ya no era extraña. Me monté sobre ella, levantando la cadera para que me penetrase a mi también. Quise lo mejor de ambos cuerpos y llenarme con esos dos cuerpos los vacíos del mío. Embadurnó sus dedos con saliva y los metió sin prisa en la hendija donde yo encontraría la primer estampida del deleite. Sacó sus dedos para penetrarme finalmente con su sexo, nuevamente mío, lubricado con otros labios. María gemía y se desarticulaba en espasmos. Quise calmarla con mi sexo sobre el de ella. Abrazó mi pierna con sus piernas, humedeciendo mi muslo con su danza, prendida a su euforia. Imaginé su clítoris latiendo con mi muslo. Sentí su pija clavada por detrás. Amarré a sus tetas, sumándolas a un único placer: abundancia. Era imposible dibujar allí algún límite que no se deshiciese con un retazo ajeno. Un único falo para calmarnos a las dos.
Lleno, desviviéndose por no vaciarse. Lo chupé sin técnicas hasta sentir arcadas. María se entretenía en sus huevos. Lo apreté hasta sentir en mis manos el latido de su vena a punto de estallar. María sonreía lasciva, con la lengua arremolinada en el terciopelo de su apretada profundidad. El zumo espeso, licuándose en su breve trayecto, a borbotones en mi garganta y un abrazo a cuatro brazos como final. Pero la brevedad aunque eterna no era para nosotras. Ninguna de las dos esperaba entonces una despedida. Nos besamos sin desfallecer. Nos acariciamos un poco más.
Nos quisimos por primera vez.
Actúo la respiración del sueño. Espero a que se duerma. Quince minutos tal vez. El sonido áspero de su respiración me enternece. Siempre en la posición perfecta. Desnudo, boca abajo y con el muslo izquierdo sobre su panza. Acaricio su espalda velluda y comprobando que su sueño es profundo me deslizo suavemente pero con firmeza hasta sus nalgas. Un rizo oscuro y gracioso vigila el final de la hendidura. Voy y vengo. Me conmueve sentir lo que siento. A su lado María ronronea ininterrumpidamente su descanso. Todavía es posible imaginar el bosque en los vestigios de su perfume prendido en las sábanas. La observo dormir por largos segundos. Su sueño es tan relajado como su modo de besar.
Boca abajo, con la cabeza de lado, los labios levemente separados y el cuerpo desparramado. No quiero despertarlos. Mirarlos. Mirarlos y ver qué veo. Dejar de ver y sentir qué veo. No quiero dispersarme con detalles y al lograrlo siento que no me alcanza el alma para contener esta única imagen.
Desde la cúspide los cuerpos son difusas manchas en movimiento y el amor una brújula señalando siempre más allá. Si me miro hacia dentro sólo sus manos abrazadas a mi, en una eternidad vívida y tan real que por un momento es certeza. Sostengo los ojos abiertos hasta distorsionar los límites. La densa oscuridad atenuada por la luz de la ciudad que entra por la ventana transforma a este cuarto en la profundidad del mar. Todo es silencio. Por primera vez me siento en paz.
por Francesca
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