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“...No te olvides de mí, porque sé que te puedo estimular”
Charly GarciaAún hoy, algunos años después, siente crecer entre sus pantalones su falo al recordar ese momento. <Aaaahhhhh>, jadeaba ella entre sus piernas, y recordaba fielmente el cabello sobre su rostro sacudiéndose al compás de las caderas. Arriba y abajo, arriba y abajo, arriba y abajo, abajo, abajo, el sudor deslizándose por la brecha entre los pechos y por toda su espalda y en el interior de sus muslos.
Olor a miel < arriba y abajo > en el aire y en su boca el sabor de la noche tibia. Distraídamente su mano empuña la verga firme y empieza a recorrerla con delicadeza. No quiere su cuerpo despertar de las sensaciones que ocupan la mente en ese momento. Casi sumido del todo en sí mismo por un instante, < arriba y abajo > recupera la conciencia para respirar y serenarse. En su ventana contempla las estrellas en un cielo completamente despejado < arriba y abajo >, reconfortado por el calor que despide la pequeña chimenea en una esquina de su cuarto.
Los aromas de la naturaleza bregan por entrar en el cuarto y Alain los recibe agradecido, excitado completamente como siempre que se encuentra fuera de la ciudad, excitados sus oídos < arriba y abajo > por los ruidos de pájaros e insectos, excitado su corazón por la certeza de la vida, excitado su estómago, excitadas sus manos que no pueden aguardar < arriba y abajo > a cumplir su propósito de crear, excitado su semblante, excitada su piel que exuda calor, excitados sus ojos por la < arriba y abajo > luna hechicera y la allende luz de las luciérnagas. Y de nuevo, como siempre a esa hora de unión con todo, como siempre cuando sabe que hace el amor al universo, de nuevo escucha los cascos lejanos. Una lágrima surca su mejilla sin notarlo, y empieza < arriba y abajo > a sacarse afanosamente la ropa, desnudo ya para cuando el sonido de cascos se escucha evidente y cercano.
El caballo sigue siendo el mismo con los años: le recuerda exactamente - o le inventa exactamente, piensa por un segundo - a como le vio cada año anterior en un sitio distinto. Altivo, blanco, salvaje y dulce a la vez, con la inmensa verga erecta asomando entre sus patas traseras. Y su portadora es también la misma. Alain se pregunta si acaso el hecho de no cambiar es lo que distingue a los fantasmas, o al menos a los fantasmas de su alma solitaria. Los árboles no mecen sus ramas en este instante, en que el tiempo parece haber disminuido su paso ligero, y sin embargo el cabello de Nim se agita con fuerza con la imponencia de su dueña.
La mirada serena y firme, la boca inexpresiva, firmes los pezones en los senos firmes, firme las manos sobre las crines, firme y etérea su voluntad ectoplasmática. Firme como no lo será nunca más Alain después de haberla habitado, tan poco firme que ahora es incapaz, como los años anteriores, de acercarse tan sólo un paso.
Tiembla para sí, inamovible en su exterior a excepción de su pene que se agita como intentando empujar a su portador. Y le parece terrible, como cada año, el estar inmóvil, parapléjico de voluntad, castrado de valentía; no puede moverse cuando empieza de nuevo la ceremonia de los huesos secos de su nostalgia. Su sacerdotisa desmonta, desnudamente ataviada para el rito, impasible la mirada y ominosa a la vez, rebelde en su andar y en su sonrisa apenas evidente. Guía como siempre a la bestia con su mano derecha, halándola del descomunal miembro viril. Se detiene a unos cinco metros como es su ritual costumbre y extiende la mano izquierda hacia su inmóvil amante del pasado.
Sin que se muevan sus femeninos labios, Alain escucha una carcajada alegre y la mano se contrae y acaricia el pálido rostro y los rojos labios y entra en la boca jugueteando, y húmeda de saliva desciende por la barbilla hacia sus pechos que rodea con desesperada lentitud, ora uno, ora el otro, ora los pezones en círculos hipnotizantes. Desciende firme la mano por el vientre plano y Alain cree ver cómo se erizan los pequeños vellos bajo su ombligo a su paso tortuoso.
La otra mano no está quieta llevada atrás y adelante de la colosal polla negra del caballo, que tampoco parece moverse. Alain escucha de nuevo la risa, esa misma que escuchó por primera vez en una cama hace unos años < arriba y abajo >. Bruja maldita, demonio, oscuro, dadora de tristezas, doblada ahora un poco hacia atrás para exhibir mejor el centro orgiástico de su cuerpo, para mostrar mejor cómo se desliza el dedo, el del corazón, por su interior. Luego se recompone un momento y sacando la mano de su coño sagrado le envía, como cada año, un beso a Alain, y desaparece. Todo pasa como en un instante para el hombre, que gana de nuevo control de sus facultades y siente en sí el fuego de ese beso. Reaccionando a sus sentidos descubre entre sus piernas una cabeza familiar, la de Mia, a quien suponía ya dormida. Como en un sueño siente su lengua caliente, e inexperta, dando círculos alrededor de su glande, y ve sus manos acariciando también de forma inexperta la vulva.
Mia nunca había hecho ninguna de las dos cosas. Alain lo sabía pues nunca logró que lo hiciera antes, y ella sinceramente se lo había confesado. Eran placeres por los que sentía un miedo atroz, pero esa noche Nim había efectuado el hechizo. Como siempre había hecho, < arriba y abajo > era la reina de su magia y la diosa de su pasado. Y mirando a la luna, agradecido, como aquella noche hace algunos años, sonrió y se inclinó para poseer a Mia.
por Shitsu
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