Desde el Ático
por Henry Cuber
No sé como ocurrió. Recuerdo que era una calurosa tarde de verano y estaba jugando a la Game Boy, como una de otras tantas. Cuando de repente un gemido me sobresaltó. Rápidamente me puse en pie y me dirigí a la terraza del Ático. Con curiosidad me asomé al balcón y, ante mi sorpresa, alcancé a ver a tres hombres (uno de ellos negro, para más señas) desnudos. Formaban un triángulo en torno al cuerpo desnudo de una voluptuosa mujer. La chica rondaría los 25 años. Sus rasgos eran perfectos, tenía el pelo largo y rubio, una piel morena y tersa, dos gigantescos pechos siliconados pero muy apetecibles y un felpudo riquísimo para mi gusto.

Los tres maromos comenzaron a poseer todo el cuerpo de la chica. El más
musculoso estaba estrujándole los pechos y comiéndole los pezones. A la
chica parecía gustarle porque los gemidos eran cada vez más intensos.
Mientras, el más peludo se extasiaba mientras la muchacha devoraba su
potente y viril miembro, con un hambre voraz que me recordaba a los
animales. Por su parte, el negro observaba con absoluto deleite la situación mientras amasaba su gigantesca y negra verga, preparándose para introducirla en cualquier agujero libre de la preciosa mujer.

He de reconocer que me tuve que sentar un poco para reprimir mi fogosidad.

Dejé a un lado la videoconsola y volví a asomarme, justo en el momento en el que el negro se la hincó hasta el fondo, acrecentando enormemente los
gemidos de la zorrilla. Los momentos siguientes fueron un espectáculo. El
peludo descargó todo su semen en la boca de la chica, que intentaba
tragárselo todo. Por su parte, el negro terminaba su faena empujando y
corriéndose dentro de ella. Y por último, el musculitos terminó por
meneársela a la vez que gozaba de sus sugerentes tetas. La cosa no quedó ahí. Todavía quedaba lo mejor. Cuando el negro sacó su polla del agujerito delantero, le tocó el turno al musculitos que no dudó ni
un segundo en penetrarla. El hombre empujaba con ansias mientras que la
amazona se revolvía y volvía a gemir. El peludo se centró en el agujero
trasero.

La chica hacía disfrutar a sus dos penetradores mediante un movimiento de  caderas que volverían loco al más casto de los mortales. Además acompañaba sus movimientos con unos increíbles gemidos.

Unos instantes después de la doble penetración, el afable negrito buscó
rememorar sus orígenes y gozó con una espectacular cubana. El cuerpo de la zorra ya estaba bañado en semen, pero las nuevas corridas no tardaron en llegar.

La verdad es que la dejaron destrozada, pero aparentemente contenta y
esperando ser follada otra vez. Por mi parte, hacía rato que ya me había corrido contemplando tan excitante y esperpéntica escena. Gracias a esta experiencia me inicié en el mundo del voyeurismo y es que desde mi Ático ¡se ven muchas cosas!"
 

Henry Cuber

 

Volver al Indice