|
(Haushinka I) |
Bostecé del sueño que tenía. llevaba tres días viciándome con el Age of Empires hasta que por fin acabé con el ejercito enemigo. Me levanté y me acerqué a la cocina donde mi mujer preparaba la cena.Cenamos unas croquetas estupendas tras lo que me marché a la terraza para fumarme mi cigarrito y no molestar a Eva, mi mujer.Por supuesto, ya había anochecido.
En ese momento mi mujer me dijo que se iba a la cama pues estaba muy cansada pero yo no la presté demasiada atención. Acababa de ver a Nadia, una vecina adolescente. No la miraba con pensamientos lujuriosos sino simple curiosidad al saber que yo podía verla pero no era muy posible que me viese ella a mí. Nos habíamos mudado a Valladolid hacía dos años. Nadia y sus padres ya vivían allí entonces. Era un barrio periférico, tranquilo y muy bonito.
La conocí en un ascensor cuando bajaba al bar al bar a beberme unos cubatas con un amigo de Soria al que solía llamar Chabra. Desde entonces, siempre que nos veíamos intercambiábamos unas frases amables y sonrisas de amistad. Dado que sus padres eran los dueños del edificio, también sabía cómo era su casa. Un día que fui a pagar una mensualidad la descubrí en un pijama infantil azul claro, jugando con un cocker en su regazo. Frente a ella observé con sorpresa un póster con una palabra cuyo significado aún desconozco: Haushinka. En ese momento ella tendría catorce o quince años.
Tampoco me fijé mucho, en ese momento. Cierta vez incluso llegamos a cenar con ellos. Yo quise preguntarles por el significado de aquella palabra pero decidí que sería mejor mantener mi boca cerrada. Su madre era una belleza de persona aunque muy rigurosa frente al qué dirán. El padre en cambio, era un tipo divertidísimo, que hacía bromas sin parar y que parecía que su juventud apenas había empezado. Una pareja muy distinta pero que, pese a sus muy diferentes personalidades, con asombro pude comprobar lo mucho que se querían. Y mezcla de esas dos personalidades tan dispares, estaba Nadia.
Dado que teníamos una pequeña piscina en el patio, exclusiva para el barrio, la vi muchas veces en bikini a la vez que permitió que conversáramos de vez en cuando sobre cualquier cosa que nos pasara por la cabeza. ¿Cómo es ella? Pues al principio no me fijé pero cuando regresé del último verano, teniendo ella diecisiete años, no pude evitar fijarme, con disimulo para que mi mujer no se diese cuenta de aquella mirada, y con deseo, lo que me sorprendió. En ese momento tendría dieciséis o diecisiete años. Ella era morena con un pelo brillante y largo y suave como una manta de seda. Sus ojos eran verdes claros y si los mirabas demasiado corrías el riesgo de sufrir la misma suerte que la mujer de Lot. Su piel era muy suave, propia de una persona de esa edad. Su nariz respingona hacía juego con toda una cara repleta de seductoras pecas. Sus labios eran gruesos y jugosos, de esos que provocan sueños húmedos y los cuales, una vez los has besado, no puedes parar. Pero mentiría si dijese que me fijé primero en su cara. descubrí con atónito asombro cuanto había evolucionado su cuerpo en un mes y medio que habían durado mis vacaciones. Sus pechos, que habían sido pequeñas cerezas, eran ahora en extremo voluminosos. Eso hizo que, para mi asombro, pensase lo que sería acariciarlos y morderlos. Su trasero habría formado las curvas que harían que cualquier hombre girase la vista para apreciarlas mejor. En fin, se había convertido en una verdadera belleza. Deseable incluso para mí pese a que negase tales pensamientos.
Agité la cabeza para despejarla. sabía que era mucho menor que yo y pensar en ella en esos términos no era la mejor manera para mantenerse casto. ¡Y estaba casado, qué demonios! Pero no pude evitar bajar la vista y seguir su camino. Llevaba un vestido precioso con un pequeño escote pero con una raja en la falda que enseñaba más de la cuenta. Iba caminando deprisa como si intentase llegar rápido. ¿La pasaría algo?
Oí los ruidos que hacían sus llaves al abrir la puerta del portal. Sin saber qué hacía, me encaminé hacia la puerta de mi casa y decidí esperarla. Tendría que pasar andando por delante mío ya que los dos ascensores estaban cerrados mientras arreglaban no sé qué cosa. Quería averiguar si la preocupaba algo. Por motivos egoístas, sí, pero aún así lo deseaba. Miré hacia atrás para ver si mi mujer seguía en la habitación y salía fuera.
Cuando pasó frente a mí la saludé.
- Buenas noches, Nadia. ¿Qué tal va eso?
Se asustó y se cayó de culo de manera, tengo que decirlo, muy cómica. Con la caída, pude ver las bragas que llevaba y para mi desesperación(y deleite) sentí crecer la excitación en mí. Nadia levantó la mirada , sonrojada ante la absurda caída.
- ¿Estás bien?- lo pregunté más que nada porque seguía sentada en el suelo, mirándome.
- Estoy... me he mareado un poco.- dijo con rubor en las mejillas.
De manera espontánea me ofrecí a levantarla. No caí en la cuenta de que iba a tocarla hasta que ya me inclinaba sobre ella. Esperaba, por si acaso, haber cerrado la puerta de casa. Ella asintió y estiró los dos brazos hacía mí, y sin dejar de mirarnos la sujeté por sus brazos y conseguí levantarla. Noté cada centímetro de su piel, cada centímetro de su tela y noté que me estaba excitando demasiado. No podía pensar ni en mi mujer ni en su edad. Y sin darme cuenta, ví que mis brazos la sujetaban por la cintura. Me refrené un poco, lo suficiente como para dejar que se apoyase en una pared mientras mis ojos ora estaban fijos en sus inmensos pechos, ora en sus preciosos ojos. Me separé de ella notando como mi pene había cobrado una considerable altura.
- Déjame las llaves.-propuse.- Porque en ese estado podrías volver a caer y hacerte daño.
Ella sonrió con una dulzura enajenadora y asintió. Sonreí para mí pensando en su inocencia. Eso era un crédito muy grande. Cuando abrí la puerta me volví para dejarla pasar, un poco aliviado por haber podido resistir la tentación de arrojarme sobre esos pechos que subían y bajaban al respirar.
- ¿Me puedes acompañar hasta la habitación, por favor? Sigo un poco mareada.
- ¿Llamo a tus padres?-respondí atónito ante su inocencia. Estaba abotargado por lo que ella había dicho.
- No están. Lo siento.
Cogí aire y me dije que en cuanto la dejase en la habitación saldría por piernas y me olvidaría de ella, que era anormal excitarse tanto con otra mujer estando casado y teniendo ella esa edad. La cogí de la mano y empezamos a andar. ella me indicó adónde debíamos ir. Al llegar a su habitación, ella, lejos de soltarme la mano, me metió dentro. Yo me decía que debía irme pero tampoco quería. Mi pene estaba clamando a gritos que estaba más animado que nunca en años y estaba más excitado de lo que había estado en años. Me giré un segundo y descubrí que la puerta se había semicerrado. Tragué saliva pero mi calor interno, mi arma de guerra retumbaron.
Ella pareció no advertirlo y se dejó caer sobre la cama. Nunca la había mirado con lujuria pero en ese momento la misma se desbordó. Veía sus delicados tobillos, su muslo que escapaba al vestido, su trasero, tan magnífico que superaba a cualquier otro y sus pechos, aplastados, sobresaliendo. Fue allí cuando perdí la noción del tiempo y donde me perdí en mis propios pensamientos y deseos libidinosos. Dominado por una intensa lujuria y maldiciéndome por mi estupidez, me arrodillé a su lado y la miré extasiado. Parecía dormida. No entendía ni pensaba nada, sólo quería acariciarla. Llevé mis manos por sus piernas hasta llegar a los muslos. Acariciar su piel era como pasear una ciruela por una túnica de seda azul, reflejo de veranos ardientes y amores miles.
Supe que no estaba dormida cuando sus piernas se fueron abriendo a mis caricias. Una parte de pánico me embargó(mi mujer, volvía a repetirme, ella es menor) pero lo que más sentía era lujuria; lujuria y desenfreno. No podía parar de acariciarla. Y decidí ir más lejos. No con la cabeza sino, obviamente, con la polla. La subí el vestido como pude hasta llegar a la cintura. De pronto descubrí unas braguitas rosas de virgen vestal. Acerqué mi cara a su trasero y pasé mi nariz por sus glúteos mientras mis manos amasaban tan perfecta masa. Acariciaba su culo con el mayor de los deleites sin remordimiento alguno ya, sin pensar, sin razonar, sólo pensando con la terrible excitación que me había enloquecido. Ya no podía aguantar más y ya que había llegado hasta aquel punto, correría el riesgo y me lanzaría a por todo. Me levanté desnudándome a toda velocidad. En unos segundos estaba ya sin ropa y me arrojé sobre ella. Estando sobre ella, le quité con suavidad las bragas a lo que respondió con un suspiro. Estaba despierta pero eso, lejos de acobardarme, me excitó aún más.
Mi pene estaba clamando guerra, furioso como una espada. Ante mi asombro, ella se incorporó un poquito, dejándome su trasero preparado para la estocada más brutal de nuestras vidas. Deseaba penetrarla con un ardor inconfesable. Y ella también. Vi sus enormes pechos bamboleándose rítmicamente sobre mí y gemí de placer. Empecé a meterla lentamente, con suavidad mientras mis manos se agarraban a su trasero. Sabía que si ponía mis manos sobre sus pechos, me correría de inmediato, ante esos pechos tan magníficos como la propia vida. Entraba lentamente en un agujero que era penetrado por primera vez y sus gemidos aumentaban como la espuma. Me agarré con fuerza a sus trasero disfrutando del momento. De repente estaba toda dentro. Ella se agitaba inquiete, mezcla del intenso placer que sentía, mezcla de la sensación de ocupación. Empujaba, follandola por detrás, sintiendo cada centímetro de mi pene deslizándose por su trasero. Mis gemidos se unieron a los suyos y nuestros movimientos se hacían cada vez más rápidos. Jadeaba intentando hablar, decirla algo pero mi mente estaba obnubilada de placer y de los gemidos ansiosos de ella. Mi pene entraba y salía, entraba y salía de ella, abriéndola como nunca hubiese soñado, deleitándome como jamás había hecho. Con un golpe se la metí hasta el fondo, todo lo que pude. Ella gritó y se quedó sostenida por mi pene, extasiada y caída en la cama mientras me la follaba con todas mis fuerzas, con rabia incluso, jadeando, intentando hacer que gritase de placer. Y ella empezó a gritar. De placer, mientras nuestros cuerpos se golpeaban entre sí, disfrutando del ardor y la magia del sexo, hinchándonos de sexo, yo penetrándola con todas mis fuerzas por detrás y ella recibiendo en su trasero una barra dura, muy grande incluso para ella y terriblemente caliente. Tenía el trasero abierto en extremo y sus gritos y jadeos eran estentóreos. Jadeaba como un animal en celo mientras es devorado por su compañero y yo seguí devorándola con mi polla, abriéndola cuanto más mejor y saliendo y entrando en ella. Diecisiete años que eran follados por mi pene, atravesando su culo, hasta el fondo, haciéndola llorar y jadear al mismo tiempo. Gritó intensamente. Estabamos completamente sudados cuando de repente me paré. Notaba que estaba necesitando un descanso.
Llevábamos casi diez minutos, follandola por detrás y ella estaba exhausta. Saqué mi pene que protestaba enérgicamente contra esta interrupción, y me eché a su lado y sobre ella. Yo quería más, mucho más y sabía que lo conseguiría pero que, por el momento, debía dejarla descansar. De repente, me levanté un segundo y volví a encajar mi pene en su trasero. La pillé desprevenida y gimió de dolor pues había entrado de un sólo golpe. Seguí bombeando con más fuerza que nunca y pronto oí sus intensos gemidos de placer. Bombeaba a toda velocidad, con todas mis fuerzas, follandomela con toda mi rabia mientras ella volvía a llorar y gritar de placer al mismo tiempo. Y supe que estaba a punto de alcanzar el clímax pero egoístamente, seguí bombeando, sin sacar mi pene de ella. Y llegué al final. Esparcí todo mi semen dentro de ella, inundándola y sin parar de follarla, gritando y arañándola, temblando de placer. Me estremecí y paré, casi nublada la vista y aturdido. Nos desplomamos los dos, ella sobre la cama, yo sobre ella. Aún mi miembro estaba dentro pero me sentía muy muy cansado. ¿Qué iría a pasar a partir de ahora? Porque estaba claro que después de lo vivido, yo lo repetiría cinco veces al día durante todo el año.
Me levanté y me dejé caer de lado hacía su cara. Nadia tenía la cara perlada de sudor y los ojos cerrados. Jadeaba con una sonrisa enorme en sus labios.
Tardé mucho tiempo en poder levantarme, confiando en que mi mujer no hubiese oído los gritos.
- ¿Te vas ya?- preguntó. Por fin oía su voz esa noche. Me quedé pensando. Me quedaba allí o me iba. La miré mientras pensaba. Y encontré la respuesta.
por The Jack Frost
Volver al Indice de The Jack Frost