Experiencia con Vany (y VI)
 
 LA CONJURA (2º y ultima parte)

Floren y Sandra se olvidaron de Vany y de mí, durante un buen rato, y se enfrascaron en un excitante cuerpo a cuerpo. Era impresionante y hermoso ver como se besaban, como se acariciaban, como se lamían todo el cuerpo, como se comían mutuamente el coño, como disfrutaban de breves orgasmos. Sandra con su sabia lengua alcanzaba rincones del cuerpo de
Floren que yo seguramente nunca habría adivinado. Penetraba entre los labios de su vagina y la hacía suspirar y gemir como jamás la había oído. Por cierto que Vany en diversos momentos intentó añadirse a sus juegos pero una y otra vez fue rechazada autoritariamente.

Poco a poco, aquel espectáculo me fue poniendo cachondo. La sangre volvió a rellenar los cuerpos cavernosos de mi polla. Y, apenas habría pasado media hora, cuando conseguía una nueva y sólida erección.
Otra vez me entraron unas ganas locas de tirarme a Sandra. Sin embargo, después del escaso éxito de Vany, no me atrevía a interrumpir sus maniobras con Floren. De todas maneras, no podía apartar la vista de aquel culo compacto, apetecible, que se agitaba con una potencia sensual inusitada. Sentado en primera fila, veía, a veces, como la punta de la lengua de Floren se escapaba del coño de Sandra. Saltaba furtiva y brevemente sobre su ano violáceo y lo dejaba chorreante y jugoso. Tanto el culo como el coño, así tratados, resplandecían con toda voluptuosidad. Y, empapados de saliva, se veían perfectamente a punto para ser penetrados.

Era una visión hermosa y lasciva, propia de los versos del Aretino ("donde termina el culo empieza el coño,/ ambos bellos y dulces recipientes"). Una visión que prácticamente me había puesto al borde del éxtasis. Por una parte, me moría de ganas de hundir mi polla en cualquiera de aquellos agujeros húmedos. Pero por otra, no quería romper aquel cuadro tan armónico, tan excitante, tan deliciosamente impúdico. Y casi sin proponérmelo, me puse a rendirle homenaje con una prometedora paja.
Pronto comencé a experimentar un temblor cálido en todo el cuerpo. Me masturbaba a ritmo pausado. Obligaba al prepucio a tapar y destapar una y otra vez la corona del glande, hinchado ahora, con la piel tirante y purpúrea. A cada jadeo, sentía un placer progresivo que estimulaba mis huevos y endurecía mi verga. Un placer que me llegaba a oleadas tan intensas que me ponían al borde del orgasmo. Por fortuna, la mano es mucho más dúctil que una vagina o un ano. En el momento preciso, se detenía, se aflojaba, se distanciaba un poco, para concederme una tregua estratégica al deseo de eyacular. Pasados unos instantes, volvía a empuñar vigorosamente la polla y reemprendía con mayor decisión esas maniobras libidinosas.

-Si no paras, guapetón, te la vas a destrozar -me advirtió Vany, a mis espaldas.

Fue apenas un susurro. La punta de su lengua había rozado el hueco de mi oreja y un escalofrío lujurioso saltó como un rayo a través de mi columna hasta los genitales.

-Déjame a mí, cariño -insistió Vany. Se arrodilló entre mis piernas y, apartando mis manos, se puso a chuparme suavemente el capullo.
La verdad es que Vany era todo una experta en estos menesteres. Tal vez debido a sus propias experiencias, me mamaba la polla mejor que nadie. Me ponía a cien en un instante, pero en el último momento me mordisqueaba suavemente el glande para rebajar mi tensión y evitar que me corriese. De este modo, durante un buen rato me mantenía en ese estado letárgico de placer sordo y sostenido, con toda la leche quemándose en mis cojones. En realidad, me estaba haciendo disfrutar tanto que todo mi cuerpo parecía flotar, totalmente desinhibido, con un doloroso bienestar genital. Hasta el punto que, en un momento dado, me sentí tan agradecido que me vi impulsado a devolverle sus deliciosos servicios.

Y comenzó el esperado 69: Vany tendida sobre el alfombra y yo a gatas sobre ella. Había tenido un bonito detalle y se había enfundado su cipotejo con un condón que sabía a menta.

-Así te será más fácil -me había dicho al ver mi sorpresa.

No se cuándo ni cómo comencé a mamarselo, porque toda mi sensibilidad estaba en mi polla y no en mi boca. De hecho, yo actuaba como si estuviese lamiendo y chupeteando un clítoris gigante. Un clítoris que iba aumentando y endureciéndose por momentos. Sin embargo, a Vany parecía gustarle mis chupadas, porque soltaba débiles gemidos. Levantaba a veces la pelvis para hundir más su cipote en mi boca y se agarraba y retorcía los pezones sin cesar.

Pero, al mismo tiempo, se aplicaba en su mamada. El modo con que sus labios oprimían y liberaban mi glande, aquella humedad precisa de su saliva lubrificante, aquella sabiduría masculina con que su lengua vibrátil azotaba suavemente los nervios sensibles de mi polla, comenzó a llenarme de extrañas sensaciones de placer que se incrementaban a cada latido. Sentía por todo mi cuerpo descargas contradictorias, de gusto y de dolor insoportables, que arrancaban del tronco de mi verga y destallaban de inmediato en mi cerebro. Perdí rápidamente la noción de todo lo que me rodeaba. Miraba, pero no veía. Escuchaba, pero no oía. Chupar la polla de Vany se convirtió en una especie de sucedáneo de mi necesidad de gemir, de blasfemar, de gritar al infinito.

Es posible que, con mi propia excitación, consiguiese aprender sobre la marcha un arte que hasta aquel momento me repugnaba. En realidad, había tanta sincronía, tanta simbiosis en aquel 69, que tenía la sensación de estar chupándome mi propio miembro y no el de Vany.

Creo que, en algún momento, totalmente desaforado debí engullírmelo hasta la garganta como respuesta simétrica de cualquier atracón parecido por parte de Vany. Me atraganté más de una vez. Pero, a pesar de la amenaza de vómito, volvía enseguida a aplicarme en mi labor por miedo a ser castigado, por miedo a perder todo el placer con que me regalaba la boca de Vany.

En una de esas ocasiones, levanté la cabeza. Delante, mirándonos atentamente, estaban Sandra y Floren. No sé de dónde demonios habían sacado un largo y grueso consolador de látex, de esos con capullos en ambas puntas. Sandra lo tenía hundido en su coño casi hasta la mitad. Subida sobre las caderas de Floren, se la estaba follando. Floren, con la otra mitad de aquel aparato hurgando en su vagina, se acoplaba al vaivén que imprimía la otra. La verdad era que ambos cuerpos, sudorosos, habían adquirido una luminosidad increíble. Me parecieron más bellas que nunca y, al mismo tiempo, más terribles. Parecían una escultura brutal de algún animal perteneciente a una mitología primitiva. La verdad es que Sandra estaba jodiendo a Floren con una mezcla de exquisita feminidad y rudeza salvaje. Y Floren, según su costumbre, gritaba, nos insultaba a todos y pedía, a diestro y siniestro, que no se acabase nunca aquel momento.
-Déjalas que se jodan. Tú a lo tuyo, tío -por un momento Vany se había sacado mi pene de la boca y me lo manoseaba nerviosamente.
Y, en efecto, volví a lo mío. Volví a chupetear aquella polla enfunda de Vany, que por cierto ya no tenía gusto a menta sino a mi saliva y a material sintético. Volví a sentir como Vany trabaja a fondo mi verga, devolviéndome a ese mundo efímero de las delicias. Y otra vez volví a perder la noción de estar metido en una especie de orgía doméstica.

Aunque nunca me la habían mamado tan maravillosamente, o quizá por eso mismo, sabía que aquello ya no podía durar mucho más. Me correría sin remedio en cualquier momento, incapaz de poner freno y marcha atrás a aquel placer fabuloso. Vany, no obstante, maniobraba hábilmente para ayudarme a retrasar ese momento. Con apretones estratégicos en la base de mi capullo o en mis propios huevos, me proporcionaba pequeñas treguas incómodas. Pero cada vez notaba más que todo mi cuerpo estaba loco por sucumbir definitivamente.

-Cabrona, acaba de una vez -creo que le pedí o al menos lo pensé.

Me tragué su polla con voracidad , esperando que ella hiciese lo mismo con la mía. Sin embargo, no fue así. Se dedicó a lamerla delicadamente, llevándome a la recta final del orgasmo. Al mismo tiempo, me separó con fuerza las nalgas. Seguramente, había dejado mi ojete indefenso, abierto, a punto para el lametón o la caricia digital. Pero, de pronto, algo más duro que un dedo o la polla de Vany me atravesó el culo hasta el final del recto. Sentí literalmente que se me rajaba el ano, que me estallaba el esfínter, que se me rompía el vientre. Un dolor violentísimo me paralizaba. Enfurecido intenté levantarme para sacudírme aquella empalada brutal.

El cuerpo de Sandra, derrumbado sobre mi espalda, me tenía momentáneamente inmovilizado.

"¡Joder..¡ ¡Hija de puta!¡Te voy a hostiar!", quise gritar. Pero sólo lo pude pensar, porque Floren me sujetaba con fuerza la cabeza, sin dejarme que escupiese la polla enfundada de Vany. Por cierto que ésta, aprovechando la situación, me agarró firmemente el cipote dispuesta a hacerme las dos o tres grandes mamadas finales.

-Vas a follarme el coño..., pero a mi manera. ¡Disfruta ahora, cabrón! -me retaba Sandra, mientras me mantenía aprisionado con sus poderosos muslos de yegua.

Floren reía y me sugería que no me resistiese.

-Relájete y disfruta, cariño -me decía.

Las dos me pedían que disfrutase. Pero, en realidad, aquel objeto no identificado me estaba haciendo un daño horrible. Yo reaccionaba apretando desesperadamente el ojete, una y otra vez, con la esperanza de poder así expulsarlo.. Sin embargo, esto excitaba más a Sandra que aumentaba su ritmo y me taladraba más a fondo.

Por otra parte, las mamadas de Vany arrancaban en todo mi cuerpo oleadas chisporroteantes de placer. Estaba dominado por una mezcla de sensaciones agridulces que ya no podía identificar. A veces me dolían las chupadas de Vany; a veces, sentía una especie de deleite prostático, arrancado por aquella feroz penetración anal de Sandra; a veces, ni una cosa ni otra, sino una necesidad animal de liberarme enseguida de todo aquello, vaciando mis cojones hasta la última gota de leche.

Y entonces me corrí. Fue como una rendición. Me estremecí como nunca. A cada estertor, eyaculaba grumos de cuajada en la boca de Vany. Ella, solícita, no sólo se los tragaba con avidez, sino que además, con toda suavidad y delicadeza, me iba limpiando el capullo a lengüetazos. La gran puta sabía muy bien lo que se hacía. Porque, con esas maniobras, fue consiguiendo alargar mi orgasmo. Realmente sólo unos segundos. Durante aquellos breves instantes, adoré hasta la locura aquella boca hábil, aquella lengua lujuriosa. Mi verga se había convertido en mi dios y Vany, en su suma sacerdotisa. Aquella gozada recorrió como un rayo todos los nervios de mi cuerpo y se acumuló finalmente en mi cerebro. Y de pronto estalló como un cohete, se convirtió en un fogonazo terrible que me dejó totalmente anestesiado de placer.

Concentrado en disfrutar de mi orgasmo, no supe ni cómo ni cuándo Sandra dejó de follarme. Tampoco supe (ni me importaba) si también ella se había corrido. Aunque me pareció que, en algún momento, había soltado un grito histérico y prepotente: "¡¡Síííí...!!¡¡Maricón de mierda...!! ¡¡Sííí...!!".

En realidad, los tres nos habíamos soltado casi simultáneamente, desparramándonos de espaldas sobre la alfombra. Vi a Sandra, temblando y hundiéndose todavía en el coño aquel consolador de al menos 40 centímetros. Vi a Floren darle un beso largo, profundo, lingual. Vi también a Vany, con los ojos cerrados y la cara pringada por mi leche, suspirando.

Tampoco sabía si se había corrido en mi boca. Instintivamente, iba a preguntárselo. No fue necesario. Su cipotillo, en medio del pubis afeitado, había comenzado a arrugársele. En la punta del condón, embutido, se veía una especie de gel blanquecino.

La verdad es que me alegró que Vany también se hubiese corrido. Le estaba agradecido porque, realmente, me había hecho gozar como no hubiese imaginado nunca. Estuve a punto de decírselo. Pero me contuve por miedo a mostrarme vulnerable ante cualquier reacción de entusiasmo, de afecto, por parte de Vany . Con todo, me quedé buscando alguna fórmula neutral sin encontrarla. Hasta que finalmente desapareció la lascivia placentera de todo mi cuerpo.

De pronto, ante la realidad de aquel panorama, comencé a sentir un incómodo desasosiego. Pensé que, como me había ocurrido en ocasiones parecidas, era cosa de mi sentido de la masculinidad. Pero lo cierto es que se me estaba aflojando el vientre y que me dolía un montón el recto, el ojete y todo el perineo.

No era la primera vez que me follaban así. Sin embargo, siempre después de que alguien me hubiese ido preparando, mimando, el ano hasta conseguir una especie de consentimiento libidinoso por mi parte. Y sólo entonces me la habían metido con mucho cuidado. Sandra, en cambio, había actuado con absoluta mala leche. Técnicamente, había sido una violación en toda la regla. Con premeditación y alevosía me había destrozado el culo con aquel cacharro monstruoso e inflexible. Pero, sobre todo, la muy hija de puta me había humillado hasta lo imposible.

Con la mano, me exploré y me palpé el trasero, convencido de que algo se me habría desgarrado. Debía estar sangrando. Seguramente, me quejé en voz alta e intenté incorporarme. Busqué en alguna de ellas un gesto, sino de cariño, al menos de respaldo. Pero las tres estaban retorciéndose en el suelo y riéndose a carcajadas.

Es decir, todo había sido una conjura, una encerrona. El verdadero fin de toda aquella especie de orgía había sido una auténtica ceremonia de violación anal. Podía entenderlo por parte de Sandra y de Vany. Sin embargo, no comprendía por qué Floren se había prestado a aquel juego.
Indignado, me metí en el cuarto de baño. Estuve un buen rato refrescándome el trasero en el bidé. Cuando salí, Sandra y Floren ya se habían vestido.

-Cariño, sólo ha sido un broma -murmuró Floren en mi oreja, besándome el lóbulo, mientras me acercaba un vaso con whisky.

-No te quejes tío -me dijo Sandra entre sonrisas-. Al fin y al cabo, te he dejado el culo perfectamente preparado para la vida moderna.
Iba a soltarle una soberana hostia, pero Floren me detuvo el brazo. Acercó su boca a mi oreja y suavemente me susurró:

-Cariño, hace días que te lo quería decir... Lo siento, amor. Me voy con Sandra -me anunció-. No vamos las dos una temporada a Amsterdam.

A continuación se lanzó a sus brazos y la besó con una ternura desconocida para mí.

Convertido en estatua de sal, vi como tranquilamente ambas se iban hacia la puerta de la calle.

-Se han encoñado como dos imbéciles -comentó Vany todavía desnuda y tumbada de espaldas en el suelo.

-Siempre te quedará Vany -me pareció que, ya desde la escalera, decía alguna de ellas enfáticamente. Luego, se cerró la puerta de la entrada.
Quedé un buen rato desconcertado, confuso, incapaz de asimilar todo lo que estaba ocurriendo. Lo único que de verdad tenía muy claro era que, aquella vez, sí que realmente me habían dado por el culo.

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