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Laura no podía creer que estuviera riendo en ese mismo instante de su vida (o mejor, de su muerte). Todo transcurría como en cámara lenta, y se dispuso a hacer de su última fantasía una realidad mandando como aquella noche su mano izquierda a su entrepierna, derritiéndose por última vez ante las paradojas de la vida, mientras sentía su frío aliento acercarse, arrebatarle su ser entero.Era difícil recordar cuantas veces había reído así en su vida. Sin embargo, recordaba bien cuándo había sido la primera vez. Tenía 14 años. Según su propia percepción realmente tenía apenas dos años de nacida. La otra Laura había muerto en brazos de un vampiro de novela. Aún no imaginaba cuál iba a ser su destino a este tiempo.
No, aún no había leído a Louise Cooper, ni se había masturbado viendo las películas de Coppola o Carpenter. Sin embargo, lo presentía y por eso que sabía iba a sentir, se preparaba desde entonces conociéndose, sola cual vivía.
Ese año representó un cambio importante en su vida. Su madre dejó de percibir la pensión que enviaba su desaparecido padre (uf, ya eran casi once años), y tuvo que buscar un trabajo. Por tanto Laura, que llegaba de su colegio hacia las cuatro de la tarde tenía siempre unas tres horas sola en su casa, tiempo en el cual leía lo que podía, en especial lo relacionado con los vampiros, o se transportaba al palacio de sus fantasías. Imaginaba el rostro pálido, la nariz aguileña, los ojos muertos y el largo cabello. Los labios rojos y los colmillos llenos de sangre y la lengua ávida del íncubo recorriendo su coño con frenesí. Se veía en una mazmorra atada con cadenas.
Estaba de pie con los brazos atados a las vigas el techo y el vampiro frente a ella, cruel presentador del erótico espectáculo. En su fantasía Laura veía los rostros de otros prisioneros mirándola mientras el vampiro hincaba sus dientes en sus senos con un dolor pavoroso y ella se revolvía de dolor y deseo pidiéndole mordiera también su sexo abierto y sediento. En esos momentos se restregaba los pechos con furia, a veces incluso pellizcando los pezones erectos.
Sus pechos se habían formado bien en muy poco tiempo. Le gustaban a los hombres, ella le gustaba a los hombres, lo notaba por sus miradas distraídas y errantes por toda su anatomía. Laura había llegado a pensar que los hombres realmente tenían un olfato muy especial pues nunca se atrevían más que a cruzar un par de palabras con ella, como si - se decía Laura - pudieran sentir el olor a sangre en su voz. Habían chicos guapos en su clase y en su colegio, pero Laura nunca se había sentido atraída por ellos: les veía insulsos, vacíos, pobres, patéticos. Laura nunca hablaba con nadie a menos que fuera estrictamente necesario, y sabía también que las demás chicas la envidiaban y le temían.A veces fantaseaba con ellas. Se veía a sí misma como Erszebet Báthory, reclutándolas, dominándolas, bebiéndolas. La primera vez que las imaginó pretendió sacar de su mente esas imágenes, pero con el tiempo se había acostumbrado a ellas y las recibía con gratitud.
Esa noche estaba pensando en ellas, en cómo sería tenerlas a todas allí a su dominio, bajo su látigo, cómo sería poder estar desnuda frente a una de ellas y arrancar de un tajo su garganta y bañarse con su sangre y beberla. Cómo sería si fuera ella la amarrada - nunca se había sentido atraída por otra mujer ni creía que pudiera suceder, pero si ella fuera uno de ellos, si la mujer fuera una vampiro ...
¿Qué pensaría su madre si la encontrara como estaba ahora, desnuda en la tina del baño, sintiendo el agua de la ducha caer sobre ella, pensando en que no es agua sino sangre?
¿Qué diría al verla acariciarse su conchita y mordiendo con odio el patito de hule de la tina?
En ese momento sintió la llegada del coche de su madre. Se dio un último duchazo y salió a saludarla en el preciso momento en que su madre le iba a llamar.
¿Qué pensaría su madre de sus sueños y fantasías? Con reticencia su madre había permitido que llenara su alcoba de ilustraciones de vampiros, fotografías, libros de vampiros. También había permitido que el negro y el rojo destacaran entre los colores de su ropa. Pero, ¿también permitiría a su hija el arder en deseos de vivir como un ser del que todos dudaban, incluso Laura a veces? Laura moría de terror cada vez que sentía que podía ser descubierta por su madre. Se había acostumbrado al morbo de poder ser hallada en el colegio, o en otros lugares, pero que fuera su madre quien la hallara era algo que no podía permitirse.
Hizo sus labores y tras hablar un poco con su madre volvió a su cuarto dispuesta a dormir, dejando eso sí como cada noche la ventana abierta. Empero no pudo conciliar el sueño, no sabía por qué pero la idea de su madre hallándola no la abandonaba. Se acostó hacia las nueve, y eran casi las once y treinta. Con los ojos cerrados simulando dormir, notó que era la tercera vez que su madre se acercaba a constatar que estuviera dormida. ¿Era así todas las noches? Nunca lo había notado porque siempre el sueño la vencía con facilidad. ¿Acaso su madre sospechaba algo? ¿Acaso Laura tenía algún orgasmo durante el sueño y su madre lo había notado? ¿Acaso había dicho algo dormida, algo que inquietaba a su madre?
Laura escuchó el tele del cuarto de su madre y le pareció extraño. No tenía casi volumen, y hasta donde sabía su madre no era afecta de la televisión. Se levantó sigilosamente. Su madre había puesto el seguro de su puerta durante la última revisión dándose por convencida de que Laura dormía. Eso estaba bien pues así Laura sabía que su madre estaría pensando que ella no se iba a levantar. Cuando iba a llegar al cuarto de su madre escuchó que esta se levantaba e intentaba salir. No lo dudó y se escondió de inmediato, amparada por la oscuridad, en la cocina que quedaba justo al lado del cuarto de su madre. La vio salir con su pijama puesto y bajar las escaleras y entonces decidió entrar a la habitación: si su madre llegaba le explicaría que se había levantado porque tenía sed.
Tan pronto entró perdió el aliento al encontrar que el VHS estaba prendido y en el televisor se apreciaba un par de mujeres desnudas besándose. De hecho no sólo se estaban besando sino que una acariciaba los senos a la otra y la otra le acariciaba profusamente los glúteos. Laura escuchó que su madre venía otra vez, y no queriendo ponerla en evidencia se metió de inmediato al closet. Desde allí, a través de las rendijas podía ver con facilidad toda la habitación, si bien no veía la imagen del televisor. Su madre entrecerró la puerta y se sentó a horcajadas en la cama frente al televisor. Laura descubrió en sus ojos la misma expresión que ella solía tener tan a menudo.
Con la boca tapada por sus manos Laura observó a su madre empezar a acariciarse sobre la ropa sacando en seguida uno de sus pechos fuera del pijama. La televisión parecía ponerla a mil porque duró un buen rato así, aguantando sus gemidos según Laura podía ver, y luego se quitó la camisa del pijama, quedando tan sólo en los pequeños pantoloncitos. Jamás había pensado que su mamá fuera tan sensible y erótica, retorciéndose sobre la cama y moviéndose los pechos en todas las direcciones. Las manos de su madre resbalaron por su estómago y con la mirada fija en la pantalla Laura reconoció en su madre los movimientos auto eróticos que bien conocía ya desde hacía dos años. Estupefacta la sintió correrse largamente ahogando con una almohada su orgásmico gemido y tras unos minutos levantarse perezosamente y dirigirse al baño que había en la habitación, ocasión que aprovechó Laura para escurrirse a su habitación, en donde, con la entrepierna cálida, se destornilló de risa. Después de todo, su madre no tendría de que asombrarse si la encontrara un día haciéndose una paja; eso era cómico.
Tampoco se asombraría ahora de las cosas que Laura hizo en los dos años siguientes, porque si bien los pezones de Laura se enderezaban cuando pensaba en un vampiro, su madre se excitaba viendo películas porno para lesbianas. De hecho, tal vez su madre era lesbiana, tal vez le lamía el coño a algunas de sus amigas, tal vez se metía un consolador (aunque nunca le había encontrado uno) en su bonito huequito.
¿Cómo podría entonces recriminarle por soñar y fantasear?
Probablemente su mamá sabía algo, porque nunca le dijo absolutamente nada. Tal vez notaba que su hija había heredado de ella esa sensualidad a flor de piel, ese embriagante impulso de lujuria que dominaba hasta sus células más pequeñas. Nunca dijo nada acerca de su carácter sobrio y su personalidad reservada. Probablemente por eso tampoco le dijo nada cuando conoció a Francis, su primer novio. Lo tuvo recién cumplió sus quince años, silencioso como ella, pero menos brillante, menos audaz, más aburrido. Sin embargo sus facciones europeas le parecían terriblemente atractivas: parecía un vampiro. Eso no bastó, sin embargo, pues Laura notó pronto que nada tenía del siniestro rey de su coño, de ese que hoy doce años después la estaba poseyendo más allá de cualquier barrera física.
Francis era estúpido y no pensaba sino en joder. A Laura no le desagradaba del todo la idea pero pronto se tornó aburrido. Sólo quería tocarle las tetas y aunque tenía la polla grande y gruesa (de hecho, era la primera polla que Laura había visto), eyaculaba apenas se la metía. Era tan imbécil que ni siquiera notó que el secreto para que Laura fuera suya consistía en besarle y mordisquearle el cuello, algo que ella le hacía todo el tiempo. El único orgasmo que Laura tuvo fue una vez, en su coche, cuando se le sentó en el rostro y el empezó a lamer y a lamer. Era de noche y si bien Francis era tan estúpido como para no saber dónde quedaba su clítoris Laura gozó imaginando que era un vampiro.
El final con Francis fue terrible. Para él, principalmente. Laura estaba harta y quería terminar, pero Francis insistía una y otra vez, no tanto en la relación sino en que siguieran teniendo sexo.
¿Quieres sexo?, dijo Laura con una mirada salvaje que petrificó al joven de inmediato, y sólo pudo afirmar con la cabeza. Pues bien, ven a mi casa esta noche, mi mamá no está en la ciudad. Francis llegó temprano y se sintió incómodo de inmediato al hallar el hogar iluminado sólo por la luz de las velas. Laura le abrió la puerta envuelta en una capa negra y le guió a la sala donde le regaló un beso delicioso. La sala tenía varios espejos dispuestos y en uno de ellos, al moverse Laura, descubrió que esta no tenía nada debajo.
Laura rió complaciente al notar el montón que crecía en la entrepierna del muchacho. Se le acercó por detrás y le besó el cuello y las orejas, mordisqueando aquí y allá, deslizando las manos por su pecho y su vientre hasta llegar a la dureza de su verga. Le desabrochó el pantalón que cayó hasta las rodillas. En seguida la polla erecta se escapó de los interiores del joven y Laura sopesándole los huevos, bajó también los calzoncillos hasta donde habían quedado los pantalones. Lo empujó hacia una silla y Francis cayó, impedidas sus piernas para moverse con facilidad. Entonces Laura se abrió la capa y empezó a masturbarse para su amante. Francis había empezado a hacer lo mismo y Laura se le acercó dándole palmadas en las manos, y una que otra a la enhiesta viga que tembló agitada y más dura que nunca.
Laura se arrodilló entre sus piernas y le besó primero el escroto.
A continuación reptó su lengua por el pene endurecido y sin circuncidar. Llegó a la punta y bajó la piel con una de sus manos dejando la roja testa al descubierto. Empezó entonces a pasarla en círculos alrededor de la pequeña abertura, y sin espera Francis le derramó encima una buena carga de espeso semen blanquecino.
No dejaré que se caiga - le dijo Laura, y siguió lamiendo hasta que la inmensa polla recuperó toda su extensión trabajándose ella misma con las manos mientras empezaba a mamársela. Allí empezó de nuevo a volar su imaginación, una chica de quince años caminando sola en un campo en Transilvania. Los ojos por todos lados, los vellos de su cuello levantándose y toda su piel erizada y entonces aparecen ellos y Laura se queda inmóvil ante su mirada hipnótica. Sin tocarla desgarran su ropa, y sus senos quedan libres sintiendo el frío de la noche. Todas sus ropas caen al suelo y Laura no intenta cubrirse, igual no podría. Y ellos ríen, hombres y mujeres, todos exhibiendo sus colmillos afilados, besándose, haciéndose el amor salvajemente frente a ella, por ella, y de repente uno de ellos se acerca, lento, fuerte, atroz, la verga erecta se aprecia por sobre su ropa y la besa mordiendo sus labios que sangran, y la agarra de la cintura a la vez que saca el pene inmenso penetrándola en un sólo golpe que le produce un orgasmo de inmediato. Se sacude a la vez que Francis se corre de nuevo y Laura chupa, lame y finalmente muerde, no muy duro, pero sí lo suficiente para que aquel grite y ella sienta en su boca el sabor agridulce de la sangre mezclado con el semen y el sudor. Las curaciones fueron la última vez que Laura vio ese pene, grande pero ajeno a un espíritu tan pequeño. Francis desapareció de su vida como si le temiera a la noche.
Ah, si Laura hubiese sabido entonces que la noche podía ser aún más obscura, como hoy, como esta última noche, tan distinta a todo cuanto había imaginado aún en sus fantasías más extrañas. Esos colmillos desgarrando su cuello realmente eran más que pollas penetrando su ser mismo. Esos colmillos y esos ojos animales que quedarían fijos en su mente por toda la eternidad, esos representaban la noche real.
por Shitsu
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