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Ah, si Laura hubiese sabido entonces que la noche podía ser aún más obscura, como hoy, como esta última noche, tan distinta a todo cuanto había imaginado aún en sus fantasías más extrañas. Esos colmillos desgarrando su cuello realmente eran más que pollas penetrando su ser mismo. Esos colmillos y esos ojos animales que quedarían fijos en su mente por toda la eternidad, esos representaban la noche real.Laura sabía bien que en su vida el límite entre el terror y el éxtasis era tan difuso como el que se siente cuando se está soñando y uno es consciente. Eran estas dos sensaciones tan idénticas, la respiración agitada, el corazón acelerado, la adrenalina regándose en cada célula. Y el momento culmen siempre cercano a la muerte. Más que cercano. Laura lo vivió muchas veces, en muchos momentos diferentes pero vinculados siempre con lo ultramortal. Como esa vez en que, en último año de secundaria había decidido ir a la fiesta de disfraces vestida del conde Drácula. Lo había hecho varias veces cuando estaba sola y ritualmente solía masturbarse, vestida así, frente a su ventana. Ir así frente a todos le parecía excitante y aunque no le gustaban las fiestas decidió hacerlo por comprobar. Se sintió observada tan pronto entró al salón. De hecho, hubo un silencio total por una fracción de segundo y Laura sin inmutarse se dirigió al bar a pedir una cerveza. Se sentía a gusto porque los demás iban disfrazados.
Tal vez serían un poco más interesantes si ocultaban su cara real.
Al parecer no era del todo cierto porque muchos se le acercaron esa noche y Laura veía su lujuria - y su estupidez - por entre las máscaras.
Bailó con fuerza cuando la fiesta iba más avanzada y sin darse cuenta una muchacha resultó bailando con ella; iba vestida con un traje antiguo de dama francesa. Cuando terminó la pieza la mujer se le acercó al oído. No estaría mal que me mordieras - le dijo y luego le robó un beso largo en la boca. Esa fue su primera noche en brazos de otra mujer. Con todo, casi todo lo hizo ella: prácticamente estuvo vestida todo el tiempo en la habitación de la mujer a la que se habían escapado en determinado momento de la fiesta. En el taxi las manos de la muchacha habían jugueteado inexpertas y recelosas por sus pechos y su entrepierna que se había mantenido húmeda casi desde que había salido de su casa unas cinco horas antes. Sin embargo, se sentía plena dominándola, mordiéndola, lamiéndola, penetrándola con un par de dedos por delante y por detrás, con los senos al aire y la falda del vestido por sobre su cintura. La mordió varias veces pero intentó que fuera en partes que no se notaran a los demás al día siguiente.
Al principio la besó con fuerza mordiéndole los labios. Expertamente se deslizó por el lóbulo de las orejas y por el cuello. Con fuerza la empujó sobre la cama y tomó sus muñecas agresivamente llevándolas hacia atrás. La mirada de ligero espanto de la joven la excitó aún más y liberando su mano derecha la bajó por la piel de uno de los brazos desnudos hasta el pecho agitado que manoseó por sobre la ropa. Bajó con violencia la parte superior del vestido y colocando una rodilla sobre las piernas de su amante la aseguró para que no se moviera. Se entretuvo entonces con los pezones que tenían una aureola muy grande en relación con los pezones. Los pechos eran grandes y firmes y Laura detectó un ligero temblor en la mujer. Sabía lo que debía hacer en seguida y empezó a golpear con las uñas los pezones erectos. La chica se quejó con dolor y Laura la besó entonces en la boca ahogando su gemido. Bajó la boca mordiendo por el cuello y besó los pezones recién castigados, descendiendo luego por el vientre arqueado jugueteando con la lengua con el vello levísimo que rodeaba el ombligo.
En ese instante deslizó una mano por debajo de la falda y encontró húmedo lo que palpó. Empapó sus dedos como pudo y ordenó a la mujer que los chupara, que conociera su sabor. Tras preguntarle si le gustaba se levantó de a poco y levantó la falda. Le gustó ver las medias con fino encaje hasta la mitad del muslo y la ropa interior delicada por la que escapaban algunos vellos. Bajó las bragas mojadas hasta las rodillas y contempló con curiosidad el primer coño ajeno que poseía. Era bastante velludo y los labios externos tenían un atractivo color violeta sobre el que destacaban algunas gotas de fluidos vaginales que despedían un olor delicioso. Laura las secó con la lengua ávidamente y separando los labios se dedicó a la entrada, notando el vaivén de la cintura incrementándose. Perezosamente se dirigió al clítoris grande y tieso, fácilmente hallable entre la mata de vello y la confluencia del origen de los labios. La mujer se empezó a agitar como si pequeños choques eléctricos surgieran de los besos de Laura, quien introdujo unos dedos en la tibieza de la concha, cuya textura notó ligeramente distinta a la suya. Su dedo meñique se escurrió y se introdujo en el ano lo que hizo a la chica estremecerse aún más y explotar en un orgasmo intenso durante el que empezó a reírse con unas risillas nerviosas entrecortadas. Sólo entonces Laura se desnudó, dejándose la capa e hizo que la mujer la lamiera por cada lugar que quiso.
Descubrió al día siguiente que no se trataba de que fuera hombre o mujer, eso no era fundamental - lo habría hecho con un caballo si fuera necesario. Era la sensación de dominar, de poseer, de gobernar.
Esa sensación de la que sólo había sido agente, de la que no había sido recipiente. Muriendo en este instante, Laura recordó los innumerables intentos, algunos más favorables que otros, pero irremediablemente incompletos. Si existieran de verdad, se preguntaba, si fuera verdad la muerte infinita de sus corazones de piedra, si fuera cierta la sed de sangre y la sexualidad arrebatadora de su simple presencia, si fuera cierto...Laura quiso que fuera cierto, por eso buscó incansable, por eso estudió literatura y arqueología y buscó incansable sus restos en toda parte. Por eso se contactó con cuanto club de vampirismo pudo, por eso habló incluso con los auto llamados vampiros, aunque sólo fueran maniáticos y homicidas con una mente distorsionada. Vivió entre las putas y los maricas, y se folló a hombres y mujeres intrigantes.
Jodió de toda manera posible y exploró cada pulgada de su erotismo, y llegó a contactar incluso las ocultas cofradías de seguidores, las monásticas órdenes de la antigüedad. Muchas veces estuvo a punto de ser sacrificada y fue violada muchas veces.
Ese verano, estando de vacaciones de la universidad en que daba las cátedras de Europa Medieval y Edad Media, fue recibida a su última oportunidad. Si no era allí, no sería en ninguna otra parte, ni sería nunca más. De hecho era probable que no saliera viva, incluso si no encontraba vampiros. Estaba agotada, lo habían logrado las 30 horas de vuelo y las cuatro horas en taxi, la última de ellas por un antiguo camino sin pavimentar. Abandonar el auto amarillo y caminar en silencio hacia la puerta del vetusto castillo se le antojaba similar a una imagen que había visto en la Historia de O. De cierta manera era lo mismo: O se esclavizaba por el deseo, y ella también. Sin embargo, sentía en su propio deseo una necesidad aún más primigenia, más salvaje, más esotérica, más terrible.
La puerta se abrió aún antes de que tocara y un hombre pálido y fuerte le hizo seguir y le dijo algunas palabras en una versión de alemán que a Laura le costó entender. El hombre tomó su maleta y la llevó a un cuarto a la vez que le indicaba ir a una inmensa sala pobremente adornada. En la sala no habían ventanas y si bien eran casi las once de la mañana, en la estancia no entraba el más leve asomo de luz. Estuvo sola allí dando vueltas por una media hora hasta que entraron otros dos hombres vestidos igual que aquel que le había abierto la puerta, con un sencillo hábito negro atado a la cintura con una cuerda y unas sandalias del mismo color.
Uno de ellos la tomó por sus brazos con una fuerza algo excesiva lo que la hizo emitir un ligero gemido de dolor. El otro sacó de entre sus ropas un cuchillo largo y Laura se agitó de pavor. Se quedó quieta tras recibir un golpe durísimo en su mejilla y entre las palabras del hombre con el cuchillo creyó entender un insulto. Aún extraviada por el golpe sintió en su garganta la fría navaja y escuchó las risas de los hombres. El cuchillo cortó con facilidadsu ropa que fue cayendo en tiras al suelo. Al quedar del todo desnuda los hombres rieron y mientras el que la agarraba por detrás asía ahora sus pechos, el otro erraba con rudeza por su monte de venus y entre sus labios, más irritados ahora que lubricados. Su tacto era seco y calloso, burdo y agresivo, y Laura se quedó quieta recibiendo con un poco de asco las manos no invitadas - ya había pasado antes por esto.
El hombre que cortó su ropa la soltó por fin, y entre risotadas crueles se dirigió por un pasillo. El otro hombre la apresó por el cuello y le metió un dedo en el culo, empujándola a caminar hacia esa dirección. Pronto se vio en otra sala mucho más grande. Se congregaban allí otras cincuenta personas entre las que vio algunas cuantas mujeres más bien maduras. Nadie dijo nada ante su entrada y los dos hombres la empujaron hacia el centro donde se hallaba un anciano de duras facciones y ojos sádicos. Habrá que probarla - dijo el hombre en un alemán que le resultó más familiar. Todos se fueron de la sala y la dejaron sola, sin que tuviera la menor idea de qué debía hacer.
Unas dos horas después una vieja mujer le tiró un hábito gris y unas sandalias viejas y le ordenó seguirla. Dos semanas después Laura aún estaba barriendo y trapeando, arreglando cuartos y mamándosela a los mayores y ocasionalmente usando también su lengua con las mujeres. La obligaban a tragar el semen y no podía acariciarse ella misma mientras lo hacía. Otros hombres la poseían por detrás a menudo y ella debía bañarse e ir al baño siempre frente a todos los miembros de la comunidad. Su única respuesta eran las risas de todos.
Ya empezando a hartarse fue llevada una tarde (eso creía pues nunca veía una luz distinta a la de las velas) a una habitación en que había un proyector de cine. Allí estaba el anciano e hizo que la llevaran ante él. Despacio le dijo que había llegado el comienzo de la prueba final. Fue conducida entonces a una silla extraña ubicada frente a una pantalla. En el asiento de la silla sobresalía un falo de madera clavado, sobre el que le obligaron a sentarse encajándose el artefacto en el trasero dolorosamente. Sus manos y pies fueron atados a la silla y sobre su cabeza colocaron un arnés que le impedía moverla a cualquier parte pues estaba unido a varias partes de la silla con correas. Sus párpados fueron asegurados al arnés con unas pinzas que la hicieron retorcerse de dolor.
Apenas cerraron la puerta Laura empezó a ver escenas de muertes reales y orgías con sangre por toda parte que le revolvieron el estómago de inmediato. Ni siquiera era capaz de vomitar y no podía evitar ver las cruentas imágenes. Nunca vio un par de colmillos. Sólo salió de allí unas seis horas después trastornada, mareada, dopada, inconsciente. Recuerda ahora ser llevada frente a los demás que la miraban con aprobación por primera vez y recuerda un cuerpo agitándose antes de morir (¿de su mano?) y recuerda haber bebido...
Esa noche festejaron y Laura recuerda bailar desnuda sobre una mesa haciéndose una paja frente a un pequeño público de cinco espectadores ebrios. Recuerda pollas enhiestas eyaculando en su cara y mujeres besándose y tocándose las tetas al descubierto. Recuerda varias explosiones extáticas en su clítoris irritado por distintos dedos, lenguas y vergas. Recuerda al anciano en cuatro patas llorando mientras otro hombre le daba por detrás. Recuerda el licor y la música tradicional, y la carne cruda, y su consciencia distorsionada.
Despertó en el suelo desnuda oliendo a semen y a sudor, tal vez una hora antes. Se levantó dando tumbos, adolorida por la posición en que había dormido y por la dureza del piso. Mareada aún, con un dolor de cabeza terrible, se dirigió por un pasillo que no conocía como si fuera guiada por alguien. Varias veces aulló de dolor al dar sus pies descalzos contra una baldosa de piedra salida. Agitándose sus pechos al incrementar su paso y su respiración, sintió el rezumar de líquidos de su coño magullado y la erección de su clítoris y sus pezones ante la inminencia del encuentro con su destino.
Pero, ¿qué podía perder? Su madre había muerto un par de años antes por una enfermedad que se la llevó en un par de meses. No había nadie que la esperara especialmente en alguna parte. Se esforzó abriendo las pesadas puertas de madera y al hacerlo en su nariz se agolpó el aroma de lo añejo, de lo guardado por mucho tiempo.
Avanzó sintiendo en su espalda los escalofríos que le producían las innumerables telarañas que colgaban del techo y el polvo en el suelo que incomodaba a sus pies al andar. Al final del cuarto lleno de estantes con libros antiguos había una entrada pequeña sin puerta. Sabiendo lo que encontraría caminó incrédula e insegura pero sin detenerse. El cuarto estaba completamente oscuro cuando entró y la voz que provino de la oscuridad le heló la sangre. Era profunda, antigua, imponente, como el sonido de mil gritos de muerte a la vez, como si mil voces lastimosas retumbaran en un sólo aullido semi humano. Ahora entendía el pavor de los campesinos por esta criatura sempiterna, su renuencia incluso a pronunciar su nombre. Una luz que parecía surgir del suelo empezó a iluminar de a poco el cuarto. Allí estaba él. Desnudo, su pene enorme encogido entre sus piernas, sentado en una silla antigua. Sus manos tenían unas uñas larguísimas, como de un metro de largas. Su piel oscura en algunas partes, casi transparente en otras, llena de manchas horribles, y arrugada casi toda. Sus pies tenían una forma extraña, parecían las patas traseras de un perro pero completamente lampiñas y con las uñas humanas pero también muy largas. El vello blanco surgía de su entrepierna y se extendía casi hasta su pecho anciano donde se confundía con las largas barbas blancas.
La cabeza era calva casi en su totalidad llena de manchas que contrastaban con una palidez impresionante. Los ojos, esos ojos animales, fríos, vacíos, muertos, llenos de odio. Su nariz caucásica y los colmillos amarillos saliendo de su boca y extendiéndose unos cinco centímetros. Laura se sorprendió, aún muriendo estaba sorprendida. Estaba frente a un ser anacrónico, frente a su sueño, frente a lo imposible, frente a su propia estupidez. Sin fuerzas ya, sintió casi como si fuera empujada a sus brazos arcaicos y cuando los dientes perforaron su cuello se imaginó que era como lo había soñado. Se imaginó a este engendro joven, fuerte, sensual, y mientras recordaba toda su vida, es decir, toda su vida en torno a este instante, cerró los ojos a la realidad y con una mano dentro de su coño se unió al coro de las mil voces que surgía de la voz inexistente de su depredador.
por Shitsu
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