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por Ix de Benn
-Mis padres fueron de aquellos que tuvieron un hijo porqué todos sus amigos generacionales ya lo había tenido; de los que compran un cuadro para disimular una pared, o una enciclopedía para llenar un estante; o un perro para destrozar su propio jardín. Y como hijo, me tuvieron a mi. (Módestia aparte, no creo haber sido tan mal hijo).
Un vez me tuvieron, se dieron cuenta que aquello podía canviar sus vidas, y como siempre han sido gente muy ocupada y poco dada al repartimiento de afecto y cariño, decidieron dejar su hijo en manos ajenas.
Que más hubiera querido yo que tener a la niñera de La mano que mece la cuna, pero no, debía resultar muy caro, así que simplemente me sentaron ante un electrodoméstico. De la seguridad del congelador, del calor del horno, del divertimento de la lavadora, ellos prefirieron la caja tonta, la televisión.
Mi primer recuerdo infantil ocurrió en diciembre del 84. Tras su espectacular fuga de la prisión de Lleida, Juan José Moreno Cuenca, "El Vaquilla", fue reducido sobre el asfalto de una importante vía de Barcelona. El rostro del Vaquilla empotrado en el pavimiento, las luces azuladas de los coches patrulla, los rastros del tiroteo y los cristales rotos esparcidos por doquier, són bocetos de una imagen que quedó impregnada en mi desde entonces. Ese día también nació en mi, un gran respeto y admiración hacia los ladrones, y en mis años infantiles a la pregunta de:
-Niño, ¿qué quieres ser cuando seas mayor?
Yo respondía que ladrón. Lo qual provocaba algunas carcajadas y el comentario absurdo de mi tia Enriqueta de:
-Este niño será cómico.
Poco tiempo después nació en mi el interés por el sexo opuesto.
Era un verano aburrido y en la tele pasaban una comédia bitánica llamada Alo Alo, que narra las aventuras de un propietario de un bar en la Francia ocupada por los nazis. Un día, uno de los buenos fue detenido por la Gestapo, conducido a un castillo, y bajado a los calabozos para ser interrogado por una agente de las SS.En lugar de golpes y torturas, la agente puso en marcha un tronado gramófono y empezó a desnudarse. (El chiste estaba precisamente en la tortura que significaba para ese hombre el ver a la bellissíma chica quitarse la ropa, y él allí, atado a la silla; y acababa confesando claro...). Yo quedé impactado. Bajo el ferreo y duro uniforme nazi, esa guapíssima agente de las SS, llevaba una erótica combinación de ropa interior, tan excitante que durante un tiempo (diría que años) yo pensé que todas las agentes del Tercer Reich llevaban debajo el uniforme tal maravilla de encaje.
Años más tarde tuve la esperanza de ver algo similar en el film El salón Kitty, una afortunada combinación de uniformes nazis y sexo, pero desgraciadamente ninguna de las guarradas de esas chicas tuvo en mi tal poder de fascinación como ese striptease-tortura.
Me ha sido imposible, pese el paso de los años, olvidar los films relacionados con el sexo que tuve la desgracia de ver en mi infancia.
Sí, desgracia. Eran películas de guión estúpido, puesta en escena cutre y chistes absurdos. No mencionaré títulos, solo hablaré de estrafolarias escenas de sexo con Andrés Pajares, Fernando Esteso y Mariano Ozores; ellos siempre con calzoncillos, calcetínes negros y camiseta blanca de tirantes, y la chica en pelota picada. Ellos siempre, recalco siempre, encima de ellas y profirieron absurdos comentarios religiosos y gemidos forzados.En mi pre-adolescencia, el mote sexo adquirio de pronto una connotación negativa. Quizás fuese que de esa época recuerdo ser arrastrado domingo sí, domingo también a la Iglesia con motivo de prepararme para mi primera comunión, y algo bastante extraño, relacionado con que Jesús entrara en mi. Ir a oir misa todos los domingos y festivos, me ayudó a mejorar mi capacidad de evadirme de la realidad. Mi cuerpo estaba allí, se sentaba, se levantaba, mascullaba algunas palabras, pero yo estaba muy lejos, viajando por el espacio con una nave o robando bancos. El cuerpo de mi vecina también estaba allí, todos los domingos, y fue ella quien tuvo algún que otro problema para poder hacer la primera comunión. Nos llevaron a confesarnos. Y el padre Aurelio le preguntó:
-¿Te tocas el cuerpo con las manos, hija?
Y mi vecina, que nunca ha sido de las que miente, dijo:
-Si. A menudo.
-¿A menudo? Pero...Pero niña! El cuerpo de la mujer es un templo de Dios, no puedes, no debes hacerlo hija. No, no, no debes....
Y mi vecina se fue, toda avergonzada y terriblemente preocupada:
-¿Y ahora como me visto o me peino, sin tocarme?
A mi, el padre Aurelio no me preguntó si me tocaba, claro que dada mi tendencía natural a la inventiva le hubiera podido contestar qualquier cosa.
Realizamos la comunión, y seguimos avanzando por la vida, con el lógico e inevitable descubrimiento de los grandes secretos del cuerpo humano. Era un otoño tan aburrido que ni hacer colchones de hojas y saltar en ellas no producía interés. Sin saber exactamente cómo, mi vecina y yo nos encontramos escondidos en el bosque, en un escondite que solíamos llamar la cabaña. Y sin que logre acordarme como lo conseguí, decidimos meter la mano dentro de la ropa interior del otro (años más tarde, para realizar esa misma acción, hacen falta decenas de frases sin sentido, copas bebidas, y mucho tiempo invertido; para lograr al fín, deslizar la mano bajo la ropa interior femenina, algo que nunca me resultaría tan fácil como áquellas tardes de otoño con mi vecina), recuerdo como me desabrochó los pantalones, y su mano fría tocó mi piel. Frío, solo recuerdó esta reación porqué para entonces mi afortunada mano derecha ya reseguía sus muslos bajo la falda hasta dar con sus braguitas. La calidez qué encontré ahí dentro fue lo más destacable. Debo decir para ser sincero que me llevé una pequeña decepción a no encontrar nada. Tanto secretismo con esa zona, me había llevado a pensar en alguna posibilidad de lo qué podría encontrar. (No mucho tiempo después me dí cuenta que no encontrar nada, era una buena señal).
Por áquel entonces las televisiones, especialmente las autónomicas fueron invadidas por un fenomenos que venía de un lejano país, como es Japón: el manga. (En realidad era el anime, dibujos animados; pues manga es cómic.)
El primer que ví fue Arale (Dr. Slump) me impactó esa satíra, ese humor, y también ese tratamiento erótico-festivo que el maestro Akira Toriyama hacía del sexo. Descubrí que dentro de mi, había un diminuto Senbei Norimaki (cambiad sus inventos imposibles, por mis imposibles relatos, y tendreis un primer nexo en común). Las suculentas aventuras que hacía el científico para ver desnuda a su Midori, eran bastante más estramboticas que las que hacía yo, para ver a mi vecina. (Nota: Desde mi fasceta estudiantil debo decír que jamás he tenido en mi vida una profesora tan atractiva como la señorita Yamabuki, lo qual me ha defraudado un poco.).
Lo que yo hubiera echo a esas edades si hubiera tenido inventos como las gafas para ver desnudos, o el reloj para-tiempo.
Bola de Dragon (Dragon Ball) suscitó una enorme polémica entre padres (los míos no, os lo aseguro) que la acusaban de violenta y pornográfica, toda mi generación crecío fascinado por Bulma, el mítico vestido de Xixi (la mujer de Goku cuando era una niña), o por otros fenomenos tórridos como Lamu. (Recuerdo que en mi colegio se traficaba con fotocopias de la serie, algunas -las más caras- eran descaras recreaciones de supuesto encuentros sexules entre los personajes, orgías, tríos, números lésbicos, bondage o sexo duro.)
La gran frustración que guardo de esa época relacionada con el anime, fue no llegar a ver nunca las braguitas de las Sailor Moon. Se pasaban el capítulo peleando, había violentas caídas de espaldas, rafagas de viento que ondeaban -pero nunca lo suficiente- las falditas de las defensoras de la paz universal. (Este año, un video-clip de unas cantantes rusas, en el que se las ve besandose calientemente bajo la lluvía, propone por fín, el contrapicado que nunca se vió en Sailor Moon, un precioso y preciso plano a ras de suelo, enfocado hacia arriba, justo al abrir las piernas una de las chicas, ¿y qué vemos? Pues sus bragas, algo que tras decenas de capítulos y planos parecidos nunca se vió en esa serie.)
Las perversiones sexuales empezaron a rodearme de una forma bastante extraña por esos años. La afición de mi vecina a leer las páginas de contactos de los periódicos, por ejemplo. (LLegando una vez incluso a leer en voz alta uno, en que se anunciaba un tipo que proponía placer ilimitado a cambiado de unas pesetas, y que tenia la particularidad de llamarse como yo. Hubiera sido gracisoso si no lo hubiese leído en la biblioteca, mientras haciamos un trabajo de sociales. La bibliotecaria se enojó, lo qual no es extraño si digo que aparte de ser una maníatica del silencio, tiene -aún hoy- todos los tics y tópicos de mujer recatada, es el vivo ejemplo de la mujer del Reverendo Lovejoy de los Simpson.).
Otra perversión que me llenó los sueños durante varías semanas tuvo su origen un jueves por la tarde en clase de català. Estaba sentado junto a mis compañeros aparentando escuchar el gran drama de las tildes en catalán (que a diferencia del castellano, no solo apuntan hacía la derecha, sino que dependiendo de la vocal y la consecuente sílaba átona, puede hacerlo tambien hacia la izquierda.). El caso es que llovía, y la clase de los mayores no podía ir a hacer gimnasia fuera, así que fueron al tronado gimnasio del colegio. Pasaron ante nuestras acristaladas puertas como un murmullo de gente que nos distrajo. Mi compañero de mesa se giró para verlos pasar. Al pasar frente a él, su prima Núria (que debo recalcar que era una de las chicas más atractivas y anatómicamente exuberantes que he tenido la suerte de contemplar) mi compañero de mesa exclamó:
-Joder.. qué buena que está. Cómo me gustaría cepillarmela.
Era su prima! Y nació en mi mente la palabra: incesto. Palabra morbosa dónde las haya, y que ya había oído, pero que para mi tenía el mismo significado que ángeles o demonios; es decir algo tan lejano que podía llegar a ser falso. Mi compañero de mesa, me hizo abrir los ojos y contemplar cómo no, era tan real como la vida misma. (Mi prima, y qué me perdone, nunca ha despertado en mi, ningun tipo de interés carnal, lo qual durante un tiempo me preocupó.)
El punto máximo de las perversiones sexuales de mi pre-adolescencia, llegó un día en que me encontraba leyendo la página de sucesos de un importante periódico.(Desde la fascinación por los ladrones, a las crónicas negras, solo había un paso). La noticia narraba el caso de un hombre respetable que había adquirido los servicios de una chica de moral distraída, y que en la destartalada pensión dónde se estaba realizando el intercambio de fluídos corpóreos, ella de repente, tubo un ataque y cayó fulminada. El hombre frustrado por la estafa del servicio procedió a penetrarla con un palo. Gozando del hecho, símil de su frustrada eyaculación. Y así la encontraron, "empalada".
Este caso me impactó tanto que no hace mucho, decidí transformarlo en un relato, que quizás algún día publique.
Una perversión sexual en forma de relato, es lo que escribí cuando tenía catorce años. Narraba el caso de un chico vírgen, que se acostaba con una chica, y que tras el coito, él entre arrepentido, apesumbrado o avergonzado procedía a estamparle una lámpara de Mickey Mouse que había en la mesilla. (Lo de la lámpara era algo personal. A los siete años quizás me hubiera encantado que mi tia Enriqueta me regalara una lámpara de Mickey Mouse, pero a los catorze ese regalo me sentó como un balonazo entre las piernas.). La chica moría, desde luego. Y ese texto nacido de mi enfermiza mente, me torturó tanto que llegué a esconderlo y nadie jamás lo ha leído.
Tenia un miedo terrible que "eso", me ocurrierá a mi, y que acabara matando a alguien. Esa idea me aterrorizaba, y me aterrorizaba más que me encontrará mejor tras matarla, que tras haber perdido mi virginidad.
(Y eso qué, aún no había visto Frenesí de Hitchcock, dónde un perturbado estrangula con su corbata a mujeres encontrando así más placer que no mientras se acuesta con ellas.)El relato sigué ahí donde lo escondí, no me atrevido en todos estos años a rescatarlo y leerlo o incluso romperlo o quemarlo. Es que no me puedo ni acercar. Ni las peticiones de mi vecina primero, ni las de Eli después (dos de mis lectoras favoritas) me han logrado convencer. Eso sigué ahí. Escondido y encerrado como el peor monstruo que ha dado jamás el mundo: mi mente.
En la época que mi vecina y la mitad de las chicas de mi clase suspiraban por Brandon, y la otra mitad por Dylan. (Y mis compañeros en un trio con Brenda y Kelly). Yo, por mi lado seguía impactado por una escena de Twin Peaks. Un amanecer de fondo, las vías del tren, humedad en el ambiente y en el frondoso bosque que rodea el centro de la escena: Ronette Pulaski anda por las vías con la mirada perdida, el pelo enmarañado, el camisón rasgado, y con las cuerdas aún atadas a los tobillos y las muñecas.
Una imagen tan escalofríante como bella, que me llevó algunos años después a una tienda de Barcelona dónde todos los "freaks" fans de las rayadas mentales tienen un hueco. Pude adquirir (pagando un buen pastón) una lamina multicolor con ese plano, que llevé a enmarcar y que colgué en la habitación. Estuvo allí dos días, hasta que mi novia, decidió que ella no pensaba dormir con eso ahí, que era una admiradora de Lynch, pero que por ahí no pasaba, y tuve que colgarla en mi estudio.
Y aquí sigue, y Ronette Pulaski sigue andando por las vias, y parece que vaya a salir de la lamina.
De esa época de ir y venir del colegio, recuerdo avidamente el día en que un compañero de clase desplegó en mitad del dictado de unos apuntes sobre quales eran los rios más importantes del país, un poster de Sabrina.
A los más jovenes debería indicar que Sabrina era un cantante, creo que italiana, que irrumpió en el panorama musical con un tema (uno y nada más) llamado "Boys,boys,boys" (a priori no parece una canción muy profunda, y no lo es), la chica en questión tuvo sus minutos de fama en el escenario de un programa te Televisión Española, y durante los brincos que acompañaban a la canción, un pecho rebelde decidió asomar la cabeza fuera de la ropa.Áquel día, Dani (así se llamaba el valiente) se convirtió en un héroe para la clase. Nadie recuerda si fue o no castigado. Todos los que estuvimos presentes en ese bello momento de nuestras vidas, estabamos atentos al desplegable que la profesora agitaba mientras emitía una seríe de berreos o graznidos que terminarón cuando encerro a Sabrina en su bolso (para su disfrute personal, presagiamos entonces).
Dani moriría diez años más tarde de un accidente de moto, desde aquí mis mejores deseos.
Quizás para remojar mi fogosidad adolescente, mis padres me apuntaron a la piscina. La peor edad para llevar un hijo para que aprenda a nadar es sin duda la adolescencia. Todo eran chicas en bañador. Daba igual donde mirara, estaban por todas partes. La monitora, la socorrista, la recepcionista, las alumnas, las madres de las alumnas.
Yo no tenía ningún interés en ver como se cambiaban, a mi me bastaba con verlas avanzar en fila india hacía la piscina y sumergirse en el agua. Con el agua inundando todo su cuerpo, nadando con menor o mayor estilo, saliendo chorreando de la piscina, tirandose de nuevo.
Como he sido desde siempre alguien con una potente imaginación para mi resultaba mucho más excitante la sugerencia de sus curvas, o lo que esos bañadores podían contener que el cuerpo desnudo en sí.
Que es mejor insinuar que mostrar, es una opinión que ningún tio que conozco comparte.
Dos años más tarde perdí la viginidad al acostarme con una chica de nombre Sonia. No la maté. Y creo que aún sigue viva, lo qual me tranquiliza. Fue una experiencia enriquecedora, por bien que quizás un poco simple. Que no había para tanto, vaya.
Compré mi primera y última revista porno a los diecisiete años. Me sentí defraudado. Lo más parecido al sexo que había leído era los absurdos especiales de una revista para adolescentes que compraba todas las semanas una amiga de mi vecina. Hoy en día esas revistas existén aún, regalan pulseras de la amistad, y pósters de los chicos de OT. En paginas interiores prometen desvelar los secretos de amor de los guapitos actores y proponen ejercicios y prácticas para que la compradora realize con su chico (la paradójico es que la mayoria de las que compran esas revistas no tienen chico, solo a sus amigas. Lo qual, según un compañero de trabajo, "eso provoca lésbicos y calientes encuentros los sábados por la noche".)
Mi reacción al observar y leer la revista pornográfica, es entender a qué se dedican los maduritos que años atrás han llenado revistas para adolescentes con especiales títulados: "Ponlo a mil con un beso" o "El Pene ese gran, o no, desconocido."La fascinanción por lo anormal me llevó a preferír series como Medias de seda, o la maravillosa e incomprendida Profiler a arrastradores de masas como eran entonces, y aún hoy en las ciclícas repeticiones Melrose Place o Los Vigilantes de la playa.
En el instituto empezé a notar que yo era algo diferente a la mayoría. A diferencia de mis compañeros, grandes consumidores de pelis porno, o bien aquiladas (los menos) o visionadas en madrugadas despiertas en televisiones locales (los más), yo prefería y con enorme diferencia el hentai (sub-apartado dentro de la animación japonesa, dedicada a contenidos eróticos o pornográficos para adultos). Algunos se reían de mi, al preferir un dibujo a una mujer, cómo decían ellos; pero yo (quizás por mi naturaleza creativa e imaginativa) he creído que la industría del porno pone muchas reglas.
Hay mucho que no se puede mostrar en un film, por muy "duro" que sea.
Hay leyes y normas, que aunque sean actores y actrices, tiene que cumplir y respetar. El hentai no. Qualquier cosa, desde lo más inocente, a la perversión más diabólica, animal, o increíble, puede ser posible. No són actores, no hay que pagarles sueldos a cambio que rompan ciertos tabús, ni hay una ley que "proteja" a los personajes de dibujos de lo que pueden o no pueden hacer. Todo es posible, cada autor crea su propia censura.Eso no implica que algunos argumentos de las histórias no sean tan imposibles como la del butanero que sube la bombona doce pisos, aparece sin sudor alguno y está dispuesto a calentar una chica, que casualmente aparece desnuda y dispuesta.
Una vez en casa de mi vecina, vimos una peli porno. En mi calenturienta imaginación pensé "quizás acabemos como ellos" (durante un tiempo mi vecina y yo fuimos más que amigos, novios, amantes, luego amigos, de nuevo amantes, y ahora amigos). La velada no terminó con nuestros cuerpos retozando entre las sábanas, sino que ante la tremenda absurda historia que nos contaban, algo de una chica encerrada en una extraña prisión dónde la buena conducta se valoraba por lo que llamaríamos "mala conducta"; hicimos un extraño experimento, que consistía en cronometrar el aguante físico del guardia jefe de la prisión. El tipo estuvo veintisiete minutos y catorze segundos metiendo y sacando el bollo del horno, y total... para acabar corriendose fuera, sobre la barriga de ella.
-Es que si no sé vé, no cobran. -dijo mi vecina.
Si una cosa aprendí en los vestuarios de chicos del instituto es que no hay nada más deprimente que un hombre desnudo (bueno quizás si, dos hombres desnudos), y también qué al machito de la clase no sé le puede preguntar en la ducha si ha tenido alguna experiencia homosexual.(Porqué basicamente se ofenden).
El tema había derivado de las temptativas del musculoso personaje (que para más señas diré que se llamaba Javi) para realizar sexo anal con su novia. (Que era una chica acomplejada por tener unos pechos enormes. E intentava sin demasiada fortuna ocultar su tamaño, y terminó caminando encorbada).
Yo que voy y vengo de la realidad a la ficción, no sé me ocurrió otra cosa que preguntarle, si su interés se debía a algún tipo de fantasía homosexual que no había llegado a perpetrar. Y claro, se cabreó.
Al fín y al cabo, apuntaba yo, se trata del mismo sitio, qué más da lo que haya al otro lado.
Pero al tipo no le daba igual. Me soltó una bofetada y se pasó el resto del curso evitandome, lo qual no fue ninguna perdida.
Años más tarde me comentarón que su ex-novia, la de los pechos enormes, es gerente de una multinacional de seguros.
El tal Javi se apuntó a la Legión.Una de las series de anime japonés que llegó durante la gran ola, y durante un descanso de las eternas repeticiones de Dragon Ball, fue una serie, a la que la mayoria de conservadores y padres, no prestaron mucha atención, que para mi, es una de las proezas más grandes de la historia, se trata de Ranma 1/2.
La historia es tan original que no puedo sino quitarme el sombrero ante su creadora. Narra las desventuras de un chico llamado Ranma que practica las artes marciales y que cae en un charco encantado dónde cuenta la leyenda que una chica se ahogó. A partir de entonces cada vez que el agua fría toca a Ranma este se convierte en chica.
Dando lugar a interminables malentendidos y juegos de ambiguedad, escenas de desnudos, e incluso acosos, por parte de un viejo verde, maestro de Ranma, que encima se dedica a robar ropa interior femenina. La serie tiene un argumento tan original como inovador, un humor fantastico y una historia de amor-desamor con triangulos de amor-odio en que toman parte todos los protagonistas (la mayoria de los quales sufren con el agua fría, cómicas transformaciones en cerdos, pavos, gatas, o bufalos alados), que se eterniza más que las batallas entre Goku y Frezeer (que duraban semanas, como los partidos de Oliver y Benji). Ranma 1/2 tiene el erotismo y la ambiguedad sexual en cada uno de sus capítulos, pero la serie no se mantiene a partir del sexo, sino de las confusiones, las equivocaciones, los amores no confesados, el tremendo ingenio humoristico, y porqué no, algun desnudo que alegra los ojos.
El Imperio de los sentidos, Historia de O, y Garganta Profunda, dicen los expertos que són las tres únicas historias eróticas con un argumento firme. Eli, mi novia, aficionada al cine como un borracho a la bebida, me inculcó esa idea, y me provisionó de grandes y pequeños clásicos del cine en VHS, para mi -según ella- "culturización cinéfila".
Nueve semanas y media, me aburrió. El cartero siempre llama dos veces, me impactó el final, quizás porqué es imprevisible y a la vez real. Prefiero Acosada a Instinto básico (quizá porqué la idea del vouyerismo es más atrayente que dormir con quien tiene un picador de hielo bajo la almohada). Me sedujo mucho más Gina Gershon en Showgirls que la hinchada Demi Moore en Striptease. Y me asusté de Linda Fiorentino en La última seducción y de Glenn Close en Atracción fatal.
De todos modos quizás para mi, el gran clásico es El último tango en Paris, aunque el primer encuentro entre Marlon Brando y Maria Schneider, es más bien propio de un encuentro entre personajes de una tópica peli de hentai, en que el chico se abalanza sobre ella, la chica se niega, intenta huir de lo que a ojos imparciales sería un intento de violación; pero finalmente y tras un manoseo adecuado, ella accede.
(Nota, el que crea que mi novia me ha obligado al visionado solo de films eróticos, va muy equivocado, porqué antés, tuve que tragarme todos los clásicos de Ford, Hawks, Lean, Kurosawa, Lang o Wilder. Que no es poco, lo qual según mi vecina es la prueba que sigo queriendo a Eli.)
Crecí ante el televisor, así que no es de extrañar que mi amor platónico sigue y será siendo Jamie Buchmann (el maravilloso personaje de Helen Hunt de Loco por ti).
Y mi mito sexual: Annie Spadaro, la vecina nínfomana y bailarina de "Cats" (interpretado por Amy Pietz en Los líos de Caroline).
Ix de Benn
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