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Aquel curso fue estupendo. No sólo era mi último año de instituto, al terminar COU y poder ir a la Universidad; sino que hubo experiencias vitales que marcaron mi vida desde aquel momento. La primera de ellas fue que aquel curso perdí mi virginidad. No era todavía la mujer espléndida en la que, a no mucho tardar, me convertiría, pero ya se adivinaba en mí, que volvería loca a los hombres, más que por mi físico, por mi sensualidad. Mi primera experiencia no fue, desde luego, para tirar cohetes –tanto él como yo éramos demasiado inexpertos-, pero sí que me dejó con las ganas de seguir probando. Y, vaya si lo hice. Aquel curso fue el año de mi iniciación sexual y de mi perfeccionamiento en las artes amatorias, o ¿debo decir mejor ‘follatorias’?. El caso es que a lo largo del curso, me acosté con media docena de hombres –siempre teniendo la buena cabeza de que ninguno fuera del instituto, ni de las cercanías- y aprendiendo cada vez más de mi propia sexualidad y de la sexualidad de los hombres.Pero, en mayo, ya al final de curso, yo estaba demasiado ocupada con aprobar COU, como para preocuparme de tener amantes. De hecho, mi sexo estaba más bien aletargado, aunque de vez en cuando, en el silencio de la noche y de mi habitación, me masturbara, más como descarga de adrenalina y de las tensiones del curso, que como búsqueda de placer.
Y es que la Física me traía de cabeza. No había aprobado ninguna de las dos primeras evaluaciones y yo ya veía que la suspendía con lo que eso suponía: mi adiós a la Selectividad y a ingresar en la Escuela de Ingeniería Industrial. Y, además, el profesor de Física era el ser más desagradable que había conocido, a pesar de su juventud. Pero, una mañana, me armé de valor y le abordé en el pasillo:
- Perdón, profesor, llevo ya las dos primeras evaluaciones suspensas y me gustaría saber si pudiera Vd. ayudarme con unas dudas que tengo.
Me miró de arriba abajo y, con ese tono de desprecio que el siempre utilizaba, me contestó:
- Si Vd. hubiera estudiado a su debido tiempo, no se vería en estos aprietos. Pero, si quiere, mañana estaré en el departamento de Física a las 12. Y, venga con las dudas preparadas: no me haga perder el tiempo.
Le di las gracias y salí disparada, como alma que lleva el diablo, odiándolo con todas mis fuerzas.
A la mañana siguiente, a las doce en punto, estaba yo como un clavo en la puerta del departamento esperándolo, con mi libro y mis apuntes. Le vi llegar por el pasillo y, la verdad, se me heló la sangre: ¡qué tío más antipático!
Me dio los buenos días y entramos en el departamento. No me ofreció ni siquiera sentarme y empezó a preguntarme mis dudas, mientras estábamos los dos de pie inclinados sobre la mesa. Yo, como siempre, vestía una falda de tubo, bastante estrechita, que marcaban estupendamente mi trasero y mis piernas, de mis 18 años recién cumplidos.
- ¿Ve, señorita?, si Vd. consigue resolver bien estas integrales, todos los problemas subsiguientes de estos problemas quedan resueltos. Pero, ha de ser capaz de plantearlas en el momento oportuno, porque, sino, todo saldrá mal.
Bueno, la verdad es que allí a solas, en una clase particular, las cosas no parecían tan difíciles. Allí, estábamos los dos, el uno junto al otro, de pie, inclinados sobre la mesa, con los apuntes abiertos. Sin darme cuenta, me empecé a fijar en él: la verdad, no estaba nada mal. Alto, pelo corto, manos cuidadas, una voz de lo más agradable y un cuerpo de lo más apetecible. De pronto, mi libido se despertó y, de forma casi inconsciente, aunque sabiendo a la perfección lo que hacía, una de mis manos se acercó a la suya, rozándola apenas. Prácticamente, no la toqué, pero me di perfecta cuenta de que él no retiró la suya y que su respiración se agitaba.
- Así que esas tenemos, ¿eh?- pensé para mí.
El desagradable profesor de Física entraba en el juego. Yo esperé a ver su siguiente reacción, pero vi que él no hacía nada, aunque su respiración era cada vez más agitada y se trabucaba al hablar. Le estaba excitando, me di cuenta, aunque también que el siguiente paso lo tendría que dar yo. Así que mi mano se acercó un poco más, ya tocando la suya de forma clara y acariciándola con uno de mis dedos. Dio un respingo. Con voz ronca, apenas audible, dijo:
- Rosa –joder, era la primera vez en todo el curso que me llamaba por mi nombre- si sigues así, vamos a hacer algo que quizá no queramos.
- ¿Quién te dice a ti que yo no quiero?-le respondí con todo mi descaro.
Se me quedó mirando y yo aproveché para besarle. Sentí sus labios, ardiendo, en los míos y no tuve mayor dificultad para abrir su boca y que mi lengua entrara en su boca. Nuestras lenguas se encontraron y mi lengua volvió, rápidamente, a mi boca, empujada por la suya, que se movía delicadamente en mi boca. Noté como mis pezones respondían a la excitación y como mi sexo comenzaba a humedecerse. Mientras me besaba, sus manos se deslizaban por mi espalda y llegaron a mi culo. Me lo apretó con ambas manos y comenzó a magreármelo por encima de la falda. Tan unidos como estábamos, noté como su pene empezaba a crecer. Me comenzó a levantar la falda, acariciando mis muslos y buscando mi culo con sus manos. Mi tanga dejaba bastante piel al descubierto, así que el contacto de sus manos en la piel de mi trasero, produjo un efecto electrizante. Pero, yo no estaba dispuesto a dejar que él fuera el que llevara la iniciativa. Me separé de él y, sonriendo con picardía, comencé a desabrocharle los pantalones.
- Tendremos que ver cómo está ese miembro, ¿verdad, profe? A lo mejor, hay que hacerle una “integral” –dije, medio riéndome.
- Ummm, sí, Rosa, sácamela –contestó, cerrando los ojos.
Le bajé los pantalones y descubrí como su verga estaba ya en pleno esplendor. No era demasiado larga, pero tenía un buen grosor. Y yo ya había aprendido, que más valía gorda que larga. Me puse de rodillas ante él y comencé a lamerle aquel miembro. La verdad, era estupendo: buen sabor, buen olor y un tamaño adecuado para mi boca. Así que sin pensármelo dos veces, me lo introduje en la boca y me dediqué a aquella felación con todo cuidado y poniendo los cinco sentidos para que el “examen” mereciera un sobresaliente. Mientras me dedicaba a mi tarea, y con mi profe de Física jadeando como un toro, no pude dejar de pensar en qué ocurriría si alguien, de pronto, abriera la puerta del departamento y me encontrara allí, de rodillas, realizando aquella mamada. Además, la figura de mi profe no era precisamente apuesta: los ojos cerrados, para mejor degustar del placer que le estaba concediendo, haciendo más ruido que una antigua máquina de vapor, con los pantalones caídos y alrededor de sus tobillos y los faldones de la camisa a ambos lados de su sexo. Mi sabroso profe, por su parte, había descubierto que mi cabeza valía para algo más que para pensar y la empujaba, una y otra vez, para que su pene se introdujera más y más en mi boca. Y pensar que le apodábamos “el gélido”: ¡vaya sorpresa!.
Con gran estupor descubrí que estaba a punto de correrse, así que decidí parar, porque yo también quería mi parte en aquella “explicación” y hasta ahora, aunque me encantaba chupársela, el único que recibía era él. Así que me detuve, me separé de él y sentándome sobre la mesa, con las piernas abiertas, le espeté:
- Bueno, profe, es tu turno.
No se hizo rogar más. Me aplicó su boca a mi sexo, que ya estaba suficientemente húmedo, sin tan siquiera quitarme el tanga. No tenía una gran técnica, pero sí que ponía gran interés, así que no tardó mucho en lograr que el placer fuera inundando todo mi cuerpo. Como las olas del mar, el placer recorría todo mi cuerpo y, poco a poco, de manera creciente, se fijaba en el interior de mi sexo. Aquel hombre iba a conseguir que me corriera. No tardó mucho en conseguirlo y mi grito de abandono resonó en todo el departamento. No me preocupé para nada si había sido oído fuera de él.
Me recuperé algo, le miré y mientras le besaba, le susurré:
- Me has dejado mucho mejor que en tus clases.
- Pero yo aún no he acabado –me respondió, con el rostro congestionado por el deseo.
- Tienes razón, profe. También tú tienes derecho a acabar.
Me coloqué de pie, apoyándome en la mesa, de espaldas a él. Tenía a la vista mi espléndido trasero y mi sexo, todavía caliente. Sin pensárselo dos veces, me introdujo su sexo en el mío y comenzó a moverse cada vez más deprisa. No me costó mucho volverme a sentir en el séptimo cielo y me corrí de nuevo, mientras él me seguía embistiendo como un berraco. Aún así, tuve la suficiente cabeza, como para decirle con voz temblorosa:
- No te corras dentro. No tomo nada.
Menos mal que fue sensato, porque yo no tenía fuerzas para reaccionar en caso de que no me hubiera hecho caso. Así que, cuando estaba a punto de explotar, sacó su verga de mi sexo y con gran estrépito se corrió untuosamente sobre mi culo. Sus piernas flaquearon y tuvo que agarrarse a mí, mientras su miembro derramaba su semen caliente en mi trasero. Aquello se acababa.
Me di la vuelta y le miré sonriendo. Había que reconocer que aquello no había estado mal. Cogí el primer papel que encontré y me dispuse a limpiarme un poco. Él, mientras, se recuperaba. Me limpié lo mejor que pude y no pude dejar de sonreírme, cuando descubrí que me había limpiado con mi último examen.
Nos despedimos. Ahora que han pasado los años, ya no me acuerdo de su nombre y nunca más volvimos a vernos en circunstancias semejantes.
Por cierto, en la evaluación final tuve un sobresaliente en Física, auque sólo un 4,5 en Selectividad. Pero, ingresé en Ingeniería Industrial. Había merecido la pena.
Arkángel
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