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Aquella semana había comenzado tranquila y anodina como tantas otras. Llegué a casa algo cansado y después de estar a punto de quemar el mando a distancia de mi televisor, decidí vestirme y salir a dar una vuelta para espantar el tedio. Según ponía el coche en marcha pensé en Cristina.
Cristina es una bella mujer que vende sus encantos en un coquetuelo apartamento del centro de Madrid. Nunca he tenido facilidad para ligar y menos para ligar y terminar la noche haciendo el amor en un apartamento o en un coche, fue así como conocí a esta chica maravillosa, en una etapa en que sin pareja y cansado de buscar placeres solitarios decidí emplear mi dinero en obtener amores mercenarios.
Congeniamos casi desde el primer día y rápido se convirtió en mi cómplice, luego en mi amiga y el tiempo que pasamos juntos nos unió aún más. Salimos juntos en alguna ocasión y pese a existir cierta química entre nosotros ella nunca quiso pasar de ahí, como si un temor escondido la hiciera retroceder ante la posibilidad de enamorarse.
En nuestros encuentros me deja desnudarla lentamente. Siempre recibe a sus clientes vestida como si estuviera a punto de salir a la calle. Comienzo por su falda. Es su prenda favorita, siempre la usa. Abro la cremallera y ésta resbala con un suave susurro hasta sus pies. Calza unos negros zapatos de tacón alto. Luego la blusa, botón a botón, hasta dejar al descubierto sus bien formados hombros, botón a botón, hasta su generoso pecho encorsetado en un sujetador a juego con las braguitas. Si algo tiene esta mujer es la elegancia con que se viste, siempre conjuntada, siempre perfecta. Mientras, me detengo de tanto en tanto para saborear sus labios. No sabe besar o no quiere besar, pero finalmente cuando está al borde del orgasmo deja que mi lengua penetre también su boca. Me gusta su cuello estilizado, con una tenue fragancia de mujer madura. Libero su pecho que agradecido mece sus erectos pezones. Me encanta sentir su roce en mi torso desnudo. Vuelvo a buscar sus labios, su cuello, mordisqueo el lóbulo de sus orejas, recorro una vez más sus hombros. Un pendiente cae sobre la alfombra. Quedamente me invita a que saboree sus pezones. La excita sobremanera ver como mi lengua los golpean rítmicamente. Ese juego hace que su sexo se humedezca generosamente. Aún de pie, separa sus piernas para guiar mi mano hasta su clítoris mientras entre suspiros me dicta al oído el ritmo que debo dar a mi dedo corazón. Tengo que controlarme para no poseerla en ese momento presa de una ataque de lujuria. Acompaso mi caricias a sus gemidos. Mi miembro reposa sobre su cadera mostrando una dolorosa erección. Noto como palpita henchido de deseo. La habitación huele a sexo, a secretos inconfesables, a pasiones desatadas. Le ruego que me cuente si ha estado alguna vez con dos hombres.
Sonríe. Me dice que no, que no quiere contarme nada porque eso dispara mi imaginación y termino enseguida. Quiere disfrutarme. La humedad de su lengua recorre mi pecho. Su boca alcanza mi pene. Me encanta sentir el contacto suave de su pelo contra mi vientre. Se lo enmaraño entrelazándolo con mis dedos mientras ella recorre mi glande con su lengua una y otra vez. Arriba y abajo. El calor de su boca sobre mi sensible piel hace que mis piernas no me sostengan. La obligo a caer sobre la cama, así puedo escapar de sus caricias y recobrar el control. Mi mano no sale de su entrepierna,“vas a hacerme correr”, suspira de forma entrecortada. Esa frase sirve para que acelere mis traviesas caricias sobre su clítoris. Percibo la dureza de su pequeña erección. Arquea su espalda y unas pequeñas convulsiones me alertan de que con la llegada del placer debo tratar con más suavidad esa minúscula parte de su bien formado cuerpo que ahora por mi causa se encuentra más sensible.
Recobrada, comienza su ataque recorriendo mi espalda con la yema de sus dedos. Me produce cosquillas, ella lo sabe y sonríe malévolamente. Me aprieto contra ella. Llega hasta mi trasero e introduce sus dedos entre los cachetes. Toca mi esfínter. Me gusta.
Continúa. Llega hasta el perineo y lo presiona. Noto como mi miembro aumenta su tensión. Sus labios mordisquean mis pezones que a estas alturas ya son sensibles a sus caricias, ella los ha educado y me ha enseñado a disfrutar de esa zona inexplorada de mi cuerpo. Intento pensar en otra cosa para no sucumbir. No lo consigo. Mis manos vuelan sobre su cuerpo, sin descanso, sin darle tregua. Fantaseo que estamos en un trío. Me excita la idea de tropezar con otras manos, que no son las mías ni las suyas mientras recorro su tersa piel. Sudamos. Bruscamente bajo mi cabeza hasta su vulva y mi boca busca su clítoris. Lo succiono y lo dejo entre mis dientes. Comienzo a presionarlo con mis labios entreabiertos. Oigo sus gemidos mientras levanta su trasero para acercarlo a mi boca aún más. Mueve sus caderas arriba y abajo, acelerando la fricción. Ya no puedo soportarlo más. Levanto sus piernas hasta mis hombros y ágilmente ella guía mi miembro con su mano hasta su bien lubricada cueva. Me deslizo en su húmedo y caliente interior sin dificultad, es como una liberación. Anhelo ese momento. Nos movemos a la vez, acompasadamente, con calculada lentitud. Noto cómo su flujo moja mi pubis. No aguanto mucho más. Me vacío en su interior. Tensa su espalda y su vientre se funde con el mío. Unas conocidas convulsiones me alertan de que hemos llegado juntos al orgasmo. Me gusta que sea así, es la unión perfecta. Me dejo caer a su lado sin dejar de tocarla. Necesito su contacto. Me besa una y otra vez mientras me regaña por no ir a verla más a menudo. Luego toma uno o dos pañuelos de papel y limpia mi miembro con mayor torpeza de la que cabía esperar. Charlamos un rato. Me pregunta por la familia y yo la correspondo. Somos dos viejos conocidos.Luego pasamos juntos al baño para asearnos. Nuestros mundos vuelven a distanciarse. Volvemos a la habitación para borrar las huellas de la batalla. Todo ha concluido. Distraídamente deposito lo estipulado en la mesilla. Nos despedimos sin prisa. Tras un furtivo beso en los labios la puerta se cierra tras de mí. El aire frío de la calle me hace volver a la realidad. Es un jueves de Diciembre. Llueve en Madrid.
Por Old Green
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