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Era sábado, y esa mañana llegué al estudio contento. El jefe se iba a Madrid, a ver un partido y no volvería hasta el día siguiente. Al menos un día, estaríamos tranquilos. Mi desagradable sorpresa fue que al llegar, me lo encontré allí. Después de cruzar una cómplice mirada con la secretaria, me dirigí a mi oficina. Soy fotógrafo y aquel día tenía varios trabajos que preparar para entregar, así que no salí de allí hasta las doce de la mañana.Fui a ver si mi jefe estaba por los alrededores, para así poder preguntarle a la secretaria el motivo de que no se hubiera ido. Pero al pasar por la puerta que daba al patio interior, vi a la mujer de aquél, Maica, con la cual tenía mucha confianza, tendiendo la ropa, ya que ella y su marido vivían justo encima del estudio. Decidí que sería mejor preguntarle a ella, antes que a la secretaria.
-Buenos días, Maica. ¿Cómo estás? –le saludé.
-Buenos días. Muy bien, aquí, como siempre, con las tareas de la casa –me contestó.
-Hay que ver. Con lo tranquila que podías estar hoy, y al final tu marido no se ha ido –le dije con intención.
-Al final no se ha ido. No le ha apetecido. Ni a mi me gustaba mucho que se fuera solo tampoco – me explicó.
-No me digas más, entonces has sido tu la que le has puesto mala cara para que no se vaya –le dije.
-Hombre claro, no sólo él tiene derecho a divertirse. Si se quiere ir, que me lleve con él –me dijo mientras seguía tendiendo la ropa. Al agacharse a la cesta, el pantalón ajustado del chándal blanco se transparentaba, y se clareaba una fina tela blanca que se metía entre sus piernas. Seguro que es un tanga, dije para mi.
-Pero tú también te puedes divertir mientras él no está. Aprovecha para salir –le animé yo.
-Sí, ¿con quién?. Mis amigas están todas casadas. ¿Y qué pinto yo sola entre parejas? –me comentó.
-Bueno, ¿y no tienes ningún amigo que quiera salir contigo? –le pregunté.
-¿Amigo?. Sí, los maridos de mis amigas. Pero es lo mismo que te he dicho –me explicó.
-Mujer, yo me considero también amigo tuyo. Yo estaría dispuesto a llevarte a cenar –le animé.
-Te lo agradezco, pero lo suficiente para que empezaran las habladurías como alguien nos viera –me explicó ella, mientras tendía unas bonitas bragas negras, enteramente de encaje.
-La verdad que sí. Ver a una mujer tan guapa como tu, con un chico tan joven como yo y, vistiendo como vistes, tan elegantemente, tanto por dentro como por fuera, daría mucho de qué hablar –le dije mientras miraba sus bragas.
-¿Son tuyas? -.
Ella se rió captando al instante a lo que me refería. –Claro, mi hija es muy joven para usar bragas así, ¿no crees? –bromeó ella.
-Sí, a ella de momento no le hace falta excitar a nadie –le contesté yo.
-Yo tampoco me las pongo para excitar -.
-No te las pondrás para eso, pero si yo te las viera puestas seguro que me excitarías –bromeé con ella. –O casi más con un tanga como el que llevas puesto ahora –le insinué.
Ella parecía sorprendida, incluso paró de tender. -¿Cómo lo sabes?.¿Eres adivino o algo? –me preguntó.
-Al agacharte se te transparenta una tela muy fina, no creo que sean bragas,
¿no? –le aclaré.-Eres muy observador –me dijo mientras reanudó su tarea.
-Me gusta fijarme en todo lo que es bonito, y tu culo lo es –le dije, cada vez más en serio.
-No te lances mucho a la piscina, que no hay agua. Mi marido anda por ahí y no creo que le guste escuchar lo que dices –me dijo.
-Por eso te digo que no estaría mal que tu marido se fuera un fin de semana a donde quisiera. Podríamos quedar a cenar en mi casa, que nadie nos ve, y te podría decir muchas cosas bonitas más que pienso de ti –le insinué.
Ella me miró y me sonrió. –Dicen que tienes una casa muy bonita –comentó.
-Es verdad, me gustaría enseñártela. Seguro que te gusta la bañera redonda que tengo. Si vienes a cenar, mientras yo recojo la mesa, friego los platos y preparo unas copas, tu puedes tomar un baño caliente. Tiene jacuzzi –le expliqué intentando convencerla.
-Eso me gusta. Si alguna vez voy a cenar a tu casa, no se me olvidará el bikini –bromeó ella.
La secretaria me llamó desde la puerta del patio, tenía una llamada.
-Me voy Maica. Ya sabes, piénsalo. Si algún día se va tu marido sólo, ya sabes con quien pasar un ratito agradable –terminé diciéndole.
-Gracias por tu invitación. Lo tendré en cuenta –me dijo mientras me sonreía.
No estaba nada convencido de que nuestra conversación hubiera sido en serio, hasta que a la semana siguiente nuestro jefe nos dijo que ese fin de semana sí estaría fuera. No se por qué, pero me dio la impresión de que Maica había tenido mucho que ver en ese repentino cambio de idea. Hace unos días, no se quiso ir, porque su mujer no le dejaba. Y ahora, de repente, nos anunciaba su próxima salida con unos amigos.
Esa misma tarde, Maica me lo confirmaría de su propia boca. Había convencido a su marido para que se fuera a ver un partido a Madrid, así que estaría sóla todo el fin de semana.
-¿Eso quiere decir que aceptas mi invitación a cenar? –le pregunté.
-¿A qué hora debo de estar en tu casa? –me dijo con una sonrisa.
-A las nueve estará bien. Ponte guapa –le dije.
Escuché un coche llegar y me asomé a la ventana. Era Maica. Cuando se bajó, no pude evitar un escalofrío por todo mi cuerpo. Estaba verdaderamente hermosísima. Llevaba puesta una camisa de tela fina, color rojo oscuro, cerrada con un solo botón a la altura del pecho, dejando al descubierto su liso vientre y su hermoso ombligo. La falda iba a juego con la camisa, del mismo color y de la misma tela, ajustada a las caderas, pero amplia por debajo, terminando en forma irregular a la altura de las rodillas. El conjunto lo cerraban unos preciosos zapatos negros, de tacón alto y fino. Me quedé embelesado mirándola, hasta que reaccioné al sonido de la campana.
Fui rápidamente a recibir a Maica y ella me saludó con una bonita sonrisa. Nos miramos brevemente y después reaccionamos:
-Estás muy guapa Maica. Deberías vestirte más a menudo así –le dije.
-Bueno, tu invitación requería venir elegante, ¿no?. He intentado ponerme lo más guapa posible –me contestó ella.
Y os aseguro que lo había conseguido. No aparentaba los treinta y seis años que tenía. Parecía mucho más joven. Nada más entrar, se quedó fascinada al ver el interior de mi casa. Yo, haciendo gala de buen anfitrión, comencé a
enseñarle habitación por habitación. Empecé por el despacho que había a la derecha del recibidor, y proseguí por el salón, amplio, con chimenea y acogedores sofás. Le gustó mucho que la pared del fondo era, casi en su totalidad, una gran cristalera con vistas al patio trasero, sembrado de césped. El salón y la cocina estaban conectados por una barra, y ella echó un vistazo a través de ella para intentar adivinar qué estaba cocinando.Después, la cogí de la mano y la subí al primer piso. Le enseñé los cuartos de invitados, cada uno de ellos con su cuarto de baño, y posteriormente, la llevé a mi dormitorio; grande, espacioso, con una gran cristalera también como pared frontal, que daba a una pequeña terraza sobre el patio. Desde allí también podía ver los grandes y frondosos árboles de la parte trasera de la casa.
Dentro de mi habitación, estaba el gran cuarto de baño de la casa. Entró en él y quedó maravillada. Pudo ver a un extremo una gran bañera redonda, con dos escalones que facilitaban el acceso a ella. También había muchos espejos, una ducha, el water, el bidé y algunos armarios lacados en blanco.
-Si quieres después de la cena te puedes dar un baño. La acabo de llenar de agua caliente. Seguro que lo agradecerás –le propuse.
-Ya veremos –me dijo ella, con una media sonrisa. Por fín, la subí al ático.
Era una gran habitación toda acristalada, con vistas a los cuatro puntos cardinales. En ella había varios sillones de piel roja, dispuestos en forma de U, con una mesita en medio. En frente de ellos estaba la chimenea y la televisión, y al lado, una barra americana, con una estantería llena de licores y cuatro taburetes altos. En el otro extremo de la habitación, estaba la mesa de billar y la mesa con el ordenador.
-Tu casa es preciosa, Tino. No me la imaginaba tan grande -.
-Pues ya ves. Una casa tan grande para mi solo. Así que cuando quieras, puedes venirte a hacerme compañía como si fuera tuya –le dije. Ella se rió y me dijo que desde aquel día, vendría más a menudo.
Serví la cena y nos sentamos en la mesa del salón, con la única luz del fuego de la chimenea y una pequeña lámpara que había en uno de los rincones. Le serví varias copas de vino, y vi que cada vez se encontraba más relajada y dicharachera. Mantuvimos una animada conversación. Hablábamos de todo, del trabajo, de su marido, de su familia y de cómo agradecía ésta cena y poder olvidarse por unas horas un poco de todo. Le dije que una mujer tan atractiva como ella no podía resignarse a llevar una vida aburrida, y que de vez en cuando se merecía una alegría.
-¿De verdad me consideras una mujer atractiva? –me preguntó Maica, sin creerse mucho lo que yo le decía.
-Para mí sí. Te veo una mujer muy guapa y muy atractiva. Y más, si te arreglas tanto como hoy. Así, estás irresistible –le dije.
-¿Sí?. Gracias. Tu también eres un hombre muy atractivo. Seguro que tienes una larga lista de conquistas –afirmó.
-Nada más lejos de la realidad. Con el trabajo me queda muy poco tiempo para las mujeres. Tu marido me tiene muy machacado, y a penas puedo relacionarme. Hace muchos meses que no ceno con ninguna mujer, así, como hoy –le expliqué.
-Espero estar a la altura y no aburrirte –me confesó ella.
-Tranquila. Me lo estoy pasando muy bien. Como siempre que estoy contigo –le aclaré.
Después de que tomamos los postres, me dispuse a recoger la mesa y fregar los platos. Le dije a Maica que mientras, se podía tomar un baño arriba.
-¿La bañera es jacuzzi? –me preguntó.
-Claro, venga te acompaño. Te enseñaré a ponerla –dije yo.
Cuando tuvo claro como se regulaban las placenteras burbujas del agua caliente, eché en ella unos cuantos aceites aromáticos. Le expliqué donde
podía dejar la ropa mientras, y donde tenía un albornoz y toallas, para cuando se saliera. También le dije, en broma, que si se aburría, que cogiera del cajón algún bikini de mi ex mujer y que me llamara, que me metería con ella en la bañera. Ella se rió, y me dijo que de momento se bastaba sola.Así que salí del cuarto de baño y cerré la puerta tras de mí. Desde la cocina, podía escuchar el ruido del agua al introducirse Maica en la bañera, y el agradable sonido de las burbujas. No se si pasarían diez minutos, cuando estando yo sumido en mis pensamientos mientras fregaba las copas que habíamos utilizado, me sorprendió Maica en la puerta de la cocina. Llevaba puesto un albornoz blanco, y todavía tenía la piel mojada.
-¿Me das un bikini? –me dijo sonriendo. Cogí la indirecta, y rápidamente la acompañé arriba de nuevo, al cuarto de baño. Entré y me dirigí hacia un mueble donde mi ex mujer guardaba algunos bikinis que aún no había recogido. Al abrir el cajón, no pude evitar observar, que sobre el mueble Maica había dejado su ropa, y que entre la fina tela de la camisa roja y la falda, se dejaba ver también su ropa interior. Era negra.
-Creo que cualquiera de éstos te vendrá bien. Mi ex y tu debéis de tener la misma talla de pecho –le dije, enseñándole unos cuantos modelos.
-No sé, yo uso una ochenta y cinco de sujetador –me explicó.
-Yo por números no sé, Maica. Sólo lo sé en el tacto –bromeé. Ella soltó una carcajada y eligió un bikini de color morado, a la vez que me invitaba a salir para que ella pudiera cambiarse.
-Cuando estés lista me llamas. Voy a ponerme yo también algo –le dije.
Cuando me llamó y entré. Maica estaba sentada en el borde de la bañera. Llevaba puesto el bikini que había elegido, que tenía la parte de arriba de triángulos y anudada al cuello, y la parte de abajo apenas sí le tapaba algo, ya que le quedaba algo estrecho. Yo entré con un slip de baño puesto, y debo confesar que me costó mantener mi pene en estado flácido, para que no se me notara mucho. Al verme me sonrió, y se metío en la bañera, enseñándome su parte trasera, su bonito culo y sus morenas nalgas.
Cuando los dos estuvimos dentro, regulé las burbujas a un nivel aceptable, y la bañera rápidamente se llenó de espuma. Estábamos los dos uno enfrente del otro. Nos mirábamos pero no decíamos nada. De vez en cuando ella me sonreía, y apoyada en el filo de la bañera, subía y bajaba su cuerpo lentamente, con movimientos cortos. Yo la miraba y de vez en cuando mis piernas se encontraban con las suyas. Las rozaba brevemente y mi piel se erizaba como si hubiera recibido una descarga de electricidad.
-Espera, tengo una idea para completar este momento –le dije, mientras me salía de la bañera, intentando disimular de forma inútil una media erección, que ella rápidamente captó, a juzgar por la mirada que me dedicó al paquete, sonriendo.
Volví tan pronto como pude, con una botella de champán y dos copas. Me senté en el borde de la bañera, con las piernas dentro del agua y le ofrecí la bebida. Ella la aceptó encantada, diciendo que nunca había tenido una sensación tan placentera como aquella. Fugazmente me miraba el bulto de mi entrepierna, alarmada por la proporción que estaba tomando.
-Anda, métete dentro de la bañera, que vas a tener un accidente con tu slip –dijo una de las veces, riéndose.
Yo me metí en la bañera y le dije que es que me molestaba un poco la prenda que llevaba, porque era algo ajustada para lo que yo tenía debajo.
-Quítatela. Por mi no te cortes. Aquí dentro con la espuma no se te ve nada –me dijo ella. No me lo pensé dos veces, en un ágil movimiento, me saqué el slip y se lo tiré cerca de donde ella estaba. Maica lo recogió, lo miró y lo tiró fuera de la bañera. Y dejando su copa en el borde, se sacó la parte de debajo de su bikini, tirándomelo a donde yo estaba.
-Así estaremos iguales –me dijo sonriendo. Aquello me puso a cien. Mi pene estaba ya completamente erecto bajo el agua.
-No estamos los dos iguales. A ti todavía te sobra una prenda –le dije intencionadamente.
-Tienes razón. Ven y quítamela –me ofreció. No lo dudé ni un segundo. Me acerqué y ella se puso de espaldas. Yo de rodillas detrás, le desaté el nudo de detrás de su cuello y de su espalda, y le quité la parte de arriba del bikini, tirándola fuera, mientras que ella se echaba intencionadamente hacia atrás, para intentar rozar mi pene con su espalda.
Lo consiguió. La punta de mi pene tocó su espalda, y entonces mi miembro dio un latido fuerte, producto de un intenso placer que lo recorrió entero. Entonces Maica se echó más hacia mi, sacando sus dos piernas por el borde de la bañera, separándolas bien la una de la otra. Yo sólo le alcanzaba a ver hasta poco más de la rodilla. El resto lo tapaba la espuma. Separó al máximo las piernas, jugueteando y apoyó su cabeza en mi pecho. Yo, allí, detrás de ella, viendo tan solo su cabeza y sus piernas e imaginándome lo demás, no pude resistir rozar más mi pene contra su espalda haciéndole dibujos imaginarios con la punta de aquél.
Le cogí los brazos para sujetarla mejor, ya que estaba en una postura muy forzada. Subí hasta sus hombros, y muy despacio, bajé mis manos acariciándola, hasta que toqué sus pechos y noté sus duros pezones en mis palmas. Ella se dejaba hacer, con los ojos cerrados, apoyando su cabeza en mi pecho y con sus piernas separadas. Me moría por saber como tendría su entrepierna.
Pero me controlé, centrándome en sus pechos, masajeándolos suavemente, pellizcándole los pezones y tocando su espalda con mi pene duro. Poco a poco, fui bajando mis manos cada vez más por su vientre, jugando con su ombligo, rozándole su vello. Ella estaba encantada, su cara era de gran felicidad. Yo seguía tocándola muy suavemente, acariciándola.
Aventuré una de mis manos más abajo, le masajeé el vello púbico, toqué la parte interior de sus muslos, cerca de su ingle. Y por fin, llevé mi mano a su raja. La noté muy caliente. Ella dio un respingo de placer y yo se la acaricié, cada vez más rápido, y más rápido. Soltaba pequeños suspiros, que poco a poco fueron convirtiéndose en gemidos, cada vez más lascivos. Hasta un punto en que le pasaba mi dedo por su raja muy rápido y ella me acompañaba con un movimiento de su pelvis, para notar más placer. Sus gemidos se habían hecho muy fuertes y notaba como un líquido caliente salía de su sexo.
De pronto ella se incorporó, se dio la vuelta y se puso de rodillas en la bañera. Yo pude verle por fin sus precisos pechos. Se abalanzó hacia mí y me besó salvajemente, restregando su cuerpo contra el mío. Mi pene se encontraba atrapado entre mi bajo vientre y el suyo. Sus pezones se clavaban en mi pecho. Su lengua buscaba a la mía. Entonces ella me sentó en la bañera y a su vez, se sentó sobre mí. Colocó mi pene en la entrada de su sexo, y se dejó caer de un golpe, clavándo toda mi polla en lo más profundo de su coño. Su cara se quebró, y comenzó a gemir y a moverse rápidamente sobre mí.
-Ahhh, ahhhh, ahhhh. Tino, así, así. Me encanta. Me voy a correr, no pares cariño. Acompáñame –me gritaba ella, cada vez más y más excitada.
Sus pequeños pechos saltaban al compás que marcaba su cuerpo, mi polla se introducía en su coño a cada saltito suyo, y una gran oleada de placer se apoderaba de mi. De repente, ella clavó sus ojos en los míos y con su cara rota de placer, me gritó que ese era el momento, que se estaba corriendo. No pude evitar tanta excitación y me dejé llevar, hasta que noté como se aproximaba a la punta de mi pene, un torrente de placer, hasta que estalló en su coño mojado, mientras ella no paraba de saltar y gemir.
El resto de la noche os lo podeis imaginar. Más y más de lo mismo. Después de la bañera, nos pasamos al dormitorio y seguimos follando toda la noche.
Por fin Maica descubrió lo bien que se lo puede llegar a pasar cuando su marido no está. Desde entonces, no falta a mi cita cada vez que su esposo sale de viaje
Rigodón
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