Hotel 5 estrellas
Por Rigodón
 
Esa vez decidí pasar las vacaciones en Cádiz. Me daba igual un lugar u otro, siempre y cuando tuviera mar. Llegué a la ciudad sobre las doce de la mañana. Di algunas vueltas por ella hasta que conseguí encontrar el hotel. Desde fuera parecía muy bonito. Yo había elegido para ese fin de semana, un hotel de cinco estrellas. Me apetecía darme ese capricho.

La casualidad hizo que nada más sacar las maletas del maletero, Arturo e Inma llegaran con su coche. Son un matrimonio amigo mío, naturales de un pueblo cerca de Cádiz, y habíamos quedado para que ese día me enseñaran un poco la ciudad y me orientaran sobre los mejores lugares.

Aparcaron detrás de mi coche y nos saludamos. Arturo se ofreció a ayudarme con las maletas. Yo les invité a que subieran conmigo a la habitación, ya que ninguno de los tres habíamos estado antes en un hotel de cinco estrellas y teníamos curiosidad por saber como era.

Cumplimenté los requisitos preceptivos en recepción y subimos a la habitación correspondiente. Al entrar, los tres nos quedamos de piedra. Era enorme. Tenía un gran balcón que daba al mar,  una gran cama de matrimonio, moqueta de color rojo, una gran mesa, con un televisor y un cuarto de baño que bien pudiera ser el de cualquier casa de lujo, todo de mármol.

Inma no dejaba de mirar a su alrededor. Noté que se quedó muy fascinada con el hotel. Sus ojos denotaban unas ganas enormes de probarlo todo: la bañera, el jacuzzi, la cama…

Una vez hube colocado mi ropa en el armario y me hube aseado un poco, nos dispusimos a buscar algún sitio donde tomar algo y comer.

Pasamos el resto de la tarde haciendo turismo, viendo la ciudad, entrando de vez en cuando en alguna cafetería para tomar alguna copa.

Por la noche, quedamos con otros amigos comunes y fuimos a comer a un restaurante. Inma se sentó a mi lado y los dos mantuvimos una agradable conversación durante toda la velada.

-No bebas mucho Inma, que tu marido me parece a mi que no está para coger el coche y lo vas a tener que llevar tu –le dije.

-El sabrá lo que hace. Conmigo que no cuente porque yo no me puedo ir al pueblo esta noche – me contestó ella.

-¿Ah no? ¿Y eso? –le pregunté extrañado, ya que creía que se volverían juntos a casa porque su hijo se lo habían dejado a una vecina.

-No, yo me quedo en casa de una chica de mi pueblo, que está aquí estudiando y vive sola. Mañana tengo que arreglar unos papeles aquí en Cádiz y voy a aprovechar que estoy hoy aquí, para no tener que dar más viajes –me aclaró Inma.

-¿Alguna amiga tuya? –le pregunté, con una clara intención de ampliar mi círculo de amistades.

-No, nos conocemos de vernos por el pueblo. Su madre y la mía  se conocen desde hace tiempo y fue aquélla quien me dio la idea de quedarme esta noche con su hija -.

-¿Y vas a dormir en casa de alguien a quien no conoces, teniendo yo un hueco en la cama de mi habitación para ti? –le propuse, medio en serio medio en broma.

Ella se rió. -Me gustaría mucho más poder dormir en ese hotel, pero claro, sólo hay una habitación y no está bien que tu y yo…-

-¡Qué iba a pasar! ¿Sómos amigos no?. Además, yo podría hacerme un camastro con los cojines de los sillones y dormir en el suelo –intenté convencerla.

Ella se reía y estoy seguro de que se imaginaba a sí misma, durmiendo conmigo en aquella lujosa habitación. –No insistas Tino, es una tentación. Tu y yo, en una habitación así, lo último que haríamos sería dormir, estoy segura –bromeó ella.

-No pasaría nada que no quisieras que pasase. Ahora, si no quisieras dormir, yo estaría dispuesto a intentar hacerte pasar una noche agradable. Tu y yo solos. Nadie lo sabría nunca –le expliqué.

-Estoy segura de que lo pasaríamos bien, pero tengo muchas responsabilidades y mi edad para esas cosas ya se pasó -. Me dejó con la palabra en la boca porque se levantó para ir al servicio.

Aquella conversación había derivado en una situación que nunca había imaginado. Inma y yo juntos. Aunque ella tiene treinta y dos años y está muy bien, nunca me había fijado en ella como mujer, ya que éramos amigos desde hacía muchos años.

Cuando salió del servicio, la observé como caminaba. ¿Cómo no me había fijado antes en esos pechos?. Llevaba un jersey marrón que se apretaba al busto y unos vaqueros oscuros. Tenía un bonito pelo negro, en melena corta. De su cara destacaban sus dos enormes ojos negros. Mientras caminaba de nuevo hacia mi posición, me la imaginaba en el hotel, desnuda, “a cuatro patas” sobre los mullidos sillones. Una tímida erección comenzó a estremecer mi cuerpo.

-¿Me acompañas a la barra a pedir otra ronda para todos? –me preguntó ella
cuando llegó.

-Claro –le contesté yo.

Mientras esperábamos al camarero le dije que si ella había estado pensando en la idea de ir al hotel juntos al igual que lo había hecho yo.

-Sí, lo he pensado. Es una oferta tentadora y me gustaría en este momento no estar casada para irme contigo. Pero hay razones de fuerza mayor –dijo.

-Yo sólo de pensar que nos beberíamos una botella de cava dentro de la bañera con agua caliente y el jacuzzi conectado, he tenido una pequeña erección –le comenté sin que me oyeran las personas que había alrededor.

Inma volvió a reír. –Sí, yo también he imaginado muchas cosas cuando he entrado al hotel –dijo.

-¿Cómo qué? –le invité a que me comentara.

-Nada, me estaba imaginando en que lo probaría todo. Echaría un polvo en la cama, otro en los sillones, otro en la mesa, en el  baño, incluso encima de la moqueta –me confesó abiertamente, haciéndose notar las numerosas cervezas que llevábamos en el cuerpo.

-Pues no te lo digo más veces. Cuando tu marido te deje en casa de tu amiga y se vaya, piénsate si de verdad quieres subir con ella o no. Si quieres venir, pídete un taxi y ya sabes donde estoy. Yo de todas maneras, te estaré esperando hasta tarde -.

-Gracias por la oferta. Me halagas. Por lo menos veo que sigo gustando a los hombres. Pero no creo que vaya, así que duerme tranquilo –me aseguró ella.

El caso es que horas después, la gente había empezado a estar cansada y a irse a sus casas progresivamente. Arturo e Inma decidieron que también era hora de volver así que me llevaron a mi hotel y nos despedimos, no sin darle las gracias por su ayuda en ese día. Cuando me despedí de Inma, y le di dos besos, un escalofrío me recorrió todo el cuerpo.

Subí a mi habitación y me serví un whisky del mini bar. Me senté en el sillón y con la cortina abierta, me dispuse a esperar el taxi que trajese a Inma.

Esperé durante casi una hora, pero ella no vino. Cuando ya me iba a acostar y a cerrar la cortina, vi como llegaba un taxi a la puerta del hotel. Miré antes de cerrar, aquella era mi última oportunidad.

El corazón se me puso a mil. Entre las tenues luces de la entrada, reconocí el largo abrigo negro de Inma. Estaba pagando el taxi. Rápidamente recogí un poco la habitación y me dispuse a esperar a que tocara en la puerta.

Cuando ella llegó, le di dos besos y la invité a pasar. Ella sonreía.

-¿Te has decidido al final a dormir conmigo? –le pregunté riendo.

-Ah, ¿pero vamos a dormir? –me dijo de golpe. Y me besó profundamente. Yo apreté mi cuerpo contra el suyo para notar sus formas. Ella me acariciaba la espalda mientras con su lengua exploraba mi boca. Yo le acaricié el pelo y mis manos bajaron despacio por su espalda, notando bajo el jersey el sujetador, hasta llegar a tocarle el culo sobre los vaqueros. Se lo acaricié. Lo tenía muy hermoso y macizo.

Seguidamente, metí mi mano derecha por la parte trasera de la cintura del pantalón, para poder tocar su culo directamente a través de sus bragas. Mi sorpresa fue que toqué muy poca tela, ya que llevaba puesto un tanga.

Inma comenzó a quitarme la camisa y yo le quité a ella el jersey. Su cuerpo desnudo de cintura para arriba, tapado tan solo con un bonito sujetador malva de encaje, me terminó de excitar.

-Tienes unas tetas preciosas, cielo –le dije mientras se las acariciaba por encima del sujetador. Su respiración se hacía cada vez más profunda y su pecho se movía arriba y abajo de una forma provocativa.

Sin dudarlo más, metí un par de dedos por el filo del sujetador y pude comprobar la dureza del pezón. Ésto le gustó a ella y me animó a chuparlo, sacándose un pecho. Lo lamí con la punta de la lengua, lentamente. Sentía como Inma gemía tímidamente.

Después lo succioné repetidas veces, notando su dureza, propia del estado de excitación al que estaba llegando ella.

-¡Báñame, Tino! –me pidió ella. Yo accedí, intuyendo la idea que tenía.

Llenamos la bañera mientras seguíamos besándonos. Después, nos desnudamos.
Ella se quitó el pantalón y le pedí que se diera una vuelta para verla en ropa interior. El espectáculo fue grandioso. Llevaba un tanga malva a juego con el sujetador, con algo de encaje por la parte delantera, lo que dejaba entrever su vello púbico. Por detrás, el tanga realzaba sus nalgas haciéndole un bonito culo respingón.

Yo terminé de desnudarme y ella se quitó el sujetador, enseñándome dos grandes tetas, y se bajó el tanga, dejándome ver el escaso vello que tenía en la entrepierna.

Una vez la bañera llena, nos metimos los dos. El agua subió hasta casi salirse. Ella se sentó entre mis piernas, de espaldas a mí. Cogió mi mano y la extendió. Echó un poquito de gel y me pidió que le frotase la espalda.

Mis manos extendieron la espuma que se produjo por parte de la espalda que quedaba fuera del agua. Se la extendí también por el cuello, proporcionándole a la vez un sensual masaje. Después pasé a sus brazos, lentamente, sin prisas.

Cuando terminé con los dos, subí hasta los hombros y desde allí, fui bajando las manos lentamente hasta sus pechos. Los cogí, los masajeé, los acaricié, untándolos de espuma. Con un dedo, froté también la areola de sus pezones, mientras ella apoyaba su cabeza en mis hombros y dejaba soltar algún sonido de placer. Los pezones se pusieron tan grandes que creí que iban a salirse de su sitio.

Después le pedí que se diera la vuelta. Se sentó frente a mí, en el otro lado de la bañera. Yo le cogí su pie derecho, y untándolo también de gel, lo masajeé lentamente. Extendí la espuma por sus tobillos. Ella permanecía con la cabeza apoyada en el filo de la bañera, echada hacia atrás. Sus pezones me apuntaban. Acaricié sus pantorrillas y sus muslos.

Una vez concluida una pierna, repetí la operación con la otra. Al llegar a la parte alta, le pedí que alzara su cuerpo, para que sacara su pubis fuera del agua. El escaso vello negro quedó a mi alcance. Puse más gel en mi mano y lo extendí por sus afeitadas ingles. Desde aquella posición podía ver sus labios bastante hinchados debido a la creciente excitación. Al poco, llené de espuma su vello, acariciándolo suavemente y bajando poco a poco hasta rozar sus labios vaginales.

Con mi dedo pulgar, untado de gel  y espuma, abrí cuidadosamente sus pétalos, mostrándoseme el color sonrosado de su vagina. Muy lentamente fui metiendo mi pulgar dentro, que se deslizaba fácilmente gracias al gel y a los propios jugos que Inma había segregado. Así la masturbé, cada vez más rápido, mientras ella se movía al compás de mi mano, para sentir más mi dedo en su coño. No tardó en correrse.

Después me pidió que me pusiera de espaldas a ella para hacer conmigo lo propio. También comenzó por mi espalda y brazos, trasladándose después a mis hombros y pecho. Mi polla, dentro del agua, apuntaba hacia arriba. Sus manos untadas de gel deslizándose por mi cuerpo me ponían la piel de gallina.

-Date la vuelta cariño- me susurró en el oído con una voz lasciva. Yo me puse enfrente de ella y puse mi pie derecho sobre su hombro. Ella untó mi pierna de gel y fue acariciándome y masajeándome lentamente. Llegó a mis rodillas y después a mis muslos. De reojo, Inma miraba mi polla dentro del agua. Deseaba tenerla dentro de ella, pero se contuvo.

Repitió el masaje en la otra pierna, y al igual que ella hizo antes, me pidió que alzara mis caderas, para dejar fuera mis genitales. Me untó de espuma los testículos y la cara interna de los muslos. Y finalmente, me cogió la polla. La untó de gel, pasando su mano cerrada arriba y abajo, proporcionándome un intenso placer.  Progresivamente, sus movimientos fueron cada vez más rápidos y mi excitación llegó a un punto muy elevado.

-No aguanto más, Tino.  Quiero tenerla dentro –me pidió ella, visiblemente excitada.

-Ven y siéntate aquí encima –le sugerí yo. Y sin pensarlo dos veces, Inma se puso de rodillas sobre mí, rozando con sus labios mojados, la punta de mi capullo. Estuvo un rato así, jugando con sus labios vaginales y con mi verga, hasta que en un ágil movimiento, se la metió toda entera, lanzando un fuerte grito al aire.

Mi placer fue máximo, Inma se movía encima de mí sacándose y metiéndose repetidamente mi polla, gimiendo de placer, gritándome lo que le gustaba. Los movimientos se hicieron cada vez más salvajes, el agua salpicaba por todas partes, se salía de la bañera. Sus tetas se movían al compás de sus embestidas, y mientras ella me miraba fijamente, noté como su cara se contraía, soltando un desgarrador grito desde su garganta.

Inma se había vuelto a correr y  eso, acompañado del incremento de la velocidad de sus movimientos, hizo que yo no tardara mucho en llenar su sexo de leche caliente. Fue genial, mi semen salió con fuerza de mi polla y una ola de placer cálido me recorrió todo el cuerpo. Fue un polvo sensacional.
 

Después de tranquilizarnos, nos salimos de la bañera y nos secamos mutuamente. Fuimos a la habitación y le serví una copa del minibar y, totalmente desnudos, nos fumamos un cigarro en los mullidos sillones.

-Esto es un lujo, Tino. Jamás me lo había pasado tan bien follando. Esto si que es salir de la rutina –me confesó ella.

-A mi me ha encantado. Y todavía queda mucha noche para seguir disfrutando de esta mágica habitación –le dije.

No pasó mucho tiempo desde que Inma terminara de fumarse el cigarro, cuando se levantó con su copa en la mano para explorar un poco a la habitación. Yo observaba desde el sillón, como aquella belleza desnuda se paseaba delante de mí. Deseaba con todas mis fuerzas volver a poseerla.

En cierto momento, ella se acercó a la mesa de mármol que había junto a la pared, y apoyando su rodilla derecha en la silla, leyó la carta del servicio de habitaciones. No se por qué, pero aquella postura que adoptó, me gustaba, así que decidí ir junto a ella y sentirla más cerca.

Me puse detrás y la agarré por la cintura. Mientras ella leía, yo le besaba el cuello y la oreja. Con mis manos le acariciaba el vientre y los pechos. Sus pezones volvían a ponerse duros. Ella soltó lo que estaba leyendo y echó su cabeza hacia atrás, sobre mi hombro, para dejar su cuello más a mi disposición. Su mano se alzó sobre mi cabeza, y me acariciaba mi nuca. Yo mientras le mordía el cuello, la miraba en el espejo que había sobre la mesa. De repente, su pierna derecha cambió de posición,  y de tener la rodilla apoyada sobre la silla, la levantó, y se apoyó con la planta del pie. Miré aquella nueva postura en el espejo y descubrí que había dejado su coño completamente desnudo ante mí. No lo dude y rápidamente mi mano se posó sobre él.

Mientras le besaba el cuello y el hombro, y le acariciaba sus pezones con una mano, con la otra la masturbaba, pasándole mi dedo anular una y otra vez a lo largo de su raja nuevamente mojada. Ella disfrutaba, pero quería más, y en un rápido movimiento, se zafó de mí, y se sentó sobre la mesa, apoyando sus pies también en ella, y abriendo sus piernas al máximo. Yo vi lo que ella quería, y rápidamente me senté en la silla, y me acerqué hasta su coño, agarrándola por los muslos, y me lo empecé a comer, y a beber los líquidos que ella emanaba.

Inma gemía. Aquello le gustaba mucho. Así que decidí aumentar su placer, llevando mi mano derecha a su raja y separándole bien los labios para acariciárselos mientras le seguía lamiendo aquel clítoris extremadamente dilatado.

Noté perfectamente como aquello la volvía loca. Se estremecía sobre la mesa, y no dejaba de gritar y gemir apasionadamente. Yo decidí ir más allá, y metí mis dedos índice y corazón en lo más profundo de su coño. Los metía y los sacaba mientras le chupaba el clítoris. Sencillamente la volví loca.

Tanto me excitó con sus gritos, que mi  polla ya estaba otra vez apunto de reventar, así que decidí incorporarme, y agarrándole los muslos bien fuerte y separándole las piernas todo lo que pude, acerqué mi miembro hasta sus labios abiertos y de un empujón, se la metí lo más profundo que pude. Ni que decir tiene como reaccionó ella. Sus gritos se debieron escuchar en todo Cádiz. Pero a mi eso me excitaba más.

La jodía sin parar, mi polla entraba y salía sin descanso. Ella cerraba sus ojos, su cara rota, su boca totalmente abierta. Luego bajé mi mirada hacia su coño, porque en aquella postura y gracias al escaso vello que ella tenía alrededor de sus labios me era muy fácil ver como mi polla entraba y salía de él.

Nuestros orgasmos no tardaron en llegar y mi leche nuevamente llenó su coño,
tanto, que un rato después, cuando ella se bajó de la mesa, unas hileras de
semen bajaron por sus piernas.

Cansados, nos tiramos en la cama y nos fumamos otro cigarro tras servir otras dos copas. Aquella fue una noche de excesos y poco nos importaba ya acabar borrachos.

-Me ha encantado como me has comido el coño, Tino –me confesó Inma pocos minutos después.

-Me encanta comerme un coño tan rico como el tuyo. Quiero desayunármelo otra vez cuando llegue el día –le dije, tratando de halagarla.

-Aprovéchate, que hoy es todo tuyo –me invitó ella, muy amablemente.

-Y tu,… ¿te comes igual de bien las pollas? –le pregunté intencionadamente.

-¿Quieres comprobarlo? –me dijo.

-Por supuesto -.

Y apurando la última calada del cigarro, se puso entre mis piernas y comenzó delicadamente a besarme el vientre, chupando también el resto del cuerpo que se encontraba alrededor de mis genitales. Poco a poco se fue acercando hasta mis testículos, y finalmente se los metió en la boca. Aquello me produjo una sensación maravillosa, y mi excitación volvió a ser evidente.

Después, cogió mi polla que empezaba a estar dura otra vez y suavemente me dio besitos en el capullo, algunos de ellos acompañados de un breve contacto de su lengua con él. Siguió besándola a lo largo de todo el tronco, hasta volver a llegar a los testículos.

Cuando regresó al capullo, sacó su lengua y con ella recorrió todo el pliegue que hay debajo de él. Se detuvo en el trozo de piel que lo une con el tronco, debajo de la polla, y con la punta de su lengua dio pequeños lametones arriba y abajo. Y de repente, abrió su boca abarcando todo mi capullo y se lo introdujo, succionando como si quisiera extraer de él su néctar.

Oleadas de placer recorrían mi cuerpo. Sus labios cada vez llegaban más abajo en mi polla, y mi capullo cada vez estaba más cerca de su garganta.

Cuando creía que ya no era posible tanto placer, Inma comenzó a subir y a bajar su mano por mi polla, acompañando a su boca, que se la tragaba como nunca le había visto a nadie. Eso me puso en el disparadero, y tuve que hacer un gran esfuerzo para no correrme en su boca, cosa que no le hubiera importado según me confesó después. Ella debió de notar mi inminente eyaculación, y decidió dejar su labor. Se puso de pie y separándose unos metros de la cama, se detuvo unos segundos a contemplarme, totalmente tumbado y con aquella cosa tan tiesa, pidiendo guerra. Ella me sonrió.

Después, sin yo saber lo que iba a hacer, se puso de rodillas en el sillón, de espaldas a mí, e inclinó su cuerpo todo lo que pudo hacia delante, dejando su culo y su coño totalmente abiertos para mí. No dijo nada. Solo me miró con una cara de deseo que me hizo saltar de la cama, adivinando sus intenciones. Me acerqué a ella y la cogí por las caderas. Ante mí, sus dos grandes agujeros me invitaban a  penetrarlos. Me quedé un rato mirándolos.

-¿Por dónde quieres? –le pregunté.

-Por los dos –me contestó ella sonriéndome.

Primero se la metí en el coño, para mojarla bien. La jodí así un buen rato. Ella empujaba su culo contra mí, a cada embestida mía. Yo la cogía por las caderas, por los hombros, por el pelo, le acariciaba las dos grandes tetas que tenía colgando en el vacío, debido a aquella postura tan animal.

Cuando habíamos disfrutado un poco del coño, le saqué la polla y la sustituí por mi dedo pulgar. Lo mojé bastante con sus líquidos e inmediatamente lo llevé a la entrada de su culo, y lo lubriqué con sus mismos flujos. Aquella operación resultaba muy excitante para Inma, según me contaba. Repetí la operación varias veces, y cuando decidí que ya estaría aquello suficientemente mojado, Inma abrió el culo más aún, y lentamente, fui introduciendo mi polla en él.

-¿Te duele cielo? –le pregunté preocupado.

-Un poco, hazlo con cuidado –me contestó ella.

Yo le metí apenas la punta, muy delicadamente. Me fui parando cuando ella me lo pedía. No quería hacerle daño, sólo quería que disfrutara.

-¿Es la primera vez, Inma? –le pregunté.

-Sí. Mi marido nunca a querido probar, pero a mi siempre me ha atraído la
idea –me confesó.

-¿Y qué te está pareciendo? –le dije, interesándome por ella.

-Lo estás haciendo muy bien. Siento algo de dolor, pero es agradable. Es placentero –me explicó.

-Te voy a meter un poquito más –le dije mientras apretaba contra su culo, y mi polla se introducía hasta la mitad.

-Mmmm. Sí. Así está muy bien. Métela un poquito más –me pedía Inma.

Yo, suavemente, volví a empujar, y por fin, se la metí toda.

-Está toda dentro, Inma, disfrútala, cariño –le informé.

Ella movía su culo en círculos, y notaba aquella carne dura en el interior de su culo, y por lo que me demostraba, le gustaba mucho. Yo decidí darle un poco de más placer, y suavemente, volví a sacar la polla y a metérsela de nuevo, pero esta vez algo más rápido.

-Mmmm, así, así. ¡Qué gusto da!. Repite eso que me ha gustado –me pidió. Y yo volví a sacarla y a metersela de un empujón.

-¡Ohhh. Me gusta eso, cariño!.¡Sigue así! –me pedía ella.

-Pues más te va a gustar esto –le dije. Y aventurando una de mis manos por su parte delantera, conseguí llegar a su coño, y sin pensarlo dos veces, le metí mis dedos en él a  la vez que nuevamente le sacaba la polla y la volvía empujar dentro, cada vez más rápido.

-¡Ahhhh, genial, sí, sí, sí….!. ¡Es fantástico, Tino!. ¡Me encanta como me follas, ahhhh!- me decía, intentando vocalizar, ya que cada vez le costaba más hablar, debido al intenso placer que sentía.

Yo también disfrutaba mucho con aquella postura, porque notaba mi polla aprisionada en las apretadas carnes de su culo. Se la metía y se la sacaba cada vez más rápido, y ella me acompañaba apretando su culo contra mi cuerpo cada vez que yo la penetraba, haciendo que mi polla cada vez llegara más y más adentro de su culo.

Lógicamente, Inma no tardó en volver a correrse. Su cuerpo se tensó, su cabeza se inclinó hacia atrás, y de su garganta salían innumerables gritos y lamentos, gemidos de placer, palabras imposibles de reproducir aquí…; y así, llegó a su éxtasis. Yo no tardé en acompañarla en su delirio, ya que segundos más tarde, le estaba llenando su culo de semen caliente; y ella a mí mis dedos de flujos vaginales, tan cálidos como el interior de su culo.

Cuando nuestras respiraciones volvieron a tranquilizarse, después de nuestros orgasmos, saqué con mucho cuidado mi flácida polla de su culo, a la vez que se venía tras de ella el líquido blanco que allí había soltado y caía por sus piernas sobre el sillón. Inma lo recogío de sus muslos con sus dedos y se lo llevó a la boca, saboreándolo.

-Mmm, Tino, que rico está todo en esta habitación –me dijo mientras los dos nos reímos a carcajadas.

A la mañana siguiente, nos despertamos, sin saber cómo, en la moqueta del suelo. Nos miramos y riéndonos, adivinamos que seguramente habíamos echado otro polvo más allí mismo, pero que con el cansancio y las copas que llevábamos, no nos acordábamos.

Volvimos a llenar la bañera, para darnos un baño caliente y asearnos un poco. Pero lógicamente, volvimos a follar allí, ya que era imposible aguantarse, con una mujer así, y con una habitación tan lujosa.

Ni que decir tiene que Inma llegó aquella tarde a su pueblo con los recados sin hacer y no quiero ni pensar, lo mal que lo tuvo que pasar la pobre, para poder darle una explicación convincente a su marido, de por qué no había hecho nada.

Inma, lo tenemos que repetir.
 
 
 
 
 
 

Rigodón
 
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