M-U-M
por Ix de Benn
 
En el siglo pasado era mucho menos habitual ver un cuerpo humano desnudo por televisión, de lo que lo es ahora. Cierto que había películas, cierto que con la entrada de las cadenas de televisión privadas, cierto que quien busca siempre acaba por encontrar.

En el recuerdo de la infancia de mi generación, está un anuncio de un desodorante. En él, aparecía una chica completamente desnuda correteando por una playa de una diminuta isla desierta. Ese anuncio era tema principal de charla en aquellos años:

-Si en la isla no hay nada más que la chica y cuatro matorrales. ¿Para qué quiere el desodorante?
O más terrible aún.

-¿Cuantas personas o animales, han huido de la isla antes que la chica le diese por usar el dichoso desodorante?

Todas estas preguntas, y muchas más, no tienen respuesta en este texto que viene a continuación.  ¿Entonces para qué todo este rollo?, sería la pregunta.

Bueno, pues porqué como lo escribo yo, lo presento como me apetece. Y como me apetece irme a la playa desierta con la muchacha que corretea salvaje y desinhibida; hacia allí me voy. Feliz lectura.
 

Está historia empieza un invierno de principios del siglo XXI. Era domingo, y Sue despertó con las hormonas por las nubes, y las ganas de salir de debajo las sabanas por los suelos. La persiana seguía bajada, se filtraba la luz, pero ella se limitó a ignorarla, dándole la espalda y olvidar que el día ya se había despertado hacía horas. Se cubrió hasta la nariz, y cerró los ojos.

Eran las doce menos cuarto, y la noche anterior había sido como una balsa de aceite, así que ya había agotado el sueño. Daba igual que durante la semana tuviera que madrugar, lo perdido, perdido está, y ya jamás se puede recuperar. Pero Sue se negaba a levantarse. Había dormido sola, y sentía un asco enorme a tener que ir a la cocina, y ver como, otra vez, nadie le hubiese preparado el desayuno. Tendría que hacerlo ella misma, y eso le producía tantas pocas ganas, que prefería no desayunar. Recordó la cita de todos los domingos: ir a comer a casa.

-No. -murmuró.- Esta es mi casa, -se dijo- ir a comer a casa de mis padres.

Eso era. Lo usó en una frase al azar.

-¿Quiere venirte con nosotros, este domingo, a la cabaña del campo, Sue?

-No, gracias. Tengo que ir a comer a casa de mis padres.

-Ah... bueno.

La cabaña! Cielos!. La cabaña es la cabaña a los once años, cuando te subes a un pino, y te montas un casa de metro cuadrado. A los treinta años, la cabaña es sexo. Sexo en la cabaña. Paredes de madera, chimenea caliente, mantas de cuadros, café caliente, pieles de vaca por alfombras, y ardientes revolcones entre sabanas de algodón con olor a lavanda. Sexo!, y Sue se revolvió en la cama, como una marmota en la madriguera, husmeando con la nariz las ocasiones perdidas.

Sacó un brazo fuera de las sabanas, para estirarse y bostezar, para desperezarse de una dichosa vez, total... tenia que ir a comer a casa.

Vio su brazo desnudo entre el techo y el edredón. Sacó el otro brazo fuera, sintiendo el frío exterior, y entonces con más fuerza aún, la calor interna de su cama. Se acarició el brazo izquierdo. Fue eléctrico, ya hacia tiempo que Sue sentía la necesidad de hacerlo. ¿Cuando había sido la última vez?

Se metió de nuevo bajo las sábanas. Odiaba ir a comer a casa de sus padres. Era como si siguiese teniendo quince años y le controlasen semanalmente. Se subió la camiseta y descubrió sus pechos. No, no quería hacerlo. No le apetecía.

Pero algo dentro de ella opinaba lo contrario, y sus piernas se frotaron, una con otra. Era el Deseo, un demonio burlón que le dominaba la mente durante milésimas de segundo y que le sugería imágenes muy sucias para un domingo a la hora de la misa.

Sus padres estaban en la Iglesia. Peregrinaban hasta el templo todos los domingos a las doce, subían los veintiséis escalones de piedra, y se sentaban en la sexta fila, banco de la derecha. Siempre en el mismo sitio. Era rutinario, como la comida de las dos. No quería ir a comer, no tenía apetito aunque aún faltaban dos horas; ni siquiera quería salir de dentro de la cama. Se giró, y miró la ventana cerrada, se abrazó, ya que no había nadie más para hacerlo, y se sintió terriblemente desamparada.

El calor y la presión de los brazos hicieron endurecer los pezones de Sue. Se revolvió en la cama de nuevo, y casi con violencia se echó hacia abajo el pantalón del chandal que llevaba.

Se quedo quieta unos segundos. Se imaginó su cuerpo desnudo; la desnudez la excitó, y se revolvió hasta quedar de espaldas, apunto y dispuesta para que el chicho de los masajes entrase por la puerta y le calmara el dolor de hombros y el ardiente Deseo con sus manos maravillosas. Los pechos presionados contra el colchón, crearon el clima propicio para empezar a gotear placer.

El reloj de la mesita dio las doce en punto. Empezaba la misa. En la fila seis, banco de la derecha, sus padres se levantaban cuando el capellán hacia su entrada. Sue apartó las sabanas, y entonces si, se contempló desnuda. Tenia hambre, pero no esa hambre para ir a comer a casa de sus padres, otra hambre. Alargó sus manos, y se las clavó en las nalgas, al tiempo que echaba para atrás tanto como fuese posible la cabeza. No había chico de los masajes, no había nadie más en la casa. Sue se cansó pronto. Hundió la cara en la almohada y dio media vuelta. Dejo caer los pies hasta el frío suelo, y se deshizo para siempre de los pantalones, luego de la camiseta; sentada desnuda contempló su habitación gris.

Tan gris como su vida. Tan aburrida como la rutina de ir a la Iglesia cada domingo a las doce, como sentarse a comer a las dos. Se echó para atrás sin ser consciente que estaba perpendicular a la cama, y la cabeza le colgó por el otro lado; tirándole del cuello dolorosamente. Sue levantó los pies al techo, alargando las puntas intentando tocar la lejana lámpara, y luego abrió las piernas como un abanico; era un pena que no hubiese nadie para verla, porqué se hubiese puesto cachondo enseguida.

Recogió las piernas y plegó las rodillas sobre los pechos. El Deseo la hubiera forzado de haber sido hombre, pero solo era deseo, solo estaba en su cabeza, solo eran sustancias químicas.

Sue cambió de posición. Descansó la cabeza sobre la cama, y mientras el dolor se calmaba ella se sintió vergonzosamente ridícula. ¿Qué hacia ella, pavoneándose como una vulgar showgirl, sola en su casa un domingo por la mañana?

-¿Porqué no hay ni un solo chico majo, cuando lo necesito? -se dijo, y luego se levantó de la cama, y dio una vuelta por la habitación andando muy despacio, como si paseara por un boulevard, y salió al pasillo. No sentía en absoluto el frío del gres, el Deseo la mantenía caliente, tanto que el propio frío de los objetos parecía calmarla, pues se paseaba acercándose y apoyándose en las paredes, y esquinas. El Deseo tenía control sobre su mente, y desgranaba perversiones sucias y fantasmales, como que de la pared del pasillo surgían manos anónimas que la sujetaban y la tocaban. Y ella quería huir de esa humillación, pero bailaba pegada a la pared con el deseo que la fantasía acabase por ocurrir, y acabar secuestrada por las manos de la pared.

Sue abrió la puerta del comedor, y se dejó caer sobre el sofá. La piel del tresillo también era fría, pero ella estaba demasiado ansiosa para notarlo. Lo acarició y se dejó acariciar. Luego, cada vez más ardiente, se sentó sobre el antebrazo de piel, con una pierna sobre el sofá, y la otra clavada en el suelo, y cabalgo un poco; luego galopó con más frenesí, frotando su carne contra la piel, sacudía la cabeza a los impulsos, y la melena castaña le golpeaba la espalda, y cerraba los ojos, porque las fantasías carnales del Deseo eran muy fuertes, y no se atrevía a mirar. Encerraba los pechos entre sus manos, y montaba sobre el potro que se iba calentando con su amor. Y pensó en gemir y en gritar, y eso la hizo sonreír y abrió los ojos, y al fondo del comedor vio su rostro reflejado en el cristal de la ventana, y paró de repente.

Se vio desnuda y haciendo el amor con un mueble. Sue saltó de encima del sofá y corrió a
esconderse. El pasillo era interminable, y las voces que la había excitado ahora le giraban la cara y solo la insultaban; las manos lujuriosas de las paredes la agarraban, sí, pero para que se viera en los espejos lo puerca y sucia que podía llegar a ser.

Finalmente llegó al baño y cerró tras de si, con el pestillo. Se dejó caer hasta el suelo y abrazó sus rodillas y sintió la terrible necesidad que alguien la abrazase, pero allí no había nadie.

-Solo hay una puerca cachonda. -dijo el Deseo.- Vamos, levántate y fóllate a la batidora. Apuesto a que te acaba gustando.

Ella escondió el rostro en sus manos, húmedas de sudor o.. vete saber qué, y quiso romper a llorar. Empezó a sentir frío, el frío de la vergüenza y de la desnudez.

-Puerca. -le gritaba el Deseo burlón. Y tomaba formas grotescas y obscenas en que Sue se veía a sí misma usando objetos como amantes ocasionales. Y en las fantasías la otra Sue parecía sentir placer de verdad, y gozar con aquellas atrocidades instrumentales.

-Hija -le decía su madre. -¿el domingo que viene, vendrás a comer?

Cada semana la misma pregunta. Y ella la misma respuesta. Y la misma comida, la misma charla, la misma mesa, la misma gente, la misma vida, la misma. Ella siempre era la misma.

Arrodillada en el suelo de su diminuto baño, de espaldas a la puerta y con el batín afectuoso que le acariciaba el pelo, Sue lloraba de pavor con la cara escondida entre sus manos. Seguía desnuda, y no tenía valor ni para taparse. Sabía que allí mismo había un espejo. Justo delante de ella, sobre el erótico grifo, y rodeado de estantes; el espejo estaba esperando a que Sue se levantase del suelo para gritarle con todas sus fuerzas:

-¿Puerca, vas a venir a comer este domingo?

Y ella no quería verse, no podía soportar verse. Como si el reflejo no fuese Sue, como si fuese un monstruo obsceno, una perversión salida de la mente de un dibujante de hentai, o de un degenerado encerrado. A ella deberían encerrar, y se tumbó, hasta el suelo, deseando que el espejo no la viese, deseando no verse, deseando hundirse hasta desaparecer.

Sue pasó así varios minutos, hasta que el Deseo pareció alejarse, temblando de frío se percató del batín rosado colgado tras la puerta, y se acercó a él procurando no ser vista por el espejo. Su mano desesperada tiraba de la ropa con fuerza, pero la pieza de ropa se resistía, y Sue temía, cada segundo más, ser vista, verse; miró de reojo hacia la repisa del baño y entonces lo vio.

Allí estaba, al lado del vaso con el cepillo de dientes, siempre había estado ahí, pero hasta ese día no se había fijado tanto en eso. A ras de suelo, esparcida y desnuda como el placer echa carne Sue sintió de repente como el Deseo le obligaba a cambiar de dirección su mano en busca de auxilio, se olvidó del batín, y de su desnudez, se acercó serpenteando hacia la repisa, y sin levantar la cabeza, por miedo a ser descubierta, palpó la frialdad blanca del lavamanos, apartó el vaso de plástico, y cayó a sus rodillas el cepillo, pero ella no podía detenerse, seguía avanzando la mano por la repisa dominada completamente por el Deseo, hasta que por fin, cerró sus dedos sobre el desodorante en roll-on que allí había.

Nunca en toda su vida, Sue había tenido un objeto tan fálico entre sus manos. Lo usaba cada día, pero nunca como explorador de su cuerpo. No lo pensó, no tanteó las posibilidades, no paró ni un segundo, lo agarró con las dos manos, descorrió el tapón que saltó por el suelo, y pasó el dedo indice, por la superficie rugosa y ligeramente pringosa del roll-on, y la bolita giró bajo su dedo, nunca había pensado en.... Pero aquello era tremendamente parecido a....

Tenía el mismo tamaño, y la misma forma, o eso le pareció entrever, porqué ofuscada por el Deseo, no tenía más razonamiento que alguien que no ha pensado nunca.

Gimió con tan solo rozar su espalda desnuda contra los azulejos. Sintió que iba a estallar cuando solo acerco la punta a su vientre, y ya se retorcía de placer cuando deslizó el roll-on por sus muslos.

Cerraba los ojos deseosa, pero tenía que abrirlos, porqué el espectáculo la excitaba tanto que si no lo podía ver, no iba a disfrutar. Tenía que verlo. Se acarició durante unos segundos, pero no podía aguantar, tenía que hacerlo, quería hacerlo, iba a estallar allí mismo. Pasó el roll-on por sus zonas más cálidas, y se acarició con fuerza cuando aquel amante de cristal con punta rotatoria se paró un segundo ante la entrada. Ella sofocada, intentaba verlo, la idea de introducírselo casi le provocaba un desmayo, y antes de derretirse, lo hizo.

Se frotó el clítoris con pasión, y entonces lo acercó más, tanto que lo empezó a notar.

Si sintió más loca que en toda su vida, pero no hubiese detenido aquello ni por una explosión en plena calle.

Era entonces o nunca, y lo hizo, se lo introdujo.

El dolor la humedeció, y la punta más gruesa fue lo peor; cuando ya la tenía dentro, ella ya había resbalado hasta tumbarse en el suelo incapaz de soportarlo. Quiso sentirlo dentro y quería detenerse, pero sus manos ya no respondían, y se frotaba con fuerza y con dolor sentía placer. Un placer extraño e inhumano.

Bajó las dos manos y se dispuso a sacárselo; la punta era más gruesa, y en la salida el borde del cristal la alzó aún más, tanto, que incluso hubo instantes en que la espalda se le arqueaba formando un puente. Ni siquiera pudo sacarlo, antes de que el roll-on le lamiese de nuevo, se lo volvió a introducir, está vez mucho más violentamente, sabiendo hasta donde llegaba el dolor y donde empezaba el placer.

Optó por incorporarse, poniéndose a gatas, para probar de adentrarse más, pero no podía; el placer la tumbaba, la derretía por dentro. Ella gemía para excitarse aún más, y cuando creía que ya no podría aguantar con eso mucho más, el Deseo dio una vuelta de tuerca más, y intentó hacer girar el objeto dentro de su vagina. No había dado ni media vuelta que tuvo que contenerse para no estallar.

Varió de posición, ganando así unos segundos de agonía; pero todo estaba sentenciado, y se lo
agarró para el último asalto. Se clavó la mano libre en el pecho derecho, deseando tener más manos para poder alcanzar más altas cotas, pero ya no podía más, y a la que el borde grueso volvió a rozarle, Sue se hundió a ras de suelo, lo agarró y se penetró hasta derretirse por completo, en un grito ahogado.

-Ahh! Qué gusto!

Luego se desplomó hacia el suelo. Y jadeante empezó a tomar conciencia de lo que ocurría.

¿Qué acaba de hacer? ¿Qué santa locura acaba de hacer?

Confirmando las peores pesadillas, y cuando ella se incorporaba, sonó un clonk! y lo vio rodar por el suelo.

Aquello se acaba de deslizar fuera de su cuerpo.
Sue se lo miró unos segundos. Hasta que sintió un leve mareo. El baño se volvió más frío que el Polo, y Sue sintió repentinas nauseas. Se cubrió con el batín, y agarró con dos dedos y sensación de asco el desodorante usado, cruzó la casa y lo echó al cubo de la basura; dispuesta a no verlo más.

Y así fue como sucedió. Jamás volvieron a verse. Nunca se llamaron. Y cada cual a su manera tenia recuerdos del otro profundamente marcados.

Tan solo en la repisa del baño de Sue, hay un recuerdo de tan extraño amante, el tapón rosado de un desodorante roll-on desaparecido.
 
 

Ix de Benn

 

Volver al Indice Ix de Benn