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Cuando ocurrieron estos hechos tenía dieciocho años. Era mi primer verano en la Universidad. En un arrebato de inocencia juvenil, para sacar algo de dinero, había encontrado trabajo como repartidor en un supermercado que ofrecía el servicio de entrega domiciliaria a determinados clientes. Con el tiempo descubriría que gracias a los dones que me ha concedido la genética, había formas mucho más simples de conseguir la pasta de todo un mes en una sola noche.Pero continuando con la historia, el primer día de trabajo, con todo el dolor de mi alma, me levanté a las siete de la mañana y llegué a la hora indicada al comercio. El encargado, un ogro seboso vestido con una bata azul, me recibió sudando y con cara de pocos amigos. Me saludó sin mirarme a la cara mientras recogía cajas y cargaba paquetes. El teléfono no dejaba de sonar. Las cajeras, dos chicas escandalosas aún más jóvenes que yo, todavía se estaban cambiando. Los primeros encargos ya estaban preparados, así que me dio las direcciones y comencé a repartir.
A pesar de que era uno de esos días veraniegos abrasadoramente blancos y alucinógenos, descubrí que era un trabajo monótono, menos agotador de lo que había pensado. En aquella época, en verano, en mi ciudad, muchas familias pasaban un tiempo largo de vacaciones, no quedaba demasiada gente en el barrio.
Aquella primera mañana fue muy tranquila, no tuve que llevar demasiados pedidos y en todos ellos me gané una buena propina. Ya se acercaba la hora de la comida y al volver al súper, el encargado me ordenó que llevase el último de la mañana y me fuese a comer. El cliente había rogado que se lo acercásemos lo más tarde posible. Supuse que era alguien que no le gustaba demasiado madrugar.
Llevé el pedido a un apartamento en una calle vecina, frente a la pared de un colegio de monjas, que, por supuesto, estaba cerrado por vacaciones.
El sol de mediodía hacía arder la acera y el olor del asfalto caliente se mezclaba con el aroma de vegetación seca que emanaba el jardín del colegio. Yo empujaba la carretilla embriagado por la luz, con los ojos cerrados. Las ventanas del edificio al que iba dormían cegadas por fulgor de la calle desértica. Fue un consuelo entrar en la sombra de la entrada.
Llamé al interfono y me abrieron desde arriba sin ni siquiera preguntar.
Cuando la enorme puerta de hierro se cerró detrás de mí, entré, temblando con alivio, en un clima diferente, en otro aire, en una región extranjera y fría del año.
Subí al apartamento y me abrió un hombre joven, moreno, con unos grandes ojos almendrados, de un negro azabache, como su cabello ensortijado y el enorme bigote que le daba un aspecto moruno. Iba vestido con unos “shorts” y una camisa abierta a través de la que asomaba un torso velludo. Llevaba en la mano un cuaderno tamaño folio. Se hizo a un lado y me dejó pasar. Una leve corriente de aire cálido que había soplado mientras la puerta estaba abierta cesó repentinamente al cerrarse ésta.
Dejé la carretilla en la entrada y cogí la primera de las cajas. Era increíblemente pesada, el cabrón del encargado la había llenado hasta el tope. Avancé unos pasos, el apartamento estaba sumido en una agradable en penumbra. En una radio, Marta Sánchez y los “Olé olé” entonaban “Lilí Marlen”.
Tras un corto pasillo, llegué al recibidor, a la derecha había una cocina americana, la ventana del balcón estaba entreabierta, las cortinas oscuras echadas y en la abertura que dejaban, baldosas de resplandor dormitaban un sueño apasionado sobre el suelo. Más allá de la radio, solo el murmullo del tráfico y la melodía de los pájaros en el jardín vecino rompían el silencio de las vibrantes capas aéreas. Desde un sofá bajo, una voz de mujer me saludó alegremente. Levantó la cabeza y dijo:
– “Permite que te ayudemos. Estás chorreando... Augusto, por favor, ayuda al muchacho. No te romperás”
– “El lumbago me va a matar y este chico parece estar cachas” – respondió el morenazo de los bigotes, que, al parecer, respondía al nombre de Augusto
– “¡Qué no ves que está sudando a mares!”
– “Eso es bueno para la piel”
El tal Augusto apareció unos segundos con una caja de galletas María. Así que, obviando su ayuda, cuando acabé de vaciar la primera caja, volví al recibidor y cogí la segunda. Pesaba aún más que la primera, el encargado había puesto todas las bebidas juntas. Al dejarla en la cocina, tenía la camiseta empapada de sudor y mis ojos lloraban lágrimas de vidrio y sangre.
– “¿Quieres tomar una cerveza con nosotros?” – me dijo la mujer
– “Sí, muchas gracias, será un placer, ya no tengo que volver hasta las cinco” – le respondí
– “Dale una cerveza al muchacho, Augusto”
Me pasó una lata de cerveza suave, fresca, rubia, dorada, que entraba como el agua y luego ya veríamos cómo saldría.
– “Si no tienes nada mejor que hacer, ¿quieres quedarte a comer y nos ayudas a ensayar? Yo no puedo hacer dos papeles al mismo tiempo” – propuso Augusto
– “¿Qué estáis ensayando?”
– “Un pequeño número. Marcela trabaja en una sala de fiestas del centro”
– “¿Y qué se supone que tengo que hacer?”
– “El chico que es mi pareja en este número no ha venido, así que tendrás que ocupar su sitio. Así Augusto podrá corregir los errores, que es a lo que ha venido” – intervino Marcela
– “Por mí está bien, pero, ¿me podría asear un poco antes?”
– “Claro, claro, por supuesto. Estás hecho una pena. Te puedes duchar, el cuarto de baño está a tu espalda. Encontrarás toallas limpias. Augusto, ¿puedes sacar una camiseta del armario del dormitorio para este chico?”
Augusto entró en el dormitorio, intentó abrir la puerta del armario, pero estaba cerrada. “Marcela, cariño, el armario está cerrado, ¿dónde tienes la llave?” – protestó
– “Espera, cariño, ya voy yo a abrirlo” – respondió Marcela
Se levantó del sofá. El corazón me dio un vuelco y sentí que la cabeza se me iba, quizá ayudada por la ingestión de la cerveza en ayunas. Era una mulata, casi tan alta como yo, algo entrada en carnes, iba vestida únicamente con ropa interior: sujetadores y braguitas a juego. Supongo que me quedé pasmado y, mirándome a los ojos, me dijo divertida
– “Perdona, no esperábamos visitas y hace un calor que no hay Dios que lo aguante”
– “No, no pasa nada. ... en realidad, me parece mejor así” – contesté mientras ella entraba en el dormitorio.
Pasándome una camiseta blanca de algodón y unos “shorts”, me dijo: “La camiseta es grande, pero solo tengo unos pantalones tejanos cortos para que no te vuelvas a poner esa ropa sudada. Creo que te irán bien, aunque son de chica y los sentirás un poco raros... pruébatelos a ver si te sientes cómodo”
Entré en el cuarto de baño y tomé una ducha fría, que era lo que necesitaba después de ver a Marcela en paños menores. Me encontraba bajo el chorro de agua, absorto en refrenar la erección, no por involuntaria menos aparatosa, cuando escuché la voz de Augusto:
– “Cara de ángel, te has dejado la cerveza” – al tiempo que corría la cortina de plástico – “¡Por Dios! ¿Todo eso es tuyo?”
– “¡Hostias! No sabía que estabas aquí... No es nada, solo que tu amiga me ha puesto un poco nervioso”
– “Creo que no entiendes que terreno pisas” – respondió Augusto
Con toda la sangre que debía haber regado mi cerebro agolpándose en los cuerpos carvenosos del pene, no presté suficiente atención a estas últimas palabras y acabé de ducharme con la más absoluta tranquilidad.Mientras me secaba, me vestía y me peinaba, apuré el resto de la cerveza que, recuerdo, continuaba deliciosamente helada. Regresé al salón, en la radio, Madonna cantaba “Like a virgin” Sin embargo, la pareja, libreto en mano, no prestaba atención a la futura diva y repetía la canción del Libro de la Selva, “El plátano es sensacional” entre grandes carcajadas ante cada nuevo “¡Plátano Baloo!”
– “¿Ya estás listo? ¿Os parece si primero comemos y luego ensayamos?” – propuso Marcela
– “Por mí, perfecto, ya es hora de descansar” – añadió Augusto
– “Por mí, también, perfecto, aunque quizá sea un poco pronto. ¿Vosotros tenéis apetito?” – les pregunté
– “¡Qué si tengo apetito! Mira que michelines tengo, creo que me voy a coser la boca, mi apetito es mi perdición” – dijo Marcela
– “Yo con las bananas que he visto antes, lo que creo que lo que me voy a coser es el culo, el apetito también es mi perdición” – dijo Augusto y los dos comenzaron a reír.
– “Bueno... ¿qué os parece si preparamos una ensalada rápida entre los tres y luego continuamos con los ensayos?” – terminó Marcela
Nos pusimos manos a la obra. En la radio sonaban una detrás de otra las pegadizas canciones del verano de mil novecientos ochenta y tantos.
Recuerdo como, mientras cortábamos la lechuga, los tomates y las zanahorias, los tres bailábamos siguiendo el ritmo alegre y desenfadado de “Walking On Sunshine” de Katrina and The Waves.
Preparando la comida, me fue imposible no fijarme en Marcela; a los dieciocho años, una mulata en ropa interior, bailando a tu lado no te deja pensar en ninguna otra cosa. Estaba de espaldas a mí, cuchillo en mano, troceando salvajemente la ensalada, y podía admirar como sus caderas se movían con violencia siguiendo la cadencia de la sección de viento de la banda, como si quisiese demostrar la fortaleza de su musculatura pélvica.
Tenía un culo redondo, sólido, rotundo, algo levantado; la cinta posterior de la braguita-tanga se hundía en el profundo y sombrío valle entre los cachetes como un río se sumerge en un cañón entre montañas. Sus caderas, que se bamboleaban rítmicamente, eran algo estrechas; sus piernas pulidas como azabache, rebosaban poderío; sus muslos, excepto por la lisura de su piel, eran más propios de un culturista que de una bailarina, y sus gemelos, dos rocas perfectas dignas de un dios griego, oscilaban sobre unos escuálidos tacones de aguja que a duras penas
conseguían sostener aquel cuerpo blindado.Los movimientos de Augusto, que estaba preparando una salsa, tenían más gracia, mezclaban la expresividad de los brazos morenos con la ligereza en los movimientos de los pies. Sus gestos al bailar tenían un punto de picardía en los movimientos. Su culo, que no tenía nada que envidiar al de Marcela, aparecía como dos pequeñas esferas bajo su pantaloncito. Sus piernas, fuertes y velludas conducían su cuerpo con una ligereza insospechada.
Yo, para compensar tanto salero, me movía con la gracia propia de las marionetas de Herta Frankel guiadas por la mano de un babuino. He de reconocer que el baile nunca ha sido lo mío, mi cuerpo de atleta se mueve ridículamente, siempre dos compases por detrás de cualquier ritmo.
Una vez hubieron acabado los preparativos, nos sentamos en unos taburetes altos de madera, colocados frente a la barra que separaba la cocina americana de la sala de estar. La ensalada que habíamos ayudado a preparar entre los tres estaba deliciosa. Durante la comida estuvimos charlamos, cada uno contando sus historias, después me explicaron en qué consistía el espectáculo.
– “¿Qué clase de número estamos ensayando?” - pregunté
– “Un número que tendrá mucho éxito. Mi trabajo es más difícil de lo que te pueda parecer a simple vista. Son horas y horas de ensayo para que al final luzca con naturalidad”
El número que tenía que aprender era, al parecer una coreografía, en ella Marcela era un Ama dominante y debía someter a un esclavo. No supieron explicarme nada más y la verdad sea dicha, no me impresionó para nada aquel guión. El papel que yo debía simular era muy pasivo y no requería, según ellos, ningún talento especial.
Augusto puso la música y comenzamos la representación. La canción que sonaba a toda castaña era “Death On Two Legs”, de los Queen. Mi papel, por el momento, consistía en permanecer arrodillado en el centro de la sala mientras nuestra amiga iniciaba una aproximación amenazante pisando con fuerza el suelo del apartamento. Vista desde aquella perspectiva, la figura de Marcela era aterradora: cada paso que avanzaba hincando un pie delante del otro me recordaba a la estampa maligna de un hermano marista a punto de clavarme una bofetada en el colegio. Aquello no pintaba bien.
Se aproximaba malintencionada, la tenía a menos de un metro y había algo en su figura que no encajaba, aunque no era capaz de adivinar el qué.
Levantó un pie, la enorme suela de su zapato eclipsó todo mi campo de visión y cuando la puntera tocó mi frente, el estilete del tacón de aguja quedó solo a unos milímetros de mis labios. Y entonces lo descubrí, hacía falta estar ciego para no haberlo visto. Bizqueando incrédulo, descubrí bajo el encaje de sus braguitas, que una cordillera de carne ocupaba el lugar donde debía haber estado la grácil silueta del monte de Venus.
– “¡Por la puta calavera de Caifás! ¡Marcela, eres un travestí!” – exclamé, ciertamente sorprendido, al tiempo que pensaba que nunca dejará de haber ficciones hiperbólicas de carne y hueso, con nombre de mujer y corazón de hombre, que se contoneen sobre los escenarios al compás de sus ilusiones.
– “¡Bien visto, cariño! Pero no te dediques a investigador privado” – repuso Marcela
Retiró el zapato de mi cara y bajó la pierna. Quedó plantada delante de mí con los brazos en jarras como un guardia urbano ante un infractor del código de la circulación pescado ‘in fraganti’. Su recia cintura de atleta estaba a un par de palmos de mi cara y pude corroborar que mis dotes deductivas estaban a la altura de la honestidad de nuestros políticos. El pene del transexual apenas cabía en el reducido espacio que le dejaban los elásticos de las braguitas, era prácticamente imposible no haber reparado en él.
– “Macho, hace falta ser corto de vista para no haber visto ‘eso’” – apuntilló Augusto – “En reposo es como una manga de bomberos, pero si se pone en acción ni siquiera tú te puedes comparar... Y, por cierto, ¿Te ha emocionado lo que has visto?” – continuó, mirando fijamente mi entrepierna
Los dos, Marcela y yo, seguimos la dirección de su mirada. Bajo los ridículos “shorts” vaqueros femeninos que me habían prestado, mi miembro viril había vuelto a su habitual estado de firme vigilia y asomaba orgulloso por encima del botón de la cintura que me había olvidado de abotonar.– “Este... no sé que decir” – respondí, notando como me ardía la cara de vergüenza
– “No digas nada, cariño, yo también me he emocionado” – continuó Augusto, abriendo sus pantalones y mostrándonos su colita. Estaba empinada, eso era innegable, pero no era mucho mayor que un dedo índice, aunque quizá fuese el contraste que presentaba con sus testículos que formaban una enorme esfera en la que el pequeño cilindro aparecía enmarcado.
– “Los travestís no somos la flor de plástico de un día, sino el fruto más exótico del mundo del espectáculo” – contestó Marcela, orgullosa de la admiración que había despertado su número
– “Tiene razón, las dotes de ‘florero andante’ no le bastan al público de los ochenta” – apuntilló Augusto – “Hace falta ese ‘algo más’ que tú tienes, princesa”
– “Será mejor que te quites los pantalones o te la vas a estrangular” – me dijo Marcela haciendo un gesto con la cabeza para señalar mi entrepierna
Desabotoné el resto de la bragueta y mi pene agradecido brotó con energía. Augusto me dio la mano para ayudarme a levantar.– “Ven apóyate aquí, antes de que te dé algo” – me dijo, conduciéndome a uno de los taburetes en los que habíamos estado sentados comiendo –
“¡Qué mala cara tiene esto! Fíjate, se está quedando amoratado, debe ser la falta de oxígeno. Tendré que hacerle un boca a boca a tu hermanito para salvarle la vida”
Se agachó delante de mí, le oí decir: “¡Plátano Baloo!” Y sentí como mi polla se sumergía blandamente en el cálido océano de sus labios. Era una sensación agradable el cosquilleo de su bigote contra mis bajos. Ni por un momento pensé en que era la primera vez que un hombre se aplicaba contra mi pene. Ya tendría tiempo de arrepentirme cuando fuese viejo, si tuviéramos que arrepentirnos de nuestros errores pasados ya no nos quedaría tiempo para cometer el resto de errores que el destino ha previsto antes de regalarnos algún acierto.
Su bomba de succión era deliciosa, muy superior a la de todas las chicas con las que había estado hasta entonces. Cuando dos cuerpos resbalan uno sobre el otro, actúa una fuerza denominada fricción, la cual se debe a las irregularidades de las superficies de los cuerpos que se deslizan. Si esta fuerza no existiera, los cuerpos estarían en continuo movimiento. Pues bien, superficie de la lengua de Augusto debía ser perfecta, aquella oscilación de su cabeza a lo largo de mi pene, si por mí hubiese sido, podía haber durado toda la eternidad. Me sentía en la gloria, estaba como entre nubes. Marcela se acercó también a mí y me besó tierna y apasionadamente. Si la boca de Augusto había sido la Transfiguración, junto con la de Marcela era la Ascensión a los Cielos.
Los labios de Augusto se separaron de mí y tomaron el ciclópeo rabo del transexual que ya apuntaba al techo aproximándose a su apogeo. La visión del descomunal miembro de nuestra amiga elevándose desafiante me recordó un fabuloso Unicornio exhibiendo su cuerno bruñido, brillante, enorme y afilado. Mientras tanto, ella había dejado escurrirse con parsimonia su mano sobre mi miembro empapado por la saliva de nuestro compañero. En pocos minutos de esta manipulación sentí que me iba a correr sentado en aquel taburete. Oscilaba en un equilibrio inestable, como un remedo priápico de King Kong acosado en la cima del Empire State. No pude contenerme, el fuego se extendió desde mi bajo vientre a los muslos y prendió mis entrañas. En una explosión de fuegos artificiales, una lluvia de semen saltó grácilmente por encima de la cabeza de Augusto que continuaba sacando brillo al cañón de bronce del travestido. Los rizos negros de su pelo quedaron salpicados por una diluvio de emulsión genital masculina.
– “Cara de ángel, avísanos antes de correrte” – me recriminó Augusto
– “Siento... siento haberte manchado” – me disculpé
– “No, si es para que la próxima vez me lo tires por la cara, me da un morbo tremendo” – respondió él.
– “Ven, déjame hacer a mí” – dijo Marcela, apartando a Augusto y arrodillándose delante de mí.
Limpió con la lengua los últimos goterones espesos de semen, tomó mis testículos con la mano y los acarició por un momento. Yo, como ya he dicho, tenía entonces dieciocho años y ante una situación tan morbosa, la recuperación fue instantánea. Las prácticas lingüísticas de Marcela revertieron los efectos perniciosos de la gravedad y en menos de un minuto, se tuvo que apartar.
– “¡Cariño!, vaya polla, no me cabe en la boca” – dijo Marcela
– “¿No has dicho que te la ibas a coser?” – dijo Augusto
– “Sí, cariño, esta banana alimenta pero no engorda. Tú también has dicho que te ibas a coser el culo, pero antes de hacerlo, seguro que quieres probar a nuestro amiguito” – respondió Marcela
Augusto se levantó, se quitó los pantaloncillos y se apoyó en la barra de la cocina ofreciéndome un culo exquisito enmarcado en los deliciosos melocotones de sus glúteos, en el centro colgaban blandamente sus testículos. Marcela me indicó, llevándose el dedo índice sobre los labios, que no hablase. Untó su ariete con margarina dietética, lo situó sobre el esfínter de nuestro amigo que en la posición en la que estaba no podía ver nada y lo enterró con lentitud. De la boca de Augusto solo se escapó un gemido ronco. Cuando lo tuvo todo dentro tomó más margarina, engrasó su propio ano y dirigió mi miembro hacia él, al tiempo que murmuraba:
“¡Plátano Baloo!”
Sentí que me sumergía patinando en las entrañas de Marcela. Su cuerpo se apartó para dejarme entrar y después se volvió a cerrar abrazando cálidamente mi miembro. Por fin supe lo que había querido decir el bueno de Aristóteles cuando hablaba del “propio lugar”, que no es sino la inclinación que todo cuerpo posee a ocupar el lugar que le corresponde por su propia naturaleza.. Empecé a moverme en su interior y ella dentro de
Augusto. Formábamos un extraño insecto de seis piernas que se agitaba entre gemidos, gruñidos y sollozos.Recuerdo la suave calidez de las nalgas pulidas del travestido cuando mi cintura golpeaba contra ellas y la fragancia de sexo que invadió la habitación al cabo de pocos momentos. La temperatura subió rápidamente, teníamos el cuerpo bañado en sudor, podía beber las gruesas gotas que perlaban la espalda de la mulata mientras bailábamos clavados unos dentro de otros. Finalmente, ella gimió profundamente, su cabeza se venció hacia atrás, su cuerpo se detuvo un instante y sentí que una serie de espasmos en su esfínter estrujaban con violencia mi pene. Los tres nos detuvimos unos segundos. Luego ella dijo:
– “Dejadme descansar un rato, por favor, os lo pide una señorita”
Marcela se separó de Augusto, pero me retuvo dentro cuando yo quise separarme de ella. A continuación, avanzó un paso y se apoyó contra la barra de la cocina. Augusto se colocó detrás de mí, se arrodilló y sentí su bigote acariciarme la rabadilla un segundo antes de que su lengua se hundiera en mi ano.
Cuando se hubo asegurado que estaba bien lubricado me hincó su pollita, murmurando: “¡Toma plátano, Baloo!” La penetración no me dolió en absoluto, todo lo contrario, fue una sensación verdaderamente placentera.
Al igual que lo fue sentirlo a mi espalda, agarrando mi cintura, mientras culeaba con rapidez. Sentí una agradable sensación de asfixia emparedado en el cuerpo de mis dos amantes. Hay que desconfiar de aquellos que no han descendido a los infiernos al menos una vez en su vida. No sirven para el oficio de seres humanos: no han pasado por la prueba que permite alcanzar el título de “hombre”.
Esta vez el baile fue más largo, era como estar en la gloria celestial follar y ser follado al mismo tiempo. Es una sensación maravillosa que todos los que la hayáis experimentado podréis confirmar. Acompasamos el ritmo de nuestra percusión a la música que iba sonando en la radio. La simplicidad de nuestro batir al unísono pareció contagiar toda la estancia, nos hacía sentir el ritmo de la vida, el latido de nuestros corazones y el sonido primitivo y natural del tambor. El órgano de la música, los tres lo sabíamos entonces, era el cuerpo entero: la piel, las entrañas, la columna vertebral y nuestros genitales. Cuando me corrí, Augusto también lo hizo dentro de mi culo en un arrebato de éxtasis colectivo.
Fui consciente que aquella explosión seminal había vaciado todo mi cuerpo hasta el tuétano de mis huesos. Permanecimos los tres quietos en la penumbra de la habitación profunda, semiabierta a la calle, tratando de percibir en nuestra piel el más sutil hálito de aire fresco que pudiese entrar por la ventana. En la radio Eros Ramazzotti cantaba “Una storia importante” sin conseguir cubrir el regalo de la sinfonía de los pájaros en el jardín del colegio.
El blanco reloj de la cocina marcaba las cinco y media. Era mi primer día de trabajo y ya llegaba media hora tarde. Les dije que tenía prisa, que no podía continuar más rato allí. Marcela me propuso un trato:
– “Cara de ángel, si todo lo que quieres es ganar algunas pesetas, ¿porqué no trabajas conmigo? Tienes unos dotes naturales que son muy difíciles de conseguir. Nuestro número sería un éxito”
– “No digas chorradas, como voy a aparecer en público en pelotas y follándome a un travestí”
– “Eso no es un problema. Con una máscara y la ambientación adecuada nadie tiene que saber que eres tú. Podríamos darle un toque gótico...”
De esa forma, aparentemente tan sencilla, dejé de trabajar como repartidor eventual y comencé mi efímera carrera en el mundo del espectáculo. Sin embargo, aún después de muchos años, no he conseguido desembarazarme totalmente de mi debilidad por aquel trabajo, todos somos convalecientes de nuestra juventud.por Vald
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