LEO
DISCOLETABusqué en mi bolso la llave de la puerta que estaba enredada con el cable del walkman. Por fin, la saqué y abrí. La casa estaba en penumbra y, a lo lejos, se oía el agua de la ducha cayendo sobre la bañera. En la cocina, el inconfundible olor a café me indicó que casi debía estar hecho, así que me senté en una silla a esperar mientras hojeaba el periódico sin interés.
Cuando la cafetera hizo el característico ruido de estar terminando, me levanté a coger una taza. No había ninguna limpia, así que saqué una del lavavajillas y me dispuse a fregarla.
En ese momento, Leo irrumpió en la cocina envuelto en su albornoz, con el pelo húmedo y alborotado. Se dispuso a coger un vaso del mueble que estaba sobre el fregadero y en lugar de esquivarme, se encaramó pegando su cuerpo a mi espalda. Ambos notamos que su polla oscilante se restregaba furtivamente contra mi culo y yo no hice nada por apartarme, más bien me retorcí ligeramente esperando recibir algo más.
En un movimiento brusco, se retiró con el vaso en la mano y se dirigió a la nevera para ponerse un zumo de naranja. Yo me eché un poco de café en mi taza limpia y volví a sentarme. “¿Todavía duermen los niños?”, “Sí, anoche se acostaron muy tarde”. Le observé. Ese leve instante le había excitado indudablemente, y no podía disimularlo bajo el albornoz.
Aún de pie junto al frigorífico, notó que observaba el bulto de su entrepierna y se acercó. Estaba frente a mí y el fascinante bulto me señalaba. Rápidamente, retiró el albornoz y su polla quedó a la altura de mis ojos. Me quedé inmóvil. Sabía que no tenía que hacer nada porque él dirigiría la situación.
Me miró expectante y movió ligeramente su pelvis hacia delante. Abrí la boca y saqué mi lengua para acariciar su glande, haciendo círculos a su alrededor, despacio y suavemente. Notaba el calor en mi sexo, mi excitación de verle deseante y poco a poco fui abrazando su rabo con mis labios, mojando con mi saliva su ya erecto miembro, moviendo mi boca hacia delante y atrás, engullendo cada vez un poquito más hasta que tuve dentro de mi boca toda su polla. Succionaba con ansiedad, con gula, queriendo sacarle todo el jugo, pero él se echó hacia atrás, sacándome el caramelo de la boca y levantándome de la silla.
Me llevó hasta la encimera y me colocó sobre ella, quitándome el tanga y subiendo la corta falda hasta la cintura. Me subió los pies y abrió mis piernas, de modo que mi coño quedaba totalmente al descubierto, bien abierto, ofreciéndole una visión completa de mi raja. Se metió un dedo en la boca y lo pasó por mi clítoris, acariciándolo hasta que estuvo lo suficientemente abultado como para cogerlo entre su índice y su pulgar y lo pellizcó suavemente una y otra vez, como si estuviera haciéndome una paja. Este jueguecito terminó de encenderme, era tan delicioso… estaba fuera de mí. Cuando vio que estaba cerca de tener un orgasmo, paró repentinamente y se agachó para continuar las caricias con su lengua. Trazaba ochos alrededor de mi clítoris, muy lentamente para que no me corriese. Empezó a nublárseme la vista, notaba que explotaría en cualquier momento… pero inexplicablemente, no podía. La sensación de estar al borde del orgasmo era interminable.
De repente sonó el telefonillo. Sin dudarlo, se fue a abrir la puerta, dejándome allí, abierta de piernas y a punto de correrme. “No te muevas”. Obedecí. Ni siquiera tuve valor para acabar la faena con mis dedos. Sabía que la excitación decaería y él tendría que volver a empezar.
“Te abro”, escuché que decía. Ruidos, voces y volvió, con el albornoz cerrado. “¿Tienes que irte?”, acerté a decirle. Me lanzó una sonrisa y volvió a hundirse en mi coño, esta vez más rápido. Metió un dedo en mi culo y otro en mi vagina, mientras seguía lamiendo mi anhelante e inflamado clítoris.
Cuando ya no pude más y exploté en un orgasmo infinito, vi como una figura masculina entraba por la puerta de la cocina, vestido impecablemente con un traje gris. Sin poder enfocar mi vista, percibí cómo sonreía mientras yo seguía corriéndome en respuesta a los lametazos en mi almeja.
Estaba totalmente desconcertada, y cuando Leo hubo terminado con la succión, se incorporó y nos presentó. “Este es Manuel. Viene a buscarme para ir juntos a una reunión”. Acto seguido, Manuel me bajó de la encimera y me quitó la blusa. Le complació ver que no llevaba sujetador, y me echó sobre la mesa bocabajo, con los pies en el suelo bien separados, mostrándole todo mi culo. Sentí mis tetas contra la fría melamina de la blanca mesa.
Noté cómo se agachaba y metía su lengua dentro, penetrándome con ella, lubricando mi agujero, preparándolo para insertar su polla dentro. Su lengua jugaba a subir y bajar por toda la raja, desde mi culo hasta mi coño, pasando una y otra vez, deteniéndose donde más gemía y me retorcía, hasta que consideró que era hora de hundir su rabo. No podía verle, pero sentía su capullo penetrando en mi ano, despacio, adaptándolo a la dilatación, entrando y saliendo con suaves movimientos. De repente, apretó su culo y movió su pelvis de modo que me penetró hasta que sentí sus cojones contra los pliegues de mi carne. Noté un leve dolor que rápidamente fue sustituido por una deliciosa sensación de placer. Sus movimientos eran cada vez más bruscos, más salvajes.
Mientras Leo, que había observado con satisfacción la estampa, se subió sobre la mesa, se sentó y puso su polla a mi alcance, para que acabase lo que se había quedado a medias. Estaba tan excitada que devoré aquella enorme polla con ansia, mientras notaba las salvajes embestidas de Manuel llenando mi culo con su rabo, y sus dedos frotando mi clítoris que, a pesar del orgasmo reciente, seguía hinchadísimo. Sacó su polla bruscamente de mi culo y me dio la vuelta, poniéndome boca arriba y subiendo mis piernas sobre sus hombros para seguir follándome. De un solo movimiento, tuve su rabo dentro del coño, y continuó con sus salvajes embestidas, sacándolo casi entero para meterlo hasta los huevos de golpe. Me corría una y otra vez, una y otra vez, y mi flujo chorreaba hasta mi culo.
En esta nueva posición, Leo se vio obligado a ponerse a cuatro patas sobre la mesa en posición de 69, dejando su rabo a la altura de mi boca. Con una de sus manos cogió mi clítoris y empezó a masturbarme, justo donde Manuel lo había dejado. La polla de Leo estaba a punto de reventar y aceleré los movimientos para recibir su semen caliente en mi boca, que llegó en una oleada acompañada de un largo gemido de placer. Intenté tragármelo, pero rezumaba en mi boca y el tibio líquido salió por mis labios y cayó hasta mi cuello.
Mi clítoris estaba a punto de explotar, cuando Leo se detuvo. La polla de Manuel seguía entrando y saliendo sin parar en mi coño, produciéndome un nuevo orgasmo. Se miraron y volvió a sacar su polla sin ninguna consideración, para sentarse sobre una silla. Leo me levantó y me dirigió a la silla sobre la que Manuel estaba sentado. Me colocó encima de él, dándole la espalda, y me empujó para que cabalgara sobre su polla. Manuel me cogió por los muslos y comenzó a moverse frenéticamente, mientras Leo se arrodillaba y volvía a regalarme una comida de coño. El placer era infinito: una descomunal e incansable polla, dentro de mi coño y una experta lengua serpenteando furiosa por mis labios y mi clítoris. “Me corro, me corro, me corrrrrrrroooooooo... ¡¡¡Aaaaaaaaah!!!”, grité mientras notaba mi flujo cayendo por mi culo, mis piernas, el rabo de Manuel y la boca de Leo.
Estaba exhausta, no podía moverme, pero sabía que la cosa no acabaría aquí. Efectivamente, me levantaron entre los dos y Leo se tumbó nuevamente sobre la mesa, con su polla mirando al techo. Manuel me subió encima y noté cómo aquella polla amenazante entraba en mi mojado y escocido coño, mientras con las manos apretaba mis tetas y se incorporaba para lamer y morder mis pezones, en un masaje que, acompañado por su polla en mi coño, me puso a mil. Manuel no tardó en meter su rabo por mi culo, abriéndose paso sin dificultad gracias a la dilatación y a la lubricación, y así, con un rabo dentro cada agujero, tuve una nueva ración de orgasmos que me llevaron al límite de mis fuerzas.
Cuando consideraron que ya había tenido suficientes, sacaron sus vergas de mis agujeros y me sentaron sobre la silla. Casi no podía ni respirar. Mi cuerpo estaba cubierto de sudor y flujo.
Se colocaron a un lado cada uno y cogí sus pollas con mis manos. Sacando fuerzas de donde pude, les masturbé y me metí sus descomunales rabos en la boca, succionando primero una y luego otro, juntándolos y chupando los dos a la vez, sin parar de mover mis manos, devorándolos, engulléndolos hasta los cojones… hasta que noté el sabor de los primeros hilillos de semen en mi boca, y se corrieron casi a la vez. Para Leo era su segundo orgasmo, y la cantidad de semen que arrojó sobre mi cara era menor que la del primero, sin embargo Manuel, que había aguantado todo el tiempo sin correrse lanzó sobre mi boca y mi pecho tanto semen y con tanta furia que llegué a sentirlo hasta en mi ombligo, resbalando por todo mi cuerpo, cubriendo mi cara y salpicando mi pelo.
Con mi lengua rebañé las gotas que quedaron en sus pollas mientras me acariciaba otra vez el clítoris, deseando que todo volviera a comenzar. Sin embargo, casi sin mirarme, se limpiaron, se vistieron y se dispusieron a salir. Leo se acercó a mí y comprobó que seguía cubierta del pegajoso líquido. Con una servilleta me limpió los labios y me besó. “Dúchate, los niños están a punto de despertarse”. Vi como salía por la puerta de la cocina, pero se detuvo, se dio la vuelta y dirigiéndome una mirada pícara me dijo “Mañana tampoco te pongas sujetador, Manuel también vendrá a buscarme”.
Discoleta