Recuerdos
TOMNo recuerdo su nombre. Pero sé que sonaba a música celestial. Y mi edad, ¿cuál era entonces? ¿Había cumplido los trece años? No lo sé. Sólo sé que era mayor que yo. Pelo moreno. Mirada analizadora. Achicaba los ojos al mirarme, inclinando dulcemente la cabeza. Ojos negros. Sensual. Maternal. Su familia muy liberal y adelantada para su tiempo. Su hermana mayor, rubia. Andaba deprisa, siempre deprisa, moviendo su apetecible trasero de aquí para allá. Falda ajustada. Aire ingenuo. Suéter muy ceñido. Tenia novio. Al atardecer, detrás de su casa, se daban tiernos besos que nosotros saboreábamos desde la esquina de la tapia cercana... Me encantaba verla ir “a por el pan”. Su culo, su cintura, sus pechos me hipnotizaban. Pasaba como un tren por la acera de mi casa. Cuando venía hacia mí sus tetas se balanceaban suavemente con una densidad que desafiaba toda lógica hasta clavarse casi en mis ojos. La uve de su pubis se dibujaba detrás de su falda moviéndose hasta el éxtasis. Al alejarse su cuerpo volteaba como una campana. Entonces imaginaba su pompis apretado contra mi cara: yo detrás de ella pasaba mis manos por entre sus piernas abiertas hasta alcanzar su coño al que empujaba hacia mí de tal manera que mi boca y mi nariz se quedaban dentro del húmedo corte de su trasero. Pero no he venido a hablar de “la rubia”, como así la llamaban. Yo quería recordar a la chica morena , sin nombre, de pechos pequeños, como incipientes, que cada vez que me miraba me sentía estudiado físicamente hasta la saciedad.
Yo era entonces tan tímido que lo único que hice fue dejarme llevar. Era verano. Vivíamos en las afueras de la ciudad. Solares habían por todos lados. Era una tarde que nunca olvidaré. Ella estaba en su puerta. Yo pasé por delante, cabizbajo, atraído por el guiño de su mirada. Giré imperceptiblemente la cabeza saludándola con un movimiento extraño de mi barbilla. Me llamó por mi nombre con una voz entre ronca y azucarada. En el suelo observé una enorme muñeca, platos y cucharas de juguete. Ven, me dijo, vamos a jugar. Nosotros somos unos padres y ésta nuestra hija. Ven, me volvió a decir cogiendo la muñeca y metiendo en una bolsa los juguetes esparcidos. No olvidaré como se agachó, abiertas las rodillas que se salían de su falda granate llena de pliegues (pliegues abiertos de par en par como su deseable vulva, pensé). Ven, insistió, cogiéndome de la mano. Un poco asustado la seguí. La seguí sumamente nervioso, excitado, sin decir palabra. Ella hablaba y hablaba. Sus labios eran rojos, finos, carnosos, muy bien dibujados. Su mano contra la mía sudaba... Nos paramos al final de un solar, cerca de la carretera en una pequeña hondonada rodeada de matorrales. El sol casi llegaba a su fin. En la lejanía era amarillo, seco como la hierba que pisaban nuestros pies. Y me susurró: tenemos una hija, pero ahora queremos tener otro hijo. ¿Tú sabes como se tienen los hijos? Asentí sin hablar. Se posó como un ave sobre la hierba y al acostarse sobre sus espaldas sentí que su mirada negra me hablada de exquisitos placeres.Me arrodillé. Se subió la falda hasta la garganta. Vi sus bragas blancas, un poco sucias y muy apretadas. Sus piernas flexionadas y abiertas casi hasta lo imposible esculpían una tentadora raja. Sus muslos, empezaron a aletear como mariposas. Pero este aleteo cesó cuando mis manos apretaron sus nalgas y bajaron presurosas hacia el corte tan bellamente dibujado. Entonces se abrió aún mas hasta partirse en canal. Con sus largos dedos descubrió su chocho sonrosado sin quitarse las braguitas. Su cosita asomaba como por detrás de una puerta blanca; era preciosa la visión. Solamente así hubiera permanecido horas y horas. Mostró más el interior de su vulva tirando para un lado uno de los labios. Su interior era rojo carne aterciopelado. Hacia mí llegaba un olor que reconocía, un olor agradable que sabía a pornografía de la que había visto en revistas alguna que otra vez. Me incliné atraído por la visión. Tenía su vulva, toda su vulva en mi boca. Mis labios apretados contra su sexo se movían sin cesar y la puntita de mi lengua se recorría sin parar toda la caverna. Sabía a agua de mar salpicada de notas agridulces. Y al tacto de la piel de mis labios su almeja era esponjosa, suave, aterciopelada, blanda hasta la saciedad. Se bajó nerviosamente las bragas. Yo le ayudaba. Empezó a moverse como una bella serpiente: sus caderas, su pubis, su ombligo, todo me lo lanzaba hacia mi cara con desesperación. No lo podía creer. Tenía ante mí todo su sexo entero: su coño, sus hermosas ingles, su pubis, su tripita, su ombligo, sus nalgas, sus muslos..., y entre mis manos su culo terso que moldeaba como arcilla. Jadeaba, ella jadeaba y mis ojos se desorbitaban ante la visión del placer. Se subió hasta la cabeza la falda. Se la tapó a cambio de mostrarme sus pechos diminutos, sus pezones de color rosa oscuro... y mi lengua desplegada cubrió sus tetas y mis manos cubrieron sus flanes dorados y mi rodilla cubrió la flor de su clítoris refregándolo con fuerza. Me bajé los pantalones - que eran cortos -. No llevaba calzoncillos. Me cogió el pene con su mano suavemente. Después con las dos. Me acarició sin parar. Mi pene iba de un lado para otro dentro de sus tibias manos. Sus dedos, a veces escrutaban el glande, los testículos, el bello púvico. Con una mano en mis huevos y la otra en la polla amasaba todo mi sexo. Se inclinó sobre mí y metió toda mi polla en su boca. La mire mientras lo hacía. Sus labios asomaban y se escondían en el vaivén de la mamada. Cerraba los ojos de tal manera que parecían persianas bajadas de una casa deshabitada.
¿Qué hago yo aquí?, me pregunté. De rodillas, los coches pasando por mi lado, de noche, semidesnudo yo, desnuda ella, sucios de polvo y pajas... Siendo hora de cenar, ¿nos estarían llamando nuestros padres?... No sé, sólo sé que me sentía succionado, chupado, lamido; que mi cosa sobrenotaba el calor de una jugosa boca, la leve aspereza de una lengua y la saliva como lava volcánica. Se la sacó despacio, mirándome alegre y mostrando sus dientes blancos, como fluorescentes al paso de los faros encendidos de los coches. Sus labios mojados centelleaban con brillos nunca vistos. ¿Estaba ante una aparición, una virgen del placer o era normal todo lo que experimentaba y es que yo no sabía nada hasta ahora por no haber estado nunca con mujer? La besé, por primera vez la besé y le dije: eres un ángel. Se volvió a reír y me dijo, moviendo el dedo índice como si contara objetos: me gusta tu barbilla partida, me gusta tu asustada mirada y la mueca torcida de tu boca fina. Ahora acércate, ponte sobre mí...; espera, yo te ayudo. Apriétame, aplástame, muévete sin cesar con un mete y saca hasta el infinito. Penetra más aún, con fuerza; ábreme en dos, ¡ay!, así, más, más, hasta hacerme llorar, amor mío, hasta hacerme gritar y que mi grito se oiga en todo el Cosmos, en el Universo entero. Que la Creación acoja el eco de nuestra pasión...
¿Qué fue de ella? Mis padres se mudaron poco después a la capital. Yo me metí de lleno en los estudios. Quise olvidar aquella barriada en la que crecí. El pequeño Chicago como la llamaba Paco. Sí, Paco, el hermano pequeño de ella. Altivo, orgulloso, con aspiraciones, guapo, muy guapo. Poco antes de marcharme recuerdo que me dijo: tú serás alguien en la vida, yo ya ves, no estudio.
Han pasado ya muchos años. El número no importa. Para mí son muchos...Te preguntarás el porqué de este diminuto relato. Hace unos días, caminando deprisa por la calle, tan deprisa como la rubia del pan, cruce la mirada con un hombre moreno, muy atractivo. Por un instante fugaz y a la vez eterno nuestros ojos se imantaron fijos. Después siguió un giro rápido de cabeza hacia el frente y un caminar aún más rápido. Dios mío, exclamé, Paco, Paco...Me volví, corrí hacia la acera de enfrente, ¡Paco! Los coches frenaban, pitaban. La gente parecía como si se amontonara a mi paso...Frené. Seguí mi camino. Y durante todo el trayecto hacia mi casa recordé, recordé a la chica morena del solar. En mi imaginación aún parecía todo más bello: la hierba dorada y crujiente bajo los cuerpos, pelo negro, ojos oscuros, picantes, misteriosos; tersas las mamas, pezones duros, su voz apacible y sosegada, su boca, ascua incandescente, su sonrisa blanca, labios encarnados, pubis prominente, en las nalgas peces, las ingles barrancos por explorar, sus glúteos... y su vulva, su vagina, lo más...
Estoy llorando... ”Los clinex”. Que putada, nunca llevo pañuelos de papel...
TOM