Iniciación al tranformismo (I)
por VALD

De mi infancia poco sé, sospecho que no hay nada en ella, esté donde esté, si es que en alguna parte está. Fue un largo aburrimiento ya olvidado. Solo de vez en cuando llegan a mi conciencia imágenes pintadas en colores desvaídos, como vistas a través de un cristal sucio. Mis primeros recuerdos claros corresponden a la época en que cumplí los dieciocho años. Pero, para poder comprender como empezó todo, creo que debo, en primer lugar, hablarles de mi familia. Hay familias que viven toda su existencia sin que les ocurra algo con un mínimo de interés. La mía sería una de esas sino fuese por mí

Mi padre es, aún hoy, un hombre de enorme voluntad y afán de superación.

En su juventud, logró mediante su propio esfuerzo y sacrificio hacer la carrera militar. Probablemente, en algún momento de su vida debió ser una persona agradable, sin embargo, en la época en que empiezo a tener recuerdos de él, su conversación, cuando estaba en casa, se reducía a monosílabos y amenazas. Su silencio enervaba a mi madre, pero es que mi padre consideraba el lenguaje oral como un medio de comunicación defectuoso y prefería sostener sus conversaciones, hasta las más íntimas, mediante gruñidos. Con nosotros era partidario de la disciplina, la mano dura y el castigo físico. Solo me es posible hablar de él utilizando superlativos negativos.

Mi madre era una católica devota, tanto entonces como cuando yo era pequeño. Todas las mañanas rezaba el Santo Rosario, acudía a Misa y tomaba la Comunión; al mediodía recitaba el Ángelus y por las tardes solía acudir con sus amigas a reuniones de la Asociación de Damas Cristianas. Vivía inmersa en aquella España de luto, de brujas y males de ojo; de rabia interior y miradas que no perdonan, de campanas de iglesia e infinitos rosarios. Mi hermana y yo fuimos criados en un santo horror por la mentira y la pereza.

Mi hermana, que ahora está casada y trabaja en una organización de ayuda humanitaria, era, en la época en que tuvieron lugar los hechos que quiero relatarte, una niña pija cuya máxima aspiración era comprar ropa de marca, charlar durante horas por teléfono con sus estúpidas e idénticas amigas (yo tenía la sospecha, por otra parte fundada en la evidencia, que su colegio era en realidad una fábrica de clones del Opus Dei) y, cuando mis padres no estaban, encender un cigarrillo y tumbarse a ver la tele en ropa interior en el sofá del salón.

Sus braguitas colgadas en el tendedero eran una obsesión para mí. Eran un recordatorio perenne de mi propia virginidad. Imaginaba lo cerca que estaban aquellas humildes piezas de fina lencería de un sexo femenino y lo lejos que estaba yo. Soñaba con la sensación de la suave tela curvada sobre un monte de Venus adolescente, con la amorosa forma en que preservaban aquel calor y aquella humedad íntimos que, si bien nunca había catado, era capaz de rememorar en sus más nimios detalles.

Recuerdo que, en ocasiones, cuando me encontraba solo en casa, me excitaba entrar en su cuarto y robar un conjunto de braguita y sujetador de su armario. A continuación me encerraba en el lavabo y fantaseaba con ellas.

Acababa de cumplir dieciocho años, había estudiado en un colegio católico solo para varones y, aunque a los jóvenes de hoy les parezca increíble, no había tenido relaciones con ninguna chica. Aquel fue el año en que moriría nuestro autodenominado Caudillo, y las relaciones entre los sexos eran algo distintas de cómo son en la actualidad.

Yo había descubierto todo lo relacionado con el sexo en el colegio; junto con, y a pesar de, mis compañeros. Mis días terminaban invariablemente con una sesión de masturbación en mi habitación, una práctica muy traumática para quienes han crecido perseguidos no sólo por la temible leyenda de la Ceguera Pajera, sino, sobre todo, por la culpa católica y por el recuerdo del triste destino que el Yahvé deparó a Onán por despilfarrar su semen en el polvo

Debido a mi casi exclusiva dedicación a este solitario menester y a la colección de revistas pornográficas, había repetido varios cursos y el que acababa de finalizar me había ido francamente mal, debería estudiar mucho para poder aprobar todo en septiembre. Todos los muchachos de mi edad estaban a punto de entrar en la universidad, sin embargo, yo aún estaba en bachillerato. En todas las fotos del colegio yo parecía el padre de mis compañeros.

De aquella época, lo que llevo grabado más profundamente en mi piel, es el recuerdo de la madre de mi mejor amigo, Alejo Torrente. Ella me fascinaba y me atraía cómo mujer, no era cómo las otras chicas que me gustaban, ya que, aunque era bastante más joven que mi madre, seguía siendo muy mayor para mí. Siempre me trataba con amabilidad y dulzura, supongo que le debía hacer gracia que su hijo fuese a clase con alguien cuatro años mayor que él. Yo soñaba con su cabello rizado hasta los hombros, teñido de un pálido rubio oxigenado, el rubio paradigmático, el rubio por antonomasia; deliraba con sus pechos, abultados, firmes y deliciosos como frutas maduras; con las curvas de su culo; con el bamboleo voluptuoso y lento de sus caderas al caminar; con sus enormes ojos verdes y sus labios carnosos, líquidos y sensuales en los que siempre encontraba una sonrisa cómplice.

Mis fantasías con ella se fueron incrementando con la edad y la forma que me abrazaba y me estrujaba contra sus pechos al saludarme y al marcharme. El Olimpo de mis quimeras masturbatorias estaba formado por una triada divina de rubias teñidas: la señora Torrente, Susana Estrada y Bibí Andersen. Pero, era la madre de mi amigo, quizá por su proximidad, la que más a menudo hacía trabajar mi mano, antes de que se produjese un cambio radical en mi vida, que relataré un poco más adelante. Como ya sabes, lo que efectivamente tiene una importancia capital a la hora de correrse una paja es el tamaño de las tetas y la forma del culo, y allí, la madre de Alejo les daba sopas con ondas a las otras dos. En mis delirios libidinosos, la imaginaba poseída por irrefrenables instintos carnales de los que yo era el objetivo predilecto y de ahí nacían hermosas historias de sexo y depravación, que daban ambiente y colorido a mis sesiones de fervor onanista. El mejor maestro de mi fantasía fue la madre de mi mejor amigo
 
 

La Casa de la Pradera

El último día que estuve en casa de Alejo antes de las vacaciones, nos sentamos en el suelo a ver la recién estrenada “La Casa de la Pradera” en su televisión en colores. A mí la lacrimógena aventura rural de los gafes de la familia Ingalls me la traía floja, pero lo del color, eso sí era toda una novedad. En mi casa tan solo había un televisor en blanco y negro, y mi padre no nos dejaba ver la segunda cadena porque decía que era un nido de comunistas. Por un motivo parecido, él siempre llevaba sombrero cuando ya nadie más lo hacía. “Los rojos no llevaban sombrero” era toda su explicación cuando le preguntábamos la causa de su fijación con dicha prenda de vestir.

Aquella tarde, la suculenta madre de mi amigo estaba acomodada detrás de él, de tal forma que yo sí la podía ver, pero él tenía que darse la vuelta para mirarla. Ella vestía un vestido corto que, sentada en la posición en la que estaba, dejaba ver todo a quien estuviese sentado a mi altura. Bajo la translúcida tela del vestido podía ver sus bragas de color crema, una prenda delicada que apenas ocultaba la entrada al paraíso, dejando entrever el oscuro, rizado y aromático boscaje de vello púbico. Cuando lo descubrí me quedé embobado. Al cabo de un par de minutos, al levantar la vista me encontré con su mirada divertida. Me guiñó un ojo y me señaló la televisión, noté como la cara me ardía de vergüenza y me puse a mirar la tele, pero fui consciente de que ella no cambiaba la posición de sus piernas. De hecho, me dio la impresión de que cada vez tenía un mejor ángulo de visión y la perspectiva estaba más despejada, es decir, que ella estaba abriendo las piernas

— ¿Estás cómodo hay sentado? —me preguntó la señora Torrente con voz burlona

—Sí señora. Gracias, se está bien aquí en el suelo

—Solo te lo preguntaba porque tú eres mucho más grande que Alejo y a lo mejor estarías mejor sentado en el sofá

—No, gracias señora, estoy bien aquí sentado junto a él, no se preocupe

Pasados unos pocos minutos, alcé de nuevo la vista y en sus ojos color esmeralda, clavados en mí, descubrí un brillo de lujuria. La punta sonrosada de su lengua se apoyaba sobre el labio superior y un amago de sonrisa iluminaba su rostro. Le devolví la mirada y la mantuvimos fija el uno en el otro hasta que la duración de la morbosa escena hizo que mi espalda, que, para no perder detalle, mantenía rígidamente erguida como sostenida por una prótesis de escayola, se agarrotase, produciéndome un padecimiento inconfesable. Afortunadamente, cuando ya iba a comenzar a sollozar de puro dolor, sonó el teléfono, ella, tras charlar un rato, se levantó y se marchó. Al volver se había cambiado, ahora vestía un traje chaqueta muy elegante y unos zapatos de imitación de piel de cocodrilo con tacón.

—He quedado con Pura Cortés para ir al Corte Inglés. Portaos bien —le comentó a su hijo al regresar

— ¡Adiós mamá! —le respondió éste sin apartar la vista de la televisión

— ¡Adiós, señora Torrente! —la despedí yo emocionado

Ella pareció pensárselo mejor, se acercó, nos dio un par de besos a cada uno y se fue de compras con su amiga. Antes, no obstante, mientras se alejaba taconeando por el pasillo se detuvo un segundo y girando la cabeza me sonrió pícaramente y me lanzó un beso. Yo no ya no pude contenerme, me levanté y le dije a mi amigo:

—Alejo, no aguanto más. Tengo que ir al lavabo. Luego me cuentas lo que ha pasado

— ¡Joder, tío! Te vas a perder el final

Pero, en lugar de ir al lavabo común, fui al de los padres. Cerré la puerta por dentro, abrí el cesto de la ropa sucia, rebusqué nerviosamente entre las prendas. El miedo a ser sorprendido entorpecía mis manos, las prendas del cesto resbalaban una y otra vez entre mis dedos. La ansiedad resecaba mi boca. Pensaba que en cualquier momento podría haber alguien que quisiera entrar en ese lavabo. Pero, por fin, encontré las encantadoras braguitas color crema. Resultaron ser lo que ahora llamaríamos un tanga, adornado con delicados encajes. En el centro se apreciaba claramente una gruesa mancha clara que imaginé era de flujo femenino. En aquel momento, olvidando el peligro a ser descubierto, me apeteció probármelas.

Me desnudé por completo, me las puse, me calcé unos zapatos de vestir que también pertenecían a la madre de mi amigo, me situé delante del espejo y me pude observar: mi cuerpo aún no completamente masculino, el miembro que había doblado hacia atrás para que no se viese, parecía un pequeño monte de Venus. Por un breve momento me vi como una mujer. Creí sentir la humedad de la mancha sobre la piel sobreexcitada de mi pene.

Como no podía ser de otra manera, me masturbé utilizando como elemento de inspiración mi imagen en el espejo. El suave tacto de la tela era muy agradable, percibía con claridad el delicado roce del encaje sobre mis ingles y como el hilo posterior del tanga se hundía entre mis nalgas excitándome. Mis dedos coquetearon con el borde de la braguita mimando mis nalgas, produciéndome escalofríos de pura excitación. Mientras mi mano se deslizaba sobre mi miembro, que se enderezó y creció hasta ocupar toda la prenda, pensaba que ese mismo hilo se había hundido en el fragante abismo que separaba los cachetes de la madre de mi amigo. Al finalizar me corrí produciendo una nueva mancha mucho mayor en las braguitas. Me sentí tentado de robarlas y tenerlas un tiempo en secreto para poder repetir mi placer prohibido, no obstante, la razón se impuso y opté por dejarlas en su lugar. Satisfecho mi deseo y ante el temor de ser sorprendido, me vestí a toda prisa, me retiré y volví a ver la tele. En el camino me crucé con el padre de mi amigo, un teniente coronel compañero de mi padre que me miró sorprendido. Aquella tarde regresé a mi casa relajado y feliz, ignorante de las consecuencias de mis actos.
 


Camino de la playa

Todos los veranos mis padres alquilaban una casa de pescadores en el pueblo de Palafrugell. Allí la costa es abrupta, escabrosa, con escarpados roquedales que se desploman sobre el mar, playas resguardadas y una vegetación de pino y monte bajo escorada por el viento de tramontana. En verano, a pesar del inofensivo viento de Garbí, un sol abrasador hace hervir las calles del pueblo. Pero nuestra casa era un refugio de oscuridad y frescor reconfortantes. Allí nos trasladábamos mi madre, mi hermana, la asistenta de turno y yo mismo, con gran revuelo, nada más acabar las clases.

Cada verano tenía lugar la misma ceremonia de despropósitos: cargábamos las maletas y bolsas de viaje llenas a reventar, después se sucedían los inacabables kilómetros de carretera desértica en los que las únicas distracciones eran contar los míticos toros de Osborne, perennes enamorados de la luna de las carreteras patrias; los cabreos de mi padre; los mareos en el asiento de atrás y la vomitada ritual de la consabida paella que habíamos ingerido previamente en algún establecimiento de carretera. Sin embargo, como te decía, entre todos esos veranos, yo nunca olvidaré aquel verano en que tendría que haber entrado en la universidad. Mi padre, que ya era coronel, nos dejó allí y regresó a su destino. Él solo se reunía con nosotros los fines de semana y durante todo el mes de agosto.
En mi casa, no solamente se abstenía mi madre de visitar la cocina y la zona de servicio, sino que ambas permanecían tan alejadas de su conciencia como si se tratase de los cuartos correspondientes de un hotel.
Mi padre también carecía de toda propensión a llevar la casa, aunque se había atribuido la responsabilidad de la confección de los menús de los domingos. Debido a esta falta de interés en los asuntos domésticos por parte de mis progenitores para nosotros trabajaba la señorita Marcela, nuestra asistenta en aquella época, una brasileña del color del caramelo fundido, madura, alta, exuberante, más bien recia, de manos masculinas, fuertes y sutilmente callosas, labios gruesos y sensuales y unos preciosos ojos negros; uno de los cuales, perpetuamente desviado, parecía apuntar siempre a la derecha de la persona con quien hablaba.

Marcela, negra de dientes blancos y risa puntual, constituía un toque de exotismo con el que mi madre pretendía dar envidia a las comadres de la asociación. Con este fin, mientras estaba de servicio, le hacía vestir ridículos uniformes de fantasía. Un día, sin saber muy bien el porqué, empecé a fijarme en ella. Desde que había acabado el colegio y la veía diariamente había comenzado a atraerme morbosamente. Era ella quien limpiaba nuestros cuartos, así que comencé a meditar sobre que podría hacer para que se diese cuenta de que me gustaba. Pero, por muchas vueltas que le daba, nunca conseguía tener un plan bien armado, porque a cualquiera le parecería improbable que ella me gustara y si se lo intentaba mostrar con sutileza nunca caería en la cuenta.
 
 

Mi plan quinquenal acelerado



Siguiendo un plan elaborado en la tibieza de mi lecho a golpes de paja, empecé a hacer cosas para que Marcela se fijara en mí. Eso sí, siempre que sabía que mis padres no estaban, porque si lo hubiesen sabido, mi padre me hubiese matado a bofetadas. En lugar de intentar ocultar mis erecciones, las exhibía constantemente delante de ella. Incluso iba un momento al cuarto de baño a colocar mi polla de tal manera que la tienda de campaña que montaba en mis calzoncillos quedara lo más abultada y tensa posible. No me pasaron inadvertidas las miradas de reojo que recibía mi paquete por parte de Marcela.

Una mañana oí a mi madre que le ordenaba:

—Marcela, hoy, por favor, limpie la pocilga del señoriíto. Cámbiele las sábanas y el pijama, si no lo hacemos nosotras, el nunca lo haría. Y revise debajo de la cama si hay ropa sucia, ya sabe que suele estar repleto de calcetines. No sé como no le da asco vivir entre tanta inmundicia

—Bien señora. Ya había acabado de ordenar la cocina, ahora mismo voy

Intuí una oportunidad para poner en marcha mi plan de muestra del producto, así que entré antes que ella y simulé que no la había escuchado acercarse. Anhelaba que ella me viera desnudo, yo estaba orgulloso de mi cuerpo ya que en aquella época hacia deporte a diario. Me embadurné de aceite bronceador, como si estuviese preparándome para ir a la playa. Para que el pene se viese algo más lustroso, previamente me toqueteé un poco y, en el momento en que abrió la puerta, fingí que no la había oído mientras me cambiaba y me tapé con la sábana.

— ¡Lo siento, señor! No sabía que estaba cambiándose –exclamó alterada al verme

— ¡Por Dios! ¡Joder, qué susto me has dado! Perdona, Marcela, no te había oído entrar –mentí como un bellaco, sin hacer el menor amago de cubrir el bulto que levantaba mi pollita bajo la sábana y que debía ser visible desde kilómetros de distancia

— ¡Vaya, vaya! Parece que el señor ya no es ningún niño –sonrió y, mientras su ojo desviado parecía querer disimular, su ojo sano se clavó en la silueta de mi miembro, que había adoptado una marcial posición de “presenten armas” ante su mirada atenta

— ¡Marcela! ¡Qué ya tengo dieciocho!

—Nunca lo recuerdo. Se me hace difícil pensar que alguien que aún va al colegio, en realidad, debería estar a punto de irse a la mili.

—Si me sigo haciendo pajas pensando en ti, moriré de sobredosis —le contestó mi garganta, mientras retiraba la sábana, aunque estoy seguro que la frase había salido directamente de mi pene

Ella rió de buena gana y, al tiempo que se humedecía los labios con la lengua, descubrí en sus ojos un brillo letal e irresistible, semejante a la luz con que los depredadotes abisales atraen a sus presas.

— ¡Ten cuidado con lo que buscas, pequeño! Porque es posible que cuando lo encuentres no sea lo que te esperas —me respondió con aire de misterio

 Acto seguido, Marcela salió de mi habitación para darse de bruces con mi madre que iba a entrar en ese momento.
 

—Señora, no entre ahora, su hijo se está cambiando —oí que le decía a mi madre

La cara de mi señora madre asomó junto a uno de los anchos hombros de la mulata

— ¡Virgen Santa! Pero, ¿qué es esto? —exclamó

Hubo un pequeño momento de desconcierto: el furioso estampido de la puerta de mi cuarto al cerrarse se confundió en mis oídos con el atronador estallido de la palma de la mano materna en mi cara. La mejilla que había recibido el impacto del bofetón entró en combustión, al tiempo que mis ojos, sin que yo pudiera remediarlo, comenzaban a lagrimear para apagar el incendio.

— ¡Eres un frívolo! ¡Vístete ahora mismo! ¡Cómo se lo diga a tu padre te deshereda! —me gritó

Al buen callar llaman Sancho, decidí que era mejor no responder a aquella agresión injustificada sobre mi persona. Para mi propio pasmo, la erección desapareció como por encantamiento. Este prodigio pasajero, no obstante, y al cabo de los años se ha vuelto a repetir, si bien, en momentos más inoportunos hasta que convertirse en una disfunción eréctil perniciosa

Sin embargo, y a pesar de mi propósito inicial de no decir palabra, no pude evitar murmurar al fugaz destello en que se convirtió la figura de mi madre al salir disparada de mi cuarto:

—Es una pena que haya tardado tanto en crecer, porque ahora sé que me he olvidado de todo lo que me habéis hecho de pequeño, pero cuando lo recuerde me vengaré

No debí decirlo en voz tan baja como imaginaba porque inmediatamente la cabeza de Marcela asomó por la puerta muerta de risa y me dijo:

—Señor, con tomarse ojo por ojo sólo se consigue que todo el mundo se quede ciego. Tú a lo tuyo, que lo estabas haciendo bastante bien

— ¡Estás como una regadera! —le respondí

—La locura corre por toda mi familia... galopa casi —apuntilló cerrando la puerta definitivamente
 
 

La constancia, forja de hombres



Sin embargo, y a pesar del contratiempo, fiel al plan que me había trazado, no cejé en mi empeño. Lo mejor es perseguir cosas imposibles, luego, cuando ya no lo haces, tu vida se convierte en un aburrimiento. Al lunes siguiente intentando adivinar cuál sería la pieza que debería limpiar Marcela estuve atento a las órdenes de mi madre.

—Marcela, esta mañana, por favor, haga nuestro cuarto. Los cristales están sucios de la tormenta de anoche. Si tiene tiempo, límpielos.

—Sí, señora, así lo haré

— ¡Ah, me olvidaba, Marcela! Por favor, antes de hacer nada, ponga en orden el cuarto de baño. No sé que ha hecho esta madrugada el señor antes de volver a Madrid, pero lo ha dejado hecho una pena —le rogó mi madre en tono de disculpa

Al saberlo decidí lanzar un ataque tentativo, fui hacia allí y me encerré en esa estancia, entré en el cuarto de baño contiguo dejando la puerta entornada, cogí un espejito y lo coloqué estratégicamente para que estando yo sentado en la taza del excusado pudiera ver si alguien se asomaba a la puerta sin tener que mirar en esa dirección. Me acomodé en la taza, puse en marcha el paleolítico radiocasete portátil, me unté el miembro con la aceitosa crema bronceadora de mi madre y comencé a hacerme una paja. Mi verga brillaba, oscura y reluciente resbalando dentro de mis manos

Al cabo de poco tiempo oí el sonido de la puerta de la habitación al abrirse y me puse a jadear sonoramente para atraer su atención. Un minuto después, a través del espejito, vi como Marcela se asomaba por la puerta entreabierta del cuarto de baño, su cara de asombro inicial y como una sonrisa pícara iluminaba su cara al instante. Yo continué con mi espectáculo para mi secreta espectadora. Después, volviendo a mirar por el rabillo del ojo el espejo, observé por la abertura de la puerta que ella había introducido una mano bajo la falda del uniforme y la movía arriba y abajo lentamente en un amplio movimiento. Haciendo un esfuerzo sobrehumano para no correrme, esperé hasta ver el orgasmo dibujado en su cara para desencadenar el mío. Me sorprendió ver la aparatosa mancha de humedad que se dibujó en su falda. Ella recompuso su ropa y se retiró sin hacer ruido. Al salir del cuarto de baño descubrí, en el lugar en el que ella había estado de pie, unas gruesas gotas de un líquido blancuzco que me recordó mucho al semen masculino. Supuse que en las mujeres maduras los jugos vaginales eran más espesos que en las chicas que yo había conocido. Tomé uno de aquellos goterones con el dedo y lo saboreé. Curiosamente, no pude percibir ninguna diferencia con el sabor de mi propia leche

( Continuara.....)
 

Vald
 
 

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