Iniciación al tranformismo (II)
por VALDEl aroma de mi hogar
Pasaron unos días sin que se presentase ninguna oportunidad de acercamiento, hasta que una noche me quedé solo con Marcela. Ella me sirvió la cena en aquella cocina que, no sé porqué, siempre olía a Avecrem.
Se sentó a mi lado y, mientras esperaba que yo acabase, apoltronada junto a mí, con sus fuertes piernas cruzadas, hojeaba con descuido una revista del corazón al mismo tiempo que escuchaba a Georgie Dann perpetrando “Bailemos el Bimbó” en la radio. El aroma de la sencilla tortilla de patatas recién hecha se confundía con el olor de su sudor tras un día completo de tareas hogareñas y ambos con el perenne efluvio a sopicaldo que he mencionado. Tan doméstica mezcla de olores fue interpretada por mi calenturiento cerebro como una irresistible ola de feromonas femeninas.
Sentí que mi miembro no solo intentaba reventar el bañador que llevaba puesto, sino que parecía querer desbaratar la delicada epidermis que lo ha envuelto desde el día de mi nacimiento. Como yo no podía dejar que tal cosa sucediera sin sufrir impensables dolores, decidí hacer lo único que estaba en mis manos para impedir la destrucción cutánea genital por sobreexcitación libidinosa. Mi temperatura empezó a subir por segundos, tenía una sed terrible:
- Marcela, ¿me puedes acercar la gaseosa que está en la nevera, por favor?
- Ya voy, mi niño
Se levantó y se acercó al refrigerador contoneándose con lentitud. Mi sorpresa fue que en el momento de agacharse, el uniforme se elevó sobre sus muslos hasta el nacimiento de sus nalgas. Me quedé completamente paralizado, inmóvil, conteniendo la respiración, esperando ansiosamente que el uniforme continuase su ascenso lo suficiente como para permitirme, por fin, verle el culo. Marcela, mientras tanto, se incorporó y al verme la cara empezó a reírse
- ¿Qué te pasa, hijo? Parece que hayas visto un fantasma. ¿En qué estabas pensando?
-No ha estaba pensando en nada, solo en cosas mías
Me sirvió un vaso de gaseosa y volvió a sentarse junto a mí. Yo había llegado al punto en que lo que me excitaba más era la sensación de prohibido y el riesgo de que me pillara en mis manejos. Así que por la simple exaltación que me producía el riesgo de ser descubierto, nerviosamente metí mi mano sudorosa bajo la mesa, me saqué la polla del bañador y me masturbé sigilosamente. El ruido particular de la masturbación quedaba difuminado bajo la cadencia ramplona de la música.
Cuando me iba a correr, la miré directamente a la cara. Para mi horror, al tiempo que el producto de mis genitales iniciaba su imparable ascenso y en mi primera eyaculación en compañía de una mujer, el pinchadiscos de la SER decidió continuar la serie de éxitos del verano con Las Grecas y su “Saca el güisqui, Cheli”. Aquel golpe bajo estuvo a punto de cortarme la corrida y, de paso, provocarme un trauma del que no me hubiese repuesto en la vida. Marcela, sorprendida por el cambio de disco, levantó la vista de la revista y mirándome me preguntó:- ¿Por qué me miras así? ¿Te sucede algo?
Y en aquel; para mí, romántico; momento en que el cálido surtidor de esperma empezaba a manar a chorros de mi polla goteando sobre las baldosas de la cocina tuve que tomar aliento para contestar:
- No, nada, nada, Marcela, intentaba leer la portada de tu revista
- Chico, cada vez estás más raro. Debe ser la pubertad retrasada que te está afectando - me respondió Marcela
Por fin, ya es viernes
Desgraciadamente, al fin llegó el viernes, el último día de libertad familiar antes de que regresara mi padre. Yo me debí levantar muy tarde de la piltra, cuando fui a desayunar me di cuenta que mi madre y mi hermana se habían ido ya a la playa sin esperarme. Encontré a Marcela nuevamente en la cocina, bailaba frente al fregadero de manera sensual, contoneando su cuerpo al ritmo de “Você è linda”, cantada por Roberto Carlos en la radio y tarareada por ella con sentimiento. Cuando terminó la canción, me vio y me rogó:
- Por favor, ¿me puedes ayudar a abrocharme los botones del uniforme? No sé dónde los compra tu madre, pero es imposible hacerlo por una misma
- Será un placer, Marcela - le respondí sin dudarlo
Mientras pugnaba por meter los botones nacarados en los ojales me apoyé en su espalda tanto que empecé a trempar hasta que el miembro se puso tan rígido como el mástil de un velero. Ella era un poco más alta que yo, así que mientras me esforzaba por ayudarla podía oler el suave perfume que solía llevar mezclado con el aroma de suavizante que emanaba del uniforme. En ese momento, ella comentó:
- ¿Qué es lo que llevas puesto que se me está clavando en la espalda?
Desplazó su mano hacia atrás y empezó a acariciarme la picha y los huevos recogidos dentro del bañador. Sentía el calor y el tacto de su enorme mano callosa a través de la fina tela. Comencé a temblar como una hoja al viento, no podía concentrarme en los condenados botones, mis dedos resbalaban sobre ellos una y otra vez. No atinaba a pronunciar palabra, mi erección en unos pocos segundos llegó a ser dolorosa. Sin saber que había sucedido sentí que no podía controlarme y, mientras mis piernas flojeaban, un río de magma hirviente se me escapaba empapando el bañador. Marcela percibió la súbita humedad que le mojaba la palma de la mano y escuché su grave voz que me decía:
- Muchacho, ¿todo este río es en mi honor?
No supe que responder, la cara me ardía de vergüenza y las piernas me temblaban tanto que no me podía sostener. Aún tenía los ojos cerrados, cuando oí que me decía:
- Mi rey, deja que te limpie antes de que te vea tu madre
Me tomó de la mano y me llevó a su habitación que estaba en la planta baja, junto a la cocina.
En los últimos tiempos había soñado innumerables veces con entrar en aquel lugar. El cuarto estaba iluminado por una bombilla de escasa potencia. En él había únicamente una pequeña cama individual, un armario enorme con un espejo en la puerta, un lavabo de porcelana, reliquia de otros tiempos, y algunos souvenirs de carretera. Uno de sus uniformes colgaba de una percha y sobre la cama su ropa interior, perfectamente doblada, esperaba a ser guardada. Ella me situó delante del lavabo, tomó una de sus toallas, la humedeció, me bajó el bañador y lo limpió, después, con la misma toalla, recogió el semen que empapaba mi pubis, aún sin vello, y goteaba por testículos y mis muslos. En voz baja, y con una sonrisa, comentó:
- ¡Deberás desayunar como un león para reponer toda esta leche, cariño!
Aquello era el paraíso para mí, su mano se desplazaba con mucha suavidad por mis piernas recogiendo todo el semen que había derramado. Secó mis huevos y, pasando entre las piernas, comenzó a enjugarme las nalgas.- ¡Qué culito más dulce que tienes! Creo que un día me voy a comer este postre tan rico. ¿Me dejarías probarlo ahora? - me preguntó.
Yo no supe que responder, solo atiné a responder:- Como quieras, Marcela
Ella se situó detrás de mí, se arrodilló, apoyó sus manos en mi cintura y pude sentir su lengua, húmeda, cálida y segura sobre la parte alta de mis nalgas. La desplazaba lentamente, en pequeños círculos. Parecía disfrutar de lo que estaba haciendo casi tanto como yo. Lamió toda la superficie con extrema dulzura, después situó su lengua sobre mi rabadilla y pude sentir como descendía humedeciendo mi canal. Era una sensación increíblemente delicada que nunca había imaginado que se pudiese experimentar.
Con sus manos, sin ninguna violencia, abrió mis nalgas y muy, muy dulcemente, sentí como su lengua se deslizaba casi sin rozar mi ano. Rozó la suave piel, solo un leve contacto y se separó de nuevo, mi cuerpo reaccionó con un espasmo de deseo. El tacto de su lengua era jugoso, cálido y leve. Cerré los ojos, me incliné y me apoyé en el lavabo. En un tiempo que me pareció eterno su lengua poco a poco se fue abriendo camino dentro de mí. Surcos de deseo se abrieron en mi ano mientras sentía sus labios húmedos sobre mi piel. Sin que supiese como, noté como miembro había vuelto a ponerse erecto. Ella también se percató, untó su mano con saliva y empezó a masajearlo con delicadeza.
- ¿Estás disfrutando, príncipe mío?- me preguntó
A lo que solo pude responder con un gemido. A continuación me volvió a interrogar:
- ¿Crees que te correrías así?
Pero solo obtuvo un gemido más largo por respuesta
- Entonces, déjate ir sin miedo -me propuso
Yo no me hice esperar. Sentí como su lengua dejaba paso a su dedo ensalivado y como este se hundía sin esfuerzo en mi ano. Esta nueva sensación fue demasiado para mí, seguí su consejo y me solté: oleadas de placer incontenible me derribaron sobre el lavabo. Me corrí sobre su mano mientras notaba como mi esfínter anal se contraía en espasmos alrededor de su dedo.
- Si sigues así nunca acabaré de limpiarte, mi amor -me dijo entre risas mientras volvía humedecer la toalla y me enjuagaba una vez más.
- ¿Eres capaz de guardar un secreto?-me preguntó mirándome fijamente a los ojos.
- ¡Claro Marcela! ¿De qué se trata?-le repuse yo
-Me lo tienes que prometer: nunca, se lo dirás a nadie, a tus padres ya sé que no lo harás, pero me debes jurar que nunca hablarás de ello con tu hermana ni con tus amigos
Su cara estaba muy seria. Nunca la había visto así, siempre había una sonrisa en sus labios, pero yo estaba decidido a compartir aquel secreto con Marcela antes que cualquier otra cosa, así que le grité, alzando demasiado la voz, que salió de mi garganta aguda y aflautada:
-Sí, sí, Marcela, te lo juro por lo más sagrado
Una sonrisa iluminó su rostro nuevamente y sugirió:
-Fíjate bien, pero no hagas ningún comentario hasta el final, por favor
Guardó silencio unos instantes, desabrochó los botones que tanto esfuerzo me había costado abotonar, abrió la parte superior del uniforme y me mostró sus pechos. Era dueña de unos senos perfectos, oscuros, brillantes, enormes, redondos, apuntaban hacia mí unos pezones erectos y prominentes. Tenía un cuerpo macizo y dotado de hermosura, nunca había sospechado que bajo aquellos uniformes insípidos se ocultase un torso tan bello y sensual.
- Marcela, estaba buscando una diosa para una nueva religión... y acabo de elegirte - comenté extasiado ante su cuerpo
A continuación, sin mediar palabra, ella comenzó a subir la falda de su uniforme muy despacio, descubriendo en primer lugar los muslos morenos, fuertes y torneados que me habían hecho soñar; después aparecieron sus bragas, de resplandeciente raso negro adornadas con puntillas, incongruentemente lujosas bajo el uniforme de sirvienta. En un primer momento no me di cuenta, pero, enseguida supe cual era su secreto: un enorme abultamiento en la parte delantera solo podía estar escondiendo un pene en erección de tamaño monstruoso, y la mancha húmeda en la parte superior, indicaba a todas luces que la sesión de degustación de mi culo no le había dejado indiferente.
El auténtico elegido no tiene elección
Lo único que se me ocurrió fue:
- ¡Carajo! ¿Eres un tío?
- No, mi rey, soy una transexual; una transexual mulata. La señorita Marcela, ¿tú me has visto alguna vez como un hombre?- me preguntó ofendida.
Y la verdad es que ni siquiera en aquel momento, hipnotizado por el sorprendente perfil de su pollón bajo el raso de su ropa interior, era capaz de imaginármela como un hombre. Había algo en ella que nunca he podido definir y que me atraía hacia ella morbosamente. Me quedé quieto, sin saber que responder. Ella estaba enfrente de mí, a menos de un metro.
- ¿Quieres que te enseñe mi clítoris?-preguntó en tono insinuante.
Sentía una curiosidad irrefrenable, así que le respondí sin dudar:
-Sí, Marcela, me encantaría verlo
- Descúbrelo tú mismo... - me dijo mientras tomaba mi mano y la dirigía hacia sus bragas.
Si hasta aquel momento había creído que su miembro estaba en erección, me había equivocado, lo que sucedía era que, aún estando en reposo, era tan aparatoso que sus bragas no podían abarcarlo, tendía la tela hacia fuera hasta dejarla tirante, en la cintura deformaba las gomas elásticas que lo aprisionaban y se escapaba por los lados. Cuando puse la mano encima me sorprendieron dos cosas: primero, su calor, la tela ardía encima de su pene; segundo, su movimiento, en cuanto lo rocé con la yema de los dedos pude sentir como se movía, se enderezaba sin esfuerzo, apartaba la braguita y se asomaba al exterior. Tomé con los dedos el elástico de sus bragas y las bajé. Una manga gruesa y larga, del color del azabache se desenrolló delante de mis ojos atónitos, cayendo hasta la mitad del muslo.
- ¡Cógelo sin miedo! No te morderá - me sugirió - ¿Sabes cuál es el truco de los valientes? No demostrar nunca que tienen miedo
Lo tomé con la palma de la mano y lo levanté un poco. Era la primera vez que tenía en la mano el pene de un varón adulto. Lo que más me impresionó fue la cantidad de piel que sobraba en la punta de su falo, pensé que si utilizaba toda esa piel, como parecía normal, tendría que aumentar, por lo menos, diez centímetros más; que añadidos al descomunal tamaño en reposo, crearían un rabo espectacular. Su tamaño era sobrecogedor, pero su tacto aterciopelado y cálido era reconfortante.
Percibí como se hinchaba en la palma de mi mano y comenzaba a enderezarse. El prepucio, una oscura flor de piel que coronaba aquella pieza extraordinaria, se retiraba suavemente por sí mismo, y tal y como el agua descubre la arena al retirarse la marea, apareció la superficie curvada y brillante del glande, dividido en su mitad por un profundo canal del que manaba una gota radiante del líquido del amor. Los dos permanecimos en silencio, sin mover voluntariamente un músculo mientras su polla completaba la erección, elevándose dulcemente, abandonando la superficie de mi mano fascinada e iniciando un vuelo que la conducía cada vez más alto. En menos de dos minutos superó la elevación de su ombligo y había adquirido tal grosor que no la podía abarcar con mi mano juvenil.
Un torrente de gruesas venas ensortijadas hizo su aparición a medida que el miembro incrementaba su rigidez.
- ¿Quieres que te enseñe como tratarlo y apreciarlo?, príncipe mío - preguntó con voz dulce y rasposa Marcela.
La curiosidad me podía, así que respondí:
- ¡Sí! Enséñame
- Acerca tu cara muy despacio, y en primer lugar aspira su aroma y disfrútalo
Hice lo que me indicaba y percibí un aroma armonioso, flexible y suave. A medida que me acercaba, la fragancia se fue intensificando coloreándose con un fondo ahumado, sutil y delicado, al igual que aumentaba la percepción del calor cordial que irradiaba; era un aroma incomparable, masculino, a semental encendido por mi presencia.
- ¿Te parece apetecible, mi cielo?- preguntó en un suspiro, y sin esperar ninguna respuesta continuó indicándome:
- Tócalo suavemente con las yemas de los dedos
y untoso, resbaladizo; y cuando dejaba patinar mis dedos por su superficie la sensación de solidez que percibía era la misma que si acariciase una columna de mármol pulido. Solo las abultadas venas sobresalían de la aquella perfección del color de la noche.Avancé un paso, lo tomé con las dos manos y lo acerqué a mi cuerpo. Marcela era más alta que yo y estaba montada sobre zapatos con tacones, pero aún teniendo en cuenta estos detalles, su tamaño, tal como lo recuerdo, debía ser ciclópeo, me llegaba al pecho. Lo apoyé contra mi cuerpo y acaricié con mimo la lisura de su cara posterior, desde el nacimiento hasta el glande en el que una gruesa gota que parecía de pulido aceite surgió mansamente y comenzó a resbalar sobre mi piel. Sobre mi cabeza, Marcela suspiró y luego murmuró:
- Sigue así mi rey, con las dos manos como si acariciases un cirio en la iglesia
Y, una vez que lo hubo mencionado, comprendí que era la imagen que más se ajustaba a lo que tenía entre mis pequeñas manos: un enorme cirio pascual de piel morena, con su misma rigidez, el mismo tacto untuoso y cerúleo, las mismas enervaciones que rompían la superficie pulida y la misma sensación de calor vivificante al palparlo. Lo masturbé utilizando las dos manos, con toda la delicadeza de la que fui capaz. Era algo que había practicado en solitario hasta la extenuación y sabía perfectamente que es lo que ella esperaba de mí.
En su piel, en su respiración, en su sudoración y en aquel miembro viril se hacía notorio su estado de excitación. Las fornidas venas palpitaban de deseo al roce de mi dedo. Por momentos la hendidura del meato estaba más mojada y su deslumbrante glande desprendía más calor. Recogí su fluido lamiendo y hundiendo mi lengua en la diminuta rajita. Cuando levantaba la vista podía ver sus ojos cerrados, como se mordía el labio inferior en un gesto, que después supe que presagiaba la proximidad del clímax, mientras murmuraba:
- Príncipe mío, mi cielo, sigue... hazme muy feliz, mi rey
Cuando calló, un ligero temblor precedió a una explosión que salpicó mi cabeza, cara y pecho de semen caliente. Ella se aferró a mi cabeza con las dos manos y yo supe que no debía parar. Con los ojos cerrados para evitar los goterones que caían por mi frente, continué subiendo y bajando, ordeñando aquella fuente inagotable. Entonces comprendí que era la mancha que había aparecido en su uniforme cuando se había masturbado en la puerta del cuarto de baño de mis padres.
- Cariño, tú no escarmientas. Voy a tener que poner un túnel de lavado para limpiarte - me dijo entre risas
Yo aún no había abierto los ojos, cuando tomó una vez más la misma toalla húmeda con la que me había secado ya dos veces y me quitó la leche de la cabeza, la cara y el pecho. Me despidió diciendo, - Ponte el bañador y creo que lo mejor será que los dos nos vayamos a duchar, cada uno a su baño
Salí corriendo de su habitación, subí los escalones de dos en dos y me encerré en el cuarto de baño. Estaba muy confuso, no sabía que pensar, ¿me había vuelto maricón, o qué? Le había hecho una paja a una travestí mulata, negra motuda, piel de carbón, y me había gustado, y mucho. Marcela, aunque no era la mujer que yo había fantaseado, seguía atrayéndome. Si pensaba en lo que había sucedido, sentía un cosquilleo agradable reanimar mis genitales. ¿Qué era lo importante?, ¿qué fuese en un noventa por ciento mujer?, o ¿quizá, lo importante era ese diez por ciento sobrante?
Cuando después de la ducha bajé a la sala de estar, mi madre y mi hermana estaban allí, vaciando sus bolsas de playa. Ni siquiera me miraron cuando caminé por detrás de ellas y me fui corriendo a la cocina. En ella estaba Marcela preparando la comida. Vestía un uniforme limpio, y se había recogido el cabello en un moño alto. Cuando me vio, sonrió y me guiñó un ojo. No obstante, mientras caminaba hacia ella con la cabeza me hizo un gesto de negación. En ese momento se abrió la puerta y comprendí el porqué: entró mi madre impartiendo órdenes a diestro y siniestro.
El juez de la horca
Aquella tarde, como todas las tardes, estuve por ahí con mis amigos, cuando volví a casa el negro bigote de mi padre ya había llegado precediendo al resto de su persona.
- ¡Hombre! ¡Mira quien aparece por aquí! El gamberro de tu hijo - le dijo a mi madre que miraba al suelo con tristeza.
Mi padre puso cara de perro, se dirigió hacia mí y gritó - ¿Qué coño hiciste con las bragas de la señora Torrente?- al tiempo que me estampaba un sonoro bofetón en la cara
Durante unos segundos, mientras se apagaba el zumbido dentro de mi cabeza, no supe que responder, las palabras se habían quedado encalladas en algún pliegue extraño de mi cerebro, después recordé que me había cruzado con el padre de mi amigo al salir del cuarto de baño y no me hicieron falta unas grandes dotes deductivas para saber que había pasado.
- ¿No tenías suficiente con pringar las de tu hermana que nos tenía que poner en evidencia delante de nuestros amigos? - gritó con voz aflautada - ¿O es que pensabas que nadie se había dado cuenta? ¿Qué clase de demente eres?
La vergüenza se sumó al efecto de la bofetada. Sentía que la piel de mis mejillas ardía. A partir de aquella revelación no podría volver a mirar a mi hermana a la cara. Y lo peor de todo es que aquella bocazas probablemente se lo habría estado contando a todas sus amigas. Mientras mi padre seguía desgañitándose delante de mí, yo solo podía imaginar la dantesca escena de mi hermana y sus amigas, reunidas en aquelarre en su habitación riéndose de mi devoción por su ropa interior.
- Has defraudado la confianza que esa familia había puesto en ti. No podré volver a mirar a Torrente a la cara - siguió gritándome
Marcela, que al iniciarse la bronca intentaba cruzar con el sigilo de Belphegor, el fantasma del Louvre, asistía a la escena desde las escaleras. La noticia de mi afición a robar lencería para fines impuros parecía haber atraído su atención. Dejó en el suelo el cesto con ropa que transportaba, se sentó despreocupadamente en un escalón y se dispuso a asistir al resto del Juicio de Dios desde una posición de espectadora privilegiada
- A tu edad yo ya hacía tres años que salía con tu madre y no iba por ahí robando bragas - me informó a voz en cuello mi padre, no sé si para mi información o para que toda la familia pudiésemos comprobar la potencia de sus cuerdas vocales
- Pero ¿Qué cojones habremos hecho para que nos hayas salido así de inútil? - Preguntó retóricamente elevando la vista a las telarañas que medraban despreocupadamente entre las vigas - ¡Se necesita ser gilipollas para hacer eso en casa de Torrente! ¿Qué pasa, que te gustaba la señora o que te gustaban las braguitas? - continuó
Por un breve instante pensé en responder, pero intuí que esta última pregunta no esperaba ninguna contestación. Decidí guardar silencio y esperar que prosiguiese. Por una parte estaba intrigado sobre como iba a continuar el mostacho de mi padre aquel discurso, no tenía ni la menor idea de a dónde quería ir a parar, si es que aquellos ladridos seguían un curso lógico o si sencillamente quería dar rienda suelta a su rabia mal contenida
- ¿Pero, tú ya has estado con alguna mujer? -me preguntó
- ¡José María! ¡Pero qué cosas de preguntarle al niño! -protestó mi madre
- Yo a tu edad ya había estado con varias y ellas se peleaban por mí- Pero, ¿Cuándo fue eso? José María, estás muy alterado, agua pasada no mueve molino. Deja en paz a tu hijo - intercedió por mí mi madre
- Te juro que no lo entiendo - dijo dirigiéndose a mi madre que, por el momento, se limitaba a musitar de forma inaudible al tiempo que sostenía un rosario entre las manos - ¡Mira lo que has conseguido con tus mimos! No solo es un vago y un inútil, sino que, además, se ha convertido en un pervertido
- ¡José María, ya está bien, a ver si ahora será culpa mía! - se apresuró a responder mi señora madre
- Tienes razón, Ana, perdóname. Pero a este idiota hay que enmendarlo ahora. Esto no puede seguir así, ya sabes que a mocedad ramera, vejez candelera, pero nosotros no podemos esperar a que sea viejo para que se centre. No voy a permitir que un hijo mío desperdicie su vida -continuó mi padre -Tú, lo que pasa es que tienes demasiado tiempo libre
El discurso comenzaba a tomar un nuevo rumbo que no sabía si me iba a convenir. El hervor en mi mejilla había disminuido, pero aún así procuraba mantener una distancia prudencial con el autor de mis días no fuera que en un arranque de teatralidad quisiese reforzar el ímpetu de sus palabras con un nuevo efecto sonoro utilizando mi cara como pandero
- Mañana mismo hablo con Cortés, que también es pucelano, para que vayas a trabajar con él. Porque cuando el diablo no tiene nada que hacer, con el rabo mata moscas - sentenció finalmente mi papá
El abominable Cortés, un brigada retirado, era dueño de una gasolinera a las afueras del pueblo y, junto con el teniente coronel Torrente y mi padre, constituían el Tercio de Valladolid. Su única actividad común era reunirse para beber vino de su tierra hasta perder el conocimiento.
El trabajo que me esperaba en la gasolinera de Cortés era agotador, empezaba a las siete de la mañana y acababa a las nueve de la noche. Durante todo el día, trabajando con un calor húmedo y viscoso, mis compañeros me machacaban los oídos con lo más florido del cancionero celtibérico de los setenta. Cuando llegaba a casa, buscaba a Marcela, pero a esa hora ya se había retirado a su habitación y no me parecía una buena idea ir a visitarla estando mi padre en casa.
Vald