Pechos ajenos
 por Pauline en la playa
Tetas, cada mujer tiene un par...un par de tetas. Grandes, pequeñas, en punta, caídas, desafiando a la gravedad. Pezones oscuros y rosados, grandes y abultados, pequeños y salidos en punta.
Cada mujer tiene unos pechos preciosos, es en lo primero que me fijo. Miro la silueta de una dama y es inevitable pararme a la altura de sus senos....echarles un vistazo y empezar a imaginarme como serán, que textura tendrán y si serán de color tostado o en cambio, estarán blancos debido a que toman el sol con el bikini puesto.

Déjame que te cuente...déjame que te explique como son las de ellas, como son las que he probado. Ninguna se parecía, cada una diferente y con preferencias muy distintas. Unas te mandan. Otras te guían y otras, se entregan con los ojos cerrados, a una lengua que les sorbe con avidez, sin preocuparse por nada más y con el mundo en la punta de los pezones.

A Rosa la conocí en un campamento de verano, y la última noche, después de la típica sesión cuenta-historias de miedo, sentados en círculo al medio de una hoguera, fue mía. Bajo la luz de luna y usando nuestra ropa a forma de que no se lastimarnos.

Rosa...Rosa tenia unas tetas menudas, desplazadas hacía los costados y con el pezón grande. Solo una vez estuve cerca de ellas, miré atentamente cuando ella se levantó la camiseta y aparecieron sus tetillas. Dos pezones de color oscuro se descubrieron y quedaron ante mis ojos. Su piel desprendía un sabor dulce, una mezcla entre coco y fresa. Sus pezones ensalivados, crecieron hacia fuera y como dos puntas de flecha, duras y desafiantes, apuntaban hacia el cielo. Con mi lengua posada en la cresta derecha, amasé con mis manos los pechos, los recogí y los junté formando un canalillo por el que deslicé un hilo de mi saliva. Su carne era tersa y dura, digna de sus 26 años, joven y cálida. Agradecida y sensible. Capaz de gemir dulce, susurrando en mi oreja y echándome el aliento, haciendo, que se me erizaran los pelillos de la nuca.

Casi nunca utilizaba bra, me fijaba en su forma de andar...con cierto aire de despreocupación por lo que ocurría a su alrededor y moviendo a cada cambio de caderas esos pechos y pezones que se marcaban y se amoldaban al algodón de sus camisetas de tirantes.

Era una monitora, al igual que nosotros, llevábamos el campamento de verano. Nos volvía a todos locos, era insinuante y vivía a 800 km de mi. Una sola noche, una noche en la que los deseos insinuados y ocultos, que se habían ido cociendo durante los primeros quince días, explotaban en nuestros dedos aquella noche de luna menguante.

Volví de aquel campamento, y terminé el verano mojando las sábanas por la noche con la imagen de Rosa entre mi. Era un joven con las hormonas revolucionadas y el simple olor de la camiseta que habíamos intercambiado me ponía tonto.

El nuevo curso empezó en octubre y allí, en medio de aulas y libros conocí a la chica callada. Una mujer...Begoña, Begoña.

La chica callada,...Begoña me prestaba los apuntes cada viernes y cuando se los devolvía me dibujaba una sonrisa...atrevida como pocas y sin pelos en la lengua en cuanto me cogió confianza, se entregó, se abrió para mi y me dejo jugar con ella.

Begoña...sus camisas transparentes y su bra de encaje negro...senos muy grandes...y esponjosos. No me cabían en la mano, intentaba recogerlos desde la base y a los primeros amasamientos se desbordaban entre mis dedos. Su textura esponjosa y moldeable. Morenos con el pezón arrugado y oscuro. Tenia una peca en el pecho derecho, un lunar gracioso que el primer día acogió la gran mayoría de mis caricias linguales. A Begoña, le gustaba que le mordiera, pequeños pellizcos con los dientes, deslizando su piel entre mi boca, dejándola húmeda. Lamiéndola en todo su amplio contorno, aspirando el aroma de los múltiples perfumes que usaba. Eau per Kenzo, Eau Lalique, Escada,... aromas suaves y frutales, un placer para el olfato. Nuevos sabores en cada lametón. Cuando no estaba excitada, el pezón izquierdo lo tenia guardado, escondido debajo de la piel de la aureola...con suaves caricias rotatorias sobre él, el pezón empezaba a emerger y se abría, húmedo y rosado, desafiante, pidiendo ser chupado. Me gustaba lamerle con suavidad y paciencia, haciendo que ella se desesperase por momentos. La boca abierta, los labios en flor posados de manera intencionada entre el pliegue lateral de sus pechos. Muchas veces cuando yo abandonaba sus trofeos para bajarme mares abajo, levantaba los ojos y me la encontraba aferrada a sus tetas, acogiéndolas, presionándolas hacia arriba. Sorbiéndolas, chupeteándoselas o mamando de sus propios pezones...su fin...excitarse más ella acompañándome con sus caricias y excitarme a mi ante tan bonita visión. Chúpate los pechos, Begoña, había dicho muchas veces.

Begoña desapareció a los tres meses, ahora de ella, solo se que esta casada con un elegante y famoso abogado. -Chúpate los pechos Begoña...o te demando...-sonaba de forma irónica en mi cabeza. Me había dolido que ella me abandonara. Lo dejo todo y desapareció.

En el último año de carrera, ya independizado, frecuentaba mucho el restaurante de la esquina, un recinto no muy grande donde servían menús a buen precio. Comida tradicional, de la abuela a base de verdurita hervida y platos sencillos bañados con un poco de aceite de oliva. El camarero nunca te traía la cuenta a la mesa, tenias que desplazarte hacía la salida y allí la “mestresa de la casa” te pasaba cuentas.

La historia con Marisa...empezó ,ni más ni menos, que con un pezón. Un pezón travieso que se asomó por arriba de una camiseta de escote cuadrado. Me encontraba a su lado, pagando la cuenta del restaurante, ella a mi lado, esperando su turno...y su pezón...al aire. La carne rosada respirando y exhibiéndose, yo dejando excesiva propina...no sabía lo que me hacía, no dejaba de mirárselo. Y ella me pilló, se puso roja y se subió la camiseta con gesto rápido. Pero aquellos melones con pezón de sandia ya me habían descolocado y hice todo lo posible y más para poder probar tan dulce visión.

Horas más tarde de este incidente, me encontraba en su piso compartido con dos chicas más; empezando a bajarle la camiseta. Fue suerte, fue el destino...fue el guapo subido. No se, pero allí estaba. Ella estaba abriendo la puerta y yo detrás.

Sus pezones se deshicieron con el calor de mi boca. Se los chupaba intercambiando rozadas en los dos picos. La camiseta apoyada por debajo de sus senos, irguiendo y poniendo sus senos a una altura provocadora. Echaba la cabeza hacia atrás y rebufaba, me pedía más con cada suspiro. Suspiros hondos y capaces de despertar al más muerto. Sonaba a todo volumen...”The Passenger”  de Iggy Pop...Marisa cantando con voz desgarrada las primeras estrofas y moviendo las caderas a ritmo acompasado. Yo acallado en sus pechos, encantado de provocarle esa musicalidad.

En nuestras sesiones de sexo placentero siempre acabábamos en la misma posición, ella cabalgándome con mucha destreza...música pop en nuestros oídos y corridas calladas entre su canalillo. Resguardado y caliente entre ellas.

Cada día, comíamos juntos y nos reservábamos tiempo para hacer la siesta y escuchar buenas canciones tirados en su cama, fumando un cigarrillo aliñado con un poco de chocolate.

Y se terminó...casi como había empezado...con esa furia inicial.

Al cabo del año y medio terminé en la universidad y fui a parar a un agencia inmobiliaria, me dedicaba a enseñar pisos, áticos y dúplex a las parejas. Una mañana recibí la llamada de una mujer, una voz dulce con acento mexicano, preguntando que qué le podíamos ofrecer. Sin ser brusco, la invité a que se pasara por aquí y yo mismo le enseñaría de lo que disponíamos. Colgó y apunté su nombre en un post-it amarillo.
 

Teresa, Teresa Mendoza.
Jueves, a las 12:00.

A la mañana siguiente Teresa Mendoza, entraba en la oficina preguntando por el chico del teléfono. Todos querían ser el chico del teléfono. Teresa...era...era...como un tigresa, nada de gatitas...me devoraba con la mirada.

Quedamos al día siguiente para ver más pisos, y al siguiente y al otro. El día que fuimos a la calle Diputación, el piso le encantó. Ya tenía lo que quería y temí perderla sin haberlo intentado siquiera. Me lancé y temiendo caer de bruces...de nuevo la suerte me hacia sonreír y empezar...a visitarla todos los días al cierre de al inmobiliaria.

Teresa...mujer de pechos calientes...como toda ella. Pechos operados, orgullosos y soberbios. El pezón claro y no demasiado grande. Teresa estaba orgullosa y yo me perdía entre sus cicatrices, una a cada lado de la aureola, de no mucha largada. Dos pequeñas señales que se mecían entre caricias, a estocadas de mi pene erecto sobre ellos, a petición morbosa de ella. Ponlo aquí, frótalo así...eran algunas de sus peticiones, peticiones que me alteraban y llevaba a cabo con placer y delicadeza.

Teresa sabía a limpio, la piel fresca y dorada, untada con crema resbaladiza y deslizante. Dejaba resbalar mis dedos por su piel, entrelazaba mis dedos entorno su cuello, la besaba y entonces empezaba a bajar las manos por su triangular y provocativo escote. Me topaba con seda, algodón o encaje...tirantes finos que me ocupaba de ir bajando, a veces con los dedos, otras con los dientes. Introducía los dedos entre el encaje y sus pechos y le apretaba, la pellizcaba y buscaba a tientas sus marcas. Satisfecho al encontrarlas, comía de su boca y me deslizaba por su espalda, dibujándole los omóplatos y abriendo el cierre. Con los tirantes bajados y el bra desabrochado, las copas seguían casi inamovibles, aguantadas y levemente inclinadas hacia delante. Un gesto, solo uno para que cayeran o de un zarpazo, Teresa, los cogiera y los tirara al suelo. El pecho sobresaliendo, tentándome a llenarme con ellos. Le martirizaba los pezones, pellizcos agudos y  seguidos hasta hacerla enrojecer. Era brusca y más de una vez me había apartado de ellos y mirándome, me avisaba de que había sido suficiente.

Teresa me utilizó, me usó y cuando se cansó...me tiró y ya nunca volvió a responder mis llamadas. Me dejó sediento, un perro abandonado con recuerdos demasiados buenos. La sufrí, sufrí uno a uno todos aquellos orgasmos maravillosos.

Cinco meses después, una noche, mis amigos vinieron a buscarme y a intentar que saliera de casa, aún estaba obstinado en que no habían más peces en el agua. Consiguieron arrastrarme  después de dos birras. Fuimos.

¿Habéis llevado a una mujer al orgasmo con solo tocarle los pechos? Con Gina era posible. A Gina la conocí esa noche, en el pub de poca luz. Era morena.  Sentada con las piernas cruzadas, bebiendo un trago y fumando un cigarrillo. La miré y me gustó. Y aquella noche con muchos más tragos y llevados por un sentimiento de pesar nos dimos cariño, fue eso, sexo en forma de cariño. Sexo en forma de recuerdo de lo que añorábamos.

En los posteriores encuentros me di cuenta de que Gina era delicada y sensible, su excitación era gozar. Le provocaba orgasmos dulces y frenéticos con solo amorrarme a sus pechos. Disfrutaba, era un autentico placer chuparla, con ese sabor exótico que desprendía. Olía a ella, a mujer, sin perfumes que la enmascararan. Unos pechos más bien pequeños, pero muy bien puestos. Agradecidos, se dejaban acompañar por caricias suaves, por apretones enérgicos y por lamidas que le mojaban más abajo, entre las piernas.

Recuerdo que le gustaba tocárselas, miles de veces la había sorprendido delante del espejo amasándose los pechos, provocándome y excitándose. Los pezones eran lisos y de color subido y estos se desfloraban con los primeros meneos. Sabía jugar con ellos, repasaba las partes de mi cuerpo con sus senos...ahora los apoyaba en mi nuca...ahora los frotaba contra mi espalda e iba bajando lentamente y sin despegarse hasta llegar a mis nalgas. Este juego de piel contra piel me provocaba innumerables erecciones.

Se le erizaba la piel y sus pechos empezaban a temblar, gozaba al máximo mientras guiaba el ritmo de mi cabeza. Aprendí como le gustaba y en cada sesión me aplicaba más...Un día, aferrado a sus pitones, notando la humedad en mis mejillas, de mi propia saliva esparcida sobre sus pechos y aspirando el olor de la piel ligeramente sudada de Gina, noté, me advirtió con gemidos subidos y entrecortados que se corría. Aún llevaba los jeans abrochados. Intensifiqué mis mordiscos y abrí bien los ojos para ver los síntomas de la corrida en su cara. Sonreí satisfecho y la besé en los labios. Agradeciéndole el placer que me producía verla así.

Llevaba saliendo con ella ya un tiempo, cada vez nos veíamos y quedábamos más. No nos estresábamos, dejábamos que la cosa saliera y nos arrastrara por el camino. Un día le dije que la quería. Y Gina me amo durante muchos días y noches, entre birras, luces tenues y miradas brillantes. Pero Gina...Gina se fue a Londres.

Me despidieron del trabajo, se me acabó el contrato...y me apunté al paro y durante el cursillo de formación, que duró seis semanas, conocí a Lola, lolita para mis adentros, me obsesioné con todo lo que representaba a mis 29 años encontrar a una alocada Lola. Una mimosa criatura, que me lleno de insomnio.

Lola...y su piercing atravesando el pezón izquierdo. Esa barra de titanio agujereándole esa parte tan delicada, multiplicándole las sensaciones “mogollón”-como ella solía decir-, el pezón hinchándose hasta que le empezaba a doler de gusto. Una sonrisa casi burlona y ojos chispeantes...y unas trenzas que me hacían cosquillas. Unos pechos en forma de pera, no muy grandes, blancos y con las aureolas difuminadas. La besaba, succionaba, pasado el miedo inicial a hacerle daño, y la oía reír a carcajadas, la manoseaba y ella no paraba de quejarse y de decir con actitud desdeñosa...Pero mira que eres sobón!!!...y qué manía con los pechos!!!

Y era por las mañanas, cuando empieza a despuntar el alba y la luz grisácea de la madrugada se cuela en el interior de las casas, el momento en que podía gozar con mayor placer a mi lolita, observar a media luz la piel blanca y tersa de Lola. Mi cabeza iba desapareciendo debajo de las sábanas y rodeándola con los brazos inclinaba la cabeza para llegar a coronar la punta de sus pezones....la piel estaba tibia y la barrita metálica entrechocaba en mis dientes rumoreando en  metálico. Mi cabeza tapada por unas sábanas multicolor de Ruiz de la Prada, aspirando su olor, el olor hormonal y juvenil de una hembra en celo mezclada con los restos de semen, de días pasados. Se desperezaba poco a poco, entre leves ronroneos y atrapando dos de mis dedos entre su boca. Era todo un honor despertarla así para luego poseerla con toda su rabiosa furia.

Era inquieta, y aunque yo quisiera entretenerme entre sus copas, sus manos juguetonas me tiraban hacia abajo.  De ella me quedé unos sujetadores blancos de algodón, con unos labios rosas estampados, sus labios en forma de marca. Fue fugaz.

Durante todo esto, yo mantenía el contacto telefónico y vía mail con Gina, todo le iba bien, se la veía satisfecha; hablábamos y nos contábamos, en alguna ocasión conseguí un archivo de foto, con sus senos y la forma de su ombligo. Sentía añoranza de ella y esperaba su retorno.

Ei, tío!!! El jodido de Paco se casa!!! Qué Paco se casa!!!

Solo se oía eso, nuestro amigo se casaba y estábamos todos revolucionados y preparando una buena despedida.

La buena despedida...fueron Sara y Diana, dos strippers que amenizaron nuestras pupilas y que provocaron que termináramos todos con un dolor de huevos increíble.

Aquí solo fui mirón, no pude llegar a probar esos dos pares de tetas que se entrechocaban entre ellas. Las bocas de esas dos mujeres se entrelazaban dejándonos a todos medio pasmados y diciendo estupideces, la saliva brillaba en la comisura de sus bocas. Se fueron desnudando y se quedaron únicamente con tanga, dos tangas negros, arrapados a sus brillantes y morenas piles. Diana lucia unos pechos bastante grandes, de pezón pequeño y color café con leche. Melena oscura y corta, recordándome a Umma Thurman en Pulp Fiction. Sara era delgada y sus senos eran casi inexistentes, güerita de pelo largo, con carita de niña buena. Pezoncitos rosados y puntiagudos.

Sara y Diana nos obsequiaron con un dueto lésbico de lo más provocador, sutileza en sus caricias, morbo en sus miradas dirigidas a nosotros, manos resbaladizas por sus cuerpos casi perfectos, movimientos ondulatorios dónde no se dejaba sitio a la imaginación. Expertas en arte de provocar, sabedoras de su gran capacidad para empalmarnos, solo con rozarse.

Después de los besos, empezaron a frotarse los bustos...mojé los pantalones al ver como Sara, arrodillada le comía la punta de los pezones a Diana. Se los ensalivaba sacando la lengua y se los chupaba con una provocación latente. Me corrí sin tocarme y me acorde de Gina. La intensidad y la fuerza de la visión, mezclado con el placer del recuerdo hicieron que terminara con una placentera corrida y dos días de resaca horrorosa y rostro pálido debido a los tragos tomados.

Y, al fin, un día me dijo que volvía. Fui a buscarla al aeropuerto con un letrero que ponía: Gina, I need you!!! Y con las fotos de sus pechos en el bolsillo trasero de mi jean.

Lo vi asomarse, arrastrando una pesada maleta rígida, una Samsonite roja. Una sonrisa que buscaba una cara conocida, mi cara. Le di un par de besos en la mejilla...y ella abordó mi boca con una delicadeza digna de una diosa. Su sabor, su olor tan peculiar, ella y solo ella. Mil besos de camino al coche y una parada para tomar una agua con gas, Perrier de botella verde. Los senos se le dibujaban bajo una camisa blanca con volantes, se me antojaban perfectos y deliciosos. Se me antojaba poseerla día tras día, se me antojaba verla de nuevo amasarse los pechos frente al espejo y se me antojaba volver a decirle que la amaba, que la había echado de menos.

- Diego...ellas también te han echado de menos – dijo en el coche, desabrochándose los botones de la camisa.

De repente, una sonrisa tonta en mi cara. En la radio, Deluxe entonaba el estribillo...”I’ll see you in London, I’ll see you in London, I’ll see you in London Town.
 
 

por Pauline en la playa
 
 

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