ZAZIRO
Azuredraco
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icon-o.gif (1975 bytes)chna enderezó lentamente sus todavía jóvenes pero fuertes alas. Sus ojos se abrieron para saludar un día más. No sabía si tenía que alegrarse o entristecerse de ello, simplemente sucedía. Vetas de una neblina sulfurosa surgían de entre sus fauces, a un metro escaso de sus ojos. El fulgor de sus escamas frente al fuego le traía recuerdos del mar, de la región que le acogía cuando no era más que un pequeño ser, ávido de conocer. El subir y bajar de su cuerpo al compás de su respiración le proporcionaba una quietud y paz interiores difíciles de agradecer por cuanto le reconfortaban.

Sabía, creía, que la vida de un dragón era mucho más sencilla de lo que a él le había tocado vivir. Le habían imbuido desde que el cascarón había dejado de ser su pequeña realidad que la esencia de un dragón era la de un depredador. Tenía el don de la fuerza, la inteligencia y la magia, ¿qué más podía hacer falta? Ochna lo sabía. Y por ello vivía como vivía. Había probado el dulce sabor del agradecimiento, de la compasión y de la amistad que todo lo vence. Y le había gustado.

Ahora era un proscrito, había renegado de los más sagrados valores de la sociedad draconil. Sonrió. Había roto la "inquebrantable" regla, la Ley, que situaba a los dragones como la raza suprema de la Madre Tierra, la regla que les proporcionaba invulnerabilidad frente a las desgracias que asolaron a otras razas. Hubo un tiempo, le enseñaron, en que los humanos, los elfos, los enanos y otras razas de homínidos dominaban a las demás criaturas que moraban sobre la Madre Tierra. Pero su misma naturaleza les destruyó. Tenían un cáncer llamado sentimientos; unos sentimientos que se convertían en pasiones. Y las pasiones condujeron a los excesos, y los excesos a las guerras. Ya no eran más que otra fuente de alimento, la más exquisita, para los dragones.

Volvió a centrarse en la Ley. Los dragones habían optado por la total ausencia de sentimientos, la neutralidad absoluta, abominable. No existía ni el Bien ni el Mal; ni el Orden ni el Caos. Eran términos que aunque recientemente comprendidos, le resultaban ya duramente familiares. Para la Sociedad, todo se reducía a una objetividad pura, dura y fría. Un minúsculo pero arrogante punto en el centro del vasto plano de las emociones.

Anthor. Ese nombre significaba mucho para Ochna. Anthor era el catalizador de su dicha y su desdicha, de su libertad y esclavitud. Anthor fue quien le dio, quien le otorgó la bofetada que le apartó la vista del punto que hasta entonces guiaba su camino, y le sumergió en el tempestuoso océano de las emociones humanas, del contraste; de la luz y de las sombras…

Unos pocos meses atrás, Ochna había ido de cacería con un grupo de compañeros de camada y su instructor y tutor Olair. Iban en busca del asentamiento élfico que una patrulla de reconocimiento había vislumbrado tan sólo hacía tres días junto a la laguna de Cryen, en el Talias Oriental. Ochna observaba con orgullo y asombro infantil la destructiva Delta que sus diez grises y musculosos cuerpos formaban. El suyo era el de uno de los tres vértices, detrás a la izquierda, uno de los puestos de vigía-explorador. Ésta era su primera cacería, y ya le habían otorgado un puesto de relativa responsabilidad, lo cual, junto a la ansiedad producida por la proximidad de la batalla, hacía que las venas de sus sienes latieran con desbordado frenesí. Los ecos de su corazón retumbaban con inusitada fuerza en su cabeza. No podía pensar con claridad.

Bajo sus alas, las informes masas de los bosques pasaban veloces, mutiladas por retorcidas franjas brillantes de un color indefinido, entre verde, azul y marrón, de los innumerables ríos del Talias Meridional. Sobre su cabeza, dos discos brillantes proyectaban sendas Deltas sobre la techumbre de la densa foresta que tan nutritivos manjares escondía. Alinor era el mayor, con su corona dorada que hacía germinar la Vida que la Madre Tierra tan generosamente ofrecía a todas los seres que la moraban. Uzinor, de un azul lechoso, proyectaba la Magia sobre la Madre Tierra, para que todas las criaturas se empapasen de ella.

Y las leyendas hablaban de Levianor, el sol negro, el que incitaba a la locura y destrucción entre las criaturas que en la Madre Tierra habitaban. Levianor fue obliterada muchas eras atrás, cuando los patriarcas de las trece tribus de dragones, entonces sometidos por los hombres, se reunieron en la sima de Zhontar, y entonando sus cánticos milenarios despertaron a los Engendros de Gorna, anatema de las razas de los hombres. Hubo muerte, destrucción y profanación. Las ánimas de los muertos se elevaban a miles hacia Levianor, cegador en su oscuridad, entrelazando los obscenos y abominables gemidos de aquellos que vivirán una eterna agonía en una imposible sinfonía de dolor y desolación. Levianor oscureció con más fuerza que nunca, borrando todo rastro de la Vida de Alinor y de la Magia de Uzinor. Los Engendros de Gorna desaparecieron, sin Magia que los alimentara. Los seres de la Madre Tierra enfermaron, sin Vida que los sostuviera. Y Levianor se iluminó hasta desaparecer.

Ochna miró de nuevo a sus compañeros. Sus formas adquirían ya un tinte macilento, propiciado por la desaparición de Alinor del firmamento. Pronto se ocultaría también Uzinor, y quedarían iluminados tan sólo por la luz de las estrellas. Ese sería el momento en el que todos sus sentidos deberían agudizarse al máximo, para detectar cualquier rastro, por ínfimo que fuera, del fuego protector que apartaría de los elfos los peligros de la fría noche de la región de Cryen.

«¡Ochna! ¡Ochna, contesta!» El pensamiento de Olair penetró en la mente de Ochna con tanta fuerza que instintivamente se revolvió en el aire como un gato que cayera de un árbol. Le abrió su mente. «Ochna, dime qué ves ahí abajo, a unos treinta cuerpos del río»

«Olair, no distingo nada. Las sombras son ya muy densas. Dime qué hay»

«Ochna, fíjate bien, utiliza el Poder» El Poder. El Poder de la clarividencia y la clariaudiencia, el Poder de proyectarse más allá del cuerpo físico para sondear los más recónditos e inaccesibles lugares para un voluminoso ser como un dragón. Ochna era el discípulo favorito de Olair, y con él había pasado muchísimos meses aprendiendo el arte del dominio del Poder. Olair le dio permiso para romper la formación y hacer una exploración en profundidad, ya que nada había que temer de un guerrero elfo con un molesto pero nada peligroso arco de madera de Fewlo. Se reunirían a unas veinte leguas al noreste, en la laguna de Cryen. Miró hacia la rota Delta que poco a poco empequeñecía, alejándose hacia la reluciente silueta de Uzinor. Sería la última vez que viera a sus compañeros.

Uzinor pronto descendería a la morada de la noche, y con él, la Magia que sobre la Madre Tierra irradiaba. Ochna empezó a trazar en su mente los complejos esquemas de formas y colores que despertaban el Poder latente en todos los dragones, mientras sus alas absorbían la azulada luminosidad que desprendía el semicírculo de Uzinor. Su respiración se volvió rítmica y sosegada. Veía un guerrero elfo, con un arco de madera; nada peligroso para un dragón de su tamaño. Olair era un tipo estupendo, le había dejado un pequeño bocado para antes de la batalla. Decidió dar un último adiós a Uzinor hasta la próxima mañana, y se zambulló en el profundo mar de los bosques del Talias.

El follaje pasaba rozando la mancha gris que eran sus alas, pero Ochna había practicado muchas horas volando en los bosques de Líndar, junto al mar, así que decidió que no hacía falta descender todavía. Estos árboles eran, de todos modos, más enmarañados que los de la costa de Líndar, y esquivarlos le requería gran parte de su atención. En unos pocos segundos llegó al árbol donde, desde el cielo del atardecer, había sentido al elfo. Resultaba extraño, pero no podía sentir la presencia de un elfo. Sentía la de tres. Le molestaba no haber notado antes el aura de los otros dos, pero no importaba, seguían siendo una presa de escasa dificultad. Aterrizó con la suavidad de la lechuza que observa a los ratones salir de sus madrigueras y espera el momento oportuno para lanzar su ataque mortal. Las notas del canto de guerra draconil empezaron, muy suavemente al principio, a surgir de su garganta. La Magia que acumulaba en sus entrañas borboteaba cada vez con más fuerza, preparándose para el momento de su violenta liberación. El aliento de los dragones grises, los únicos dragones, era el arma más destructora de la naturaleza. Estaba hecha de los cinco elementos y de ninguno. Consistía en una cegadora luz grisácea, que destruía todo rastro de vida y de color. Marchitaba la vida, no como el otoño, con sus suaves dedos, sino que le arrebataba de golpe toda su vitalidad y energía. Y los despojos que restaban de su ataque no eran más que sombras inofensivas, cuyos creadores vagaban por el limbo del olvido y la apatía. Se preparó para el inminente ataque contra los elfos. Sus músculos se tensaron, tirantes, bajo la dura piel que le recubría las zarpas. Se agazapó, mirando a las ramas del árbol que contenían su cena. Estaba listo para saltar. Iba a ser la primera vez que cazaba un homínido, un ser inteligente, un ser con sentimientos… Se preguntó qué estarían pensando ahora mismo los ¿siete? elfos que le acechaban sobre los árboles…

Algo andaba definitivamente mal. Ahora sí que lo notaba. Una presencia más vieja que él, que Olair, que el Patriarca Zorioc; más vieja que las leyendas de Levianor… Era omnipresente, emanaba de cada uno de los poros del bosque a su alrededor. Una presencia que le oprimía, que removía cosas muy dentro de su ser, allí donde los signos del Poder no podían escrutar. Un velo rojizo amenazó con cubrir sus ojos desde dentro y arrebatarle la razón, y con un rugido ultrahumano, se lanzó al ataque.

Abrió sus fauces, plagadas de afilados estiletes de nácar, y de un salto se lanzó hacia el frente. Hundió su aserrada mandíbula en la copa de un árbol y de una dentellada, sacó lo que una vez fue un elfo. Su mitad superior bajaba por la garganta de Ochna mientras la inferior cayó al suelo con un golpe sordo y botó una vez antes de perder lo poco que le quedaba de forma bajo la pata izquierda de Ochna. Las saetas volaban desde todos los ángulos, y el cuello de Ochna ya recibía más de una docena. El dolor no era muy grande, y el sabor de la sangre en la batalla era el mejor bálsamo. Lanzó un furioso golpe con la cola a la base del árbol más próximo a su derecha, y cayeron tres elfos desde el techo de la foresta. Dos murieron al llegar antes al suelo sus cabezas que sus piernas. Ochna los ignoró. El otro cayó de rodillas, e intentó arrastrarse con la ayuda de sus ensangrentadas manos. Ochna arremetió de nuevo con su musculosa cola, y le lanzó diez metros antes de que una roca detuviera su vuelo. A Ochna no le gustó demasiado el sonido.

A sus espaldas, un monótono canto, entonado por una única voz, surgía en un crescendo de desesperación y odio. Sentía la ominosa presencia con una creciente sensación de opresión y agobio, preludio de una gran tormenta. Una saeta se le clavó en el oído derecho, y esta vez el dolor sí era digno de ese nombre. Una repentina oleada de poder invadió todos sus poros y llenó sus pulmones de aire.

Ochna liberó las fuerzas elementales que tenía en su interior. Una gran luminosidad grisácea surgió como un volcán de entre sus mandíbulas, y las ropas de dos elfos cayeron silenciosamente al suelo, desde la ahora inexistente copa de un árbol. Sólo quedaba uno.

Se giró en redondo. El canto había finalizado. Lanzó un zarpazo hacia el elfo que sujetaba una luminosa flecha de color negro. En el mismo instante, un silbido iniciaba el mortal camino de la flecha hacia su corazón.

Luz. Una luz negra le nubló la vista cuando la flecha le alcanzó su órgano vital. Cayó junto al elfo que había derribado. A los pocos segundos el velo comenzó a difuminarse de una manera lenta pero gradual. El elfo seguía vivo. Había perdido la movilidad en las dos piernas, y el brazo derecho le colgaba inerme al costado. En su mano izquierda, una daga de un metal plateado enviaba miles de estrellas en todas direcciones, mientras la utilizaba para arrastrarse hacia la cabeza de Ochna.

Ochna quería luchar, pero no podía. Sus miembros desobedecían empecinadamente a su cerebro, y la Magia parecía rehuirle. El ensangrentado elfo se hallaba a tan sólo tres metros de él. En sus ojos, la determinación del guerrero que lucha por defender a los suyos, a costa de su vida. La magia flotaba en el ambiente, pero no era capaz de absorberla, se le escapaba como el agua entre los dedos de quien la intenta sostener. Dos metros le separaban del elfo.

A su izquierda, un sonido de pisadas, le hizo mover los ojos. Una niña elfa, de escasa edad, se acercaba corriendo al despojo que se arrastraba hacia Ochna, gritando «¡Papá, papá!». A un metro escaso de Ochna cayó inerme el elfo. La niña le abrazaba la cabeza y le cubría de besos, sin importarle la presencia de un dragón asesino.

Ochna sentía algo revolviéndose muy dentro de su mente. Algo primordial, esencial a su naturaleza, arcano. Empezó a fluir desde dentro hacia fuera, llenando de vida todas y cada una de las fibras de su cuerpo. Era un licor que ardía en sus venas, le embriagaba los sentidos como la visión del ser amado tras meses de separación. La borrachera era cada vez mayor; ya no era consciente de estar ni boca arriba ni boca abajo, y no importaba. Veía infinitos símbolos de Poder ante sus ojos, en una rápida sucesión. Un chorro de conocimiento tan antiguo como la Madre Tierra. Y entonces la vio.

Una inmensa mole de color rojo como el magma que fluye del corazón de la tierra, se abría paso entre los árboles, la presencia que previamente ofuscaba sus sentidos. Era un enorme dragón, anciano como ninguno de sus patriarcas, más antiguo que la Sociedad. Irradiaba magnificencia, poder, excelencia. Era Némesis encarnando su venganza. Ochna sentía admiración y envidia, miedo y repugnancia. Un dragón de color rojo. Era una aberración de las leyes de la Madre Tierra. Los dragones eran grises, sin matices. No podía existir eso que ahí veía.

El colosal dragón fijó sus ojos en la indefensa criaturita que abrazaba a su padre. Comenzó, muy lentamente, a inhalar el frío aire de la noche. La sensación de embriaguez de Ochna crecía como el fuego que devora el bosque. Su furia era infinita. Ese dragón quería matar a la niña, y él no podía impedirlo.

Un chasquido le sacudió todo el cuerpo. Su consciencia se elevó hasta niveles místicos, percibía su entorno sin ayuda de sus sentidos. Todo estaba claro ahora. Sus músculos se tensaron y se arrojó entre su colosal oponente y la niña en el preciso momento en el que el dragón abría sus fauces para liberar un infierno de ardientes llamas.

Bajo la luz de Levianor, lo último que vio fue su cuerpo azul enroscado alrededor de la niña.

Ochna abrió los ojos. No sabía cuanto tiempo había estado durmiendo. Recordó la batalla que había librado, pero no sentía ningún tipo de molestia en el cuerpo, nada le dolía. Todo había sido un mal sueño. Seguro que estaba en algún bosque de Líndar y se había quedado dormido, pensando en las aventuras que correría cuando fuera un dragón adulto, y cazara humanos y elfos y enanos y...

…Y sus escamas eran azules.

Se dio la vuelta asustado, y allí estaba Anthor. Mirándolo con una divertida sonrisa en su cara. Anthor y cientos de elfos. Tensó todos los músculos y se dispuso a atacar en una desesperada tentativa de huir de sus captores.

«Ochna, no temas. Eres uno de los nuestros. Mírate» Era cierto. Él no era un dragón gris. Era del color del zafiro, un color puro y brillante, y lo más importante, era su color. Le hacía distinto de los demás dragones, no era uno más en la Sociedad. «Ochna, debo explicarte qué ha sucedido. Anoche, organizamos un ataque para defendernos de vuestra delta. Todos tus compañeros han muerto en diversas emboscadas. Tú ibas a correr la misma suerte. Yo debía matarte, y para ello invoqué una ilusión en la que luchabas con diversos guerreros elfos. Cuando estuvieras agotado, sería mi turno de atacar. Pero continuamente, sentía una fuerza dentro de ti que me llamaba. Tu gris se iba tornando del color de Uzinor, pero no era suficiente. Sólo el odio no podía transformarte. Entonces, decidí probar con la niña. La compasión y la ternura se adueñaron de la estéril disciplina que se te había inculcado, y el poder se desató dentro de ti. Ya eres un verdadero dragón»

Ochna miró al cielo, y la luz de tres soles le hinchó el corazón.

Desde su cubil, Ochna se revolvió perezoso. Le tocaba pronto el salir de caza. Ahora debía ir con cuidado. Los dragones grises hacía tiempo que eran sus enemigos, y ya no podía surcar los cielos con la magnificencia de antaño. Pero todo tenía su recompensa. Las criaturas de la Madre Tierra ya no le aborrecían. Le aceptaban como uno más. Era un depredador, pero no una abominación transparente a la luz de Levianor.

Se lo pensó mejor, y dando gracias a la Madre Tierra por un día más, se zambulló en el cielo azul bajo la atenta mirada de Alinor, Uzinor y Levianor; la Vida, la Magia y el Sentimiento.

AZUREDRACO

                                                                                   

 

                                                                                                                                                 

 

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