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Adolescencia,
juventud, madurez. El proceso de crítica y rebelión forma parte del
crecimiento individual contra lo establecido y es necesario para
desarrollar una personalidad diferenciada. Es una lucha por el
espacio propio que cada persona necesita, desde que comienza a
pensar, a valorar y a decidir por su propia cuenta sobre todo lo que le
rodea. El choque viene de que normalmente, hasta ese preciso
momento de su desarrollo, son los padres los que
deciden en casi todas las cuestiones que le conciernen y entre, que les
cuesta aceptar y adaptarse a la nueva situación y que el joven se
ve en demasiadas ocasiones impotente para superar una
barrera demasiado gruesa, es donde surgen las disputas, los conflictos, las
tensiones, y la desconfianza.

No se puede culpar ni
a unos ni a otros. En todas las páginas que he escrito hasta ahora, me he inclinado siempre por pensar, que para
solucionar un problema, el mejor sistema es ponerse en lugar
del otro que adaptado en este caso sería el reflexionar un poco, en los motivos que
inducen a los padres para actuar como lo hacen, no en si tienen razón o no,las razones
vienen por sí solas después de la comprensión. Y por la contra, los
padres pensar y reflexionar sobre las razones y motivos de sus hijos para comprender su
personalidad, sus problemas y sus errores. En realidad uno de los
problemas que existen entre una generación y otra es la incomprensión.
Los jóvenes tienen que "asimilar y aceptar" que sus padres tienen su manera de vivir y de pensar, adquirida a lo largo de muchas experiencias, malas y buenas, con sus padres y con situaciones que la misma vida se ha encargado de ir forjando en ellos su propia personalidad. Tienen que comprender, que porque ellos, comienzan a pensar y ver las cosas por su propia cuenta y de distinta manera que sus padres, no siempre tienen la razón de su parte y no estén equivocados en muchas ocasiones. Deben aceptar la "realidad verdadera" de que sus padres ya han pasado antes que ellos por las mismas experiencias emocionales, conocen mucho mejor que ellos los problemas en los que una persona joven puede verse envuelto-a por su falta de experiencia y tienen que comprender que aunque en muchos casos los padres los "agobien" o se pasen en sus responsabilidades, el mayor motivo es el amor. Con muy poco esfuerzo pueden conseguir que sus padres confíen más en ellos. Por supuesto que entenderles no significa que tengan que renunciar a ser ellos mismos. Sólo debe demostrar que ha alcanzado la suficiente madurez para afrontar la vida en solitario; esa es la llave de su libertad.
Hay actitudes y os aseguro, "bastante inteligentes" para poder sacar partido de una buena relación con tus padres; las voy a exponer en forma de decálogo para que se entiendan mejor:
Demuéstrales tu afecto. La personalidad y
la individualidad no están reñidas con el cariño: no
seas tacaño en besos.
Para discutir, cambia los
gritos por razones sólidas y pensadas.
Charla con ellos sobre su adolescencia,
niñez, ideas....y escucha sus consejos con atención.
Elige la negociación antes que la
confrontación, y demuéstrales que sabes dialogar tan bien
como
ellos.
Olvida el mal humor. Cuando los padres te
ven contrariado los predispones al combate. Sé divertido y educado con todos,
seguro que recogerás mejores frutos que siendo un vinagre;
;-).
Busca el lado positivo de cada
discusión y ¡ Aprende!
Cuida de que haya coherencia entre tus
palabras y tus acciones. Actúa con lógica y no pierdas el tiempo en repetir que ya eres adulto, que sabes lo que haces o que no se preocupen. Son
verdades que tienes que demostrar día a día con actos, y no con palabras, gritos o malas caras.
Gana su confianza y su respeto
con una actitud responsable frente a la vida. Así podrás actuar
con mucha más libertad.
Hazles ver que debes vivir por
ti mismo y
aprender de tus fallos, en eso consiste el aprendizaje vital.
Deja claro, igual que hacen ellos, que les
quieres a pesar de las diferencias que hay entre vosotros y piensa que por encima de todo, ellos te quieren. El acercamiento de los hijos hacia sus
progenitores, es una señal inequívoca de madurez.

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