“Árbol
que nace torcido, jamás su tronco endereza”.
“Árbol que nace torcido, jamás
su tronco endereza…”. Todavía me parece
escucharla, y eso que murió antes que
de verdad me torciera. ¿Quién
pudiera tenerla viva, vivita y coleando? ¿Qué
me diría ahora, que soy toda una mujer?
¡Mira que me ayudaste, abuela, mira
que me ayudaste! Me ayudaste a ser todo lo
bueno que hubo en ti y a la vez a no ser todo
lo malo que pudo haber. Y lo mejor de todo
es que me ayudaste a ser independiente, a
valerme por mi misma, a ser la mujer que siempre
quise ser, sin temor al futuro ni al presente.
Todas las cosas de la vida se ven con diferentes
prismas, diferentes ópticas, diferentes
colores. Todo está en la posición
del espectador. Hay quien ve la vida con el
color de la esperanza, con el color del amor,
de la alegría, de la felicidad. Otros
pintan su visión de lo cotidiano con
el color de la tristeza, del abandono, del
dolor. Yo me enfrenté a la vida con
la paleta de colores apoyada en mi antebrazo,
sin prejuiciarme con opiniones ajenas, con
la mente abierta y dispuesta a no tener en
cuenta las opiniones de terceros. Y algunos
de esos terceros no me lo perdonaron.
Aun hoy en día, cuando alguien se dirige
a mí para preguntarme, aunque sea una
persona conocida, me pongo un poco nerviosa
y me cuesta trabajo expresar mis sentimientos
en palabras. Ante los halagos me abochorno,
me sonrojo y solo atino a dar las gracias.
Cuando alguien me requiere, me culpa de algo,
un sentimiento de ahogo me llena el pecho,
y aunque la ira se esparza por mis venas,
la voz se me quema como el preludio de un
llanto, sin dejarme explicar lo que puede
ser un malentendido, dando la apariencia de
que soy culpable, cuando la realidad puede
ser otra, o la misma, pues siempre hay quien
te encuentra culpable de buscar la felicidad,
de no vivir una vida programada por la inercia,
de tratar de descubrir algo diferente, de
volar hacia el sol como Icaro, aunque me queme
las alas. Y
casi casi me las quemé. Ante la incomprensión
familiar nació un muro de incomunicación
tan ancho y eterno como la Muralla China.
Infranqueable. Cada conversación con
mis padres se convertía en un monologo
paternal donde mis opiniones no servían
tan siquiera de disculpas. Cada encuentro
terminaba en teatrales histerias maternas.
El bochorno de la familia, la oveja negra
del barrio, el círculo de estudio del
CDR, la preocupación de la delegada
de la FMC. Eran frases constantes en la conversación
familiar. Y lejos de acercarme a los míos
por sangre, me fueron alejando.
Encontré que los míos eran otros
como yo, jóvenes de ambos sexos que
tampoco eran comprendidos en sus casas y cuyos
padres querían que ellos hicieran una
vida ajena a los sueños adolescentes
y más propia de los sueños paternales.
Los padres querían que los errores
que cometieron los abuelos al criarlos, no
se repitieran con sus hijos. Tenían
razón, pero no se percataban que eliminando
los errores del pasado creaban otros nuevos
que no se tenían en cuenta. Y muchos
de nosotros encontramos un mayor apoyo en
los abuelos. No solo ancianos consentidores
sino ancianos con una visión más
amplia de la vida y que no comprendían
tal vez nuestras aspiraciones, pero sí
el derecho a tenerlas. Y algunos de ellos,
al vivir una eternidad pensando en el que
dirán, habían llegado a la tercera
edad viendo que la felicidad se les había
escapado. Y con el tiempo no hay marcha atrás.
Y a uno de ellos, a mi abuela, confié
mis sueños. Tuve la libertad suficiente
para hablarle de mi primer amor, de mi primer
novio y de mi primera relación intima,
en la que el protagonista masculino nunca
fue el mismo. Y yo, la protagonista femenina,
aunque tenía los mismos nombres y apellidos,
tampoco era la misma. Ella nunca me prohibió
nada, más bien me abrió los
ojos para que yo misma pudiera elegir entre
lo bueno y lo malo. Es por eso que olvidé
a los que no me han querido bien, sin esforzarme
en tratar de agradarles.
Y el mayor legado que me dejó mi abuela
fue darme la capacidad de amar. Lo que para
muchos es tan difícil y hasta imposible,
para mi fue la sal de la vida. No el amor
en sí sino saber amar. Saber amar es
ser tolerante, no exigirle a los demás
más allá de sus límites,
ocuparse del bienestar espiritual de tu pareja,
y tener en cuenta una serie de pequeños
pero importantes detalles que no son los mismos
para cada persona que amas.
Gracias a ti aprendí que por encima
de todas las cosas, lo más importante
en el amar es la entrega, saber entregarse,
dar y saber recibir, pero sobre todo dar.
Es por eso que ahora estoy aquí, entregándome
a ti. Y aunque tal vez me veas un poco tímida,
te enseñare que los troncos rectos
no siempre son los más hermosos, y
un árbol torcido también esconde
su belleza. Mi pecho no ahogará su
fuego. Y aunque veas que me entrego con el
rostro cubierto, no te impacientes. Tu mirada
borrará mi apocamiento. Tus ojos se
verán en el espejo y entonces, sentirás
la fuerza de mi entrega