“Árbol que nace torcido, jamás su tronco endereza”

Por: Tony G.lez

Narracion inspirada en esta fotografia de Cirenaica Moreira

Creadora cubana contemporanea,dedicada a la fotografia artistica ha realizado innumerables exposiciones personales y colectivas en nuestro pais y el extranjero.Es una artifice unica en su estilo .

“Árbol que nace torcido, jamás su tronco endereza”. “Árbol que nace torcido, jamás su tronco endereza…”. Todavía me parece escucharla, y eso que murió antes que de verdad me torciera. ¿Quién pudiera tenerla viva, vivita y coleando? ¿Qué me diría ahora, que soy toda una mujer?

¡Mira que me ayudaste, abuela, mira que me ayudaste! Me ayudaste a ser todo lo bueno que hubo en ti y a la vez a no ser todo lo malo que pudo haber. Y lo mejor de todo es que me ayudaste a ser independiente, a valerme por mi misma, a ser la mujer que siempre quise ser, sin temor al futuro ni al presente.

Todas las cosas de la vida se ven con diferentes prismas, diferentes ópticas, diferentes colores. Todo está en la posición del espectador. Hay quien ve la vida con el color de la esperanza, con el color del amor, de la alegría, de la felicidad. Otros pintan su visión de lo cotidiano con el color de la tristeza, del abandono, del dolor. Yo me enfrenté a la vida con la paleta de colores apoyada en mi antebrazo, sin prejuiciarme con opiniones ajenas, con la mente abierta y dispuesta a no tener en cuenta las opiniones de terceros. Y algunos de esos terceros no me lo perdonaron.

Aun hoy en día, cuando alguien se dirige a mí para preguntarme, aunque sea una persona conocida, me pongo un poco nerviosa y me cuesta trabajo expresar mis sentimientos en palabras. Ante los halagos me abochorno, me sonrojo y solo atino a dar las gracias. Cuando alguien me requiere, me culpa de algo, un sentimiento de ahogo me llena el pecho, y aunque la ira se esparza por mis venas, la voz se me quema como el preludio de un llanto, sin dejarme explicar lo que puede ser un malentendido, dando la apariencia de que soy culpable, cuando la realidad puede ser otra, o la misma, pues siempre hay quien te encuentra culpable de buscar la felicidad, de no vivir una vida programada por la inercia, de tratar de descubrir algo diferente, de volar hacia el sol como Icaro, aunque me queme las alas.
Y casi casi me las quemé. Ante la incomprensión familiar nació un muro de incomunicación tan ancho y eterno como la Muralla China. Infranqueable. Cada conversación con mis padres se convertía en un monologo paternal donde mis opiniones no servían tan siquiera de disculpas. Cada encuentro terminaba en teatrales histerias maternas. El bochorno de la familia, la oveja negra del barrio, el círculo de estudio del CDR, la preocupación de la delegada de la FMC. Eran frases constantes en la conversación familiar. Y lejos de acercarme a los míos por sangre, me fueron alejando.

Encontré que los míos eran otros como yo, jóvenes de ambos sexos que tampoco eran comprendidos en sus casas y cuyos padres querían que ellos hicieran una vida ajena a los sueños adolescentes y más propia de los sueños paternales. Los padres querían que los errores que cometieron los abuelos al criarlos, no se repitieran con sus hijos. Tenían razón, pero no se percataban que eliminando los errores del pasado creaban otros nuevos que no se tenían en cuenta. Y muchos de nosotros encontramos un mayor apoyo en los abuelos. No solo ancianos consentidores sino ancianos con una visión más amplia de la vida y que no comprendían tal vez nuestras aspiraciones, pero sí el derecho a tenerlas. Y algunos de ellos, al vivir una eternidad pensando en el que dirán, habían llegado a la tercera edad viendo que la felicidad se les había escapado. Y con el tiempo no hay marcha atrás.

Y a uno de ellos, a mi abuela, confié mis sueños. Tuve la libertad suficiente para hablarle de mi primer amor, de mi primer novio y de mi primera relación intima, en la que el protagonista masculino nunca fue el mismo. Y yo, la protagonista femenina, aunque tenía los mismos nombres y apellidos, tampoco era la misma. Ella nunca me prohibió nada, más bien me abrió los ojos para que yo misma pudiera elegir entre lo bueno y lo malo. Es por eso que olvidé a los que no me han querido bien, sin esforzarme en tratar de agradarles.

Y el mayor legado que me dejó mi abuela fue darme la capacidad de amar. Lo que para muchos es tan difícil y hasta imposible, para mi fue la sal de la vida. No el amor en sí sino saber amar. Saber amar es ser tolerante, no exigirle a los demás más allá de sus límites, ocuparse del bienestar espiritual de tu pareja, y tener en cuenta una serie de pequeños pero importantes detalles que no son los mismos para cada persona que amas.

Gracias a ti aprendí que por encima de todas las cosas, lo más importante en el amar es la entrega, saber entregarse, dar y saber recibir, pero sobre todo dar. Es por eso que ahora estoy aquí, entregándome a ti. Y aunque tal vez me veas un poco tímida, te enseñare que los troncos rectos no siempre son los más hermosos, y un árbol torcido también esconde su belleza. Mi pecho no ahogará su fuego. Y aunque veas que me entrego con el rostro cubierto, no te impacientes. Tu mirada borrará mi apocamiento. Tus ojos se verán en el espejo y entonces, sentirás la fuerza de mi entrega