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EL TERCER OJO DEL LOCO
Por: Michel Encinosa
Fú
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Saco mis cigarros y enciendo uno
para el Prisma. (La voy a rajar en
cuanto la vea) asegura él,
con una chupada de puros nervios.Los
pies me están matando. Esta
mierda como siempre con tres horas
de retraso, no sé ni para qué
me bañé y vine corriendo.
Menos mal que los huecos en las rodillas
del jean me refrescan. Ahora, el pulóver
negro lleno de calaveras no hace mucho
a favor de mi equilibrio térmico.
Y este pelo. Ya lo tengo por la cintura.
Ahorita me lo corto para el carajo.
De todos modos, el pelo largo hace
rato que pasó de moda en esta
moña. Vacilo a los demás.
Por ahí anda un t-shirt de
Metallica como para venirse de a viaje.
Voy a decirle al puro que me traiga
un par cuando salga, pero en blanco.
Estos agostos son lo que son. Y que
la pura los lave. Ya los anillos me
están aburriendo, mejor se
los regalo a mi primo, los diez, y
me consigo otros. Y de paso hablo
con el Indio para que me acabe de
pinchar los brazos. Una onda bien
locota. Dragones y mujeres templando,
no sé. Total, ya Maya no está
para decirme que no le gustan los
hombres tatuados, que si el ego reprimido,
que si la marginalidad autodidacta,
que si el panfleto individual, que
si ni me mires si te haces esa payasada.
El Fuckyou anda por la esquina, sateándole
a dos inglesas en onda jungle. No
sé qué carajo le verán
las extranjeras al Fuckyou, salamandra
en uniforme tribal post-hippie pringoso,
creo que nació con él.
Lo miro tanto que ni tengo que llamarlo,
viene con la cajetilla cariada abierta
de argolla a argolla.
—¿Qué volá, Prisma?
—le da la mano—. ¿Qué
volá E-mail? —me mira la frente—.
¿Quieren?
El Prisma me mira de reojo, y pongo
el billete:
—Sirve doble, Fuckyou. Hoy es mi cumpleaños.
—Te dije como veinte veces —se eriza—,
que no me llames así.
—Fuckyou —el Prisma ladea su testa
lisa y reluciente—, ¿La Cabra
anda por ahí?
—Anda con el Panga —declara la salamandra,
hinchada de placer—. Ya están
dentro, el Panga fue compromiso del
sonidista.
El Prisma asiente, pensativo, y comenta
con la mitad de la boca:
— ¿Tú eres yunta del
Panga, no? Cuando lo del toque de
Joker, entre tú y el Joroba
aguantaron al Piolín, en lo
que el Panga rompía la botella.
—Bueno, el Panga era socio tuyo también.—
Era. El Piolín coge calle conmigo
desde el pre, y te anda buscando.
—Coño, tú sabes cómo
es eso. Con una jeva como la Sátira
en el potaje, a cualquiera se le calientan
el tronco y la motherboard —el Fuckyou
se pone intranquilo; sus inglesas
le están sateando a un rasta
de gorrito tejido.
— Cualquiera termina con el coco tieso
y el tronco más congelado que
una Bucanero en pueblo de pobres —opina
el Prisma, tan solemne que ni Moisés
en el Sinaí—. A cada yerba
le toca su machete.
—Okey, mira, déjalo ahí,
neutral —el Fuckyou se ríe
y enseña las palmas de las
manos—. Si quieren más, me
lo dicen —y se larga.Lo veo llegar
a la esquina y dislocarse el cuello
buscando a las inglesas, hasta que
las ve montarse en un turistaxi con
el rasta. Me da gracia y se lo digo
al Prisma, que no me responde. Se
ve que anda cruzado. Ni averigües.
Lo del Prisma con la Cabra viene de
atrás, desde los ochenta. Ahí
sí hay historia. Shakespeare
es mierda. Pero como el que mete las
manos en la mierda se embarra, ni
caso. Me recuerdan los líos
de los puros míos. Con la diferencia
de que el Prisma es mi socio del alma,
mi hermano, mi mentor, y si cualquier
cosa meto la mano en la candela por
él.
—Dame de eso —dice.
Le doy.
—Prende uno.
Lo prendo.
Él echa a andar. Lo sigo.
— ¿Qué vuelta, Prisma?
—Ahí, Monster.
— ¡El Prisma, cará, qué
tiempo!
—Hey, Baqueta.
— ¿Cómo te lleva?
—Cruzado.
— ¿Con la esa misma?
—Completo.
—Ñó.
—Oye, ¿tienes algo por ahí?
—Aquí —reparto para todos—.
Del bueno.
—E-mail, coño, ni te había
visto. La verdad que el Prisma siempre
tiene algo para los socios. ¿Se
lo sacaron al Fuckyou? El Piolín
lo anda cazando.
—Esto va a estar bueno hoy —profetiza
el Monster.El Baqueta, que conoce,
toca al Prisma por la espalda, a la
altura del cinto.
—Pinga, el socio anda cargado.
—Prisma, no te mandes —recomienda
el Monster—. Mira que la fiana anda
revuelta con la moña nuestra.
Ya tumbaron la Palma, el Pabellón
está desactivado desde lo del
chamaquito ése, y cualquiera
de estos días nos trancan La
Madriguera.
—Yo me cuido solo y no arrastro a
nadie —asegura el Prisma, contemplando
la noche por encima de nuestras cabezas.
Yo palpo en secreto orgullo la navaja
en mi bolsillo. Nueva, de estreno,
se la compré a mi primo el
sobrecargo. No impresiona tanto como
la bayoneta de AK del Prisma, pero
corta igual.El Monster saca un litro.
Tomamos. Adentro siguen ecualizando.
—Prisma, ¿de verdad verdad
que la vas a picar?
—Déjalo, él sabe lo
que se busca.
Ya la gente anda inquieta. Cuándo
cojones va a empezar esto. Nada más
falta que se vaya la luz, como el
sábado pasado. El obstine vigueta.
Ahorita empiezo a acordarme de Maya.
Y no me da la gana, porque yo vine
a descargar, a sentirme bien, a cumplir
mis veinte bien sonados, y a compartir
lo que sea con el Prisma, que es mi
hermano. Le enciendo un cigarro.
—¿Alguien ha visto al Fuckyou?
—Oye, Piolín, deja la monería
esa de aparecerte como un fantasma
detrás de uno, que va y uno
se dispara y te cuela una bota por
la cabeza.
—Sí, compadre, que uno tiene
corazón. Y mira, no te fundas,
que si hay talla fula, la fiana capaz
que suspenda el toque.
—Yo lo que quiero es tenerlo ubicado.
Con lo otro yo me sé, y ni
malanga se va a enterar.
—Allá tú. El tipo anda
por aquella esquina.
—Thank you. Denme un buche. Prisma,
la Cabra ya está dentro.
—Eso me dijeron.
—Okey, abur.
—Despierten, que ya están vendiendo
las entradas.
—E-mail, saca algo ahora, no sea que
metan fianas y haya que descargar
sigilia´o.
Arriba, abajo, al centro y adentro.
Me da tres pitos si me paso. Hoy cumplo
veinte.En fila india, culebra de ceñudos
eslabones, llegamos alante. Aquí
es donde es, al lado de los bafles,
para sentirlo bien. Esto está
prendío de jevas hoy, así
que mejor me mato el gorrión
de Maya de una pedrada y trato de
no irme solo.
Están poniendo música
grabada, en lo que se deciden a romper.
Alice in Chains: «I´m
the man in a box...» La onda
de Maya, justamente. Descarga de seudointelectuales
que se creen que porque se han leído
a Joyce y a Castaneda te pueden coger
el culo con pinzas. La Generación
X. ¿Existe, realmente? «Oh,
oh, oh, Jesuschrist...» La liturgia
preciberdélica. ¿Existen,
realmente? Qué clase de mierda.
Y yo dónde me quedo, ¿en
la Generación Z? ¿O
la XXX? ¿Existo, realmente?
Ya me está dando, ya me está
dando. Menos mal. La verdad que este
concierto de hoy no es mi chucho.
Lo mío es lo fuerte. Black
metal por el cable, caña por
un tubito, vampirismo sadomasoquista
y satanismo genocida. Muérete,
maricón.
El Prisma es periscopio estirado,
enseñando los dientes a los
cinco horizontes. Ahora se pone tenso,
gruñe, se congela.—No seas
obvio, yunta —el Baqueta le mete un
codazo—. Se va a llevar el pase y
no la vas a poder trabar. Disimula.
El toque rompe al fin. Abren Porno
para Ricardo. No sé quién
coño será Ricardo.»Ay,
Manuel, yo sé que tú
das el culo por un bisté...
Ay, Manuel...»Bendita la censura.
O la ignorancia.
Alguien me mete un cocotazo y giro
con el puño cargado:
— ¡¿Qué pinga...?!
¡Rusa, linda, qué es
de tu vida!
Me suena un beso en la boca:
—Ven.
Se deja arrinconar contra el muro
y meter las manos por todas partes.
Zorra. Zorrísima. Debe estar
fajada con los puros otra vez y buscando
una cama para pasar la noche. Yo,
contento. Ella me conoce bien, y sabe
de las patas que cojeo y de mis manías,
así que no hay embarque. Es
mi cumpleaños y no estoy como
para pasar trabajo adoctrinando a
una desconocida. Me llevo los dedos
a la nariz:—
Sigues oliendo como siempre. Y te
afeitaste.
—¿Quieres que te la mame ahora?
Carece de cualquier sentido de la
medida, hay que saber manejarla:
—Aguanta ahí, baba, estáte
quieta.
—¿Qué te pasa? —Me empuja
por el pecho—. ¿Ya no te gusto?
—¿Siempre tienes que estar
haciendo papelazos?
—Mira quién habla, el que se
vomita después de dos tragos.
—Y tú, que te pasaste una noche
en calabozo cuando te cogieron botándote
una paja en La Rampa.
—»Entrevista con el Vampiro»,
con Brad Pitt y Tom Cruise, ¿y
no me la iba a botar?—
Comemierda —le cañoneo un par
de besos, y al final se deja. No la
voy a conocer bien. De repente se
pone tiesa. Yo miro, y es el Prisma
que está parado detrás
de mí. Le enciendo un cigarro,
y se va. La Rusa respira:
—Ay, por tu madre, qué impresión.Sí,
claro. Ella estuvo un tiempo con el
Prisma y ahí supo lo que era
la ley. El Prisma es muy estricto
con sus mujeres, aunque sean para
un día, y nunca da con el puño
abierto.
Me río:
—Eso es amor. Lo extrañas,
¿verdad?
—Muérete —trata de colarme
una rodilla en los huevos—. Con eso
no juegues, maricón, tú
eres el que me cuadra de verdad.
Claro, el Prisma, en su cuartico deslucido
de la Habana Vieja, con una sábana
gris y dos mudas de ropa. Y yo, con
VHS Panasonic, aire acondicionado
y perrísimo equipazo Aiwa en
el cuarto. No digo yo si soy el que
le cuadra de verdad. La vida es dura.
Todavía usa los aretes que
le regalé en diciembre pasado,
la primera vez que me peleé
con Maya.
—Me hice un tatuaje nuevo con el Indio
—confiesa ella—. Lo tengo por aquí...Sigue,
bobita, sigue, que ya tengo la cabilla
a millón y me la vas a bajar
a pulso. En la casa, en la gaveta,
están los cincuenta dólares
que me regaló el puro para
que me comprase lo que me diera la
gana. A la Rusa le encanta la cerveza.
Y seguro que ni ha comido. Vamos a
ser elegantes. Gastar por lo menos
veinte. Ella no los vale, pero yo
sí. Estoy a punto de decirle
«vamos echando»; y ahí
mismo rompe un hardcore al ladito
nuestro, y me cuelan un codo por la
oreja. Me vuelvo con ganas de replicar,
pero ella me agarra del brazo:
—E-mail, por favor, deja eso y vámonos
para allá.
Me muerdo la honra y la sigo un par
de pasos.
—Además —agrega ella—, ni que
fueras tan fiera ni un cojón
divino. Con lo chiquitico y mierda
que eres, capaz que...
—Oye, ¿cuál es el cuero?
—Ay, mi niño, si hasta la Maya
extraña ésa te trajinaba
cuando le salía.
Le meto una patada por el culo y otra
por la rodilla. Se cae, rueda. Me
le encimo, manotazo contra manotazo.
El tacón de su bota se hunde
en mi barriga. Maricona, hija de puta.
Desisto, no vale la pena. Sin mirarla,
me alejo hacia el hardcore. Qué
se habrá creído. Mira
que decirle «la extraña
ésa» a Maya. A mi Maya.
A mi maricona, mi hija de puta, mi
cabrona Maya. Qué ganas tengo
de verla, coño. Pero no. Si
te botan, sube la frente y respira
hondo. No seas perro. No te dejes
poner triste. Hoy es mi cumpleaños.
No me quiero acordar de Maya. No me
da la gana. No quiero. Otro cruce
como éste y se me baja el vuele,
y eso sí que no. Déjame
reactivar. Pá dentro, sabroso.
El hardcore está en su punto.
Legión de samuráis urbanos
en suicidio colectivo. Saltan, gritan,
tiran patadas y piñazos a la
buena de dios. Y ahí metido
veo al Fuckyou, salamandra en frenesí,
mareado, sudando a chorros.
Alguien se sube al escenario. Es el
Piolín. Va a meter diving.
De cabeza. Adivina. Le cae arriba
al mismísimo Fuckyou. Tremendo
revolico. El Piolín se levanta
y se pierde a gatas entre las piernas
de los demás. El Fuckyou se
toca la espalda, se la toca otra vez,
hace una mueca. Estiro la cabeza,
buscando al Prisma y a los otros.
El Piolín se me atraviesa:
—¡Viste, E-mail, viste cómo
lo trabé!
—Brother, para mí que el que
se dio el tanganazo de verdad fuiste
tú.
—Bienaventurados los que no vieron,
y se jodieron —se ríe él,
y me enseña un alfiler de criandera—.
Me lo dio un socio del sanatorio.
¿Qué rico, eh? Asere,
qué rico, qué rico,...
¡AY!
Jugando con el alfiler, se ha pinchado
él mismo el dedo.
—Ay, coño, coño, coño...
—el alfiler se le cae, se mira el
dedo, me pone cara de loco, recoge
el alfiler, me mira, viene hacia mí...
Oye, ni timbales, tú. Le meto
la mano en la cara, lo empujo y salgo
pitando que ni un peo envuelto en
gasolina. Con esa mierda ni juego
ni jodo. Ay, mamá. El vuele
se me ha quitado de a viaje. Debo
tener los huevos así de chiquiticos.
Qué ganas de cagar, qué
flojera. Te imaginas si le da el bestia
y... A esa hora no hay socios, a esa
hora lo que quieres es arrastrar a
Mahoma contigo. Menos mal que no me
siguió. Dónde están
los socios. Ojalá que al quemado
ése no se le ocurra caerme
detrás.
Por entre la masa, a lo lejos, veo
pasar al Panga con la Cabra. Con un
vahído de inspiración,
los sigo, y a los dos segundos me
tropiezo con el Prisma.
—Oye, Prisma...
Ni me ve. El abre camino, y yo detrás,
por la estela de vacío que
va dejando. Se detiene al fin, y me
le planto delante:
— ¡Prisma, viejo!
— ¿Qué tú quieres?
—sigue sin mirarme.
Enciendo un cigarro. No llego a darle
ni una patada, porque él me
lo quita de la boca.
Le chasqueo los dedos ante los ojos:
—Prisma, mi hermano, mira, si ves
al Piolín, un consejo de socio...
—Socio y mierda es lo mismo —pone
los ojos en blanco—. Aquí nadie
es socio de nadie —y allá va
de nuevo. Por poco me tumba.
Al carajo. Allá él y
sus líos. El que se ahoga en
un charco de agua con una mujer, es
porque quiere. Y yo lo que tengo es
ganas de irme, colarme por la ventana
del cuarto de Maya, como hacía
antes, y ponerme a hablar con ella.
No sé, de cualquier cosa. De
lo que sea. Y si le da por botarme,
y llamar a los padres, me agarro de
la pata de la cama y ni a mandarriazos
me sacan de ahí.
—¡¡Oye, oye, qué
volá!!
Levanto las orejas. Revuelo junto
a los bafles. Una cabeza lisa y reluciente
se sumerge en un mar de brazos. Cojones,
que ése es mi hermano. Permiso,
coño. Que voy, carajo. Échate
para allá, tú. Son como
diez fajados a la vez. El Panga, el
Piolín, el Monster, el Fuckyou,
el Baqueta, el Prisma, y no sé
quienes más. La Cabra está
en el piso, debajo de ellos, cogiendo
todas las patadas. Al Prisma se le
cae la bayoneta. El Panga trata de
recogerla. Voy adentro.
El Fuckyou es el primero que me suena
por el cuello. No jodas. Saco la navaja.
Alguien me cae arriba. Me están
mordiendo la pierna. No entiendo nada.
Estoy de cara al piso y hay tres tipos
arriba de mí. Como pesan. Ni
caso me hacen. La Cabra me mira, suelta
un pitazo y empieza a arañarme
la cara. Lo único que puedo
hacer es escupirle los ojos, a ver
si no me saca los míos. Logro
darme la vuelta, tiro piñazo
para aquí y rodillazo para
allá. La navaja se me traba
en algo. Me siento la mano caliente.
Meto un tirón, pero no la puedo
zafar. Los cuerpos giran, todo el
mundo grita, yo suelto la navaja,
me levanto y salgo corriendo, empujando
todo lo que me encuentro por delante.
No paro hasta llegar a la cerca de
alambre, le meto los dedos, trepo,
brinco al otro lado, corro y corro,
voy a millón por la avenida,
y mientras más duro corro,
más lloro.
No me paro ni aunque me falta el aire.
Rebajo al trote. Sincronizo la respiración
con las piernas. Mañana estoy
detrás de los barrotes, tú
vas a ver. Debí haberme ido
con la Rusa. Sería capaz de
correr y correr y correr cien años,
con tal de que mañana no se
apareciera por mi casa un patrullero.
Lo que tengo en la cabeza es un terabyte
de vacío. Las alas de la serpiente,
las escamas del tigre, el tercer ojo
del loco. Y de repente descubro que
me siento bien corriendo. Mira, a
lo mejor no pasa nada. Averigua quién
fue. Nadie me había visto antes
esa navaja, y nadie se debe haber
fijado en el revolcón. Era
nueva, qué lástima.
De estreno. Y qué clase de
estreno. La sangre en mi mano ya está
seca, me la restriego. Ojalá
que no haya matado a nadie. Me pareció
un muslo. Daba la impresión
de que era un muslo. Seguro que no
pasa nada. ¿Por qué
iba a pasar algo? Tantas cosas iguales
pasan, y no pasa nada. Trato de prender
un cigarro a la carrera. No puedo.
Y no quiero parar. Boto el cigarro
sin encender. Sigo corriendo. Voy
por el lado de una cafetería.
La gente me mira como ya tú
sabes. Me hago el indiferente, pero
lo que quiero es explotar. ¿Por
qué coño tienen siempre
que mirarme así? Para colmo,
en el semáforo, oigo a un niño
preguntar el viejo cliché:
«Mamá, ¿eso es
un hombre o una mujer?» Ahora
viene la loma abajo. Me dejo llevar
por la gravedad. Debo tener ya las
medias rotas en los talones, estas
botas son de tranca. Las uñas
de los pies se me entierran en los
dedos, tengo que cortármelas.
Oye, ya no puedo más. Banco
roto y destartalado, banco despintado,
banco bendito, a mí. AY, coño.
—Ismael.
Levanto la cabeza. Abro los ojos.
Los cierro. Los abro de nuevo.
— ¿Qué hay, Maya?
El tipo que la acompaña, vestido
con toda la boutique de Carlos III,
me mira receloso y la abraza por la
cintura:
—Ven, vamos allí a la esquina
a comprar cigarros.
—Ve tú —dice ella—. Ahora te
alcanzo.
El tipo me mira una vez más,
y se aleja.
—Lindo el hombre —le digo a Maya—.
No sé qué tiene él
que no tenga yo.
—Por lo menos, no me escribe poemas
con faltas de ortografía —se
sienta a mi lado y me mira directa
a los ojos.
Es obvio que él no le escribe
poemas. Saco mis cigarros. Encendemos.
—Entonces, te casas mañana.
—Sí, a las cinco en el Vedado.
Puedes ir, si quieres.
—A lo mejor. ¿Dónde
es el brindis?
—En casa de él. Cincuenta mil
botellas. Un cake así de grande.
Debieras ver mi traje.
— ¿Largo?
—Blanco, lindísimo.
—Si fuera conmigo, te casabas de minifalda
y cuero negro.
—Sí, pero ya no es contigo.
El tipo regresa, sacando un Monterrey.
La ve fumando, estruja el cigarro
y lo tira.
—Me voy —ella se levanta y se acomoda
un pie dentro del zapato de tacón—.
Ven mañana. ¿Vas a venir?
—Muérete —me miro las rodillas
para no verle la cara—. Muéranse.
Los dos.
Se van. Yo también me voy.
Tras veinte vueltas por calles que
ni conozco, llego a mi casa. El Prisma,
el Panga y la Rusa me esperan en el
portal:
—El Panga te vio la navaja. Dicen
que por poco le sacas el hígado
a la Cabra.
— ¿Dice quién?
—Hasta ahora, acá el Prisma
y yo. Pero para qué están
los socios. No te preocupes, que no
se va a partir. La cierran, la cosen
y ya. Menos mal que te fuiste. Nos
hicieron una cantidad de preguntas,
tú sabes.
—Y oye, no es por nada, pero mañana
nos vamos para Peñas Blancas,
y estamos arrancados.
Entro en la casa, voy a mi cuarto,
regreso y les doy los cincuenta dólares.
El Prisma se saca mi navaja del bolsillo.
—Ni me des las gracias —aclara, y
apunta a la Rusa con el mentón—.
Pregúntale a ella dónde
se la escondió cuando nos cachearon
a todos.
—Me lo imagino.
Se van. La Rusa se queda:
—¿No te molesto?
—Siempre y cuando no molestes.
La dejo entrar primero al cuarto.
Ya son las dos de la madrugada. Ayer
cumplí veinte años.
Ella se acuesta bocarriba, se quita
la saya y el blúmer.
—Tienes que echar un vistazo, a ver
si me lastimé con esa navajita
tuya.
Me inclino sobre ella. Le meto los
dedos. Mojada, muy mojada, pero no
tiene nada.
—No tienes nada —le digo, saco los
dedos, me quito la ropa y me meto
en el baño.