Progressive
Nation
Textos
y Fotos por:
Joel
Barrios Méndez
corresponsal
exclusivo de: El Punto
Ge
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|
Llegamos al área
de Miami Beach donde
estaba ubicado el
teatro Jackie Gleason
alrededor de las 6:00
de la tarde del viernes.
Fue bastante fácil
el viaje, pues el
lugar es relativamente
cerca de nuestra casa,
a pesar de que el
dichoso GPS de mi
suegra nos desorientó
un poco indicándonos
un giro a la derecha
cuando el teatro estaba
delante de nuestras
narices, pero a la
izquierda. Finalmente,
después de
10 minutos dando vueltas
por las cuadras aledañas
logramos parquear
en un parqueo irónicamente
al lado del teatro,
cruzando la calle.
Estábamos nerviosos,
pues Miami Beach no
es igual que Fort
Lauderdale, allí
la gente anda en profusión
por las calles y conducir
requiere un cuidado
extra para no golpear
a un peatón.
Así pues cruzamos
la calle y nos encaminamos
a un lateral del teatro,
donde se veía
un cartel que rezaba
"Box Office".
No les he comentado
que yo compré
ambos tickets en la
Internet, en un paquete
que incluía
el ticket, un poster
autografiado, 1 T-Shirt,
1 bandana del grupo,
una gorra y una revista
con detalles de toda
la gira. Pero asimismo,
por ser tickets de
primera fila y por
estar incluidos en
un paquete especial
tenían dos
características:
la número uno
es que me costaron
193 dólares
cada ticket. Y la
número dos
es que esos tickets
no se envían
por correo, sino que
los recoges en el
mismo lugar donde
se va a efectuar el
concierto en una ventanilla
especial que se llama
WILL CALL. Así
que tenía forzosamente
que averiguar donde
estaban esas ventanillas
y por ello nos dirigimos
a la entrada lateral.
|
Inmediatamente
que entramos a nuestra derecha
divisamos las dos ventanilla
de WILL CALL, una para los
tickets de las personas con
apellidos de la A a la L (mi
caso) y otra para los apellidos
de la L a la Z. Nos encaminamos
a la primera y esperamos por
un señor que estaba
recibiendo sus tickets en
ese momento. Por la manera
de hablar inglés del
señor me di cuenta
que provenía de un
país de habla hispana,
y efectivamente cuando la
miembro del staff del teatro
del otro lado de la ventanilla
le interrogó acerca
de su dirección personal
el hombre dió una dirección
de República Dominicana.
E inmediatamente le dijo a
la señora que su paquete
era un Meet And Greet (El
más caro de todas las
ofertas, incluyendo una extrevista
con la banda, regalos autografiados
por ello mismos y demás).
No pude evitar una exclamación
de aprobación, y el
hombre se volteó hacia
mí y me dijo en su
inglés chapurreado:
"Sí, esta es como
la tercera o cuarta vez, a
mis hijos les gusta demasiado
Dream Theater, y mañana
nos vamos para Orlando, para
asistir también al
concierto de Orlando, es un
montón de dinero pero
es lo que ellos quieren".
Ni corto ni perezoso le pregunté
"Y cuántos hijos
tiene?" y me respondió
con una sonrisa: "4 varones
y una hembra y todos son músicos
adolescentes, más mi
esposa y yo". Le deseé
suerte mientras mentalmente
sacaba la cuenta de que el
Meet And Greet costaba 358
dólares por persona,
así que ese señor
había gastado alrededor
de 2200 dólares en
ese concierto. Me acerqué
a la ventanilla y proporcioné
mi nombre y enseguida tuve
mis dos tickets en la mano.
Así las cosas el reloj
marcaba las 6:20 p.m. y nos
fuimos a recorrer un poco
las calles de Miami Beach,
específicamente Lincoln
Road que es una especie de
bulevar como el de Obispo
en la Habana Vieja, pero multiplicado
por 100, para hacer tiempo
de que llegaran las 7:00 de
la noche. Después de
caminar un rato y tomarme
par de cervezas decidimos
regresar al teatro para no
perdernos el comienzo, pero
al llegar la el reloj ubicado
en un edificio gigantesco
al cruzar la calle indicaba
las 7:05 p.m. Apresuramos
el paso y pasamos bajo el
umbral del teatro donde nos
escannearon el código
de barras de los tickets y
nos invitaron amablemente
a pasar.
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La
primera de las bandas
programadas para tocar
esa noche, Scale The
Summit ya estaba sonando
traspasamos la entrada,
pero nos entretuvimos
un poco mirando a nuestro
alrededor en un lugar
nuevo para nosotros
y fijamos nuestra atención
también en el
merchandising de Dream
Theater y las demás
bandas que se mostraba
en unas mesas a la izquierda
de la entrada. La música
se escuchaba claramente,
pero como no conozco
el repertorio de esa
novel banda no podía
distinguir desde mi
posición si era
música grabada
o un grupo tocando en
vivo. El lobby del teatro
estaba lleno de personas
que se movían
de un lugar a otro,
la mayoría vistiendo
los consabidos T-Shirts
de Dream Theater o Zappa
Plays Zappa, los mismos
que aparecían
a la venta en los mencionados
stands. La temperatura
era baja, de hecho la
sensación inmediata
al entrar era de un
frío extremo,
pues el cambio comparado
con el calor de las
calles de Miami Beach
era bastante grande.
Después de echar
un vistazo a todos los
anuncios que colgaban
de las paredes promocionando
los futuros conciertos
nos decidimos a entrar
en el corazón
del Jackie Gleason Theater
y miré mis tickets
para cerciorarme del
lugar hacia donde debía
dirigirme. |
Mis asientos eran en la fila
B, el 107 y el 108, en la sección
Orchestra Center. Como no me
pude orientar completamente
por las señalizaciones
que adornaban las paredes le
pregunté a una de las
personas del staff del teatro,
una mujer ya entrada en años
que me indicó con amabilidad
en un perfecto inglés
hacia donde ir. Así que
nos dirigimos por una rampa
alfombrada hacia la izquierda
y doblamos de nuevo a la izquierda
para ir subiendo por otra, lentamente
acercándonos a una boca
oscura desde la cual se escapaba
el sonido de la música
que vagamente habíamos
estado oyendo antes.
Inmediatamente
que penetramos en la entrada
del salón principal del
teatro dejamos de escuchar cualquier
sonido a nuestro alrededor que
no fuera la música. El
volumen era algo que no esperábamos
y les confieso que nunca en
mis 35 años había
escuchado algo tan atronador.
Una muy amable acomodadora surgió
de la nada ante nuestros ojos
que aún se estaban acomodando
a la penumbra circundante y
nos condujo a nuestra posición.
Estábamos tan desconcertados
por el sonido, la oscuridad
y la dificultad para seguirle
los pasos a la persona que nos
estaba ubicando dentro de las
sombras, que ni por un instante
se me ocurrió mirar hacia
el stage. Cuando finalmente
quedamos acomodados nos percatamos
de que estábamos en la
tercera fila, separados solo
por unos escasos 4 metros del
escenario. No podíamos
comunicarnos sino por señas,
pues la música debordaba
los ámbitos del teatro
y taladraba nuestros oídos
sin misericordia. El redoble
del doble bombo del baterista
me golpeaba en el estómago
como si fuera a mi abdomen al
que le estuvieran dando en lugar
de a la bateria. Ya un poco
más ubicados concentramos
nuestra atención en el
escenario.
El
stage tenía proximadamente
unos 30 metros de ancho y la
forma de un clásico escenario
de un teatro. Unos 10 metros
detrás del borde colgaba
una tela negra gigante, que
hacía las veces de fondo.
Pero ya habiendo estado anteriormente
en el concierto de Iron Maiden
adiviné que detrás
de esa tela debía de
estar montada la infraestructura
instrumental de Dream Theater
y que del lienzo hacia adelante
era el espacio destinado para
las bandas acompañantes.
Sobre el escenario los chicos
de Scale The Summit regalaban
una disertación de sus
mejores temas (completamente
desconocidos para mí),
la mayoría tomados de
su último album llamado
Carving Desert Canyons. Eran
4 chicos muy jóvenes
(Chris Letchford – 8 string
guitar, Jordan Eberhardt – bass,
Pat Skeffington – drums, percussion,
Travis Levrier – 7 string guitar)
oriundos de Texas segun supe
después y con dos CDs
en el mercado, el ya mencionado
y otro anterior llamado Monument.
Su música es completamente
instrumental y muestra claras
influencias de Dream Theater
con referencias obvias a las
secciones instrumentales de
bandas más extremas como
Cynic y Death. A los 2 minutos
de haber llegado se terminó
ese tema y el bajista que hacía
las veces de frontman anunció
el siguiente, llamado City In
The Sky. Y de nuevo nos vimos
sumergidos en una onda sonora
gigante y aplastante. Por un
momento me pregunté si
mis oídos aguantarían
tanto nivel de decibeles, y
por cuanto tiempo. La música
era buena y sonaba bien empalmada,
incluso a pesar de que no la
habíamos degustado antes,
pero el sonido estaba demasiado
alto. Tras ese tema cayeron
dos más Age Of The Tide
y The Great Plains y finalmente
los chicos se despidieron de
la audiencia, que todavía
no era muy grande pero que los
premió con un caluroso
aplauso. Las luces se encendieron
y nuestros oídos tomaron
un respiro.
En
ese momento aprovechamos para
echar una ojeada al teatro a
nuestras espaldas. El lugar
no era tan pequeño como
parecía, y constaba de
una planta baja y de una alta,
con una capacidad casi segura
de más de 2000 personas.
Y mientras yo tomaba algunas
fotografías, un grupo
completo de utilities se llevaban
del escenario todos los instrumentos
usados por la banda anterior
y los sustituían por
otros nuevos. Me llamó
la atención que colocaran
dos teclados de manera perpendicular
al público, uno frente
al otro, separados por unos
70 cm. Ambos teclados estaban
embutidos en unas carcasas de
madera que remedaban de alguna
manera antiguos pianos de la
época de los 70. Nos
resultó gracioso y me
pareció que dejaban traslucir
una actitud que estábamos
a punto de descubrir.
Un
escaso par de minutos después
se apagaron las luces, se encendieron
otras color azul y amarillo
y los miembros de Bigelf salieron
a la escena. De repente me pareció
estar contemplando un concierto
de los mismísimos años
70, de estar teletransportado
a esa época de Joplin,
Mountain y Zeppelin. Los Bigelf
son una banda de rock psicodélico
progresivo con bastantes dosis
de hard rock, y forman parte
de la escena del rock n' roll
desde el año 1991. Pero
su actitud en escena y su vestuario
bien pudiera ubicarse en los
principios de los 70. El vocalista
y tecladista Damon Fox, que
fue inmediatamente a ocupar
su lugar entre los dos teclados
retro que me habían llamado
la atención vestía
un pantalón de cuero
ajustado y acampanado en los
bajos, una camisa negra con
el nombre de la banda en el
pecho sobre la cual descansaba
un chaleco oscuro, un crucifijo
colgado del cuello, junto a
una bufanda que le llegaba hasta
la cintura, un alto sombrero
de copa a lo Sherlock Holmes
y lucía una barba que
le habría dado envidia
al mismísimo Einstein
al mismo tiempo que un profuso
bigote y que el pelo largo le
caía sobre los hombros.
En sus ojos tenía una
mirada ajena, que si no hubiera
estado cantando delante de mi
con la energía que lo
hacía diría que
estaba bajo los efectos del
opio u algún otro alucinógeno.
A su derecha estaba el bajista
Richard Anton, un rubio que
tocaba a la zurda, vestido igualmente
de negro y retro con un chaleco
de cuero carmelita sobre la
ropa, otro crucifijo de madera,
barba, bigote y pelo largo por
demás. No cesaba de moverse
en un espacio reducido y de
golpear el bajo con la mano
siniestra mientras la música
de la banda iba tomando la escena
de manera progresiva, como en
una especie de encanto, que
nada tenía que ver con
el sonido ensordecedor de la
banda anterior. El guitarrista
Butler-Jones, a la derecha del
cantante, estaba ataviado de
la misma manera, solo que con
una camisa estampada y con parecido
físico bastante grande
con Zakk Wylde, sobre todo en
la época de en que este
último tocaba solamente
en Ozzy, allá por los
mediados de los 90. Era imposible
ver al baterista, pues Damon
Fox y sus dos pianos cubrían
por completo el espacio visual
delante de donde estaba colocada
la batería. La música
de la banda, en un ámbito
psycho - doom con elementos
progresivos se había
dueñado del teatro y
todos los presentes observaban
con atención el show,
como fascinados por la entrada
a la escena de unos músicos
que nada tenían que ver
con los anteriores muchachos
vestidos con jeans y T-Shirts.
Yo estaba en éxtasis,
repito, me parecía estar
asistiendo a una ocurrencia
espacio-temporal de un concierto
de Black Sabbath o Three Dog
Night.
Y
así, casi sin darnos
cuenta fueron cayendo, tema
tras tema los principales números
de su último CD titulado
Cheat The Gallows. La audiencia
no cesaba de aplaudir tras cada
tema y los músicos arrancaban
con otra canción más
subida de tono que la anterior.
El vocalista lanzó el
sombrero a un lado y cantaba
aferrándose al micrófono
como tratando de arrancar las
notas de cada frase de lo más
profundo de su garganta. Bigelf,
en ese tiempo de media hora
en qu duró su presentación
fueron dueños y señores
de la escena, y una cerrada
ovación de más
de 3 minutos los despidió
al terminar su set list.
Todavía
resonaban en nuestros oídos
las últimas notas del
tema final Bigelf y en nuestros
ojos la fuerza visual de su
espectáculo cuando se
encendieron las luces. Fue como
salir de una ensoñación
temporal. Ya estábamos
de nuevo sentados en un teatro
en el año 2009, y no
en la primera fila de un concierto
de la época en que nuestros
padres eran adolescentes. Les
confieso que de buena gana me
hubiera quedado escuchando más
música de Bigelf si me
hubieran preguntado mi opinión.
Pero por otra parte estábamos
ansiosos de que Dream Theater
saliera al escenario, por lo
tanto era lógico que
su presentación no se
prolongara más. Mientras
los utilities del teatro se
afanaban como hormigas sobre
los instrumentos colocados previamente
en el stage, y movían
y cambiaban todo con metódica
precisión, nosotros nos
fuimos a estirar un poco los
pies al lobby del teatro, y
de paso a comer algo, pues nuestros
estómagos ya estaban
empezando a protestar. Así
que nos unimos a la miríada
de personas que salía
hacia el exterior, algunos hacia
los baños a evacuar sus
esfínteres y otros en
la misma búsqueda que
nosotros.
Diez
ó quince minutos después,
con un vaso de Coca-Cola (desafortunadamente
no encontré té
en ninguno de las áreas
de venta de comida), un vaso
de cartón cuadrado lleno
de rositas de maíz y
un hot-dog en la otra mano,
regresamos a nuestros asientos
y nos arrellanamos en ellos
dispuestos a ver qué
más tenía el espectáculo
que ofrecernos antes de que
la esperada agrupación
de Long Island saliera a la
escena. El teatro estaba mucho
más lleno, y me llamó
poderosamente la atención
el hecho de que colocaran en
el escenario, en el extremo
izquierdo, pero en un segundo
plano, un poco detrás
de un teclado que se alzaba
justo delante, un set de percusión
con tambores y un instrumento
musical semejante a la marimba.
Me pregunté si era algo
que fuera a utilizar alguno
de los miembros de Zappa Play
Zappa o algo destinado para
la presentación de Dream
Theater. Pronto iba a tener
la respuesta.
Las
luces volvieron a apagarse.
El público comenzó
a chiflar y los músicos
de Zappa Play Zappa fueron saliendo
a la escena. Todos vestían
de manera informal, muy semejante
al atuendo de los primeros chicos
Scale The Summit. Para aquellos
que no lo saben Zappa Plays
Zappa no es más que un
proyecto llevado a cabo por
Dweezil Zappa, guitarrista e
hijo mayor del famoso músico
ya fallecido Frank Zappa, para
divulgar la música escrita
por su padre, fundamentalmente
aquella orientada al rock n’
roll, durante el intervalo de
años del 1960 al 1980.
Frank Zappa fue un música
increíblemente talentoso
y con un sinúmero de
discos, además de estar
siempre rodeado de músicos
acompañantes de gran
calidad y de tener un típico
sentido del humor que volcaba
en sus composiciones. La banda
está compuesta por Dweezil
Zappa - guitar, Scheila Gonzalez
- saxophone, flute, keyboards
and vocals, Pete Griffin - bass,
Billy Hulting - marimba, mallets
and percussions, Jamie Kime
- guitar , Joe Travers - drums
and vocals y Ben Thomas - lead
vocals . Pero cuando los músicos
salieron a la escena el teclado
y el set de percussion quedaron
vacíos, solo teníamos
ante nosotros a 4 intrumentistas,
pues tampoco el cantante se
veía por ningún
lado. Así las cosas Dweezil
Zappa se acercó al micrófono
y saludó al público,
después de disculparse
un poco por la demora, palabras
que se vieron reciprocadas con
un aplauso y enseguida anunció
el primer tema: Apostrophe.
Y la música arrancó.
Apostrophe
es un tema del disco de Frank
Zappa del mismo nombre, y es
un tema instrumental. La música
fluía con un perfecto
emsemble a través de
los altavoces, con un sonido
adecuado y una precisión
increíble. Dweezil estaba
ubicado en el centro del escenario,
y disfrutaba del show atento
a la ejecución de los
músicos al mismo tiempo
que arrancaba las notas de su
guitarra con maestría
y naturalidad. Pete Griffin
el bajista era el único
miembro de la banda que se movía
sin cesar, moviendo la cabeza
y su corta melena constantemente,
siguiendo el ritmo de lo que
estaba tocando. Y a pesar de
estar relegado a un segundo
plano, desde el cual se le veía
bien, Joe Travers el baterista
aporraba la batería de
manera que parecía que
se iba a desarmar, y llamaba
poderosamente la atención
por la fuerza con que lo hacía,
considerando que su físico
denotaba unos casi 50 años.
Casi sin darnos cuenta el tema
concluyó de repente y
el resto de los músicos
salió a la escena seguidos
de una ovación. Sheila
González se colocó
tras los teclados, Billy Hunting
tomó su puesto y sin
anuncio previo comenzó
a sonar el segundo tema: Montana.
Y entonces me di cuenta de que
éramos realmente afortunados
ese día: estábamos
presenciando un espectáculo
fenomenal.
Los
música había subido
de nivel y con ella el nivel
de adrenalina de todos los que
estábamos presentes.
La banda dominada el escenario
completamente, y la voz de Ben
Thomas se dejaba escuchar por
encima del sonido de sus compañeros.
El teclado adornaba el sonido
de hard – rock mezclado con
jazz que en ese momento ejecutaban
los músicos, y los solos
de Dweezil tenían tal
armonía y limpieza que
hubieran hecho palidecer a su
propio padre. La batería
sonaba llena de contratiempos
haciendo una perfecta mezcla
con el bajo, cuyo dueño
no se detenía ni un instante,
y la guitarra acompañante
superponía su sonido
en una capa intermedia adornando
la melodía, mientras
Billy Hunting arrancaba sonidos
diversos de su set, tan pronto
de tumbadora como de marimba.
Miré hacia delante fijamente,
tratando de abarcar todo el
escenario y me pregunté
cómo podría describir
lo que estaba viendo, qué
palabras podría usar
para transportar a mis amigos
a esa experiencia. La banda
disfrutaba de la alegría
de los presentes y se notaba
que trataban de dar lo mejor
de ellos en el escenario. Poco
a poco fueron cayendo temas
como: Uncle Remus, Joe’s Garage,
Brown Shoes y algunos otros,
todos ejemplos importantes de
la creación de Frank
Zappa y todos perfectamente
ejecutados por los músicos,
al tiempo que el público
gritaba y vitoreaba cada vez
más al final de cada
canción. Después
de unos 60 minutos Dweezil anunció
el último tema: Willie
The Pimp.
El
grupo comenzó a tocar
y la gente se paró de
sus asientos y comenzó
a cantar y a aplaudir al ritmo
de la canción. Se podía
respirar en el aire la alegría
y el éxtasis de los presentes,
y nosotros, sin ser unos conocedores
de la música de Zappa,
también estábamos
de pie y seguíamos el
ritmo de la banda, cuyo sonido
era cada vez más complejo,
coqueteando con el jazz y el
soul. Súbitamente la
música se detuvo. Dweezil
sonrió y señaló
hacia el bajo. El bajista comenzó
a tocar y la batería
lo acompañó durante
un par de minutos en los cuales
el sonido del bajo se enseñoreaba
del momento. Dweezil levantó
la mano derecha y el sonido
cesó. Entonces señaló
hacia Sheila y la muchacha tomó
un saxofón y ejecutó
un solo de saxo, seguido de
un solo de teclado magistral.
Nuevamente a una seña
de Dweezil se acalló
el teclado y el protagonista
y director de la escena se volvió
hacia la batería. Y Joe
Travers, ni corto ni perezoso
desplegó toda su energía
en un solo de batería
de unos dos minutos que me hizo
resonar todo el cuerpo, mientras
las luces se encendían
y se apagaban sincronizadas
con el golpear de su doble bombo.
Una nueva seña y un nuevo
silencio. Le tocó entonces
el turno al guitarrista acompañante,
que en lugar de un solo complejo
prefirió un solo bien
melódico con movimientos
lentos pero precisos sobre su
guitarra. Dweezil abrió
los brazos y sin dejar de señalar
al guitarrista acompañante
miró hacia el percusionista
e hizo una seña. Y este
hizo sonar los tambores con
una mezcla de ritmos caribeños,
al mismo tiempo que la guitarra
de su compañero de equipo
se iba acallando poco a poco,
dejando espacio para que los
tambores tomaran el protagonismo.
Y de pronto, en medio del ritmo
que salía de las palmas
de Billy, Dweezil Zappa dio
un giro en redondo, señalando
en un círculo a todos
los músicos con su brazo
izquierdo a medida que giraba
y la música se detuvo.
Acto seguido dio un salto y
cuando sus pies tocaban nuevamente
el piso, la banda completa comenzó
de nuevo a tocar, justo en el
mismo punto en que se había
interrumpido para las ejecuciones
individuales. Y el público
vociferó de alegría
y aplaudió sin cesar,
mientras el tema llegaba a su
clímax y terminaba con
una gran ovación de la
multitud. Las luces se encendieron
y toda la banda abandonó
sus instrumentos para acercarse
al borde del escenario, abrazarse
y saludar al público
que aplaudía enardecido.
Después
de más de 5 minutos aplausos
y mientras aún teníamos
las pupilas dilatadas por la
parafernalia visual casi circense
desplegada por Dweezil Zappa
y sus músicos, la banda
se retiró finalmente
tras bastidores. Fue como si
un hechizo se hubiese desecho
al golpe de una vara mágica.
Ya estábamos de nuevo
en nuestros sitios, y nos quedaba
en nuestros sentidos la sensación
de haber sido testigos de algo
inesperado pero extraordinariamente
excitante. Yurian y yo nos miramos
como diciéndonos: “Te
imaginabas que ibas a presenciar
algo así” y casi sin
darme cuenta me agradecí
subconscientemente el hecho
de haber gastado tanto dinero
para obtener unos asientos de
primera fila, pues realmente
la perspectiva desde el sitio
en que estábamos sentados
era magnífica, y podíamos
abarcar con la vista todo el
escenario, cosa que hacía
la experiencia visual más
estremecedora. Todavía
temblorosos por el choque visual
y la intensidad del show fuimos
saliendo poco a poco hacia el
pasillo lateral que conducía
a las puertas de teatro para
estirar un poco los pies mientras
los laboriosos utilities, con
la precisión matemática
de las hormigas, removían
todo el instrumental que había
sido usado por los músicos
anteriores.
Después
de caminar alrededor del lobby
del teatro, y de liberar nuestros
esfínteres previendo
el hecho de que la próxima
presentación podía
ser más prolongada, regresamos
a nuestros asientos. Ya no quedaba
sobre el escenario ni el más
mínimo rastro de la presencia
de la banda anterior. Solo el
piso desnudo y el omnipresente
tapiz negro que colgaba desde
el techo eran visibles, tras
unas luces mortecinas que iluminaban
un poco el stage, permitiendo
a los encargados moverse a discreción
sin tropezar. De extremo derecho
aparecieron dos hombres cargando
una plataforma rectangular de
metro y medio de largo por alrededor
de medio metro de ancho, y la
colocaron en el piso, casi al
borde del escenario, en la parte
derecha. Enseguida de verlos
aparecer supe lo que era: el
set de efectos y los pedales
de la guitarra de Mr. John Petrucci.
Y a continuación, como
para reafirmar mi suposición
otros dos aparecieron llevando
a cuestas la ya famosa caja
de meta vertical de medio metro
de alto, tachonada de protuberancias
que desde lejos parecen como
remaches y que normalmente por
su forma podría suponerse
que no es más que un
baffle de referencia, pero que
en realidad el guitarrista acostumbra
a usar para poner el pie izquierdo
cuando toca y descansar la guitarra
sobre él. Casi simultáneamente
desde el lado izquierdo otros
dos utilities surgieron de la
oscuridad con el set de pedales
y efectos del lacónico
John Myung, y los colocaron
a la izquierda, casi en línea
con los de su compañero
de 6 cuerdas. Y un tercer hombre
apareció desde las sombras
con una hoja de papel en la
mano, y dirigiéndose
al centro del escenario lo pegó
en el piso usando una cita adhesiva
que sacó de su bolsillo:
el listado de temas a tocar
esa noche. Mientras todas estas
cosas iban aconteciendo el público
iba retornando a sus asientos
y muchos se acercaban desde
atrás para tratar de
no perderse un detalle de los
preparativos que estaban llevándose
a cabo, agolpándose a
ambos lados de la zona central
de asientos, y acercándose
a la barra que separaba el escenario
de la primera fila. En su gran
mayoría eran chicos jóvenes,
todos ataviados sin excepción
con los T-Shirts que estaban
a la venta en el lobby. El teatro
estaba repleto y se podía
respirar la expectación
de los presentes dentro del
murmullo que se hacía
audible cada vez que algún
utility salía a la escena
para ajustar algo o cambiar
alguna cosa de posición.
Súbitamente
la batería, oculta presumiblemente
tras el tapiz negro empezó
a sonar, desordenadamente. Un
grito de aprobación se
alzó desde los asientos,
pero no era más que una
prueba de sonido del técnico
de batería, que continuó
por unos 5 minutos. También
apareció desde la derecha
el técnico de guitarras,
un hombre altísimo con
una barba blanca y el pelo largo
recogido en un moño tras
el cuello, con una de las bien
conocidas guitarras de Petrucci
colgando de su cuello, y después
de acercarse a los pedales y
pisar alguno, hizo sonar un
riff atronador que levantó
al público de los asientos
con vítores de alegría.
El técnico ajustó
algunas cosas en la guitarra
sin prestar la más mínima
atención al ruido que
hacían los presentes,
y nuevamente desapareció
tras la oscuridad. Ya en ese
momento estábamos de
pie, excitados por la expectativa
del casi inminente comienzo,
y además porque era la
única manera de poder
mantener la vista en el escenario:
todo el público estaba
de pie, aguardando. Inmediatamente
comencé a sentir unos
tremendos deseos de orinar:
los nervios me estaban traicionando.
Yurian me dijo: “Muchacho ve
al baño, que te da tiempo
a regresar” y le contesté:
“Ni loco me voy y me pierdo
un detalle de lo que está
pasando”. Y como si me hubieran
estado oyendo de repente una
tenue música instrumental
empezó a sonar por lo
bajo, y sin mucho esfuerzo distinguí
los acordes instrumentales de
“Lines In The Sand”, pero tocados
desde un teclado. Dos ayudantes
salieron de ambos lados y tomaron
unas telas color plata que habían
estado colgando del techo todo
el tiempo enrolladas, y que
pasaron inadvertidas incluso
para nuestros ojos, y las desenrollaron
desde abajo, convirtiéndolas
de repente en dos lienzos colgantes
plateados con los extremos deshilachados
y con una profusión de
pequeños puntos brillantes
en la textura de la tela, como
si fueran pequeñísimas
estrellas. La música
instrumental fue desvaneciéndose
dando paso al sonido de la lluvia
que caía, y algo en mi
subconsciente me dijo: “Yo conozco
ese intro”. Una luz blanquecina
pero no brillante se encendió
detrás del lienzo negro
dejando traslucir la vaga silueta
de los músicos parados
detrás de la tela, con
los instrumentos en sus manos
y ambos hombres a los lados
del escenario se agacharon y
tomaron las puntas del lienzo
negro con ambas manos, quedándose
inmóviles. El sonido
de la lluvia se mezcló
con el naciente gemir de un
teclado, y de repente sucedieron
una miríada de cosas
en un segundo de tiempo: las
luces del escenario se hicieron
más y más brillantes
al tiempo que ambos hombres
tiraban al unísono de
la tela, que cayó en
un desplomándose al piso;
se encendieron unos proyectores
a izquierda y derecha, se iluminó
todo el stage barrido por un
juego de luces multicolor, se
iluminó una pantalla
gigantesca colocada en el fondo
de la escena y con las primeras
rugientes notas de “A Night
To Remember” la banda apareció
y se lanzó hacia adelante.
Lo
que sucedió a continuación
es imposible de describir, y
créanme que nada tiene
que ver con el hecho de que
haya sido mi primera vez en
ir a ver a mi banda favorita.
En un parpadeo de ojos, el teatro
enloqueció. Creo que
nuestras pupilas y todos nuestros
sentidos en general recibieron
en 5 segundos tanta información
visual y auditiva que si cierro
los ojos ahora, después
de dos semanas de haberlo vivido,
la carne se me pone de gallina.
El sonido era sencillamente
atronador, pero la calidad de
la mezcla era increíble,
como si ninguno de los grupos
anteriores que habíamos
visto desfilar hubiera tenido
un ingeniero de sonido de verdad.
Todo el teatro saltaba, gritaba,
levantaba las manos y brincaba
de alegría. Los músicos
estaban ahí mismo, ahí
donde yo tantas veces soñé
verlos, a unos escasos 4 metros
de nosotros y parecía
algo irreal estar presenciando
lo que estaba pasando. La batería
de Portnoy retumbaba implacable
y el músico, ataviado
con un T-Shirt de su propia
banda y un pañuelo multicolor
anudado sobre el pelo, se levantaba
por sobre el set saludando al
público con una mano
mientras tocaba con la otra.
Petrucci castigaba su guitarra
desde el lado derecho, luciendo
un look de barba y pelo nuevamente
largo bastante diferente de
la última gira “Chaos
In Motion”, y sonreía
al ver a la multitud saltar
y estirar los brazos. A la izquierda
el sempiterno John Myung enfundado
de negro se concentraba en su
bajo (un nuevo modelo llamado
Bongo-6, fruto de su negociación
con Ernie Ball, equipado con
6 cuerdas y diseñado
especialmente para él)
como si estuviera en un ensayo
y no existiese más nada
sobre la tierra que su propio
instrumento. Y un poco más
atrás justamente entre
Myung y Portnoy, Jordan Rudess
hacía girar su teclado
sobre una plataforma giratoria
también vestido de negro
y con una curiosa barba blanca
que lo hacía parecer
un mago de antaño. Una
inmensa pantalla colocada al
fondo mostraba imágenes
de una película alegórica
a la letra de la canción,
mientras la parte instrumental
del comienzo del tema llegaba
a su fin y James LaBrie aparecía
corriendo desde detrás
de las columnas de audio colocadas
a las espaldas de Petrucci y
se abalanzaba sobre el borde
del escenario estirando los
brazos hacia delante y tomando
el micrófono con la mano
izquierda.
El
público gritaba aún
más y con el comienzo
de la letra de la canción
todo el mundo coreaba al parejo
de LaBrie. De hecho desde mi
lugar apenas escuchaba su voz,
eran tantas las voces a mi alrededor
entonando las estrofas de el
primer tema del nuevo disco
“Black Clouds And Silver Linnings”
que resultaba casi imposible
distinguir la del cantante por
sobre el resto. LaBrie se movía
sin cesar, haciendo gestos siniestros
que acompañaban el contenido
del tema y estirando el micrófono
hacia la multitud enardecida
que cantaba. ¿Cómo
describirles ese momento? No
tengo palabras, porque el tropel
de sensaciones que vivíamos
en ese momento no tiene descripción.
Mirábamos atontados a
todos lados, tan pronto al solo
de guitarra de Petrucci, o al
de teclado de Rudess o a las
carreras de LaBrie por todo
el escenario y era demasiado
real como para creérselo.
Yurian se aferraba a mi brazo
izquierdo y me atenazaba el
bíceps de manera frenética,
al punto de que me dolía.
La banda hacía gala de
una de sus virtudes: el hecho
de reproducir en vivo hasta
el último detalles de
las ejecuciones de estudio.
La canción, con alrededor
de 17 minutos de duración
transcurría como si estuvieras
escuchando el CD con un background
de casi 3000 frenéticos
fans vociferando sin cesar.
En la pantalla al fondo se alternaban
las tomas de cámara de
los músicos con escenas
aludiendo el contenido de las
estrofas que LaBrie cantaba
con su peculiar manera de dar
las notas altas sacando la lengua.
La adrenalina corría
por nuestras venas sin piedad,
haciendo el momento único
e irrepetible. Casi sin percatarnos
el tema llegó a los acordes
finales y cuando Portnoy golpeó
sus tambores por última
vez se apagaron las luces, se
encendieron otras de color amarillento
que alumbraron la escena con
un color casi irreal, y bajo
una atronadora lluvia de interminables
aplausos Petrucci se adelantó,
colocó su pierna izquierda
sobre la “referencia” de metal
y empezó “A Rite Of Passage”.
Además
de ser el segundo tema del nuevo
CD “Black Clouds And Silver
Linnings” esta canción
es una de las más conocidas
del grupo en este momento, por
dos razones: una es la que más
se acerca al estilo de hit de
radio, cosa que es bastante
poco usual en ellos debido a
lo complejo de los temas y de
la longitud de los mismos, y
por otro lado es el primer single
del CD además de tener
un video clip muy bueno que
está colgado en www.youtube.com
desde hace como 3 meses. Para
mí es la perfecta saga
de “Forsaken”, también
el segundo tema del CD anterior
“Systematic Chaos” la cual igualmente
es una composición pegajosa
y que constituyó un hit-single
en su momento. Por todas esas
razones, cuando los primeros
armónicos de la canción
se deslizaron entre los dedos
de Petrucci pareció que
los presentes eran inyectados
por otra dosis adicional de
energía. Los adolescentes
a ambos lados de nuestra posición
se abalanzaron hacia delante
moviendo las cabezas y coreando
el nombre de la banda y todo
el que estaba de pie empezó
a saltar y a levantar los brazos.
En ese momento comprendí
que para disfrutar de verdad
de un concierto hay que estar
en las primeras filas, esta
experiencia nada tenía
que ver con la de Iron Maiden
en Ft. Lauderdale, donde disfrutamos
de la presentación desde
un segundo nivel de gradas.
El fervor era tan grande que
yo sudaba mientras cantaba la
letra del tema al tiempo de
que Portnoy azotaba la batería
y cada vez que podía
lanzaba su baqueta izquierda
hacia el público y hacía
un gesto hacia la oscuridad
del escenario para que le lanzaran
otra. La nueva baqueta venía
volando, y cosa impresionante,
el músico la atrapaba
al vuelo y seguía tocando
como si nada pasara. Esto lo
repitió a lo largo del
tema como 5 ó 6 veces,
y la última vez cuando
le lanzaron la baqueta erró
al tratar de atraparla y la
misma cayó fuera de su
alcance. Ni corto ni perezoso,
y ante mi atónita mirada
y tras una algarabía
adicional del público
que se percató del suceso,
el músico siguió
tocando, con una baqueta y con
la otra mano desnuda, y después
de un par de redobles, hizo
un gesto y otra baqueta llegó
volando, aterrizando felizmente
en su mano izquierda. Por supuesto
que las primeras filas recibieron
la “hazaña” de su ídolo
con una ensordecedora exclamación
que se levantó incluso
por encima del sonido del solo
que en ese momento Petrucci
nos regalaba colocando ambas
manos sobre el brazo de su guitarra
(una nueva y exquisita producción
de Ernie Ball específicamente
diseñada para el músico
y llamada “The JP Ball Family
Reserve”, modelo de 7 cuerdas)
y haciendo una técnica
de finger-tap a gran velocidad,
al tiempo que con cierta intermitencia
cambiaba la mano derecha hacia
la palanca de distortion y la
giraba hacia atrás, para
soltarla nuevamente y volver
a la posición anterior.
LaBrie aparecía y desaparecía
en los momentos en que la música
era puramente instrumental,
siempre regresando con gran
energía y con una actitud
extremadamente alegre y de comunicación
con el público mediante
gestos y movimientos de los
brazos, los cuales inflamaban
más aún a los
fans. ¿Se acuerdan del
dominicano que me encontré
cuando recogí los tickets?
Pues estaba en primera fila,
con todos sus hijos y su mujer,
y bailaba y saltaba como si
fuera un niño al ritmo
de los riffs de guitarra y de
la aplastante combinación
del bajo de Myung con el bombo
de Portnoy. La música
de Dream Theater definitivamente
se había enseñoreado
del lugar, incluso los miembros
del staff del teatro, todos
ataviados de azul y negro, y
de espaldas al escenario cuidando
el orden, no podían menos
que seguir el ritmo de la música
con movimientos de cabeza. Poco
a poco sin apenas darnos cuenta
el tema fue cayendo en una cadencia
más lenta y se fue desvaneciendo
hasta que todos los instrumentos
se acallaron y solo quedó
Petrucci en el escenario mientras
el resto de la banda desaparecía
tras las columnas de amplificación.
Las luces cambiaron, se hizo
una oscuridad casi total y solo
una luz rojiza concentró
su potente haz sobre la figura
de Petrucci, que se movió
un poco hacia el centro del
escenario y comenzó a
ejecutar un melódico
Intro desconocido para todos
los presentes allí (Tengan
en cuenta que este fue el primer
concierto de la gira, así
que nadie sospechaba lo que
iba a ser tocado por el grupo).
Poco
a poco el público se
fue acallando, concentrado en
tratar de adivinar qué
estaba siendo tocado por el
guitarrista, o preludio a qué
era esa preciosa melodía
que salía de aquella
guitarra con tanta naturalidad.
En ese momento pensé
“Coño, como se me parece
esto al Intro de “Hollow Years”
en la gira del Train Of Thought,
¿no será un invento
nuevo para despistar antes de
esa misma canción?”.
Medio minuto después
celebraba mi intuición.
Sin que el solo de guitarra
terminara los músicos
fueron regresando poco a poco,
y LaBrie salió a la escena
con una silla que colocó
en el centro del escenario.
Inmediatamente que se sentó
la melodía que entonaba
Petrucci cambió y comenzaron
a fluir las claras notas de
“Hollow Years”. El público
que se había mantenido
tranquilo, extasiado tratando
de adivinar, explotó
en una ovación, se encendieron
unas tenues luces azuladas y
a través de la pantalla
comenzaron a desfilar las escenas
del conocido video clip de la
canción. Ese es un tema
precioso, que aparece originalmente
en el album “Falling Into Infinity”
y durante sus casi 6 minutos
de duración toda la multitud
cantó coreando el estribillo
entonado por LaBrie, el cual
se mantuvo cantando sentado
hasta el final haciendo gala
de muy buen dominio vocal y
de impecable técnica.
Por primera vez en la noche
su voz dominó los ámbitos
del teatro dejándose
escuchar con claridad, mientras
los presentes se tomaban de
las manos en las primeras filas
y levantándolas al aire
las movían al ritmo cadencioso
de la música que se iba
apagando. A medida que se perdían
los sonidos quedaba nuevamente
la guitarra como máxima
protagonista y Petrucci concluyó
el tema con unos acordes bien
suaves que sirvieron de antesala
a lo que estaba por suceder.
Todo
el teatro quedó repentinamente
a oscuras y un cono lumínico
se concentró esta vez
sobre los teclados de Jordan
Rudess. Sin nadie haberse dado
cuenta inmediatamente detrás
del teclado giratorio del músico
había sido colocada una
pantalla en forma de televisor,
de aproximadamente unas 40 pulgadas
más o menos, que en ese
preciso instante se encendió,
dejando ver las imágenes
de un dibujo animado en el cual
se mostraba a un mago, con una
barba blanca similar a la de
Jordan Rudess, con un sombrero
puntiagudo en su cabeza al estilo
de los más auténticos
magos de los sueños infantiles,
vestido con una túnica
y rodeado de varios teclados,
que se movía al unísono
del músico y tocaba los
teclados a su alrededor. El
público aplaudió
divertido mientras Jordan comenzaba
a tocar un solo de teclado de
esos apocalípticos en
los cuales no se le ven las
manos y por instantes uno no
sabe si es un teclado o una
guitarra lo que está
escuchando. La melodía
se alternaba desde el más
puro sonido pianístico
hasta el clásico performance
de sintetizador, todo ello adornado
por el estilo particular de
Rudess. De repente el músico
dejó de tocar y miró
hacia la pantalla del televisor,
donde el dibujo animado que
hasta el momento había
estado imitando sus movimientos
también cesó de
moverse. Entonces Rudess ejecutó
un pequeño conjunto de
notas y se detuvo, y cual no
sería nuestra sorpresa
al ver que el dibujo animado
del televisor le replicó
moviendo sus manos sobre los
teclados en la pantalla y tocando
una melodía parecida
a la que el músico había
acabado de ofrecer. Nuevamente
Rudess tocó sus teclados,
haciendo esta vez un solo un
poco más largo y complicado,
y al concluir levantó
ambas manos… ¡y el muñeco
le ripostó con su propia
versión desde la pantalla
del televisor!, mientras los
presentes aplaudían entre
carcajadas. Este espectáculo
duró unos 5 minutos en
los cuales el teclista fue complicando
aún más sus notas
de solo en solo y el dibujo
animado le imitaba mientras
el músico mostraba sus
manos y se movía fuera
del teclado para que el público
viera que no era él en
ese momento el que estaba tocando,
hasta que cuando hizo el último
fue tan pero tan complejo que
al terminar, cuando miró
a su mago-réplica, este
se encogió de hombros
desde el televisor y en lugar
de imitarlo tocó los
acordes finales un Charleston.
Todo el teatro estalló
en risas, aplausos y vítores,
y de la nada surgieron el resto
de los músicos. Danzaron
las luces multicolores ante
nuestros ojos, Portnoy contó
hasta tres golpeando uno de
los platillos y arrancó
“Erotomanía”.
Realmente
yo no me esperaba escuchar ese
tema instrumental que se remonta
al año 1994, allá
por la gloriosa época
de “Awake”. Y de hecho era la
primera vez que escuchaba ese
tema tocado por Jordan Rudess
después del año
1999, cuando la famosa gira
del “Metropolis II: Scenes From
A Memory”. Todo el que se había
sentado para presenciar la pantomima
de Rudess y su oponente animado
se levantó como un resorte
cuando la música de “Erotomanía”
comenzó, con la cadencia
de jazz permeada por la guitarra
con que se inicia la canción.
La pausa había servido
para relajarse, y ahora, pasada
la emoción inicial ya
uno disfrutaba y degustaba cada
nota con la emoción de
saberse en ese lugar, en ese
momento, asistiendo a una presentación
espectacular. El sonido nuevamente
taladraba los oídos y
los músicos tocaban el
tema añadiendo ligeras
variaciones a la melodía
que hacían que el público
gritara aún más
al percatarse. LaBrie salió
a la escena (ya casi nos había
olvidado de él) y saludó
a los presentes gritando “¡Buenas
noches Miami, es fantástico
estar aquí hoy con Uds!”,
exclamación que fue acogida
con un aumento de medio decibel
en la alegría de los
fans mientras la banda empalmaba
el final de “Erotomanía”
con el comienzo de “Voices”
tal cual aparecen originalmente
en el CD. Hacía mucho
rato que habían desaparecido
mis apremiantes deseos de orinar,
me imagino que desbordados por
la alegría que nos dominaba
en esos momentos. Las luces
cambiaban de color, sincronizadas
ahora al bombo de Portnoy y
LaBrie cantaba en un tono bajo
las primeras estrofas de la
canción que eran coreadas
por todo el mundo, para después
dar paso un pasaje en que el
tono subía repentinamente
y nuevamente su voz se hacía
escuchar por encima del sonido
de la música y del público.
Y por otro lado Petrucci era
el centro de atención
de la mayoría de los
presentes, pues su manera de
tocar un tanto excéntrica,
unida al protagonismo de su
instrumento, hacían que
se “robara el show” la mayor
parte del tiempo, y sus solos
estaban llenos de nuevos arpegios
y melodías diferentes
a las originales, que adornaban
la canción con un aire
diferente. La música
sonaba tal cual uno la había
siempre oído y visto
en los DVDs: impecable, sin
un fallo, sin una nota salida
de lugar con una completa sincronización
de tiempo y un sonido irreprochable.
Casi sin darnos cuenta el tema
llegó a su final y culminó
con una variación del
original concluida con un semi-solo
de batería de Portnoy
de solo un minuto de duración.
El público ovacionó
de lo lindo, mientras en las
pantallas traseras se veía
la imagen de la carátula
del CD de “Awake”.
Un
utility salió de la oscuridad
y le entregó a Petrucci
una nueva guitarra, mientras
se llevaba la anterior. Inmediatamente
LaBrie tomó el micrófono
y anunció: “¡El
tema que viene a continuación
lo vamos a tocar por primera
vez en nuestra carrera en vivo!
¡Espero que lo canten
conmigo!” y concluyendo de decir
esto las pantallas se encendieron
y unas imágenes de un
niño seguido de un elefante
con un pincel en la trompa comenzaron
a desfilar por ellas, en alegoría
a los elementos que componen
la carátula del nuevo
CD del grupo. Petrucci se adelantó
una vez más hacia el
centro del escenario y comenzó
a rasgar su guitarra con las
notas del último tema
del nuevo album “The Count Of
Tuscany”. Este tema es el más
largo y épico de su último
trabajo, rozando los 19 minutos.
Quizás algunos de Uds.
cuando lean esta crónica
(que ya se ha tornado demasiado
extensa, en parte por ser un
concierto de cuatro bandas y
en parte por mi obsesión
de darles detalles para tratar
de que comprendan y puedan vivir
un instante de nuestra experiencia)
no hayan aún escuchado
esta canción. Para mí
es la mejor composición
del disco, y la más progresiva,
una pieza musical de gran envergadura,
majestuosa, llena de detalles,
con un toque ambiental pletórico
llevado por las teclas más
intimistas y geniales, muy al
estilo de “A Change Of Seasons”.
Al mismo tiempo es una canción
muy hermosa, donde nuevamente
se notan los juegos de voces
entre LaBrie y Portnoy; y todo
el tiempo está llena
de matices musicales, por momentos
tiene la huella de Pink Floyd
en sus partes psicodélicas,
con cambios de ritmo, de partes
más heavys a las partes
más suaves y en otras
acústicas, con un épico
Gran-Finale matizado por un
excelente solo. ¿Describirles
cómo fueron esos 19 minutos?
Imposible, me tomaría
una hora. Baste decir que quizás
por ser un tema nuevo la mayoría
no estaba muy familiarizado
con la letra, y en determinados
momentos de la canción
Yurian y yo cantábamos
tomados de las manos y algún
que otro fan nos miraba de reojo
quizás pensando: “¿Y
estos dos que tanto cantan,
de dónde conocen este
tema?”. La canción fue
interpretada de manera magistral
por la banda y concluyó
de manera apoteósica,
con una lluvia atronadora de
aplausos que no cesaban mientras
los músicos se despedían
y desparecían. El público
seguía de pie, aplaudiendo,
gritando el nombre del grupo
y pidiendo más, como
si solo hubieran tocado 10 minutos.
Ya la ovación llevaba
más de 5 minutos sin
acallarse, e incluso las luces
se habían apagado y los
fans seguían vitoreando.
Recuerdo que el dije a Yurian:
“Si regresan a tocar, van a
tocar “Metropolis””. Y como
si me estuvieran escuchando,
aún con las luces apagadas
empezaron a sonar los acordes
de teclado del famosísimo
tema.
Todo
el escenario se iluminó,
y ahí teníamos
de nuevo a los 5 músicos,
esta vez interpretando una de
las piezas más conocidas
y tocadas de su carrera. “Metropolis”
no necesita presentación,
todos la hemos escuchado más
de una vez y la hemos venerado
como una composición
magistral. Si durante todo el
concierto el público
estuvo de pie, gritando y cantando,
cuando comenzó este tema
los niveles de excitación
de la gente llegaron a niveles
increíbles. A mi lado
había un señor
de unos 45 años que lloraba
mientras tarareaba el tema.
Frente a mí dos gordos
de más de 250 libras
se abrazaron y cantaban sin
cesar, a pesar de que probablemente
no se conocieran de antes. Y
yo miré a mí alrededor
y traté de grabarme la
imagen del momento en lo más
profundo de mi memoria: sabía
que ese era el último
tema de la noche y que después
que concluyera sería
como haber vivido un sueño,
y no quería despertarme.
En medio de la canción,
en la consabida parte instrumental
del solo de bajo, John Myung
se adelantó junto a Petrucci
al centro del escenario, y con
impecable limpieza tocó
su parte, pero después
de eso Petrucci se quedó
en el centro y Jordan Rudess
se le unió, portando
una especie de teclado en forma
de guitarra, con un brazo y
una correa que colgaban de su
cuello y las teclas delante
de sus manos. Y ahí comenzó
una batalla entre los dos instrumentistas,
mientras el resto de la banda
los acompañaba y LaBrie
desde una esquina animaba a
ambos músicos como en
una competición de lucha
o boxeo. Los solos de ambos
fueron bestiales, y el público
los coreó de lo lindo
hasta que finalmente, después
de casi 5 minutos, Rudess retornó
a su puesto, y a una seña
de LaBrie la banda retomó
la cadencia donde habían
abandonado el tema para continuarlo
en medio de una andanada de
vítores y finalmente
concluirlo en un frenesí
de sonidos y luces culminado
con un redoble de Portnoy. El
paroxismo del teatro no tenía
límites. Todas las luces
se encendieron al mismo tiempo
y los músicos caminaron
hasta el mismo borde del stage
para saludar a los fans, y lanzar
a las manos que se alzaban por
doquier, baquetas, uñas
de guitarra y bajo y hasta el
mismo pañuelo que Portnoy
llevaba anudado al pelo. El
aplauso duró más
de 10 minutos en los cuales
la banda no cesó de saludar
y de hacer reverencias. Mike
Portnoy se encaramó sobre
la “referencia” de Petrucci
y tomó un micrófono
para agradecer al público
por la acogida tan especial
y prometer regresar en la próxima
gira. Los cinco músicos
se abrazaron, hicieron una última
reverencia y desaparecieron
bajo un diluvio de aclamaciones.
Pasaron otros 5 minutos para
que los últimos murmullos
de los aplausos se acallaran
y el público comenzara
a desfilar hacia la salida.
Dream
Theater es una de esas bandas
únicas, de las que todo
el mundo tiene una opinión
muy distinta. Algunos piensan
que su música es aburrida,
y otros sin embargo piensan
todo lo contrario, los alaban
como un grupo de culto. En mi
opinión, como testigo
presencial de este concierto,
después de más
de 15 años siguiendo
sus discos y sus videos, son
únicos en su género
y reyes indiscutibles de la
mejor música que se hace
hoy día dentro del metal
y sus vertientes cercanas. Sus
composiciones fruto de la capacidad
de cinco músicos sobresalientes,
unidos a cinco mentes distintas
trabajando a la par, comandadas
por el batería Mike Portnoy,
la guitarra de Petrucci y las
teclas de Jordan Rudess tiene
unas dosis de sensaciones y
magnetismo insuperables, enganchan
y dejan un sabor y un éxtasis
difícil de superar por
muchos grupos del entorno. Quizás
no lleguen nunca a las grandilocuentes
ventas de Iron Maiden (mi otra
banda de culto), quizás
nunca sean reconocidos al nivel
que realmente tienen, pues como
dice un amigo mío, su
principal virtud es también
su principal defecto: son demasiado
buenos, y por ello su música
no es música de multitudes
como la de AC/DC ó Bullet
For My Valentine. Pero sí
puedo asegurarles que verlos
tocar es una experiencia increíble
y ojalá esta crónica
les haya al menos trasmitido
un 5% de lo que nosotros vivimos
ese día y que nunca olvidaremos.
Nos vemos en el próximo
concierto (cuya crónica
se seguro va a ser más
breve, ¿verdad?). Un
abrazo a todos.
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