Progressive Nation

Textos y Fotos por: Joel Barrios Méndez
corresponsal exclusivo de: El Punto Ge

Llegamos al área de Miami Beach donde estaba ubicado el teatro Jackie Gleason alrededor de las 6:00 de la tarde del viernes. Fue bastante fácil el viaje, pues el lugar es relativamente cerca de nuestra casa, a pesar de que el dichoso GPS de mi suegra nos desorientó un poco indicándonos un giro a la derecha cuando el teatro estaba delante de nuestras narices, pero a la izquierda. Finalmente, después de 10 minutos dando vueltas por las cuadras aledañas logramos parquear en un parqueo irónicamente al lado del teatro, cruzando la calle. Estábamos nerviosos, pues Miami Beach no es igual que Fort Lauderdale, allí la gente anda en profusión por las calles y conducir requiere un cuidado extra para no golpear a un peatón.

Así pues cruzamos la calle y nos encaminamos a un lateral del teatro, donde se veía un cartel que rezaba "Box Office". No les he comentado que yo compré ambos tickets en la Internet, en un paquete que incluía el ticket, un poster autografiado, 1 T-Shirt, 1 bandana del grupo, una gorra y una revista con detalles de toda la gira. Pero asimismo, por ser tickets de primera fila y por estar incluidos en un paquete especial tenían dos características: la número uno es que me costaron 193 dólares cada ticket. Y la número dos es que esos tickets no se envían por correo, sino que los recoges en el mismo lugar donde se va a efectuar el concierto en una ventanilla especial que se llama WILL CALL. Así que tenía forzosamente que averiguar donde estaban esas ventanillas y por ello nos dirigimos a la entrada lateral.

Inmediatamente que entramos a nuestra derecha divisamos las dos ventanilla de WILL CALL, una para los tickets de las personas con apellidos de la A a la L (mi caso) y otra para los apellidos de la L a la Z. Nos encaminamos a la primera y esperamos por un señor que estaba recibiendo sus tickets en ese momento. Por la manera de hablar inglés del señor me di cuenta que provenía de un país de habla hispana, y efectivamente cuando la miembro del staff del teatro del otro lado de la ventanilla le interrogó acerca de su dirección personal el hombre dió una dirección de República Dominicana. E inmediatamente le dijo a la señora que su paquete era un Meet And Greet (El más caro de todas las ofertas, incluyendo una extrevista con la banda, regalos autografiados por ello mismos y demás). No pude evitar una exclamación de aprobación, y el hombre se volteó hacia mí y me dijo en su inglés chapurreado: "Sí, esta es como la tercera o cuarta vez, a mis hijos les gusta demasiado Dream Theater, y mañana nos vamos para Orlando, para asistir también al concierto de Orlando, es un montón de dinero pero es lo que ellos quieren". Ni corto ni perezoso le pregunté "Y cuántos hijos tiene?" y me respondió con una sonrisa: "4 varones y una hembra y todos son músicos adolescentes, más mi esposa y yo". Le deseé suerte mientras mentalmente sacaba la cuenta de que el Meet And Greet costaba 358 dólares por persona, así que ese señor había gastado alrededor de 2200 dólares en ese concierto. Me acerqué a la ventanilla y proporcioné mi nombre y enseguida tuve mis dos tickets en la mano. Así las cosas el reloj marcaba las 6:20 p.m. y nos fuimos a recorrer un poco las calles de Miami Beach, específicamente Lincoln Road que es una especie de bulevar como el de Obispo en la Habana Vieja, pero multiplicado por 100, para hacer tiempo de que llegaran las 7:00 de la noche. Después de caminar un rato y tomarme par de cervezas decidimos regresar al teatro para no perdernos el comienzo, pero al llegar la el reloj ubicado en un edificio gigantesco al cruzar la calle indicaba las 7:05 p.m. Apresuramos el paso y pasamos bajo el umbral del teatro donde nos escannearon el código de barras de los tickets y nos invitaron amablemente a pasar.

La primera de las bandas programadas para tocar esa noche, Scale The Summit ya estaba sonando traspasamos la entrada, pero nos entretuvimos un poco mirando a nuestro alrededor en un lugar nuevo para nosotros y fijamos nuestra atención también en el merchandising de Dream Theater y las demás bandas que se mostraba en unas mesas a la izquierda de la entrada. La música se escuchaba claramente, pero como no conozco el repertorio de esa novel banda no podía distinguir desde mi posición si era música grabada o un grupo tocando en vivo. El lobby del teatro estaba lleno de personas que se movían de un lugar a otro, la mayoría vistiendo los consabidos T-Shirts de Dream Theater o Zappa Plays Zappa, los mismos que aparecían a la venta en los mencionados stands. La temperatura era baja, de hecho la sensación inmediata al entrar era de un frío extremo, pues el cambio comparado con el calor de las calles de Miami Beach era bastante grande. Después de echar un vistazo a todos los anuncios que colgaban de las paredes promocionando los futuros conciertos nos decidimos a entrar en el corazón del Jackie Gleason Theater y miré mis tickets para cerciorarme del lugar hacia donde debía dirigirme.

Mis asientos eran en la fila B, el 107 y el 108, en la sección Orchestra Center. Como no me pude orientar completamente por las señalizaciones que adornaban las paredes le pregunté a una de las personas del staff del teatro, una mujer ya entrada en años que me indicó con amabilidad en un perfecto inglés hacia donde ir. Así que nos dirigimos por una rampa alfombrada hacia la izquierda y doblamos de nuevo a la izquierda para ir subiendo por otra, lentamente acercándonos a una boca oscura desde la cual se escapaba el sonido de la música que vagamente habíamos estado oyendo antes.

Inmediatamente que penetramos en la entrada del salón principal del teatro dejamos de escuchar cualquier sonido a nuestro alrededor que no fuera la música. El volumen era algo que no esperábamos y les confieso que nunca en mis 35 años había escuchado algo tan atronador. Una muy amable acomodadora surgió de la nada ante nuestros ojos que aún se estaban acomodando a la penumbra circundante y nos condujo a nuestra posición. Estábamos tan desconcertados por el sonido, la oscuridad y la dificultad para seguirle los pasos a la persona que nos estaba ubicando dentro de las sombras, que ni por un instante se me ocurrió mirar hacia el stage. Cuando finalmente quedamos acomodados nos percatamos de que estábamos en la tercera fila, separados solo por unos escasos 4 metros del escenario. No podíamos comunicarnos sino por señas, pues la música debordaba los ámbitos del teatro y taladraba nuestros oídos sin misericordia. El redoble del doble bombo del baterista me golpeaba en el estómago como si fuera a mi abdomen al que le estuvieran dando en lugar de a la bateria. Ya un poco más ubicados concentramos nuestra atención en el escenario.

El stage tenía proximadamente unos 30 metros de ancho y la forma de un clásico escenario de un teatro. Unos 10 metros detrás del borde colgaba una tela negra gigante, que hacía las veces de fondo. Pero ya habiendo estado anteriormente en el concierto de Iron Maiden adiviné que detrás de esa tela debía de estar montada la infraestructura instrumental de Dream Theater y que del lienzo hacia adelante era el espacio destinado para las bandas acompañantes. Sobre el escenario los chicos de Scale The Summit regalaban una disertación de sus mejores temas (completamente desconocidos para mí), la mayoría tomados de su último album llamado Carving Desert Canyons. Eran 4 chicos muy jóvenes (Chris Letchford – 8 string guitar, Jordan Eberhardt – bass, Pat Skeffington – drums, percussion, Travis Levrier – 7 string guitar) oriundos de Texas segun supe después y con dos CDs en el mercado, el ya mencionado y otro anterior llamado Monument. Su música es completamente instrumental y muestra claras influencias de Dream Theater con referencias obvias a las secciones instrumentales de bandas más extremas como Cynic y Death. A los 2 minutos de haber llegado se terminó ese tema y el bajista que hacía las veces de frontman anunció el siguiente, llamado City In The Sky. Y de nuevo nos vimos sumergidos en una onda sonora gigante y aplastante. Por un momento me pregunté si mis oídos aguantarían tanto nivel de decibeles, y por cuanto tiempo. La música era buena y sonaba bien empalmada, incluso a pesar de que no la habíamos degustado antes, pero el sonido estaba demasiado alto. Tras ese tema cayeron dos más Age Of The Tide y The Great Plains y finalmente los chicos se despidieron de la audiencia, que todavía no era muy grande pero que los premió con un caluroso aplauso. Las luces se encendieron y nuestros oídos tomaron un respiro.

En ese momento aprovechamos para echar una ojeada al teatro a nuestras espaldas. El lugar no era tan pequeño como parecía, y constaba de una planta baja y de una alta, con una capacidad casi segura de más de 2000 personas. Y mientras yo tomaba algunas fotografías, un grupo completo de utilities se llevaban del escenario todos los instrumentos usados por la banda anterior y los sustituían por otros nuevos. Me llamó la atención que colocaran dos teclados de manera perpendicular al público, uno frente al otro, separados por unos 70 cm. Ambos teclados estaban embutidos en unas carcasas de madera que remedaban de alguna manera antiguos pianos de la época de los 70. Nos resultó gracioso y me pareció que dejaban traslucir una actitud que estábamos a punto de descubrir.

Un escaso par de minutos después se apagaron las luces, se encendieron otras color azul y amarillo y los miembros de Bigelf salieron a la escena. De repente me pareció estar contemplando un concierto de los mismísimos años 70, de estar teletransportado a esa época de Joplin, Mountain y Zeppelin. Los Bigelf son una banda de rock psicodélico progresivo con bastantes dosis de hard rock, y forman parte de la escena del rock n' roll desde el año 1991. Pero su actitud en escena y su vestuario bien pudiera ubicarse en los principios de los 70. El vocalista y tecladista Damon Fox, que fue inmediatamente a ocupar su lugar entre los dos teclados retro que me habían llamado la atención vestía un pantalón de cuero ajustado y acampanado en los bajos, una camisa negra con el nombre de la banda en el pecho sobre la cual descansaba un chaleco oscuro, un crucifijo colgado del cuello, junto a una bufanda que le llegaba hasta la cintura, un alto sombrero de copa a lo Sherlock Holmes y lucía una barba que le habría dado envidia al mismísimo Einstein al mismo tiempo que un profuso bigote y que el pelo largo le caía sobre los hombros. En sus ojos tenía una mirada ajena, que si no hubiera estado cantando delante de mi con la energía que lo hacía diría que estaba bajo los efectos del opio u algún otro alucinógeno. A su derecha estaba el bajista Richard Anton, un rubio que tocaba a la zurda, vestido igualmente de negro y retro con un chaleco de cuero carmelita sobre la ropa, otro crucifijo de madera, barba, bigote y pelo largo por demás. No cesaba de moverse en un espacio reducido y de golpear el bajo con la mano siniestra mientras la música de la banda iba tomando la escena de manera progresiva, como en una especie de encanto, que nada tenía que ver con el sonido ensordecedor de la banda anterior. El guitarrista Butler-Jones, a la derecha del cantante, estaba ataviado de la misma manera, solo que con una camisa estampada y con parecido físico bastante grande con Zakk Wylde, sobre todo en la época de en que este último tocaba solamente en Ozzy, allá por los mediados de los 90. Era imposible ver al baterista, pues Damon Fox y sus dos pianos cubrían por completo el espacio visual delante de donde estaba colocada la batería. La música de la banda, en un ámbito psycho - doom con elementos progresivos se había dueñado del teatro y todos los presentes observaban con atención el show, como fascinados por la entrada a la escena de unos músicos que nada tenían que ver con los anteriores muchachos vestidos con jeans y T-Shirts. Yo estaba en éxtasis, repito, me parecía estar asistiendo a una ocurrencia espacio-temporal de un concierto de Black Sabbath o Three Dog Night.

Y así, casi sin darnos cuenta fueron cayendo, tema tras tema los principales números de su último CD titulado Cheat The Gallows. La audiencia no cesaba de aplaudir tras cada tema y los músicos arrancaban con otra canción más subida de tono que la anterior. El vocalista lanzó el sombrero a un lado y cantaba aferrándose al micrófono como tratando de arrancar las notas de cada frase de lo más profundo de su garganta. Bigelf, en ese tiempo de media hora en qu duró su presentación fueron dueños y señores de la escena, y una cerrada ovación de más de 3 minutos los despidió al terminar su set list.

Todavía resonaban en nuestros oídos las últimas notas del tema final Bigelf y en nuestros ojos la fuerza visual de su espectáculo cuando se encendieron las luces. Fue como salir de una ensoñación temporal. Ya estábamos de nuevo sentados en un teatro en el año 2009, y no en la primera fila de un concierto de la época en que nuestros padres eran adolescentes. Les confieso que de buena gana me hubiera quedado escuchando más música de Bigelf si me hubieran preguntado mi opinión. Pero por otra parte estábamos ansiosos de que Dream Theater saliera al escenario, por lo tanto era lógico que su presentación no se prolongara más. Mientras los utilities del teatro se afanaban como hormigas sobre los instrumentos colocados previamente en el stage, y movían y cambiaban todo con metódica precisión, nosotros nos fuimos a estirar un poco los pies al lobby del teatro, y de paso a comer algo, pues nuestros estómagos ya estaban empezando a protestar. Así que nos unimos a la miríada de personas que salía hacia el exterior, algunos hacia los baños a evacuar sus esfínteres y otros en la misma búsqueda que nosotros.

Diez ó quince minutos después, con un vaso de Coca-Cola (desafortunadamente no encontré té en ninguno de las áreas de venta de comida), un vaso de cartón cuadrado lleno de rositas de maíz y un hot-dog en la otra mano, regresamos a nuestros asientos y nos arrellanamos en ellos dispuestos a ver qué más tenía el espectáculo que ofrecernos antes de que la esperada agrupación de Long Island saliera a la escena. El teatro estaba mucho más lleno, y me llamó poderosamente la atención el hecho de que colocaran en el escenario, en el extremo izquierdo, pero en un segundo plano, un poco detrás de un teclado que se alzaba justo delante, un set de percusión con tambores y un instrumento musical semejante a la marimba. Me pregunté si era algo que fuera a utilizar alguno de los miembros de Zappa Play Zappa o algo destinado para la presentación de Dream Theater. Pronto iba a tener la respuesta.

Las luces volvieron a apagarse. El público comenzó a chiflar y los músicos de Zappa Play Zappa fueron saliendo a la escena. Todos vestían de manera informal, muy semejante al atuendo de los primeros chicos Scale The Summit. Para aquellos que no lo saben Zappa Plays Zappa no es más que un proyecto llevado a cabo por Dweezil Zappa, guitarrista e hijo mayor del famoso músico ya fallecido Frank Zappa, para divulgar la música escrita por su padre, fundamentalmente aquella orientada al rock n’ roll, durante el intervalo de años del 1960 al 1980. Frank Zappa fue un música increíblemente talentoso y con un sinúmero de discos, además de estar siempre rodeado de músicos acompañantes de gran calidad y de tener un típico sentido del humor que volcaba en sus composiciones. La banda está compuesta por Dweezil Zappa - guitar, Scheila Gonzalez - saxophone, flute, keyboards and vocals, Pete Griffin - bass, Billy Hulting - marimba, mallets and percussions, Jamie Kime - guitar , Joe Travers - drums and vocals y Ben Thomas - lead vocals . Pero cuando los músicos salieron a la escena el teclado y el set de percussion quedaron vacíos, solo teníamos ante nosotros a 4 intrumentistas, pues tampoco el cantante se veía por ningún lado. Así las cosas Dweezil Zappa se acercó al micrófono y saludó al público, después de disculparse un poco por la demora, palabras que se vieron reciprocadas con un aplauso y enseguida anunció el primer tema: Apostrophe. Y la música arrancó.

Apostrophe es un tema del disco de Frank Zappa del mismo nombre, y es un tema instrumental. La música fluía con un perfecto emsemble a través de los altavoces, con un sonido adecuado y una precisión increíble. Dweezil estaba ubicado en el centro del escenario, y disfrutaba del show atento a la ejecución de los músicos al mismo tiempo que arrancaba las notas de su guitarra con maestría y naturalidad. Pete Griffin el bajista era el único miembro de la banda que se movía sin cesar, moviendo la cabeza y su corta melena constantemente, siguiendo el ritmo de lo que estaba tocando. Y a pesar de estar relegado a un segundo plano, desde el cual se le veía bien, Joe Travers el baterista aporraba la batería de manera que parecía que se iba a desarmar, y llamaba poderosamente la atención por la fuerza con que lo hacía, considerando que su físico denotaba unos casi 50 años. Casi sin darnos cuenta el tema concluyó de repente y el resto de los músicos salió a la escena seguidos de una ovación. Sheila González se colocó tras los teclados, Billy Hunting tomó su puesto y sin anuncio previo comenzó a sonar el segundo tema: Montana. Y entonces me di cuenta de que éramos realmente afortunados ese día: estábamos presenciando un espectáculo fenomenal.

Los música había subido de nivel y con ella el nivel de adrenalina de todos los que estábamos presentes. La banda dominada el escenario completamente, y la voz de Ben Thomas se dejaba escuchar por encima del sonido de sus compañeros. El teclado adornaba el sonido de hard – rock mezclado con jazz que en ese momento ejecutaban los músicos, y los solos de Dweezil tenían tal armonía y limpieza que hubieran hecho palidecer a su propio padre. La batería sonaba llena de contratiempos haciendo una perfecta mezcla con el bajo, cuyo dueño no se detenía ni un instante, y la guitarra acompañante superponía su sonido en una capa intermedia adornando la melodía, mientras Billy Hunting arrancaba sonidos diversos de su set, tan pronto de tumbadora como de marimba. Miré hacia delante fijamente, tratando de abarcar todo el escenario y me pregunté cómo podría describir lo que estaba viendo, qué palabras podría usar para transportar a mis amigos a esa experiencia. La banda disfrutaba de la alegría de los presentes y se notaba que trataban de dar lo mejor de ellos en el escenario. Poco a poco fueron cayendo temas como: Uncle Remus, Joe’s Garage, Brown Shoes y algunos otros, todos ejemplos importantes de la creación de Frank Zappa y todos perfectamente ejecutados por los músicos, al tiempo que el público gritaba y vitoreaba cada vez más al final de cada canción. Después de unos 60 minutos Dweezil anunció el último tema: Willie The Pimp.

El grupo comenzó a tocar y la gente se paró de sus asientos y comenzó a cantar y a aplaudir al ritmo de la canción. Se podía respirar en el aire la alegría y el éxtasis de los presentes, y nosotros, sin ser unos conocedores de la música de Zappa, también estábamos de pie y seguíamos el ritmo de la banda, cuyo sonido era cada vez más complejo, coqueteando con el jazz y el soul. Súbitamente la música se detuvo. Dweezil sonrió y señaló hacia el bajo. El bajista comenzó a tocar y la batería lo acompañó durante un par de minutos en los cuales el sonido del bajo se enseñoreaba del momento. Dweezil levantó la mano derecha y el sonido cesó. Entonces señaló hacia Sheila y la muchacha tomó un saxofón y ejecutó un solo de saxo, seguido de un solo de teclado magistral. Nuevamente a una seña de Dweezil se acalló el teclado y el protagonista y director de la escena se volvió hacia la batería. Y Joe Travers, ni corto ni perezoso desplegó toda su energía en un solo de batería de unos dos minutos que me hizo resonar todo el cuerpo, mientras las luces se encendían y se apagaban sincronizadas con el golpear de su doble bombo. Una nueva seña y un nuevo silencio. Le tocó entonces el turno al guitarrista acompañante, que en lugar de un solo complejo prefirió un solo bien melódico con movimientos lentos pero precisos sobre su guitarra. Dweezil abrió los brazos y sin dejar de señalar al guitarrista acompañante miró hacia el percusionista e hizo una seña. Y este hizo sonar los tambores con una mezcla de ritmos caribeños, al mismo tiempo que la guitarra de su compañero de equipo se iba acallando poco a poco, dejando espacio para que los tambores tomaran el protagonismo. Y de pronto, en medio del ritmo que salía de las palmas de Billy, Dweezil Zappa dio un giro en redondo, señalando en un círculo a todos los músicos con su brazo izquierdo a medida que giraba y la música se detuvo. Acto seguido dio un salto y cuando sus pies tocaban nuevamente el piso, la banda completa comenzó de nuevo a tocar, justo en el mismo punto en que se había interrumpido para las ejecuciones individuales. Y el público vociferó de alegría y aplaudió sin cesar, mientras el tema llegaba a su clímax y terminaba con una gran ovación de la multitud. Las luces se encendieron y toda la banda abandonó sus instrumentos para acercarse al borde del escenario, abrazarse y saludar al público que aplaudía enardecido.

Después de más de 5 minutos aplausos y mientras aún teníamos las pupilas dilatadas por la parafernalia visual casi circense desplegada por Dweezil Zappa y sus músicos, la banda se retiró finalmente tras bastidores. Fue como si un hechizo se hubiese desecho al golpe de una vara mágica. Ya estábamos de nuevo en nuestros sitios, y nos quedaba en nuestros sentidos la sensación de haber sido testigos de algo inesperado pero extraordinariamente excitante. Yurian y yo nos miramos como diciéndonos: “Te imaginabas que ibas a presenciar algo así” y casi sin darme cuenta me agradecí subconscientemente el hecho de haber gastado tanto dinero para obtener unos asientos de primera fila, pues realmente la perspectiva desde el sitio en que estábamos sentados era magnífica, y podíamos abarcar con la vista todo el escenario, cosa que hacía la experiencia visual más estremecedora. Todavía temblorosos por el choque visual y la intensidad del show fuimos saliendo poco a poco hacia el pasillo lateral que conducía a las puertas de teatro para estirar un poco los pies mientras los laboriosos utilities, con la precisión matemática de las hormigas, removían todo el instrumental que había sido usado por los músicos anteriores.

Después de caminar alrededor del lobby del teatro, y de liberar nuestros esfínteres previendo el hecho de que la próxima presentación podía ser más prolongada, regresamos a nuestros asientos. Ya no quedaba sobre el escenario ni el más mínimo rastro de la presencia de la banda anterior. Solo el piso desnudo y el omnipresente tapiz negro que colgaba desde el techo eran visibles, tras unas luces mortecinas que iluminaban un poco el stage, permitiendo a los encargados moverse a discreción sin tropezar. De extremo derecho aparecieron dos hombres cargando una plataforma rectangular de metro y medio de largo por alrededor de medio metro de ancho, y la colocaron en el piso, casi al borde del escenario, en la parte derecha. Enseguida de verlos aparecer supe lo que era: el set de efectos y los pedales de la guitarra de Mr. John Petrucci. Y a continuación, como para reafirmar mi suposición otros dos aparecieron llevando a cuestas la ya famosa caja de meta vertical de medio metro de alto, tachonada de protuberancias que desde lejos parecen como remaches y que normalmente por su forma podría suponerse que no es más que un baffle de referencia, pero que en realidad el guitarrista acostumbra a usar para poner el pie izquierdo cuando toca y descansar la guitarra sobre él. Casi simultáneamente desde el lado izquierdo otros dos utilities surgieron de la oscuridad con el set de pedales y efectos del lacónico John Myung, y los colocaron a la izquierda, casi en línea con los de su compañero de 6 cuerdas. Y un tercer hombre apareció desde las sombras con una hoja de papel en la mano, y dirigiéndose al centro del escenario lo pegó en el piso usando una cita adhesiva que sacó de su bolsillo: el listado de temas a tocar esa noche. Mientras todas estas cosas iban aconteciendo el público iba retornando a sus asientos y muchos se acercaban desde atrás para tratar de no perderse un detalle de los preparativos que estaban llevándose a cabo, agolpándose a ambos lados de la zona central de asientos, y acercándose a la barra que separaba el escenario de la primera fila. En su gran mayoría eran chicos jóvenes, todos ataviados sin excepción con los T-Shirts que estaban a la venta en el lobby. El teatro estaba repleto y se podía respirar la expectación de los presentes dentro del murmullo que se hacía audible cada vez que algún utility salía a la escena para ajustar algo o cambiar alguna cosa de posición.

Súbitamente la batería, oculta presumiblemente tras el tapiz negro empezó a sonar, desordenadamente. Un grito de aprobación se alzó desde los asientos, pero no era más que una prueba de sonido del técnico de batería, que continuó por unos 5 minutos. También apareció desde la derecha el técnico de guitarras, un hombre altísimo con una barba blanca y el pelo largo recogido en un moño tras el cuello, con una de las bien conocidas guitarras de Petrucci colgando de su cuello, y después de acercarse a los pedales y pisar alguno, hizo sonar un riff atronador que levantó al público de los asientos con vítores de alegría. El técnico ajustó algunas cosas en la guitarra sin prestar la más mínima atención al ruido que hacían los presentes, y nuevamente desapareció tras la oscuridad. Ya en ese momento estábamos de pie, excitados por la expectativa del casi inminente comienzo, y además porque era la única manera de poder mantener la vista en el escenario: todo el público estaba de pie, aguardando. Inmediatamente comencé a sentir unos tremendos deseos de orinar: los nervios me estaban traicionando. Yurian me dijo: “Muchacho ve al baño, que te da tiempo a regresar” y le contesté: “Ni loco me voy y me pierdo un detalle de lo que está pasando”. Y como si me hubieran estado oyendo de repente una tenue música instrumental empezó a sonar por lo bajo, y sin mucho esfuerzo distinguí los acordes instrumentales de “Lines In The Sand”, pero tocados desde un teclado. Dos ayudantes salieron de ambos lados y tomaron unas telas color plata que habían estado colgando del techo todo el tiempo enrolladas, y que pasaron inadvertidas incluso para nuestros ojos, y las desenrollaron desde abajo, convirtiéndolas de repente en dos lienzos colgantes plateados con los extremos deshilachados y con una profusión de pequeños puntos brillantes en la textura de la tela, como si fueran pequeñísimas estrellas. La música instrumental fue desvaneciéndose dando paso al sonido de la lluvia que caía, y algo en mi subconsciente me dijo: “Yo conozco ese intro”. Una luz blanquecina pero no brillante se encendió detrás del lienzo negro dejando traslucir la vaga silueta de los músicos parados detrás de la tela, con los instrumentos en sus manos y ambos hombres a los lados del escenario se agacharon y tomaron las puntas del lienzo negro con ambas manos, quedándose inmóviles. El sonido de la lluvia se mezcló con el naciente gemir de un teclado, y de repente sucedieron una miríada de cosas en un segundo de tiempo: las luces del escenario se hicieron más y más brillantes al tiempo que ambos hombres tiraban al unísono de la tela, que cayó en un desplomándose al piso; se encendieron unos proyectores a izquierda y derecha, se iluminó todo el stage barrido por un juego de luces multicolor, se iluminó una pantalla gigantesca colocada en el fondo de la escena y con las primeras rugientes notas de “A Night To Remember” la banda apareció y se lanzó hacia adelante.

Lo que sucedió a continuación es imposible de describir, y créanme que nada tiene que ver con el hecho de que haya sido mi primera vez en ir a ver a mi banda favorita. En un parpadeo de ojos, el teatro enloqueció. Creo que nuestras pupilas y todos nuestros sentidos en general recibieron en 5 segundos tanta información visual y auditiva que si cierro los ojos ahora, después de dos semanas de haberlo vivido, la carne se me pone de gallina. El sonido era sencillamente atronador, pero la calidad de la mezcla era increíble, como si ninguno de los grupos anteriores que habíamos visto desfilar hubiera tenido un ingeniero de sonido de verdad. Todo el teatro saltaba, gritaba, levantaba las manos y brincaba de alegría. Los músicos estaban ahí mismo, ahí donde yo tantas veces soñé verlos, a unos escasos 4 metros de nosotros y parecía algo irreal estar presenciando lo que estaba pasando. La batería de Portnoy retumbaba implacable y el músico, ataviado con un T-Shirt de su propia banda y un pañuelo multicolor anudado sobre el pelo, se levantaba por sobre el set saludando al público con una mano mientras tocaba con la otra. Petrucci castigaba su guitarra desde el lado derecho, luciendo un look de barba y pelo nuevamente largo bastante diferente de la última gira “Chaos In Motion”, y sonreía al ver a la multitud saltar y estirar los brazos. A la izquierda el sempiterno John Myung enfundado de negro se concentraba en su bajo (un nuevo modelo llamado Bongo-6, fruto de su negociación con Ernie Ball, equipado con 6 cuerdas y diseñado especialmente para él) como si estuviera en un ensayo y no existiese más nada sobre la tierra que su propio instrumento. Y un poco más atrás justamente entre Myung y Portnoy, Jordan Rudess hacía girar su teclado sobre una plataforma giratoria también vestido de negro y con una curiosa barba blanca que lo hacía parecer un mago de antaño. Una inmensa pantalla colocada al fondo mostraba imágenes de una película alegórica a la letra de la canción, mientras la parte instrumental del comienzo del tema llegaba a su fin y James LaBrie aparecía corriendo desde detrás de las columnas de audio colocadas a las espaldas de Petrucci y se abalanzaba sobre el borde del escenario estirando los brazos hacia delante y tomando el micrófono con la mano izquierda.

El público gritaba aún más y con el comienzo de la letra de la canción todo el mundo coreaba al parejo de LaBrie. De hecho desde mi lugar apenas escuchaba su voz, eran tantas las voces a mi alrededor entonando las estrofas de el primer tema del nuevo disco “Black Clouds And Silver Linnings” que resultaba casi imposible distinguir la del cantante por sobre el resto. LaBrie se movía sin cesar, haciendo gestos siniestros que acompañaban el contenido del tema y estirando el micrófono hacia la multitud enardecida que cantaba. ¿Cómo describirles ese momento? No tengo palabras, porque el tropel de sensaciones que vivíamos en ese momento no tiene descripción. Mirábamos atontados a todos lados, tan pronto al solo de guitarra de Petrucci, o al de teclado de Rudess o a las carreras de LaBrie por todo el escenario y era demasiado real como para creérselo. Yurian se aferraba a mi brazo izquierdo y me atenazaba el bíceps de manera frenética, al punto de que me dolía. La banda hacía gala de una de sus virtudes: el hecho de reproducir en vivo hasta el último detalles de las ejecuciones de estudio. La canción, con alrededor de 17 minutos de duración transcurría como si estuvieras escuchando el CD con un background de casi 3000 frenéticos fans vociferando sin cesar. En la pantalla al fondo se alternaban las tomas de cámara de los músicos con escenas aludiendo el contenido de las estrofas que LaBrie cantaba con su peculiar manera de dar las notas altas sacando la lengua. La adrenalina corría por nuestras venas sin piedad, haciendo el momento único e irrepetible. Casi sin percatarnos el tema llegó a los acordes finales y cuando Portnoy golpeó sus tambores por última vez se apagaron las luces, se encendieron otras de color amarillento que alumbraron la escena con un color casi irreal, y bajo una atronadora lluvia de interminables aplausos Petrucci se adelantó, colocó su pierna izquierda sobre la “referencia” de metal y empezó “A Rite Of Passage”.

Además de ser el segundo tema del nuevo CD “Black Clouds And Silver Linnings” esta canción es una de las más conocidas del grupo en este momento, por dos razones: una es la que más se acerca al estilo de hit de radio, cosa que es bastante poco usual en ellos debido a lo complejo de los temas y de la longitud de los mismos, y por otro lado es el primer single del CD además de tener un video clip muy bueno que está colgado en www.youtube.com desde hace como 3 meses. Para mí es la perfecta saga de “Forsaken”, también el segundo tema del CD anterior “Systematic Chaos” la cual igualmente es una composición pegajosa y que constituyó un hit-single en su momento. Por todas esas razones, cuando los primeros armónicos de la canción se deslizaron entre los dedos de Petrucci pareció que los presentes eran inyectados por otra dosis adicional de energía. Los adolescentes a ambos lados de nuestra posición se abalanzaron hacia delante moviendo las cabezas y coreando el nombre de la banda y todo el que estaba de pie empezó a saltar y a levantar los brazos. En ese momento comprendí que para disfrutar de verdad de un concierto hay que estar en las primeras filas, esta experiencia nada tenía que ver con la de Iron Maiden en Ft. Lauderdale, donde disfrutamos de la presentación desde un segundo nivel de gradas. El fervor era tan grande que yo sudaba mientras cantaba la letra del tema al tiempo de que Portnoy azotaba la batería y cada vez que podía lanzaba su baqueta izquierda hacia el público y hacía un gesto hacia la oscuridad del escenario para que le lanzaran otra. La nueva baqueta venía volando, y cosa impresionante, el músico la atrapaba al vuelo y seguía tocando como si nada pasara. Esto lo repitió a lo largo del tema como 5 ó 6 veces, y la última vez cuando le lanzaron la baqueta erró al tratar de atraparla y la misma cayó fuera de su alcance. Ni corto ni perezoso, y ante mi atónita mirada y tras una algarabía adicional del público que se percató del suceso, el músico siguió tocando, con una baqueta y con la otra mano desnuda, y después de un par de redobles, hizo un gesto y otra baqueta llegó volando, aterrizando felizmente en su mano izquierda. Por supuesto que las primeras filas recibieron la “hazaña” de su ídolo con una ensordecedora exclamación que se levantó incluso por encima del sonido del solo que en ese momento Petrucci nos regalaba colocando ambas manos sobre el brazo de su guitarra (una nueva y exquisita producción de Ernie Ball específicamente diseñada para el músico y llamada “The JP Ball Family Reserve”, modelo de 7 cuerdas) y haciendo una técnica de finger-tap a gran velocidad, al tiempo que con cierta intermitencia cambiaba la mano derecha hacia la palanca de distortion y la giraba hacia atrás, para soltarla nuevamente y volver a la posición anterior. LaBrie aparecía y desaparecía en los momentos en que la música era puramente instrumental, siempre regresando con gran energía y con una actitud extremadamente alegre y de comunicación con el público mediante gestos y movimientos de los brazos, los cuales inflamaban más aún a los fans. ¿Se acuerdan del dominicano que me encontré cuando recogí los tickets? Pues estaba en primera fila, con todos sus hijos y su mujer, y bailaba y saltaba como si fuera un niño al ritmo de los riffs de guitarra y de la aplastante combinación del bajo de Myung con el bombo de Portnoy. La música de Dream Theater definitivamente se había enseñoreado del lugar, incluso los miembros del staff del teatro, todos ataviados de azul y negro, y de espaldas al escenario cuidando el orden, no podían menos que seguir el ritmo de la música con movimientos de cabeza. Poco a poco sin apenas darnos cuenta el tema fue cayendo en una cadencia más lenta y se fue desvaneciendo hasta que todos los instrumentos se acallaron y solo quedó Petrucci en el escenario mientras el resto de la banda desaparecía tras las columnas de amplificación. Las luces cambiaron, se hizo una oscuridad casi total y solo una luz rojiza concentró su potente haz sobre la figura de Petrucci, que se movió un poco hacia el centro del escenario y comenzó a ejecutar un melódico Intro desconocido para todos los presentes allí (Tengan en cuenta que este fue el primer concierto de la gira, así que nadie sospechaba lo que iba a ser tocado por el grupo).

Poco a poco el público se fue acallando, concentrado en tratar de adivinar qué estaba siendo tocado por el guitarrista, o preludio a qué era esa preciosa melodía que salía de aquella guitarra con tanta naturalidad. En ese momento pensé “Coño, como se me parece esto al Intro de “Hollow Years” en la gira del Train Of Thought, ¿no será un invento nuevo para despistar antes de esa misma canción?”. Medio minuto después celebraba mi intuición. Sin que el solo de guitarra terminara los músicos fueron regresando poco a poco, y LaBrie salió a la escena con una silla que colocó en el centro del escenario. Inmediatamente que se sentó la melodía que entonaba Petrucci cambió y comenzaron a fluir las claras notas de “Hollow Years”. El público que se había mantenido tranquilo, extasiado tratando de adivinar, explotó en una ovación, se encendieron unas tenues luces azuladas y a través de la pantalla comenzaron a desfilar las escenas del conocido video clip de la canción. Ese es un tema precioso, que aparece originalmente en el album “Falling Into Infinity” y durante sus casi 6 minutos de duración toda la multitud cantó coreando el estribillo entonado por LaBrie, el cual se mantuvo cantando sentado hasta el final haciendo gala de muy buen dominio vocal y de impecable técnica. Por primera vez en la noche su voz dominó los ámbitos del teatro dejándose escuchar con claridad, mientras los presentes se tomaban de las manos en las primeras filas y levantándolas al aire las movían al ritmo cadencioso de la música que se iba apagando. A medida que se perdían los sonidos quedaba nuevamente la guitarra como máxima protagonista y Petrucci concluyó el tema con unos acordes bien suaves que sirvieron de antesala a lo que estaba por suceder.

Todo el teatro quedó repentinamente a oscuras y un cono lumínico se concentró esta vez sobre los teclados de Jordan Rudess. Sin nadie haberse dado cuenta inmediatamente detrás del teclado giratorio del músico había sido colocada una pantalla en forma de televisor, de aproximadamente unas 40 pulgadas más o menos, que en ese preciso instante se encendió, dejando ver las imágenes de un dibujo animado en el cual se mostraba a un mago, con una barba blanca similar a la de Jordan Rudess, con un sombrero puntiagudo en su cabeza al estilo de los más auténticos magos de los sueños infantiles, vestido con una túnica y rodeado de varios teclados, que se movía al unísono del músico y tocaba los teclados a su alrededor. El público aplaudió divertido mientras Jordan comenzaba a tocar un solo de teclado de esos apocalípticos en los cuales no se le ven las manos y por instantes uno no sabe si es un teclado o una guitarra lo que está escuchando. La melodía se alternaba desde el más puro sonido pianístico hasta el clásico performance de sintetizador, todo ello adornado por el estilo particular de Rudess. De repente el músico dejó de tocar y miró hacia la pantalla del televisor, donde el dibujo animado que hasta el momento había estado imitando sus movimientos también cesó de moverse. Entonces Rudess ejecutó un pequeño conjunto de notas y se detuvo, y cual no sería nuestra sorpresa al ver que el dibujo animado del televisor le replicó moviendo sus manos sobre los teclados en la pantalla y tocando una melodía parecida a la que el músico había acabado de ofrecer. Nuevamente Rudess tocó sus teclados, haciendo esta vez un solo un poco más largo y complicado, y al concluir levantó ambas manos… ¡y el muñeco le ripostó con su propia versión desde la pantalla del televisor!, mientras los presentes aplaudían entre carcajadas. Este espectáculo duró unos 5 minutos en los cuales el teclista fue complicando aún más sus notas de solo en solo y el dibujo animado le imitaba mientras el músico mostraba sus manos y se movía fuera del teclado para que el público viera que no era él en ese momento el que estaba tocando, hasta que cuando hizo el último fue tan pero tan complejo que al terminar, cuando miró a su mago-réplica, este se encogió de hombros desde el televisor y en lugar de imitarlo tocó los acordes finales un Charleston. Todo el teatro estalló en risas, aplausos y vítores, y de la nada surgieron el resto de los músicos. Danzaron las luces multicolores ante nuestros ojos, Portnoy contó hasta tres golpeando uno de los platillos y arrancó “Erotomanía”.

Realmente yo no me esperaba escuchar ese tema instrumental que se remonta al año 1994, allá por la gloriosa época de “Awake”. Y de hecho era la primera vez que escuchaba ese tema tocado por Jordan Rudess después del año 1999, cuando la famosa gira del “Metropolis II: Scenes From A Memory”. Todo el que se había sentado para presenciar la pantomima de Rudess y su oponente animado se levantó como un resorte cuando la música de “Erotomanía” comenzó, con la cadencia de jazz permeada por la guitarra con que se inicia la canción. La pausa había servido para relajarse, y ahora, pasada la emoción inicial ya uno disfrutaba y degustaba cada nota con la emoción de saberse en ese lugar, en ese momento, asistiendo a una presentación espectacular. El sonido nuevamente taladraba los oídos y los músicos tocaban el tema añadiendo ligeras variaciones a la melodía que hacían que el público gritara aún más al percatarse. LaBrie salió a la escena (ya casi nos había olvidado de él) y saludó a los presentes gritando “¡Buenas noches Miami, es fantástico estar aquí hoy con Uds!”, exclamación que fue acogida con un aumento de medio decibel en la alegría de los fans mientras la banda empalmaba el final de “Erotomanía” con el comienzo de “Voices” tal cual aparecen originalmente en el CD. Hacía mucho rato que habían desaparecido mis apremiantes deseos de orinar, me imagino que desbordados por la alegría que nos dominaba en esos momentos. Las luces cambiaban de color, sincronizadas ahora al bombo de Portnoy y LaBrie cantaba en un tono bajo las primeras estrofas de la canción que eran coreadas por todo el mundo, para después dar paso un pasaje en que el tono subía repentinamente y nuevamente su voz se hacía escuchar por encima del sonido de la música y del público. Y por otro lado Petrucci era el centro de atención de la mayoría de los presentes, pues su manera de tocar un tanto excéntrica, unida al protagonismo de su instrumento, hacían que se “robara el show” la mayor parte del tiempo, y sus solos estaban llenos de nuevos arpegios y melodías diferentes a las originales, que adornaban la canción con un aire diferente. La música sonaba tal cual uno la había siempre oído y visto en los DVDs: impecable, sin un fallo, sin una nota salida de lugar con una completa sincronización de tiempo y un sonido irreprochable. Casi sin darnos cuenta el tema llegó a su final y culminó con una variación del original concluida con un semi-solo de batería de Portnoy de solo un minuto de duración. El público ovacionó de lo lindo, mientras en las pantallas traseras se veía la imagen de la carátula del CD de “Awake”.

Un utility salió de la oscuridad y le entregó a Petrucci una nueva guitarra, mientras se llevaba la anterior. Inmediatamente LaBrie tomó el micrófono y anunció: “¡El tema que viene a continuación lo vamos a tocar por primera vez en nuestra carrera en vivo! ¡Espero que lo canten conmigo!” y concluyendo de decir esto las pantallas se encendieron y unas imágenes de un niño seguido de un elefante con un pincel en la trompa comenzaron a desfilar por ellas, en alegoría a los elementos que componen la carátula del nuevo CD del grupo. Petrucci se adelantó una vez más hacia el centro del escenario y comenzó a rasgar su guitarra con las notas del último tema del nuevo album “The Count Of Tuscany”. Este tema es el más largo y épico de su último trabajo, rozando los 19 minutos. Quizás algunos de Uds. cuando lean esta crónica (que ya se ha tornado demasiado extensa, en parte por ser un concierto de cuatro bandas y en parte por mi obsesión de darles detalles para tratar de que comprendan y puedan vivir un instante de nuestra experiencia) no hayan aún escuchado esta canción. Para mí es la mejor composición del disco, y la más progresiva, una pieza musical de gran envergadura, majestuosa, llena de detalles, con un toque ambiental pletórico llevado por las teclas más intimistas y geniales, muy al estilo de “A Change Of Seasons”. Al mismo tiempo es una canción muy hermosa, donde nuevamente se notan los juegos de voces entre LaBrie y Portnoy; y todo el tiempo está llena de matices musicales, por momentos tiene la huella de Pink Floyd en sus partes psicodélicas, con cambios de ritmo, de partes más heavys a las partes más suaves y en otras acústicas, con un épico Gran-Finale matizado por un excelente solo. ¿Describirles cómo fueron esos 19 minutos? Imposible, me tomaría una hora. Baste decir que quizás por ser un tema nuevo la mayoría no estaba muy familiarizado con la letra, y en determinados momentos de la canción Yurian y yo cantábamos tomados de las manos y algún que otro fan nos miraba de reojo quizás pensando: “¿Y estos dos que tanto cantan, de dónde conocen este tema?”. La canción fue interpretada de manera magistral por la banda y concluyó de manera apoteósica, con una lluvia atronadora de aplausos que no cesaban mientras los músicos se despedían y desparecían. El público seguía de pie, aplaudiendo, gritando el nombre del grupo y pidiendo más, como si solo hubieran tocado 10 minutos. Ya la ovación llevaba más de 5 minutos sin acallarse, e incluso las luces se habían apagado y los fans seguían vitoreando. Recuerdo que el dije a Yurian: “Si regresan a tocar, van a tocar “Metropolis””. Y como si me estuvieran escuchando, aún con las luces apagadas empezaron a sonar los acordes de teclado del famosísimo tema.

Todo el escenario se iluminó, y ahí teníamos de nuevo a los 5 músicos, esta vez interpretando una de las piezas más conocidas y tocadas de su carrera. “Metropolis” no necesita presentación, todos la hemos escuchado más de una vez y la hemos venerado como una composición magistral. Si durante todo el concierto el público estuvo de pie, gritando y cantando, cuando comenzó este tema los niveles de excitación de la gente llegaron a niveles increíbles. A mi lado había un señor de unos 45 años que lloraba mientras tarareaba el tema. Frente a mí dos gordos de más de 250 libras se abrazaron y cantaban sin cesar, a pesar de que probablemente no se conocieran de antes. Y yo miré a mí alrededor y traté de grabarme la imagen del momento en lo más profundo de mi memoria: sabía que ese era el último tema de la noche y que después que concluyera sería como haber vivido un sueño, y no quería despertarme. En medio de la canción, en la consabida parte instrumental del solo de bajo, John Myung se adelantó junto a Petrucci al centro del escenario, y con impecable limpieza tocó su parte, pero después de eso Petrucci se quedó en el centro y Jordan Rudess se le unió, portando una especie de teclado en forma de guitarra, con un brazo y una correa que colgaban de su cuello y las teclas delante de sus manos. Y ahí comenzó una batalla entre los dos instrumentistas, mientras el resto de la banda los acompañaba y LaBrie desde una esquina animaba a ambos músicos como en una competición de lucha o boxeo. Los solos de ambos fueron bestiales, y el público los coreó de lo lindo hasta que finalmente, después de casi 5 minutos, Rudess retornó a su puesto, y a una seña de LaBrie la banda retomó la cadencia donde habían abandonado el tema para continuarlo en medio de una andanada de vítores y finalmente concluirlo en un frenesí de sonidos y luces culminado con un redoble de Portnoy. El paroxismo del teatro no tenía límites. Todas las luces se encendieron al mismo tiempo y los músicos caminaron hasta el mismo borde del stage para saludar a los fans, y lanzar a las manos que se alzaban por doquier, baquetas, uñas de guitarra y bajo y hasta el mismo pañuelo que Portnoy llevaba anudado al pelo. El aplauso duró más de 10 minutos en los cuales la banda no cesó de saludar y de hacer reverencias. Mike Portnoy se encaramó sobre la “referencia” de Petrucci y tomó un micrófono para agradecer al público por la acogida tan especial y prometer regresar en la próxima gira. Los cinco músicos se abrazaron, hicieron una última reverencia y desaparecieron bajo un diluvio de aclamaciones. Pasaron otros 5 minutos para que los últimos murmullos de los aplausos se acallaran y el público comenzara a desfilar hacia la salida.

Dream Theater es una de esas bandas únicas, de las que todo el mundo tiene una opinión muy distinta. Algunos piensan que su música es aburrida, y otros sin embargo piensan todo lo contrario, los alaban como un grupo de culto. En mi opinión, como testigo presencial de este concierto, después de más de 15 años siguiendo sus discos y sus videos, son únicos en su género y reyes indiscutibles de la mejor música que se hace hoy día dentro del metal y sus vertientes cercanas. Sus composiciones fruto de la capacidad de cinco músicos sobresalientes, unidos a cinco mentes distintas trabajando a la par, comandadas por el batería Mike Portnoy, la guitarra de Petrucci y las teclas de Jordan Rudess tiene unas dosis de sensaciones y magnetismo insuperables, enganchan y dejan un sabor y un éxtasis difícil de superar por muchos grupos del entorno. Quizás no lleguen nunca a las grandilocuentes ventas de Iron Maiden (mi otra banda de culto), quizás nunca sean reconocidos al nivel que realmente tienen, pues como dice un amigo mío, su principal virtud es también su principal defecto: son demasiado buenos, y por ello su música no es música de multitudes como la de AC/DC ó Bullet For My Valentine. Pero sí puedo asegurarles que verlos tocar es una experiencia increíble y ojalá esta crónica les haya al menos trasmitido un 5% de lo que nosotros vivimos ese día y que nunca olvidaremos. Nos vemos en el próximo concierto (cuya crónica se seguro va a ser más breve, ¿verdad?). Un abrazo a todos.