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 Leonidas Delgado León

LA VARIEDAD TEMÁTICA EN VIAJERO DEL

TIEMPO DE LEONIDAS DELGADO LEÓN

 

Gustavo Tapia Reyes

 

Por más que parece tan sencilla, la narrativa corta representa en realidad todo un desafío para quien se anime a caminar sobre sus fueros. Es que no se trata solo de escribir por escribir una historia que parezca interesante o acaso sugerente sino que en dicho empeño debe haber un alto porcentaje de trabajo con el resto de inspiración. Aunque muchos lo han intentado, pocos son los que alcanzan el objetivo de salir bien librados o, a lo menos, medianamente satisfechos. Entre estos últimos, con ciertos reparos, ubicamos al también poeta y pintor en ciernes, Leonidas Delgado León (Cajamarca,1947) quien, con su libro Viajero del tiempo (Río Santa Editores, Chimbote, 2001),  prologado por Saniel Lozano, se embarcó en un género por el que antes en Chimbote transitaron Antonio Salinas (El bagre partido), Marco Merry Salazar (Memorias de un campanero), Enrique Tamay (Abriendo la puerta), Rogelio Peralta (Huerequeque y otros cuentos), Julio Bernabé (Brumas sobre el puerto), entre otros.

Sin embargo, en el caso de Delgado León hallamos que de los diez cuentos que conforman el libro, el mejor de todos sin lugar a dudas es el titulado Café con serenata de sirena, también incluido en Tiempo de pesca. Antología narrativa de Isla Blanca (2005), aunque no por eso podemos afirmar, sin caer en la hipérbole, que alcance la perfección estilística que su título enuncia. He aquí uno de los primeros problemas en la narrativa del autor, comienza con relativa solvencia, avanza detenidamente paso a paso y, cuando está por consumarse en el oficio de cerrar el texto con la indispensable precisión de lo justo, culmina desapareciendo en el fárrago de sus propias expresiones. Ahí Serapio, el narrador protagonista de veintiocho años de edad, va rememorando su experiencia amorosa a partir de: recuerdo aquella mañana, que hasta mi oficina llegó el exquisito olor a café (p.103), que en adelante lo persigue y luego lleva hacia Maribel, una quinceañera, adolescente como la Lolita de Nabokov, de quien se ha enamorado profundamente, pese a que nuestros encuentros eran esporádicos, muy poco charlábamos (p.110) y da por consumado el noviazgo hasta que, al hablar con la madre, descubre que ésta siempre ha estado convencida que el matrimonio iba a ser con ella: desde un comienzo mi Maribel me dijo que usted tenía interés por mí (p.114).

Otro cuento rescatable es El espíritu de Tiberio en la moneda, cuya primera versión fuera inicialmente difundida en los números 19 y 20 de la desaparecida revista Altamar, donde aparece el modo de la historia narrada a un interlocutor, Juan Marjes, amigo del protagonista Luis Cárdenas, llamado Camachito, un profesor universitario, aficionado a coleccionar objetos que encuentra por la calle y que de pronto siente su vida alterada, pensando que tendrá otro futuro tras el hallazgo de una moneda que tiene la figura de quien supone es el emperador romano Tiberio: no cabe duda que estoy en posesión de una de las monedas más antiguas del mundo, exclamó triunfante (p.21). Esto hace que dicho elemento se convierta en uno bastante preciado, por el cual supuestos coleccionistas lo busquen, se entrevisten con él y ofrezcan comprarla pagando sumas exorbitantes, solo promesas que lo conducen al desencanto final: había perdido por completo el interés en la moneda, porque pensar en ella era sinónimo de desgracia(p.40). Quizás si por ahí cerraba, el cuento hubiera ganado en potencia, aunque termina perdiéndose en un afán por incidir en la sorpresa, que Delgado León no maneja de manera adecuada y hace de Tiberio apenas un perro común que muerde a un turista, quedando Camachito desconcertado frente al ridículo.

El tercer cuento a ser tomado en consideración es Telésforo, que narra un argumento oscilante entre lo fantástico y lo real, donde cualquier lógica resulta siendo colocada en tela de juicio para dejar constancia de que hubo una vez un niño con ese nombre, que llegó a ser conocido por quien narra, un chofer de trayler, que para su horror advierte un día que el pequeño padece una extraña enfermedad que le fue afectando, solo la cabeza, que cada día se iba achicando más (p.77), con la piel que se le seca y lo convierte en un pequeño monstruo repelido por todos, pese a que él sigue portándose de lo más normal: en los extraños ojos de esa calaverita habían atisbos de complicidad (p.78). Nadie se compadece de aquel, solo Teresa, la madre, que lo protege frente a la especulaciones que hacen los médicos en torno al fenómeno, excepto se tratase del doctor Rodolfo Tejada, el hijo único de sus patrones. Aquí, no se cumple el (casi) anatema de Julio Ramón Ribeyro, quien decía que si un relato es inventado debería parecer real y si es real debería parecer inventado. Y eso por serios descuidos del autor que, confundiendo premura con agilidad, deja discurrir digresiones absolutamente gratuitas.

También hay tres cuentos en los que afloran las preocupaciones sociales de Delgado León, pero, como bien sostiene Lozano en el prólogo, no estamos frente a una literatura comprometida o panfletaria sino que solo libera su afán de crear historias, a partir de lo que observa o le incomoda: Entre los ciruelos y el carrizal, narra el amor entre Evaristo y Elena, quien es enviada a Lima para que trabaje como empleada doméstica, dificultando la relación que es más platónica que real, hasta que Elena muere quedando su hermana María, con quien Evaristo aguarda seguir la relación, aun habiendo todos fallecido según el presagio del extraño personaje Eduardo Alfaro, quien tiene la característica de los seis dedos en una mano: comprenderá que nosotros, los muertos, somos seres de otro mundo (p.102); en El telegrama, se presenta dos mundos paralelos en pugna, pobres y ricos, donde entre los primeros están Gregorio y Luciana viviendo peripecias económicas junto a sus hijos: primero fueron algunos cartones cubriendo sus flácidos cuerpos (p.115) y entre los segundos, don Rafael del Castillo y Carolina Fernández, en cuya residencia Luciana trabaja lavándoles la ropa. Cuando muere uno de los hijos, se toma de modo natural el hecho, inclusive con regocijo, mientras que en el otro lado (de los ricos) la muerte de Tito, un gato, significa un duelo cuyo impacto dura varios días: los niños no quieren comer y de seguir así yo pienso que se van a enfermar (p.122) y, está aquel que presta su título al conjunto, donde Juan Marjes, en tanto espera embarcarse en un vuelo con destino a Japón, recuerda un episodio humorístico en que siendo bombero voluntario vivía en permanente alerta ante cualquier emergencia, entre sus preocupaciones como obrero siderúrgico, aunado al manejo burocrático de la empresa, hace que un día intervenga con todo el empeño que le es posible, solo percatándose de la verdadera situación tras la pregunta: ¿No ve que se trata de un simulacro de incendio? (p.62).

Sospecho que el autor, presionado por sacar pronto la edición a la vez se apresuró con estos cuentos que se orientan por algún extremo, sin vislumbrarse por cual de los tantos que pueden haber. Se dispersan en el intento de dar coherencia a lo narrado. Leonidas Delgado evidencia, que a lo menos en ese instante, aun no dominaba la precisión con el lenguaje narrativo que exige mucho más que la simpleza de lo oral. Están ahí escritos, digamos bien, pero no se han logrado como productos para que obtengan su propia autonomía. No olvidemos que el tiempo es el peor enemigo de un cuentista y que éste se encuentra de continuo al acecho, por lo que la economía en la expresión es primordial, sin desmedro de expresar lo esencialmente indispensable. Así, en los títulos subsiguientes la calidad estética disminuye a un ritmo acelerado y hace que el libro resulte fallido. Casi ninguno queda en pie, primero porque las exigencias con todo lo que han afirmado los grandes maestros -llámese Borges, Hemingway, García Márquez- ameritan que un texto del género narrativo tiene que ser un círculo cerrado, donde no falte ni sobre nada, sustentado como un iceberg en lo que no se ve y, segundo, porque técnicamente la linealidad no siempre es garantía de tener un mayor alcance, debido a que sea de fácil comprensión. Lo prueban todos los compilados en Viajero del tiempo, aunque abarquen escenarios distintos que van desde Chimbote, Casma, Lima, Cajamarca y hasta hayan evocaciones al pasado de los personajes.

Esto es lo que extravía a Delgado León en su propio laberinto y hace que como narrador descubramos que le resta mucho todavía por aprender. Que es aun una promesa que dará mejores frutos en el mañana, siempre que se dedique al estudio y la preparación antes de abordar nuevas historias. Por ahí se ubican sin mayor interés los títulos: Has vuelto, Madú, que narra un hecho, cuyo protagonista del mismo nombre está afanoso por ser inmortalizado en una estatua, que desde su óptica acaba pareciéndose a otro, por más que el escultor se esfuerza en inspirarse en su figura; Los ojos de Marcelino Julca, sobre un mendigo emigrante de la sierra, a quien los niños apedrean considerándolo un loco, el mismo que al ser defendido por un amigo, se convierte en un eventual trabajador suyo hasta su repentina muerte que le acarrea problemas con la policía y Sobre el dorso del insomnio, donde el poeta Pavel termina viviendo una pesadilla dentro de un teatro, donde todos lo observan e ignora por qué, de donde espera huir de modo mecánico sin conseguirlo, después aparece en un restaurante completamente solo, donde hay una cena que tampoco degusta, desconcertado como está en que despierta al lado de su mujer. De El otro muerto soy yo solo podemos decir que lejos de ser un cuento con todos los ingredientes para justificar el libro, culmina siendo apenas un testimonio, una crónica donde los personajes reales, al amparo de basarse en un hecho que se supone aconteció, son fantoches que sirven para dar cierta verosimilitud a la historia narrada que, según se afirma al inicio, fuera internacionalizada por el escritor Eduardo González Viaña, sobre las mujeres con cuatro pechos esculpidas sobre el friso de una iglesia cajamarquina.

Otro defecto notorio en Viajero del tiempo es la poca destreza en el manejo de los diálogos, a veces son ingenuos: pase, señor, tenga la bondad...tome asiento (p.46); en otras son pedestres: ¿cuántos muertos hay mi amor? (p.63); otros caen en lo excesivamente largo: apreciado, señor Bambrini, tengo entendido que esa es una moneda muy antigua: una pieza valiosa. En nuestro país tal vez no le darían la debida importancia pero en el extranjero, en su país, tiene un exacto valor y estoy seguro que quien la posea tendrá prestigio y fama (p.26) o están demás y solo deberían ser sugeridos. Por cierto, no hemos querido destruir el libro de Leonidas Delgado, solo dar a conocer que, más allá de las buenas intenciones para emprender la escritura de cuentos, resulta indispensable el estudio y la dedicación como bases insoslayables para afrontar el desafío. De lo contrario, todo cuanto se publica llegaría a formar parte del corpus narrativo de Chimbote, gracias a los elogios de un editor, por ejemplo, hundiéndose en la simple acumulación de títulos que conducen al anonadamiento de lo que debería estar premunido de una inevitable como constante superación, que implique el hecho mismo de reclamar un espacio dentro de la literatura nacional y, por qué no, universal. Tarea ambiciosa, mas no un imposible, aunque pocos sean finalmente los escogidos.

 

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(*) DELGADO, Leonidas Viajero del tiempo, Río Santa Editores, Chimbote, 2001.

 

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