Bryce,
el eterno aprendiz
Por
Róger
E. Antón Fabián
“El primer
sufrimiento se lleva a cuestas como un imán en el pecho porque de él
proviene toda
ternura.”
A. Bryce Echenique
Lo primero
que de verdad llama la atención cuando uno conoce a Alfredo Bryce
Echenique es ese encanto que despierta su sencillez desde que uno lo
saluda y que sólo él sabe transmitir con una cordialidad de viejo
camarada. Lo segundo para un hombre de talla normal es su estatura:
un metro ochenta y dos centímetros. Lo tercero es el fulgor de su
talento y agudeza para escarnecer de sí mismo provocando la risa de
todos sus contertulios. Aunque habría que advertir que no falta por
ahí algún escritor de menor valía que cierta vez me previno: “Lo
realmente pernicioso de la simpatía de Bryce es que la usa para que
la gente crea que es un buen escritor”.
Lo conocí
hace algunos años en la Feria del Libro del Jockey Plaza en Lima.
Era la tercera o cuarta vez que lo escuchaba dar una conferencia
después de haber aguzado el oído a varias grabaciones de entrevistas
y otras conferencias suyas. En la Casona de San Marcos a una
pregunta que le encargué se la hiciera Guillermo Niño de Guzmán
acerca de cuál era la lección que había aprendido de su viejo
contertulio y amigo el escritor Julio Ramón Ribeyro, y que la
formuló un serísimo Marcos Martos, provocó la hilaridad de la
concurrencia cuando de pronto Alfredo zafándose de la respuesta dijo
que el título universitario de abogado de San Marcos poco le había
servido en realidad para ser escritor y que lo que hizo luego de
obtenerlo fue enseñárselo a su padre y “colgarlo literalmente en el
baño de su casa”. No señaló lo que yo sabía que de seguro pensó e
iba a responder y que quería que la concurrencia escuchara: que el
escritor de raza es y será siempre un eterno aprendiz, esa
justificación y actitud ante la vida y la literatura para seguir
escribiendo. Lo primero que me formuló al saludarlo y manifestarle
que escribía y amaba tanto a la literatura como sin duda lo hacía él
fue su deseo compartido de éxito literario: “Que la suerte literaria
te sonría, viejo.”, me dijo.
Bueno el caso
es que el escritor vivo más querido por estas tierras no ha
conseguido dar una excusa verosímil ante la acusación de sucesivos
manifiestos plagios. Y lo más conmovedor es que escritores de menor
cuantía, pequeños parricidas han prorrumpido cargados de arteras
municiones con las ganas de fusilarlo no con una obra sino con
sumarse al cargamontón y alboroto que ha generado la noticia, cuando
el escritor lo que habría querido hacer es sólo lo que el común de
los escribas hace o ha hecho alguna vez desde que estampa su primera
letra: corregir el estilo de un artículo o crónica y guardarlo para
luego poder usarlo como material de trabajo o fuente. Sin duda, la
insensatez desmesurada y sandez mojigata de cuanto escriba
quisquilloso no sólo ha impedido que Alfredo reconozca a cabalidad
la equivocación reiterada al publicarlos por indiscutible descuido
sino que no entiende que la verdad es que a la empresa periodística
no le interesa gran cosa la literatura sino la firma del famoso
escritor. Le importa más que el escritor, los lectores, más que los
lectores el dinero de los lectores y de la publicidad de los
auspiciadores.
Quiero creer
que tal vez sea producto del exceso de la bebida [y qué] a la que
está sometido por alguna inquietud propia de su existencia y por ese
amor a la literatura que a veces nos lleva a destruirnos a sí mismos
como entre los escritores, para no hablar de los artistas en
general, lo han hecho Malcolm Lowry, Fernando Pessoa, Jack Kerouac,
Raymond Carver, Truman Capote, Charles Bukowski, Edgar Allan Poe,
Dashiell Hammett o entre los latinoamericanos un Juan Rulfo en fin,
y, claro nadie se preocupa del escriba, sino de ese ser mediático:
del personaje al cual incluso se le niega el derecho a reconocer
-cuando casi todo el mundo lo sabe- que es un novelista que sufre de
una dipsomanía crónica y hasta quizá de un prematuro mal de
Alzheimer como lo ha especulado por ahí el agudo, irreverente y
perspicaz periodista Beto Ortiz; porque la historia de Alfredo Bryce
Echenique como la de Fernando Pessoa -ya lo diría Octavio Paz-
podría reducirse al tránsito entre la realidad de su vida cotidiana
y la realidad de sus ficciones.
Y, caray, de
haberlo hecho socorrido de la primera agudeza llana de la que pudo
echar mano, negó ante la prensa que hubiera reproducido los textos
de sus colegas españoles y del embajador peruano entre otros, y lo
negó con la cabeza en alto como todo buen constructor de mundos
imaginarios que se precie atribuyendo la culpa a su secretaria
personal que habría enviado los artículos que datan del año 2005 sin
el nombre del escritor; sin embargo tal argumento expuesto en una
carta de disculpa ante el embajador y al propio diario cayó en saco
roto, convirtiéndose en una explicación que se desploma ante un
sesudo análisis pero que sin embargo bien podría ser una redonda
verdad aunque no creíble. A fin de cuentas es un asunto íntimo entre
su conciencia, digo mejor, su amor a la literatura y sí mismo, y, ni
siquiera hacia con su secretaria o sus lectores aunque el escritor
ha dicho citando a Tolstoy: “la próxima vez fracasaré mucho mejor”.
El sincero lector de Bryce, el que lo conoce y ha disfrutado de sus
cuentos, novelas, memorias y entrevistas lo ha respaldado en su
fuero interno y se ha condolido por toda la tinta y voces vertidas
en escarnios contra él como ante un Cristo en semana santa. Pero
tanto improperio lanzado no acabará con el escritor. Si lo ha hecho,
se equivocó, por las diferentes razones que pueda tener, ya sea la
escritura de su próxima novela, la bebida, el ocio, alguna
enfermedad o cierta contrariedad personal, en fin; nadie está
obligado a declarar contra sí mismo.
Entre las
arenas movedizas de los artículos, crónicas, reseñas o reportajes
pocas veces corren las aguas diáfanas de la perfección literaria.
¿Qué pecado tiene negar un desliz literario para preservar ese lugar
mítico de escritor que tanto le costó obtener? Error mortal más bien
el de desdecirse luego, error de un escritor cuya escritura no
pasará a la historia por haber ‘reproducido’ un texto que no era
suyo sino por haber escrito lo mejor de sí desde hace mucho y por
haber convertido por un instante siquiera unos modestos artículos en
más bellos y perdurables de lo que en realidad son.
Se suplió a
sí mismo con unos escritos impropios. Ahora, nadie puede negarlo:
Alfredo es un ser melancólico. Grandes escribas de la literatura
mundial han caído en esa psicosis maníaco depresiva de la locura por
la literatura, y no faltará quien reconozca sinceramente que
mientras más honda es la caída a veces suele reducirse la cúspide
creativa. Entre tantos altibajos el creador puede ser originalmente
productivo y también destructivo llegando incluso al suicidio.
Grandes creadores en la historia sufrieron ese tremendo mal y la
melancólica festividad de Alfredo no es la excepción de rodar hacia
abajo. Ya creo que ahora y con razón el escriba quisiera alcanzar un
altísimo grado de inconsciencia mientras atraviesa este ancho mar de
ingratitud para desembocar en su próxima novela. Y que luego ya,
pasado el vendaval, podrá preguntarse retrospectivamente: “¿Qué me
pasaba en aquel entonces para andar tan particularmente ‘cobarde’ en
aquella ocasión?” Pobre Bryce eterno, no ha logrado dar una
explicación convincente y felizmente ha tomado todo esto que ha
sucedido con la afabilidad habitual y tierna que le caracteriza
aunque estoy seguro con profundo sentimiento de caída.
No, Alfredo
Bryce Echenique, ese escritor paternal, ese Hemingway peruano
creador de su propio mito, ese escritor de culto que mucha gente
felizmente ahora relee mucho más, ha originado tan sólo un incidente
que no ha de ser más que un pequeño episodio, por lo demás muy
propio de su temperamento. Por lo pronto dejemos que la historia de
la literatura juzgue -y de seguro será a favor- al viejo Bryce, ese
gran escritor que todos nosotros conocemos que escribe para que sus
amigos lo quieran más. Por mi parte yo, como Martín Romaña, ya lo
saben, detesto molestar.