web de la Exposición Universal de Sevilla 1.992

TEXTO DE: Internet

La mística del 92

    No sin razón se alude al desinterés ciudadano por todo lo tocante a 1992. El significado de la fecha y lo que se proyecta realizar para conmemorarla se le escapa al común de la gente, que a lo más que llega es a considerarlo como una especie de «Bienvenido Mr. Marshall» ¿Qué se celebra? ¿Cómo lo vamos a celebrar? ¿Quiénes intervienen? Si pensamos, por ejemplo, que la Universidad ha sido marginada en un quehacer que ya debiera estar dando frutos, se comprende esa desorientación del pueblo y el estupor de la clase intelectual. No hay un proyecto cmún; no existe una ilusión colectiva ni en la totalidad de la sociedad, ni en partes de ella cuya presencia es ineludible. Y es que falta una mística del 92.

    El gran especialista portugués en Historia de los Descubrimientos geográficos, Jaime Cortesão, se refiere en una de sus obras a la «mística de los descubrimientos», cuando atribuye a los franciscanos el abandono de la clausura y vida contemplativa y la vuelta o proyección sobre la Naturaleza. En virtud de este nuevo espíritu la tierra deja de ser un lugar de paso y purificación; el ideal de la suprema inmovilidad, de la inercia contemplativa, es abandonado o, mejor dicho, se concilia con la idea de expansión, de salir fuera. Así se impregna la curiosidad del hombre de un mayor interés por la Naturaleza, cuyo sentimiento era un tanto extraño al individuo medieval. Fue de esta manera como los franciscanos, que van de fray Juan de Carpini a fray Antonio de Marchenao de Asia a La Rábida, propiciaron la dilatación de Occidente sobre el resto del mundo.

    Un espíritu similar al de los franciscanos del Cuatrocientos ha faltado ahora. Casi diríamos que se percibe cierta inhibición, cieetos temores y dudas sobre lo que se va y debe realizar. No está claro el contenido cultural de la conmemoración. Sabemos que el Medio Milenio del Descubrimiento de América por los españoles es un hecho y una fecha inmutables e inextinguibles de la Historia Universal. Ignorarlos equivale a negar la evidencia; referirse a ellos con eufemismos implica cobardía, y denotarlos es tanto como recaer en la dramática actitud del que se niega a asumir la totalidad de su pasado.

    No se trata de realizar una exaltación del descubridor, del Descubrimiento y de los «hechos de los castellanos». Se pretende, creemos, analizar el papel que Europa y América han tenido en la conformación del mundo en el cual vivimos. Un mundo y una era nacidos a partir de la llegada de los europeos al Nuevo Mundo. Desde esa fecha los seres humanos han tenido la oportunidad de conocerse y de relacionarse como nunca había acontecido antes. A los hombres de nuestro tiempo, a esta época que estamos viviendo, se les brinda cual reto una inédita frontera que dota a la fecha de 1492 de una dimensión viva, llena de sentido. Otra vez a la curiosidad e indagación del hombre, a su ciencia, a su tenacidad y a su espíritu de aventura, se le ofrece el desafío de unas nuevas metas ante las cuales los últimos 500 años no constituyen un pasado inútil, sino un tiempo vigente, en movimiento, que desde aquel lejano 12 de octubre nos ha traído hasta el presente y nos conduce hacia un futuro que todos deseamos mejor. Y para la proyección de un futuro nada más idóneo que la lección del pretérito.

    Pasado que no cabe reducir a una fecha, ni a un personaje por mucho que lo mencionemos. El personaje se alza como ejemplo de la colaboración entre los pueblos; y la fecha sirve para exponer y explicar lo que era Europa y las culturas ultramarinas que España descubrió gracias a un empeño estatal, y las transformaciones sufridas por ambos mundos hasta originar el actual.

    Andalucía y Sevilla tienen mucho que decir llegada la hora de describir ese proceso de mutación, único en el mundo. Y si no lo poseyeran es que no existiría razón alguna para que la Expo 92 se celebre en Sevilla. La Expo 92 sin duda va a poner énfasis en el protagonismo que Andalucía y Sevilla tuvieron dentro del fenómeno que ocasionó el afloramiento del ser cultural americano y que transformó al mundo dotándolo de una nueva faz. Ese papel de Sevilla, queremos recordar, es lo que se esgrimió razonablemente al solicitar que nuestra ciudad fuera la sede de la Exposición Universal. Y de eso, sin duda, estará empapado el contenido cultural de la muestra. Tenemos que decir, más con razones que con pasiones, según aconsejó el Rey Juan Carlos en Puerto Rico, lo que ha sido la aportación hispana (decimos hispana, y en ello entra lo americano) a la cultura mundial. Sin desmesuras, pero tampoco sin silencios. Reducir esa contribución a los nombres de San Isidoro, Juan de la Cosa, Balboa y Las Casas, tal como ha hecho recientemente el norteamericano Daniel Boorstin en su libro «Los Descubridores», peca de miopía o de ignorancia.

    Proclamemos nuestros logros culturales en esta lengua bella en la que se asienta el vivir diario del hombre hispano, su idiosincrasia, tal como lo hicieron Menéndez y Pelayo y Unamuno, Hostos y Montalvo, Menéndez Pidal y Madariaga, Rodo y Sierra y tantos otros a los cuales les fue dado entenderse y conocerse sin caer en memoriales de agravios. Anunciemos lo que hemos descubierto y lo que hemos ayudado a descubrir en el tiempo, en la tierra y en los mares, en la Naturaleza y en la sociedad. Y con los descubrimientos incluyamos a los creadores.

 

INICIO