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Normalmente se considera como óptimo climático las características del clima marítimo de la costa oeste, con temperaturas suaves, lluvias suaves y abundantes, regulares y estable en el tiempo. Esta característica de estabilidad, de persistencia en el tiempo, parece ser una de las obsesiones del debate sobre el supuesto cambio climático. Sin embargo, esperar que este clima exista en todo el mundo es una falacia. A nadie se le escapa que para cada especie que vive sobre la Tierra el óptimo climático es uno diferente. En realidad, cuando el clima se estabiliza y persisten sus características a lo largo del tiempo se establece entre la biocenosis y él un clímax climático que implica la existencia de un óptimo climático.
El problema del óptimo climático es otro. Quien habla de óptimo climático tiene en la cabeza un clima ideal que responde a las necesidades de la economía que conoce. Es el clima ideal para los cultivos agrícolas, sin heladas, con lluvias suaves y regulares de manera que no se necesita regadío y que se repita todos los años de manera que se puedan programar con seguridad las labores agrícolas con los criterios de la revolución verde. Pero también un clima cálido y seco que permita la actividad turística de sol y playa en verano, y que proporcione la suficiente agua para las necesidades de estas zonas. Un clima en el que nieve en las montañas para asegurar las necesidades de agua en las ciudades. Un clima donde no haya meteoros catastróficos ni inundaciones. Y hasta un clima en el que llueva en el campo cuando se necesite y llueva suavemente en las ciudades de cuatro a cinco de la madrugada, llegando a la caricatura. No sólo se está hablando de un clima ideal, sino de un clima domesticado en condiciones que sólo se pueden dar en un invernadero.
Las características de los distintos climas que hay en el mundo se han establecido tras largas observaciones. Esas observaciones se hicieron cuando el clima se concebía como el estado medio de la atmósfera. Pero este es un ideal matemático que no responde a la realidad, y hasta la falsea. Y una vez establecido se pretende que estos climas se repitan regularmente y en los mismos lugares indefinidamente. Pero esto es una quimera. El clima de la Tierra es un sistema dinámico y caótico que se transforma con el tiempo. Los climas que conocemos responden a un momento de la historia del clima y no podemos pretender dominarlo, como tratamos de hacer con el resto de la naturaleza.
Debido a que desde el Pleistoceno los períodos fríos han dominado el planeta parece que vivimos en una época excepcional, de carácter cálido. Así, podemos presumir que con el tiempo vendrá otra glaciación, razón por la cual al período actual climatólogos lo llaman interglacial. Pero ¿cómo podemos estar seguros de que no nos encaminamos hacia largo un período libre de hielos, semejante al Cretácico? Esa es la razón por la que aquí se le llama postglacial. Con el clima, como con la población, al ser sistemas caóticos, las prospecciones a largo plazo terminan siendo futurología, un juego de anticipación, que puede ser apasionante, pero que no han de tomarse demasiado en serio.
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