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Los servicios públicos se desarrollan con las democracias parlamentarias y alcanzan su máximo auge tras la segunda guerra mundial, cuando en los países escandinavos se crea el concepto de Estado del bienestar.
Los primeros servicios públicos que se ponen en marcha son la enseñanza gratuita y obligatoria y la sanidad pública, en la Alemania de Bismarck y la Francia de Napoleón III. Desde entonces y hasta la actualidad los servicios públicos han alcanzado a todas las esferas de la sociedad, desde la educación y la sanidad, hasta el ocio, las ayudas a empresas, los correos y telecomunicaciones, los transportes, los servicios sociales de asistencia, la protección del medio ambiente, la banca, etc.
Como servicios que son se instalan en el centro urbano, aunque según las actividades que ofrezcan pueden tener otra localización, más cercana a las personas a las que sirven. Además, algunos servicios son estrictamente periféricos, como los hospitales, los cementerios, los depósitos de agua o gas, los transformadores eléctricos, algunos transportes, etc.
La Administración ocupa a mucha fuerza de trabajo, hasta el punto de que es el primer empleador en la mayoría de los países desarrollados. La condición para mantener este Estado del bienestar es tener un crecimiento sostenido que genere un producto interior bruto en expansión, del que se puedan recaudar numerosos impuestos y cotizaciones, tanto directas como indirectas.
Todavía existe una larga lista de servicios que resultan imprescindibles para el buen funcionamiento de la sociedad capitalista desarrollada, y que emplea a un numeroso sector de población activa: abogados, medicina privada, funerarias, asesorías, etc. Y es que en la sociedad actual es imposible realizar todas las tareas que son necesarias en el núcleo familiar. Es aquí donde los servicios crean riqueza, en el ahorro de tiempo a las familias para dedicarlas a otras cosas, entre ellas trabajar o consumir.
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