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El uso preindustrial del medio

     La capacidad que tiene la humanidad para transformar el medio ha tenido tres etapas decisivas:

     En la primera, la sociedad era cazadora y recolectora. Recorría el espacio sin mayores transformaciones, fuera de algunos útiles de madera y piedra. Su capacidad para transformar el medio no era mucho mayor que la de otros animales, aunque sí era cualitativamente más decisiva.

     A raíz de la revolución neolítica, y el descubrimiento de la agricultura, las sociedades adquieren una capacidad para transformar el medio de una manera decisiva y permanente; dentro de la biocenosis en la que se encuentra. La agricultura supone la elección de unos determinados espacios de cultivos en los cuales se hace una selección de especies, eliminando unas y cultivando otras (las que nos interesan). El instrumento más común para limpiar de especies el bosque ha sido el fuego y la roza. Pero, hasta la invención del arado no era posible limpiar el monte totalmente, siempre quedaban los pies de los árboles, las raíces y las matas, que tendían a recuperar el bosque más o menos rápidamente. Sin embargo, el arado permite que se arranquen todos estos «residuos», haciendo muy difícil su recuperación y fomentando los procesos de erosión y la degradación del suelo. En los espacios cultivados sólo se permite la existencia de una especie. Esta monofuncionalidad implica la rápida degradación de nutrientes del suelo cultivable, por lo que se hace necesario dejar en barbecho parte de la tierra durante un período más o menos largo; lo que supone la multiplicación de la tierra de cultivo por dos, por tres o por cuatro. De esta manera, la tierra necesaria que ha de permanecer limpia para poder cultivar es muy superior. No será hasta el siglo XVIII, cuando se comprenda cómo funciona las asociaciones de cultivos y la rotación de especies.

     El monte era una fuente de recursos, como por ejemplo: madera, frutas, pastos, etc. Este bosque, en ocasiones, era roturado para obtener tierras de cultivo en épocas de superpoblación. Estas nuevas roturaciones tienen barbechos más largos. La utilización del monte como recurso supuso hacer, también, una selección de especies (incluso introduciendo algunas, como el castaño en Asturias en época de los romanos). Con el tiempo, el bosque se aclara de las especies arbustivas menos interesantes, y se hace una corta de árboles regular y reglada.

     Cuando la población crecía, ante la imposibilidad virtual de aumentar la productividad, se ponían en cultivo nuevas tierras a costa del monte. Este sistema alcanzó su grado máximo hacia el siglo XVIII, cuando por el aumento de población se hubo de roturar, en Europa, hasta las tierras marginales y gran parte del bosque.

     En esta intensificación del cultivo se encuentra el origen de muchos de los paisajes actuales: sabanas, la Castilla sin árboles de campos abiertos, los campos cerrados y abiertos de la Europa central, los cultivos arroceros por inundación del sureste asiático, o las explotaciones de dehesas de la llanura del macizo hespérico e, incluso, las zonas de pasto para el ganado.

     No faltaban en este período actividades industriales, pero su capacidad para transformar los recursos naturales era escasa. Sus fuentes de energía dependían de la naturaleza. El viento, el agua y los animales eran, pues, perfectamente renovables, pero, tenían el impedimento de que se limitaba la capacidad transformadora, ya que determinaban la localización industrial.

     El tercer período decisivo, en la capacidad transformadora del medio, aparece en el siglo XIX, con la revolución industrial. La revolución industrial se inicia en el siglo XVIII en Inglaterra. Supone una capacidad de intervención en el medio decisiva, y en aquel momento inimaginable. Este modelo de transformación alcanza sus mayores cotas de expresión en la última mitad del siglo XX, cuando la revolución industrial ha evolucionado y ha encontrado nuevos recursos.

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