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En las desembocaduras se desarrollan procesos morfogenéticos específicos, caracterizados por el encuentro entre las aguas dulces, turbulentas y cargadas con sedimentos de los ríos y las aguas del mar: saladas, limpias y agitadas por el oleaje y las corrientes. La pendiente casi nula de la desembocadura sólo es capaz de transportar los materiales más finos. Durante los mascaret y las mareas de salinidad se produce sedimentación en el cauce del río, mientras que durante las mareas dinámicas se produce sedimentación en la parte baja del estero y arrastra los materiales sedimentados anteriormente al final del cauce. Los excedentes de la carga sólida alimentan la sedimentación marina, los más gruesos, arenas, se depositan en deltas submarinos. En estos depósitos se forman canales que prolongan la corriente fluvial mar adentro. También sirven para formar barras de antecosta, que tras su emersión pueden formar flechas y cordones litorales. Estos elementos aíslan zonas donde el agua pierde agitación, y son ideales para el depósito de los aportes fluviales más finos. De su cara exterior se desprenden partículas que se sedimentan en los fondos marinos.
Así pues la deposición de sedimentos en la desembocadura depende del volumen de los aportes fluviales, el caudal del río, el vigor del oleaje y la fuerza de las corrientes de marea. Los ríos pequeños no tienen suficiente vigor como para sostener estos depósitos. Los estuarios y los deltas aparecen ante ríos muy poderosos.
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