|
|
|
|
Con la altitud aumenta la humedad relativa, y por lo tanto en altitud se presentan con más frecuencia nubes y brumas, por lo que a esa altitud, entre 2.500 y 3.000 metros en las latitudes medias, las rocas se ven sometidas a procesos de humectación y desecación diarios, potenciando la meteorización química; demás de la microgelifracción y la acción de los pipkrakes.
El aumento de las precipitaciones con la altitud también tiene una influencia decisiva. El gradiente pluviométrico difiere según las condiciones locales. Una montaña tropical puede tener un aumento de 8 ó 9 milímetros por metro de altitud, mientras que en una montaña del dominio templado es cada 10 metros. Este gradiente se debe tanto al ascenso que el relieve imprime al aire, como a las brisas locales de montaña. Dependiendo de la localización parece que existe una altitud en la cual las condiciones de precipitaciones son máximas (óptimo pluviométrico) y por encima de esa cota las precipitaciones disminuyen rápidamente ya que las masas de aire apenas contienen humedad. Sin embargo es un hecho que hasta en las montañas más elevadas las precipitaciones son abundantes.
Las consecuencias sobre la erosión de estas precipitaciones son decisivas, debido a la abundante alimentación hídrica y a la acción de las aguas corrientes. En las cotas más altas las precipitaciones en forma de nieve introducen la presencia de procesos glaciares, por la existencia de glaciares de montaña.
En las montañas son frecuentes los vientos más o menos violentos. En las partes altas, y con menos vegetación, los procesos eólicos son muy efectivos, aunque que se ven dificultados por el relieve. En las zonas nevadas el viento redistribuye el manto nival acumulándola en unas zonas y barriendo otras.
La importancia de la insolación se deriva de su duración, y de la potenciación de la gelifracción por el aumento de la frecuencia del ciclo hielo-deshielo. No obstante, la insolación depende tanto de la altitud, como de la latitud como de la pendiente que varía la incidencia de los rayos solares, que pueden caer más o menos oblicuos. En las regiones intertropicales la vertiente de solana y la de umbría cambia a lo largo del año.
También las precipitaciones se distribuyen de manera diferente según la orientación con respecto a los vientos dominantes, las laderas de barlovento son mucho más húmedas que las de sotavento debido a los efectos barrera y foehn. Esta disimetría pluviométrica no solo afecta a los fenómenos de arroyada sino también a la presencia más o menos densa de vegetación. De hecho, la arroyada es más efectiva en la vertiente de barlovento, al no estar protegida por la vegetación.
Las pendientes son especialmente vulnerables ante las intervenciones antrópicas, que pueden llegar a presentar un carácter catastrófico.
Pero la mayor transcendencia de la influencia de la pendiente en la evolución de la erosión es la interferencia de los pisos superiores en los pisos inferiores. Este en el caso del deshielo de las nieves y los glaciares, o de las avalanchas.
La montaña presenta unos sistemas de pendientes capaces de perturbar las condiciones de la erosión. Los valles estrechos y profundos presentan en el fondo condiciones de una insolación mucho más corta que la de las cumbres. Incluso pueden estar durante meses sin insolación alguna, lo que provoca una poderosa inversión térmica. En general, la montaña tiende a potenciar los procesos mecánicos de erosión.
|
|
|
|
![]()