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Al alcanzar la costa las olas cambian de dirección, disminuye su velocidad, y se transforman, debido a la topografía marina, principalmente a la reducción de la lámina de agua. Cuando la profundidad es inferior a la mitad de la longitud de onda se producen tres fenómenos: el de refracción, el de reflexión y el de difracción. La refracción se produce cuando las crestas de las olas se orientan en paralelo a las isobatas. Las olas rompen, prácticamente, en paralelo a la línea de la costa. La reflexión se produce cuando la ola se topa con un obstáculo. Cuando la incidencia es perpendicular se agita el sistema de ondas estacionarias reemplazándose unas por otras, pero si es oblicua se provoca una ola aún más marcada. La difracción se produce cuando la ola se topa con un obstáculo que parte la cresta de ola (cabo, isla) y que provoca la divergencia ortogonal de la cresta de la ola. En este caso se atenúa las ondas, debido a la disipación de la energía. Cuando en el oleaje se equilibran las fuerzas desarrollas por lo oleajes oblicuos, lo llamamos oleaje medio. Se desarrollan en direcciones opuestas tras un obstáculo, como un islote.
A medida que se acerca a la costa la longitud de onda se reduce y la altura se incrementa. El exceso de altura y la disimetría debida al empuje de las olas posteriores provoca un exceso de arqueo, la caída de la cresta y la ruptura de la ola. De esta forma el movimiento de ondulación se transforma en movimiento de translación y es en esta zona de rompiente donde la ola adquiere competencia morfogenética.
Este mecanismo tiene efectos diferentes sobre un acantilado. La diferencia principal es que se produce un efecto de presión neumática provocada por el agua y el aire que queda atrapado en las irregularidades de la roca. Se trata de un mecanismo de compresión y descompresión continuo que provoca un poderoso efecto de succión, que es capaz de producir derrumbamientos, sobre todo de las rocas más deleznables. De esta manera el agua se carga con materiales sólidos que ejercen una acción de ametrallamiento sobre la roca afectada por la acción de las aguas marinas. Esto provoca la abrasión de la zona, formando la rasa litoral. La zona sobre la que baten las olas presenta una banda mordida que deja en extraplomo el resto del acantilado.
Aunque muy localizados también las grandes olas (tsunamis) eventuales tienen sus efectos morfológicos, de carácter catastrófico, como grandes deslizamientos de tierra.
La alternancia de mareas, altas y bajas, generan corrientes de marea. Son más fuertes cuanto más estrecho en el paso de salida y cuanto más diferencia hay entre la bajamar y la pleamar. La penetración de la marea en un estuario, a contracorriente del flujo del río, normalmente va acompañada de la formación de un mascaret, ola formada por el encuentro de los dos flujos y que tiende a subir río arriba. Este mecanismo tienen pocas consecuencias morfogenéticas, ya que los vectores de actuación son reversibles, según domine la marea alta o la marea baja. Cuando las aguas marinas se invaden las fluviales impulsadas por un mascaret se llama marea de salinidad, mientras que cuando las aguas fluviales penetran en el mar generan un reflujo que se llama marea dinámica. Estas dos corrientes, opuestas, pueden reforzarse cuando hay aportes masivos de agua, creando una corriente de descarga.
Todas estas corrientes afectan a masas de agua localizadas y turbulentas, hasta las cercanías del fondo, y afectan a la morfogénesis litoral movilizando los fragmentos sueltos. En función de la velocidad podemos tener formas de deposición, según el calibre, y fenómenos de transporte. Las modalidades de transporte coinciden con las que se dan en las corrientes de agua, suspensión, saltación, rodamiento y arrastre. Su competencia morfogenética es mucho mayor que la de las grandes corrientes oceánicas.
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