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También los cambios de temperatura provocados por la alternancia de la marea son dignos de consideración. Las rocas del estero cambian su temperatura dependiendo de si están al aire o sumergidas, por lo que la diferencia entre la oscilación térmica entre las temperaturas máxima y mínima que alcanzan es más acusada que la de las rocas que están siempre sumergidas o emergidas. Este mecanismo tienen especial importancia cuando la temperatura mínima alcanza valores bajo cero, ya que entonces actúa la crioclastia, en un medio en el que en todas las grietas se encuentra agua. En medios de ambiente muy cálido, en los que la roca se recalienta bajo los efectos de la insolación, la subida de la marea provoca una bajada de la temperatura brusca, lo que favorece la termoclastia.
Especial importancia tiene, en este medio, la haloclastia, ya que el agua está cargada de sal. Cuando el agua salada que queda en los intersticios de la roca se evapora permite la formación de cristales de sal que ejerce tensiones que pueden romper la roca. Este mecanismo alcanza no sólo a zona que alcanza la marea, sino también a las rocas cercanas salpicadas por la espuma marina.
La arroyada se ve profundamente modificada. Durante la pleamar el agua queda retenida en la zona sumergida, gracias a las rocas porosas, los depósitos sedimentarios y la vegetación halófila. Cuando llega la bajamar esta agua retenida alimenta a arroyada difusa, que arrastra grandes cantidades de materiales finos. Este mecanismo de evacuación permite que los agentes erosivos continúen atacando la roca sana.
Tampoco son despreciables los efectos de la variación de la presión debida a la sucesión de las mareas. Este mecanismo es notable en regiones con mareas muy altas y en la zona inferior, donde la lámina de agua alcanza mayor diferencia. Aquí se generan diaclasas de descarga.
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