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Castilla y León

Vegetación y espacios naturales

    El contraste entre el valle del Duero y las montañas dan a la comunidad autónoma de Castilla y León una notable variedad ecológica. Esta ha sido una región intensamente explotada, lo que ha provocado la deforestación de buena parte de la región. Sin embargo, existen zonas menos explotadas. El valle el Duero, a pesar de su sequedad, ha sido usado para la agricultura y las montañas para pasto y repoblación con especies alóctonas. No obstante, las manchas forestales autóctonas son notables y se distribuyen por toda la región. Predomina el bosque mediterráneo de encina y alcornoques, sobre todo en la penillanura zamorana y salmantina. El pino se distribuye por todas las montañas, el valle del Ebro, Tierra de Pinares, entre Valladolid, Segovia y Ávila, y en Soria la provincia más forestal de la región. El roble aparece en las montañas, en un piso más bajo que el pino. Por último destacan los bosques galería a lo largo del curso de todos los ríos, en los que predomina el chopo.

    Podemos distinguir tres regiones totalmente diferentes, la penillanura, la montaña y la cuenca sedimentaria.

    La penillanura es el dominio de la encina y la dehesa. La dehesa es un modo de explotación del bosque en el que se arrancan las especies competidoras de aquellas que explotamos agrícolamente. Aparece, así, el estrato arbóreo, con encinas y alcornoques, y el prado, con hierba para que paste el ganado. También se intercalan explotaciones agrícolas. Se trata de un sistema de explotación que se remonta, al menos, a la época romana y ha alcanzado un equilibrio entre naturaleza y uso humano muy estable, que permite la explotación de los recursos y la vida salvaje.

    Las montañas son el dominio del matorral y el prado, y en los pisos más bajos del bosque, un bosque muy intervenido por la mano del hombre. En el piso basal es el formado por el valle del Duero, hasta los 1.000 metros de altitud aproximadamente. Aquí se desarrolla la encina, asociada con el roble, rebollo o carrasco. El piso montano se extiende hasta los 1.100-1.300 metros, ya más húmedo y fresco. Aparece el roble carvallo mezclado con la encina, en las zonas de suelo calizo. Este piso ha sufrido mucho por las repoblaciones de pinos alóctonos de rápido crecimiento. El piso subalpino se eleva hasta los 1.300-1.700 metros. Aquí aparece el roble y el haya. En las zonas más altas encontramos bosques de pino negro y abeto donde forma grandes bosques. En el piso alpino, por encima de los 1.800 metros aparece la pradera alpina, en la que encontramos pinos y hayas en determinados enclaves. Esta cliserie puede estar invertida, sobre todo entre el roble y la encina, ya que es muy frecuente que la encina ocupe las zonas calizas y estas aparecen en las cumbres, por encima del roble. Las montañas han sido utilizadas para pasto de verano al menos desde la Edad Media y hasta mediados del siglo XX, las montañas de la Cordillera Cantábrica fueron en destino de verano de la trashumancia mesteña procedente de Extremadura.

    La cuenca sedimentaria es la que más ha sufrido la intervención antrópica. Prácticamente en su totalidad está dedicada a la agricultura. En las zonas menos aptas para la agricultura aparece el matorral y la estepa mediterránea, en las zonas más secas. Las encinas se encaraman sobre los oteros que culminan en un estrato calizo, mientras que en el glacis de enlace aparece el roble rebollo, sobre las margas y arcillas.

    El bosque de ribera es importantísimo en el centro de la región. Encontramos olmos, chopos y fresnos, pero ha sufrido muy intensamente la presión antrópica y prácticamente ha desaparecido, sustituido por explotaciones madereras de crecimiento rápido, como los chopos de repoblación.

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