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Lo más característico del ciclo demográfico antiguo no es la alta tasa de mortalidad y de natalidad, sino la influencia que tiene la mortalidad catastrófica, por epidemias y hambre, en el número de habitantes de un país. Lo que, además, provoca baja natalidad en las generaciones posteriores. El número de habitantes de un país esta directamente relacionado con la situación económica. En época de crisis disminuye la población, y en épocas de bonanza aumenta.
La tasa de fecundidad es elevada, pero el crecimiento vegetativo es muy pequeño. El modelo de matrimonio es variable. Durante el siglo XVI es temprano, en el siglo XVII es tardío y el celibato se generaliza, como sucede en épocas de crisis. El modelo de matrimonio más habitual es tardío, las mujeres solían casarse más tarde de los 21 o 23 años, y en algunos casos más tarde de los 25. Los hombres en torno a los 25. Con este sistema, el total de hijos nacidos no superaba los 8, de los que sólo sobrevivían al matrimonio entre 3 y 5. Independientemente de que fuesen o no legítimos. Se intenta reducir la natalidad y se adoptan técnicas maltusianas como el infanticidio y el aborto.
La mortalidad en el ciclo demográfico antiguo es muy alta. Sobre todo la mortalidad infantil, pero no es la mortalidad ordinaria la que hace crecer o disminuir la población, ya que esa está asumida, sino la mortalidad catastrófica. Las medidas sanitarias tomadas en el siglo XVIII no fueron eficaces para la mayor parte de la población. El tifus y el paludismo, de 1784 y 1787, provocaron más de 1.000.000 de enfermos. Aunque esta época es la del comienzo paulatino del ciclo demográfico moderno.
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