EL ALMA DE LOS ÁRBOLES
Cada
árbol tiene su gesto, su ademán, su alma. Ya sabemos que son seres vivos,
aunque no sean capaces de moverse más que para crecer. Pero es que no necesitan
moverse ya que tienen el alimento en abundancia junto a ellos. Es maravillosos
ser tan sencillos que se nutren de lo que más existe: el aire, el agua y
la tierra. Además, puesto que abunda lo que necesitan, no luchan entre ellos,
al contrario que los hombres y los demás animales. Moverse demasiado siempre es
una limitación, una falta de libertad, un defecto de diseño o una mala
costumbre. Ya lo sabían, y lo saben, los místicos contemplativos, que renuncian
a todo para no tener que moverse.
¿Pero tienen alma los árboles realmente? Quien lo sabe… Desde luego no tienen
sistema nervioso animal, ni cerebro por tanto, que es donde se dice que están
soportadas las funciones del espíritu del hombre. ¿Pero quién sabe hoy si un
alma puede tener otros soportes materiales? Hay quien dice que el alma es la
forma de la materia organizada, y según eso, incluso un brillante o una
esmeralda tendrían alma. Muchos amantes de las piedras preciosas lo jurarían,
aunque sea un alma creada por el hombre, como la de una sinfonía, un cuadro o un
poema. Con cuánto mayor motivo creer que un árbol, que es obra de la
naturaleza, como el hombre, también tiene alma. Claro que no será un alma como
la nuestra, pensadora, creadora. Pero es evidente que tiene un tipo de
inteligencia, inteligencia vegetal al servicio de su vida; y hay quien dice que
también algún tipo de sentimientos más allá de la mera sensibilidad orgánica,
ya que crecen mejor cuando se les acompaña, se les habla o se les pone música.
Analizando el asunto en plan racionalista o científico, esa manera de conocer
del hombre que no ve el espíritu de las cosas, nos encontramos con que los
vegetales disponen de un buen sistema de coordinación interior en base a la
secreción de hormonas que circulan por él y regulan sus funciones vitales,
entre las que se encuentran las respuestas a estímulos del exterior y del
interior. Los animales poseen un sistema de coordinación semejante, el
endocrino, además del sistema nervioso. Así pues, los vegetales poseen
receptores de estímulos y secretores de hormonas que disparan determinadas
respuestas. Dijimos que el vegetal no se mueve más que para crecer, pero
esa es una apreciación demasiado general, porque también hay algunas especies
que son capaces de movimientos lentos y rápidos, como los girasoles que se
orientan al sol a lo largo de todo el día, o las llamadas plantas carnívoras o
devoradoras de insectos, que se cierran rápidamente en torno a su presa. Los
movimientos más comunes en los vegetales son sin embargo los llamados
tropismos, muy lentos y al servicio del crecimiento. Es el crecimiento hacia la
luz de las ramas o hacia el agua de las raíces, y también el crecimiento
buscando el contacto de objetos (enredaderas, parrales), o evitándolo (piedras
en el camino de las raíces). También es evidente la capacidad de reparación de
las heridas, segregando la corteza determinadas sustancias, como la resina, o
aislando la parte dañada. Pero más sorprendentes resultan las acciones
defensivas relativamente rápidas que son capaces de desarrollar algunas plantas
ante insectos invasores, hongos o animales que las consumen. Pueden
segregar en poco tiempo unas sustancias químicas repelentes o tóxicas que
disuaden al invasor. Y más sorprendente todavía es la capacidad de comunicación
entre miembros de la misma colonia, advirtiendo la planta atacada a las demás
por secreción de compuestos orgánicos volátiles que se trasmiten en cadena de
unas a otras. Cierto es que todas estas habilidades son producto de la
adaptación de los seres vivos al medio gracias a la evolución, y podrían
considerarse como respuestas más o menos mecánicas (siempre el racionalismo
científico), pero ¿no es cierto también que el sistema nervioso animal, y el
cerebro humano incluido, son también el resultado de la evolución natural? Así
pues, enfóquese el asunto como se quiera, con una visión materialista
o espiritualista, pero todo el “asunto”, es decir, incluyendo a todos los seres
vivos.
Volviendo al enfoque espiritualista, lo que más me gusta de los árboles es el
alma que expresan en su forma. Ramas, copa, tronco y raíces a veces visibles,
conforman un gesto propio, una figura llena de resonancias humanas. Y es que un
árbol se parece a un hombre más que a cualquier otro animal. Está erguido,
tiene brazos, y su cabeza se llena de hojas aéreas como el aura espiritual que
rodea la del hombre. Y por eso, por esa semejanza, podríamos hablar del
carácter de los árboles, de la espiritualidad del ciprés, de la cordialidad del
pino, de la majestad natural del eucalipto, de la nobleza del haya, de la
humilde fortaleza de la encina, de la dignidad del cedro, de la melancolía del
sauce, de la voluptuosidad del manzano, de la sabiduría del olivo, etc.,
etc.
Los árboles que aquí se incluyen son excepcionales, bien por ser centenarios y
milenarios, por su forma especial, o por ser ejemplares récord.
El baobab es un árbol de aspecto único e inconfundible de África. Tiene más
raíces que ramas ya que la parte predominante es un tronco engrosado en forma
de botella que almacena gran cantidad de agua. Su corteza lisa y la forma
abombada del tronco, le dan aspecto de animal invertebrado marino, de un pólipo
enorme, con cuerpo en forma de saco, fijo al suelo y con tentáculos en la parte
superior. Es un árbol a veces gigantesco, muy longevo, que puede alcanzar miles
de años de vida.
Las secuoyas son los
campeones de la altura, superando bien los cien metros, como una torre de
treinta pisos. Su tronco es cilíndrico y muy recto, ensanchado en la base y
decreciente en altura. También son árboles que llegan a ser milenarios. Son
coníferas típicas del oeste de Norteamérica.
El drago es el árbol
mítico de las islas Canarias, de aspecto primigenio. Su sabia es roja y se
decía que era sangre de dragón, con diversas propiedades medicinales. Tiene
parientes en Marruecos y otros lugares. Es un árbol centenario, existiendo
ejemplares de 600 años.
El ficus
es un árbol que puede ser grande, con muchas variedades, entre las que se
cuenta la higuera. El tronco de ramas lisas y sección de forma variable y
recuerda estructuras anatómicas animales. Su plasticidad para crecer de las
maneras más flexibles y variadas produce la sensación de un chicle vivo con
gran poder de estiramiento y crecimiento. Sus raíces son parcialmente visibles
y extendidas, formando robustos contrafuertes. En las especies de la India, sus
ramas horizontales y muy grandes emiten raíces aéreas que acaban anclándose al
suelo y generando nuevos trocos. De esta manera el árbol puede alcanzar un
desarrollo extendido en horizontal similar a la superficie de un campo de
fútbol. La corteza segrega al corte una sabia blanca, el látex.
El paloborracho, original de Sudamérica, tiene un tronco de forma
llamativa, de jarrón o botella, y almacena gran cantidad de agua en él para
resistir la sequía. La corteza está recubierta de espinas protectoras.
El ahuehuete es típico de Méjico, llamado también ciprés mejicano. Su
tronco es de los más gruesos y es un árbol milenario, remontándose su especie a
la era mesozoica o Secundaria, hace 200 millones de años. Son árboles
legendarios, sagrados para los nativos mejicanos, y dada su longevidad algunos
están declarados monumentos protegidos, como el árbol de la Noche triste bajo el que Hernán Cortés
lloró la derrota de una batalla contra los aztecas y la pérdida de casi la mitad de su
ejército. O el que ostenta el título de poseer el tronco más ancho del mundo,
el árbol de Tule.
El olivo
es un árbol tradicional de nuestro suelo y en general del mediterráneo. Es un
árbol de poco porte pero muy longevo, alcanzando algunos ejemplares de nuestro
país los ochocientos años. Sus troncos retorcidos y de caprichosas formas, dan
testimonio de su edad.
Las sabinas son árboles de la familia de los cipreses, también de poco
porte, que pueden crecer en terrenos áridos y en condiciones extremas. Son
famosas las de la isla del Hiero, en Canarias, donde se han adaptado al soplo
de los fuertes vientos adoptando formas impresionantes.
El ginkgo es un árbol de porte medio, superviviente único de una familia de hace
270 millones de años, cuando aún no habían aparecido los dinosaurios. Se le
considera un fósil viviente. En la actualidad no existen en estado salvaje,
habiendo sobrevivido en los jardines de los templos budistas, donde son
considerados árboles sagrados. Su longevidad llega hasta los dos mil años,
siendo muy resistentes y sin enfermedades conocidas. Uno de ellos, localizado
en un convento de Hiroshima, rebrotó en primavera después de ser arrasado por
la bomba atómica. Son características sus hojas en forma de abanico.
Ejemplares singulares, como el pino Matusalén que ostenta el record de ser el árbol más anciano, o el Árbol de la Vida, que es el árbol más solitario y vive en el desierto a dos kilómetros del árbol más cercano, o el tejo más antiguo de Europa, especie muy abundante en España en la Edad Media, que fue talada masivamente para hacer los famosos arcos “long bow” ingleses.