EL ALMA DE LOS ÁRBOLES

Gerardo Hernández 

 

Cada árbol tiene su gesto, su ademán, su alma. Ya sabemos que son seres vivos, aunque no sean capaces de moverse más que para crecer. Pero es que no necesitan moverse ya que tienen el alimento en abundancia junto a ellos. Es maravillosos ser tan sencillos que se nutren  de lo que más existe: el aire, el agua y la tierra. Además, puesto que abunda lo que necesitan, no luchan entre ellos, al contrario que los hombres y los demás animales. Moverse demasiado siempre es una limitación, una falta de libertad, un defecto de diseño o una mala costumbre. Ya lo sabían, y lo saben, los místicos contemplativos, que renuncian a todo para no tener que moverse.

            ¿Pero tienen alma los árboles realmente? Quien lo sabe… Desde luego no tienen sistema nervioso animal, ni cerebro por tanto, que es donde se dice que están soportadas las funciones del espíritu del hombre. ¿Pero quién sabe hoy si un alma puede tener otros soportes materiales? Hay quien dice que el alma es la forma de la materia organizada, y según eso, incluso un brillante o una esmeralda tendrían alma. Muchos amantes de las piedras preciosas lo jurarían, aunque sea un alma creada por el hombre, como la de una sinfonía, un cuadro o un poema. Con cuánto mayor motivo creer que un árbol, que es obra de la naturaleza, como el hombre, también tiene alma. Claro que no será un alma como la nuestra, pensadora, creadora. Pero es evidente que tiene un tipo de inteligencia, inteligencia vegetal al servicio de su vida; y hay quien dice que también algún tipo de sentimientos más allá de la mera sensibilidad orgánica, ya que crecen mejor cuando se les acompaña, se les habla o se les pone música.

            Analizando el asunto en plan racionalista o científico, esa manera de conocer del hombre que no ve el espíritu de las cosas, nos encontramos con que los vegetales disponen de un buen sistema de coordinación interior en base a la secreción de hormonas que circulan por él y regulan sus funciones vitales, entre las que se encuentran las respuestas a estímulos del exterior y del interior. Los animales poseen un sistema de coordinación semejante, el endocrino, además del sistema nervioso. Así pues, los vegetales poseen receptores de estímulos y secretores de hormonas que disparan determinadas respuestas.  Dijimos que el vegetal no se mueve más que para crecer, pero esa es una apreciación demasiado general, porque también hay algunas especies que son capaces de movimientos lentos y rápidos, como los girasoles que se orientan al sol a lo largo de todo el día, o las llamadas plantas carnívoras o devoradoras de insectos, que se cierran rápidamente en torno a su presa. Los movimientos más comunes en los vegetales son sin embargo los llamados tropismos, muy lentos y al servicio del crecimiento. Es el crecimiento hacia la luz de las ramas o hacia el agua de las raíces, y también el crecimiento buscando el contacto de objetos (enredaderas, parrales), o evitándolo (piedras en el camino de las raíces). También es evidente la capacidad de reparación de las heridas, segregando la corteza determinadas sustancias, como la resina, o aislando la parte dañada. Pero más sorprendentes resultan las acciones defensivas relativamente rápidas que son capaces de desarrollar algunas plantas ante insectos invasores, hongos o animales que las consumen. Pueden segregar  en poco tiempo unas sustancias químicas repelentes o tóxicas que disuaden al invasor. Y más sorprendente todavía es la capacidad de comunicación entre miembros de la misma colonia, advirtiendo la planta atacada a las demás por secreción de compuestos orgánicos volátiles que se trasmiten en cadena de unas a otras. Cierto es que todas estas habilidades son producto de la adaptación de los seres vivos al medio gracias a la evolución, y podrían considerarse como respuestas más o menos mecánicas (siempre el racionalismo científico), pero ¿no es cierto también que el sistema nervioso animal, y el cerebro humano incluido, son también el resultado de la evolución natural? Así pues, enfóquese el asunto como se quiera, con una visión materialista o espiritualista, pero todo el “asunto”, es decir, incluyendo a todos los seres vivos.

 

            Volviendo al enfoque espiritualista, lo que más me gusta de los árboles es el alma que expresan en su forma. Ramas, copa, tronco y raíces a veces visibles, conforman un gesto propio, una figura llena de resonancias humanas. Y es que un árbol se parece a un hombre más que a cualquier otro animal. Está erguido, tiene brazos, y su cabeza se llena de hojas aéreas como el aura espiritual que rodea la del hombre. Y por eso, por esa semejanza,  podríamos hablar del carácter de los árboles, de la espiritualidad del ciprés, de la cordialidad del pino, de la majestad natural del eucalipto, de la nobleza del haya, de la humilde fortaleza de la encina, de la dignidad del cedro, de la melancolía del sauce, de la voluptuosidad del manzano, de la sabiduría del olivo, etc., etc. 

            Los árboles que aquí se incluyen son excepcionales, bien por ser centenarios y milenarios, por su forma especial, o por ser ejemplares récord.

           

El baobab es un árbol de aspecto único e inconfundible de África. Tiene más raíces que ramas ya que la parte predominante es un tronco engrosado en forma de botella que almacena gran cantidad de agua. Su corteza lisa y la forma abombada del tronco, le dan aspecto de animal invertebrado marino, de un pólipo enorme, con cuerpo en forma de saco, fijo al suelo y con tentáculos en la parte superior. Es un árbol a veces gigantesco, muy longevo, que puede alcanzar miles de años de vida.

 

Las secuoyas son los campeones de la altura, superando bien los cien metros, como una torre de treinta pisos. Su tronco es cilíndrico y muy recto, ensanchado en la base y decreciente en altura. También son árboles que llegan a ser milenarios. Son coníferas típicas del oeste de Norteamérica.

 

El drago es el árbol mítico de las islas Canarias, de aspecto primigenio. Su sabia es roja y se decía que era sangre de dragón, con diversas propiedades medicinales. Tiene parientes en Marruecos y otros lugares. Es un árbol centenario, existiendo ejemplares de 600 años.

 

El ficus es un árbol que puede ser grande, con muchas variedades, entre las que se cuenta la higuera. El tronco de ramas lisas y sección de forma variable y recuerda estructuras anatómicas animales. Su plasticidad para crecer de las maneras más flexibles y variadas produce la sensación de un chicle vivo con gran poder de estiramiento y crecimiento. Sus raíces son parcialmente visibles y extendidas, formando robustos contrafuertes. En las especies de la India, sus ramas horizontales y muy grandes emiten raíces aéreas que acaban anclándose al suelo y generando nuevos trocos. De esta manera el árbol puede alcanzar un desarrollo extendido en horizontal similar a la superficie de un campo de fútbol. La corteza segrega al corte una sabia blanca, el látex.

 

El paloborracho, original de Sudamérica,  tiene un tronco de forma llamativa, de jarrón o botella, y almacena gran cantidad de agua en él para resistir la sequía. La corteza está recubierta de espinas protectoras.

 

El ahuehuete es típico de Méjico, llamado también ciprés mejicano. Su tronco es de los más gruesos y es un árbol milenario, remontándose su especie a la era mesozoica o Secundaria, hace 200 millones de años. Son árboles legendarios, sagrados para los nativos mejicanos, y dada su longevidad algunos están declarados monumentos protegidos, como el árbol de la Noche triste bajo el que Hernán Cortés lloró la derrota de una batalla contra los aztecas y la pérdida de casi la mitad de su ejército. O el que ostenta el título de poseer el tronco más ancho del mundo, el árbol de Tule.

 

El olivo es un árbol tradicional de nuestro suelo y en general del mediterráneo. Es un árbol de poco porte pero muy longevo, alcanzando algunos ejemplares de nuestro país los ochocientos años. Sus troncos retorcidos y de caprichosas formas, dan testimonio de su edad.

 

Las sabinas son árboles de la familia de los cipreses, también de poco porte, que pueden crecer en terrenos áridos y en condiciones extremas. Son famosas las de la isla del Hiero, en Canarias, donde se han adaptado al soplo de los fuertes vientos adoptando formas impresionantes.

 

El ginkgo es un árbol de porte medio, superviviente único de una familia de hace 270 millones de años, cuando aún no habían aparecido los dinosaurios. Se le considera un fósil viviente. En la actualidad no existen en estado salvaje, habiendo sobrevivido en los jardines de los templos budistas, donde son considerados árboles sagrados. Su longevidad llega hasta los dos mil años, siendo muy resistentes y sin enfermedades conocidas. Uno de ellos, localizado en un convento de Hiroshima, rebrotó en primavera después de ser arrasado por la bomba atómica. Son características sus hojas en forma de abanico.

 

Ejemplares singulares, como el pino Matusalén que ostenta el record de ser el árbol más anciano, o el Árbol de la Vida, que es el árbol más solitario y vive en el desierto a dos kilómetros del árbol más cercano, o el tejo más antiguo de Europa, especie muy abundante en España en la Edad Media, que fue talada masivamente para hacer los famosos arcos “long bow” ingleses.

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