LA CARACOLA
 

por
Gerardo Hernandez
- ©Derechos reservados -
 
 

ÍNDICE

La caracola 

Tú a Moscú y yo a California 

La voz de la Luna

Navegando el amor 

Playa imaginada 

Bajo el mar 

Iluminación 

Hacia donde vuelan las gaviotas 

Llueve 

Relojes 

Mis palabras 

Cipreses 

  Las golondrinas perciben la tristeza

La gruta de los Murciélagos

 Una gaviota urbana

Sin palabras

Azul

Los ámbitos del silencio














 
 
 

LA CARACOLA

Caminando un día por una playa virgen encontré una hermosa caracola. Era verano y el mar, tranquilo y cálido, rozaba con su labio de agua la nacarada caracola depositada a la orilla de la arena por la naturaleza. Mojada de mar, el sol la hacía brillar como una aparición, como una mensajera de sugerencias que obligaba a centrar en ella la mirada al paisaje, componiendo una escena de evocación y misterio.

Tuve el impulso de recogerla, de quitársela a la playa, pero por un momento imaginé la soledad de la arena y el agua, y me contuve. Era como robarle a la naturaleza aquella escena, aquella historia que parecía querer contarse desde el hueco de la caracola. La tomé entre mis manos y la llevé al oído. Una voz de mar profundo me susurró su leyenda: había vivido en la oscuridad de una cueva submarina y apenas entreveía la claridad del sol al mediodía. Una vez pasó por allí un cangrejo ermitaño, de esos que caminan esgrimiendo una gran pinza, y se introdujo en ella apropiándosela como refugio. Entonces, arrastrándose, arrastrándola, emprendió el camino hacia la orilla. La luz creciente la fascinaba, llenando su concha de bellas coloraciones que nunca había contemplado en la penumbra de su retiro en la cueva. Una vez en la arena, fuera del agua, el cangrejo la abandonó y se alejó arrastrándose por la orilla… no le volvió a ver… quizás volvió al mar… quizás se apropió de otra caracola. Ella se quedó allí, extasiada de la belleza de la luz, de la blancura de la arena, del azul del mar que por primera vez veía desde afuera. Y se alegró de que el cangrejo se hubiera ido; no le gustaba su caparazón áspero y opaco, su pinza amenazante, su posesión ciega, sus ojos pequeños, su cobardía. Esto me dijo susurrando la caracola.

La dejé otra vez sobre la arena mientras experimentaba una sensación de inquietud y tristeza por su destino. Era intensamente hermosa y fascinante, pero su sitio estaba allí, en la playa; no debía llevármela; aunque quizás fuera de nuevo apropiada por otro cangrejo que la arrastraría otra vez al fondo del mar, que la abandonaría otra vez en su tenue soledad. O quizás, permaneciendo sola en la playa, el mar de invierno con sus olas violentas acabara rompiéndola en mil pedazos contra las rocas del fondo; o tal vez, otro caminante como yo decidiera robarla sin escrúpulos para su exclusivo deleite, y al final terminara olvidada en alguna vitrina de una casa cualquiera.

La caracola estaba condenada antes o después, lo sabía, y nunca volvería a brillar de aquella mágica manera, en aquella escena de playa, mar azul y verano. Pero no sería yo el que la arrebatara ahora de aquella plenitud. Allí la dejé, después de admirarla largo rato. Y cuando me fui, sabía que iba a perdurar en mi interior durante mucho tiempo, a salvo de las manos del azar y de los mares de invierno, mientras siguiera viva esa otra caracola mía de la evocación, con su voz de luz y sueños, con su fantasía de playas vírgenes e historias imposibles.
 
 
 


 
 

TU A MOSCÚ Y YO A CALFORNIA

Había pocas personas en el bar del hotel. Una casi inconsciente sensación de agrado me empujó a sentarme cerca de ti en la barra. Me miraste un instante con naturalidad y simpatía; quizá me viste entrar. Y me puse a hablar contigo espontáneamente, sin darme cuenta al principio de lo fácil que era sentirme próximo a ti. Sin saber cómo, sin premeditar nada, estabamos al poco tiempo intimando y contándonos cosas de nuestras vidas, con esa sensación gratificante y desinhibida de la charla con el compañero de asiento en el avión o el tren, al cual nos unen algunas horas de viaje en compañía y la despreocupación que proporciona el anonimato y la seguridad de no volverse a ver.
Tenías una sonrisa tan cercana como si fueras una amiga mía, una hermana, como si nuestras almas se conocieran desde siempre. Y me sonreías con infantil confianza, pues al cabo de un rato ya sabías quién era yo, y yo quién eras tú. Nuestras almas se habían desnudado una ante la otra gratuitamente, sin las reservas del temor o la incertidumbre. Nuestras rodillas se tocaban confiadas y me pusiste la mano en el brazo para decirme cualquier cosa. Y yo sentí deseos de acercar mi cara a la tuya y decirte algo al oído. Y lo hice, y te lo dije: te dije susurrando que me gustaba cómo eras, que estaba muy bien contigo, que me encantaría pasar un rato más a tu lado en la tranquilidad de tu habitación, acompañarte en la intimidad de ese pequeño mundo habitado sólo por ti. Estar allí contigo, así de sencillo, querer lo que tu quisieras, hablar, tomar algo más, bastarme  tus ojos sonriendo y la amistad de tus manos. Y me tomaste de la mía y me fuiste diciendo cosas con tus ojos y la sonrisa amiga de tus labios, camino de tu habitación..

Y fue sólo entrar, y mirarme, y sentirte tan cerca, que te tomé entre mis brazos suavemente, y un abrazo tierno tuyo me envolvió y ya no hubo más palabras, sólo miradas entre las almas y tiernas caricias y besos, y una pasión dulce que se iba desnudando como un amanecer. Y comenzaste a desnudar tu cuerpo con igual naturalidad que si estuvieras sola, como el acto sencillo de ponerte cómoda, y me dijiste que ibas a tomar una ducha. Y me invitaste a compartirla mientras te deslizabas al baño. Yo me despojé de la ropa y entré, y allí estabas tú, hermosa, hermosa, como una playa de ondulada arena, bañada por el agua, el cabello mojado pegado a tu cabeza , haciéndote familiar, entrañable. Me acerqué a tu cuerpo empapado por la lluvia y sentí el contacto de tu carne en mi carne, y las caricias desnudas iban hermanando dos cuerpos y enamorando dos almas que no dejaban de mirarse con ojos de niños inseparables.
Te sequé entre besos, me secaste entre dulces palabras, y de la mano fuimos a tendernos sobre el lecho. Y jugamos a hacer el amor, o hicimos el amor jugando, y no hubo espacio de nuestros cuerpos que albergara sensaciones de placer que no fuera recorrido con besos y caricias, y hasta el éxtasis nos sorprendió jugando y nos dejó un momento sin sonrisas, y después los ojos se quedaron clavados en las almas, interrogando. Fue un silencio intenso, el recuerdo repentino de todo nuestro encuentro y una evidencia en forma de preguntas y respuestas: "¿será el?, ¿es él?, ¿eres tú?" -decías con la mirada. Y yo pensaba: "siempre te he buscado, estás hecha a mi medida". Un tierno y largo abrazo disolvió la distancia de aquel silencio. Luego te levantaste y desapareciste en el baño. Ya ante el espejo, sentada de espaldas a mí y medio vestida, comenzaste a maquillarte lentamente, poniendo esa especial atención que acompaña al rito de construir una persona distinta, más fuerte, más seductora, menos entrañable, menos niña, menos mía.
Yo fumaba un cigarrillo, tumbado todavía, viéndote hacer, pensando: "¿porqué aquí, en este hotel de aeropuerto, en esta noche, en esta breve hora que pronto nos separará? Estás casada, estoy casado; esperas a tu marido que llega esta noche y mañana volareis a Moscú, donde vivís. Yo salgo esta noche para Los Angeles a reunirme con mi familia. Toda la vida buscándote y te encuentro ahora, en París, en esta encrucijada de tránsitos y de breves encuentros que nos dispersará por los aires en pocas horas".
Y me mirabas incesante desde el espejo mientras proseguías la delicada tarea de transfigurarte, como si oyeras mis pensamientos atravesándote la espalda, aún desnuda. Me mirabas seria desde tu maquillaje que iba cubriéndote de una expresión serena y decidida.
Yo me preguntaba si aquello no había sido sólo la típica y fugaz aventura, si ese conocimiento previo de nuestras circunstancias personales era lo que había hecho posible nuestra entrega tan especial y despreocupada. Y no, no había sido sólo eso, había sido el encuentro de dos vidas hechas para existir siempre una al lado de la otra, el encuentro en ese juego de laberinto del azar que nos había hecho coincidir  mágicamente por un momento. Y no había solución, no había tiempo… Al menos nos habíamos conocido, nos habíamos amado durante una breve hora. Al menos nos habíamos encontrado. Por un instante vi que tu mano caía sobre la mesa y abandonaba la tarea de transfigurarte mientras mirabas a un punto inexistente, quizás situado dentro de tu corazón. Luego continuó despacio y terminó. El tiempo apremiaba, me dijiste; me vestí y me acerqué a ti. No hubo palabras, sólo una larga mirada y un beso que me ofreciste desde tus labios pintados. Salí, entré en el ascensor, y te miré por última vez tras tu puerta entrecerrada. Las puertas correderas del ascensor fueron cortando nuestras miradas unidas.

Mi avión salió puntual. Estaba cómodo en mi asiento. El asiento de al lado iba vacío. Me dispuse a dormir tranquilamente y giré la cabeza al lado. Te imaginé vívidamente, recostada allí, con los ojos sonriéndome, tu mano sobre mi pierna, mi mano sobre tu mano, y te dije: "duerme mi amor, descansa, todavía quedan muchas horas hasta llegar a California".
 
 
 
 
 


 
 

LA VOZ DE LA LUNA

En la inmensa noche de verano, en medio del campo saturado de aromas de jara y romero, con toda las cosas vestidas de pálido, aquí estoy yo, en el centro de la noche, mirándolo todo: La luna
Soberbia, brillante, misteriosa en mis manchas y cráteres, capturo la mirada, hipnotizo... pero a ti te gusta mirarme con los prismáticos para verme más cerca, para observar mis luces y mis sombras, mis relieves, mis detalles; te gusta analizarme. ¡Demonio de cabeza!...
Sí, ¿sabes?, me conoces bien, pero no sabes nada de mi influjo. Tampoco sabes mucho del influjo de las mareas.
Sabes, sin embargo, lanzarte por las laderas de los montes controlando el rápido descenso, y arrojarte al agua desde una roca en la adecuada postura. Y en la montaña rusa has descubierto, que mirando siempre en la dirección del recorrido el vértigo no te hace perder la cabeza.
Te gusta el vértigo, pero eliges siempre el vértigo que controlas. Supongo que es miedo; o en el mejor de los casos, prudencia.

Pero déjame que te hable de mí, hablemos de mi influjo… quiero que me sientas, que sientas la luna. Quiero que sepas de lunas… y de perder la cabeza.
 
 
 
 


 
 

NAVEGANDO EL AMOR
 

Me gusta todo de ti, desde la raya de tu pelo que desnuda tu frente hasta tu pie juguetón y sensible como un niño pequeño.
Tu pelo negro es noche suave, caricia de almohada, escondite de mi amor, turbado por sentimientos desconocidos que tu me enseñas.
El arco de tus cejas me enamora y amo tiernamente la línea de tus ojos. Tus ojos, esos remansos transparentes en los que me sumerjo sin tiempo. Y tu nariz, esa clave delicada que puede estropear un rostro, encaja con armonía y ternura entre el mar de tus ojos y las playas de tu boca.
Tu boca, !Ah tu boca!, tu corazón de afuera... !me dices tantas cosas con tu boca!
Me eternizo en las playas de tu boca; en el borde de tus labios cultivo mariposas con mis labios, largamente. Y al fin me entrego en dulce abrazo al lecho cálido de tu boca, que se abre en profundidades donde perezco y me suicido en un mundo de sensaciones delicadas y calientes, donde nado y exploro ocultos rincones de tu interior de fuego dulce.
Y vuelvo a tus ojos, ahora preñados de amor, ¿cómo podría perdérmelos? !Ay corazón, que esta mirada tuya me dure para siempre!...¿No es el cielo?

Y bajo hasta tus pechos, perdido definitivamente en las cadenas de tu cuerpo. Ternura de tus senos, almohada donde quiero dormir y despertar eternamente, sed insaciable de ti, violento deseo de morder y de acabarte, merodeando las puntas erguidas de tus pechos, apretadas como pequeños volcanes levantados por el fuego oculto de tu cuerpo que ha despertado.
Yo conozco tu fuego, que expresan tus ojos trasformado en amor, y tu respiración que me dejas oír sin pudor, generosa... !Cuánto te amo por darme tu fuego!, por el regalo de tu pasión, tan hermosa como una anunciación, como la llegada de la vida en dulce marea.
Y desciendo hasta tu vientre por senderos de besos que a veces se extravían en la curva de tus caderas, que mágicamente me entretienen, absorto en su dibujo, en el hechizo incomprensible de su curvatura. Y desciendo, desciendo, caigo sin remisión y definitivamente en la boca abierta de tu cuerpo, donde tu pasión florece y riega los surcos de tu carne con calor estremecido.
Y mi boca, enajenada, se abre también para abarcar esos otros labios tuyos, y fundir labios con labios en ese fuego que me das desde tu entraña.
Y pereces en dulces agonías mientras mi lengua descubre los rincones de placer donde duerme tu éxtasis.

Pero vuelvo a tu alma olvidada tras los ojos; quiero ver como el éxtasis los turba mientras me miras y me lo ofreces. Y entro en ti, mi carne en lo profundo de tu carne, promesa del deseo al fin cumplida. Cara a cara, mirada en la mirada, las entrañas se besan dulcemente, lentamente y sin fin, y los ojos leen en los ojos las ondas de placer que los conmueven y extravían, y en la orilla de la boca el quiebro sorprendido por la viva caricia de un goce inesperado.
Y al fin el río de aguda dulzura, la avenida incontrolable que nos inunda y nos remueve, primero a mi con golpes de torrente y luego a ti con fuerza de marea que reflota todas las velas de tu puerto y las hace a la mar. Y navegas todavía mientras yo me extingo, y me miras dulcemente cuando la luz del ocaso va alcanzando tus ojos, que se quedan navegando ahora en los míos con amor de noche.
 
 


 
 
PLAYA IMAGINADA

Es muy temprano y he llegado hasta mi playa; la playa donde sueño las mañanas del verano. No hay nadie aún. Sólo la playa y yo. La ausencia de personas no me la muestra vacía; al contrario, está más llena de sí misma, rebosante de naturaleza, ofreciéndome toda su verdad.

Me habla la playa, me cuenta los abrazos incesantes entre el agua y la arena, las caricias entre la brisa y el agua, los besos entre el sol y la arena; y me susurra la promesa del amor entre mi cuerpo y todos sus elementos. Se me ofrece por entero y la recorro, hundo mi piel en su blandura y me enamoro del agua que se desnuda trasparente a su orilla. Y bebo el viento que me abraza y me posee tan suavemente. Corro, corro, persiguiendo el instinto, queriendo volar como gaviota a ras de orilla, con los pies chapoteando y las alas de los brazos que quieren abarcar el mundo pero no saben de volar. Desnudo, en el agua desnuda me bautizo, y recibo los orígenes del mar mientras siento que la vida ha entrado en mí ya para siempre.
 
 
 
 


 
 

BAJO EL MAR

Por aguas trasparentes de increíble color turquesa voy nadando en superficie mirando el fondo del mar. Un paisaje subacuático de gran belleza se aparece. Pirueta abajo y me sumerjo. Unas rocas blanquecinas se elevan sobre un arenal inmaculadamente blanco. Un banco de diminutos pececillos nada lentamente alrededor de las rocas. Me acerco y me miran todos a la vez, sincronizados, como si de un único ser se tratase, quizás sorprendidos, como si un dios hubiese penetrado en su mundo. Es tal la luz que hay en el agua que parece realmente una atmósfera, sólo algo mas densa que la exterior. Miro arriba y la superficie es un espejo brillante que no deja ver afuera. Siento, por un momento, lo mismo que debe sentir un pez viviendo en este sosegado mundo subacuático, ignorante del mundo que transcurre más allá de ese espejo brillante que le limita: mundo para el que no está hecho.

Y pienso en el hombre, y me pregunto si ese maravillosos cielo azul es también su frontera. Pero lo mismo que el pez, que salta a veces fuera del agua y se asoma a nuestro mundo, también nosotros sabemos saltar en la noche para mirar las estrellas y la oscura distancia. Tampoco ahí podemos vivir nosotros, ni nadie distinto de nosotros. No, el cielo azul no es la frontera; quizás son las estrellas, todas las estrellas en el cielo negro la verdadera frontera. Mas, !que salto tan alto para el hombre! ¿Quien podría darlo? Y sin embargo hay quien dice que allí hay otro mundo y que un dios desde allí se sumergió una vez en la Tierra. Y dicen también que se puede vivir intensamente feliz allí, al lado de aquel dios extraordinario. No sé, yo me pregunto si el pez puede ser feliz viviendo en una pecera al lado del hombre...

El aire se me acaba, no estoy en mi mundo, tengo que volver. Yo sólo sé respirar en la tierra, y como el pez en su mundo subacuático, soy feliz a mi manera en mi mundo bajo las estrellas.
 
 
 
 
 


 
 

ILUMINACIÓN

Se levantaba todos los días al alba y se sentaba en su mesa, ante una hoja blanca. Allí se quedaba inmóvil, silencioso, como si estuviera esperando la revelación de alguna verdad que su inspiración fuera a mostrarle. Miraba la hoja atentamente, igual que se mira un espejo para encontrarnos al otro lado después de habernos perdido; pero él se miraba el alma para ver dentro de ella el secreto de la vida, la realidad del mundo, la verdad del más allá; y quería registrar en palabras esas percepciones que, día tras día, estaba más al borde de desvelar. La mano sujetaba la pluma sobre el papel, la atención permanecía relajada y tensa a la vez, como un arco tendido esperando el momento del disparo. Llegaban palabras, muchas palabras, pero se negaba a considerarlas, a escribirlas, pues sabía que no eran las verdaderas, Cuando éstas llegasen las reconocería; vendrían precedidas de un hálito de luz, de una evidencia iluminada que desencadenaría sobre el papel un manantial de escritura incontrolable, como si fuese la propia verdad que estuviese escribiéndose a sí misma.
Pero se cansaba en la espera, se abrumaba, pues aunque sentía que dentro estaba la verdad que buscaba, y quería brotar y derramarse en palabras, algo lo impedía y no podía expresarla. Entonces ponía música, y aún con la mirada depositada en la blancura del papel, no se esforzaba en encontrar nada; simplemente dejaba que la melodía sonara suavemente dentro del alma, hablándole con su lenguaje sin palabras. Pero tampoco el espejo blanco del papel le devolvía así ninguna verdad, aunque la melodía sonaba cada vez más dentro, en lugares ignotos. Entonces cerraba los ojos y sentía que era su propio corazón el que hacía aquella música, que ya no era música sino una historia contada directamente con sentimientos, una historia de la que habían huido las palabras. Y  se preguntaba si después de todo éstas resultaban imprescindibles, si a veces no eran un estorbo.
Un día, atento al espejo blanco del papel, esa conciencia de la inutilidad de las palabras para expresar lo que perseguía se le hizo tan lúcida, que dejó la pluma sobre la mesa y renunció definitivamente. Entonces toda la blancura de la hoja se le metió dentro, igual que  la música cuando cejaba también en el empeño. Y vio que aquella intensidad del blanco lucía en su alma, era su propia alma, que comenzó a mostrarle directamente, con un lenguaje sutil de luminosas evidencias encadenadas, todas las verdades que andaba buscando.
 
 
 
 
 


 
 
 

HACIA DONDE VUELAN LAS GAVIOTAS

Paseaba sola por la playa desierta
la mirada perdida en la lejanía del mar
el cabello suelto a la brisa
el paso tranquilo que parecía sentir la proximidad de las olas
acercándose una tras otra a tocar sus pies
Se paró
se volvió hacia el mar y alzó los brazos como queriendo abrazar el horizonte
y luego cayó en tierra
de rodillas
la cabeza echada hacia atrás y los brazos desmayados a los lados del cuerpo
Y como un castillo de arena desleído por la lengua líquida del mar
se vino abajo
de costado sobre la arena
La brisa henchía su amplio y etéreo vestido como la vela abandonada de un barco varado
Pasaron las horas y su cuerpo formaba ya parte del paisaje de la playa
y su vestido era el juguete del aire que crecía en el atardecer
Finalmente
como encelado amante
el viento arrancó su vestido y se lo llevó volando mar adentro
como una gaviota blanca que se dejara llevar hacia las islas
La playa
el viento
las olas blancas arrastrándose hacia la orilla
el cuerpo desnudo e inmóvil en medio de la arena
como si siempre hubiese estado allí
el sol rojizo que se sumergía en la línea del horizonte
poniendo un cálido velo anaranjado sobre todas las cosas
Y al final la noche
el murmullo del mar
la pálida luna
que parecía mirar desde lo alto el cuerpo de la mujer
como si fuese su propia alma liberada del dolor de la tierra

Al día siguiente la playa se veía vacía
más solitaria que nunca
y sólo unas pisadas
entrando en el mar
recordaban el cuerpo abatido de la mujer de la playa
Era un sendero de pisadas que apuntaba a las islas
hacia donde vuelan las gaviotas
donde voló su vestido
hacia el punto del horizonte donde su abrazo postrero intentó alcanzar al amor perdido.
 
 
 
 
 
 


 
 

LLUEVE

Llueve, estoy solo; esencialmente solo como todos, a fin de cuentas.
¿Para qué estamos aquí? -nos preguntamos a veces en estos días de lluvia y soledad.
El hondo sentimiento de uno mismo nos acompaña sin embargo
y se vuelve acogedor, decididos a amarnos en nuestro abandono.
Llueve, siempre llueve lentamente cuando nos sentimos solos,
y ese llanto suave del mundo es como un compañero que busca consuelo en nosotros.
Las pausadas gotas caen sobre mi ventana y su sonido incesante y amortiguado
es como el latido dulce de la melancolía.
Me produce una tierna sensación
ver que todo se moja, que las casas y las calles y los árboles
se empapan de agua
como si se bañasen en una tristeza sencilla y callada.
Y ya no queremos hacer nada, sólo oír la lluvia que no cesa en la tarde
mientras se derrama toda la compasión que nos produce el existir.
Es tiempo de estar en casa, de escuchar el tic-tac del reloj
que se mezcla con el ritmo de la lluvia,
de amar por una sola vez la soledad de la habitación que nos acoge.
Nuestra vida, nuestra historia, nuestro incierto futuro, nuestro fin,
se dibujan entonces sin ansiedad bajo el llanto humilde de los cielos.
Llueve, llueve también en el alma
que hoy sabe renunciar a tantas cosas, a tantas batallas,
a tantos deseos inútiles que no tienen sentido en un mundo que llora.

Estamos solos, esencialmente solos,
pero nos basta la lluvia para sentir esa tranquila compasión
que hace soportable la existencia.
 
 
 
 
 
 


 
 
 

RELOJES

Acabo de levantarme, absorto todavía en el hecho de haber despertado y ver cómo la vida se va apoderando lentamente de mí, trayéndome el recuerdo de las cosas sucedidas ayer y las cosas que me esperan en el día de hoy. ¿Soy eso yo, esa historia de mi vida almacenada en el recuerdo y ese más o menos previsto futuro que espera realizarse? ¿O soy el que, aún medio dormido, se siente en este instante al margen de la memoria?

Medio tumbado en un sillón, despertándome todavía entre el humo de un cigarrillo, oigo el tic-tac de los relojes. Me pregunto por qué hay varios relojes en esta habitación. Hay más en otras habitaciones. Ahora que lo pienso, hay relojes por toda la casa y no acabo de comprender si es por motivos decorativos o por la comodidad de alzar la vista en cualquier momento y saber la hora que es. Con lo fácil que sería mirar el reloj de pulsera si siempre lo llevara puesto. Pero no, tengo tendencia a olvidarlo en la mesilla de noche, como si me molestara que el tiempo me tuviese agarrado de la muñeca. Es curioso y contradictorio. Concluyo, a esta hora incierta del despertar, que los relojes de pared o sobremesa me inspiran un misteriosa fascinación, más allá de la necesidad de someterme al tiempo. Pienso que esta fascinación reside en su tic-tac, en su suave e indolente tic-tac.
Los oigo, oigo a los tres relojes de esta habitación: uno en la pared, otro en una estantería y el tercero, más pequeño, en la mesita del rincón. Primero suena el grande de pared, e inmediatamente le sigue el de la estantería; luego se hace oír el del rincón, más humilde y discreto. Y son exactos en sus intervalos recíprocos, jamás los cambian, componiendo un ritmo simple y eterno, matemático. Y sin embargo hay magia en ello, más magia que matemática, más fascinación que mecánica. Porque realmente el tiempo, esa entelequia que pretendemos medir con los relojes, es algo de otra dimensión más personal, más subjetiva. Hoy mi tiempo, a esta hora, está tranquilo, va lento, no cambia, por más que el matemático tic-tac se obstine en medir su paso. En otras ocasiones, apresurado por quehaceres obligados, cada golpe del reloj es un aldabonazo de urgencia e inquietud.
Pero lento o apresurado yo, el tic-tac suena preciso, ajeno a las almas de los hombres. Y ahora, en este instante sosegado en que a su vez mi alma existe al margen del reloj, me doy cuenta de lo que significa ese tic-tac; me doy cuenta de la magia que encierra el sonido del reloj. Sonido que se repite idéntico e incesante, como la pulsación siempre presente de la existencia. Una y otra vez me está diciendo: existe el mundo, existe lo real y yo soy su evidencia. Sí, los relojes me advierten que no estoy en un mundo imaginado. Los relojes son el corazón de lo real que late.

Y en este momento aún adormecido de la mañana, me dejo mecer en los brazos de la inacción bajo esa canción maternal de la existencia que me canta el reloj (el primer reloj que se escucha es siempre un corazón). Y me siento liberado de la angustia y la incertidumbre de existir. Tic-tac, tic-tac, tic-tac….

- Chsssss… son corazones, Sancho ¿No los oyes?
- Que no, mi señor, que son relojes… ¿No ve vuestra merced como giran sus agujas?
- Bien se ve, mi buen Sancho, que no estás versado en asuntos de relojería, y te dejas llevar por la apariencia engañosa de las cosas. Créeme, por mi señora Dulcinea, que son corazones.
 
 
 
 
 
 
 


 
 
 

MIS PALABRAS

Ayer despedí a mis palabras. Últimamente hacían demasiado ruido, me volvían loco; todo el día zumbando a mi alrededor, confundiéndolo todo, sin dejarme descansar ni  disfrutar de la vida. Así que, irritado y convencido, abrí la puerta y las eché de casa. Fue un alivio, una paz inmensa, una sensación de libertad como nunca había sentido. Sin embargo, al cabo de un tiempo, comencé a sentirme solo. No sabía qué hacer ni qué pensar, y empecé a aburrirme.
Estuve largas horas postrado, sin ninguna iniciativa ni ganas de hacer nada. Finalmente me asomé a la ventana. Había un hermoso sol poniente que me robó la mirada. Sentí que el astro me miraba desde el horizonte y que su luz rojiza, que ya no dolía, se convertía en mi propia mirada y se abría en luz de conciencia dentro de mí. Yo y el sol éramos lo mismo: mi conciencia.
Al rato se ocultó tras las lejanas montañas y me volví a sentir muy solo. Preso de un impulso automático, intuitivo, cerré la ventana y me puse a encender el fuego en la chimenea. La leña seca comenzó a arder con brío y pronto una espléndida fogata me iluminaba, sentado cómodamente en un sillón, contemplando el fuego. Las llamas eran fascinantes: aparecían, cambiaban de forma continuamente y desaparecían para ser sustituidas por otras. El calor que desprendían era agradable y retenía allí a mi cuerpo, y su luz se apoderaba de mi conciencia. Me sugerían cosas, pero no podía expresarlas, e intuí que era  debido a que no estaban allí mis palabras. Eran sugerencias sutiles, ideas inconcretas y juguetonas, formas sin forma de la imaginación. Y yo estaba en ellas, o ellas dentro de mí: las llamas eran mi imaginación.
En la mesita que había a mi lado, un vaso amplio y vacío se iluminaba con el resplandor del fuego. Atrajo mi atención y lo cogí entre las manos. Era curioso, nunca antes me había fijado en él con tanto cuidado. Aprecié por primera vez que el cristal, el sutil, trasparente y casi imperceptible cristal, era en realidad una masa burdamente sólida, aunque trabajada hasta hacerla muy delgada y hueca, y que su forma, antes imaginada perfecta y cilíndrica, tenía ciertas desigualdades en el grosor y el perfil que delataban su grosera naturaleza. No era perfecta, no era una idea pura. No era un "vaso". Era una cosa artificial, gratuita, hecha por el hombre para que pudiera contener un líquido. Era un engendro truculento para servir de utilidad al hombre. No era un sol, ni era un fuego. Era una chapuza humana para atrapar una pequeña cantidad de líquido y poder beberlo. Y de pronto me inundó una visión, una conciencia repentina y violenta de que estaba rodeado de artificios, de cosas simplemente útiles como el vaso. Cosas artificiales que eran soluciones materializadas de una necesidad o comodidad. Cosas como apéndices o complementos humanos, que no tenían ningún significado ni me sugerían nada especial, como me sugerían el sol y el fuego. Y la casa me resultó agobiante, vacía de sentido; por todas partes bullía lo innecesario, lo banalmente humano, que me atrapaba en lo físico y lo fisiológico. Sintiendo fuertes náuseas me asomé otra vez a la ventana. Se había hecho de noche y el cielo estaba estrellado. La profundidad de las distancias cósmicas me arrebató de la ventana y me proyectó entre los espacios oscuros donde las estrellas se pierden. Sentí vivamente que por encima de mi existencia insignificante había otra dimensión que me sobrepasaba en aquel preciso instante con su inmensidad, pero a la vez, y por captar aquello, mi propio ser crecía, se trascendía y desbordaba, igualándome por un momento con el firmamento. Así estuve mucho rato, absorto en la dimensión infinita. Al final sentí cansancio y deseos de dormir. Me senté otra vez ante el fuego y me dejé deslizar hacia el sueño, al calor de las llamas.
Cuando desperté al día siguiente, me asaltó un vívido recuerdo, aunque impreciso, de haber tenido una intensa experiencia plena de significado, compuesta de intuiciones y vivencias que nunca antes había experimentado. Y queriendo recuperarlas y atraparlas para siempre, me precipité a la puerta y la abrí para que entraran las palabras. Allí estaban, ansiosas y expectantes, ruidosas y limitadas como siempre, deseando entrar otra vez en casa para pegarse a mi existencia como si fueran imprescindibles, sin querer darse cuenta que su habilidad era confundirlo todo. Abrazadas a mí, nos pusimos rápidamente y sin descanso a escribir este relato.




CIPRESES

La niebla oculta tenuemente la mañana. Las masas de árboles caducos se han cubierto   de amarillo y comienzan a perder las hojas por la punta de las ramas. Entre la arboleda, por todas partes, aquí y allá diseminados entre las tumbas, los oscuros y robustos cipreses ponen notas firmes y sombrías en el paisaje de la ciudad de los muertos. Brillan entre la niebla las nuevas sepulturas y panteones de pulido granito. Hay zonas enteras del cementerio levantadas con estas tumbas nuevas, como si fueran barrios pudientes. Por el contrario, envejecidos, opacos y desmoronados, otros barrios parecen proceder de tanto tiempo atrás que ya no quedan nietos que conserven la memoria de las tumbas. Losas rotas, hundidas, dejando al aire la lúgubre cavidad mortuoria, parecen estar esperando estos barrios en ruinas que la pala mecánica, compasiva, pronto les libere del dolor del olvido. Y es que todo pasa, la vida, los recuerdos, y hasta los muertos olvidados. Pronto serán remplazados estos muertos de nadie por otros nuevos, calientes aún en la memoria, medio vivos casi, como esos árboles amarillos que comienzan a morir en este otoño húmedo.
Han ocultado los pájaros sus alegres cantos en los nidos de invierno, y parecen, también, que hubieran muerto. Sólo el graznido ocasional del cuervo y el desmadejado vuelo blanquinegro de la urraca aportan un indicio, fatídico, de vida en el ambiente. Los cipreses, erguidos, impasibles, oscuros, son sin duda el espíritu de los muertos definitivamente olvidados, que se esfuerzan, año tras año, en soledad, por crecer un palmo más hasta el cielo. Pero los árboles amarillos son los muertos recientes, entrañables, que se visten de fiesta en estas fechas para recibir a los seres queridos.
Ciudad del recuerdo y el olvido. Ante la tumba, la lucha entre la mente y el corazón no tiene tregua. En la mente, sólo los huesos descarnados por el tiempo; en el corazón, el latido vivo del presente recordado. Todos los años quisiéramos no volver al cementerio y dejar sólo al corazón el rito de este día, pero los huesos están allí, solitarios, definitivamente solitarios…





LAS GOLONDRINAS PERCIBEN LA TRISTEZA

Los cables de la luz frente a mi casa se habían llenado de golondrinas. Era extraño, tal vez sólo una extraordinaria coincidencia, pero allí estaban apretadas unas junto a otras ocupando toda la longitud del tendido delante de la fachada. Más allá no se veían golondrinas posadas, ni tampoco en otros tendidos del pueblo. Sólo delante de mi casa. Además, me miraban muy tranquilas mientras yo las observaba desde el balcón. Volvían las cabecitas pausadamente a uno y otro lado mirándome confiadas cada vez con un ojo, como si me conociesen de siempre. Pero lo más sorprendente es que cuando bajé a la calle y me puse debajo de los cables, no sólo no se marcharon sino que seguían tan tranquilas como antes sin asustarse. Cuando regresé a casa, contemplándolas nuevamente en su confiado abandono ante mí, sentí que querían hacerme compañía y me eché a llorar. El día anterior había muerto mi padre, un hombre sencillo de campo que amaba las golondrinas. No pude evitar el convencimiento de que él me las mandaba para consolarme. Veía su gesto tranquilo y bondadoso, su alma que no sabía expresar los sentimientos con palabras y recurría a los actos para manifestarlos. Desde el lugar donde estuviera, quizás en un estado transitorio y beatífico de espíritu que tiene poder sobre las cosas de este mundo, me enviaba las golondrinas para sosegarme.  Ya más tranquilo, pensé que quizás las golondrinas son capaces de percibir a distancia la tristeza y por eso se habían posado allí tan confiadas. Los animales encierran tantos secretos... Nunca más he vuelto a ver tantas golondrinas ante mi casa.

              

LA GRUTA DE LOS MURCIÉLAGOS

Cuando la muchacha entró en la Gruta de los Murciélagos sabía que ya no se volvería atrás pasase lo que pasase. Era una decisión firme. Era su respuesta al reto del Anciano del Bosque. Acudió a él en busca de ayuda contra la Maldad del Mundo, que hacía infeliz su vida. El Anciano le había dicho: 

    -Si no superas tu miedo al Instinto del Murciélago jamás serás feliz.
    -¿Pero cuál es el instinto del murciélago?- preguntó ella.
    -Sólo lo sabrás cuando hayas penetrado hasta el fondo en la Gruta -respondió misterioso el Anciano. 

Los murciélagos siempre le habían inspirado repugnancia y terror. Eran bichos de la Obscuridad, bestezuelas ciegas y enloquecidas que se agitaban en lo profundo de las cavernas y volaban erráticamente en la noche cerrada persiguiendo a sus presas. Pero ahora tenía que sobreponerse a esas sensaciones y llegar hasta el final para descubrir el Secreto de la Felicidad. 

Pasado el vestíbulo de la gruta, que estaba sumido en una placentera penumbra, pronto se encontró sumergida en la obscuridad más absoluta. El pánico comenzó a agarrarse a su pecho, pero continuó avanzando sigilosamente, tanteando los obstáculos, sintiendo las formas y la dirección del corredor de la caverna. Enseguida le llegaron de lo profundo, de manera tenue y esporádica, los gritillos agudos y desagradables de los bichos. El calor iba subiendo y el aire se volvía irrespirable. Notó que el suelo se hacía cada vez más blando y pegajosos bajo sus pies. De pronto, su mano derecha palpó sobre la pared algo escurridizo que se movió a su contacto. Un estremecimiento cercano despertó alrededor una agitación confusa que se fue propagando a lo largo de la cueva; después se levantó un rumor de aleteos golpeándose entre sí, que fue creciendo de manera alarmante hasta hacerse insoportable. Y entonces rompieron los grito, los gritos agudos del Instinto del Murciélago, que se echó a volar de manera enloquecida. Toda la Caverna se llenó de alas y chillidos y un torbellino espeso pasó sobre ella envolviéndola y rozándola con sus alas. Y sin embargo ningún bicho tropezaba con ella ni la hería. El río interminable de aleteos iba discurriendo sobre ella tocándola suavemente por todo el cuerpo, sofocándola de calor, ensordeciéndola con sus chillidos. Finalmente, ella también gritó de manera interminable y consciente, mezclando su grito con el de las bestezuelas de la Obscuridad. 

Exhausta, se dejo caer sobre la pared cuando ya los últimos pájaros habían huido. Y entonces, una misteriosa sonrisa se fue dibujando en su boca. Sí, ya conocía el Secreto del que le había hablado el Anciano del Bosque. Ya había perdido el miedo al Instinto del Murciélago. Después de todo, y a pesar de su manifestación aterradora y oscura, era sólo un instinto de Libertad.



UNA GAVIOTA URBANA

Era una mañana soleada al final del invierno, como una sonrisa contenida, y hasta parecía que fuera a despertar ya la primavera. Por el sur de la urbe, ese sur que alberga siempre, inexplicablemente, los desechos de las ciudades en forma de inmensos vertederos, de poblados de chabolas, de campos yermos y esquilmados, me dirigía al corazón de Madrid, encajado en el torrente de tráfico que circula siempre por la autovía M-30. El amplio túnel recién construido parecía una voraz boca defensora de la ciudad, que se tragaba los coches para que no circularan por sus calles. Un coche de la policía se colocó detrás de mí como si fuese a controlar mi velocidad y yo aminoré la marcha hasta el límite permitido en el túnel. Fue entonces, justo a la entrada, cuando una gaviota a mi izquierda se agitaba sobre el asfalto intentando elevar el vuelo inútilmente. Una bolsa de plástico se había trabado en las uñas de su pata y le impedía volar al llenarse de aire y frenar sus movimientos. Inmediatamente pensé en el río que corría paralelo a la autovía, y en los vertederos próximos. Últimamente las gaviotas, y otros animales, han cambiado sus  costumbres de vida ante la escasez de alimentos en su medio natural y se instalan cerca de las ciudades para alimentarse en los vertederos, abundantes en desperdicios nutritivos. Hay también muchas personas que viven en esos poblados chabolistas marginales cercanos a los grandes vertederos urbanos, en los que encuentran malamente alguna cosa de poco valor. La gaviota consiguió esquivar al coche que circulaba a mi izquierda y vino a chocar levemente contra el mío, que había aminorado más aún la marcha al intuir yo el suceso. Salió desviada hacia el coche que venía frenético por mi derecha, ignorante de la situación, que la golpeó brutalmente contra el parabrisas. El pobre pájaro fue despedido delante de mí y quedó inerte sobre el suelo. Yo había detenido el coche por completo, a pesar de observar la mirada de recriminación de los policías que llevaba detrás. La gaviota seguía inerte y pensé que habría muerto. El claxon de los policías me urgía a seguir y no detener el tráfico de la entrada del túnel, aunque hubiese querido bajarme y recoger al animal para dejarlo en algún sitio donde pudiera recuperarse en caso de estar simplemente inconsciente. Si se hubiese tratado de una persona sin duda hubiesen sido los policías los que hubiesen detenido el tráfico enérgicamente y movilizado todos los servicios de urgencia, pero una simple gaviota no merecía ni siquiera su atención.  Pasé por encima de ella de manera que no la tocaran las ruedas y ya no pude ver más mientras me introducía en el vientre subterráneo de la urbe, que digería el trafico de manera incesante.

Cuando al día siguiente volvía a pasar por el mismo lugar, temiendo encontrar los desechos del pájaro, apenas una mancha sanguinolenta seca y un montón de plumas pegadas en el asfalto, no había rastro sin embargo de lo sucedido. Pensé sonriente, que la gaviota despertó de su aturdimiento y consiguió elevar el vuelo por encima de la permanente marea de hierro y egoísmo que se introducía ciegamente en las tripas de la ciudad.





 SIN PALABRAS

Se levantaba todos los días al alba y se sentaba en su mesa, ante una hoja blanca. Allí se quedaba inmóvil, silencioso, como si estuviera esperando la revelación de alguna verdad que su inspiración fuera a mostrarle. Miraba la hoja atentamente, igual que se mira un espejo para encontrarnos al otro lado después de habernos perdido; pero él se miraba el alma en el blanco del papel para ver allí dentro el secreto de la vida, la realidad del mundo, la verdad del más allá; y quería registrar en palabras esas percepciones que día tras día estaba más al borde de desvelar. La mano sujetaba la pluma sobre el papel, la atención permanecía relajada y tensa a la vez, como un arco tendido esperando el momento del disparo. Llegaban palabras, muchas palabras, pero se negaba a considerarlas, a escribirlas, pues sabía que no eran las verdaderas; cuando éstas llegasen las reconocería, vendrían precedidas de un hálito de luz, de una evidencia iluminada que desencadenaría sobre el papel un manantial de escritura incontrolable, como si fuese la propia verdad que estuviese escribiéndose a sí misma.

Pero se cansaba en la espera, se abrumaba, pues aunque sentía que dentro estaba la verdad que buscaba y quería brotar y derramarse en palabras, algo lo impedía y no podía expresarla. Entonces ponía música y no se esforzaba en encontrar nada, y aunque seguía con la mirada depositada en la virginidad del papel, dejaba que la melodía sonara suavemente dentro de su alma, hablándole con su lenguaje sin palabras. Pero tampoco el espejo blanco del papel le devolvía así ninguna verdad, a pesar de que la melodía sonaba cada vez más dentro, en lugares ignotos. Entonces cerraba los ojos y sentía que era su propio corazón el que hacía aquella música, que ya no era música sino una historia contada directamente con sentimientos, una historia de la que habían huido las palabras. Y  se preguntaba si después de todo las palabras resultaban imprescindibles, si a veces no eran un estorbo.

Un día, atento al espejo blanco del papel, esa conciencia de la inutilidad de las palabras para expresar lo que perseguía se le hizo tan lúcida, que dejó la pluma sobre la mesa y renunció definitivamente. Entonces toda la blancura de la hoja se le metió dentro, igual que  la música cuando cejaba también en el empeño. Y vio que aquella intensidad del blanco lucía en su alma, era su propia alma, que comenzó a mostrarle directamente, con un lenguaje sutil de luminosas evidencias encadenadas, todas las verdades que andaba buscando.





AZUL

Toda la luz está cayendo sobre este mar azul que me enloquece. Porque quisiera pronunciarlo, encerrarlo en una palabra que aún no existe o convertirlo en el mar navegable de una metáfora. Podría llamarlo aguacielo porque es cielo licuado, o agualuz porque es agua resplandeciente, pero se pierden tantas emociones que me están atormentando el alma... Podría llamarlo vida porque me ha vuelto ebrio, porque está vivo y palpita dentro de su quietud como los ojos azules de una belleza desnuda.

Una paz casi imposible se ha instalado en el mar y la playa, pero en mi alma se debate la inquietud, ese dolor de contemplar tanta belleza fugaz que no se puede retener. Quisiera disolverme en el mar, estar dentro de todas las cosas, perderme fatalmente en un instante excesivo, ser Dios, o Azul,  un momento… y luego morir.






LOS ÁMBITOS DEL SILENCIO

Otoño. Llueve suavemente sobre los árboles, sobre la acera del paseo que recibe la muerte incipiente de las hojas. Hacia el borde, una paloma acurrucada permanece inmóvil, la cabeza hundida en el cuerpo, las alas medio caídas como si no tuviera fuerza para recogerlas. Está muriendo. Sigue en pie sin embargo, sintiendo su muerte como los árboles sienten la lluvia inevitable que los va desnudando. Los escasos viandantes, absortos en sí mismos, ni se fijan en ella. Otras palomas, ajenas también en apariencia, siguen picoteando semillas por el suelo. He dudado en recogerla, pero ya sé que no podré salvarla. Las palomas saben morir cuando les llega la hora y he decidido respetar su muerte, pero me he sentado en un banco cercano, está tan sola… De pronto se ha movido y ha dado unos pasitos, como si albergara una esperanza, pero enseguida se ha vuelto a encerrar en su cuerpo, a esconderse de la vida. Es una bola de plumas cada vez más pegada al suelo. Me pregunto si está triste o se siente abandonada, si sufre o si busca el consuelo de la muerte.

Una amiga amante de las palomas me contó que a veces entraban a morir en su habitación, por la ventana abierta. Se refugiaban bajo su cama y allí se dejaban ir hacia el descanso definitivo en su compañía. Yo no sé si esta paloma me ha mirado en algún momento, pero no he sabido dejarla sola.  Llueve, sigue lloviendo débilmente, y  es tan triste esta lluvia como la muerte lenta de la paloma. Ha dejado reposar su cuerpo sobre el suelo y ahora sí, ahora ha levantado un poco la cabecilla y me ha mirado un instante. Después ha vuelto a hundirla entre las plumas y, de manera casi imperceptible, la ha dejado caer a un lado, inmóvil. He llegado hasta ella y su ojo clausurado, casi vivo todavía, me ha hecho ver que ya está volando por los ámbitos ocultos del silencio.