EL ESPEJO DEL RÍO
 

por
Gerardo Hernandez
- Ó Derechos reservados -
2000
 


 
 

ÍNDICE

La piedra numerada
Edificio interior

El espacio vacío
El cachorro y la perdiz
El espejo sin reflejo
Inmortal y aburrido
Placeres
La cima de los desaparecidos
Sonó la hora exacta
El sueño de los espejos
La palabra
Geometrías
Escalada libre
 
 
 
 
 
 
 
 

LA PIEDRA NUMERADA

            Empezaba la primavera y me disponía a celebrar, como todos los años, el rito del primer día de sol. Era un rito personal, sencillo, consistente en salir al campo y dejarme envolver por la caricia del sol y el aire perfumado de vida vegetal recién brotada. Era sencillamente tomar conciencia del milagro renovado de la vida.
            En un camino que discurría entre un amable bosque de pinos, recogí una piedrecilla del suelo que me llamó la atención por su forma esférica, y me di cuenta con sorpresa, al girarla entre los dedos, que tenía un número escrito. ¡Qué extraño, me dije, una piedra numerada! Tenía escrito el número 14 y no acertaba a entender el significado de aquello. ¿Sería una pieza de algún juego infantil? ¿Sería una bola rústica de un juego de azar? ¿Sería el entretenimiento ocasional de algún paseante entregando un número lleno de significado para él al albur del futuro, lo mismo que se entrega a las aguas un mensaje en una botella?
            Sí, podría ser muy bien una bola de un juego de azar improvisado por una familia en un día de campo, una lotería o un bingo, aunque era poco probable que hubiesen encontrado por allí muchas piedras parecidas en tamaño y forma. Podrían haberlas traído ya con ellos y haber perdido una, aunque de ser aficionados a ese tipo de juegos lo más probable es que dispusieran de uno comprado, bien hecho y no improvisado con elementos naturales. No, se trataba sin duda de una piedra escrita allí sobre la marcha y con otros propósitos.
           
Quizás se trataba de un número significativo para el que la escribió, quizás lo hizo el día de su cumpleaños y eran los años que cumplía. Catorce años, una tierna edad, y un romántico adolescente el autor, que quiso dejar constancia de esa edad crítica que sin duda le parecía una frontera, una edad de cambio y misterio que no tenía vuelta atrás. Posiblemente fue una chica y era consciente de que había dejado atrás la niñez; grabó su edad en la piedra redonda y la echó a rodar  como el que da un paso adelante en la vida hacia metas desconocidas. De haberlo hecho yo a esa edad, me hubiese gustado conservar la piedra para al cabo de los años volver a encontrarme con mi adolescencia, con la magia y  las expectativas iluminadas de mi adolescencia. Porque imaginar que pudiera volver al sitio y encontrarla al cabo de los años, como se encuentra ese corazón en la corteza de un árbol que muchos hemos grabado cuando nos enamoramos la primera vez, era una utopía. Una piedra redonda es una piedra viajera, una piedra que muchos recogen para observar, como yo, y su destino es impredecible, como la propia vida. Quizás eso es lo quiso  expresar esa chica que estoy imaginando, aunque me parece improbable…
           
Una piedra redonda tiene algo de mágico; su forma lleva un mensaje de  totalidad perfecta. El símbolo de Dios que nos ha mostrado la Iglesia es el triángulo, obsesionada por representar a la Trinidad, pero en realidad el que le corresponde es el de la esfera perfecta, que se contiene en sí misma y a todo contiene, como el Universo. Una piedra natural perfectamente redonda es un milagro de la naturaleza, algo improbable, quizás divino. Los hombres primitivos creían en la divinidad de las formas, nada era casual sino que los espíritus se expresaban a través de la naturaleza lo mismo que un rostro se deja percibir a través de un velo que lo envuelve. Tal vez el que grabó la piedra era un hombre mayor, un ser de gran sensibilidad y espíritu, que sabía reconocer el misterio de la piedra y quería comunicárselo a los demás, numerándola para que no pasase desapercibida, a la vez que llevaba una cuenta personal de las piedras especiales que había encontrado a lo largo de su vida.  No todas tenían que ser redondas, ni mucho menos, quizás triangulares equiláteras, otra forma de perfección igualitaria entre sus partes, o rectangulares, tal vez óvalos simétricos en sus dos ejes. Pero después de todo, si bien encontrar piedras así en el campo es casi un milagro, ya no lo es encontrarlas en una playa de cantos rodados, repleta de millones y millones de piedras que la acción constante de las olas ha redondeado de mil maneras, algunas prácticamente perfectas. No, desde luego  no parecía que esa fuera la solución al enigma de la piedra numerada.
           
Otra opción que se me ocurrió de pronto fue que el número tenía alguna relación secreta con la forma o el tamaño de la piedra, una especie de acertijo o pasatiempo que el autor había querido dejar para poner a prueba la inteligencia del que la encontrara.  Enseguida se me vino a la memoria el número pi” (3,1416), que representa a las formas circulares ...  ¿habría dejado escrito en otras dos piedras los números tres y dieciséis? Busqué por los alrededores, pero no encontré nada. Luego pensé que quizás fuera el peso de la piedra, o el diámetro, aunque no imaginaba a nadie pesando y midiendo las piedras del campo por puro pasatiempo. Además, no encajaban los valores con el tamaño de la piedra.  
        
Finalmente recordé aquella playa mediterránea donde pasé algunos veranos, frecuentada por gentes amantes de lo natural y enemigos de la guerra y la globalización, que disfrutaban levantando pequeñas esculturas con piedras superpuestas irregulares, en tan delicado equilibrio que el  simple viento, un pájaro o la mano de un visitante no iniciado podía derribar fácilmente. Las entregaban al incierto destino significando lo frágil de la naturaleza y la necesidad de respetarla. Así pensé que el misterioso autor de la piedra numerada podía haberla entregado al azar imaginando las manos por las que pasaría; manos curiosas que analizarían  su enigma y la devolverían a su sitio para que otros lo contemplaran. O quizás fuera recogida por alguien mientras paseaba, y menospreciando su valor la lanzaría con indolencia otra vez por el campo. Así viajaría Dios sabe dónde. Es posible incluso que el autor volviera de vez en cuando por el lugar donde la dejó para seguir su andadura.  Un buen entretenimiento, sin duda, buscarla por las inmediaciones y registrar su  nueva posición a algunos metros de la original, imaginando el comportamiento del que la encontró. Quizás alguna vez tuvo que andar mucho trecho hasta encontrarla de nuevo, olvidada temporalmente en el bolsillo del caminante antes de deshacerse de ella, hasta que un buen día desapareció  por completo del lugar, capturada por la mano de un niño que se la llevó a casa. Su madre la tiraría a la basura en algún momento, o quizás pasó a ser un recuerdo mágico de la infancia olvidado en una caja de zapatos. En cualquier caso, antes o después, la piedra numerada seguiría su andadura por el mundo, sobreviviendo a su autor y a sus distintos poseedores. Sí, una piedra así no es indiferente a nadie, como no lo ha sido para mí, y tendrá una larga vida. Porque vivir, existir, es ser reconocido, alentar un misterio, encerrar un enigma. Una piedra cualquiera no despierta el interés de nadie y pasará por toda la historia del planeta sin que nadie la haya recogido ni se haya fijado en ella. Pero una piedra numerada tiene una historia humana por delante, una historia impredecible. Sí, esa tenía que haber sido la intención del autor, perpetuarla y perpetuarse, aunque de manera  anónima. Otros lo hacen escribiendo un libro, o teniendo un hijo, o plantando un árbol, como reza el dicho de nuestra cultura. Pero a nadie, salvo a nuestro autor, se le había ocurrido la manera más fácil de hacerlo: numerando una piedra. Y ya había entregado a la historia catorce de sus obras.
           
Pensé que de hacer yo  lo mismo, en lugar de escribir un número en la piedra, lo habría grabado con un puntero para que durara más que la tinta, que al cabo de los años desaparecería debido a la acción de la intemperie o de rodar por el campo. Y de pronto una duda inquietante se apoderó de mí. Dado que mi vista cansada no me permitía ver con detalle las cosas muy cercanas, pasé mis dedos por el número y comprobé con excitación que bajo él se percibían unas suaves depresiones. Cogí la piedra y me fui inmediatamente a casa; tenía que verificar aquella sensación de mi tacto. Y en efecto, con las gafas puestas y la ayuda de una lupa comprobé que el número estaba escrito sobre la huella, muy desgastada ya y apenas perceptible, del número original grabado en la  piedra. El descubrimiento fue impresionante; semejante al de esas tumbas antiguas en las que el paso de los siglos ha desgastado las inscripciones, y que merced a técnicas arqueológicas se consigue trabajosamente descifrar el texto original. Y alguien lo había hecho con la piedra, reescribiéndola.  Esto cambiaba todos los planteamientos y alargaba la historia de la piedra hasta límites insospechados. Porque en primer lugar, la piedra podía tener una antigüedad de hasta diez siglos, ya que al parecer fueron los árabes los que introdujeron nuestra numeración actual. ¡Cielos, una piedra numerada medieval! Cualquiera sabe lo que sería  entonces una piedra así. Y por otro lado,  alguno de los supuestos anteriores que había descartado, como el del juego de azar, volvía a tener validez, quizás con connotaciones más misteriosas,  tales como tratarse del número de un miembros de alguna secta secreta que fue elegidos para alguna misión delicada o peligrosa, o una pieza de alguna lotería macabra en la que se jugaba la vida de alguien.
           
Una cosa que me intrigaba era si el que había reescrito la piedra supo su origen y significado. Y lo raro es que la  hubiese abandonado si llegó a intuir su antigüedad. Pero si se tomó la molestia de descifrar el número original es porque había reconocido su valor. Podía haberla perdido en un día de paseo por el campo, aunque lo raro es que la llevara encima. ¿La llevaría de forma permanente como si ejerciera algún efecto de talismán? ¿Estaría relacionada con la antigua ciencia esotérica de la numerología, que asignaba a cada número una virtud determinada que protegía de determinados peligros? Me apresuré a consultar una enciclopedia bastante buena que tenía en casa. Allí estaba la historia de la numerología, el significado mágico de los números, que arrancaba de la más remota antigüedad, al parecer de los babilonios. En el simbolismo numérico hebreo, el número uno representa a Dios, el único, y el cuatro al mundo, con sus cuatro puntos cardinales. Así que el catorce (1 y 4) podría representar la relación sagrada del mundo con Dios, quizás la Creación. Pero también 14 = 7 + 7, es decir, catorce es dos veces siete, y siete es el número bíblico por excelencia: los siete días de la Creación, los siete sellos del Apocalipsis, los siete brazos del candelabro judío, los siete pecados capitales, los siete ángeles que anunciarán con sus trompetas el fin del mundo, los siete colores del arcoiris que Dios entregó a Noé como pacto de que no volvería a enviar otro Diluvio, las veces que hay que perdonar a nuestro hermano(setenta veces siete), etc, etc. Pero es que el siete ya fue considerado por los babilonios, grandes observadores del cielo, como símbolo de lo completo y perfecto, pues vieron que las fases de la Luna duraban siete días.  Siete eran también los cuerpos celestes viajeros, observables fácilmente por su distinto movimiento que las estrellas: el Sol, la Luna, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno. Y con siete murallas construían sus ciudades y siete era el número de niveles de sus zigurats, las pirámides escalonadas en cuya cima situaban sus templos. El simbolismo del siete trasciende el mundo hebreo, y así dejaría una huella importante en la escuela pitagórica griega, pasaría al cristianismo inicial y al simbolismo medieval judío y cristiano, llegando hasta nuestros días: los siete sabios de Grecia, las siete colinas de Roma, los siete cielos islámicos, las siete vidas del gato, los siete días de la semana y hasta Blancanieves y los siete enanitos. El siete... su magia se extiende por toda la historia.
           
Y ahí estaba en mi mano la piedra esférica, símbolo en su forma de la perfección y de la totalidad, con un número grabado equivalente a dos sietes, el número perfecto y sagrado. De pronto caí en la cuenta de que ¡yo había nacido un siete de Julio, ¡un siete del mes siete!. Empecé a ponerme muy nervioso, pues aunque no creía en esoterismos ni magias, aquello parecía demasiada coincidencia. ¡Y para colmo mi nombre, Gerardo, empezaba por la letra G (la nº 7 del abecedario), y tenía siete letras!. Empecé a preguntarme por qué había despertado tanto interés en mí aquella dichosa piedra numerada, por qué me había obsesionado de aquella manera en encontrarle un significado. ¿Acaso estaba ejerciendo un influjo misterioso sobre mí? ¿Acaso me estaba reclamando?

            Aquella noche tuve sueños extraños, acuciantes pesadillas numéricas. Realizaba complejos cálculos con fechas importantes de mi vida, convertía palabras a números, especialmente los nombres de mis padres y abuelos, pero también de aquellas personas que habían estado próximas en los momentos decisivos, hallaba relaciones numéricas entre sucesos y personas, comprobaba con extraordinaria lucidez como mi destino se había ido trazando debido a los resultados numéricos que obtenía de las interacciones entre personas, fechas, ciudades, calle y número en que vivía, etc, etc.
           
Al día siguiente volví al lugar donde había encontrado la piedra y la eché a rodar por el suelo. Después de todo no sabía con certeza su antigüedad, ya que el desgaste del número grabado no era concluyente y dependía mucho de las vicisitudes por las que había pasado la piedra, de si había rodado mucho en pocos años, o si había estado enterrada durante siglos. Podía tener un siglo o diez, y su significado sería muy distinto en uno u otro caso.
           
Mejor que siguiera su camino, que yo seguiría el mío.

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EDIFICIO INTERIOR







            Había llegado a una edad de madurez serena en la que me sentía bastante seguro de mis apreciaciones sobre la naturaleza de las personas y las cosas, sobre la marcha del mundo. Habían ido pasando los años de una vida repleta de actividad y sucesos, y la experiencia acumulada me había proporcionado un buen conocimiento de la realidad.
            Ya nada me asombraba, y las reacciones de las personas y los acontecimientos sociales y políticos tenían lugar de una manera casi previsible y lógica para mí: siempre respondían a las mismas razones, las eternas razones y mecanismos que mueven al mundo y que tantas veces había observado.

            Aquel día de Domingo por la mañana me había quedado solo en casa. Mi mujer había salido a la misa dominical y yo había proyectado trabajar unas horas en un proyecto que traía entre manos. A través de la ventana lucía un hermoso día de primavera y su influjo debió de inspirarme una dulce inercia y sensualidad, por lo que cambié momentáneamente de idea y me animé a dar un paseo por el barrio.
            Se veía a la gente con esa cara de felicidad y plenitud renacida que los rayos de sol primaveral y el brillo verde de la naturaleza infunden en los corazones.

            Cerca de la Iglesia creí reconocer a lo lejos a mi mujer hablando con una persona profundamente odiada por mí; una persona cuya manera de ser era tan opuesta y de tan baja condición ante mis ojos, que no podía sentir por ella más que desprecio. Y ello era conocido y compartido por mi mujer, por lo que no pude por menos de quedarme asombrado ante el hecho de que estuvieran allí parados, hablando tranquilamente. Algo extraordinario debía haber sucedido para que ella, en público, se hubiese parado a hablar con aquel hombre. Me acerqué de manera cauta para no ser visto, y mi asombro se convirtió en estupor al advertir que, además, ella mostraba una expresión comprensiva, profundamente sincera y amistosa.
            Experimenté enseguida un sentimiento de aturdida pero violenta irritación, una revolución interior ante aquella manifiesta incongruencia: ¿Cómo podía ser que mi mujer, con la que me unía desde todo la vida una relación de mutua afinidad y entendimiento, de sintonía en casi todos los aspectos de la vida, de feliz y afectiva complicidad, pudiese también sintonizar con aquel ser tan opuesto?
            Una irrefrenable crisis interna se iba apoderando de mí, mientras me alejaba lentamente del lugar intentando comprender algo. ¿Porqué nunca me había dicho nada? ¿Porqué cuando, ocasionalmente, yo reprobaba airado la conducta de aquel ser -al que tenía que soportar esporádica pero inevitablemente por motivos de un lejano parentesco y vecindad-, ella no había intervenido en su favor o le había disculpado? Y sin embargo ahora la había visto allí, inclinada hacia él, dando muestras de que les unía un entendimiento mutuo, evidentemente sincero.

            Por otro lado no podía atribuirle a ella una conducta falsa, una actitud perversa. A lo largo de toda una vida me había dado suficientes pruebas de su fidelidad y entrega, y no encajaba en su alma ningún tipo de doblez o falsedad. Por eso estaba seriamente desconcertado. Allí había algo profundo que se me escapaba, que se me había escapado desde siempre. Si no estuviera tan convencido de la perversidad de aquel ser, tendría que empezar a dudar de la justicia y validez de mis apreciaciones sobre él. ¿Qué veía mi mujer que le hacía digno de su consideración y de sus atenciones? Tampoco sabía desde cuando existía esa relación, ni cómo ni porqué causa habían llegado a ella. Quizás había sucedido algo que yo desconocía, algo que inclinó el corazón de ella hacia el alma de aquel miserable; algo bueno, por pequeño que fuera, que ella, por razones desconocidas, me había ocultado; cualquiera, incluso un malvado, puede tener un instante de bondad en su vida; pero tendría que haber sido algo muy profundo y trascendente para ganar el corazón de mi mujer.
            De nuevo me asaltó la duda terriblemente inquietante: ¿Y si fuera yo el equivocado? ¿Y si mi escala de valores, todos aquellos principios y virtudes morales en los que creía -y creía compartir con mi mujer-, no fuesen lo suficientemente sólidos, lo suficientemente exclusivos y verdaderos? ¿Acaso mi mujer tenía en el fondo de su alma una visión más amplia de la vida y las personas, en la que cabían tanto mi alma como la de mi enemigo? Pero entonces,… ¿porqué no me había dicho nunca nada, porqué no había intentado hacerme comprender?

            No le dije nada a ella, pero desde aquel día se desencadenó en mi un proceso de autoanálisis, de meditación sobre mis propias ideas y de observación más atenta del alma de mi mujer.
            Repasé uno por uno los sucesos que me habían hecho construir aquella lamentable imagen del vecino y lejano pariente. Era evidente, para todos los que le conocían un poco, su exacerbado egoísmo, su contínua dedicación a sus propios intereses, sus artimañas sin fin para enfocar todas las cosas y situaciones de manera que le beneficiaran, e intentar decantar los acontecimientos en la dirección de sus deseos y conveniencias. Eso sí, todo lo planteaba sutilmente, arteramente, como si te estuviera haciendo un favor o demostrando que lo que él proponía era lo más conveniente para ti.
            Siempre estaba pidiendo favores, reclamando atenciones, pero cuando le llegaba el turno de prestar un servicio eludía la situación o incluso se desentendía tajantemente. Carecía por completo de principios éticos y era capaz de traicionar a su propio padre para conseguir algo deseado. Su ética era exclusivamente el propio interés, dios al que rendía un culto abnegado. Además era un cobarde, y lo había demostrado en multitud de ocasiones, como cuando tuvo que dar la cara en defensa de su familia cercana. Los dejó tirados con mil razonamientos y excusas, abandonados a las circunstancias adversas para no salir él mismo mínimamente perjudicado. Su matrimonio había sido un fracaso rotundo y había esclavizado a su mujer, anulando todos sus derechos de persona mientras él disfrutaba sin límites de todas las libertades, incluso de las prohibidas en razón de su matrimonio y hasta en razón de simple persona decente. No había tenido hijos voluntariamente, quebrantando los sentimientos más íntimos de su mujer, pues ello reducía su libertad y le obligaba a asumir responsabilidades que no quería aceptar. Había estado implicado en turbios asuntos, movido por la morbosidad del delito y de lo prohibido, además de por la obtención de fáciles beneficios. Donde quiera que pudiera extraer algo de placer, sano o insano, introducía sus ansiosas manos dispuesto a no desaprovecharlo aunque se manchara hasta arriba. El placer era sagrado para él y no importaba nada el medio para conseguirlo, siempre que no se viera amenazado en su extraordinaria cobardía. Porque en el fondo era una persona sumamente vulnerable y débil. Sin embargo su apariencia era arrogante y los que no le conocían bien creían estar ante una persona de gran carácter y distinción. La verdad es que tenía dotes especiales de comunicación, habilidades naturales para mostrar una imagen ennoblecida y superior. Y triunfaba en sus negocios y actividades sociales, donde era considerado una persona agradable, amante del buen vivir y de una gran cultura. Creo que esto es lo que más me molestaba de este ser, la falsedad con que se desarrollaba su vida, la superficialidad y el culto a su imagen, de los que sacaba un gran provecho. Eso y el que se considerara claramente superior a mí, que me menospreciara e incluso sintiera cierta conmiseración por el tipo de vida austera y callada que llevaba, que para él era una especie de limitación y manifestación de pobreza, de falta de capacidad. Todo ello había creado una franca hostilidad entre ambos, que procuraba no manifestarse por mi parte más que interiormente o dentro de mi hogar.
            Aunque tenía que soportar su proximidad, siempre le evitaba y me esforzaba por no dejarle entrar en mi vida. Ello no impedía que estuviera al tanto de la suya a través del resto de la familia y de mis amistades.

            Yo era el polo opuesto y mi vida se desarrollaba felizmente en un sentido completamente distinto. Tenía tendencia a moderar mis placeres más primarios a favor de otros más sutiles, más espirituales. En ellos encontraba la plenitud y el sosiego que necesitaba para mi desarrollo interior. Era profundamente religioso y lo trascendente era lo que centraba mi interés. La ética significaba para mí no sólo la condición para la dignidad humana, sino la regla que permite una vida ordenada y orientada a un fin superior. Los buenos sentimientos y la disposición hacia los demás llenaban mi corazón de la más completa satisfacción, porque sabía que sólo sintiendo a los otros cercanos al corazón, se alcanza la plenitud como persona y la paz interior. Mis amistades nunca habían sido excesivas, pero muy auténticas, y a ellas me daba siempre de verdad. Mi mujer y yo habíamos creado una convivencia feliz, profundamente humana, basada en el afecto y el respeto a nuestra propia personalidad, que por otro lado era muy afín, o así lo había creído yo hasta aquel día en que descubrí su relación con mi despreciado pariente. Nuestro hijos habían crecido felices y empezaban a desarrollar su propia vida sin problemas.

            Por más que analizaba la personalidad de mi familiar y la de mi mujer, no encontraba puntos de coincidencia. Cierto es que una vez, en el entierro de su padre, le vi enternecido de pronto, y manifestando una sensibilidad que nunca hubiera sospechado en él, que tan poco caso le había hecho en sus últimos y necesitados años. Rompió inesperadamente a llorar ante unas sentidas palabras del cura que oficiaba la ceremonia. Se me quedó grabada aquella reacción suya, que reflejaba unos sentimientos demasiado vulnerables y demasiado ocultos por su personalidad construida. Pensé, en aquel momento, que había despertado el niño que en su día amó y admiró a su padre. Aquello reflejaba en efecto un corazón tierno, un corazón detenido en aquella etapa infantil, un corazón después escondido y raras veces despertado.
            Otra vez que el azar quiso que yo le hiciera un favor espontáneo, se mostró extraordinaria y sinceramente agradecido, como si hubiese recibido en mi atención desinteresada el mayor regalo que alguien podía hacerle. Apreciaba, pues, el afecto de los demás, de tal manera como si fuera algo desusado, extraordinario y precioso; y era capaz a la vez de sentirse agradecido, tiernamente agradecido. Sí, empezaba a entender que también tenía corazón, como yo mismo, pero un corazón demasiado tierno, demasiado vulnerable, demasiado protegido, por eso mismo, ante la vida real que ignora el corazón de las personas.

            Ahora empezaba a comprender que si su mujer conocía aquel corazón pequeño y sensible se sintiera acogedora hacia él. Pero ¿como compaginar esto con su vida adulta completamente descarriada, completamente polarizada en la dirección del placer más egoísta y material? Era acaso su vida una compensación por esa imposibilidad para amar de un corazón demasiado vulnerable? Si esa era la verdad y mi mujer la conocía, estaba claro que ponía por encima de aquella detestable vida al niño prisionero en aquel ser maduro y profundamente angustiado por la ausencia de sentimientos. Pesaban más en ella los sentimientos que la conducta real de las personas.

            Qué distinto era yo, que daba tanta importancia a las acciones correctas. No establecía diferencias ni separación entre mis sentimientos y mis acciones. Iban siempre juntos. Y aunque las personas muchas veces me habían traicionado, nunca me había sentido demasiado herido, pues sabía que dentro de mi alma había algo o alguien que reconocía el valor de las buenas obras. Y eso me ennoblecía y no necesitaba continuamente el reconocimiento de los demás para obrar bien. Siempre sentí que la ética me daba una dimensión a prueba de desengaños y había creído firmemente en ella y en su capacidad para realizarme humanamente.

            Yo conocía los sentimientos de mi mujer hacia mí, y sabía que amaba mi entereza, mi honestidad, mi buen corazón, mi fortaleza moral. Pero empezaba a comprender que su alma, también maternal, podía sentirse tocada por un corazón débil, desprotegido, indefenso, aunque disimulado tras un disfraz mundano y perverso.
            Y comenzaba a sentirme envidioso, celoso de aquella ternura que ella nunca podría emplear conmigo. ¡Dios mío las mujeres! -pensaba-, adoran los sentimientos por encima de cualquier otra cosa. Y a la vez qué poca importancia le dan a las acciones de los hombres, como si fuesen capaces de asumir cualquier maldad, de disculpar cualquier villanía, como si ellas mismas se sintiesen capaces de actuar de cualquier manera en determinadas circunstancias. Parecía como si todo aquel comportamiento de mi pariente no fuera, ante los ojos de mi mujer, más que la travesura y rabieta de un niño abandonado.

            Inesperadamente me vino a la imaginación un pensamiento que me llenó de desazón e inseguridad: ¿Toda mi fortaleza moral, mi estilo de vida austero y mi conducta intachable, de donde venían? ¿Cómo se habían formado? Me proyecté a la infancia también y vi al niño que yo llevaba dentro, un niño tímido, retraído, muy emotivo e ingenuo, que pronto empezó a interesarse por la religión y las cosas espirituales, más satisfactorias y seguras que la azarosa vida de la calle, que los otros muchachos agresivos y pendencieros. También yo había sido un niño muy vulnerable y temeroso de  la vida, y busqué refugio en el espíritu, en la regla firme de la moral como garantía de mi tranquilidad. ¡Dios!, acaso es que yo temía a los vaivenes de la vida, a los altibajos del sentimiento, a las heridas del alma, y por eso había construido un edificio seguro, inderrumbable, proyectado a la otra vida en lugar de asentado en ésta? ¿Tenía miedo a vivir, a gozar del placer sin límites, a sumergirme en el abismo de los sentidos del que no sabría salir?
            Por unos instantes flaqueó mi mundo interior; los cimientos de mi espíritu temblaron. En adelante ya no estaría nunca tan seguro de mis principios, aunque tendría que seguir creyendo en ellos y conservando mi manera de vivir, pues me proporcionaba una estabilidad y felicidad que sabía no alcanzaría de otra manera.

            Llegado a este punto de mis reflexiones las di por terminadas. Todo aquello que había pensado parecía muy cierto, aunque tal vez fuera de otra manera. No estaba completamente seguro, pero su posibilidad me había despertado a una conciencia distinta de las personas.
            Ahora entendía que mi mujer no me hubiera dicho nada. Sabía que yo no lo podía entender porque, aún siendo parecidos ambos, habíamos construido vidas opuestas. Ella sí lo entendía.
            Nunca le dije nada, respeté su silencio y no quise saber cómo había surgido entre ellos el afecto.

            Y entonces empecé a pensar en todas las opiniones que unos se forman de los otros, de cómo cada cual interpreta la vida de los demás desde un esquema de comportamiento propio que estima como el mejor, sin entrar a mirar en el corazón de las personas, en las razones del corazón.. Cada uno construye su propio edificio interior, y en su brillo se ve reflejado, y desde él mira a los demás. Y todo es una confusión multiplicada donde el encuentro corazón a corazón es casual, difícil, coincidencia maravillosa por lo poco frecuente. Todo es un pasar rozando la realidad de los demás, mirando la apariencia mostrada, el edificio de colores que encierra una carne sensible y desconocida.

            Desde entonces ha cambiado mi manera de ver a las personas. Primero les busco el corazón y después escucho lo que me dicen y miro sus gestos y ademanes, contemplo sus edificios interiores que tanto se empeñan en mostrar. Y aunque no por eso he podido sentirme más amigo de nadie que antes, ya no he vuelto a tener enemigos.

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EL ESPACIO VACÍO






            Me desperté en la mitad de un sueño. Soñaba que me estaba muriendo, que me extinguía lentamente. Poco a poco iba perdiendo la conciencia como si me fuera deslizando por una pendiente sin retorno, definitiva, hacia un mundo de profundas oscuridades.

            Abrí los ojos en el último momento, asustado, reaccionando, negándome a desaparecer. Pero todo estaba oscuro; no se veía absolutamente nada. Abrí y cerré repetidas veces los ojos, y aunque sentía mis párpados moverse, seguía sin ver nada. Todo estaba en silencio. Me incorporé lentamente, pero sólo sentí que mi cintura se doblaba: Debajo de mí no sentía nada. Moví las piernas, pero tampoco rozaban con nada: Era como si estuviera suspendido en el vacío.

            Me asaltó la duda de que seguía dormido, pero el hecho de planteármelo me convencía de que mi conciencia estaba despierta. ¿Pero entonces… qué pasaba? Estaba asombrado. Todavía latía en mi interior el sueño de mi caída hacia la muerte. ¿Me había muerto de verdad?… ¿Dónde estaba?

            Curiosamente no me sentía mal, ni experimentaba ya la angustia que me hizo despertar. Mi mente estaba simplemente buscando respuestas, indagando posibilidades. No creía en la otra vida, ni en la existencia del alma, o al menos estaba casi convencido de ello. Además, si realmente había muerto y yo era ahora mi alma, liberada de la corporalidad y por tanto fuera del mundo material…, ¿dónde estaba en aquel momento?
            ¿Qué había fuera del Universo, del inmenso Universo de inimaginables dimensiones, frío y oscuro como la noche pero poblado por todas partes de innumerables y lejanas estrellas?

            Lo único que podía concebir con mi mente corporal -la única que seguía teniendo-, que se pareciera a mi estado actual, era estar suspendido en el oscuro espacio interestelar, flotando en el vacío. Pero tendría que ver las estrellas y no era así. Por más que esforzaba mi mirada, la absoluta oscuridad me rodeaba. Claro que si había muerto, habían muerto mis sentidos, y lógicamente no podía ver ni oír. Y sin embargo sentía mi cuerpo. Podía moverme y experimentaba las sensaciones musculares de mis piernas y brazos. Creía que andaba, aunque no sabía cómo ni sobre qué porque debajo de mis pies no sentía nada. Simplemente debía estar moviendo mis piernas en el vacío, flotando en él. Me toqué por todas partes reavivando la conciencia de mi cuerpo: ¡Sí, yo existía!. ¡Mi cuerpo existía! Respiré con profundidad, pero extrañamente no noté mis pulmones llenarse de aire, ni la vivificante sensación de la oxigenación. Simplemente sentí dilatarse mi pecho. El aire no existía. Di una voz… y no se oía nada.

            Aquello era incomprensible, pero curiosamente no me turbaba pues estaba completamente inmerso en aquel momento de conciencia estupefacta que intentaba comprender.
            Mi mente estaba entera y repasaba sus vagas ideas sobre la realidad del Cosmos; todo un cúmulo de posibles realidades a medio camino de la ciencia ficción: otros Universos, antimateria, agujeros negros…
            Podía haber salido, sin saber cómo, de mi Universo. Quizás eso era la muerte, un desdoblamiento de la materia corporal, una caída hacia un Universo de antimateria. Nunca había tenido ideas claras sobre la posibilidad real o la fantasía de estas ideas; simplemente habían despertado mi imaginación.
            Pero si había salido del Universo conocido y estaba en otro de distinta naturaleza, debería percibir algo, aunque sólo fuera el tenue brillo de una única y lejanísima estrella, por muy distinta que fuera. Sin embargo no percibía nada. ¿Estaba flotando en un espacio vacío e infinito, o simplemente existía rodeado de la nada? ¿O eran las dos cosas lo mismo?

            El estar flotando en un espacio infinito lo podía imaginar bajo la posibilidad de que más allá de mi campo visual existiese alguna estrella. Sí, aquello podía ser, estar en un Universo enormemente más disperso que el conocido, de manera que no alcanzase a ver nada. Era una sensación distinta de cuando en casa se va la luz y te deja sumido en la más absoluta oscuridad. No se ve nada, pero uno se imagina el espacio alrededor y las cosas existentes, aunque sólo tanteando con la mano se puede recuperar la certeza de la colocación de las cosas, que laten como amenazas ocultas en la oscuridad.
            En aquel momento no había nada cerca, y lo único que podía imaginar era un inmenso espacio vacío en el que existiría, perdido en la infinita distancia, una débil vibración de luz, un tenue rayo que trataba de captar. Porque si realmente no había nada en ningún sitio, toda la inmensa distancia imaginada se retrotraía de golpe hacia mi. Toda mi conciencia se consumía íntegramente en el propio cuerpo: sólo existía yo; no había distancias.

            Y si sólo existía yo, si estaba en aquel extraño estado, ¿era definitivo, o simplemente una transición hacia otro diferente?
            Me sentía bien. No tenía frío, ni hambre ni sed. Parecía carecer de necesidades, o al menos no las sentía todavía. Sabía que existía porque además de sentir mi propio cuerpo, que era algo definitivo, conservaba mi memoria y era consciente de mi propio pensamiento. Aquel era un tipo de existencia incomprensible, a medio camino entre lo corporal y lo espiritual. Pensé que un ciego, y además sordomudo, debía sentirse parecido. Aunque al menos podía andar y tropezarse con las cosas, y reconocerlas con el tacto. Yo también, aunque allí no había nada más que reconocer que mi propio cuerpo. Tenía, sin embargo el inmenso tesoro de la memoria. Toda una vida repleta de formas, colores y sonidos guardada en mi recuerdo.

            Estuve largo tiempo reflexionando, imaginando, tratando de entender o intuir aunque sólo fuera una fugaz idea de mi situación. Repasé mis creencias de la infancia, las diversas doctrinas religiosas que conocía, las teorías científicas y seudocientíficas… y sobre todo estuve mucho rato, interminables horas, tratando de ver o de sentir algo en mi interior. Pero no pasaba nada.

            Comencé a recordar, a revivir mi vida pasada inmediata, y luego más atrás y más atrás. Toda mi vida pasó con increíble detalle y realidad por mi interior, como si la estuviera viviendo de nuevo. Mis amigos, mi familia, hasta simples conocidos ocasionales parecían tan presentes que casi podía tocarlos. Me di cuenta de muchas cosas y situaciones que me habían pasado desapercibidas en su momento, y descubrí realidades que antes no había sospechado siquiera.

            Sin darme cuenta me fui agotando poco a poco y me deslicé hacia el sueño sin notarlo.

            No sé cuanto tiempo estuve dormido. Cuando desperté me encontraba muy fresco, muy lleno de vida. Había tenido un sueño tan lúcido, tan vivo, que no podía distinguir si todo aquello había sucedido en realidad. La luz entraba por la ventana de mi cuarto y un aire ligeramente templado, que olía a árboles y hierba, se había introducido en el interior. Era plena primavera y los pájaros cantaban como si hubieran descubierto por primera vez la vida.
 
 

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EL CACHORRO Y LA PERDIZ






            Estaba angustiado, rabioso. Lanzaba unos lastimeros gritillos, agudos y delgados, como hilos de tristísima desesperación. Le habían separado de la camada, del montón de cachorrillos medio ciegos todavía que se apretaban contra la barriga de su madre, como si fuesen una masa única, soñolienta y glotona, que se movía dentro del protector calor y olor de la camada.
            Le habían cogido unas manos grandes y desconocidas y se lo llevaban, apretado contra un pecho y una ropa que le olían extrañamente diferentes. Tenía frío.

            Llegaron, después de un rato angustiosamente largo, a una habitación caldeada y le depositaron sobre un trozo de manta vieja, al lado del fuego de una chimenea. La sala principal de la casa, típica del pueblo, tenía un amplio hogar que servía a la vez de calefacción y de cocina. Allí se hacía la vida de la familia: se comía, se hablaba al calor del fuego, se dormitaba en las tristes y largas tardes de invierno.

            Él era un cachorro de perro de campo, sin raza definida, de esos perros que sirven para todo, tanto para la caza como para guardar la propiedad y el ganado. Su pelo era corto y de color pardo claro, y su madre tenía una bonita figura, ágil y de mediano tamaño.

            Le pusieron un tazón con leche caliente al lado de la manta, pero él seguía ofuscado, hecho un ovillo y mirando con sus pequeños ojillos, que todavía no distinguían más que las cosas cercanas, el fulgor crepitante del fuego de la chimenea. Tuvieron que cogerlo y meterle el hociquillo en el tazón. Sacudió la cabeza intentando librarse de la desagradable sensación de humedad de su hocico, y a la vez dio un pequeño lametazo al blanco y espeso líquido que chorreaba por él. No sabía igual que la leche de su madre pero era muy parecido y le gustaba. Se puso a lametear enseguida el blanco líquido del tazón.

            Al día siguiente, y con la intención de que no se sintiera tan solo, le dejaron sobre la manta una extraña criatura. Era un pollito de perdiz, un "perdigón", que el amo había encontrado perdido por el campo. Era todavía más pequeño que él, pero muy vivaracho y tieso, envuelto en un confortable plumón y con un cuello alto que erguía continuamente mirando inquieto en todas direcciones. Se separó enseguida de él y corriendo ligero, se fue a refugiar en un rincón de la habitación.

            A los pocos día ya se colocaban juntos en la manta, sin duda avenidos por la comida en común que les ponían allí en un pequeño plato, compuesta por migas de pan empapadas en leche. El cachorro empezaba a explorar poco a poco la habitación, con paso vacilante todavía, y hacía sus necesidades donde le pillaban las ganas. El perdigón era un estímulo para él, pues le veía moverse y corretear con soltura por los inmensos dominios de la sala.

            Había pasado poco tiempo cuando les trasladaron al patio, al enorme patio cerrado y empedrado donde se abría una cuadra con aperos de labranza y un par de mulas que allí tenían su hogar. Les depositaron en un rincón cubierto de paja, al lado del pesebre donde se alimentaban las mulas. Aunque el calor de la chimenea ya no estaba presente, no se estaba mal en aquel mullido rincón de la pequeña cuadra, calentada por el calor natural de los animales. El penetrante olor era muy distinto sin embargo al de la cocina, pero al cachorro no le desagradaba en absoluto.

            Pronto el patio se convirtió en el dominio del cachorro y el perdigón. Correteaban por allí confiados y a veces se perseguían, el cachorro intentando alcanzar al despierto perdigón que le burlaba fácilmente. Otras veces se metían debajo de las mulas que doblaban la cabeza condescendientes y les miraban con sus enormes ojos redondos y pacíficos, amagándoles suavemente con la pata trasera para que salieran de allí, mientras con el látigo de la cola se esforzaban con resignación en espantar las moscas que se posaban insistentemente sobre sus lomos.
            A veces, tumbados en su rincón, el cachorro lamía con fruición al perdigón, lo mismo que hacía con sus propias patas durante largo rato. El perdigón se dejaba hacer, y luego agitaba sus húmedas plumas para airearlas y secarlas, satisfecho del aseo que el cachorro le había hecho. Él a su vez picoteaba el cuerpo del cachorro, comiéndose las pulgas que se escondían entre su pelo.

            El perdigón crecía muy deprisa, desarrollando un hermoso plumaje y un porte elegante. Era ya casi un pollo de perdiz. Una mañana el cachorro le sorprendió en el medio del patio, lanzando sonoros ¡Kheeg-ke-re-kheeg …! que eran respondidos en la lejanía.

            Otro día, vio con asombro como después de una larga carrera a través del patio, agitaba rápidamente las alas y se levantaba del suelo, partiendo en vuelo rasero justo por encima de la tapia.
            Se sintió muy solo aquel día, sobre todo por la noche, en su rincón. Miraba tristemente a las mulas y se preguntaba que habría sido del pollo de perdiz.

            Al día siguiente, de madrugada, le despertó un canto lejano de perdiz. Se asomó al patio y vio como llegaba desde lo lejos su amigo, planeando hábilmente y aterrizando a la carrera sobre el empedrado del patio. Se precipitó hacia él y le lamió agitado, incesantemente. El pollo le picoteaba el pellejo, muy erguido y emocionado también. Luego se fue dentro de la cuadra a picotear los restos de comida del día anterior, que yacían olvidados sobre el plato al lado del pesebre.
            Al poco rato, sin embargo, como si algo le reclamara fuera, emprendió su rápida carrera a lo largo del patio y agitando sonoramente sus cortas y robustas alas se alzó en el aire sorteando la tapia, y desapareció pronto en la lejanía.

            Desde entonces volvía con frecuencia a ver al cachorro y aprovechar sus restos de comida. Pronto se convirtió en una hermosa perdiz, con su orgulloso cuello erguido y su pechuga encorbatada de verdes y marrones. El cachorro a su vez, había crecido también, y ya le dejaban entreabierta la puerta del patio para que deambulara a su antojo por el campo. Pronto aprendió a hacer su vida y ya conocía bien todos los alrededores de la casa, las calles, la plaza de la iglesia, la ribera del río ……a los otros perros.

            Un día venía de retozar por el río, jugando y persiguiendo a una perrita blanquinegra de caídas orejas y pelo largo. Era primavera y algo se estaba despertando curiosamente dentro del cachorro; sentía deseos de montar en el lomo de la perrita e incluso morder su cogote, justo debajo de aquel atractivo saliente que tenía al comienzo de la nuca. Volvía cansado a la casa, cuando vio a la perdiz, arrogante como siempre, en medio del patio, esperándole. Se acercó igual que otras veces y comenzó a lamerle su abultada y esplendorosa pechuga. Pero algo se despertó de súbito en su interior, como una luz nueva, como una evidencia inequívoca de su propia naturaleza, y sin saber cómo, apretó entre sus dientes la pechuga de la perdiz. Ella se conmocionó bruscamente, agitando violentamente las alas para librarse, espantados sus redondos y colorados ojos que miraban con pánico al cachorro. Él mordió con decisión, instintivamente, excitado por el revoloteo de la perdiz.

            Todo fue muy deprisa, en unos pocos minutos un ansia de devorar que nacía en su vientre hambriento se convertía en masacre de carne viva y plumas entre sus fauces. Hasta los huesos le supieron ricos cuando los roía ya más tranquilamente.
            Terminado el festín se quedó tumbado en el patio, con el hocico pegado al suelo y estirado hacia el montón de plumas, contemplando la presencia ausente de la perdiz, que ahora estaba dentro de su estomago satisfecho. Se durmió allí, al calor del sol primaveral recogido en el patio.

            Cuando despertó, levantó la cabeza mirando el patio vacío y luego, ya en pié, estiró todo su cuerpo desde las patas traseras hacia delante. Allí estaba el montón de plumas de la perdiz. La perdiz no estaba por ningún lado. Removió las plumas con el hocico como buscándola, como tomando conciencia de lo sucedido. Luego, algo mohíno, salió del patio y se fue como disimulando, olisqueando con la cabeza baja las paredes de la calle. Pronto aligeró el paso y cogió el sendero del río, por el que se fue decidido con un trotecillo regular, barruntando en su imaginación: « a lo mejor anda por allí la perrita blanquinegra….»
 
 

< Cuando se despierta la pasión de ser, con frecuencia devoramos a nuestros amigos >




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EL ESPEJO SIN REFLEJO






En una pequeña ciudad de un país frío y distante vivía una joven muy bella que se miraba sin cesar en el espejo. Él era su confidente, su amigo, la razón de su vida.
Cuando se despertaba por la mañana, experimentaba un agudo desasosiego, porque siempre soñaba de manera muy intensa, y era feliz o desgraciada en sus sueños, y reía o lloraba de manera tan real que aquello era su verdadera vida, en aquel país tan frío y distante; pero al despertar, todo aquel mundo de sueño se interrumpía, desaparecía, y tenía que enfrentarse al vacío de su vida; entonces se precipitaba al espejo de su habitación para encontrarse de nuevo. Allí estaba ella, sí, la de siempre, ella misma ante ella. Pasaba las horas contemplándose en el espejo, espiándose en el espejo. Hiciera lo que hiciera, siempre echaba una furtiva mirada al espejo para observarse. El espejo le hacía compañía constantemente. Incluso las pocas veces que salía de casa, llevaba siempre un espejito consigo en el que se miraba de vez en cuando para no sentirse sola.

Un día conoció a un joven apuesto que se quedó mirándola a los ojos largamente, con una mirada llena de amor, prendado de su belleza. Y la joven se miró en aquellos ojos claros y trasparentes, y se vio con más brillo, con más intensidad que cuando se miraba en su espejo. Todo lo que ella hacía lo reflejaba aquella mirada enamorada. Y supo entonces, con más certeza y evidencia, que existía, que era real, que era muy bella, como nunca lo había sido antes a solas ante el espejo. Ya no podía separarse de aquel joven que la amaba, sus ojos estaban siempre pegados a aquellos ojos que la veían, que la contemplaban, que le decían: eres el ser más maravilloso del mundo, no puedo vivir sin mirarte, sin tenerte siempre frente a mí. Y la joven dejó poco a poco de mirarse en el espejo, porque su amante era su mejor imagen, el mejor reflejo que espejo alguno le había ofrecido

Un día, cuando despertó, vio que su amante seguía dormido, y por más que se esforzó en despertarle sus ojos permanecieron cerrados. Cerrados para siempre. Lloró amargamente, desconsoladamente, y apenas si consiguió calmarse un poco pensando que había muerto soñando con ella, mirándola en sueños. Se levantó enseguida, muy nerviosa, y se precipitó  delante del espejo. No veía nada… el espejo estaba vacío… su imagen no estaba… Horrorizada, pensó que alguien había robado su reflejo.. ¿quizás su amante? ¿se lo había robado para sus ojos claros y trasparentes?… ¿estaba allí su imagen, tras los ojos cerrados de aquel cuerpo inerte, de aquel amante muerto?; pensó que su imagen aprisionada se haría polvo y desaparecería para siempre con él. Al borde del pánico se lanzó a la calle y miraba con los ojos desorbitados a todos los que pasaban a su lado, buscando sus miradas, pero nadie la miraba; sólo alguno parecía verla un instante de lejos, pero no era cierto, pues pasaba ante ella sin mirarla, como si no existiera. "Dios mío -pensaba-, es horrible, nadie me reconoce… no soy nadie… ¡No existo!".  Sin poder controlar su angustia corrió a casa de nuevo y se acurrucó en un rincón de su habitación, la cabeza escondida entre los brazos, hecha un ovillo apretado. Pensaba… sí, al menos podía pensar allí, acurrucada; y prefería quedarse así para siempre que volver a buscarse en el espejo, de donde había desaparecido definitivamente. Se había quedado sola, absolutamente sola. Nadie la amaba, ni siquiera ella podía ya amar su imagen en el espejo. Y fue entonces, después de algún tiempo en aquella situación desesperada, cuando tomó una enérgica decisión: "Voy a amar mi desesperación -se dijo-, voy a amar mi soledad. Eso sí lo siento, eso sí es real,  eso sí soy yo y no necesito ningún espejo para sentirlo" Y de pronto sintió como una puerta que se abría ante ella, como un espejo claro y trasparente que le devolvía poco a poco una imagen de sus sentimientos, de su interior, de su alma; una imagen tan real, que enseguida se enamoró de ella y fue ya su compañera inseparable para siempre.
 
 
 
 

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INMORTAL Y ABURRIDO



No veía casi nada, el agua estaba muy turbia o eran mis ojos los que en contacto con aquel medio acuático habían perdido la visión nítida. No recordaba lo que hacía allí, sumergido en aquel mar o lago desconocido, aunque tenía la extraña sensación de llevar en él muchísimo tiempo. Proliferaban cosas extrañas  que intentaba identificar,  pero no lo conseguía debido a mi visión defectuosa. Imaginaba que aquellas formas alargadas y boscosas, ondulantes, eran algas, y también percibía de cuando en cuando diferentes seres de variado tamaño que cruzaban ante mí. Realmente no llegaba a distinguir sus formas, y sólo podría decir que eran manchas oscuras que contrastaban con la luminosidad del agua. Sombras y luces, eso era lo único que veía con certeza, aunque en el fondo toda aquella visión no me interesaba mucho. Lo que sí me resultaba sumamente excitante eran los sabores que tenía el agua, alguno de los cuales despertaban mi apetito. También lograba percibir corrientes cálidas, que eran muy agradables y hacia las que nadaba con placer. Curiosamente, y a pesar de lo raro e incomprensible de la situación en que me encontraba, me sentía muy a gusto, y aunque llevaba ya un buen rato sumergido no experimentaba la angustiosa sensación de falta de aire, como si estuviese respirando a través de la piel el oxigeno disuelto en el agua, o como si no necesitara respirar.
Me movía con agilidad, de manera incesante, empujado por no sé qué impulso exploratorio, pero mis movimientos eran en realidad muy simples ya que al no ver nada con nitidez era igual ir para un sitio o para otro, y todo aquel mundo acuático me parecía infinito, sin limites, y no teniendo referencia alguna me desplazaba siempre en línea recta. Miento, porque de vez en cuando chocaba con algo y entonces me paraba confuso, daba marcha atrás, y girando un poco emprendía de nuevo la marcha en línea recta. La verdad es que me comportaba de una manera tan simple como esos juguetes de los niños. Mi única orientación efectiva era seguir los rastros de los sabores en el agua. Eso era lo interesante, lo único interesante.

Después de largo rato deambulando por las aguas, descubrí un rastro muy intenso, tanto, que empecé a experimentar un hambre casi animal y mi boca comenzó a abrirse de extraña manera, profundizándose, como si le estuviera naciendo una garganta que antes no había notado. Sabía el agua a comida y ya no tenia ninguna duda: algo comestible andaba por allí cerca. Una especie de vacío tremendo, que confundí con el hambre, se hizo en el fondo de mi garganta, como si se me abriera un estómago en el cuerpo. Y entonces aspiré violentamente y tragué, a la vez que agua, un pedazo de comida. No sabría decir lo que era, salvo que su sabor era delicioso, agudamente delicioso. Mi estómago comenzó entonces a bajar a lo largo del cuerpo y se entretuvo en  una agradable digestión. Al rato, volvió a moverse, cada vez más hacia el exterior, hacia un costado, y finalmente sentí como se abría mi piel y se evacuaba una especie de excremento, el residuo de la comida ya digerida y asimilada. Enseguida noté que el estómago empezaba a disminuir de tamaño y acababa por desaparecer. Todo esto me llenaba de perplejidad, pero a la vez transcurría de manera natural y placentera, por lo que no saliendo de mi asombro sólo me cupo seguir esperando los acontecimientos tan extraordinarios que estaban sucediendo en mi organismo.
Instalado en una corriente cálida, me adormecí un rato, satisfecho de la reciente comida. Pero empecé a sentirme raro; algo estaba pasando en mi interior que me llenaba de confusión: era como si me estuviese disolviendo por dentro, como si me fuera desestructurando. Estaba muriendo sin duda, dulcemente, pero muriendo. Entré en un sopor letárgico, mientras notaba que se iba formando un surco en la mitad de mi cuerpo. Poco a poco el surco se iba profundizando, igual que si me apretaran un cinturón, y amenazaba con partirme en dos, aunque curiosamente no experimentaba ningún dolor. Al fin me partí del todo. Vi alejarse borrosamente mi otra mitad, y enseguida comencé a sentir que volvía a reestructurarme, a ser otra vez yo mismo, pero muy vitalizado, rejuvenecido, igual que si me hubiesen quitado un montón de años de encima. Fue en ese momento cuando intuí que mi otra mitad estaba viva y entera como yo, más aún, que era yo mismo, o un hermano mío gemelo, y sus sensaciones me llegaban con claridad sin saber cómo. Supe también que estaba feliz y vital, y al poco rato adiviné que se acababa de comer una presa. Lo sentí casi como si fuese yo el que la hubiera comido ¡Había tenido un hermano idéntico, un verdadero clon! Y lo que me llenaba de asombro era pensar que compartía conmigo todo su pasado, que tenia exactamente el mismo pasado que yo, aunque a partir de ahora su experiencia vital sería distinta, su futuro sería otro. Y sabía también que él estaría pensando en este momento en mí, sintiéndome como yo le sentía. ¿Quién era mi verdadero yo? ¿Yo o él? Sin duda los dos en aquel preciso instante después de la separación, pero en adelante nos iríamos alejando cada vez más y más, haciéndonos distintos.

Continué nadando, haciendo pues mi vida, y a poco entré en una zona repleta de comida. Estaba embriagado por los sabores del agua y me movía como loco tras los rastros de las presas, que ahora eran variadas y todas igualmente deliciosas. Me comí  algo como un cogollo de lechuga, muy fresco y sabroso, y después acertó a pasar ante mis ojos cegatos una especie de langostino grande - quién sabe lo que era-, pero que desprendía un exquisito sabor a marisco. Lo devoré de un bocado. Otras presas fueron cayendo hasta que, repleto, me adormecí un rato haciendo la digestión. Me espabilé al poco tiempo sobresaltado… ¡otra vez… oh Dios… otra vez el estado confuso! ¡Habían transcurrido apenas algunas horas y ya estaba otra vez teniendo un hermano gemelo! Pronto le vi separarse de mí para comenzar una vida distinta, mientras yo volvía a sentirme renovado, vital y joven como la vez anterior. ¿Sería siempre así mi vida, un continuo engendrar gemelos mientras yo seguía siendo el mismo, eternamente joven? Aunque por otra parte mi vida resultaba muy monótona, siempre igual: comer, descansar en aguas tibias, reproducirme. Y así día tras día, tan idénticos que mi memoria se repetiría. O quizás la sabia naturaleza me había dotado de memoria de un solo día para evitarme la desesperación del aburrimiento. Si, eso debía de ser. Ahora entendía que no conservara recuerdos anteriores…¡hubieran sido siempre los mismos! Mi vida, pues, era un presente siempre igual. ¿Era eso la inmortalidad?

Fue oscureciendo; sin duda anochecía fuera del agua, aunque sólo lo podía imaginar pues para mí no existía más que agua por todas partes, difusa y borrosa claridad en el agua, que ahora comenzaba a decaer. Un profundo y progresivo amodorramiento se iba apoderando de mí…

Me despertaron unos gritos estridentes:
-¡Por Dios, Ramón, otra vez te has quedado toda la noche dormido sobre la mesa! ¡Estas  investigaciones tuyas te van a matar! ¡Si es que estás como una cabra, cada día peor!

Confuso todavía, levanté la cabeza: allí estaba Concha, mi hermana mayor, irritada como siempre que me sorprendía en el pequeño laboratorio de casa después de una noche de trabajo.
 -Bueno mujer -le respondí nervioso- ya sabes como soy. No tengo solución.

Me apresuré a recoger los cultivos de protozoos diseminados por toda la mesa y los guardé en la cámara isotérmica. Retiré la preparación de Paramecios vivos que tenía colocada en el microscopio, y guardé también los cuadernos de notas y formularios de experimentación.

 -Venga, hermana, prepara el desayuno, te prometo que trabajaré menos por las noches. ¡Si estos experimentos no fueran tan excitantes…!

Una vez que Concha hubo salido de la habitación me desconecté apresuradamente el cable del microordenador de simulación. ¡Coño, me había pillado conectado! Y eso después de montar, como siempre, toda la parafernalia del microscopio y los cultivos para despistarla. Menos mal que no entendía nada y debió imaginarse que estaba oyendo música mientras trabajaba.
Guardé el programa de simulación bio-cerebral de Paramecios, junto con el simulador,
en la caja fuerte. Gracias a que el gabinete médico del Instituto me había hecho una implantación craneal realmente buena del modulo transductor, y el conector apenas si se notaba tras la oreja. Pero en adelante tenía que ser más cuidadoso en las pruebas de los programas. Podía tener algún disgusto serio. En realidad no conocía completamente todos los parámetros del programa Paramecio, y al haberme dormido con él conectado, podía haber sufrido una inducción biológica peligrosa. ¡Podría haber resultado devorado por un depredador, si es que alguno de estos locos de mi equipo se le había ocurrido programarlo a última hora!
Bueno, afortunadamente la experiencia había sido excelente. Estabamos consiguiendo unos desarrollos en verdad asombrosos. Me emocioné pensando que en pocos días comenzábamos a trabajar en el programa León. ¡Ya tenía yo ganas de lanzar un buen rugido!
 
 
 
 

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PLACERES






Tenía la vida resuelta, había trabajado muchos años y al fin podía dedicarse plenamente a vivir, simplemente a vivir y ser feliz, a buscar lo que más le satisfacía. Comenzó cuidando de su salud, comiendo bien, haciendo deporte. Se sentía vital y dispuesto a todo. No quería privarse de nada, por lo que se acostumbró a saborear los más exquisitos manjares, los más deliciosos licores y brandies, los mejores y más aromáticos tabacos después de las comidas. Era un rito de placer todos los días esas magníficas comidas, que administradas con sabiduría no le restaban ni un ápice de su vitalidad recuperada. Después se preguntó por qué no cultivar el placer erótico, por qué no explorar y deleitarse con ese mundo que hasta entonces había disfrutado sólo de manera básica y  conyugal. Y comenzó a frecuentar a las más hermosas mujeres, maestras en el arte del placer y de la ternura erótica, de todos los secretos de la desinhibición y la excitación.
Al principio disfrutaba de todo esto con exaltada pasión, pero poco a poco se iba serenando, cultivando esos placeres con método y moderación, incorporándolos a su vida habitual. Al cabo de un tiempo se volvieron rutina, y hasta se irritaba cuando algo fallaba en sus hábitos y ritos programados.
Luego se preguntó por qué no explorar el mundo de las sensaciones más  fuertes, bajo el efecto de las drogas no permitidas. Descubrió paisajes insospechados, mundos perdidos y encontrados, disolución del ser, adicción y tendencia a perder el control de sí mismo, peligro de desvanecerse. No era eso lo que quería, sino lo contrario, un acrecentamiento del sentimiento de sí mismo.
Pensó que tenía que explorar su propio interior, lo más intenso que pudiera albergar y sentir, y se volvió a su mundo emocional. Se preguntó por qué sus emociones más fuertes, esos latidos del alma que le hacían vivir en ocasiones con toda intensidad, dependían de circunstancias externas, de sucesos ajenos, del azar. La amistad, el amor, el éxito, eran acontecimientos que él no controlaba y que a veces se habían asomado a su vida y le habían hecho tocar el cielo. Y se preguntó si podría traerlos intencionadamente a su vida, controlarlos y administrarlos como hacía con la comida o las mujeres. Y comenzó a cultivar muchas  amistades, saboreando los sentimientos de agradecimiento, de afecto, que los otros le devolvían. Se volvió caritativo, comprensivo, humanitario, solidario, condescendiente, tierno, afectivo, amante. Le pareció que había descubierto la fuente de placer definitiva. Se lo dijo a su mujer, que extrañamente y con paciencia infinita seguía siendo su confidente en ese periplo singular y personal que la excluía. Y ella le dijo: "Mira que sois acémilas los hombres, eso lo sabemos las mujeres desde niñas, lo hemos aprendido de nuestras madres, viéndoselo hacer desde siempre. Vaya descubrimiento que has hecho".
Pues sí, se propuso sobre todo ser amante, amar a las mujeres. Miraba dentro de su corazón y descubría los abismos de amor y pasión sin llenar que ocultaban, y se dejaba caer en ellos, nadaba entre ellos como el que se sumerge en el mar y admira sus bellezas sumergidas, pero controla su respiración y sabe cuando debe volver a la superficie. Estaba disfrutando de los sentimientos femeninos, jugaba con ellos, era feliz como nunca lo había sido con el nuevo juguete descubierto. Y cuando alguna de esas personas que le brindaban la oportunidad de sentir tan intensamente se volvían conflictivas o inoportunas, no tenía ningún inconveniente en olvidarlas y encontrar otras nuevas.
Pero al final se cansó también de las mujeres, de su mundo emocional imposible, de sus ansias de amor siempre insatisfechas. Y se sintió desorientado, vacío; no encontraba ya ningún objeto de placer, físico ni emocional. Entró en una crisis profunda.
Fue entonces cuando su mujer le comunicó que se había enamorado y le dejaba. Que aunque le seguía teniendo afecto después de tantos años compartidos y le quería entrañablemente más que a un hermano, el corazón le había jugado una mala pasada. Que en esa última época en que él se dedicaba a perseguir sus propios placeres había conocido a una persona que le despertaba una atracción incontrolable, superior a su voluntad y sentido común. Que no sabía si aquello sería un paraíso o un infierno, un estado de placer sin límite o de sufrimiento sin consuelo, pero que la situación la desbordaba y sólo podía entregarse a ella sin control. Lo único que podía decirle era que de momento se sentía tan feliz como para arriesgar a ciegas su vida futura.
 
 
 

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LA CIMA DE LOS DESAPARECIDOS




Me desperté sobresaltado. Una inquietante sensación se apoderó de mí y me hizo agitar la cabeza sacudiendo las difusas hilachas de incertidumbre que aún me mantenían unido a los sueños de aquella noche. Había soñado profundamente y con gran viveza. Ahora estaba en esa asombrada frontera en que el sueño está aún vivo y nosotros casi despiertos. Y me asaltaba la inquietud de si los sucesos evocados en el sueño habían sucedido realmente alguna vez en mi vida.

El sueño se había desarrollado con toda la complejidad y el realismo de la vida normal. Todavía estaba presente ante mí y me hacía sudar de angustia. Había recibido inesperadamente una citación judicial para declarar sobre la desaparición de una persona muchos años atrás. Entonces empecé a recordar y sacar a la luz aquel trágico suceso ya olvidado. Recordaba aquella disputa violentísima en la que estalló todo el odio acumulado durante años en las dos familias enfrentadas. Era verano y habíamos coincidido como siempre en el pueblo de montaña donde pasábamos la estación. Aldea Negra se llamaba el pueblo y no he vuelto desde entonces. Yo estaba con mi familia. Él seguía soltero y había perdido a sus padres recientemente. Estaba solo. Lo encontré paseando por la vereda al borde de la Sima de los Desaparecidos. Así la llamaban por lo profundo e impenetrable de su fondo. La discusión empezó como siempre nada más tropezarnos. Era inevitable. Pero en esta ocasión llegamos a las manos por primera vez. Fue él quien primero se abandonó al deseo de violencia física. Algo se apoderó de nosotros con el vértigo de un abismo liberador a cuya atracción no se podía resistir. Forcejear y agredirse fue algo automático que había estado esperando ahí mucho tiempo y ahora fluía con la fuerza de la tormenta que se desata. Me sentía fuerte y demoledor y agarré una gran piedra que yacía a mis pies. Le golpeé en la cabeza con la misma decisión con la que aplasta una nuez con un martillo. Se desmoronó con el cráneo hundido y cayó por la sima. Su cuerpo fue dando golpes sobre la pared casi vertical hasta perderse finalmente en la espesura del fondo para siempre. Ni un solo trazo quedó de la tragedia.
Nada dije entonces a nadie y con el paso de los años aquel dramático suceso se fue borrando de mi memoria cotidiana igual que si de un desgraciado accidente se hubiese tratado. Pero aquella citación había desenterrado de golpe mis recuerdos con la misma fuerza que si hubiese aparecido el cuerpo oculto en la sima. Y era horrible. Quería escapar. Quería volver a olvidarlo.
En este momento angustioso del sueño desperté. Y en esos breves momentos en que perduran vivas las imágenes me preguntaba con los ojos abiertos por el asombro: ¿Ha sido verdad? ¡Dios! ¡Que no sea verdad!
Poco a poco la noción de lo real fue enterrando la certeza vivida del sueño. Aunque llegué a pensar que mi mente despierta era la que iba devolviendo automáticamente a las profundidades inexorables del olvido aquel suceso que sí había sucedido realmente.
 
 
 

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SONÓ LA HORA EXACTA





Sonó la hora exacta. El vértice del alma emergió de golpe sobre un mar de ofuscada somnolencia y el corazón empezó a batir con furia en el tambor del pecho. La hora exacta, el instante sin retorno, la ejecución sentenciada. Había matado, sí, pero él sentía todavía en el interior la justificación de su impulso. No lo vieron así los jueces que, tras largas deliberaciones y no estando tipificadas claramente las circunstancias atenuantes planteadas por la defensa, lo encontraron culpable en grado máximo. Se encendió la luz, se corrieron automáticamente las cortinas de la cámara, de aquel cubículo de la muerte donde había sido conducido una hora antes. Tras los cristales, un amontonamiento de rostros observaban con morbosidad al condenado tratando de robar sus gestos de desesperación y pánico, el terror del instante final. Los jueces miraban también y el ejecutor esperaba su orden para activar, sin posibilidad de interrupción, la entrada del gas letal. Con una velocidad de vértigo, el condenado trataba de encontrar algo que pudiera parar la ejecución. No serviría de nada suplicar, ni arrojarse al suelo llorando, ni nada dirigido a enternecer el corazón de aquellos hombres. Todo lo más conseguiría con ello algún pensamiento como "pobre diablo, al final muere arrepentido, que Dios se lo tenga en cuenta". Tampoco le valdría adoptar un aire de superioridad y fortaleza, mirándoles con severa indulgencia, pensando que eran ellos los pobres diablos que querían matarle por haber quebrantado sus dudosas y vengativas leyes. Al contrario, acelerarían la ejecución para no sentirse incómodos. Sólo vislumbraba una posibilidad, y era crearles un estado de perplejidad, algo que les sumiera en una situación de duda e indecisión tal, que no fueran capaces de actuar. De hecho, los jueces y toda la demás gente parecían estar queriendo leer sus pensamientos, metiéndose dentro de su alma, como dando una última oportunidad a una circunstancia excepcional. Sabía que no podía equivocarse, que cualquier paso en falso, cualquier actitud conocida o esperada que adoptara, precipitaría la ejecución. Tenía que sorprenderles, sumirles en el caos mental, anular su voluntad. Y no se trataba de conseguir una pequeña demora, como sucedería si fingiese un colapso o una enajenación, porque pronto se descubriría la trampa. Tenía que ser algo definitivo, algo que le permitiera apoderarse de la voluntad de los jueces para que le dejaran salir libremente de la sala de ejecución y del edificio. No sabía qué debía hacer, pero sí que tenía que mirarlos fijamente a ellos, igual que ellos le estaban mirando a él. ¿No era su propia indecisión lo que manifestaban en sus atentas miradas? ¿No le estaban diciendo calladamente que esperaban de él un gesto que le traicionase para apretar el botón fatal? Sí, ellos tenían dudas, en algún resquicio de su alma albergaban el sentimiento de lo injusto de aquella ejecución y esperaban ver en él algo que les justificase interiormente para llevarla a cabo. Ahora lo sabía, tenía que ahondar en ese sentimiento de culpabilidad, hurgándoles en el alma, su mirada escrutadora penetrando en sus miradas,  alargando todo lo posible ese estado de indecisión. Pero tendría que hacer algo más después y deprisa, no se podía prolongar mucho tiempo esa situación, porque alguno de los jueces, violentado por la demora en el cumplimiento de la sentencia, podía hacer la señal al ejecutor, incluso mirando hacia otro lado, en contra de su propia conciencia, justificándose a sí mismo con planteamientos técnico-legales; después de todo la sentencia había sido dictada y ya sólo se trataba de ordenar la ejecución. Pero no se le ocurría nada y un sudor frío y agónico pugnaba en brotar de su frente. Hacía esfuerzos sobrehumanos por detenerlo, pues ello hubiese bastado para precipitar la señal fatal. ¡Tenía que seguir ganando tiempo! ¡Tiempo, tiempo! ¡había que impedir la conciencia del tiempo en los presentes, había que parar los relojes mentales de los jueces!. ¡Tenía que conservar la impasibilidad en la mirada, en esa mirada suya que les había calado el alma hasta su punto débil, hasta su centro de indecisión! Y así lo hizo, con toda la intensidad que su desesperación le hacía capaz. La situación se volvió dramáticamente estática, paralizada, como si todos hubiesen quedado atrapados en una sensación que no variaba y de la que no sabían salir. El tiempo, en efecto, se había detenido. De pronto se abrió la puerta de la sala y entró precipitadamente un funcionario. Uno de los jueces alzó inconscientemente la mano hacia el ejecutor, como si se tratase de un gesto paralizado desde hacía tiempo que ahora recibía la energía para alimentarse. El ejecutor apretó el botón mientras el funcionario gritaba simultáneamente: ¡Alto la ejecución!
El gas comenzó a entrar sin posibilidad de detención en la cámara, mientras el funcionario mostraba agitado a los jueces un auto de aplazamiento, a la vez que pensaba acongojado que se había entretenido un par de segundos echándole los tejos, sobre la marcha,. a la nueva vigilante de seguridad. Las primeras inspiraciones del gas letal hicieron romper al condenado en violentas carcajadas mientras miraba con una expresión de burla infinita a los jueces. Éstos, a su vez, miraban consternados en todas direcciones  buscando una mirada de apoyo, agitando los brazos y todavía sin entender completamente lo que había sucedido. El ejecutor salió precipitadamente de la sala y volvió con una herramienta pesada, con la que empezó a golpear las sólidas paredes de vidrio reforzado de la cámara. Al final logró romper el cristal, y la densa niebla de la cámara fluyó fuera con tal intensidad sobre él que cayó inconsciente en breves instantes. Todos se precipitaron hacia la puerta de salida, pero extrañamente se había quedado bloqueada y, mientras pugnaban nerviosos por abrirla, el gas seguía llenando la pequeña sala. Todavía se oían las sordas risas, que ya parecían estertores de muerte, del condenado, mientras los jueces y demás asistentes a la ejecución iban cayendo semiconscientes al suelo en torno a la puerta. Luego se hizo el silencio entre la espesa niebla, y la quietud completa de todos los cuerpos trajo la paz al escenario de la ejecución. Una paz que parecía la instauración completa de la justicia.
 

 

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EL SUEÑO DE LOS ESPEJOS




Soñó que era capaz de dejar a un lado todos sus planes, todos aquellos caminos trazados que condicionaban y limitaban su vida, para dejarse abordar, sin discriminación,  por los sucesos que transcurrían alrededor. Sonaba el tráfico sobre el asfalto mojado y era una mañana de invierno. Se dejaba ir donde le llevara el sonido, se dejaba arrastrar por los minutos, o donde le requirieran las vidas de los otros, o donde le incitara la tentación de una sonrisa. Era tan fácil… Todo en torno le buscaba para seducirle y era agradable entregarse a su incesante deseo. Era feliz con la alegría que se desencadenaba por todas partes de manera natural, como una respiración. Y se decía: ¿por qué siempre nos esforzaremos en perseguir de extrañas maneras lo que ya tenemos en las manos? La vida era una fiesta y le esperaba gozosa en todas las esquinas de su alma. Existía sin intenciones, flotaba en un mar que lo inundaba todo y se dejaba mecer por las suaves olas, recogiendo el regalo inesperado de los peces de colores que saltaban a sus manos, abiertas y vacías de deseos. Bastaba elegir aquello que más le gustaba entre todo lo que se le ofrecía.
En la noche, dejó que las estrellas impusieran sobre él la inmensidad de su distancia y de su número, y no quiso contarlas, ni recordar sus nombres, ni dibujar tontamente la forma de sus falsas constelaciones. Se anuló para recibirlas, y con ellas en la conciencia, creció hasta hacerse tan grande como el Universo.
De día, permitió que una mirada se asomara a su alma como si le abriera la puerta de su casa y la invitara a entrar. La dejó acomodarse y que le contara todo, regalándole la tarde. Y no le importó si el alma era blanca o negra, pues no la quería para él. Sólo quería contemplarla igual que la luz de una estrella o la tenebrosa oscuridad del Cosmos. Era un alma, un alma que latía en unas manos, que se hacía luz en una mirada, que se echaba a volar en bandadas de palabras. Un alma cualquiera, como la suya podía haber sido o pudiera ser algún momento. Todas las almas -pensó- son formas distintas de la misma alma. Lo sabemos cuando nos convertimos en actores o cuando regalamos la tarde a uno cualquiera. Se dice que somos irrepetibles -seguía- pero entre los miles de millones de personas que existen y han existido, es seguro que mi alma, idéntica, se ha vestido con otras ropas y otra cultura; pero yo no estaba allí para encontrarnos. Aunque a veces sí nos encontramos con un alma parecida, casi igual, y nos reconocemos enseguida, y nos sonreímos y hasta nos enamoramos. El alma se busca idéntica en otro para hacerse cierta, porque es un espejo que puede reflejarlo todo menos a sí mismo. Por eso tenemos la necesidad del otro, para vernos con evidencia. Y si el otro es igual a mí, me veré en él exactamente, es decir, exactamente en la manera en que yo veo las cosas. Si me miro en un ser distinto, su espejo no me refleja como yo creo conocerme, como yo me siento. Pero no me basta ese sentirme interiormente, es preciso verme desde fuera, desde otro igual que yo. Verme en mi propio espejo fuera de mí.
Sumido en estas reflexiones, su sueño se fue enredando en un circulo vicioso del que no era capaz de salir y que evolucionó en la forma de una extraña pesadilla.  Se veía en múltiples espejos diferentes que distorsionaban terriblemente su aspecto, y por más que buscaba un espejo bueno no encontraba más que imágenes de sí mismo muy desvirtuadas. Luego encontró un espejo que parecía perfecto y miró dentro ansioso, pero en lugar de verse, veía su propio espejo, en el que a su vez se reflejaban una multitud de espejos diferentes. Había espejos por todas partes. Había caído en una cárcel de espejos y no se veía allí a ninguna persona.
Preso de una gran agitación y angustia, su sueño se interrumpió bruscamente y despertó. Todavía seguía latiendo, a caballo entre el sueño y la realidad, aquella obsesiva imagen de la cárcel de espejos. Imaginó un cataclismo en el que todos los espejos se rajaban y caían hechos mil pedazos amontonados en el suelo. Detrás aparecieron las personas, desnudas, como nunca antes las había visto. Delante de ellas estaba él, mirándolas, también desnudo, diferente pero a la vez él mismo. Se tranquilizó y despertó completamente.
Sonaba el tráfico sobre el asfalto mojado y era una mañana de invierno. Se dejó ir donde le llevara el sonido, se dejó arrastrar por los minutos…
 
 
 
 

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LA PALABRA





Madrugada, silencio, sólo la tenue luz sobre la blanca pared, espejo donde se mira el alma. Blancura y nada, nada blanca. Aparecen adentro aquellas palabras de ayer que me salvaron el día. Las vuelvo a pronunciar una y otra vez, revivo su significado, se quedan colgadas de mi alma, flotando, como ecos interminables que renuevo cuando se debilitan. Son el único contenido, hoy, que llena mi ausencia de sentido.
Las pronuncio despacio, saboreándolas, exprimiendo su idea como un vino precioso que extrajera uva por uva. Y luego repito la frase entera con soltura, llenándome de su verdad, de la luz de su mensaje. No sé si hoy podré encontrar nuevas palabras, ordenarlas mágicamente para componer otra frase salvadora, definitiva, como ayer. Entretanto, me complacen éstas que ahora evoco y que no podrían mejorarse. Estuve todo el día trabajando en ellas, con el alma vertida en su idea. Al principio fue sólo una inspiración inconcreta, una luz sin forma, una intensa sensación. Después, poniendo mucha atención, mucho silencio, el oído vigilante sobre las puertas del alma, apareció al fin "la palabra". Sí, la palabra central, la clave exacta de toda la frase. Fue un momento excepcional, brillante, una anunciación. Y después, trabajo, mucho trabajo durante horas para componer la frase entera que expresara todo el contenido deseado. Retoques, cambios, decir la frase cien veces considerando el pequeño matiz oculto en una preposición o en el sonido sutil de una sílaba. El ritmo, la limpieza de las voces, la precisión en los significados, la lógica de la expresión y a la vez la infinitud de lo sugerido. Sólo al final del día la frase quedó terminada, perfecta, inmutable, eterna. Me sobrevino el sueño pronunciándola una y otra vez.

Es pleno día ya, se ha vuelto completamente azul el pequeño trozo de cielo que veo por el ventanuco. Aunque, hablando con propiedad, no podría llamarle cielo sino sólo luz, dadas las reducidas dimensiones de esta especie de respiradero que tiene la celda de aislamiento total en la que llevo años confinado. Este ventanuco es mi reloj más preciso; también lo es el carcelero que viene una vez por día a traerme la comida. Nunca habla, le está prohibido, y ni siquiera le veo la cara a través de la portezuela por la que introduce la comida y retira mis excrementos. Únicamente veo sus manos actuar, agarrando los recipientes y abriendo y cerrando la portezuela. Y sin embargo sus manos me dicen todo lo quisiera saber de él. Veo su ademán al coger los cacharros, la decisión y firmeza con que los sujeta, la habitual sequedad y precipitación de sus movimientos. Un día tiró la comida, y por primera vez le oí hablar gritando una blasfemia; parecía enojado conmigo, con la situación o con el mundo. Sin embargo algunos días le encuentro sosegado, amistoso, empujando la comida casi con afecto, como el que trae un regalo. Otras veces se demora, manipulando las cosas despacio, como necesitando  conversar; pero en otras ocasiones es excesivamente rápido y seco, tiene prisa, intenta eludirme. Sí, sus manos me hablan, y a veces él también me habla intencionadamente con sus manos. Yo también le hablo sólo así, pero al principio le hablaba con palabras aun sabiendo que no le estaba permitido contestar. Era una manera de estar en contacto con el mundo, de sentirme persona. Poco a poco me fui cansando de hablar solo. Para eso era mejor pensar, sólo pensar, que a fin de cuentas es lo único que puedo hacer con toda libertad.

Pensar, crear frases, pequeños trozos de literatura. Esa es mi vida. !Dios mío¡, ¿me atreveré algún día a crear una novela entera? Sería demasiado, no podría librarme ya de ella, y como hoy, se quedaría flotando en mi memoria día tras día. Me volvería loco… loco del todo. Sólo podría salvarme el escribir pronto otra, y luego otra, y así siempre. Y sin embargo sé que lo acabaré haciendo. No tengo alternativa. Estoy condenado a la palabra.
 
 
 

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GEOMETRIAS





Hacía un día hermoso, brillaba el sol, el aire era cálido. Un día estupendo para quedarse en la cama -pensé-. Salí precipitado, con el café puesto, la chaqueta en la mano, el periódico tomado sobre la marcha. Me sentía sin duda nervioso."Llegaré tarde, otra vez tarde". ¡Cuánta gente había en el metro… ! "Todos estarán esperándome, impacientes; Victoria, vestida de novia, estará retorciéndose las manos, presagiando una desgracia, o una huida otra vez". ¡El novio, aquí está el novio! -gritó alguien entre los bancos de la Iglesia.
Comenzó al fin la ceremonia: el difunto tenía un aspecto muy malo, con la cara deformada, irreconocible. Sin duda el último momento fue muy doloroso y trágico. Los asistentes en primera fila, sobre todo Victoria, sollozaban o escondían la cabeza entre las manos. Yo me quedé al final. Como siempre, había llegado tarde, pero tuve la suerte de que el cura se había retrasado también. Recordé en aquel momento, no sé por qué, que alguien famoso había dicho que nacer es empezar a morir, y pensé que podría decirle eso a la familia como expresión de condolencia: "¡Qué tonterías se me ocurren! Anda que la frasecita es fina… podía haber dicho el autor que vivir es empezar a nacer, por ejemplo; tenía más trascendencia. Mira, eso si se lo puedo decir a los deudos, aunque los pobres no estarán para muchas reflexiones".
Nadie sabía que yo le había matado, nadie de aquellos que asistían a mi boda. Sí, yo le maté, le maté convencido. No había otra alternativa mejor. Y tengo que confesar que sentí un agudo placer al hacerlo. Por fin me libraba de mi eterno rival, tantas veces odiado, responsable de tantos momentos de desesperación. Además era un mierda, un cobarde completo, un falsario que hasta se engañaba a sí mismo. Yo le había matado y en alguna ocasión lo diría en público, con motivo de alguna ceremonia… quizás cuando algún día me casase con Victoria.
Hacía un estupendo día aquel día, pero tenía sueño, mucho sueño. Dudaba en levantarme, como he dicho, pero todos me esperaban, Victoria me esperaba. Si no asistía, como ya hice la primera vez, la perdería para siempre, después de tantos años de convivencia. Así que me puse la chaqueta, tomé el café sobre la marcha y salí precipitado con el periódico en la mano. "¿Pero para qué llevo el periódico si voy a mi boda? " Sin duda actuaba irracionalmente. En el periódico venía la noticia: Muere al caer empujado desde un octavo piso. El homicida consigue escapar hábilmente sin ser identificado. ¡Qué fácil fue! ¡Cómo caía hacia el vacío, dejándose ir como una piedra, inerte, consciente de su muerte inmediata! Nacer es empezar a morir…jajaja, qué gilipollas, ¿quién lo diría?. Cuando Pedro iba cayendo, seguro que pensó "volar es empezar a morir". Quizás llegó ya muerto al suelo, muerto de miedo. Tuvo una muerte adecuada. ¡Que guapa estaba Victoria, tan distinta a lo habitual! Llevaba un precioso vestido negro, muy elegante…  pero de pronto me abofeteó la conciencia de que a la vez que se casaba conmigo, se casaba también con Pedro a título póstumo. "Sí quiero" -dijo con voz trémula., mientras una lágrima resbalaba por su mejilla. Yo me quedé en silencio, un largo silencio. Victoria, el cura, todos los asistentes, me miraban expectantes. "Es el momento, es el momento de una confesión pública... No me voy a casar, definitivamente no me voy a casar. ¿Para qué hacerlo ahora que ya no vive Pedro, ahora que ya no tengo que compartir a Victoria con él?" Y mirando profundamente al cura, le dije: "No puedo casarme de momento, Padre. Estoy en pecado…. y además no me arrepiento".
Llovía, el tiempo estaba fatal. Era un día perfecto para levantarse enseguida y comenzar de nuevo la vida. Pero Victoria me retuvo en la cama exigiendo explicaciones. Tuve que contarle toda la verdad: el cáncer irreversible de Pedro; su petición llorando para que le ayudara a terminar; aquello que me dijo (y que no me convenció)  de evitarle a ella que sufriera su penoso y largo acabamiento; la promesa que me arrancó de no decir nada. Victoria estuvo llorando amargamente durante mucho rato. Me hizo llorar a mí. Realmente yo también le echaba de menos, pues a pesar de todos los malos momentos y lo difícil de la situación, acabamos formando un trío que había funcionado con mucho corazón. Al fin se tranquilizó, y con los ojos ausentes, vacíos, me dijo sombría: "No podré soportarlo".
El día era radiante, no recordaba otro día igual en toda mi vida. Era un día perfecto para quedarse en la cama, para dejar la mente en blanco mirando la luz por la ventana. Me levanté indeciso, tomé el café sin darme cuenta, cogí maquinalmente el periódico, salí sin ponerme la chaqueta y volví para ponérmela. Me sentía sin duda algo confuso. El andén del metro estaba abarrotado de gentío. Me asomé al borde y vi que ya llegaba el tren, avanzando en la oscuridad profunda del túnel, con los faros destellando como los ojos de una bestia que llegara de ultratumba. Llegué tarde, como siempre. Allí estaban todos esperándome. El escenario de la boda era esta vez magnífico, de fábula. El oficiante vestía prendas muy lujosas, deslumbrantes. ¡Sí quiero! -contesté convencido a la pregunta del Padre, mientras pensaba "a la tercera va la vencida". Además Victoria vestía esta vez de blanco, de un blanco esplendoroso. Parecía… era un ángel, un auténtico ángel. A su lado, cogiéndola del brazo, Pedro, oficiaba de padrino.
 
 
 
 

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ESCALADA LIBRE





Desprovisto completamente de cuerdas y de cualquier elemento de agarre salvo sus propias manos y pies, el hombre ascendía lentamente, cuidadosamente, por un elevado paredón completamente vertical. Colocaba las manos -con frecuencia sólo las puntas de los dedos- en las pequeñas grietas y salientes de la roca casi lisa. Los pies se apoyaban como podían en la pared, muchas veces empujando sólo su superficie plana mientras soportaba todo el peso del cuerpo con las manos. Bajo él, una escalofriante profundidad cortada a pico transfería un pánico indescriptible. Qué fácil sería un resbalón del pie que en ese momento cargaba el peso del cuerpo sobre un minúsculo saliente redondeado; o que la presa recién echada con la punta de los dedos arrancase el fragmento de roca angulosa que le estaba permitiendo en ese momento izarse unos centímetros más. El desenlace hubiese sido fatal, y uno se podía imaginar vívidamente ese segundo de sorpresa congelado en la cara del escalador al fallar la presa, y el grito desgarrador, pero consciente, del que habiendo asumido de antemano el riesgo se precipita de manera inexorable hacia el abismo.
Pero no, el hombre, visiblemente tranquilo y entregado a su tarea, canturreaba una canción mientras movía las manos con delicadeza, con armonía, como acariciando la roca. Se le veía completamente ajeno a otra cosa o pensamiento que no fuera el encontrar el agarre adecuado y los movimientos equilibrados, elásticos y aparentemente libres de tensión, de su cuerpo.
Finalmente, llegó a la cumbre. Se sentó a la manera india y contempló largamente, con expresión serena y feliz, el maravilloso panorama que se extendía allí abajo, a sus pies.

Al cabo de un tiempo se levantó. Alrededor de la pequeña plataforma que era la cima, la montaña se quebraba en seco hacía el vacío por todas partes. Su expresión era ahora triste, apesadumbrada, y mirando hacia el abismo se dijo: " Ya no es posible desandar el camino. Lo sospechaba, sabía las consecuencias, pero la emoción del ascenso libre por esta roca ha sido muy fuerte, insuperable, y no quise hacer consideraciones. Tenía que subir, era mi meta. Sólo tengo dos alternativas ahora: quedarme sentado tranquilo en esta cumbre y dejar que el tiempo me convierta lentamente en paisaje, o lanzarme yo mismo en vuelo póstumo a las profundidades, emulando al águila  en su picado sobre la presa. Yo seré a la vez el águila y la presa en ese vuelo".
Difícil decisión a tomar, aunque el hombre pensaba que era la misma que algún día tendría que afrontar ante la vida, cuando pasaran los años.
Y así siguió mucho tiempo, en pie, el oído muy atento, intentando escuchar la voz de la certeza. Pero sólo le llegaba el silencio de la montaña…
Llegó la noche del primer día, y no habiendo encontrado la respuesta, decidió aplazar la decisión al día siguiente. A media mañana sobrevoló la cima un águila de gran envergadura, majestuosa, y le miró girando su cabeza hacia él mientras pasaba. Había algo consciente, intencional, en su mirada penetrante; mucha afirmación, fuerza y dominio en aquel ser alado dueño de las cumbres y el espacio, señor de toda la vida alrededor. Se sintió águila por un rato, e imaginó su propio cuerpo alado rasgando el aire y mirando suspendido hacia abajo, hacia el valle. Y pensó: "Soy muy joven todavía, tengo aún ansias de vida". Por la tarde seguía meditando sin conseguir encontrar una respuesta. Vio que entre una hendidura de la roca había arraigado una planta y una pequeña ramita de abeto empezaba a crecer. Al cabo de algunos años quizás se convirtiera en un hermoso y altivo árbol, allí, en aquella roca de la cumbre. Y soñó: "Si me pudiera convertir yo en ese árbol y permanecer aquí, para siempre, testigo mudo de este magnífico paisaje…"
Aquella noche tuvo un extraño sueño: El árbol había crecido mucho y el águila, pasando veloz sobre la cumbre, arrancó una rama y se la llevó volando. Cuando despertó seguía pensando en aquel curioso sueño, y no le abandonó en toda la mañana. Bajo el sol del mediodía, la fuerza de la certeza que andaba buscando le iluminó al fin, dibujándose una amplia sonrisa en su cara y animándose su cuerpo. Se desnudó completamente, y haciéndose un ovillo, se puso a esperar al águila ofreciéndole su cuerpo como comida.
Al poco rato apareció el águila, que escrutando con su aguda vista toda la zona le había divisado indefenso. Hizo una pasada sobre la cumbre, mirándole, y luego inició otra muy baja, para pasar justo por encima de él. Cuando la tuvo encima, se levantó de golpe y se aferró a sus patas extendidas hacia abajo, que mostraban las afiladas garras prestas para hacer presa. El águila, cuya estrategia era arrastrarle hasta el precipicio y despeñarle, para después en el fondo del valle devorar su  cadáver, se vio sorprendida y quiso huir, batiendo con fuerza sus alas para no dar en tierra. Pero el peso era excesivo y sólo consiguió arrastrar al hombre hasta el borde de la roca y luego caer con él, en un planeo descendente a duras penas sostenido. Sus amplias alas completamente abiertas se combaban por el peso y parecían a punto de hacer estallar sus huesos. Las plumas de los bordes flameaban al viento y éste sonaba como un cuchillo en el perfil anterior del ala. Descendían deprisa, describiendo una trayectoria fuertemente inclinada. Cuando estaban llegando a pocos metros del suelo, el hombre se soltó y cayó en tierra rodando, mientras el águila, liberada, ascendía vertiginosa describiendo una amplia curva, propulsada por su propio impulso. Repuesto del aterrizaje violento, y sin ningún hueso roto, se levantó y miró hacia la cumbre. Allí vio al águila, empequeñecida,  que parecía observarle fijamente con su aguda mirada, quizás sintiendo por primera vez que por alguien le había arrebatado su soberanía en el valle.
 

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