EL ESPEJO DEL RÍO
por
Gerardo Hernandez
- Ó Derechos reservados -
2000
ÍNDICE
Edificio interior
El espacio vacío
Bajo el sol de otoño
El cachorro y la perdiz
El espejo sin reflejo
Inmortal y aburrido
Placeres
La cima de los desaparecidos
Sonó la hora exacta
El sueño de los espejos
La palabra
Geometrías
Escalada libre
EDIFICIO INTERIOR
Había llegado a una edad de madurez serena en la que me sentía bastante seguro de mis apreciaciones sobre la naturaleza de las personas y las cosas, sobre la marcha del mundo. Habían ido pasando los años de una vida repleta de actividad y sucesos, y la experiencia acumulada me había proporcionado un buen conocimiento de la realidad.
Ya nada me asombraba, y las reacciones de las personas y los acontecimientos sociales y políticos tenían lugar de una manera casi previsible y lógica para mí: siempre respondían a las mismas razones, las eternas razones y mecanismos que mueven al mundo y que tantas veces había observado.Aquel día de Domingo por la mañana me había quedado solo en casa. Mi mujer había salido a la misa dominical y yo había proyectado trabajar unas horas en un proyecto que traía entre manos. A través de la ventana lucía un hermoso día de primavera y su influjo debió de inspirarme una dulce inercia y sensualidad, por lo que cambié momentáneamente de idea y me animé a dar un paseo por el barrio.
Se veía a la gente con esa cara de felicidad y plenitud renacida que los rayos de sol primaveral y el brillo verde de la naturaleza infunden en los corazones.Cerca de la Iglesia creí reconocer a lo lejos a mi mujer hablando con una persona profundamente odiada por mí; una persona cuya manera de ser era tan opuesta y de tan baja condición ante mis ojos, que no podía sentir por ella más que desprecio. Y ello era conocido y compartido por mi mujer, por lo que no pude por menos de quedarme asombrado ante el hecho de que estuvieran allí parados, hablando tranquilamente. Algo extraordinario debía haber sucedido para que ella, en público, se hubiese parado a hablar con aquel hombre. Me acerqué de manera cauta para no ser visto, y mi asombro se convirtió en estupor al advertir que, además, ella mostraba una expresión comprensiva, profundamente sincera y amistosa.
Experimenté enseguida un sentimiento de aturdida pero violenta irritación, una revolución interior ante aquella manifiesta incongruencia: ¿Cómo podía ser que mi mujer, con la que me unía desde todo la vida una relación de mutua afinidad y entendimiento, de sintonía en casi todos los aspectos de la vida, de feliz y afectiva complicidad, pudiese también sintonizar con aquel ser tan opuesto?
Una irrefrenable crisis interna se iba apoderando de mí, mientras me alejaba lentamente del lugar intentando comprender algo. ¿Porqué nunca me había dicho nada? ¿Porqué cuando, ocasionalmente, yo reprobaba airado la conducta de aquel ser -al que tenía que soportar esporádica pero inevitablemente por motivos de un lejano parentesco y vecindad-, ella no había intervenido en su favor o le había disculpado? Y sin embargo ahora la había visto allí, inclinada hacia él, dando muestras de que les unía un entendimiento mutuo, evidentemente sincero.Por otro lado no podía atribuirle a ella una conducta falsa, una actitud perversa. A lo largo de toda una vida me había dado suficientes pruebas de su fidelidad y entrega, y no encajaba en su alma ningún tipo de doblez o falsedad. Por eso estaba seriamente desconcertado. Allí había algo profundo que se me escapaba, que se me había escapado desde siempre. Si no estuviera tan convencido de la perversidad de aquel ser, tendría que empezar a dudar de la justicia y validez de mis apreciaciones sobre él. ¿Qué veía mi mujer que le hacía digno de su consideración y de sus atenciones? Tampoco sabía desde cuando existía esa relación, ni cómo ni porqué causa habían llegado a ella. Quizás había sucedido algo que yo desconocía, algo que inclinó el corazón de ella hacia el alma de aquel miserable; algo bueno, por pequeño que fuera, que ella, por razones desconocidas, me había ocultado; cualquiera, incluso un malvado, puede tener un instante de bondad en su vida; pero tendría que haber sido algo muy profundo y trascendente para ganar el corazón de mi mujer.
De nuevo me asaltó la duda terriblemente inquietante: ¿Y si fuera yo el equivocado? ¿Y si mi escala de valores, todos aquellos principios y virtudes morales en los que creía -y creía compartir con mi mujer-, no fuesen lo suficientemente sólidos, lo suficientemente exclusivos y verdaderos? ¿Acaso mi mujer tenía en el fondo de su alma una visión más amplia de la vida y las personas, en la que cabían tanto mi alma como la de mi enemigo? Pero entonces,… ¿porqué no me había dicho nunca nada, porqué no había intentado hacerme comprender?No le dije nada a ella, pero desde aquel día se desencadenó en mi un proceso de autoanálisis, de meditación sobre mis propias ideas y de observación más atenta del alma de mi mujer.
Repasé uno por uno los sucesos que me habían hecho construir aquella lamentable imagen del vecino y lejano pariente. Era evidente, para todos los que le conocían un poco, su exacerbado egoísmo, su contínua dedicación a sus propios intereses, sus artimañas sin fin para enfocar todas las cosas y situaciones de manera que le beneficiaran, e intentar decantar los acontecimientos en la dirección de sus deseos y conveniencias. Eso sí, todo lo planteaba sutilmente, arteramente, como si te estuviera haciendo un favor o demostrando que lo que él proponía era lo más conveniente para ti.
Siempre estaba pidiendo favores, reclamando atenciones, pero cuando le llegaba el turno de prestar un servicio eludía la situación o incluso se desentendía tajantemente. Carecía por completo de principios éticos y era capaz de traicionar a su propio padre para conseguir algo deseado. Su ética era exclusivamente el propio interés, dios al que rendía un culto abnegado. Además era un cobarde, y lo había demostrado en multitud de ocasiones, como cuando tuvo que dar la cara en defensa de su familia cercana. Los dejó tirados con mil razonamientos y excusas, abandonados a las circunstancias adversas para no salir él mismo mínimamente perjudicado. Su matrimonio había sido un fracaso rotundo y había esclavizado a su mujer, anulando todos sus derechos de persona mientras él disfrutaba sin límites de todas las libertades, incluso de las prohibidas en razón de su matrimonio y hasta en razón de simple persona decente. No había tenido hijos voluntariamente, quebrantando los sentimientos más íntimos de su mujer, pues ello reducía su libertad y le obligaba a asumir responsabilidades que no quería aceptar. Había estado implicado en turbios asuntos, movido por la morbosidad del delito y de lo prohibido, además de por la obtención de fáciles beneficios. Donde quiera que pudiera extraer algo de placer, sano o insano, introducía sus ansiosas manos dispuesto a no desaprovecharlo aunque se manchara hasta arriba. El placer era sagrado para él y no importaba nada el medio para conseguirlo, siempre que no se viera amenazado en su extraordinaria cobardía. Porque en el fondo era una persona sumamente vulnerable y débil. Sin embargo su apariencia era arrogante y los que no le conocían bien creían estar ante una persona de gran carácter y distinción. La verdad es que tenía dotes especiales de comunicación, habilidades naturales para mostrar una imagen ennoblecida y superior. Y triunfaba en sus negocios y actividades sociales, donde era considerado una persona agradable, amante del buen vivir y de una gran cultura. Creo que esto es lo que más me molestaba de este ser, la falsedad con que se desarrollaba su vida, la superficialidad y el culto a su imagen, de los que sacaba un gran provecho. Eso y el que se considerara claramente superior a mí, que me menospreciara e incluso sintiera cierta conmiseración por el tipo de vida austera y callada que llevaba, que para él era una especie de limitación y manifestación de pobreza, de falta de capacidad. Todo ello había creado una franca hostilidad entre ambos, que procuraba no manifestarse por mi parte más que interiormente o dentro de mi hogar.
Aunque tenía que soportar su proximidad, siempre le evitaba y me esforzaba por no dejarle entrar en mi vida. Ello no impedía que estuviera al tanto de la suya a través del resto de la familia y de mis amistades.Yo era el polo opuesto y mi vida se desarrollaba felizmente en un sentido completamente distinto. Tenía tendencia a moderar mis placeres más primarios a favor de otros más sutiles, más espirituales. En ellos encontraba la plenitud y el sosiego que necesitaba para mi desarrollo interior. Era profundamente religioso y lo trascendente era lo que centraba mi interés. La ética significaba para mí no sólo la condición para la dignidad humana, sino la regla que permite una vida ordenada y orientada a un fin superior. Los buenos sentimientos y la disposición hacia los demás llenaban mi corazón de la más completa satisfacción, porque sabía que sólo sintiendo a los otros cercanos al corazón, se alcanza la plenitud como persona y la paz interior. Mis amistades nunca habían sido excesivas, pero muy auténticas, y a ellas me daba siempre de verdad. Mi mujer y yo habíamos creado una convivencia feliz, profundamente humana, basada en el afecto y el respeto a nuestra propia personalidad, que por otro lado era muy afín, o así lo había creído yo hasta aquel día en que descubrí su relación con mi despreciado pariente. Nuestro hijos habían crecido felices y empezaban a desarrollar su propia vida sin problemas.
Por más que analizaba la personalidad de mi familiar y la de mi mujer, no encontraba puntos de coincidencia. Cierto es que una vez, en el entierro de su padre, le vi enternecido de pronto, y manifestando una sensibilidad que nunca hubiera sospechado en él, que tan poco caso le había hecho en sus últimos y necesitados años. Rompió inesperadamente a llorar ante unas sentidas palabras del cura que oficiaba la ceremonia. Se me quedó grabada aquella reacción suya, que reflejaba unos sentimientos demasiado vulnerables y demasiado ocultos por su personalidad construida. Pensé, en aquel momento, que había despertado el niño que en su día amó y admiró a su padre. Aquello reflejaba en efecto un corazón tierno, un corazón detenido en aquella etapa infantil, un corazón después escondido y raras veces despertado.
Otra vez que el azar quiso que yo le hiciera un favor espontáneo, se mostró extraordinaria y sinceramente agradecido, como si hubiese recibido en mi atención desinteresada el mayor regalo que alguien podía hacerle. Apreciaba, pues, el afecto de los demás, de tal manera como si fuera algo desusado, extraordinario y precioso; y era capaz a la vez de sentirse agradecido, tiernamente agradecido. Sí, empezaba a entender que también tenía corazón, como yo mismo, pero un corazón demasiado tierno, demasiado vulnerable, demasiado protegido, por eso mismo, ante la vida real que ignora el corazón de las personas.Ahora empezaba a comprender que si su mujer conocía aquel corazón pequeño y sensible se sintiera acogedora hacia él. Pero ¿como compaginar esto con su vida adulta completamente descarriada, completamente polarizada en la dirección del placer más egoísta y material? Era acaso su vida una compensación por esa imposibilidad para amar de un corazón demasiado vulnerable? Si esa era la verdad y mi mujer la conocía, estaba claro que ponía por encima de aquella detestable vida al niño prisionero en aquel ser maduro y profundamente angustiado por la ausencia de sentimientos. Pesaban más en ella los sentimientos que la conducta real de las personas.
Qué distinto era yo, que daba tanta importancia a las acciones correctas. No establecía diferencias ni separación entre mis sentimientos y mis acciones. Iban siempre juntos. Y aunque las personas muchas veces me habían traicionado, nunca me había sentido demasiado herido, pues sabía que dentro de mi alma había algo o alguien que reconocía el valor de las buenas obras. Y eso me ennoblecía y no necesitaba continuamente el reconocimiento de los demás para obrar bien. Siempre sentí que la ética me daba una dimensión a prueba de desengaños y había creído firmemente en ella y en su capacidad para realizarme humanamente.
Yo conocía los sentimientos de mi mujer hacia mí, y sabía que amaba mi entereza, mi honestidad, mi buen corazón, mi fortaleza moral. Pero empezaba a comprender que su alma, también maternal, podía sentirse tocada por un corazón débil, desprotegido, indefenso, aunque disimulado tras un disfraz mundano y perverso.
Y comenzaba a sentirme envidioso, celoso de aquella ternura que ella nunca podría emplear conmigo. ¡Dios mío las mujeres! -pensaba-, adoran los sentimientos por encima de cualquier otra cosa. Y a la vez qué poca importancia le dan a las acciones de los hombres, como si fuesen capaces de asumir cualquier maldad, de disculpar cualquier villanía, como si ellas mismas se sintiesen capaces de actuar de cualquier manera en determinadas circunstancias. Parecía como si todo aquel comportamiento de mi pariente no fuera, ante los ojos de mi mujer, más que la travesura y rabieta de un niño abandonado.Inesperadamente me vino a la imaginación un pensamiento que me llenó de desazón e inseguridad: ¿Toda mi fortaleza moral, mi estilo de vida austero y mi conducta intachable, de donde venían? ¿Cómo se habían formado? Me proyecté a la infancia también y vi al niño que yo llevaba dentro, un niño tímido, retraído, muy emotivo e ingenuo, que pronto empezó a interesarse por la religión y las cosas espirituales, más satisfactorias y seguras que la azarosa vida de la calle, que los otros muchachos agresivos y pendencieros. También yo había sido un niño muy vulnerable y temeroso de la vida, y busqué refugio en el espíritu, en la regla firme de la moral como garantía de mi tranquilidad. ¡Dios!, acaso es que yo temía a los vaivenes de la vida, a los altibajos del sentimiento, a las heridas del alma, y por eso había construido un edificio seguro, inderrumbable, proyectado a la otra vida en lugar de asentado en ésta? ¿Tenía miedo a vivir, a gozar del placer sin límites, a sumergirme en el abismo de los sentidos del que no sabría salir?
Por unos instantes flaqueó mi mundo interior; los cimientos de mi espíritu temblaron. En adelante ya no estaría nunca tan seguro de mis principios, aunque tendría que seguir creyendo en ellos y conservando mi manera de vivir, pues me proporcionaba una estabilidad y felicidad que sabía no alcanzaría de otra manera.Llegado a este punto de mis reflexiones las di por terminadas. Todo aquello que había pensado parecía muy cierto, aunque tal vez fuera de otra manera. No estaba completamente seguro, pero su posibilidad me había despertado a una conciencia distinta de las personas.
Ahora entendía que mi mujer no me hubiera dicho nada. Sabía que yo no lo podía entender porque, aún siendo parecidos ambos, habíamos construido vidas opuestas. Ella sí lo entendía.
Nunca le dije nada, respeté su silencio y no quise saber cómo había surgido entre ellos el afecto.Y entonces empecé a pensar en todas las opiniones que unos se forman de los otros, de cómo cada cual interpreta la vida de los demás desde un esquema de comportamiento propio que estima como el mejor, sin entrar a mirar en el corazón de las personas, en las razones del corazón.. Cada uno construye su propio edificio interior, y en su brillo se ve reflejado, y desde él mira a los demás. Y todo es una confusión multiplicada donde el encuentro corazón a corazón es casual, difícil, coincidencia maravillosa por lo poco frecuente. Todo es un pasar rozando la realidad de los demás, mirando la apariencia mostrada, el edificio de colores que encierra una carne sensible y desconocida.
Desde entonces ha cambiado mi manera de ver a las personas. Primero les busco el corazón y después escucho lo que me dicen y miro sus gestos y ademanes, contemplo sus edificios interiores que tanto se empeñan en mostrar. Y aunque no por eso he podido sentirme más amigo de nadie que antes, ya no he vuelto a tener enemigos.
____
EL ESPACIO VACÍO
Me desperté en la mitad de un sueño. Soñaba que me estaba muriendo, que me extinguía lentamente. Poco a poco iba perdiendo la conciencia como si me fuera deslizando por una pendiente sin retorno, definitiva, hacia un mundo de profundas oscuridades.
Abrí los ojos en el último momento, asustado, reaccionando, negándome a desaparecer. Pero todo estaba oscuro; no se veía absolutamente nada. Abrí y cerré repetidas veces los ojos, y aunque sentía mis párpados moverse, seguía sin ver nada. Todo estaba en silencio. Me incorporé lentamente, pero sólo sentí que mi cintura se doblaba: Debajo de mí no sentía nada. Moví las piernas, pero tampoco rozaban con nada: Era como si estuviera suspendido en el vacío.
Me asaltó la duda de que seguía dormido, pero el hecho de planteármelo me convencía de que mi conciencia estaba despierta. ¿Pero entonces… qué pasaba? Estaba asombrado. Todavía latía en mi interior el sueño de mi caída hacia la muerte. ¿Me había muerto de verdad?… ¿Dónde estaba?
Curiosamente no me sentía mal, ni experimentaba ya la angustia que me hizo despertar. Mi mente estaba simplemente buscando respuestas, indagando posibilidades. No creía en la otra vida, ni en la existencia del alma, o al menos estaba casi convencido de ello. Además, si realmente había muerto y yo era ahora mi alma, liberada de la corporalidad y por tanto fuera del mundo material…, ¿dónde estaba en aquel momento?
¿Qué había fuera del Universo, del inmenso Universo de inimaginables dimensiones, frío y oscuro como la noche pero poblado por todas partes de innumerables y lejanas estrellas?Lo único que podía concebir con mi mente corporal -la única que seguía teniendo-, que se pareciera a mi estado actual, era estar suspendido en el oscuro espacio interestelar, flotando en el vacío. Pero tendría que ver las estrellas y no era así. Por más que esforzaba mi mirada, la absoluta oscuridad me rodeaba. Claro que si había muerto, habían muerto mis sentidos, y lógicamente no podía ver ni oír. Y sin embargo sentía mi cuerpo. Podía moverme y experimentaba las sensaciones musculares de mis piernas y brazos. Creía que andaba, aunque no sabía cómo ni sobre qué porque debajo de mis pies no sentía nada. Simplemente debía estar moviendo mis piernas en el vacío, flotando en él. Me toqué por todas partes reavivando la conciencia de mi cuerpo: ¡Sí, yo existía!. ¡Mi cuerpo existía! Respiré con profundidad, pero extrañamente no noté mis pulmones llenarse de aire, ni la vivificante sensación de la oxigenación. Simplemente sentí dilatarse mi pecho. El aire no existía. Di una voz… y no se oía nada.
Aquello era incomprensible, pero curiosamente no me turbaba pues estaba completamente inmerso en aquel momento de conciencia estupefacta que intentaba comprender.
Mi mente estaba entera y repasaba sus vagas ideas sobre la realidad del Cosmos; todo un cúmulo de posibles realidades a medio camino de la ciencia ficción: otros Universos, antimateria, agujeros negros…
Podía haber salido, sin saber cómo, de mi Universo. Quizás eso era la muerte, un desdoblamiento de la materia corporal, una caída hacia un Universo de antimateria. Nunca había tenido ideas claras sobre la posibilidad real o la fantasía de estas ideas; simplemente habían despertado mi imaginación.
Pero si había salido del Universo conocido y estaba en otro de distinta naturaleza, debería percibir algo, aunque sólo fuera el tenue brillo de una única y lejanísima estrella, por muy distinta que fuera. Sin embargo no percibía nada. ¿Estaba flotando en un espacio vacío e infinito, o simplemente existía rodeado de la nada? ¿O eran las dos cosas lo mismo?El estar flotando en un espacio infinito lo podía imaginar bajo la posibilidad de que más allá de mi campo visual existiese alguna estrella. Sí, aquello podía ser, estar en un Universo enormemente más disperso que el conocido, de manera que no alcanzase a ver nada. Era una sensación distinta de cuando en casa se va la luz y te deja sumido en la más absoluta oscuridad. No se ve nada, pero uno se imagina el espacio alrededor y las cosas existentes, aunque sólo tanteando con la mano se puede recuperar la certeza de la colocación de las cosas, que laten como amenazas ocultas en la oscuridad.
En aquel momento no había nada cerca, y lo único que podía imaginar era un inmenso espacio vacío en el que existiría, perdido en la infinita distancia, una débil vibración de luz, un tenue rayo que trataba de captar. Porque si realmente no había nada en ningún sitio, toda la inmensa distancia imaginada se retrotraía de golpe hacia mi. Toda mi conciencia se consumía íntegramente en el propio cuerpo: sólo existía yo; no había distancias.Y si sólo existía yo, si estaba en aquel extraño estado, ¿era definitivo, o simplemente una transición hacia otro diferente?
Me sentía bien. No tenía frío, ni hambre ni sed. Parecía carecer de necesidades, o al menos no las sentía todavía. Sabía que existía porque además de sentir mi propio cuerpo, que era algo definitivo, conservaba mi memoria y era consciente de mi propio pensamiento. Aquel era un tipo de existencia incomprensible, a medio camino entre lo corporal y lo espiritual. Pensé que un ciego, y además sordomudo, debía sentirse parecido. Aunque al menos podía andar y tropezarse con las cosas, y reconocerlas con el tacto. Yo también, aunque allí no había nada más que reconocer que mi propio cuerpo. Tenía, sin embargo el inmenso tesoro de la memoria. Toda una vida repleta de formas, colores y sonidos guardada en mi recuerdo.Estuve largo tiempo reflexionando, imaginando, tratando de entender o intuir aunque sólo fuera una fugaz idea de mi situación. Repasé mis creencias de la infancia, las diversas doctrinas religiosas que conocía, las teorías científicas y seudocientíficas… y sobre todo estuve mucho rato, interminables horas, tratando de ver o de sentir algo en mi interior. Pero no pasaba nada.
Comencé a recordar, a revivir mi vida pasada inmediata, y luego más atrás y más atrás. Toda mi vida pasó con increíble detalle y realidad por mi interior, como si la estuviera viviendo de nuevo. Mis amigos, mi familia, hasta simples conocidos ocasionales parecían tan presentes que casi podía tocarlos. Me di cuenta de muchas cosas y situaciones que me habían pasado desapercibidas en su momento, y descubrí realidades que antes no había sospechado siquiera.
Sin darme cuenta me fui agotando poco a poco y me deslicé hacia el sueño sin notarlo.
No sé cuanto tiempo estuve dormido. Cuando desperté me encontraba muy fresco, muy lleno de vida. Había tenido un sueño tan lúcido, tan vivo, que no podía distinguir si todo aquello había sucedido en realidad. La luz entraba por la ventana de mi cuarto y un aire ligeramente templado, que olía a árboles y hierba, se había introducido en el interior. Era plena primavera y los pájaros cantaban como si hubieran descubierto por primera vez la vida.
____
BAJO EL SOL DE OTOÑO
Era una mañana soleada de otoño. Hacía ya varias semanas que Juan había terminado su trabajo en la constructora. El contrato de tres años para el desarrollo del proyecto "Andalucía" había concluido y estaba satisfecho con los resultados conseguidos. No tenía prisa en volver a trabajar, pues sabía que llegado el momento no tendría problemas. Al contrario, quería demorar lo más posible su sosegada situación actual antes de que alguno de sus socios y colaboradores le reclamaran de nuevo.
Le estaba sentando bien aquel periodo de calma y lo aprovechaba para meditar sobre su vida presente, sus problemas de familia, su vida personal en suma que, al margen de lo profesional, no funcionaba demasiado bien.
Era una mañana soleada, apacible, y los fríos otoñales no habían llegado todavía. La Casa de Campo, aquel día entre semana, estaba muy tranquila. Apenas se veía algún paseante jubilado tomando el sol y algún deportista, en bicicleta o a pie, que cruzaban las veredas y los campos otra vez reverdecidos tras la caída de las primeras lluvias.
Dejó el coche al lado de una explanada sobre un alto y se dispuso a dar un tranquilo paseo bajo el sol. Allá abajo, en una encrucijada de la carretera se veían algunas prostitutas esperando pacientemente de pie la llegada de algún cliente. Últimamente aquel era un espectáculo habitual en la Casa de Campo. Pero aquellas no parecían tener mucho éxito. La verdad es que había muy poca gente a aquellas horas y los escasos coches que circulaban no se detenían.
«¿Qué harán estas mujeres en invierno? -se preguntaba Juan-. No creo que vengan aquí».Se acordó de aquellas escasas y frustrantes experiencias con prostitutas que había tenido en su primera juventud. Fue deplorable. La falta de atractivo erótico y las maneras ordinarias de aquellas mujeres baratas, habían enfriado al primer contacto sus sensuales impulsos juveniles, que buscaban más el despertar de la pasión por la mujer que el sexo puro y duro. Después de aquellas experiencias no había vuelto con prostitutas.
Sólo en los últimos años de su prolongada soltería, tuvo alguna vez la tentación de enredarse con alguna de aquellas atractivas y sofisticadas muchachas del oficio que pululaban por determinados bares de copas. Sin embargo, el recuerdo de aquellas experiencias iniciales le frenaba. Había algo en este tipo de relación comprada que sabía que no iba a funcionar bien con él: el fingimiento de la otra parte, su carencia de excitación, la idea, que no podía evitar, de estar al lado de una espectadora fría de sus ansias. Él necesitaba la complicidad, la excitación mutua, el estímulo de la conquista.
Luego, ya de casado, las relaciones sexuales se habían facilitado y normalizado; se habían hecho apasionada costumbre que no disminuía por ello la intensidad de su atractivo, sino que lo hacía diferente. Ya no eran aquellos fugaces y arrebatados momentos de sus aventuras de soltero, ni los maratones de varios días seguidos abusando del sexo en aquellas escapadas a cualquier hotel de cualquier destino turístico. Era ya una cosa más prevista, más calculada, pero a la vez más natural y desinhibida; algo a lo que se tenía derecho incluso en su manifestación más instintiva y auténtica. Y al mismo tiempo, otras veces, era un vehículo para la manifestación del cariño.
Sin embargo hacía ya varios años que su relación no funcionaba bien. Las causas eran complejas y no del todo entendidas ni asumidas por Juan. Pero el hecho es que sus contactos sexuales eran cada vez más escasos y accidentales, generando un ambiente enrarecido y crispando la convivencia.Era una deliciosa mañana, una soleada mañana de la Casa de Campo, y era un placer pasear entre la verde hierba y los árboles todavía no dorados por el rigor del otoño. A su vuelta vio una prostituta muy joven, una muchacha, cerca del coche. Llevaba unos pantalones estampados de flores muy ceñidos, botas y un suéter ajustado que destacaba sus pechos pequeños y firmes; en la mano llevaba una especie de chaquetilla. Juan se puso algo inquieto, pues no podía evitarla al coger el coche. Pero a medida que se iba acercando se sintió curioso y atraído por la juventud de la chica: «Pero si es casi una cría» -dijo para sus adentros.
Cuando estuvo a su lado miró abiertamente su cara de niña crecida en la que reinaban unos inmensos ojos negros.
-Hola… ¿qué tal? -dijo Juan, sorprendiéndose de su repentino impulso de acercamiento.
-Hola… me he acercado al coche porque creí que había alguien dentro -dijo la chica con naturalidad y un punto de timidez.
Tenía una espontaneidad desenvuelta en el hablar que inspiraba confianza, como si fuese una muchacha de barrio dirigiéndose a algún vecino. Su aspecto era descuidado, sin maquillaje, totalmente diferente del de una acicalada prostituta. Sólo su ropa ceñida la delataba.
-No, estaba dando un paseo por aquí -aclaró Juan mientras la escrutaba buscando su alma de niña.
-Oye, tienes unos ojos muy bonitos -le dijo la muchacha con una repentina y madura seguridad que contrastaba con su aspecto casi infantil.
-Eh… eh… -titubeó Juan, cogido por sorpresa en su superioridad incauta- …¿pero tú eres muy joven, no? ¿Qué edad tienes?
- Veintidós -dijo la chica-… bueno ya casi veintitrés.
- Ya… ya…, pues no sé si creérmelo, pareces muy jovencita -le dijo mientras pensaba casi convencido que era menor de edad...
- ¿Eres de aquí? -siguió indagando Juan.
-No, soy de Sevilla. Llevo muy poco tiempo aquí. Vinimos mi hermana pequeña y yo hace un par de meses.
- ¿Cómo, tu hermana también se dedica a esto? ¿Pero que edad tiene ella?
- Es dos años menor que yo. Está por ahí abajo.
Juan se sentía algo violento ante la realidad de las dos hermanas, pero a la vez… le resultaba encantadoramente fácil hablar con la chica. Su desparpajo natural la hacía familiar, casi entrañable.
-Oye… que si quieres hacemos algo -le dijo la muchacha rompiendo el silencio.
- Eh… pues no sé… la verdad es que yo no venía a hacer nada -contestó algo cohibido y sintiendo a la vez una curiosa excitación.
La naturalidad de aquella criatura, su disponibilidad tan fácil, le estaba desarmando de sus defensas y despertando un abierto deseo. Sentía que con aquella muchacha podía implicarse sexualmente: quizás era debido a su extremada juventud y a la ausencia de los resabios de las prostitutas curtidas. «Tendría gracia -pensaba animándose cada vez más- que ahora superara yo la asignatura pendiente de poder ir de putas»- ¿Y qué podemos hacer?… es que yo no suelo venir de… -interrumpió bruscamente la palabra que tenía ya casi en la boca.
- Lo que quieras… si quieres hacemos un "completo". Yo soy nueva por aquí, pero las chicas suelen cobrar cinco mil.
El tecnicismo de la profesión le impactó desagradablemente, pero no le hizo desistir de la creciente excitación que experimentaba: allí, en aquel momento, sin ningún problema, podía hacer suya a aquella chica que tenía algo de aspecto de muchacha del arroyo, pero tremendamente natural y verdadera. Se decidió finalmente, sintiendo que se ponía nervioso:
- Bueno, de acuerdo… pero tú me dirás como lo hacemos, que yo no suelo venir de… -repitió otra vez mecánicamente, y otra vez, también, pudo contener a tiempo la dichosa palabra.
- Ah… pues nos vamos con el coche a un sitio discreto y nos ponemos en el asiento de atrás. Yo me pongo encima y ya está. Tú no te preocupes de nada que yo ya me encargo de todo -dijo con suficiencia.La chica, ya dentro del coche se había quedado mirando unos instantes el salpicadero, los asientos, … como si hubiera entrado en una casa desconocida.
- Es un coche bueno, ¿no? -dijo admirada mientras acariciaba la tapicería.
- Oye, te voy a pagar ya, no sea que luego se me olvide -dijo Juan con una sensación interior intermedia entre el deseo de asegurar un trato y liberarse de una obligación incómoda. Sacó un montoncito de billetes del bolsillo interior de su chaqueta y le dio lo convenido a la chica. Ella se quedó mirando cómo guardaba su dinero y luego se embelesó con sus billetes.
-Son nuevecitos -dijo- huelen todavía a imprenta.
Se la veía un poco cortada, como si no se lo creyera,… y no acababa de
guardarse el dinero.
Juan experimentó una duda inquietante: «esta chica no parece de la profesión; ¿mira que si es una muchacha cualquiera que se ha lanzado a esto porque no tiene un duro?»
- Oye… así que eres de Sevilla, ¿no? ¿Cómo te llamas, por cierto? -dijo para cambiar la situación.
- Me llamo Rocío. Soy gitana de nacimiento -dijo con simpatía- pero me he criado con payos. Les debo todo; se han portado muy bien con nosotras y nos han tratado como a unas hijas suyas. Si supieran que estamos aquí de putas, me mataban.
La chica se había lanzado a hablar, como si no tuviera prisa, como si necesitara hacerlo más que otra cosa. Parecía haber resuelto su problema económico del día y desear quedarse tranquila, charlando amigablemente con alguien. Al mismo tiempo su lengua se iba soltando sin recatos, utilizando unas expresiones que a Juan empezaban a parecerle claramente de la profesión.
- Mi madre auténtica sólo me echó por el coño -dijo amargada y rencorosa- pero los que de verdad me criaron fueron mis padres payos. Nos hemos escapado de Sevilla porque mi hermana estaba todo el día dándome la murga: «¡Vámonos a Madrid, vámonos a Madrid!… ». Y aquí vinimos… y hemos caído en esto. Si se enterara mi madre me quemaba el coño con un hierro.
Juan sentía ya remordimientos por haberse embarcado en aquella aventura. Por otro lado intentaba convencerse de que la chica exageraba, de que novelaba su historia pero que estaba ya tocada por la profesión. Esto tranquilizaba sus escrúpulos.Le guió hasta un aparcamiento de coches solitario, una explanada prácticamente vacía. Sólo otros dos coches, muy separados, se veían aparcados.
- ¿Pero cómo nos vamos a quedar aquí? -dijo Juan pasando por su imaginación la chica desnuda agitándose dentro del coche a la vista de todo el mundo.
- ¡Que no pasa nada, hombre! Aquí lo hago yo siempre y no pasa nada. Igual que esos de los coches, que están follando,... ¿o que te crees?
Miró Juan sorprendido, pero no veía nada. Luego se dio cuenta de que un hombre vestido se agitaba rítmicamente con la expresión contraída. Luego se incorporó una mujer: estaba en sujetador.
Aparcaron entre los dos coches, buscando la máxima separación. El hombre del coche anterior se les quedó mirando unos instantes y luego volvió a lo suyo.
- Bueno, vamos a desnudarnos -dijo Rocío- ; hace calorcito aquí dentro, con el sol.
Pasaron a la parte de atrás; ella se quitó las botas y luego los pantalones a la vez que las bragas, que Juan no consiguió ver. Tenía unas piernas esbeltas y juveniles y un pubis natural de bello negro bien colocado, que dejaba desnudos los alrededores del sexo. Luego se quitó el suéter y como dudaba en hacer lo mismo con el sujetador, Juan le ayudó a quitárselo; era un adornado sujetador de colores. Al soltarlo cayeron encima de sus piernas , doblados, los billetes que le había dado Juan. La chica se quedó un tanto desconcertada y no se atrevía a cogerlos, como si no fueran suyos. Juan los recogió y se los dejó en el asiento delantero, encima de su ropa.
Tenía unos pechos pequeños y tiernos que a Juan le parecieron preciosos. Su cuerpo delgado, pero bien formado, era una delicia completa. Extasiado en su contemplación y acariciándolo parte por parte, se fijó en unas señales, como débiles cicatrices alargadas, que tenía en el vientre.
-Esto es de mi hijo- contestó ella a su pregunta.
Juan se quedó asombrado por un momento: «¿Cómo puede haber parido ya, siendo tan joven?… !Dios, que cosas¡»
- Bueno, desnúdate tu también -le dijo la muchacha.
Así lo hizo, deprisa, algo embarullado. Ella le recriminó maternal:
-!Mira cómo dejas los pantalones, tirados por el suelo¡ ¿No ves que se te van a manchar?
Rocío cogió los pantalones y los dobló cuidadosamente, con tranquilidad, dejándolos adelante. Luego se volvió hacia Juan, contemplando su pecho velludo y musculoso.
- !Lobo, lobito… que vienes a devorarme¡… ¿verdad? -dijo muy animada y juguetona.
- ¿A que no vives con tu mujer? - le dijo mirando su anillo de casado.
- Si… si… -contestó Juan, dejando la respuesta incompleta e incierta a propósito.
- ¿Y disfruta contigo?… Seguro que te muerde y te araña así… así… -decía Rocío mientras simulaba un ataque de pasión desenfrenado que a Juan le inquietó ligeramente.
- No tenemos ninguna prisa -dijo después Rocío serenándose-; vamos a estar tranquilos y a pasar un rato bien.
Sin saber cómo lo hizo, apareció en su mano un sobrecito estrecho conteniendo un preservativo. Luego rompió un extremo, pero al hacerlo se le cayó al suelo, entre los asientos.
- Este es el más peligroso -dijo recuperando la estrecha tira de papel-. Yo siempre tengo mucho cuidado.
Juan pensó rápidamente en su mujer, que no se le escapaba ningún detalle y era capaz de descubrir la mínima partícula de cualquier cosa caída en el suelo.Rocío parecía demorarse intencionadamente, como si tuviera una especie de indecisión a comenzar. Juan llegó a preguntarse, incluso, si no se estaría forzando a sí misma en aquel oficio, obligándose a vencer su pudor natural y su resistencia al contacto carnal íntimo con un desconocido. La muchacha se enzarzó inesperadamente otra vez en sus historias, olvidándose aparentemente del motivo que les tenía allí. Seguía hablando de su hermana, de la pensión donde vivían, de algunos amigos que tenían. Juan la dejaba hablar para que se relajara y cuando intentaba llevarla por el otro camino, no se dejaba, insistiendo en la charla.
Finalmente, agotadas sus historias, dijo:
- Bueno, tengo que ponértela bien lo primero…
Extrajo despacio el preservativo del sobre y desenrollándolo un poco se lo introdujo en la boca, como un chupete. Mientras, Juan comenzaba a tocar su vagina, sus labios entreabiertos, sintiendo su propia excitación crecer. Ella se agachó sobre él y aplicó el preservativo con su boca sobre el miembro erguido, y empujando con los labios, lo hizo desenrollarse poco a poco, introduciéndolo hasta que quedó completamente desplegado, y el pene entero de Juan dentro de su profunda boca.
Luego se sentó frente a él, sobre sus piernas.
- Dámelo a mí -le dijo mientras ponía una mano en su hombro para frenar sus impulsos de penetrarla en esa postura; con la otra cogió el pene y se lo introdujo fácilmente en la vagina hasta el fondo. Comenzó a moverse arriba y abajo, y sus pequeños pechos bailaban al ritmo de sus movimientos como sabrosas frutas blandas. Juan puso sus manos sobre ellos sintiendo su blandura en movimiento. Ella entrecerraba los ojos sin mirar a ninguna parte.
De pronto, entre el bosquecillo de encinar que rodeaba el aparcamiento, salió un hombre vestido con equipo de correr, sudoroso y jadeante, manteniendo a duras penas el ritmo de su carrera. Juan sobresaltó a Rocío advirtiéndola, pero luego ella se calmó enseguida y dijo:
- Nada, ni caso… nosotros a lo nuestro.
El hombre les había visto, pero se hizo el distraído y siguió corriendo; sin embargo al poco rato dio la vuelta y volvió a pasar por delante del coche para internarse de nuevo en el bosquecillo.
Juan estaba inquieto e incómodo, y su excitación había cesado rápidamente. Rocío estaba sentada sobre su sexo, haciendo una pausa:
- Por aquí viene mucha gente a mirar, no te creas. Hay tíos que les gusta mirar; a veces viene incluso el coche de la policía y se quedan un rato mirando. A los maderos también les gusta, no te creas. Yo conozco a algunos.Juan iba relajándose y empezaba a sentirse incluso cómodo otra vez junto a Rocío. Allí estaban los dos, desnudos, sexo contra sexo, charlando tranquilamente dentro del coche bajo el sol de otoño, que penetraba abiertamente por los cristales como cualquier mirada que acertara a pasar.
Rocío parecía querer prolongar aquella placentera situación:
- Vamos a hacerlo bien -dijo mientras cogía la chaqueta de Juan y la sujetaba tapando una de las ventanas. Luego hizo lo mismo con la camisa, tapando otra.
No le pareció buena idea a Juan, pues era llamar más la atención. Pero ella se esmeraba colocando la chaqueta una y otra vez. Al final, como no se sujetaba bien, desistió y dejó la ropa cuidadosamente doblada en el asiento de adelante.
Volvieron al asunto. Todo parecía recobrar su interés inicial cuando llegó un coche. Aparcó relativamente cerca de ellos y se bajó una mujer madura con su perrito. Se puso a pasearlo por allí cerca, viéndoles claramente desnudos, pero no pareciendo asombrase en absoluto. Juan volvió a incomodarse. Era incapaz de hacer nada en aquellas circunstancias. Por allí seguía aquella mujer del perrito, que parecía aceptar de buen grado su actividad carnal. No les miraba descaradamente, sino de vez en cuando con discreción.
- Tú necesitabas un poco de "coca" para ponerte a tono otra vez -dijo Rocío de pronto.
- ¿Quéee?… no, no. No me gusta nada eso de las drogas. Nunca lo he probado y no me apetece hacerlo.
Y era verdad, salvo algunos porros juveniles nunca se había embarcado en las drogas. En principio no le atraían los paraísos artificiales; recordaba aquella sensación de disolución de la personalidad en un vago mar de sensaciones que le produjo un cigarrillo de marihuana pura. Luego el amigo que se la regaló le diría que había que mezclarla con tabaco. No, lo suyo había sido el alcohol, que le ponía el ego a tope. Y últimamente, por problemas de salud, ni eso.
- ¡Pues no pasa nada, tío!… !NO PASA NADA¡ La coca no es como la heroína. No te vayas a creer que yo me pincho… Mira, mira, -le dijo mientras le enseñaba su tierno brazo, casi de niña, libre de señales delatoras.
- La gente se la pone alrededor de aquí -añadió mientras con el dedo contorneaba su glande-. Dan saltos de gusto al follar… es algo brutal.
No estaba nada convencido Juan de la propaganda que le hacía Rocío, pero continuó preguntándole para sonsacarle información:
- ¿Pero tú tienes coca?
- Yo no, pero puedo conseguirla por aquí. Hay tíos que la venden. A mí algunos clientes me la piden y me la busco enseguida. ¡Si es algo muy normal, tío!. Pregunta a los chavales jóvenes, que están ya todos de vuelta de la coca.
El calor empezaba a ser ya sofocante dentro del coche.
- Mira, vámonos a un sitio tranquilo que yo me sé, en una arboleda que hay detrás de la estación del Metro. Allí estaremos muy bien a la sombra y además de paso voy a ver a unos tíos que conozco y me van a dar un poco de coca.
- ¡No, no… déjalo! -cortó enseguida Juan, pensando que pretendía hacer negocio adicional a costa de él.
- ¡Que sí, hombre, que me la dan!, ¿no ves que me conocen y saben que les pago siempre?
- ¿Pero cómo… cuanto vale? -inquirió Juan desorientado por las palabras de Rocío.
- Tú no te preocupes que yo me encargo. Por dos mil pesetas me dan un poco.
Conjeturaba Juan que la chica iba a invitarle a cuenta del dinero que le dio, o que le iban a regalar un poco de coca sus amigos, pero no veía claro aquel asunto… ; aunque por otra parte por probar no iba a pasar nada: una experiencia más.
- Venga, vamos a vestirnos. No hace falta que nos pongamos más que la camisa por encima. Nadie nos va a ver dentro del coche -dijo Rocío animosa.
Luego observó Juan que ella sí se ponía el pantalón y las botas, aunque pensó que era natural ya que tendría que salir a por la coca. Pero él no estaba tranquilo así, medio desnudo, y paró a la salida del parking para vestirse también. Roció seguía poniéndose el suéter, que se le resistía enganchándose en el sujetador, y aquello era un lío de ropas y cuerpos medio desnudos, un tejemaneje descarado, allí, al lado de la carretera. Una prostituta que estaba sentada a la entrada del parking les contemplaba sin inmutarse.Llegaron por fin al sitio que decía Rocío, cerca de la estación de Metro. Juan se quedó esperando aparcado al lado de la acera y ella se dirigió a unos hombres que estaban sentados en un banco, charlando. Uno se levantó y hablaron. El hombre, de edad media, se separó de los otros para hablar a solas con Rocío. Parecía inquieto y miraba en todas direcciones. Juan les espiaba por el retrovisor, y comenzaba a sentirse ya un poco cansado de aquella historia. Casi deseaba que ella no consiguiera la coca y entonces le diría que ya se iba, que no tenía ganas de hacer nada más.
Perdía de vista a Rocío de vez en cuando y llegó a pensar que ella aprovecharía la ocasión para largarse también. Pero luego volvía al lado del hombre. Este, visiblemente inquieto, llamó finalmente a un taxi que pasaba, pero no le paró. Luego se acercó a un coche y habló algo con el conductor, como si le pidiera que le llevase a algún sitio, pero tampoco resultó. Juan pensó al principio que el tío no llevaba la coca encima y que iba a buscarla. Pero la agitación del hombre y el ver a Rocío agarrada a él, le despertó una repentina sospecha. Cogió rápidamente la chaqueta y miró en el bolsillo interior: sólo estaba su DNI, pero no había rastro de su dinero. Inquieto cada vez más, miró en el suelo, esperando ver el dinero caído, lo cual no sería de extrañar con aquel ajetreo de ropa que se habían traído. En esto, Rocío y su acompañante se acercaban en dirección al Metro y tenían que pasar cerca de él. Venían deprisa y Rocío no miraba directamente al coche. Juan sí volvió la cabeza para mirarla, temiendo lo peor, y dudando entre salir y aclarar la situación o contenerse y esperar. No había buscado bien por el coche y no le gustaría quedar en evidencia. Rocío se adelantó hacia el coche y le dijo con toda naturalidad:
- Me va dar la coca detrás de la estación, porque están unos maderos controlando.
Juan asintió levemente y se quedó mirándola con una expresión intermedia entre la desconfianza y la lástima, que a ella no le debió de pasar desapercibida porque volvió la cara y después la ocultó disimuladamente con la chaquetilla que se puso sobre el hombro. El tío se le quedó mirando fijamente, entre retador y curioso, mientras seguían su camino hacia la estación. Juan le mantuvo fríamente la mirada, convencido cada vez más de lo peor.
Una vez que desaparecieron, miró concienzudamente en la chaqueta y por todo el coche. Nada, no había ni un billete. La evidencia de lo sucedido se abrió camino en su mente, a la par que su irritación: «Será posible…., la muy puta me ha robado» -masculló mientras experimentaba sentimientos contradictorios. Por un lado sentía deseos de salir corriendo detrás de ellos para ajustarles las cuentas, pero por otro le acomplejaba una sensación de vergüenza y de estupidez por haberse dejado engañar de aquella manera.
Tranquilizándose, bajó del coche y se acercó a la estación. Miró por los alrededores. No había nadie. Habían desaparecido.Se dirigió otra vez hacia el coche intentando asimilar el suceso de una manera digna: «Después de todo llevaba poco dinero encima; más falta le hace a Rocío que a mí, que a Dios gracias tengo una buena posición ».
Pero no podía evitar sentirse ridículo al considerar cómo había estado de atontado, embelesado con el contacto placentero del cuerpo desnudo de Rocío, sumergido en aquella farsa que le había contado, que por otro lado a lo mejor era verdad. Y lo que más le sacaba de quicio eran todas aquellas estúpidas reflexiones que se había hecho sobre los supuestos escrúpulos e indecisiones de Rocío. Ahora entendía claramente que aquellas vacilaciones no eran más que cálculos, demoras provocadas para buscar la mejor oportunidad de llegar al bolsillo de su chaqueta.
«Y con qué cuidado la colocaba sobre el asiento, y luego tapando la ventana… ¡Qué coño! -se exasperaba Juan-, buena cosa le importaba a ella que la vieran o no, o que yo me la follara o no me la follara. ¡A la muy puta lo único que le importaba era la pasta desde el primer momento!»Y sin embargo, a pesar de sus esfuerzos no conseguía encolerizarse de verdad. Era como si en el fondo conservara algo de afecto por la muchacha. Quizás todo era verdad: lo que le había contado y que era una gitana ladrona.
«Dentro de unos días volveré por aquí a ver si ha vuelto y le ajustaré las cuentas» - consolaba a su ego humillado-; aunque después de todo me está bien empleado por meterme en estos líos».Subió al coche y salió despacio de la Casa de Campo.
Pensando en diversos asuntos pendientes y compromisos que tenía que atender, entró en Madrid por el Parque del Oeste. Era una espléndida mañana y los árboles del parque, todavía verdes, brillaban bajo el sol ligeramente cálido del incipiente otoño.
EL CACHORRO Y LA PERDIZ
Estaba angustiado, rabioso. Lanzaba unos lastimeros gritillos, agudos y delgados, como hilos de tristísima desesperación. Le habían separado de la camada, del montón de cachorrillos medio ciegos todavía que se apretaban contra la barriga de su madre, como si fuesen una masa única, soñolienta y glotona, que se movía dentro del protector calor y olor de la camada.
Le habían cogido unas manos grandes y desconocidas y se lo llevaban, apretado contra un pecho y una ropa que le olían extrañamente diferentes. Tenía frío.Llegaron, después de un rato angustiosamente largo, a una habitación caldeada y le depositaron sobre un trozo de manta vieja, al lado del fuego de una chimenea. La sala principal de la casa, típica del pueblo, tenía un amplio hogar que servía a la vez de calefacción y de cocina. Allí se hacía la vida de la familia: se comía, se hablaba al calor del fuego, se dormitaba en las tristes y largas tardes de invierno.
Él era un cachorro de perro de campo, sin raza definida, de esos perros que sirven para todo, tanto para la caza como para guardar la propiedad y el ganado. Su pelo era corto y de color pardo claro, y su madre tenía una bonita figura, ágil y de mediano tamaño.
Le pusieron un tazón con leche caliente al lado de la manta, pero él seguía ofuscado, hecho un ovillo y mirando con sus pequeños ojillos, que todavía no distinguían más que las cosas cercanas, el fulgor crepitante del fuego de la chimenea. Tuvieron que cogerlo y meterle el hociquillo en el tazón. Sacudió la cabeza intentando librarse de la desagradable sensación de humedad de su hocico, y a la vez dio un pequeño lametazo al blanco y espeso líquido que chorreaba por él. No sabía igual que la leche de su madre pero era muy parecido y le gustaba. Se puso a lametear enseguida el blanco líquido del tazón.
Al día siguiente, y con la intención de que no se sintiera tan solo, le dejaron sobre la manta una extraña criatura. Era un pollito de perdiz, un "perdigón", que el amo había encontrado perdido por el campo. Era todavía más pequeño que él, pero muy vivaracho y tieso, envuelto en un confortable plumón y con un cuello alto que erguía continuamente mirando inquieto en todas direcciones. Se separó enseguida de él y corriendo ligero, se fue a refugiar en un rincón de la habitación.
A los pocos día ya se colocaban juntos en la manta, sin duda avenidos por la comida en común que les ponían allí en un pequeño plato, compuesta por migas de pan empapadas en leche. El cachorro empezaba a explorar poco a poco la habitación, con paso vacilante todavía, y hacía sus necesidades donde le pillaban las ganas. El perdigón era un estímulo para él, pues le veía moverse y corretear con soltura por los inmensos dominios de la sala.
Había pasado poco tiempo cuando les trasladaron al patio, al enorme patio cerrado y empedrado donde se abría una cuadra con aperos de labranza y un par de mulas que allí tenían su hogar. Les depositaron en un rincón cubierto de paja, al lado del pesebre donde se alimentaban las mulas. Aunque el calor de la chimenea ya no estaba presente, no se estaba mal en aquel mullido rincón de la pequeña cuadra, calentada por el calor natural de los animales. El penetrante olor era muy distinto sin embargo al de la cocina, pero al cachorro no le desagradaba en absoluto.
Pronto el patio se convirtió en el dominio del cachorro y el perdigón. Correteaban por allí confiados y a veces se perseguían, el cachorro intentando alcanzar al despierto perdigón que le burlaba fácilmente. Otras veces se metían debajo de las mulas que doblaban la cabeza condescendientes y les miraban con sus enormes ojos redondos y pacíficos, amagándoles suavemente con la pata trasera para que salieran de allí, mientras con el látigo de la cola se esforzaban con resignación en espantar las moscas que se posaban insistentemente sobre sus lomos.
A veces, tumbados en su rincón, el cachorro lamía con fruición al perdigón, lo mismo que hacía con sus propias patas durante largo rato. El perdigón se dejaba hacer, y luego agitaba sus húmedas plumas para airearlas y secarlas, satisfecho del aseo que el cachorro le había hecho. Él a su vez picoteaba el cuerpo del cachorro, comiéndose las pulgas que se escondían entre su pelo.El perdigón crecía muy deprisa, desarrollando un hermoso plumaje y un porte elegante. Era ya casi un pollo de perdiz. Una mañana el cachorro le sorprendió en el medio del patio, lanzando sonoros ¡Kheeg-ke-re-kheeg …! que eran respondidos en la lejanía.
Otro día, vio con asombro como después de una larga carrera a través del patio, agitaba rápidamente las alas y se levantaba del suelo, partiendo en vuelo rasero justo por encima de la tapia.
Se sintió muy solo aquel día, sobre todo por la noche, en su rincón. Miraba tristemente a las mulas y se preguntaba que habría sido del pollo de perdiz.Al día siguiente, de madrugada, le despertó un canto lejano de perdiz. Se asomó al patio y vio como llegaba desde lo lejos su amigo, planeando hábilmente y aterrizando a la carrera sobre el empedrado del patio. Se precipitó hacia él y le lamió agitado, incesantemente. El pollo le picoteaba el pellejo, muy erguido y emocionado también. Luego se fue dentro de la cuadra a picotear los restos de comida del día anterior, que yacían olvidados sobre el plato al lado del pesebre.
Al poco rato, sin embargo, como si algo le reclamara fuera, emprendió su rápida carrera a lo largo del patio y agitando sonoramente sus cortas y robustas alas se alzó en el aire sorteando la tapia, y desapareció pronto en la lejanía.Desde entonces volvía con frecuencia a ver al cachorro y aprovechar sus restos de comida. Pronto se convirtió en una hermosa perdiz, con su orgulloso cuello erguido y su pechuga encorbatada de verdes y marrones. El cachorro a su vez, había crecido también, y ya le dejaban entreabierta la puerta del patio para que deambulara a su antojo por el campo. Pronto aprendió a hacer su vida y ya conocía bien todos los alrededores de la casa, las calles, la plaza de la iglesia, la ribera del río ……a los otros perros.
Un día venía de retozar por el río, jugando y persiguiendo a una perrita blanquinegra de caídas orejas y pelo largo. Era primavera y algo se estaba despertando curiosamente dentro del cachorro; sentía deseos de montar en el lomo de la perrita e incluso morder su cogote, justo debajo de aquel atractivo saliente que tenía al comienzo de la nuca. Volvía cansado a la casa, cuando vio a la perdiz, arrogante como siempre, en medio del patio, esperándole. Se acercó igual que otras veces y comenzó a lamerle su abultada y esplendorosa pechuga. Pero algo se despertó de súbito en su interior, como una luz nueva, como una evidencia inequívoca de su propia naturaleza, y sin saber cómo, apretó entre sus dientes la pechuga de la perdiz. Ella se conmocionó bruscamente, agitando violentamente las alas para librarse, espantados sus redondos y colorados ojos que miraban con pánico al cachorro. Él mordió con decisión, instintivamente, excitado por el revoloteo de la perdiz.
Todo fue muy deprisa, en unos pocos minutos un ansia de devorar que nacía en su vientre hambriento se convertía en masacre de carne viva y plumas entre sus fauces. Hasta los huesos le supieron ricos cuando los roía ya más tranquilamente.
Terminado el festín se quedó tumbado en el patio, con el hocico pegado al suelo y estirado hacia el montón de plumas, contemplando la presencia ausente de la perdiz, que ahora estaba dentro de su estomago satisfecho. Se durmió allí, al calor del sol primaveral recogido en el patio.Cuando despertó, levantó la cabeza mirando el patio vacío y luego, ya en pié, estiró todo su cuerpo desde las patas traseras hacia delante. Allí estaba el montón de plumas de la perdiz. La perdiz no estaba por ningún lado. Removió las plumas con el hocico como buscándola, como tomando conciencia de lo sucedido. Luego, algo mohíno, salió del patio y se fue como disimulando, olisqueando con la cabeza baja las paredes de la calle. Pronto aligeró el paso y cogió el sendero del río, por el que se fue decidido con un trotecillo regular, barruntando en su imaginación: « a lo mejor anda por allí la perrita blanquinegra….»
< Cuando se despierta la pasión de ser, con frecuencia devoramos a nuestros amigos >
EL ESPEJO SIN REFLEJO
En una pequeña ciudad de un país frío y distante vivía una joven muy bella que se miraba sin cesar en el espejo. Él era su confidente, su amigo, la razón de su vida.
Cuando se despertaba por la mañana, experimentaba un agudo desasosiego, porque siempre soñaba de manera muy intensa, y era feliz o desgraciada en sus sueños, y reía o lloraba de manera tan real que aquello era su verdadera vida, en aquel país tan frío y distante; pero al despertar, todo aquel mundo de sueño se interrumpía, desaparecía, y tenía que enfrentarse al vacío de su vida; entonces se precipitaba al espejo de su habitación para encontrarse de nuevo. Allí estaba ella, sí, la de siempre, ella misma ante ella. Pasaba las horas contemplándose en el espejo, espiándose en el espejo. Hiciera lo que hiciera, siempre echaba una furtiva mirada al espejo para observarse. El espejo le hacía compañía constantemente. Incluso las pocas veces que salía de casa, llevaba siempre un espejito consigo en el que se miraba de vez en cuando para no sentirse sola.Un día conoció a un joven apuesto que se quedó mirándola a los ojos largamente, con una mirada llena de amor, prendado de su belleza. Y la joven se miró en aquellos ojos claros y trasparentes, y se vio con más brillo, con más intensidad que cuando se miraba en su espejo. Todo lo que ella hacía lo reflejaba aquella mirada enamorada. Y supo entonces, con más certeza y evidencia, que existía, que era real, que era muy bella, como nunca lo había sido antes a solas ante el espejo. Ya no podía separarse de aquel joven que la amaba, sus ojos estaban siempre pegados a aquellos ojos que la veían, que la contemplaban, que le decían: eres el ser más maravilloso del mundo, no puedo vivir sin mirarte, sin tenerte siempre frente a mí. Y la joven dejó poco a poco de mirarse en el espejo, porque su amante era su mejor imagen, el mejor reflejo que espejo alguno le había ofrecido
Un día, cuando despertó, vio que su amante seguía dormido, y por más que se esforzó en despertarle sus ojos permanecieron cerrados. Cerrados para siempre. Lloró amargamente, desconsoladamente, y apenas si consiguió calmarse un poco pensando que había muerto soñando con ella, mirándola en sueños. Se levantó enseguida, muy nerviosa, y se precipitó delante del espejo. No veía nada… el espejo estaba vacío… su imagen no estaba… Horrorizada, pensó que alguien había robado su reflejo.. ¿quizás su amante? ¿se lo había robado para sus ojos claros y trasparentes?… ¿estaba allí su imagen, tras los ojos cerrados de aquel cuerpo inerte, de aquel amante muerto?; pensó que su imagen aprisionada se haría polvo y desaparecería para siempre con él. Al borde del pánico se lanzó a la calle y miraba con los ojos desorbitados a todos los que pasaban a su lado, buscando sus miradas, pero nadie la miraba; sólo alguno parecía verla un instante de lejos, pero no era cierto, pues pasaba ante ella sin mirarla, como si no existiera. "Dios mío -pensaba-, es horrible, nadie me reconoce… no soy nadie… ¡No existo!". Sin poder controlar su angustia corrió a casa de nuevo y se acurrucó en un rincón de su habitación, la cabeza escondida entre los brazos, hecha un ovillo apretado. Pensaba… sí, al menos podía pensar allí, acurrucada; y prefería quedarse así para siempre que volver a buscarse en el espejo, de donde había desaparecido definitivamente. Se había quedado sola, absolutamente sola. Nadie la amaba, ni siquiera ella podía ya amar su imagen en el espejo. Y fue entonces, después de algún tiempo en aquella situación desesperada, cuando tomó una enérgica decisión: "Voy a amar mi desesperación -se dijo-, voy a amar mi soledad. Eso sí lo siento, eso sí es real, eso sí soy yo y no necesito ningún espejo para sentirlo" Y de pronto sintió como una puerta que se abría ante ella, como un espejo claro y trasparente que le devolvía poco a poco una imagen de sus sentimientos, de su interior, de su alma; una imagen tan real, que enseguida se enamoró de ella y fue ya su compañera inseparable para siempre.
INMORTAL Y ABURRIDO
No veía casi nada, el agua estaba muy turbia o eran mis ojos los que en contacto con aquel medio acuático habían perdido la visión nítida. No recordaba lo que hacía allí, sumergido en aquel mar o lago desconocido, aunque tenía la extraña sensación de llevar en él muchísimo tiempo. Proliferaban cosas extrañas que intentaba identificar, pero no lo conseguía debido a mi visión defectuosa. Imaginaba que aquellas formas alargadas y boscosas, ondulantes, eran algas, y también percibía de cuando en cuando diferentes seres de variado tamaño que cruzaban ante mí. Realmente no llegaba a distinguir sus formas, y sólo podría decir que eran manchas oscuras que contrastaban con la luminosidad del agua. Sombras y luces, eso era lo único que veía con certeza, aunque en el fondo toda aquella visión no me interesaba mucho. Lo que sí me resultaba sumamente excitante eran los sabores que tenía el agua, alguno de los cuales despertaban mi apetito. También lograba percibir corrientes cálidas, que eran muy agradables y hacia las que nadaba con placer. Curiosamente, y a pesar de lo raro e incomprensible de la situación en que me encontraba, me sentía muy a gusto, y aunque llevaba ya un buen rato sumergido no experimentaba la angustiosa sensación de falta de aire, como si estuviese respirando a través de la piel el oxigeno disuelto en el agua, o como si no necesitara respirar.
Me movía con agilidad, de manera incesante, empujado por no sé qué impulso exploratorio, pero mis movimientos eran en realidad muy simples ya que al no ver nada con nitidez era igual ir para un sitio o para otro, y todo aquel mundo acuático me parecía infinito, sin limites, y no teniendo referencia alguna me desplazaba siempre en línea recta. Miento, porque de vez en cuando chocaba con algo y entonces me paraba confuso, daba marcha atrás, y girando un poco emprendía de nuevo la marcha en línea recta. La verdad es que me comportaba de una manera tan simple como esos juguetes de los niños. Mi única orientación efectiva era seguir los rastros de los sabores en el agua. Eso era lo interesante, lo único interesante.Después de largo rato deambulando por las aguas, descubrí un rastro muy intenso, tanto, que empecé a experimentar un hambre casi animal y mi boca comenzó a abrirse de extraña manera, profundizándose, como si le estuviera naciendo una garganta que antes no había notado. Sabía el agua a comida y ya no tenia ninguna duda: algo comestible andaba por allí cerca. Una especie de vacío tremendo, que confundí con el hambre, se hizo en el fondo de mi garganta, como si se me abriera un estómago en el cuerpo. Y entonces aspiré violentamente y tragué, a la vez que agua, un pedazo de comida. No sabría decir lo que era, salvo que su sabor era delicioso, agudamente delicioso. Mi estómago comenzó entonces a bajar a lo largo del cuerpo y se entretuvo en una agradable digestión. Al rato, volvió a moverse, cada vez más hacia el exterior, hacia un costado, y finalmente sentí como se abría mi piel y se evacuaba una especie de excremento, el residuo de la comida ya digerida y asimilada. Enseguida noté que el estómago empezaba a disminuir de tamaño y acababa por desaparecer. Todo esto me llenaba de perplejidad, pero a la vez transcurría de manera natural y placentera, por lo que no saliendo de mi asombro sólo me cupo seguir esperando los acontecimientos tan extraordinarios que estaban sucediendo en mi organismo.
Instalado en una corriente cálida, me adormecí un rato, satisfecho de la reciente comida. Pero empecé a sentirme raro; algo estaba pasando en mi interior que me llenaba de confusión: era como si me estuviese disolviendo por dentro, como si me fuera desestructurando. Estaba muriendo sin duda, dulcemente, pero muriendo. Entré en un sopor letárgico, mientras notaba que se iba formando un surco en la mitad de mi cuerpo. Poco a poco el surco se iba profundizando, igual que si me apretaran un cinturón, y amenazaba con partirme en dos, aunque curiosamente no experimentaba ningún dolor. Al fin me partí del todo. Vi alejarse borrosamente mi otra mitad, y enseguida comencé a sentir que volvía a reestructurarme, a ser otra vez yo mismo, pero muy vitalizado, rejuvenecido, igual que si me hubiesen quitado un montón de años de encima. Fue en ese momento cuando intuí que mi otra mitad estaba viva y entera como yo, más aún, que era yo mismo, o un hermano mío gemelo, y sus sensaciones me llegaban con claridad sin saber cómo. Supe también que estaba feliz y vital, y al poco rato adiviné que se acababa de comer una presa. Lo sentí casi como si fuese yo el que la hubiera comido ¡Había tenido un hermano idéntico, un verdadero clon! Y lo que me llenaba de asombro era pensar que compartía conmigo todo su pasado, que tenia exactamente el mismo pasado que yo, aunque a partir de ahora su experiencia vital sería distinta, su futuro sería otro. Y sabía también que él estaría pensando en este momento en mí, sintiéndome como yo le sentía. ¿Quién era mi verdadero yo? ¿Yo o él? Sin duda los dos en aquel preciso instante después de la separación, pero en adelante nos iríamos alejando cada vez más y más, haciéndonos distintos.Continué nadando, haciendo pues mi vida, y a poco entré en una zona repleta de comida. Estaba embriagado por los sabores del agua y me movía como loco tras los rastros de las presas, que ahora eran variadas y todas igualmente deliciosas. Me comí algo como un cogollo de lechuga, muy fresco y sabroso, y después acertó a pasar ante mis ojos cegatos una especie de langostino grande - quién sabe lo que era-, pero que desprendía un exquisito sabor a marisco. Lo devoré de un bocado. Otras presas fueron cayendo hasta que, repleto, me adormecí un rato haciendo la digestión. Me espabilé al poco tiempo sobresaltado… ¡otra vez… oh Dios… otra vez el estado confuso! ¡Habían transcurrido apenas algunas horas y ya estaba otra vez teniendo un hermano gemelo! Pronto le vi separarse de mí para comenzar una vida distinta, mientras yo volvía a sentirme renovado, vital y joven como la vez anterior. ¿Sería siempre así mi vida, un continuo engendrar gemelos mientras yo seguía siendo el mismo, eternamente joven? Aunque por otra parte mi vida resultaba muy monótona, siempre igual: comer, descansar en aguas tibias, reproducirme. Y así día tras día, tan idénticos que mi memoria se repetiría. O quizás la sabia naturaleza me había dotado de memoria de un solo día para evitarme la desesperación del aburrimiento. Si, eso debía de ser. Ahora entendía que no conservara recuerdos anteriores…¡hubieran sido siempre los mismos! Mi vida, pues, era un presente siempre igual. ¿Era eso la inmortalidad?
Fue oscureciendo; sin duda anochecía fuera del agua, aunque sólo lo podía imaginar pues para mí no existía más que agua por todas partes, difusa y borrosa claridad en el agua, que ahora comenzaba a decaer. Un profundo y progresivo amodorramiento se iba apoderando de mí…
Me despertaron unos gritos estridentes:
-¡Por Dios, Ramón, otra vez te has quedado toda la noche dormido sobre la mesa! ¡Estas investigaciones tuyas te van a matar! ¡Si es que estás como una cabra, cada día peor!Confuso todavía, levanté la cabeza: allí estaba Concha, mi hermana mayor, irritada como siempre que me sorprendía en el pequeño laboratorio de casa después de una noche de trabajo.
-Bueno mujer -le respondí nervioso- ya sabes como soy. No tengo solución.Me apresuré a recoger los cultivos de protozoos diseminados por toda la mesa y los guardé en la cámara isotérmica. Retiré la preparación de Paramecios vivos que tenía colocada en el microscopio, y guardé también los cuadernos de notas y formularios de experimentación.
-Venga, hermana, prepara el desayuno, te prometo que trabajaré menos por las noches. ¡Si estos experimentos no fueran tan excitantes…!
Una vez que Concha hubo salido de la habitación me desconecté apresuradamente el cable del microordenador de simulación. ¡Coño, me había pillado conectado! Y eso después de montar, como siempre, toda la parafernalia del microscopio y los cultivos para despistarla. Menos mal que no entendía nada y debió imaginarse que estaba oyendo música mientras trabajaba.
Guardé el programa de simulación bio-cerebral de Paramecios, junto con el simulador,
en la caja fuerte. Gracias a que el gabinete médico del Instituto me había hecho una implantación craneal realmente buena del modulo transductor, y el conector apenas si se notaba tras la oreja. Pero en adelante tenía que ser más cuidadoso en las pruebas de los programas. Podía tener algún disgusto serio. En realidad no conocía completamente todos los parámetros del programa Paramecio, y al haberme dormido con él conectado, podía haber sufrido una inducción biológica peligrosa. ¡Podría haber resultado devorado por un depredador, si es que alguno de estos locos de mi equipo se le había ocurrido programarlo a última hora!
Bueno, afortunadamente la experiencia había sido excelente. Estabamos consiguiendo unos desarrollos en verdad asombrosos. Me emocioné pensando que en pocos días comenzábamos a trabajar en el programa León. ¡Ya tenía yo ganas de lanzar un buen rugido!
PLACERES
Tenía la vida resuelta, había trabajado muchos años y al fin podía dedicarse plenamente a vivir, simplemente a vivir y ser feliz, a buscar lo que más le satisfacía. Comenzó cuidando de su salud, comiendo bien, haciendo deporte. Se sentía vital y dispuesto a todo. No quería privarse de nada, por lo que se acostumbró a saborear los más exquisitos manjares, los más deliciosos licores y brandies, los mejores y más aromáticos tabacos después de las comidas. Era un rito de placer todos los días esas magníficas comidas, que administradas con sabiduría no le restaban ni un ápice de su vitalidad recuperada. Después se preguntó por qué no cultivar el placer erótico, por qué no explorar y deleitarse con ese mundo que hasta entonces había disfrutado sólo de manera básica y conyugal. Y comenzó a frecuentar a las más hermosas mujeres, maestras en el arte del placer y de la ternura erótica, de todos los secretos de la desinhibición y la excitación.
Al principio disfrutaba de todo esto con exaltada pasión, pero poco a poco se iba serenando, cultivando esos placeres con método y moderación, incorporándolos a su vida habitual. Al cabo de un tiempo se volvieron rutina, y hasta se irritaba cuando algo fallaba en sus hábitos y ritos programados.
Luego se preguntó por qué no explorar el mundo de las sensaciones más fuertes, bajo el efecto de las drogas no permitidas. Descubrió paisajes insospechados, mundos perdidos y encontrados, disolución del ser, adicción y tendencia a perder el control de sí mismo, peligro de desvanecerse. No era eso lo que quería, sino lo contrario, un acrecentamiento del sentimiento de sí mismo.
Pensó que tenía que explorar su propio interior, lo más intenso que pudiera albergar y sentir, y se volvió a su mundo emocional. Se preguntó por qué sus emociones más fuertes, esos latidos del alma que le hacían vivir en ocasiones con toda intensidad, dependían de circunstancias externas, de sucesos ajenos, del azar. La amistad, el amor, el éxito, eran acontecimientos que él no controlaba y que a veces se habían asomado a su vida y le habían hecho tocar el cielo. Y se preguntó si podría traerlos intencionadamente a su vida, controlarlos y administrarlos como hacía con la comida o las mujeres. Y comenzó a cultivar muchas amistades, saboreando los sentimientos de agradecimiento, de afecto, que los otros le devolvían. Se volvió caritativo, comprensivo, humanitario, solidario, condescendiente, tierno, afectivo, amante. Le pareció que había descubierto la fuente de placer definitiva. Se lo dijo a su mujer, que extrañamente y con paciencia infinita seguía siendo su confidente en ese periplo singular y personal que la excluía. Y ella le dijo: "Mira que sois acémilas los hombres, eso lo sabemos las mujeres desde niñas, lo hemos aprendido de nuestras madres, viéndoselo hacer desde siempre. Vaya descubrimiento que has hecho".
Pues sí, se propuso sobre todo ser amante, amar a las mujeres. Miraba dentro de su corazón y descubría los abismos de amor y pasión sin llenar que ocultaban, y se dejaba caer en ellos, nadaba entre ellos como el que se sumerge en el mar y admira sus bellezas sumergidas, pero controla su respiración y sabe cuando debe volver a la superficie. Estaba disfrutando de los sentimientos femeninos, jugaba con ellos, era feliz como nunca lo había sido con el nuevo juguete descubierto. Y cuando alguna de esas personas que le brindaban la oportunidad de sentir tan intensamente se volvían conflictivas o inoportunas, no tenía ningún inconveniente en olvidarlas y encontrar otras nuevas.
Pero al final se cansó también de las mujeres, de su mundo emocional imposible, de sus ansias de amor siempre insatisfechas. Y se sintió desorientado, vacío; no encontraba ya ningún objeto de placer, físico ni emocional. Entró en una crisis profunda.
Fue entonces cuando su mujer le comunicó que se había enamorado y le dejaba. Que aunque le seguía teniendo afecto después de tantos años compartidos y le quería entrañablemente más que a un hermano, el corazón le había jugado una mala pasada. Que en esa última época en que él se dedicaba a perseguir sus propios placeres había conocido a una persona que le despertaba una atracción incontrolable, superior a su voluntad y sentido común. Que no sabía si aquello sería un paraíso o un infierno, un estado de placer sin límite o de sufrimiento sin consuelo, pero que la situación la desbordaba y sólo podía entregarse a ella sin control. Lo único que podía decirle era que de momento se sentía tan feliz como para arriesgar a ciegas su vida futura.
LA CIMA DE LOS DESAPARECIDOS
Me desperté sobresaltado. Una inquietante sensación se apoderó de mí y me hizo agitar la cabeza sacudiendo las difusas hilachas de incertidumbre que aún me mantenían unido a los sueños de aquella noche. Había soñado profundamente y con gran viveza. Ahora estaba en esa asombrada frontera en que el sueño está aún vivo y nosotros casi despiertos. Y me asaltaba la inquietud de si los sucesos evocados en el sueño habían sucedido realmente alguna vez en mi vida.
El sueño se había desarrollado con toda la complejidad y el realismo de la vida normal. Todavía estaba presente ante mí y me hacía sudar de angustia. Había recibido inesperadamente una citación judicial para declarar sobre la desaparición de una persona muchos años atrás. Entonces empecé a recordar y sacar a la luz aquel trágico suceso ya olvidado. Recordaba aquella disputa violentísima en la que estalló todo el odio acumulado durante años en las dos familias enfrentadas. Era verano y habíamos coincidido como siempre en el pueblo de montaña donde pasábamos la estación. Aldea Negra se llamaba el pueblo y no he vuelto desde entonces. Yo estaba con mi familia. Él seguía soltero y había perdido a sus padres recientemente. Estaba solo. Lo encontré paseando por la vereda al borde de la Sima de los Desaparecidos. Así la llamaban por lo profundo e impenetrable de su fondo. La discusión empezó como siempre nada más tropezarnos. Era inevitable. Pero en esta ocasión llegamos a las manos por primera vez. Fue él quien primero se abandonó al deseo de violencia física. Algo se apoderó de nosotros con el vértigo de un abismo liberador a cuya atracción no se podía resistir. Forcejear y agredirse fue algo automático que había estado esperando ahí mucho tiempo y ahora fluía con la fuerza de la tormenta que se desata. Me sentía fuerte y demoledor y agarré una gran piedra que yacía a mis pies. Le golpeé en la cabeza con la misma decisión con la que aplasta una nuez con un martillo. Se desmoronó con el cráneo hundido y cayó por la sima. Su cuerpo fue dando golpes sobre la pared casi vertical hasta perderse finalmente en la espesura del fondo para siempre. Ni un solo trazo quedó de la tragedia.
Nada dije entonces a nadie y con el paso de los años aquel dramático suceso se fue borrando de mi memoria cotidiana igual que si de un desgraciado accidente se hubiese tratado. Pero aquella citación había desenterrado de golpe mis recuerdos con la misma fuerza que si hubiese aparecido el cuerpo oculto en la sima. Y era horrible. Quería escapar. Quería volver a olvidarlo.
En este momento angustioso del sueño desperté. Y en esos breves momentos en que perduran vivas las imágenes me preguntaba con los ojos abiertos por el asombro: ¿Ha sido verdad? ¡Dios! ¡Que no sea verdad!
Poco a poco la noción de lo real fue enterrando la certeza vivida del sueño. Aunque llegué a pensar que mi mente despierta era la que iba devolviendo automáticamente a las profundidades inexorables del olvido aquel suceso que sí había sucedido realmente.
SONÓ LA HORA EXACTA
Sonó la hora exacta. El vértice del alma emergió de golpe sobre un mar de ofuscada somnolencia y el corazón empezó a batir con furia en el tambor del pecho. La hora exacta, el instante sin retorno, la ejecución sentenciada. Había matado, sí, pero él sentía todavía en el interior la justificación de su impulso. No lo vieron así los jueces que, tras largas deliberaciones y no estando tipificadas claramente las circunstancias atenuantes planteadas por la defensa, lo encontraron culpable en grado máximo. Se encendió la luz, se corrieron automáticamente las cortinas de la cámara, de aquel cubículo de la muerte donde había sido conducido una hora antes. Tras los cristales, un amontonamiento de rostros observaban con morbosidad al condenado tratando de robar sus gestos de desesperación y pánico, el terror del instante final. Los jueces miraban también y el ejecutor esperaba su orden para activar, sin posibilidad de interrupción, la entrada del gas letal. Con una velocidad de vértigo, el condenado trataba de encontrar algo que pudiera parar la ejecución. No serviría de nada suplicar, ni arrojarse al suelo llorando, ni nada dirigido a enternecer el corazón de aquellos hombres. Todo lo más conseguiría con ello algún pensamiento como "pobre diablo, al final muere arrepentido, que Dios se lo tenga en cuenta". Tampoco le valdría adoptar un aire de superioridad y fortaleza, mirándoles con severa indulgencia, pensando que eran ellos los pobres diablos que querían matarle por haber quebrantado sus dudosas y vengativas leyes. Al contrario, acelerarían la ejecución para no sentirse incómodos. Sólo vislumbraba una posibilidad, y era crearles un estado de perplejidad, algo que les sumiera en una situación de duda e indecisión tal, que no fueran capaces de actuar. De hecho, los jueces y toda la demás gente parecían estar queriendo leer sus pensamientos, metiéndose dentro de su alma, como dando una última oportunidad a una circunstancia excepcional. Sabía que no podía equivocarse, que cualquier paso en falso, cualquier actitud conocida o esperada que adoptara, precipitaría la ejecución. Tenía que sorprenderles, sumirles en el caos mental, anular su voluntad. Y no se trataba de conseguir una pequeña demora, como sucedería si fingiese un colapso o una enajenación, porque pronto se descubriría la trampa. Tenía que ser algo definitivo, algo que le permitiera apoderarse de la voluntad de los jueces para que le dejaran salir libremente de la sala de ejecución y del edificio. No sabía qué debía hacer, pero sí que tenía que mirarlos fijamente a ellos, igual que ellos le estaban mirando a él. ¿No era su propia indecisión lo que manifestaban en sus atentas miradas? ¿No le estaban diciendo calladamente que esperaban de él un gesto que le traicionase para apretar el botón fatal? Sí, ellos tenían dudas, en algún resquicio de su alma albergaban el sentimiento de lo injusto de aquella ejecución y esperaban ver en él algo que les justificase interiormente para llevarla a cabo. Ahora lo sabía, tenía que ahondar en ese sentimiento de culpabilidad, hurgándoles en el alma, su mirada escrutadora penetrando en sus miradas, alargando todo lo posible ese estado de indecisión. Pero tendría que hacer algo más después y deprisa, no se podía prolongar mucho tiempo esa situación, porque alguno de los jueces, violentado por la demora en el cumplimiento de la sentencia, podía hacer la señal al ejecutor, incluso mirando hacia otro lado, en contra de su propia conciencia, justificándose a sí mismo con planteamientos técnico-legales; después de todo la sentencia había sido dictada y ya sólo se trataba de ordenar la ejecución. Pero no se le ocurría nada y un sudor frío y agónico pugnaba en brotar de su frente. Hacía esfuerzos sobrehumanos por detenerlo, pues ello hubiese bastado para precipitar la señal fatal. ¡Tenía que seguir ganando tiempo! ¡Tiempo, tiempo! ¡había que impedir la conciencia del tiempo en los presentes, había que parar los relojes mentales de los jueces!. ¡Tenía que conservar la impasibilidad en la mirada, en esa mirada suya que les había calado el alma hasta su punto débil, hasta su centro de indecisión! Y así lo hizo, con toda la intensidad que su desesperación le hacía capaz. La situación se volvió dramáticamente estática, paralizada, como si todos hubiesen quedado atrapados en una sensación que no variaba y de la que no sabían salir. El tiempo, en efecto, se había detenido. De pronto se abrió la puerta de la sala y entró precipitadamente un funcionario. Uno de los jueces alzó inconscientemente la mano hacia el ejecutor, como si se tratase de un gesto paralizado desde hacía tiempo que ahora recibía la energía para alimentarse. El ejecutor apretó el botón mientras el funcionario gritaba simultáneamente: ¡Alto la ejecución!
El gas comenzó a entrar sin posibilidad de detención en la cámara, mientras el funcionario mostraba agitado a los jueces un auto de aplazamiento, a la vez que pensaba acongojado que se había entretenido un par de segundos echándole los tejos, sobre la marcha,. a la nueva vigilante de seguridad. Las primeras inspiraciones del gas letal hicieron romper al condenado en violentas carcajadas mientras miraba con una expresión de burla infinita a los jueces. Éstos, a su vez, miraban consternados en todas direcciones buscando una mirada de apoyo, agitando los brazos y todavía sin entender completamente lo que había sucedido. El ejecutor salió precipitadamente de la sala y volvió con una herramienta pesada, con la que empezó a golpear las sólidas paredes de vidrio reforzado de la cámara. Al final logró romper el cristal, y la densa niebla de la cámara fluyó fuera con tal intensidad sobre él que cayó inconsciente en breves instantes. Todos se precipitaron hacia la puerta de salida, pero extrañamente se había quedado bloqueada y, mientras pugnaban nerviosos por abrirla, el gas seguía llenando la pequeña sala. Todavía se oían las sordas risas, que ya parecían estertores de muerte, del condenado, mientras los jueces y demás asistentes a la ejecución iban cayendo semiconscientes al suelo en torno a la puerta. Luego se hizo el silencio entre la espesa niebla, y la quietud completa de todos los cuerpos trajo la paz al escenario de la ejecución. Una paz que parecía la instauración completa de la justicia.
EL SUEÑO DE LOS ESPEJOS
Soñó que era capaz de dejar a un lado todos sus planes, todos aquellos caminos trazados que condicionaban y limitaban su vida, para dejarse abordar, sin discriminación, por los sucesos que transcurrían alrededor. Sonaba el tráfico sobre el asfalto mojado y era una mañana de invierno. Se dejaba ir donde le llevara el sonido, se dejaba arrastrar por los minutos, o donde le requirieran las vidas de los otros, o donde le incitara la tentación de una sonrisa. Era tan fácil… Todo en torno le buscaba para seducirle y era agradable entregarse a su incesante deseo. Era feliz con la alegría que se desencadenaba por todas partes de manera natural, como una respiración. Y se decía: ¿por qué siempre nos esforzaremos en perseguir de extrañas maneras lo que ya tenemos en las manos? La vida era una fiesta y le esperaba gozosa en todas las esquinas de su alma. Existía sin intenciones, flotaba en un mar que lo inundaba todo y se dejaba mecer por las suaves olas, recogiendo el regalo inesperado de los peces de colores que saltaban a sus manos, abiertas y vacías de deseos. Bastaba elegir aquello que más le gustaba entre todo lo que se le ofrecía.
En la noche, dejó que las estrellas impusieran sobre él la inmensidad de su distancia y de su número, y no quiso contarlas, ni recordar sus nombres, ni dibujar tontamente la forma de sus falsas constelaciones. Se anuló para recibirlas, y con ellas en la conciencia, creció hasta hacerse tan grande como el Universo.
De día, permitió que una mirada se asomara a su alma como si le abriera la puerta de su casa y la invitara a entrar. La dejó acomodarse y que le contara todo, regalándole la tarde. Y no le importó si el alma era blanca o negra, pues no la quería para él. Sólo quería contemplarla igual que la luz de una estrella o la tenebrosa oscuridad del Cosmos. Era un alma, un alma que latía en unas manos, que se hacía luz en una mirada, que se echaba a volar en bandadas de palabras. Un alma cualquiera, como la suya podía haber sido o pudiera ser algún momento. Todas las almas -pensó- son formas distintas de la misma alma. Lo sabemos cuando nos convertimos en actores o cuando regalamos la tarde a uno cualquiera. Se dice que somos irrepetibles -seguía- pero entre los miles de millones de personas que existen y han existido, es seguro que mi alma, idéntica, se ha vestido con otras ropas y otra cultura; pero yo no estaba allí para encontrarnos. Aunque a veces sí nos encontramos con un alma parecida, casi igual, y nos reconocemos enseguida, y nos sonreímos y hasta nos enamoramos. El alma se busca idéntica en otro para hacerse cierta, porque es un espejo que puede reflejarlo todo menos a sí mismo. Por eso tenemos la necesidad del otro, para vernos con evidencia. Y si el otro es igual a mí, me veré en él exactamente, es decir, exactamente en la manera en que yo veo las cosas. Si me miro en un ser distinto, su espejo no me refleja como yo creo conocerme, como yo me siento. Pero no me basta ese sentirme interiormente, es preciso verme desde fuera, desde otro igual que yo. Verme en mi propio espejo fuera de mí.
Sumido en estas reflexiones, su sueño se fue enredando en un circulo vicioso del que no era capaz de salir y que evolucionó en la forma de una extraña pesadilla. Se veía en múltiples espejos diferentes que distorsionaban terriblemente su aspecto, y por más que buscaba un espejo bueno no encontraba más que imágenes de sí mismo muy desvirtuadas. Luego encontró un espejo que parecía perfecto y miró dentro ansioso, pero en lugar de verse, veía su propio espejo, en el que a su vez se reflejaban una multitud de espejos diferentes. Había espejos por todas partes. Había caído en una cárcel de espejos y no se veía allí a ninguna persona.
Preso de una gran agitación y angustia, su sueño se interrumpió bruscamente y despertó. Todavía seguía latiendo, a caballo entre el sueño y la realidad, aquella obsesiva imagen de la cárcel de espejos. Imaginó un cataclismo en el que todos los espejos se rajaban y caían hechos mil pedazos amontonados en el suelo. Detrás aparecieron las personas, desnudas, como nunca antes las había visto. Delante de ellas estaba él, mirándolas, también desnudo, diferente pero a la vez él mismo. Se tranquilizó y despertó completamente.
Sonaba el tráfico sobre el asfalto mojado y era una mañana de invierno. Se dejó ir donde le llevara el sonido, se dejó arrastrar por los minutos…
LA PALABRA
Madrugada, silencio, sólo la tenue luz sobre la blanca pared, espejo donde se mira el alma. Blancura y nada, nada blanca. Aparecen adentro aquellas palabras de ayer que me salvaron el día. Las vuelvo a pronunciar una y otra vez, revivo su significado, se quedan colgadas de mi alma, flotando, como ecos interminables que renuevo cuando se debilitan. Son el único contenido, hoy, que llena mi ausencia de sentido.
Las pronuncio despacio, saboreándolas, exprimiendo su idea como un vino precioso que extrajera uva por uva. Y luego repito la frase entera con soltura, llenándome de su verdad, de la luz de su mensaje. No sé si hoy podré encontrar nuevas palabras, ordenarlas mágicamente para componer otra frase salvadora, definitiva, como ayer. Entretanto, me complacen éstas que ahora evoco y que no podrían mejorarse. Estuve todo el día trabajando en ellas, con el alma vertida en su idea. Al principio fue sólo una inspiración inconcreta, una luz sin forma, una intensa sensación. Después, poniendo mucha atención, mucho silencio, el oído vigilante sobre las puertas del alma, apareció al fin "la palabra". Sí, la palabra central, la clave exacta de toda la frase. Fue un momento excepcional, brillante, una anunciación. Y después, trabajo, mucho trabajo durante horas para componer la frase entera que expresara todo el contenido deseado. Retoques, cambios, decir la frase cien veces considerando el pequeño matiz oculto en una preposición o en el sonido sutil de una sílaba. El ritmo, la limpieza de las voces, la precisión en los significados, la lógica de la expresión y a la vez la infinitud de lo sugerido. Sólo al final del día la frase quedó terminada, perfecta, inmutable, eterna. Me sobrevino el sueño pronunciándola una y otra vez.Es pleno día ya, se ha vuelto completamente azul el pequeño trozo de cielo que veo por el ventanuco. Aunque, hablando con propiedad, no podría llamarle cielo sino sólo luz, dadas las reducidas dimensiones de esta especie de respiradero que tiene la celda de aislamiento total en la que llevo años confinado. Este ventanuco es mi reloj más preciso; también lo es el carcelero que viene una vez por día a traerme la comida. Nunca habla, le está prohibido, y ni siquiera le veo la cara a través de la portezuela por la que introduce la comida y retira mis excrementos. Únicamente veo sus manos actuar, agarrando los recipientes y abriendo y cerrando la portezuela. Y sin embargo sus manos me dicen todo lo quisiera saber de él. Veo su ademán al coger los cacharros, la decisión y firmeza con que los sujeta, la habitual sequedad y precipitación de sus movimientos. Un día tiró la comida, y por primera vez le oí hablar gritando una blasfemia; parecía enojado conmigo, con la situación o con el mundo. Sin embargo algunos días le encuentro sosegado, amistoso, empujando la comida casi con afecto, como el que trae un regalo. Otras veces se demora, manipulando las cosas despacio, como necesitando conversar; pero en otras ocasiones es excesivamente rápido y seco, tiene prisa, intenta eludirme. Sí, sus manos me hablan, y a veces él también me habla intencionadamente con sus manos. Yo también le hablo sólo así, pero al principio le hablaba con palabras aun sabiendo que no le estaba permitido contestar. Era una manera de estar en contacto con el mundo, de sentirme persona. Poco a poco me fui cansando de hablar solo. Para eso era mejor pensar, sólo pensar, que a fin de cuentas es lo único que puedo hacer con toda libertad.
Pensar, crear frases, pequeños trozos de literatura. Esa es mi vida. !Dios mío¡, ¿me atreveré algún día a crear una novela entera? Sería demasiado, no podría librarme ya de ella, y como hoy, se quedaría flotando en mi memoria día tras día. Me volvería loco… loco del todo. Sólo podría salvarme el escribir pronto otra, y luego otra, y así siempre. Y sin embargo sé que lo acabaré haciendo. No tengo alternativa. Estoy condenado a la palabra.
GEOMETRIAS
Hacía un día hermoso, brillaba el sol, el aire era cálido. Un día estupendo para quedarse en la cama -pensé-. Salí precipitado, con el café puesto, la chaqueta en la mano, el periódico tomado sobre la marcha. Me sentía sin duda nervioso."Llegaré tarde, otra vez tarde". ¡Cuánta gente había en el metro… ! "Todos estarán esperándome, impacientes; Victoria, vestida de novia, estará retorciéndose las manos, presagiando una desgracia, o una huida otra vez". ¡El novio, aquí está el novio! -gritó alguien entre los bancos de la Iglesia.
Comenzó al fin la ceremonia: el difunto tenía un aspecto muy malo, con la cara deformada, irreconocible. Sin duda el último momento fue muy doloroso y trágico. Los asistentes en primera fila, sobre todo Victoria, sollozaban o escondían la cabeza entre las manos. Yo me quedé al final. Como siempre, había llegado tarde, pero tuve la suerte de que el cura se había retrasado también. Recordé en aquel momento, no sé por qué, que alguien famoso había dicho que nacer es empezar a morir, y pensé que podría decirle eso a la familia como expresión de condolencia: "¡Qué tonterías se me ocurren! Anda que la frasecita es fina… podía haber dicho el autor que vivir es empezar a nacer, por ejemplo; tenía más trascendencia. Mira, eso si se lo puedo decir a los deudos, aunque los pobres no estarán para muchas reflexiones".
Nadie sabía que yo le había matado, nadie de aquellos que asistían a mi boda. Sí, yo le maté, le maté convencido. No había otra alternativa mejor. Y tengo que confesar que sentí un agudo placer al hacerlo. Por fin me libraba de mi eterno rival, tantas veces odiado, responsable de tantos momentos de desesperación. Además era un mierda, un cobarde completo, un falsario que hasta se engañaba a sí mismo. Yo le había matado y en alguna ocasión lo diría en público, con motivo de alguna ceremonia… quizás cuando algún día me casase con Victoria.
Hacía un estupendo día aquel día, pero tenía sueño, mucho sueño. Dudaba en levantarme, como he dicho, pero todos me esperaban, Victoria me esperaba. Si no asistía, como ya hice la primera vez, la perdería para siempre, después de tantos años de convivencia. Así que me puse la chaqueta, tomé el café sobre la marcha y salí precipitado con el periódico en la mano. "¿Pero para qué llevo el periódico si voy a mi boda? " Sin duda actuaba irracionalmente. En el periódico venía la noticia: Muere al caer empujado desde un octavo piso. El homicida consigue escapar hábilmente sin ser identificado. ¡Qué fácil fue! ¡Cómo caía hacia el vacío, dejándose ir como una piedra, inerte, consciente de su muerte inmediata! Nacer es empezar a morir…jajaja, qué gilipollas, ¿quién lo diría?. Cuando Pedro iba cayendo, seguro que pensó "volar es empezar a morir". Quizás llegó ya muerto al suelo, muerto de miedo. Tuvo una muerte adecuada. ¡Que guapa estaba Victoria, tan distinta a lo habitual! Llevaba un precioso vestido negro, muy elegante… pero de pronto me abofeteó la conciencia de que a la vez que se casaba conmigo, se casaba también con Pedro a título póstumo. "Sí quiero" -dijo con voz trémula., mientras una lágrima resbalaba por su mejilla. Yo me quedé en silencio, un largo silencio. Victoria, el cura, todos los asistentes, me miraban expectantes. "Es el momento, es el momento de una confesión pública... No me voy a casar, definitivamente no me voy a casar. ¿Para qué hacerlo ahora que ya no vive Pedro, ahora que ya no tengo que compartir a Victoria con él?" Y mirando profundamente al cura, le dije: "No puedo casarme de momento, Padre. Estoy en pecado…. y además no me arrepiento".
Llovía, el tiempo estaba fatal. Era un día perfecto para levantarse enseguida y comenzar de nuevo la vida. Pero Victoria me retuvo en la cama exigiendo explicaciones. Tuve que contarle toda la verdad: el cáncer irreversible de Pedro; su petición llorando para que le ayudara a terminar; aquello que me dijo (y que no me convenció) de evitarle a ella que sufriera su penoso y largo acabamiento; la promesa que me arrancó de no decir nada. Victoria estuvo llorando amargamente durante mucho rato. Me hizo llorar a mí. Realmente yo también le echaba de menos, pues a pesar de todos los malos momentos y lo difícil de la situación, acabamos formando un trío que había funcionado con mucho corazón. Al fin se tranquilizó, y con los ojos ausentes, vacíos, me dijo sombría: "No podré soportarlo".
El día era radiante, no recordaba otro día igual en toda mi vida. Era un día perfecto para quedarse en la cama, para dejar la mente en blanco mirando la luz por la ventana. Me levanté indeciso, tomé el café sin darme cuenta, cogí maquinalmente el perió