LA ISLA DESNUDA
por
Gerardo Hernandez
- Ó Derechos reservados -
1998
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A los que aman despojarse de toda vestimenta interior para contemplar las cosas desnudas, y afrontan los riesgos del azar sin más protección que su propia fortaleza, más allá de la última prudencia. Porque toda aventura, grande o pequeña, o es aventura interior o no es aventura
LUCAS
Isla. En el corazón joven de Lucas esta palabra despertaba un sentimiento mágico y luminoso. Un sentimiento que encerraba sus deseos más íntimos, sus ansias de vida en libertad tantas veces soñada.
Era de tierra adentro, de tierra surcada por un gran río. El río había estado siempre presente en sus juegos de niño y en sus primeras hazañas de adolescente. Quizás por esto sentía una especial atracción por el agua; o tal vez la amaba desde siempre, desde antes de nacer. Tenía inclinación al recogimiento, a la meditación, y su alma estaba impregnada por la inmensa llanura de Castilla y el cielo total de sus noches estrelladas.
Isla, mar, orilla, eran para él palabras llenas de vida, de sentido. Amar una isla, conocerla, hacerla de uno. Explorar el mar de sus orillas descubriendo los rincones secretos, las pequeñas calas inaccesibles y sus arenas vírgenes, las profundas grutas, los roquedales, las amplias playas que atraen de manera irresistible cuando se está mar adentro. Asombrarse ante los verticales acantilados, sobrecogido en el borde del agua por un sentimiento inconcreto de profundidades ignoradas. Descansar en los remansos de agua transparente, que incitan a sumergirse y nadar entre las rocas en compañía de multitud de peces de variadas formas y colores.
Isla. Plenitud de soledad en aventura, búsqueda, descubrimiento, gozo de lo natural, compañía del mar y de la tierra, satisfacción en lo elemental, síntesis del mundo, contemplación palpable de lo eterno.
Poseído por estos sentimientos se decidió Lucas a realizar un recorrido íntimo y apasionado por el contorno de la isla que desde siempre había estado cargada para él de especiales resonancias, de ecos de libertad, de abandono complacido: Ibiza. Sabía que ya no era la isla natural, la isla virgen objeto de sus sueños, sino la isla expoliada por el turismo. Pero estaba ahí, rebosante todavía de naturaleza eterna resistiéndose a la destrucción. Imaginaba el agua fresca de la mañana a orillas de una playa blanca. Su nombre le sonaba, sin saber porqué, al susurro lento de los siglos deslizándose como nubes y abriéndose al fin en un presente rotundo de luz. Sentía que, aunque cercana, la isla tenía algo de olvidado, de indolente al paso del tiempo, algo más fuerte y duradero que el presente.
ELEGÍA POR IBIZA
No se equivocaba Lucas en sus sensaciones presentidas sobre Ibiza. Muchos siglos azarosos, muchas invasiones y sobresaltos ha sufrido la isla desde que fue poblada por los cartagineses. Ya entonces fue utilizada exclusivamente por su valor estratégico en las rutas comerciales mediterráneas, y después pasaron por ella romanos, bárbaros, árabes y cristianos. Finalmente fue acosada por los piratas turcos, que provocaron la peculiar configuración constructiva que todavía perdura: iglesias-fortaleza dominando los valles y casas diseminadas por toda la isla; y condensando a una buena parte de sus gentes, la antigua Ciudad de casas apretadas dentro del recinto de la colosal muralla construida sobre una roca.
El ibicenco, crisol de gentes mediterráneas que fueron llegando a la isla con la importante ocupación púnica inicial, después de tantas vicisitudes e invasiones ha consolidado un carácter de tolerancia pasiva ante lo extranjero, que es más bien indiferencia total. Deja vivir a los demás y no se asombra por nada, pero conserva su esencia, su personalidad insular. Tolera pero no se mezcla. Y de esta manera permanece, ligado a su tierra, lejano a todo, anclado a la paz de su naturaleza y a su costumbre.
Y es que además la isla tiene dos caras: la periférica de la costa, que resucita en verano y congrega gentes de toda Europa, y la del interior, el inmenso pinar y las huertas de cultivo donde vive el payés, el ibicenco de siempre. En invierno la costa duerme, los núcleos turísticos se vacían y sus habitantes naturales se aburren en pesada monotonía. El payés del interior sigue su vida todo el año, ligado a la tierra.Un inmenso pinar verde que se extiende por montes suaves es Ibiza, salpicado de algunas casas blancas y rodeado de un mar azul que se apacienta entre sus calas e islotes.
Aquí fueron llegando, en pacífica invasión, los hippies de los años sesenta, que venidos de diferentes países encontraron en la isla un refugio apartado del mundo, bello y tranquilo, donde practicar su utopía lejos de las sociedades de consumo.
Al ir decayendo el movimiento hippy, el espíritu de libertad y carencia de prejuicios que habían dejado en la isla fue apropiado por la propia sociedad de consumo contra la que fue creado, y empezaron a llegar los pseudohippies en todas sus variantes: hippies de temporada, artesanos hippies para el turismo, turistas hippies, etc.
Y quizás este fue el comienzo del lanzamiento turístico de Ibiza. Se consolidó una manera de estar, un ambiente especial genuino de Ibiza basado en la tolerancia, la libertad de vestimenta, el nudismo, el acercamiento sin clases de las personas, el goce, la tranquilidad. Había nacido la "isla de la libertad en calma", había nacido la moda "ad lib".
En paralelo con todo ello se produjo otra corriente, también internacional, de carácter minoritario y cultural. Fue el establecimiento en la isla de artistas y escritores en busca, igual que los hippies, de un retiro tranquilo donde disfrutar de la paz, de la alegría sencilla de lo natural y de la propia creación.En los últimos tiempos, y quizás como la peor de las invasiones que ha sufrido Ibiza, el turismo de masas se ha apoderado de la isla. El pirata turco saqueó vidas y haciendas y la isla quedó convertida en un montón de casas blancas bellamente esparcidas entre el verde pinar. El turismo masivo está quizás enriqueciendo el bolsillo de los ibicencos, pero les está empujando a saquear la propia naturaleza de la isla. Carnaval, exhibicionismo, negocio de ropa, griterío, agresividad, incomunicación, borracheras, definen hoy el ambiente de verano. La costa se está perdiendo de manera irreversible. Sólo el interior conserva su paz y su naturaleza, permitiendo al campesino hacer su vida de siempre y a la escasa colonia establecida en la isla guardar celosamente su retiro.
Historia de Ibiza, siglos y siglos deslizándose, como pensaba Lucas, sobre tus verdes pinares, sobre tus casas blancas, sobre tus aguas claras. Siglos y siglos soportando invasiones y saqueos, con el futuro incierto, como siempre, llegándote desde afuera.
Hoy te has convertido en breve y masiva residencia de extranjeros en vacaciones que han abarrotado tus costas de construcciones-colmena que te son ajenas, que han destruido tus playas y enturbiado tus aguas cristalinas. Quizás acabes, como otros lugares mediterráneos, en lugar de retiro para la tercera edad europea. Así al menos conservarías tu tradición cartaginesa de isla-necrópolis, de isla a la que se iba a morir.Pero volvamos a Lucas, que se hallaba a punto de iniciar su aventura, quizás la última posible, por la costa todavía rebosante de naturaleza primigenia de la isla.
EL VIAJE
Era Septiembre. Después de una larga pero tranquila jornada, cruzando las tierras de España en su pequeño utilitario, llegó por fin a Alicante donde tenía que coger el barco para Ibiza. La bodega del barco iba repleta de coches y los empleados se aplicaban obsesivamente en colocarlos, con precisión matemática, a unos centímetros unos de otros.
Subió a la cubierta superior y se instaló en una tumbona desde la que divisaba perfectamente el mar. Pronto se llenaron las tumbonas de un público juvenil en su mayoría. Al poco rato y después de lanzar varios sonoros y graves bocinazos, el barco salió lentamente del puerto, alejándose perezosamente de la costa.
Varias chicas se habían quedado en bañador, con los pechos al aire, entregándose con devoción a tomar el sol, anticipando ya las futuras jornadas de playa.
Después de un largo rato se perdió al fin de vista la costa. Estaban en pleno mar. Lucas se asomó a la borda. El barco dejaba una amplia estela blanca tras de sí. En todas direcciones sólo agua. La línea del horizonte, perfectamente nítida, se extendía en la lejanía todo alrededor.
Se ensimismó intentando entender aquella sencilla infinitud del mar y el cielo, aquella presencia simple y continua. Se acordó de cuantas veces, mirando el mar o el cielo, lo que percibía eran ideas preconcebidas, imágenes aprendidas previamente que sólo le permitían captar una parte, una sensación, un aspecto de ellos, como el color o el hecho de ocupar todo el campo visual; y cómo pronto la mente abandonaba la observación dándolos por entendidos, como si no tuviesen más misterio o contenido. Se dio cuenta de que en esos momentos estaba mirando solamente con la inteligencia, con el pensamiento. Estaba repasando ideas y sensaciones conocidas pero no enfrentándose desnudo, como por primera vez, ante la realidad inmensa de la naturaleza.
Recordaba sin embargo aquellas noches de verano de la infancia, tumbado en el campo, con la mente virgen todavía, cuando la oscuridad ocultaba toda realidad alrededor salvo aquel firmamento inmenso y cuajado de luces que se metía en el alma sin palabras ni pensamientos, simplemente como una evidencia aguda de realidad latente e inmensa que le sumía en un estado de asombro ajeno al paso del tiempo.
Nunca había conseguido una sensación semejante mirando el mar. Y sin embargo recordaba que lo había intentado varias veces sin éxito, teniendo que desistir con una sensación de desazón e incómoda resignación. Quizás lo vio por primera vez demasiado mayor, cuando ya el pensamiento había usurpado el lugar privilegiado de la sensibilidad y el asombro.
Ahora lo tenía allí delante, infinito por doquier, y tampoco sabía que hacer con él, cómo sentirlo. En primer lugar tenía en su mente la idea de infinito, pero no la sentía, no le impresionaba. Miró cerca del barco contemplando el agua que subía y bajaba en amplias y redondas olas con ritmo pausado. Un poco más lejos las olas se empequeñecían, permitiéndole captar la distancia entre ambos lugares. Más lejos todavía, se volvían diminutas. Imaginó un barco en cada una de aquellas posiciones y el tamaño que tendría según la distancia. Sí, estaba consiguiendo ver distancias donde antes sólo veía una superficie azulada y continua. En la lejanía el plano del agua se veía jaspeado por efecto de las olas y la última franja, en el horizonte, simplemente azul. Fue desplazando el barco en su imaginación hasta el horizonte, sintiendo cómo su tamaño empequeñecía y desaparecía en la distancia, igual que las olas. Ahora sí, ahora captaba ya la distancia del horizonte. Ahora miraba en la lejanía del mar y ya no veía sólo mar. Veía distancia.
Seguía pensando que más allá del horizonte la superficie del mar continuaba, igual que ahora la veía, dejando atrás Ibiza, que a fin de cuentas estaba cerca de la costa. Y continuaba y continuaba inmenso el Mediterráneo, que sólo era un mar interior después de todo… ¿Cómo imaginar el Océano?
Luego pensó que bajo aquella superficie que iba rompiendo el barco había metros y metros de profundidad. Intentó imaginarlo. Quizás hubiese cientos de metros, y habría fondos cubiertos de plantas marinas habitados por peces y otros seres marinos. Todo un mundo vivo y variado, tranquilo, protegido, de aguas quietas lejos de la agitación de la superficie que a veces se mostraba agitada por los elementos, haciendo ver su terrorífica condición de elemento fluido, de inmenso elemento moviente.
Se iba formando ya en la mente de Lucas una manera de captar el mar más real, más completa. El mar era ya distancia, profundidad, inmensidad moviente y fluida, mundo oculto y viviente. Todo ello a la vez, como una sola cosa.Asomado a la borda, el aire marino bañaba su cara. Respiró profundamente y sintió con claridad el olor del mar... ¡Allí estaba! ¡Sí!. No era sólo una imagen virtual, ni una idea muy completa. ¡El mar estaba allí presente y lo olía con persistencia! Le envolvía, estaba sumido en el mar, respiraba mar. El mar estaba en su vida como una realidad necesaria, como un elemento en el que ésta tenía lugar. Su mundo intelectual cedió, se vino abajo su castillo de ideas, su sentirse como una inteligencia que reducía y aprisionaba el mundo en conceptos. El mar le había vencido, le había inundado. Se sentía humilde y, sobre todo, liberado de la mente, abierto a lo sensible, a lo vital.
Descendió al interior del barco. La gente estaba tumbada en los sillones adoptando posturas exageradamente cómodas y despreocupadas. La mayoría dormitaba, como dando por perdidas esas horas de travesía.
Algunos televisores se esforzaban en reproducir, con pésima calidad, una película cualquiera grabada en vídeo a la que casi nadie hacía caso. Se acomodó cerca de un televisor dispuesto a relajarse también. Ponían en aquellos momentos un reportaje sobre escalada libre. Un hombre, desprovisto completamente de cuerdas y de cualquier elemento de agarre salvo sus propias manos y pies, ascendía lentamente, cuidadosamente, por un elevado paredón completamente vertical. Colocaba las manos -con frecuencia sólo las puntas de los dedos- en las pequeñas grietas y salientes de la casi lisa roca. Los pies se apoyaban como podían en la pared, muchas veces sólo empujándola, y soportando todo el peso del cuerpo sólo con las manos. Bajo él una escalofriante profundidad cortada a pico transfería al espectador un pánico indescriptible. El escalador, visiblemente tranquilo y entregado a su tarea, canturreaba una canción mientras movía las manos con delicadeza, con armonía, como acariciando la roca. Se le veía completamente ajeno a otra cosa o pensamiento que no fuera el encontrar el agarre adecuado y los movimientos equilibrados, elásticos y aparentemente libres de tensión, de su cuerpo.
Pensaba Lucas, admirado y absorto, lo fácil que sería un resbalón del pie que en ese momento cargaba el peso del cuerpo sobre un minúsculo saliente redondeado; o que la presa recién echada con la punta de los dedos arrancase el fragmento de roca angulosa que le estaba permitiendo izarse unos centímetros más. El desenlace hubiese sido fatal. Imaginó en un segundo la cara de sorpresa del escalador al fallar la presa y el grito desgarrador, pero consciente, del que habiendo asumido de antemano el riesgo, se precipita de manera inexorable hacia el abismo.
Pero no, la ascensión proseguía sin dificultad, como si se tratase de la complicada tarea de un artesano que conoce perfectamente su oficio y no deja cabida al error.
«Sin embargo el riesgo es tan grande -musitaba Lucas para sus adentros- que nadie plenamente consciente y medianamente prudente lo asumiría. Tiene que haber algún truco, alguna técnica, algo que pasa desapercibido al profano produciéndole admiración y asombro, pero que permite al escalador lanzarse a su empresa con un alto margen de seguridad».
Observaba que la mirada del hombre no se separaba de la pared, buscando los salientes más adecuados, examinando y probando cada presa que hacía, limpiando la arena que pudiese existir en cada grieta. Parecía no existir para él mas que el par de metros sobre el que se encontraba pegado. Igual le importaría estar a cinco metros del suelo que a cien. Su experiencia y conocimiento de las rocas, de sus salientes y grietas, de las técnicas de agarre y apoyo tantas veces practicadas, el conocimiento y dominio completo de su cuerpo, el control emocional y del pensamiento, y la seguridad en su forma física y mental le llevarían a no hacer ningún movimiento sin la certeza absoluta de su eficacia y seguridad. Todo esto y otras cosas que se le escapaban pensaban Lucas que producirían el milagro.
Finalmente el escalador llegó a la cumbre. Se sentó a la manera india y contempló largamente, con expresión serena y feliz, el maravilloso panorama que se extendía allí abajo, a sus pies.Todavía quedaba un buen rato para llegar a Ibiza, por lo que imitando a la mayoría de la gente, se acomodó holgazanamente dispuesto a adormilarse.
HACIENDO PLANES
Llegado a la isla se instaló en una especie de Hostal en el barrio de Figueretas, en la periferia de la Ciudad de Ibiza. Tenía una pequeña habitación en la tercera y última planta, con una ventana que miraba al mar. El panorama desde allí era magnífico. Se veían barcos de todos los tipos haciendo la ruta de Formentera: gráciles veleros que parecían no moverse sobre el agua, yates a motor majestuosos que dejaban una gran estela blanca, veloces lanchas motoras que planeaban sobre el agua a endiablada velocidad, barcos de pasajeros repletos de gente, con la panza medio hundida por el peso. A lo lejos, como una tenue banda difuminada en la línea del horizonte, Formentera.
Visitó algunos lugares de la isla y como el tiempo estaba inestable demoró la salida, dedicándose a leer varios libros sobre Ibiza en la Biblioteca Municipal y a planear concienzudamente su aventura.
Su plan consistía en vivir esa fantasía suya de la isla virgen. Quería estar a solas con el mar, conviviendo con la isla, cuerpo a cuerpo, con todos sus sentimientos abiertos ante la belleza y la paz de la naturaleza. Para ello tenía que huir en lo posible del turismo, de los lugares concurridos, como si estuviera recorriendo la isla que fue hace años en su desnuda naturaleza.
Había transportado en el coche una pequeña embarcación neumática que consideró era la más adecuada a sus planes. Primero porque tendría que manejarla él solo y segundo porque le permitiría un total acercamiento a cualquier rincón de la costa, o internarse en las grutas.
«La isla tiene forma alargada, con una longitud máxima de unos 40 Km y una anchura de 20 Km -meditaba Lucas sobre el mapa-, así que si considero un diámetro medio de unos 30 Km podría tener un perímetro cercano a los 100 Km Hay que contar además con el contorno accidentado, plagado de calas, cabos, etc., con lo que podría resultar un recorrido cercano a los 150 o 170 Km. Además están los islotes -seguía considerando-, que no hay que perdérselos, así que como tope voy a contar con un recorrido de unos 200 Km».
No conocía bien las características de la barca, que era prestada, y eso le sumía en una sensación de inseguridad.
«El depósito tiene sólo 10 lt de capacidad y la barca consume, según me han dicho, unos 2 lt por hora –pensaba inseguro-, así que puedo navegar durante 5 horas. En mar tranquilo, según parece, se pueden hacer unos 10 o 15 Km por hora, lo que me da una autonomía de unos 50 a 75 Km».
Se había informado de que el único lugar donde se podía repostar combustible era en el puerto de Ibiza:
–Sí señor, este es el único sitio en toda Ibiza y Formentera -le había dicho con cierta ironía un empleado del puerto deportivo.
Pensaba que tendría que comprar depósitos adicionales de combustible:
«Con un depósito más de 10 lt tengo una autonomía segura de 100 Km, suficiente para hacer el primer tramo desde San Antonio hasta Ibiza. Reposto en Ibiza y luego tengo por delante un buen trayecto otra vez hasta San Antonio por el camino del Norte, bastante mayor que el primero. Puede que me quede corto de gasolina».
Comenzaban a asaltarle las dudas y no acertaba a resolverlas. Los datos que tenía eran teóricos y las distancias que había estimado sobre el mapa, inciertas. Desconocía hasta que punto un mar en malas condiciones podía dificultar la velocidad de la barca y multiplicar el consumo. Por otro lado no quería cargarse de depósitos de combustible que luego no le servirían para nada. Además la pequeña barca ya iba a ir repleta con todos los bártulos necesarios para acampar, comida para todo el recorrido, etc., ya que su intención era no entrar en contacto con otra cosa que la Naturaleza.
Se iba haciendo a la idea de que tendría que aceptar un cierto grado de incertidumbre y de que era imposible atar todos los cabos.
«Puedo hacer una media diaria de unos 50 Km de navegación, que me llevarán alrededor de 5 horas -continuaba calculando-. El resto del día lo emplearé en hacer grandes descansos, bañarme, bucear, tomar el sol. Además están los innumerables momentos de exploración de los rincones interesantes por donde vaya pasando».
Pensaba dormir en las playas o calas donde le sorprendiera el atardecer:
«Yo creo que con el saco de dormir será suficiente. Confiemos en que la arena esté blanda. En todo caso puedo coger una tumbona de la playa. Lo único malo es que llueva algún día. Tendré que llevar un buen plástico para echarme por encima».
La cuestión de la comida se le presentaba como otro punto delicado, pues debería llevar alimentos que no se deteriorasen con el calor y fuesen lo suficientemente nutritivos.
«Aunque para cuatro o cinco días puedo pasarme con cualquier cosa».Hizo una especie de revoltillo de frutos secos: almendras, avellanas, cacahuetes y uvas pasas. En total 1 Kg que guardó en un tarro de cristal hermético. Incluyó también 4 lt de leche en cartones, un paquete grande de galletas, dos tarros de mermelada de ciruelas y una botella de 5 lt de agua mineral.
Preparó también un sencillo equipo de buceo: gafas y tubo, aletas y un pequeño fusil de gomas. Aunque no era un buen buceador, le gustaba sumergirse para admirar el fondo marino y nadar cerca de los peces. Y si se ponía algún buen ejemplar a tiro…
Como ropa adicional a la que llevaría puesta –bañador y camiseta para protegerse del sol- incluyó sólo un pijama para el fresco de las noches y un jersey por sí acaso. No olvidó meter una gorra, prenda indispensable para estar todo el día bajo el sol.
Organizó todo el equipo en diferentes bolsas de plástico bien cerradas, pues sospechaba que el agua acabaría mojándolo todo: una bolsa para la comida, otra para la ropa, otra para el saco de dormir y otra para las herramientas que había seleccionado cuidadosamente. Podría suceder que el motor se averiase en algún momento o lugar inoportunos y tenía que ir preparado para una reparación sobre la marcha. Previamente había estudiado y desarmado el sencillo motor y estaba en condiciones de hacer frente a cualquier avería que no fuera grave.
Finalmente preparó otra bolsa con las cosas importantes: documentación personal y de la barca, el mapa de la isla, una pequeña radio, una linterna, un reducido botiquín, algún libro, unas gafas de sol y un cuchillo de monte.
LA PARTIDA
Después de un par de días el tiempo se estabilizó y decidió Lucas emprender la salida al día siguiente.
Cargó en el coche la barca y el motor, así como todos los enseres que había preparado, y se dirigió a San Antonio, que era el punto de partida.
Después de buscar durante un buen rato por los alrededores de la ciudad un lugar tranquilo donde montar la barca y hacerse a la mar, tuvo que decidirse por una rampa de embarque del propio puerto. El sitio no le gustaba demasiado por lo concurrido, pero al menos era una buena zona para dejar el coche aparcado hasta la vuelta.
Armó la barca un tanto atropelladamente, intranquilo por si algún empleado del puerto le ponía pegas y tenía que volver a cargar todos los trastos en busca de otro lugar. Después de hinchar todo lo que pudo la neumática con el lento inflador de pie -el rato le pareció interminable-, la deslizó por la rampa hasta que flotó casi completamente, dejando un extremo varado para que no se le escapase. Luego cargó todos los bultos de manera algo precipitada y colocó el motor. Aparcó el coche en un lugar adecuado y se metió en la barca. Era ya mediodía.El motor no arrancó enseguida y el tubo de alimentación de la gasolina se desconectaba. A trancas y barrancas, bastante nervioso, salió del puerto.
Aún no había comido y sentía un molesto dolor de cabeza. Quizás eran los nervios y el atropellamiento de la salida, el temor a haber olvidado algo esencial, o la inseguridad que le estaban produciendo los pequeños fallos de la barca. Sin duda le preocupaban las futuras incomodidades de su pequeña aventura y la amenaza de los mil y un inconvenientes que podían surgir. Percibía claramente la sensación de haberse desconectado del mundo seguro y manejable de tierra firme, y estar internándose en una realidad todavía no construida que él habría de crear, minuto a minuto, en atento contacto con la naturaleza y el azar.
Hacía un sofocante calor y empezaba a sentir las punzadas del hambre. Se consoló con la idea de parar en la primera cala que encontrase. Allí comería algo y ordenaría las cosas que tan apresuradamente había cargado. Iba tenso y no conseguía mantener una buena velocidad. Aún no dominaba la embarcación.
Por fin, después de un breve pero pesado recorrido, divisó la Cala Port d´es Torrent. La playa se veía abarrotada. Se detuvo a la entrada de la cala y echó el ancla. Se quitó toda la ropa y se dejó caer al agua.
–¡Dios mío… por fin! … ¡Por fin! -exclamó en voz alta, aliviado al sentir sobre el cuerpo desnudo el contacto fresco y consistente del agua.
Se sumergía una y otra vez librándose de todo el calor de la bochornosa tarde. Se dejó flotar perezosamente. Era relajante abandonarse, sentirse ligero, sentirse objeto flotante.Se encaramó a la barca y bebió un largo trago del botellón de agua. ¡Cómo había deseado hacerlo desde hacía rato!. Comió algo de fruta que había comprado en el último momento y descansó, contemplando al fondo la gente de la playa.
Ya repuesto decidió seguir camino y aplazar el poner en orden la barca hasta el momento de la acampada.
Después de un breve recorrido divisó una cala redonda, Cala Bassa. Se había hecho tarde sin darse cuenta y se sentía cansado. Se dispuso a acampar y enfiló hacia la cala. Los bañistas se habían ido ya y los encargados de las tumbonas y pedalones estaban recogiendo su negocio, felices de haber acabado la jornada.
Seguía abierto un último bar. El dueño y los jóvenes hijos estaban haciendo limpieza y recogiendo también.. Se acercó y pidió una cerveza. Hablaban entre ellos, en ibicenco, con un sentimiento que le pareció típico, mezcla de plena satisfacción de sí mismos y sorna hacia lo ajeno. La fresca cerveza era un milagro, un lujo que saboreaba con deleite. Se daba cuenta que ya estaba traicionando los propósitos de vida austera que se había fijado y cuya dureza ya empezaba a experimentar.
«Qué pena -pensaba- no poder sintonizar con esta gente, ni entender lo que dicen».
Después de una tarde a solas, pendiente y preocupado con las incidencias del comienzo del viaje, sintió por primera vez la soledad de la aventura que emprendía, y le apetecía el encuentro con lo humano, la comunicación.Se alejó algo del bar. Las gaviotas llegaban planeando sobre la playa y se paseaban erguidas, su blanco pecho al frente, con orgullo, con señorío, como volviendo a tomar posesión de un lugar que les pertenecía y les había sido arrebatado durante todo el día por los bañistas.
Un buceador, con sus gafas y aletas puestas, se mostraba perezoso en abandonar la cala. Era la hora en que los pececillos más confiados se acercan hasta la arena y las rocas próximas. Reinaba el silencio y dentro de él se alzaba únicamente el diálogo de las gaviotas y el ligero y claro rumor del agua en la orilla.
Volvió al bar y pidió un paquete de cigarrillos rubios. Fumó con fruición un par de ellos, uno detrás de otro. Se había propuesto dejar de fumar en este viaje, pero tendría que aplazarlo.
«Un cigarrillo es tan buen compañero cuando se está solo… -se autodisculpó complacido-; es como un instante de paz, de recogimiento y meditación sosegada. Es un momento de conciencia de uno mismo -sentenció».Al fondo veía parte de la bahía de San Antonio y el orgulloso Cap Nonó, cortado a pico sobre el mar. Llegaba, majestuosa, una gran motora azul. Se acercó a la cala y dio la vuelta sin parar, dejando una redonda estela blanca. El sol estaba ya bajo.
Se fue caminando hasta unas rocas en el extremo de la cala y se sentó. Enfrente de él, a la orilla en el centro de la playa, descansaba solitaria la barca cargada con todos los bártulos. Sonaba el agua en los recovecos rocosos del borde de la cala. La piedra aparecía erizada, erosionada por el mar en mil puntas afiladas. Era como si un magma hirviente hubiese solidificado de pronto.
El dueño del bar pasó a un lado de Lucas recogiendo cascos vacíos de botellas.
–Las dejan en cualquier sitio -se quejó el hombre sin levantar la mirada, buscando entre las rocas.Un grupo de gaviotas reía a carcajadas mientras el sol se iba escondiendo tras los pinos que rodean la cala.
El agua, profunda al lado de la agujereada y carcomida roca, conservaba con obstinación su pureza a pesar de los restos que groseramente habían dejado los bañistas: plásticos, botellas flotando…
Inesperadamente, en el último momento, llegó un coche del que bajó afanosa toda una familia: venían con prisas, como queriendo verlo todo en un minuto, y se pasearon por todas partes para no perderse ni una sola de las maravillas de la cala. Finalmente, y como habían llegado, desaparecieron.
Lucas regresó lentamente hacia la barca. Los dueños del bar se estaban marchando también. La chica jovencita le miró con curiosidad al pasar, como queriendo adivinar su aventura.
Ahora, por fin, se había quedado solo con las gaviotas, que volaban lentamente a ras de agua sobre la orilla. Sobre la arena se veían los restos de la invasión diaria: botellas, papeles, infinidad de colilllas. El agua en la orilla seguía pura, también, a pesar de la agresión. Agua original que se imponía al detritus de los invasores.
Toda la playa estaba cubierta de tumbonas azules en filas paralelas al mar, introduciendo unas notas nostálgicas de teatro desierto.
Un grupo de gaviotas se quejaba con insistencia de algún agravio que Lucas trataba de adivinar:
«Deben ser retos y ofensas entre distintas familias» -pensaba mientras escuchaba atento sus diversos gritos-. Unas veces ladraban como perros y otras aullaban.Ahora sí, ahora la cala se había transformado mágicamente en sólo naturaleza. Se había vuelto más pequeña y en el panorama reinaban la lejanía, el espejo del mar, el sonoro y lento batir del agua, … y el grito de la gaviota.
Se dispuso a cenar un poco. Sacó de la bolsa de la comida su maravilloso tarro de frutos secos y un cartón de leche.
–¡Delicioso! -exclamó en voz alta, mientras masticaba satisfecho la mezcla de frutos.
El sabor tostado de las almendras y cacahuetes se dejaba acompañar agradablemente del dulzor blandamente suave de las uvas pasas. La leche devolvía a su paladar una suavidad persistente.
«No hay nada mejor que esto cuando se tiene hambre y sed» -asintió convencido.Estaba oscureciendo. Encendió un cigarrillo y dio un paseo explorando los alrededores para buscar un sitio adecuado donde dormir. Al no encontrar ningún lugar satisfactorio se decidió a dormir sobre una hamaca de la playa. Eligió una entre las muchas que tenía a su disposición, en un lugar recogido, lejos del agua. Sacó de la barca las cosas de dormir y la dejó bien asegurada, con el ancla sujeta en tierra.
«No creo que pase nada -pensó-, el mar está muy tranquilo».Se sentía contento. Era delicioso tener toda la playa como dormitorio, desnudarse y ponerse el pijama, y andar descalzo por la blanda alfombra de la arena. Se metió en el saco, sobre la tumbona. Sólo se oía el roce ligero del agua en la línea de la playa. Enfrente, la luminaria de San Antonio cubría todo el horizonte que permitía ver la cala. Más tenue y lejano, el firmamento envolvía todo el panorama. El firmamento, que a veces se asomaba a su vida en momentos de contemplación como aquel. El mismo firmamento de su niñez, entonces sólo asombro, realidad asombrada, y ahora desafío para su entendimiento, marco de la propia insignificancia, dimensión impensable.
Intentó el mismo ejercicio que había hecho con el mar, sobre la cubierta del barco que le trajo a la isla. Imaginó el sol alejándose de la Tierra, disminuyendo de tamaño en la distancia hasta reducirse a la mitad y luego otra mitad y luego más y más pequeño hasta convertirse en una de aquellas estrellas más próximas y brillantes que veía. Haciendo un gran esfuerzo pudo atisbar la inmensa distancia que había hasta allí. Luego observó las miríadas de pequeñas estrellas, los puntos débiles de luz que poblaban todo el espacio. Sí, aquellas estrellas estaban infinitamente más lejos, infinitamente más separadas de la Tierra. Y luego imaginó que más allá había otras que ya no eran perceptibles. Lo mismo que en el mar, no veía más que una pequeña parte de la extensión del firmamento. Sin embargo en el mar podía imaginar, rememorando los mapas, que esa superficie enorme de agua llegaba hasta otros países conocidos, hasta otros continentes. El inmenso océano del firmamento, por el contrario, no le permitía ese ejercicio mental tranquilizador. Porque ¿dónde estaban los continentes del firmamento, entre qué límites se extendía aquel océano de estrellas? Nadie lo sabía.
Volvió una vez más a sumirse en los imposibles pensamientos de un Universo infinito, sin límites, que no podía ser aceptado por la lógica. Pero es que tampoco podía aceptar un Universo limitado, situado entre aquella oscuridad absoluta, porque ¿hasta donde llegaba la oscuridad? El problema de los límites del Universo se traspasaba ahora a los límites de la oscuridad que lo contenía. La cosa no tenía solución. Recordó vagamente unas lecciones de relatividad en la Universidad: "el Universo es ilimitado pero finito"; algo así como una rosquilla que si la recorres con el dedo nunca se acaba, ni se encuentran sus límites, porque todo vuelve a empezar otra vez. En el caso del Universo la realidad se extendía en una dimensión más que en el caso de la rosquilla: el tiempo.
«Así que transcurrido un cierto, inmenso tiempo, todo volverá a empezar -divagaba Lucas-, y la Tierra volverá a aparecer, y el hombre, y hasta yo mismo podría volver a existir. Quizás yo sea entonces exactamente igual que soy ahora y hasta tenga los mismos pensamientos que ahora estoy teniendo sobre el Universo, aunque yo no lo sabré. O quizás yo soy ahora, exactamente igual que hace millones de milenios fue otro ser humano, en este mismo momento y lugar».
No, no le parecía aquello nada verosímil. Quizás no había entendido bien la teoría de la relatividad. No podía ser que nuestras vidas estuvieran absolutamente predeterminadas y que sólo nos imagináramos poder dirigirlas. Aunque el cosmos repitiera cíclicamente su existencia, las cosas se tenían que desarrollar con mil variantes; la historia no se repetiría sino que se desarrollaría otra de las mil posibilidades latentes en cada momento, en cada encrucijada de la existencia.
Imaginó el origen del Universo, el famoso Big-Bang o explosión inicial que dio lugar a las estrellas, todavía en expansión por el espacio oscuro.
«¿Pero qué espacio? -se interrumpía en sus mismos pensamientos-, si todavía no existía nada. ¿No se va creando el espacio, las dimensiones espaciales y el tiempo, precisamente a partir de aquel momento inicial?».
Luego imaginaba que el Universo iba amortiguando su expansión, que se iba parando, y retrocediendo después, contrayéndose al haber agotado su impulso y ser solicitadas las estrellas por la gravitación hacia el centro del Universo otra vez. Así hasta que se contraía infinitamente en un punto y volvía a explotar iniciando un nuevo movimiento de expansión. Esa idea de un Universo parecido a un corazón palpitando, tranquilizaba un poco su necesidad de respuestas, pero todo aquello no era nada fácil de imaginar y casi imposible de aceptar, tanto como el ingenuo y contradictorio pensamiento de la infinitud. Toda aquella realidad latente del Universo era desmesurada comparada con su pequeña existencia, con su pequeño tamaño y su cortísima vida y, en cualquier caso, seguía siendo incomprensible.
Se le ocurrió pensar que debería existir algo más tangible para captar la realidad del Universo, igual que le había sucedido con el mar, cuando percibió su olor que lo llenaba todo, que inundaba su existencia.
Allí estaba el Universo encima de él, lo veía, imaginaba que era sólo una parte, su orilla, y se resignaba a no plantearse sus dimensiones. Si las distancias imaginadas eran asombrosas, no lo era menos el darse cuenta del inmenso vacío y oscuridad que había entre las estrellas. El Universo flotaba sobre un océano de oscuridad y frío, al que no llegaba el calor de las estrellas tan lejanas. Sólo muy cerca, como el Sol con la Tierra, las estrellas calentaban los planetas, pero el inmenso espacio oscuro y vacío estaba helado.
Empezaba a caer la humedad del mar sobre la playa en la noche cerrada. Sintió un escalofrío. Sí, la noche, la ausencia del sol, dejaba sobre la tierra el frío de los espacios inmensos, el frío de ese Universo que se alzaba en miríadas de estrellas enormemente dispersas sobre la radical oscuridad. Esa era la verdad sensible del Universo, de ese Universo que latía allí mismo, a su lado, en la noche de la Tierra. Era la verdad de las distancias, del vacío, de la oscuridad…., de la nada.
La nada…, la nada latía mezclada con la presencia asombrosa de las miríadas de estrellas. La nada era lo que había entre dos de aquellas estrellas extraordinariamente separadas. La nada era distancia, distancia oscura y fría.
Se dio cuenta que no podía imaginar la nada mas que pensando en las sensaciones que él experimentaría al estar allí, entre aquellas dos estrellas: oscuridad, frío, distancia. Pero la nada en sí era inimaginable, porque precisamente no era nada. Sólo era capaz de imaginar cosas reales, existentes, materiales, y todo aquello en general que podía captar con sus sentidos: luz, calor, sonidos, olores. Todos sus pensamientos se referían a eso, y no eran más que representaciones sensibles de las cosas, que él llamaba quedamente con sus nombres en el interior de la mente.
Su pensamiento estaba hecho para entender su mundo, el mundo en que se desarrollaba su vida. Después de todo no era más que una herramienta para jugar con las cosas en su imaginación, para manejarlas, o para "entenderlas" pensando que estaban sujetas a fuerzas y mecanismos semejantes a los que el hombre experimentaba en su interior. ¿Cómo se podía osar entender el Universo con un tipo de pensamiento tan subjetivo? No, habría que inventar un nuevo pensamiento, otra manera de entender las realidades que se desarrollan más allá de nuestra experiencia directa. El salto a esas dimensiones del pensamiento todavía no se había dado. Y posiblemente esas realidades, lo mismo que el mar y el cielo, fueran muy simples. La dificultad estaba en nosotros, en nuestra manera de pensar, completamente inadecuada a ellas. De momento no había nada que hacer. Sólo contemplar esa inmensa realidad que le contenía, que le trascendía en el tiempo, que nunca vería de otra manera a como ahora la veía, aunque en realidad estaba cambiando lentamente con el tiempo; como tampoco vería cambiar la montaña ni los océanos.
Aquella presencia real le bastaba de momento. La noche era la ventana hacia aquella realidad asombrosa en la que transcurría su vida.Estaba cansado y pensó que era mejor ocuparse de cosas más sencillas y gratificantes, como las emociones que se presentarían al día siguiente. Pensando en ellas, se dejó deslizar lentamente hasta el sueño.
NAVEGANDO
Las gaviotas llegaron temprano a despertar a Lucas. Perezosas todavía en abandonar sus anidamientos, iban llegando poco a poco y tomando posesión de su playa como la noche anterior.
Era una hora incierta. Empezaba a salir el sol. Asomaba su coronilla por encima de la costa lejana. En breves segundos ascendió entero como una enorme bola roja de color sandía. Era un sorprendente disco rojo de sólo color, filtrada la fuerza de su luz por el gris neblinoso del horizonte. Lentamente fue perdiendo su dulce tono sandía y convirtiéndose en fuego. Ya dolía al mirarlo. La luz se hacía en la madrugada.
La noche fue terrible para Lucas. La humedad había caído fuertemente y sintió mucho frío. No consiguió acomodarse ni estar relajado en el espacio abierto de la playa. Sintió como la necesidad de un cobijo, de un agujero donde sentirse seguro y protegido de no sabía que inciertos peligros.
Se levantó. El saco de dormir y la ropa que había dejado al lado estaban completamente mojados.
«Tendré que dejarlo todo al sol un buen rato para que se seque» -pensó aterido.Desayunó leche con galletas y mermelada. Al ir a fumar el -para él- mejor cigarrillo del día, comprobó con desesperación que las cerillas estaban humedecidas y no encendían. Puso unas cuantas al sol y esperó a que se secasen.
Comenzaban a llegar los dueños de las tumbonas. Los del bar llegaron también temprano, muy animados a la labor diaria. Habían puesto una estridente música pop, sin duda para jalearse en la tarea.
Roto el encanto, esperó aún a encender su cigarrillo y colocando sus cosas en la barca abandonó la cala.La costa, ganado altura, se prolongaba formando un amplio entrante. Era un rocoso acantilado semicircular, limpiamente recortado sobre el mar, que sugería una mano ciclópea que hubiese arrancado un trozo de isla con la misma facilidad que uno podía arrancar un pedazo de una torta de pan.
Se dirigió hacia el interior del entrante. El mar arrastraba hacia aquel remanso toda suerte de cosas que quedaban flotando sobre el agua tranquila y completamente transparente.
De pronto, algunos metros delante sobre la superficie del agua, descubrió algo inesperado, algo irreal que lanzaba destellos azules, brillantes como estrellas. Fue como una aparición mágica en aquel paraje saturado de silencio y naturaleza. Ya algo más cerca, observó que se trataba de un resplandeciente balón azul con pequeños círculos blancos que reflejaba toda la intensidad del sol en su superficie mojada. No obstante haber desmitificado el fenómeno, en su interior quedó vibrando por unos momentos la emoción que producen los destellos de la buena fortuna. Y así lo interpretó, como una señal de buenos augurios.A lo lejos, sobre una roca que emergía en medio del agua, un ave desconocida para Lucas estiraba su largo cuello. Se acercó lentamente, con sigilo. Había otra dentro del agua, asomando medio cuello y mirándole. La de la roca empezó a patear, bamboleándose como un pingüino pero con movimientos más gráciles. Tenía amplias membranas natatorias en las patas.
–¡Vaya, hombre, ya me van a estropear la mañana! -interpretó Lucas que quería expresar.
«Deben ser cormoranes o algo así -pensó-. Están en su dominio, en su casa, y de pronto llega un intruso a pasearse por delante de sus narices y a interrumpir su desayuno».
Finalmente el ave se lanzó al agua y desapareció. Lucas se acercó para verlas salir otra vez. O incluso verlas bucear por debajo de la barca. Paró el motor y escrutó el fondo. No se veía nada. Miró hacia atrás y distinguió a lo lejos los largos cuellos, ya familiares, que se alzaban sobre el agua y le observaban.Decidió dejarlas en paz y continuar su camino. Al ir a poner el motor en marcha otra vez, no le arrancó. Hizo varios intentos y no respondía. Automáticamente desfilaron por su pensamiento todas las posibilidades de actuación que tenía en el caso de que la avería fuese seria. No podía desembarcar a causa del amplio acantilado que le rodeaba. Tendría que ir remando hasta Cala Bassa y no sabía si los débiles remos de maniobra de la barca aguantarían el trayecto. Una vez allí, tendría que dejar la barca con todas sus cosas abandonada en la playa concurrida de gente y buscar a alguien que le quisiera llevar a San Antonio. Lo más probable es que tuviera que esperar al barco de la tarde que recoge a los bañistas que dejó por la mañana. Desde San Antonio volvería con el coche y recogería la barca.
En unos instantes vio claramente que trampas como esta y peores le podían suceder en cualquier momento. Quitó la tapa del motor y se dispuso a examinar la avería. Todo estaba bien en apariencia. Volvió a intentar ponerlo en marcha tirando con fuerza de la cuerda de arranque. El motor respondió débilmente y se mantuvo en marcha.
«Posiblemente se ha inundado el carburador» -pensó a la vez que recuperaba la fe en su motor. Empezaba a sentir cuánto dependía de él y a experimentar un cierto cariño por la máquina.Salió de aquel lugar y navegó al lado de una impresionante cortada. Los estratos descarnados, huecos entre sí, ofrecían un maravilloso refugio para las aves. Una gran familia de palomas tenía allí su hábitat.
«Con una escopeta y una caña podría sobrevivir estupendamente en este lugar» -se dijo Lucas.Más adelante eran las gaviotas las que habitaban la cortada pared. Al pasar a su lado le miraban sorprendidas e incómodas al ver a alguien tan cerca de sus dominios. Seguía teniendo la sensación de ser un intruso que interrumpía la vida natural de aquellos parajes.
El acantilado seguía ofreciendo un aspecto grandioso: magnificencia de la roca magmática, retorcida, derretida, a veces explotando en cascadas de fuegos artificiales. Continuaba un ameno paisaje de cuevas sobre el agua, algunas de grandes dimensiones y llenas de rocas, procedentes sin duda de su formación por derrumbamiento.
Abstraído en su exploración del acantilado, se vio repentinamente sorprendido por un enjambre de pececillos saltando por delante de la barca. Era un auténtico chisporroteo de alevines botando una y otra vez, como esas piedras planas que se lanzan sobre el agua. Parecían brillantes salpicaduras de agua desprendidas de la cresta de una ola por el viento. Nunca había visto nada semejante y se quedó sorprendido y admirado.
Se detuvo un rato al borde de las rocas de la orilla para hacer un pequeño almuerzo a base de su único y completo manjar de frutos secos. Por unos momentos le volvió a invadir el sentimiento de soledad. Soledad como desvalimiento ante el mar, ante los riegos, confiando únicamente en su barca, en su motor, y en su propia habilidad para sortearlos.
Continuó navegando lentamente. Desde hacía rato venía divisando a lo lejos, sobre un saliente rocoso, una mancha blanca con forma de gaviota en vuelo. No conseguía imaginar qué pudiera ser. Tenía el mismo aspecto que los restos de nieve que quedan en las montañas al comienzo de la primavera.
Ya más cerca descubrió el enigma: era un agujero en la roca. Le llamó "El Espíritu de la Gaviota". Alrededor había varias gaviotas posadas, y se entretuvo en pensar que, lo mismo que él, se sentían atraídas desde lejos por el "espíritu" y venían a hacerle compañía.Rodeó el saliente rocoso y divisó, muy cerca, una magnífica gruta. Se internó en ella con suma precaución, el motor en ralentí. Tenía algunos metros de profundidad y el pasar desde la radiante luz exterior hasta el ambiente tenue de la cueva le costó unos segundos de adaptación. Pronto se invirtió el equilibrio de luces y veía perfectamente dentro, mientras que el exterior, enmarcado por la boca de la gruta, se percibía con cegadora luz blanca. Reinaba un ambiente fresco y había una pequeña y deliciosa playa al fondo.
–Maravillosa casa del mar para una sirena - susurró Lucas embelesado.
Absorto como estaba en el encanto misterioso del lugar, no se percató de lo cerca que estaban las rocas del fondo y la hélice tropezó con ellas ligeramente. Afortunadamente no hubo consecuencias. Por una vez más la suerte le era favorable.Se encontraba ya casi enfrente de la isla Bosque y un poco más allá estaba la Conejera. No pudo resistir el impulso de escaparse hasta ellas.
DESNUDOS
El mar estaba bastante calmado. Sólo temblaban pequeñas puntas de agua levantadas por la brisa. Por primera vez desde su salida puso la barca en velocidad. Avanzaba bien, pero no conseguía hacerla planear debido al rizado del mar. La proa se levantaba por el empuje del motor pero la barca no despegaba del agua. El puño del acelerador estaba muy duro y mantenerlo en posición le producía un molesto cansancio en la muñeca.
En el extremo del islote se veía un curioso peñasco erosionado, de estructura hojaldrada, con esa configuración característica de los motores de motocicleta y que componía una curiosa figura con reminiscencias humanas.
Desde allí, y de un salto largo, se puso en la Conejera. El perímetro del islote era grande y estaba ya algo cansado, así que puso rumbo hacia la costa otra vez.
Navegaba distraído, pensando que se iba a dar un buen baño y a descansar largo rato en el primer sitio agradable que encontrara, cuando a alguna distancia delante de él observó algo que le llamó la atención. Miró atentamente sacudiendo la cabeza, porque creía estar viendo alguna alucinación producida por el sol y el cansancio de muchas horas en el mar. Un pez alargado, de mediano tamaño, había surgido del agua y dado un buen salto a varios palmos sobre la superficie, y cuando parecía que debía volver a sumergirse, continuó extrañamente desplazándose por el aire, paralelo al agua, durante bastantes metros. Algo en sus costados giraba como una hélice. Finalmente se volvió a sumergir. Aunque las palabras "pez volador" vinieron a su mente enseguida, Lucas no salía de su asombro y le quedaba la duda de que tales peces existiesen. Se propuso averiguarlo al terminar el viaje.
Pasó despacio por delante de Cala Conta. La belleza del lugar era grande. Un inmenso arenal cubría todo el fondo y producía en las transparentes aguas un bellísimo y resplandeciente color esmeralda claro.
Era tanto el encanto del paraje que la apretada muchedumbre de bañistas que lo poblaba no conseguía anularlo del todo. Multitud de colchonetas hinchables de liviano plástico, todas del mismo color brillante, se veían dispuestas ordenadamente sobre la arena. Otras iguales eran utilizadas como flotador y se veían dispersas sobre la superficie del agua, introduciendo en el panorama unas notas homogéneas de color que no acababan de desentonar, quizás por su intensidad, con el maravilloso verde dominante de las aguas. Sin embargo convertían aquel paraje de intensa naturaleza en una especie de bonito mar-piscina.Muy cerca divisó una pequeña y deliciosa cala ocupada por nudistas. Era un lugar completamente natural, muy hermoso, protegido por las altas paredes de roca arenisca caprichosamente erosionada. El agua adquiría bellas y transparentes coloraciones debido a variedad del fondo. Una breve playa de limpias arenas completaba el encanto del remanso.
Los desnudos y cobrizos cuerpos de aquella gente igualaban en color a la dorada roca, destacando sólo por sus redondos y contorneados perfiles de la superficie irregular y arisca de las paredes.Detuvo la barca a la entrada de la cala y arrojó el ancla al agua, dispuesto a tomarse un merecido descanso.
Se desnudó completamente y se tumbó a lo ancho de la barca, sacando las piernas por un costado y apoyando la cabeza en el otro. El tubular costado era una buena almohada y la postura le permitía contemplar cómodamente la playa y la gente enfrente de él.
«La gente desnuda no estropea en absoluto el paisaje -consideraba Lucas-. Armoniza con él; creo que incluso lo realza, lo hace habitable, deseable; aunque sin duda le quita algo de misterio».
Se dedicó a observar lo que hacía la gente: unos se entretenían haciendo cualquier cosa, esas pequeñas cosas que se hacen cuando no se tiene nada que hacer, como mirar absorto el agua de la orilla, buscar por la arena un pequeño guijarro de forma especial, coger un puñado de arena y dejarlo desgranarse lentamente sobre las rodillas. Otros se aletargaban al sol o leían con indiferencia cualquier libro, o hablaban indolentes de cualquier cosa sin importancia. Lo principal parecía ser acoger sobre la propia desnudez el sol, la brisa, el mar, la presencia humana desnuda hasta hacerla un hecho natural, cotidiano, disfrutable. El cuerpo desnudo dejaba de ser un instrumento de placer para convertirse en un instrumento de vida.El lugar parecía delicioso para bucear, así que se puso gafas y aletas y se lanzó al agua. En el fondo alternaban el arenal, rocas y campos de algas. Se alejó un poco siguiendo la rocosa orilla. Una nube de diminutos pececillos flotaba estática a escasa distancia de la superficie. Colocados todos en la misma posición le miraban a la vez con sus ojillos redondos. Sus cuerpecillos transparentes dejaban ver el brillante y fosforescente espinazo. Se movían a la par, en formación, como si se tratase de un único ser disperso. Lucas se aproximó despacio, introduciéndose en el enjambre. Se apartaban dejándole pasar sin asustarse demasiado.
Más adentro encontró otro pequeño banco de pececillos negros, más grandes y panzudos y también más asustadizos, que flotaban perezosos pero muy atentos.
Cruzó por delante de la cala para explorar la otra orilla y al girar sobre un saliente rocoso vio con asombro, por primera vez en su vida, una familia de pequeños peces con el hocico prolongado en forma de aguja.
«Deben ser crías de pez espada» -pensaba mientras les seguía en su ágil desplazamiento.
No se mostraban excesivamente recelosos. Pronto los perdió de vista y siguió explorando las grietas rocosas de la orilla. Inesperadamente notó que se aproximaba un pez de considerable tamaño. Era alargado y se acercaba decidido, curioso. Más que su tamaño, su atrevimiento despertó en Lucas una repentina y contenida inquietud. El pez se paró a pocos palmos de él y se le quedó mirando de frente, con descaro, durante unos instantes. Luego se volvió lentamente y se fue hacia el interior del mar. Lucas permaneció inmóvil durante un rato, mirando en la dirección por donde se había ido, algo atónito y a la vez admirado del acontecimiento.Regresó a la barca, emocionado por su primera incursión subacuática y decidido a seguir explorando los fondos de la zona, que parecía prometer nuevas emociones y descubrimientos. Lo que más sentía era no conocer en absoluto los tipos de peces que veía. Eso le hacía sentirse forastero, extraño al ambiente del mar, vergonzosamente ignorante.
Reemprendió la marcha lentamente mientras la imaginación se le escapaba a su tierra, a su río. Se acordaba de tantas tardes de su infancia pescando a orillas del ancho caudal; de aquellos sí que familiares peces de río que coleteaban enérgicos al ser sacados del agua: barbos, tencas, carpas. Siempre le venía a la memoria, enmarcada en una colorida y mágica emoción, aquella escena de la roja y enorme carpa real que se dignó engancharse a su anzuelo y rompió la infantil caña, pero que el solo consiguió sacar del agua luchando con el sedal. Río, arboleda, remanso, corriente, remolino. Sí, aquellas eran palabras sólidas, cargadas de contenido real para él, de experiencias vividas. Palabras que decía con propiedad. Nombres alrededor de los cuales bailaban infinidad de sensaciones, de matices, de sucesos.
Sin embargo, mar, playa, fondo marino, isla, eran palabras cargadas de fantasía, de anhelos. Nombres alrededor de los cuales latían deseos, ilusiones, espíritu, utopía.Divisó una pequeña cala totalmente rocosa y abrupta y se internó en el remanso de transparentes aguas. Ancló la barca cerca de la orilla y volvió a sumergirse.
El fondo, muy variado, se prolongaba hacia el interior del mar en un blanquísimo arenal. La radiante luz y la transparencia de las aguas permitían ver un gran espacio alrededor. Nadó en superficie hacia el interior y se sumergió otra vez. En el centro del inmenso arenal un único grupo de rocas blanquecinas que emergía de las inmaculadas arenas componía un paisaje de increíble belleza. Arriba se veía el resplandeciente espejo de la superficie. Era tan sutil el ambiente acuático, tan iluminado, que parecía una especie de atmósfera, solamente un poco más densa que la de arriba, y deliciosamente habitable. Por primera vez Lucas se dio cuenta de lo que debía experimentar un pez viviendo en su medio. Se sentía pez, deslizándose suavemente alrededor del montón de rocas y mirando en todas las direcciones del ilimitado arenal.Antes de volver a la superficie había creído ver a lo lejos un gran banco de peces. Nadó hacia el lugar y se sumergió de nuevo. En efecto, había gran cantidad de peces de considerable tamaño que formaban grupos de diferentes especies. Los mayores tenían unas rayas verdosas longitudinales y había algunos ejemplares realmente grandes. Otros, más panzudos y claros, presentaban una brillante mancha negra en el comienzo de la cola. Observó con asombro que al notar su presencia se volvían hacia él y se acercaban decididos. Experimentó de nuevo una repentina reacción de temor ante las desconocidas reacciones de los peces y se alejó nadando. Miró hacia atrás al cabo de unos instantes y observó estupefacto que toda la multitud de peces le seguía. Preso de una incontrolada inquietud ascendió y nadó precipitadamente hacia la barca, a la que se subió de un salto.
Armó el pequeño fusil de gomas y sintiéndose ya más seguro y tranquilo, pensó que había llegado el momento de pescar una buena pieza. Se lanzó al agua de nuevo pero ya no se veían los peces. Merodeaba en su busca cuando vio sobre las rocas de la orilla una hermosa mujer desnuda que, erguida, le observaba fijamente. Tenía una larga cabellera negra y parecía de mediana edad.
–¡No, no! …¡No aquí fusil! …¡Prohibido! -creyó Lucas que le gritaba en un típico y extranjerizado castellano.
Advirtió que en un lugar próximo, entre las rocas, había otras dos personas sentadas que observaban atentas.
–¡No pasa nada! …¡No hay ningún peligro, ya tengo cuidado! -contestó Lucas pensando que no les gustaba ver a alguien disparando en su zona de baño.
–¡No dispara peces! …¡Prohibido en Mediterráneo! …¡No disparar! -seguía diciendo absurdamente la mujer.
Ya algo irritado, le hizo Lucas un gesto de desdeñosa despedida y siguió nadando fusil en mano.
«Estos jodidos extranjeros, que vienen a un país que no es el suyo y se permiten decirle a uno lo que tiene que hacer. ¡No te fastidia!» -mascullaba alterado para sus adentros, mientras continuaba buscando los peces.
Observó que la mujer se acercaba nadando. Llegó a su lado. En su cara había un gesto de súplica:
–No matar peces, por favor. Venimos aquí todos los años. Nos gusta ver. Nos gusta estén aquí… Le ruego no disparar… Por favor.
Tenía una mirada hermosa, cargada de confiada intimidad. Estaba algo excitada. Lucas se sintió conmovido por sus palabras, por su desnuda proximidad:
–Bueno, bueno, no se preocupe… no se preocupe que no les dispararé.
–Gracias… ¡Adiós! -contestó la mujer más tranquila y se volvió nadando.Lucas volvió lentamente hacia la barca y algo contrariado, a pesar de todo, dejó su fusil.
«Deben ser ecologistas fanáticos o algo así» - pensaba.
Y de pronto se le vino a la mente la idea de que quizás le echaban comida a los peces y así habían conseguido que hubiese tantos por aquel lugar. Pensó que incluso les daban comida dentro del agua y nadaban entre ellos. Eso explicaba la persecución de que había sido objeto. Los peces, al ver a alguien, se acercaban a recibir su diaria ración. Ahora lo veía todo claro.
Dispuesto a comprobar su teoría se fue nadando en busca de la manada de peces. Al pasar a la altura de los "ecologistas" le saludaron simpáticamente con el pulgar hacia arriba, viendo que ya no llevaba fusil. Divisó a los peces no muy lejos de la orilla. Al verle se acercaron confiados otra vez, evolucionando lentamente a su alrededor. Nadó despacio hacia el interior, hacia el grupo de rocas en el blanco arenal, y los peces le seguían dócilmente. Se sumergió y nadó entre ellos. Les observaba de cerca, alargaba la mano para tocarlos y ellos se apartaban despacio sin asustarse.Ajeno al tiempo pasó largo rato buceando en compañía de los peces. Aquella escena submarina era idílica: el color blanco de las rocas y el arenal, los lentos movimientos de los peces alrededor de las rocas, y envolviéndolo todo el tenue color turquesa del agua que se hacía profundo a lo lejos. Sí, aquello era realmente un mundo, un mundo para vivir, un mundo para ser pez.
Volvió lentamente hacia la barca. Desde la orilla lejana, los "ecologistas" le saludaron otra vez con las manos.
TURISMO
Navegaba siguiendo la agreste costa. El mar estaba tranquilo y el motor funcionaba regularmente. No había vuelto a tener contratiempos. A lo lejos se divisaba un gran saliente de roca delante del cual se formaba un tranquilo remanso. Estaba horadado por una gigantesca gruta que atravesaba la roca de lado a lado. El lugar parecía impresionante. Al acercarse contempló con indignación que habían construido embarcaderos y casetas de cemento para barcas, taponando la mitad del hueco.
«Y estos, que son de la isla, van y estropean uno de los rincones más espectaculares. Y lo peor es que las autoridades se lo permiten» -masculló profundamente irritado.
Dio la vuelta a la roca para ver la otra boca de la gruta. Había una deliciosa y escondida calita de quietas aguas. Trató de imaginar el lugar sin las horribles construcciones y le pareció bellísimo.
«Tenían que obligar a derruir las malditas casetas y limpiar el lugar -dictaminó-. Dejarlo al natural, como alguna vez habrá estado hace tiempo».
Sin conseguir olvidar su irritación por lo que le parecía una pérdida irreparable, quizás durante muchos años, abandonó el lugar.Se divisaba a lo lejos, sobre el acantilado, una zona bastante urbanizada. Estaba ya cerca de las calas más concurridas de la isla. Llegó a una pequeña cala bordeada de un acantilado de mediana altura. Una impresionante y profunda gruta se formaba bajo los bien dibujados estratos de la roca. Sobre el acantilado, justo encima de la gruta, una blanca urbanización se asomaba al mar. Sólo uno de los delgados estratos rocosos la separaba del techo de la gruta. En el fondo de la cueva se divisaba una estrecha escalera excavada en la roca que se internaba en un angosto túnel, que sin duda conducía a lo alto de la urbanización.
Más adelante, y abarrotada de gente, se veía Cala Tarida. Miles de personas hormigueaban por la playa y por el agua. Justo antes de llegar descubrió una breve calita de blanca arena, completamente vacía. Era un lugar escondido entre peladas rocas, cerrado al fondo por una abrupta pendiente. Era prácticamente inaccesible desde tierra. Una arena deliciosamente limpia llenaba todo el hueco.
Ancló la barca a un lado, cerca de las rocas, y llegó nadando hasta la orilla. Todo el fondo de la cala, de poca profundidad, era de arena blanca y el agua adquiría una transparencia y delicadeza únicas. La invitación al baño y al juego con el agua era irresistible. Nadó suavemente para no perturbar la quietud y transparencia de las aguas, mirando el brillante fondo iluminado por el sol. Giraba, se sumergía lentamente, se daba la vuelta en el agua, y sentía una especie de tranquila ansiedad al no poder absorber, devorar, toda la belleza y sensualidad de aquel remanso. Era el ideal de una playa privada.
Finalmente se tumbó al sol, entre la arena y el agua, intentando aletargarse.
Al poco rato se dio cuenta de que llegaba nadando una pareja joven, sin duda desde Cala Tarida, pensó. Salieron del agua sonrientes. Venían desnudos y se sentaron en la orilla, contemplando el agua y riendo. Después se fueron hacia el centro de la playita y se tumbaron satisfechos al sol. Lucas se desperezó e intentó subir por la inclinada pendiente del fondo para conseguir una vista panorámica de Cala Tarida.
Después de un penoso ascenso consiguió llegar a lo alto. Se quedó sorprendido del panorama que ofrecía la calita allá abajo. El color blanco transparente del agua llegaba hasta la mitad de la cala e iba coloreándose muy lentamente, pasando por delicadas tonalidades intermedias, hasta un esmeralda brillante que se extendía ya por todo el mar en las proximidades de la cala. A un lado, algo alejada de la orilla, la barca flotaba solitaria y empequeñecida, proyectando su sombra sobre el fondo blanco. En el centro de la playa la diminuta pareja estiraba, inmóvil, sus tostados cuerpos al sol, en los que destacaban de lejos los puntos negros del pubis.A la izquierda se divisaba en toda su longitud la magnífica Cala Tarida. A pesar de las multitudes que punteaban sus orillas, conservaba todo su esplendor y la riqueza de colorido de sus aguas. Toda la zona se veía muy urbanizada.
–Veremos cuanto dura esta maravilla -murmuró pesimista Lucas.Devolvió su admirada atención a la calita y convencido de no encontrar un rincón más bello en toda la isla inició el descenso. Una vez abajo se volvió a deleitar nadando entre las límpidas aguas. Se quitó el bañador y lo dejó sobre la barca. Tenía la sensación de estar nadando en una gigantesca bañera blanca, y se sumergía una y otra vez jugando con el agua y la arena del fondo.
Con sentimiento reanudó su marcha. Pasó, sin detenerse ya, por delante de Cala Tarida, Cala Molí, Cala Vadella, todas ellas abarrotadas y nada atractivas para Lucas. Sin embargo, al pasar por Cala D´Hort no pudo resistir la tentación de parar un rato a contemplar la impresionante belleza de Es Vedrá, el peñón rodeado de misterio, el gigante.
Además recordó que seguía con la ropa húmeda de la noche anterior y ya era hora de ponerla a secar.
Llevó la barca hasta la orilla, a un extremo de la playa, huyendo de la muchedumbre que la abarrotaba. Un multicolor grupo de extranjeros se arremolinaba alrededor de un típico animador turístico de viaje organizado. Era un sujeto vocinglero subido encima de una roca que hacía jocosos comentarios que la gente aplaudía y coreaba. Dirigía una especie de concurso de habilidades. Entre otras cosas, los voluntarios tenían que darse una carrera por la playa y el primero en llegar besaba a una chica.
–Esta gente es subnormal. Venir a un lugar tan hermoso como este a hacer estas chorradas… -murmuraba Lucas con hastío.Estaba cansado; no había dormido bien y el día había estado lleno de emociones y actividad. Se tumbó y descansó un buen rato esperando a que la ropa se secara.
Finalmente decidió que había llegado el momento de buscar un buen lugar para pasar la noche, y recogiendo la ropa ya seca se embarcó otra vez.
Se acercaba más y más al gigante. Descubrió una pequeña playa de chinarro, justo enfrente de él, completamente desierta y sembrada de algas secas. Le parecía un lugar perfecto. Aseguró bien la barca en la orilla, atando el cabo del ancla a una roca de la playa.
Se disponía a pasar tranquilamente las últimas horas del día contemplando el peñón, que desde allí le parecía un monstruo antediluviano de erizado espinazo.
«Mañana me acercaré a él y trataré de descubrir su misterio» -planeaba entusiasmado.
Se sentía bien en aquel lugar solitario, totalmente protegido, entre el mar y un impresionante acantilado de verticales paredes. Aquel sí era un buen refugio, perfectamente controlado. Recordó la sensación de inseguridad de la noche pasada en la playa abierta de Cala Bassa. Se dio cuenta de que la incierta incomodidad, la dificultad de conciliar un sueño profundo, se la producía el sentirse vulnerable ante un hipotético ataque de persona o animal.
Ahora era diferente, no existía esa posibilidad y se sentía confiado y feliz.Paseó por la playa observándolo todo: la imponente pared del acantilado, la orilla del agua, el cercano gigante emergiendo del quieto mar del atardecer. Se sentía dueño de aquel rincón, como aquellas gaviotas que había visto durante el día señoreando en sus asentamientos.
El sol estaba a ya próximo a ocultarse y se repitió, en sentido inverso, la grandiosa ceremonia de la madrugada: con tranquila diligencia, convertido en un prodigioso disco color sandía, el astro se fue escondiendo tras la línea del mar por un lado de Es Vedrá.
Lucas reflexionaba sobre la manera de evitar la humedad que la noche anterior le había empapado. Con unas cañas que encontró en la playa y el plástico que había incluido en el equipaje construyó una pequeña tienda de campaña, sujetando los bordes con grandes cantos. Dejó abiertos los extremos para que circulara bien el aire y se introdujo dentro con el saco de dormir enfundado. Cabía justo, pero se encontraba bien. El sueño le sorprendió enseguida.
LAS SALINAS
La difusa luz que llegaba hasta la playa, oculta del sol naciente por el alto acantilado, le despertó suavemente. Dejó transcurrir la madrugada entregado a un delicioso adormecimiento.
El invento de la tienda había funcionado y no sintió frío ni humedad. Había dormido bien y se encontraba recuperado y feliz. Tomó su habitual desayuno, saciándose de largos tragos de leche fresca, anegando esa sed amortiguada pero profunda acumulada el día anterior.
–Esto de la leche es ya un vicio -respiraba satisfecho-. Es lo mejor para quitar la sed. Creo que podría vivir sólo de leche.Recogió sus cosas con diligencia; desamarró la barca y la deslizó hasta el mar. El agua estaba fresca. Es Vedrá le esperaba iluminado por el sol todavía bajo, alzándose majestuoso, centrando todo el panorama en su ineludible presencia.
Pronto estuvo cerca del coloso. La imponente mole le acogió por su cara Este, la más accesible, formada por una fuerte pendiente de matorral de la que emergía, a media altura, la roca pelada del picacho. Había leído que desde la cima se puede divisar, en días claros, la costa de Valencia. Girando hacia la cara Norte la mole se convertía ya en pura roca, cayendo a pico sobre las profundas y oscuras aguas. No pudo resistir la tentación de acercarse hasta el mismo paredón.
Según se iba acercando lentamente le invadía una sensación de sobrecogimiento, de temor contenido, de profunda soledad. La pared, que se veía completamente lisa y sin ningún tipo de agarradero, se hundía hasta profundidades ignoradas. Por encima de su cabeza, que forzó hacia atrás hasta el dolor, gravitaba la inmensa mole, elevándose hasta una altura que ni la vista ni la imaginación controlaban ya. A su lado el agua, oscura de profundidad, se mecía lentamente contra la lisa pared como una gran balsa de aceite, empujando a la barca contra la roca.
Se alejó instintivamente de la pared. Ahora ya divisaba toda la extensión de la mole. En lo alto, en medio de la roca, una enorme caverna de paredes ennegrecidas, como una gigantesca boca, esbozaba una sonrisa monstruosa. Continuó girando alrededor del islote.
De nuevo le sorprendieron, inesperadamente, los juguetones pececillos saltarines salpicando por delante de la barca. La cara Sur ofrecía otra vez el impresionante espectáculo de la roca emergiendo del agua como un inmenso iceberg. Se le ocurrió pensar que la manera de perder el respeto a aquel gigante pétreo, era contemplarlo tranquilamente e imaginar una posible línea de escalada.
Detuvo la barca y se puso a analizar todas las grietas, salientes y recovecos del paredón. Se imaginó trepando por la piedra, descansando en los huecos y repisas que se veían a distintas alturas. Acabó por conocerlo completamente, por hacerlo suyo. Sintiéndose amigo de la roca se despidió de Es Vedrá y puso rumbo al Sur.Pasó por delante de Cabo Llentrisca, desde donde se divisaba la amplia bahía de Es Cubells. El paraje, lleno de tranquilo encanto, parecía un remanso inmenso que pronto despertó en el ánimo de Lucas un profundo y gozoso sosiego. Las aguas, de un verde oscuro totalmente transparente, dejaban ver el fondo de mediana profundidad completamente cubierto de algas. La bahía se veía salpicada de solitarias playitas inaccesibles por tierra, visitadas únicamente por pescadores.
En las pequeñas calas había redes tendidas que casi las cerraban por completo. Otra vez más, no pudo resistir la tentación de acercarse al rosario de corcheras flotantes que marcaban el tendido de la red, que descendía en las aguas transparentes hasta lo profundo. Imaginó allí abajo hermosos peces prendidos en la traicionera malla. Sólo en el último momento se le cortó el impulso de sumergirse. Un confuso y absurdo temor a quedar él mismo atrapado en las profundidades le impedía descender.Continuó navegando en ralentí. El brazo del acelerador estaba un poco rígido, posiblemente de la sal. Fijó un rumbo, apretando no obstante la mariposa de la dirección, y se puso en pié sobre la barca. Se deslizaba muy despacio por el cristal puro de las aguas de la bahía. Era tal la quietud que se veían nítidamente los fondos como si estuviese sumergido. Experimentaba la sensación de estar suspendido en el vacío, apoyado únicamente en la sutil película luminosa de la superficie.
Más adelante detuvo la barca enfrente de la única playa ocupada por unos pocos bañistas. Se tumbó de través en la barca, en su cómoda postura de tomar el sol. No muy lejos flotaba, solitario, un colchón de playa. Sobre él creyó distinguir un extraño ser con más de dos piernas. Observó que se trataba de una pareja. Iban desnudos, acoplados sexualmente con placidez, abandonados, ajenos al mundo, atentos sólo al ligero balanceo del agua y a sus propias sensaciones; dejándose ir lentamente a la deriva.
Pensó que en aquellas aguas tranquilas era el momento de poner a prueba la velocidad de la barca. Se sentó sobre el tablero del suelo, bien adelante para equilibrar el empuje del motor que tendería a levantar de proa la embarcación. Giró a tope el acelerador. La barca se levantó enseguida y poco a poco se volvió a posar deslizando con ligereza sobre las planas aguas. Estaba planeando a toda velocidad por la llanura acuática de Es Cubells.
Era una sensación de libertad maravillosa, un puro gozo. La pequeña barca volaba libre de trabas, culebreando ágilmente a voluntad de Lucas y dejando una amplia estela blanca hacia atrás.Pasó por delante de Punta Purroig y después se detuvo ante Punta Jondal. Desde esa posición se veía la larguísima Playa Codolá, que cerraba al mar las Salinas. Se acercó con la barca al prolongado dedo rocoso que se adentraba en el mar, y anclando la barca se acercó nadando hasta la baja roca de la orilla.
Había leído que en esa zona, especialmente en el pequeño promontorio de Sa Caleta, un poco más adelante, fue donde desembarcaron y se instalaron por primera vez los Fenicios que poblaron inicialmente la isla.
Ascendió un poco por la roca para conseguir ver alguna panorámica de las Salinas. Allí estaban, extendiéndose ampliamente desde el mar hacia el interior, separadas del mar por el estrecho cordón de Playa Codolá. Aquella gran llanura acuática cuadriculada producía una plácida sensación. Pensó que en aquellos siglos históricos, la presencia de las cercanas salinas naturales es lo que había decantado el emplazamiento de los Fenicios en aquel lugar, desde el que veían y vigilaban el preciado bien de la sal.
Vio algunos trozos de cerámica blanquecina por el lugar y se entretuvo en imaginar que eran restos de vasijas de aquellas gentes allí establecidas.Continuó navegando indolente, a alguna distancia de la inacabable Es Codolá. Era una playa de grueso chinarro, completamente desierta.
Descubrió que podía tumbarse en su ya bien conocida postura de través, navegando despreocupado, mirando a la costa. De vez en cuando volvía la cabeza a la derecha y comprobando que no había obstáculos, seguía navegando en su letárgica postura. Aprovechó la monotonía del trayecto para tomar un bocado sobre la marcha. Al cabo de un rato que se le hizo eterno, pasó por delante de Punta Roma y divisó la conocida playa de las Salinas.La magnífica playa, que se asomaba al mar desde un espeso bosque de pinos, se veía abarrotada. Destacaba en la distancia el denso grupo de mástiles de las embarcaciones ligeras que descansaban sobre la arena. Varios chiringuitos, muy bien construidos, condensaban a su alrededor, más todavía, a los bañistas.
El agua mostraba una extraordinaria variedad de colorido, predominando, cerca de la orilla, un esmeralda claro intensamente brillante. Dos soberbios galeones, bien conservados, flotaban sobre las hermosas aguas. Hacia el final la playa se veía más despejada de gente y hacia allí se dirigió Lucas navegando cerca de la orilla. El vestuario de baño de las personas iba experimentando una curiosa y progresiva evolución, desde el bañador más conservador hasta el desnudo integral en el extremo de la playa.Durante todo el día no se había cruzado con nadie y le apetecía mezclarse por un rato con la gente. Ancló la barca lo más cerca que pudo de la orilla pero a una distancia prudente de las personas que se bañaban. Se desnudó también para estar en consonancia con la zona, y con la toalla alzada en una mano se acercó a la orilla nadando al estilo indio.
Se tumbó en la arena y se dedicó a observar a la gente. Había tipos muy curiosos y muy variados. Estaban los apasionados del sol, yaciendo inmóviles, en postura desparramada, sus cuerpos de bronce oscuro ajenos a los demás. Estaban también los que se exhiben, siempre moviéndose de aquí para allá con cualquier pretexto, andando pausadamente, demorándose, mostrando con deleitosa naturalidad sus bellos y contorneados cuerpos. Observó que ambas especies se daban por igual entre hombres y mujeres. Otra especie, a la que pertenecían exclusivamente hombres, era la de los mirones, inquietos permanentes en su sitio estratégicamente elegido, siempre a la caza de algo morboso y excitante. Otra variedad bastante frecuente era la de los paseadores de orilla. Desfilaban a lo largo de toda la playa, observando y dejándose observar.
Comprobó que de vez en cuando se producía un fenómeno curioso entre la gente. Era como si se pusieran de acuerdo en el momento de bañarse. El agua, que había estado vacía durante un buen rato, se llenaba en pocos instantes de bañista contentos y juguetones. Una pareja de rubios extranjeros permanecía en el agua tiernamente abrazada. Él tenía una expresión de bobalicona satisfacción. Ella, los ojos cerrados, mantenía la boca entreabierta en un gesto de placer. Lucas pensó que estaban acoplados dentro del agua. Los demás bañistas pasaban a su lado sin hacerles demasiado caso.Observó que algunas personas iban caminando más allá del extremo de la playa, por un sendero que continuaba a lo largo del borde rocoso de la costa. Se encaminó hacia allá. Era agradable pasear completamente desnudo y descalzo, sintiéndose integrado plenamente en la naturaleza, como si fuera un hombre prehistórico. La roca se abría, de cuando en cuando, en pequeñas calitas, alguna de ellas formada artificialmente por extracciones de piedra. Entonces recordó haber leído que los romanos sacaban de allí los bloques de piedra para sus edificios. El hueco que habían dejado adoptaba bellas formas constructivas, como si de restos arquitectónicos se tratase.
En una de esas excavaciones de sillares, el suelo horizontal dejaba entrar un par de palmos de agua, que se calentaba al sol. Las gradas de la cantera penetraban en el agua a manera de escalinata, componiendo un conjunto de gran belleza clásica.
En otra cantera, la arena había cubierto toda la base, formando una playa interior rodeada de gradas. Algunos cuerpos desnudos, especialmente esbeltos, descansaban aquí y allá -como si la belleza atrajese a la belleza-. Una sensación de otros tiempos, vagas notas de bacanal y circo romano flotaban en aquel cálido rincón.Volvió hacia la playa, contemplando en la lejanía la cadena de islotes que señalaban el camino hacia Formentera. Cercanos a la costa varios pequeños islotes iniciaban la ruta. A media distancia se veía el grupo de los Ahorcados y sobre el horizonte la banda difusa de Espalmador. Detrás de ella, y como prolongación, se dibujaba la tenue línea de la costa de Formentera.
Había trazado la ruta sobre el mapa e imaginado la posibilidad de hacerla saltando de islote en islote. Pero ahora que la contemplaba al natural y veía la inmensidad del mar abierto, la lejanía del horizonte que era su meta y la insignificancia de los pequeños islotes, tan distantes entre sí, se daba cuenta de lo engañosos que resultan los mapas turísticos.Recogió, escondidas debajo de la toalla, unas monedas que oportunamente había traído desde la barca y se acercó al pequeño chiringuito próximo dispuesto a tomar algo fresco.
–¡Hola! …Póngame una tónica, por favor.
–Vale -asintió el del chiringuito.
Era un hombre entrado en edad y con acento de la tierra. Le trajo una botella congelada por fuera, de esas que se pegan a la mano al cogerlas. El líquido en el cuello de la botella estaba también helado.
–Tendrá que dejarla un momento en el vaso -dijo el hombre mientras vertía todo el contenido.
–No hay prisa -respondió Lucas.
Volviéndose hacia el mar intentó llevarle por su camino:
–Parece que el mar está tranquilo… ¿Cree Ud. que cambiará a la tarde?.
–Hombre, no creo… pero con el mar nunca se sabe.
–Pues yo quería acercarme hasta Formentera, pero voy con una barca muy pequeña y no sé si me decidiré…
–¿Qué es… aquella de goma? -preguntó el hombre seguro.
Sin duda le había observado a la llegada.
–Sí, aquella birria -sonrió Lucas.
–Hombre, esas andan bien, …aunque no es lo suyo para salir al mar. Esas son mas bien para los yates, para bajar a tierra.
–Ya, ya, …de todas maneras estando el mar tranquilo se puede ir bien en ellas. Lo malo es cuando hay algo de oleaje -siguió insistiendo Lucas.
–El mar es el mar. Olas siempre hay -comentó algo socarrón-. El mar cambia en un momento. Si va allá y se pone mal, se puede quedar en la Torreta. Hay un refugio de piedra y puede pasar la noche.
–¿La Torreta? -preguntó Lucas.
–Sí, es una islita pegando a Espalmador, según se llega. Eso sí que es una maravilla. Hay tal que una cala, con un agua tan limpia que se podría beber. Difícil sí es entrar, eso sí. Los barcos grandes ya tienen que tener cuidado de no embarrancar.Lucas se estaba animando cada vez más a dar el gran salto hasta Formentera en su insignificante neumática. Acabó su deliciosamente helada tónica y se despidió del hombre:
–Bueno, pues me voy animar a llegarme hasta allá. Si la cosa se pone mal me quedaré en la Torreta como Ud. me ha dicho. ¡Hasta luego! …¡y gracias!Era bien pasado el mediodía y el sol pegaba fuerte. Pensaba que, si todo iba bien, podía estar de vuelta con tiempo suficiente para buscar un sitio donde pasar la noche. Incluso tenía tiempo para disfrutar de la playa en Formentera. Nadando toalla en mano, como a la llegada, regresó a la barca. Comió unos bocados preparándose para la travesía… y arrancó con decisión el motor.
FORMENTERA
Estaba siguiendo la ruta de los islotes y pronto se dio cuenta de que el oleaje entre ellos era muy fuerte. El agua adquiría en ellos un color claro, indicando fondos bajos, y el mar, como queriendo pasar más deprisa el estrechamiento entre Ibiza y Formentera, se mostraba agitado y ponía en peligro la estabilidad de la barca. Se alejó de la zona separando su ruta e internándose definitivamente en mar abierto. El agua estaba ahora más tranquila y pudo desarrollar una velocidad discreta.
Las distancias se alargaban en medio del mar y tenía la impresión de no avanzar. Se detuvo un momento y paró el motor. La barca, movida por las olas, iba girando lentamente. A su alrededor, en cualquier dirección, kilómetros de mar completamente desierto le reducían a un minúsculo punto perdido entre la suave oscilación de las aguas. La inmensidad acuática latía, contenida, bajo la insignificante barquilla que se mantenía tozudamente segura en su levedad, en su cualidad de flotar fácilmente.
Conteniendo sus sentimientos de abandono e indefensión se puso de pié sobre la barca para poder dominar con la vista la vasta extensión que le rodeaba. Sintió una sensación indefinida, de dominio incompleto. Era el único ser vivo en todo aquel espacio que no se dejaba poseer, insinuando ocultas fuerzas muy superiores. Lanzó un grito para comprobar el alcance de su voz, como cuando en la montaña el eco le devolvía la medida de la distancia y la sensación de dominio del espacio. Allí su voz no llegó a ninguna parte, se perdió enseguida, sonó sólo delante de su boca. Nadie podía oírle. Estaba absolutamente solo.
Aprovechando aquella oportunidad de total soledad, continuó gritando, desahogándose a placer. Nunca antes había podido hacer una cosa así. Incluso en plena naturaleza, en el campo, la posibilidad de ser oído reprimía la expansión total. Ensayó distintos tipos de gritos para conseguir la máxima potencia. A medida que gritaba se daba cuenta de la existencia de una fuerza oculta en su interior que se apoderaba de su voluntad. Era como un deseo escondido de afirmación, de protesta, que se manifestaba en aumento y de manera incesante.
Después su voz se fue quebrando, convirtiéndose poco a poco en quejido, en lamento. Calló finalmente, agotada la voz, doliéndole la garganta. Se encontraba totalmente liberado, sumido en una sensación nunca experimentada de paz y bondad, que sin embargo sabía que le pertenecía desde siempre.Se desnudó dispuesto a tomar el sol mientras continuaba lentamente su camino, disfrutando del contacto del sol en su cuerpo. Hacía tiempo que había perdido la sensación de desnudez, o mejor, que la había incorporado naturalmente a su manera habitual de sentirse en contacto con la naturaleza. Ya el simple hecho de ponerse el bañador parecía que le quitaba libertad, que anulaba una parte esencial de su sensibilidad hacia el aire, el agua, el movimiento.
Divisaba, todavía lejano, el acantilado marrón de Espalmador. El barco que hacía la travesía de Ibiza a Formentera hacía ya algún rato que venía acercándosele. Siguió lentamente esperando su paso. Su alegre casco blanco perforado de ventanas dejaba un amplio surco sobre el agua. La cubierta del barco venía repleta de gente multicolor.
Algo en el agua, a un costado del barco, despertó súbitamente la atención de Lucas. Como ya le había ocurrido otras veces, no daba crédito a lo que veía. Una pareja de delfines saltaba sobre el agua una y otra vez, acompañando al barco. Aquello lo había visto en películas y documentales, pero nunca imaginó que pudiera suceder en Ibiza. Finalmente desaparecieron bajo el agua.
Por un momento pasó por su imaginación la idea de uno de aquellos juguetones animales saltando por encima de su barca.
«Están a bastante distancia -se tranquilizó-, no creo que adviertan mi presencia».
Continuó paralelo al barco, a prudente distancia, evitando acercarse a la zona donde los había visto por última vez.
«Andar, por ahí debajo andan» -cavilaba receloso Lucas mientras intentaba desarrollar la máxima velocidad posible para alejarse del lugar.
Algunas personas desde la cubierta del barco le saludaban con la mano, admiradas sin duda de que pudiese hacer la travesía en una barca tan diminuta.. Correspondió al saludo animadamente hasta que se percató de unas impresionantes olas que había formado el paso del barco y que se acercaban amenazadoras. Disminuyó precipitadamente la velocidad poniendo proa a las olas, que sin duda le hubieran volcado de no hacerlo. La barca subió rápidamente sobre el lomo de la primera ola, se asomó a la cresta y con medio cuerpo en el aire cayó hasta el valle formado con la ola siguiente. Por una milésima de segundo pensó que esta le tragaría, pero le levantó otra vez, como si fuese un sutil globo hinchado, empujándole de nuevo por el continuo badén de olas que pronto se fue amortiguando.&nb