LUNA

 
 
por

Gerardo Hernández

- Ó Derechos reservados -
2000


FastCounter by bCentral


 
 
 
 
 
 
 
 
 

EN RECUERDO

de Luna, un perro casi persona
 


 
 
 
 
 
 
 
 
 

QUERER A UN PERRO

Querer a un perro es sólo corresponder a su devoción por nosotros,
a su dependencia total, a su fiel y constante compañía afectiva,
a su mirada que nos entiende.
A un animal se le quiere menos profundamente que a una persona,
pero de manera mas entregada, mas tierna. Se le quiere sin las defensas
a que las personas nos obligan, porque el perro no especula,
no negocia el afecto: lo da de manera incondicional.
Y eso hace que uno no se contenga en la manifestación de la ternura
que acaba cuajando en cariño.
¿Cómo no querer a un perro, cómo no sentir su pérdida
con un dolor tan tierno y personal como el que se siente por un hijo desvalido?.

Te hiciste con nosotros, Luna, y de nosotros aprendiste a ser feliz,
a tener sentimientos como los nuestros. Tu vida entera éramos nosotros,
tu alegría, tu alimento, tus enfados y reconciliaciones.
Disfrutabas incluso de tus juegos, de la comida, de tus carreras locas,
sólo si estábamos nosotros. Eras más nuestra que un hijo,
que al final construye su propia vida y se va.
Tu no podías vivir sin nosotros y estabas hecha a nuestra manera.
Eras nuestra para siempre.

Pero te has ido antes de tiempo, cuando no lo esperábamos.
Has cumplido tu ciclo, tu vida se ha cerrado.
En agradecimiento a la vida que nos has regalado
van estas escenas de tu recuerdo, necesarias para aliviar la nostalgia
y conservar tu memoria.

Si de nosotros lo aprendiste casi todo, tu también nos enseñaste muchas cosas.
A tu ama le hiciste ver la persona que hay en un perro
y el tierno cariño que puede despertar un ser tan incondicional
y tan feliz con la compañía de sus amos.
A mí me enseñaste -lo otro ya lo sabía- cómo se espera en calma,
como se vive esperando, contemplando el tranquilo discurrir de las horas,
anclado al propio cuerpo, disfrutando el sosiego
donde suenan los diferentes ruidos y susurros de la vida cotidiana.
Me enseñaste también, al final de tus días, a aceptar la muerte lo mismo que la vida,
a escuchar la enfermedad y entenderla como el devenir del propio cuerpo,
esperando tranquilo y consciente su extinción y su descanso.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 EL CACHORRO

Te sacamos de la camada cuando tenías un mes. Se te veía muy a gusto allí, apelotonada entre tus hermanillos cachorros tan gordetes y calentitos. Formabais una gran masa dormilona llenando todo el cesto. Te elegimos entre otros dos cachorros que se parecían a ti, pero tú eras la más vivaracha y simpática, quizás porque te habían cogido más, como nos dijo tu ama de entonces, aunque digo yo que si te habían cogido más, por algo sería.

                Tenías una preciosa cabecita redonda, con el hociquillo chato y regordete todavía. Las orejas anchas cayendo a los lados de la cabeza te revelaban ya como un Cocker de pura raza. El pelo negro con grandes manchas blancas, bien distribuidas, te destacaban enseguida de tus hermanos más oscuros, y las patas y el hocico moteados de blanco y negro te daban un aspecto elegante. Tus patas delanteras, anchas y graciosas, te delataban como un perro juguetón y corredor.

                Te llevamos a casa y empezamos a planificar tu convivencia con nosotros. Te alojamos en el cuarto de usos varios: Taller, gimnasio, trastero, etc., que a partir de entonces convertiste en cuarto exclusivamente tuyo y tu campo de batalla personal. Te hice una caseta con una caja de cartón poco más grande que una caja de zapatos, bien forrada de guata por dentro para que no tuvieras frío. Metimos en ella, para que te tumbaras cómodamente, unos gruesos trapos de lana y el trozo de manta de la camada que nos dio tu ama para que no extrañaras, los primeros días, la separación de tus hermanillos.

                Nuestra primera tarea era enseñarte a hacer tus necesidades en el lugar apropiado, cosa que dada tu tierna edad parecía requerir un milagro. Siguiendo todas las recomendaciones escritas y habladas, pusimos un montón de papeles de periódico en un rincón del cuarto y te espiábamos para sorprenderte en el momento en que realizabas tus faenas. Te cogíamos entonces en vilo y te llevábamos al montón para que lo hicieras allí. Pero te lo hacías de camino y la cosa era todavía peor que dejarte en el sitio. Luego optamos por ponerte un papel debajo, en el momento preciso, que luego llevábamos al rincón. Se suponía que después tú, al olisquear por toda la habitación, identificarías el sitio como el lugar apropiado y repetirías allí tus actuaciones. Pues no, no fue así de sencillo. Unas veces te ibas al rincón y otras lo hacías donde te pillaban las ganas, sin darle mayor importancia. Y así sembrabas de pequeños charquitos todo el cuarto, obligándonos a una continua movilización fregona en mano.

                Poco después y a pesar de lo pequeñaja que eras -te llamábamos "rata"- te entró la rebeldía y sacabas todos los trapos de tu caseta, y con los dientecillos de alfiler que ya tenías, mordisqueabas el cartón de sus bordes, llenándolos de diminutos agujerillos, como un colador. También tenías unas uñas afiladísimas, muy largas y curvas, que siempre se enganchaban en nuestra ropa cuando te cogíamos. Varios jerseys míos pasaron a la reserva por tu culpa y distes buena cuenta también de muchos pares de medias de tu nueva ama cuando jugueteabas a sus pies.

                Nos parecía mentira que cuando te trajimos apenas sabías tenerte en pié, y a los pocos días ya intentabas corretear por la alfombra del salón. Tenías una gracia infinita cuando tambaleando tu cuerpecillo regordete, con tus redondos ojos negros muy serios y concentrados, te arrancabas espontáneamente y dabas un corto corretón hasta el borde de la alfombra, pasando por tu imaginación no sé que fantasías de perro mayor. Y sin embargo no te atrevías a salirte de la alfombra y cuando te empujábamos fuera no sabías colocar bien tus patas de largas uñas que resbalaban por el pulido parqué. Y allí te quedabas despatarrada e inmóvil, lloriqueando.

                Te acostumbraste muy pronto a nosotros y ya desde pequeñaja eras un perrillo cariñoso. Cuando yo me tumbaba en el sofá, después del trabajo, te ponías a veces encima de mí y te quedabas dormida sobre mi pecho, estirando la cabecita hacia mi cara. Quizás es que te enseñamos a ser así sin darnos cuenta. Otras veces te acurrucabas entre mi cuerpo y mi brazo y te quedabas dormida patas arriba, como un bebé.

                Yo por mi parte, quise también enseñarte a desarrollar tu carácter de perro, y te hacía luchar y mordisquearme la mano. Pronto se convirtió esto en tu diversión favorita y después casi me arrepentí, pues siendo ya casi un perro adulto seguías saltando sobre el sofá cuando me veías tumbado, y empezabas a luchar y a morderme la mano incansablemente, hasta que tenía que echarte.

                 Al cabo de algún tiempo aprendiste a comportarte en la realización de tus necesidades. Un buen día, de buenas a primeras, te sorprendimos encaminándote hacia la puerta de la terraza y te quedaste allí sentada, mirándonos, hasta que te abrimos. A partir de entonces, cuando no te sacábamos a la calle, nos avisabas así de tu urgencia, y si tardábamos te acercabas a nosotros y te volvías hacia la puerta mirándonos, invitándonos a seguirte y abrir.
 
 
 
 
 
 
 

EL PRIMER COLLAR

Pasados los dos meses decidimos que había que empezar a sacarte a la calle. Te compramos un collar y una cadena e intentamos primero acostumbrarte a ellos en casa. Por entonces dabas ya mucha guerra. Estabas todo el día correteando detrás de nosotros, mordisqueándonos los zapatos. Tu distracción favorita era morder las esquinas de las alfombras y no aprendías que eso estaba prohibido. Al menor descuido estabas tú royendo la punta de la alfombra y mirándonos de reojo con aire malicioso. Luego te dio por agarrar las cortinas y tirar hacia afuera de ellas.

                Tu primera fechoría importante había tenido lugar, sin embargo, a las pocas semanas de traerte. Consistió en distraerte en nuestra ausencia arrancando el papel de las paredes. Pasabas las mañanas sola en la casa y te imagino olisqueando por todos los rincones hasta encontrar fortuitamente una junta de papel algo despegada. Agarrarla con los dientes y tirar de ella, despegando un buen rozo, debió de ser una experiencia inolvidable. Agotadas las posibilidades del sitio te fuiste a la busca de otras juntas que despegar. Al llegar nosotros a casa el espectáculo era desolador.

                Pues bien, te pusimos el collar y la cadena para que fueras acostumbrándote a andar con ellos por la casa. Tu primera reacción al ponértelos fue salir corriendo arrastrando la cadena por el suelo, dando golpes con ella por todas partes. Te asustaste tanto de tu mismo espectáculo que te paraste y te quedaste inmóvil, y ya no te atrevías a moverte. Y en adelante, siempre que te poníamos la cadena, te quedabas inmóvil en el sitio, paralizada, asustada y mohína. ¡Mira por donde descubrimos un truco para tenerte quieta, sin tener que pegarte, cuando te ponías revoltosa!.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

EL ADIESTRAMIENTO

Superadas las dificultades de aceptar la cadena, ibas por la calle tirando continuamente, excitada con los olores que te llegaban de todos los sitios. La cadena fue siempre para ti eso, una cadena, una traba a tus ansias de movimiento y libertad.

                Me dio a mí entonces, influido por el típico libro sobre perros, por entrenarte en determinadas actividades que pusieran en evidencia tus grandes dotes de obediencia e inteligencia. Decía el libro que un perro como tú estaba deseando ser adiestrado y que sería feliz ejecutando determinadas tareas; que anhelaba convertirse en un fiel servidor atento a la voz de su amo; que se sentiría plenamente realizado como perro, sabiendo que sus actuaciones tenían una importancia tal que eran altamente valoradas por su amo, dando así un contenido a su relación con él. Había que tener mucha paciencia -decía el libro- y someterte a sesiones periódicas, repitiendo siempre el mismo ejercicio hasta que lo aprendieras. Tenías que aprender a andar a mi lado, a ir delante, a ir detrás, a sentarte, a acudir a mi llamada, etc., y todo ello empleando determinadas órdenes breves, palabras cortadas o extranjeras que a mi no me apetecía pronunciar.

                Empecé por enseñarte a andar a mi lado. Tenía que acariciarte previamente y darte ánimos. Luego, sujetando corta la correa, llevarte junto a mí refrenando tu instinto de echarte a correr por el pasillo, repitiéndote constantemente la palabra "junto". El primer día fue un suplicio. Te rebelabas, te subías a mí, mordías la correa y te ponías rabiosa. Al segundo día, viendo tú que la cosa seguía, y después de rebelarte un buen rato, decidiste demostrarme que habías comprendido lo que yo quería, y milagrosamente te pusiste a andar a mi lado, con la cabeza mohína, domeñada. Varias veces repetiste la demostración y yo muy orgulloso te premiaba con caricias y te alentaba. Pero en el fondo se notaba que te aburría la cosa aquella de andar por el pasillo a mi lado sin ningún sentido, como si fueras tonta.
Así que al cuarto día de entrenamiento te rebelaste definitivamente y no hubo manera de que repitieras la exhibición. Tu lo que querías era jugar y divertirte, y pensé que eras demasiado inteligente para dejarte adiestrar tan tontamente y hacer cosas tan aburridas y sin sentido para ti. Así que yo también desistí, haciéndome a la idea de que ibas a ser un perro con mucha personalidad, y que las cosas te iban a entrar a través de tu propio interés, y que nunca te ibas a prestar a actuar como un muñeco mecánico.

                Efectivamente, las cosas útiles que aprendiste antes o después, como sentarte en el borde de la acera hasta poder cruzar la calle, salir a despedirnos a la puerta de la casa, ladrar en la puerta cuando se oía algún ruido a deshora, etc., las aprendiste tú sola, por propio impulso que nosotros sólo animamos y después tu consolidaste.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

TE ENSEÑÉ YO O ME ENSEÑASTE TÚ

Siendo muy cachorro todavía te ponías muy nerviosa cuando me veías comer algo. No podías resistir que yo estuviera comiendo y a ti no te diera nada. Te ponías de patas sobre mí o sobre el borde de la mesa y te agitabas y dabas cortos saltos verticales, estirando el hocico hasta la comida. Para quitarte esa mala costumbre y tener la fiesta en paz, intenté enseñarte a que te quedaras tranquila y sentada si querías que te diera algo, y a que lo cogieras con buenos modales, sin lanzarme bocados a la mano.
                Poco a poco fuiste aprendiendo y te comportabas de maravilla. En cuanto oías moverme por la cocina llegabas diligente y te plantabas delante de mí, sentada, muy tranquila y atenta, con una mirada confiada, convencida de que todo era cuestión de esperar un poco, con la cabeza levantada hacia mí sin apartar la mirada. Entonces yo te acercaba la mano y cogías la comida muy despacito, con mucha delicadeza, sin apenas rozarme. Era realmente delicioso verte actuar de esa manera y no se podía evitar darte algo siempre que aparecías. Esa costumbre se convirtió en cotidiana ceremonia.

                Hoy me pregunto si no fuiste tú la que me enseñaste a mí, a que con un gesto, con una postura, te diera una golosina siempre que querías.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

TU MANERA DE APRENDER

Cuando algo te interesaba eras capaz de hacer el pino para conseguirlo. Así aprendiste a ponerte de pié sobre las patas traseras todo el tiempo que querías. Bastaba con ofrecerte una golosina desde lo alto. Y cuando te la dejaba caer a la boca, seguías todavía de pié un rato por si te daba algo más.

                De la misma manera aprendiste, refrenando tus impulsos de echarte a correr y subirte por las paredes cuando llegaba la hora de sacarte a la calle, a sentarte a la puerta de la casa temblando de nerviosismo y emoción para que te pusiera la cadena y saliéramos.

                Como perro de caza que eras, una vez se me ocurrió que a lo mejor aprenderías a traer las cosas que se te tiraban, ya que tu instinto cazador podía responder mejor a este ejercicio. Te tiraba un palo y te animaba con gestos y voces a que me lo trajeras. Pero no hubo manera, porque lo que a ti te divertía era venir con el palo en la boca y salir otra vez corriendo para que no te lo quitara, y así una y otra vez. Otras veces te quedabas quieta, tumbada en el suelo con el palo en la boca, como distraída, pero mirándome de reojo según me acercaba, y cuando estaba a tu lado salías disparada con el palo bien agarrado.

                Yo no sé cómo aprendiste esas y otras picardías semejantes pero ya desde muy cachorro te portabas así. Quizás es que nos hacían gracia tus trastadas  y tú, que las cazas al vuelo, aprendiste a hacer un juego de la desobediencia y la rebeldía. Una de tus actuaciones más geniales, en la línea pícara, se desarrollaba cuando llevábamos mucho rato sin hacerte caso. Aparecías triunfal con una toalla en la boca, arrastrándola por el suelo con la cabeza bien alta. Sabías que era una de las cosas mas prohibidísimas que existían, pero que no fallaba para sacarnos de nuestra desatención a ti. Y cuando te chillábamos y te reñíamos y nos levantábamos para castigarte, te echabas a correr dando vueltas a la mesa. Cuando al fin te pillábamos y te dábamos unos cachetes, los encajabas con valentía y no te enfadabas, tomándolos como una parte inevitable del excitante juego.
 
 
 
 
 
 
 
 

UN PASEO POR EL CAMPO

Recuerdo cuando ya eras un cachorro grande y te sacaba a dar un paseo por el campo. Se te veía totalmente feliz a tu manera de perro, que era sentirte afanada, con el instinto despierto, con el cuerpo hecho movimiento. Disfrutabas olisqueando la húmeda hierba, los matorrales, los olorosos pinos, el aire fragante del monte. Ya antes de llegar a nuestro sitio favorito habías reconocido el lugar, asomada a la ventanilla entreabierta del coche, el hocico estirado hacia afuera olfateando inquisitiva y mirando nerviosa en todas direcciones. Te volvías hacia mí y medio sentada, temblando, me mirabas fijamente con esa mirada tuya de súplica inquieta, sin poder contener un lloriqueo entrecortado y continuo.
                Nada más abrir la puerta dabas un salto desatando tu instinto de libertad, prisionero en casa y encadenado en los breves paseos por la calle. Pegabas dos enloquecidas vueltas al coche y luego te alejabas a toda velocidad por el camino que habíamos traído, tus largas orejas agitadas al viento de tu carrera. Luego, sin detenerte, dabas la vuelta en redondo y volvías recta como una flecha hacia mí.

                Era una delicia verte corretear por entre la hierba, culebreando con el hocico completamente pegado al suelo, como siguiendo siempre un rastro. Ibas a tu aire, algo delante de mí, aunque de vez en cuando me lanzabas una rápida mirada para asegurarte de mi proximidad y seguías retozando a tus anchas.

                A la vuelta del paseo siempre te entraba la prisa, acelerabas el paso y me dejabas para atrás. Y es que te hacía ilusión rastrear el mismo camino que habíamos traído, segura ya de no equivocarte, de no perderte. Y de vez en cuando te parabas a lo lejos y me mirabas levantando la cabeza como diciendo: "Venga, hombre, que es por aquí". Y es que te gustaba sentirte independiente y llevar la voz cantante en algunas ocasiones.

                De vuelta a casa, sumergidos otra vez en el agobiante tráfico, viéndote feliz y relajada, pensaba lo dependiente que eras de mí, mi pequeño y dichoso animalito. Yo te llevaba, sorteando para ti el endiablado y amenazador río de peligrosos monstruos rodantes, la infinita y desorientadora maraña de calles y callejas en las que tú podrías extraviarte y estar andando días y días, y perderte cada vez más, y alejarte cada vez más y para siempre. Tendrías que andar a la busca de algún trozo de pan sucio por los rincones de basura y estar expuesta a las patadas de algún borracho o a las gamberradas de los muchachuelos desamparados que andan también buscándose la vida por las calles.
                Si te hubiera dejado sola en cualquier sitio, andarías errante y asustada, cruzando torpemente las calles como los demás perros abandonados, que miran siempre en sentido contrario mientras abandonan la acera temerosos, con la cabeza baja y el rabo entre las piernas. Seguramente acabarías desecha bajo la rueda canalla e inhumana de algún ser enloquecido por la prisa, por el odio, por la Ciudad. Y nada quedaría de ti, más que una expresión de terror y rabia en tus ojos abiertos y congelados, y tu carne roja y despellejada, como la de los perros atropellados de las carreteras.
                Pero no era así, porque yo te llevaba y te traía, y te buscaba los mejores sitios en el campo para que pudieras correr y disfrutar. Aunque a cambio te tenía encerrada en casa para que me hicieras compañía, para que me miraras con tus grandes ojos negros, tan humanos, queriendo entenderme; para que apoyaras tu cabeza sobre mi pierna cuando, sentada a mi lado, te quedabas dormida... Pero es que así es la vida de un perro como tú casi desde siempre, y ya no podría ser de otra manera.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

TE GUSTABA DISCUTIR A VECES

Te gustaba discutir de vez en cuando con tu ama, aunque todos sabíamos que era un juego y que te lo pasabas muy bien. Llegaba tu ama al salón y te encontraba subida al sofá, muy tiesa y moviendo el rabillo con ganas de juerga. Intentaba echarte riñéndote como si fueras una persona y tú le plantabas cara lanzándole unos graciosos ladridos. Ella insistía enfadada y tú seguías ladrándole más fuerte, y al menor descuido te revolvías y la agarrabas por la manga del jersey y tirabas de ella hacia atrás. Tu ama seguía chillándote como a un crío y finalmente cogía un periódico y te sacudía con él. Tú, que le tenías pánico al periódico, te lanzabas al suelo y te quedabas allí agazapada, ladrándole hasta que se iba.

En el fondo le tenías comida la moral.
 
 
 
 
 
 
 
 

 AQUELLA VEZ QUE ESTUVE MALO

Parece mentira cómo te dabas cuenta de nuestros estados de ánimo, de si estábamos felices o aburridos, apacibles o irritados, de si discutíamos o estábamos enfadados. No sé cómo lo sabías ni en que detalles te fijabas para saberlo, pero lo captabas enseguida. Aquella vez que estuve enfermo, ¡cómo lo sabías tú!... Venías de vez en cuando hasta el sofá donde pasaba las horas tumbado y te alzabas hasta mí, mirándome comprensivamente y queriéndome lamer la cara. Como yo no te dejaba pusiste finalmente la pata sobre mi cara con mucha suavidad, y así te quedaste un buen rato, mirándome con tus sentimentales ojos de animal completamente sincero.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

CUANDO ESTABA TRABAJANDO

Cuando estaba trabajando en la mesa de mi despacho aparecías tú de vez en cuando y te acercabas directamente sin levantar la cabeza. Te subías en mi pierna y metías la cabeza por entre mis brazos apoyados en la mesa. Te ponías a fisgonear lo que estaba escribiendo y paseabas tu hociquillo por todos los objetos que había encima de la mesa. Luego me mirabas inquisitiva como queriendo que te explicara lo que estaba haciendo, como queriendo participar en aquella actividad tan interesante en la que estaba ocupado. Te acariciaba mientras me mirabas comunicativa y luego te bajabas a buscar alguna distracción por mi despacho; búsqueda que sistemáticamente acababa en husmear en la papelera y coger algún folio arrugado, escapando acto seguido, disimuladamente, sin mirar hacia atrás.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

LAS PALABRAS QUE CONOCÍAS

Sin proponernos enseñarte, aprendiste parte de nuestro vocabulario a fuerza de oírnos repetir determinadas palabras. Naturalmente aprendiste principalmente las palabras que te dirigíamos a ti, como "siéntate", "espera", "vamos", "ven", "vete", "aquí", "sube", "fuera", "no", "busca", "quieta", "échate",..... y alguna más. Pero es que además distinguías también frases cortas y te producía mucha más emoción cuando te decíamos "vamos al campo" que cuando te decíamos "vamos a la calle". Y sabías perfectamente lo que significaba cuando te decíamos "vamos a comer" o "vamos a dormir".

                Y también sabías interpretar los gestos de mi mano cuando te indicaba con el dedo que te bajaras del sofá, o  te hacía señas de que te acercaras o te fueras. Pero lo más sorprendente era cómo sabías distinguir, cuando se te mandaba algo, si la cosa iba en serio de verdad o se dejaba algún resquicio a la desobediencia. Cuantas veces, cuando hacías alguna de tus travesuras habituales, te reñíamos y te gritábamos y hasta te sacudíamos un azote, pero tú sabías que en el fondo nos hacía gracia la cosa e insistías. Otras veces sabías que el "horno no estaba para bollos" y a una breve y decidida advertencia obedecías sin rechistar.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

CUANDO TE HABLABA

Cuando estabas tranquila venías muchas veces y te aupabas sobre mis rodillas, acercando tu cabeza hacia mí y mirándome comunicativa. Yo te hablaba algo y ponías mucha atención, enderezando las orejas e inclinando ligeramente la cabeza hacia un lado, como una personita que quisiera entenderme. Y estoy seguro que me entendías, en parte por alguna palabra de tu vocabulario particular, que cazabas al vuelo, y sobre todo porque sabías interpretar perfectamente mi mirada y los sentimientos que ponía en ella, que es lo que a fin de cuentas a ti más te interesaba. Y en eso te parecías tanto a las personas de verdad...
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

CUANDO SOÑABAS

Cuando estabas mala te dejábamos dormir encima de nuestra cama. A veces por la noche te oíamos dar pequeños gritillos y lloriqueos, o breves y apagados gruñidos, mientras agitabas convulsivamente las patas. Estabas soñando, igual que las personas, con la expresión seria y angustiada. ¿En qué estarías soñando? ¿En que sueñan los perros?... Quizás te perseguía un gigantesco perro lobo que iba a devorarte, .... o era una jauría de rencorosos caniches que te habían acorralado y te lanzaban agudos mordiscos... Quizás era un malvado veterinario de bata blanca y fuerte olor a desinfectantes que te ponía un enorme bozal que te apretaba todo el cuerpo, sin dejarte mover, y te quería pinchar con una jeringa gigantesca. O era tal vez tu ama, que te miraba con una expresión horrible y te levantaba en el aire cogida de las orejas mientras te amenazaba con un gran periódico.......
 
 
 
 
 
 
 
 

ENSAYANDO POSTURAS EN EL SILLÓN

Por los inviernos, con la llegada del frío, te sentías muy casera y comodona; quizás eran los años ya, que habían ido pasando. Con frecuencia te tumbabas en el sillón que pillabas vacío y te acomodabas con delectación, saboreando el descanso. Pronto cambiabas a otra postura más cómoda, más estirada, alargando el cuello y respirando con relajo. Enseguida te incorporabas un poco y ponías la cabeza por encima de uno de los brazos del sillón. Finalmente te deslizabas otra vez hacia el asiento y ahora dejabas colgar la cabeza en el vacío. Desde luego no sabías cómo ponerte. Como sabías que te estábamos mirando y nos reíamos de ti, te bajabas cansada de tanto relajarte y te ibas a sentar detrás de la cortina. Desde allí nos mirabas un rato como si estuvieras aguantando nuestra broma, y finalmente te tumbabas e intentabas dormirte.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

CUANDO SALÍAS A DESPEDIRME

Cuando me iba al trabajo salías delante de mí por el pasillo y te sentabas en el hall, sobre la alfombra, mirándome. Te acariciaba la cabeza y te decía: "Adiós Lunita". Acto seguido, cumplida la despedida, dabas la vuelta convencida y te alejabas hacia el interior de la casa mientras yo iba abriendo la puerta.
 
 
 
 
 
 
 
 
 

SABÍAS CUANDO NO TE LLEVÁBAMOS

Siempre estabas deseando salir con nosotros , y cuando observabas que nos estábamos vistiendo o poniendo los zapatos te alborotabas y no parabas de andar a nuestro alrededor, mirándonos, siguiéndonos por toda la casa, espiando nuestras intenciones. A veces te lo decíamos claramente:  " No, no, Lunita , no vienes",  y otras lo deducías por nuestra actitud. El caso es que finalmente, cuando salíamos, ya no insistías y te sentabas simplemente en el hall, mirándonos con algo de nostalgia hasta que te decimos adiós. Entonces te quedabas sentada oyendo todos los ruidos que hacíamos al salir, la llamada del ascensor... Debías de pensar que a lo mejor nos arrepentíamos y volvíamos a entrar. Quizás es que lo hicimos alguna vez.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

ERAS UN PERRO-PERSONA

Sería porque te criaste casi exclusivamente en nuestra compañía, porque te sacábamos poco y no tuviste mucho contacto con otros perros -incluso cuando íbamos al campo sólo estábamos tu y yo, y compartías conmigo tu aventura-. Sería porque te hablábamos, o sería porque te queríamos -tu ama quizás demasiado-. El hecho es que mirabas como una persona, a los ojos, manteniendo la mirada, entendiendo, interpretando nuestros sentimientos e intenciones. Tu mirada, sólo un poquitín triste a veces, era otras veces pícara, otras suplicante, otras muy afectiva, otras excitada e imperativa. Pero siempre muy atenta y profunda, mirándonos adentro, como las personas.

                Eras además muy simpática y sentías mucha curiosidad por las personas. Cuando nos cruzábamos con alguien te quedabas mirándole a la cara, o te acercabas a olerle, como si fuera un conocido. Te ganabas a la gente enseguida, que debían de pensar: "¿Quién este perrillo que me mira como si me conociera?" Y enseguida te acariciaban y te decían cosas. No cabe duda que eras un perro muy sociable. Para ti las personas eran amigas de entrada. No así los otros perros, por los que en general sentías inicialmente desconfianza. Y es que te habían dado más de un revolcón. Es curioso las reacciones que despertabas en los otros perros. Los perros grandes, al verte, se acercaban rápidos, con un aire atrevido y jocoso, dispuestos a darte un revolcón. Los perrillos más pequeños y de mal genio te ladraban coléricos y te perseguían para lanzarte un mordisco. Yo creo que te veían demasiado vulnerable, demasiado persona, poco perro, y por eso no te soportaban.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

TE CONTROLABAS CUANDO MORDÍAS

Sabías que no nos debías morder pero eras un perro y a veces hubieras disfrutado haciéndolo cuando te incordiábamos o te pegábamos por alguna fechoría o insubordinación. Entonces nos gruñías y nos lanzabas un mordisco controlado matemáticamente para no herir, pero asustar. También te gustaba morderme cuando jugaba a hacerte rabiar y tu te revolcabas a mi lado tumbada en el sofá, mordisqueándome la manga y la mano, mientras me mirabas con fingida y furibunda ira.

               Sin embargo cuando alguna vez era necesario aplicarte un castigo fuerte, te rebelabas de verdad, haciendo valer tus defensas de animal, haciendo ver que hay un limite para la fiel humillación en el castigo. Sin embargo pasado el trance, nunca me guardaste rencor y tardaba yo más en perdonarte que tu a mí. Y a la mínima indicación de descenso de mi ira, venías expresiva a lamerme la mano con insistencia, mirándome a los ojos.
 
 
 
 
 
 
 
 

ME EXIGÍAS COMIDA HACIENDO USO DE NUESTRA CAMARADERÍA

Estaba sentado a la mesa comiendo y llegabas tu enseguida y te sentabas a mi lado mirándome con los ojos muy abiertos. Te relamías con intención varias veces, moviendo la cabeza ligeramente arriba y abajo, como afirmando para que entendiera, como diciendo: "Oye, oye, que me des comida"
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

TE CRECÍAS CUANDO ESTÁBAMOS EN CASA

No eras un perro valiente, ni creo que hubieras osado desafiar a un ladrón que entrara en casa. Más bien te hubieras quedado quieta y mansa en tu rincón, sin moverte. Pero cuando estábamos nosotros te crecías, y cualquier ruido que sonaba detrás de la puerta te soliviantaba, y levantando la cabeza con decisión aguzabas el oído y salías corriendo y ladrando por el pasillo. A veces era el ruido de una persiana movida por el aire en la terraza, pero tu defendías enérgicamente, con propiedad, nuestro territorio y te encarabas con el imaginado asaltante.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

CUANDO LLEGABA DEL TRABAJO

Me tenías cogido el horario. Sabías, no se por que cálculo personal, la hora aproximada de mi llegada. Y te ponías en el pasillo de entrada sentada, escuchando el ruido del ascensor hasta que llegaba. Era la hora de tu comida y nada más verme entrar te ibas ligera hacia la cocina, volviendo la cabeza para asegurarte de que te seguía. Allí estaba tu comida, en tu cacharro en el suelo, tapada con un simple papel de periódico colocado encima, que tu podías haber quitado fácilmente con el hocico. Pero no, sabías que yo te daba la comida y esperabas a que llegara, quitara el papel y agitara un poco el cacharro haciendo sonar el alimento. Entonces te ponías a comer con ansia.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

EL CUBO DE LA BASURA

Te lo teníamos estrictamente prohibido, porque alguna vez te habías atragantado comiendo huesos y espinas: el cubo de la basura de la cocina. Sin embargo te espié alguna vez desde la puerta y vi cómo te acercabas decidida al cubo y con la punta del hocico dabas un pequeño empujoncito, perfectamente calculado, y echabas atrás la tapa, metiendo la cabeza dentro con toda naturalidad, como el que mete mecánicamente la mano en el cajón de su mesa para sacar algún objeto habitual. Se ve que lo habías hecho cientos de veces.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

CUANDO VOLVÍAMOS DE VACACIONES

Cuando nos íbamos de vacaciones a un hotel no te podíamos llevar. Entonces te dejábamos en casa de la familia. No sé cómo lo hacías pero sabías cuando íbamos a volver, y ese día pasabas la mayor parte del tiempo cerca de la puerta, tumbada, escuchando fuera. Yo creo que escuchabas cuando se hablaba de nosotros y adivinabas que íbamos a llegar por las palabras que decían y quizás por algunos gestos y actitudes . Cuando por fin llegábamos a recogerte te volvías loca, dando saltos sobre nosotros, mirándonos con excitación, corriendo alrededor, yendo de uno al otro y saltando por los sillones y el sofá del salón donde estábamos sentados. Acabas jadeando, con la lengua fuera, y pasabas entonces a una fase más tranquila pero emocionada, en la que nos lamías la mano, te subías encima de nuestras rodillas y si nos descuidábamos nos dabas un chupetón en la cara.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

TE GUSTABA EL AGUA PERO LAS OLAS TE ASUSTABAN

De muy pequeñita te enseñé a entrar en el agua y a nadar. Enseguida aprendiste, moviendo instintivamente las patas en el agua mientras yo te sujetaba con la mano bajo la tripa. Te soltaba poco a poco y después de hundirte hasta la punta del hocico, salías flotando, estirando apurada la cabecita fuera del agua, resoplando y avanzando lentamente mientras mirabas alternativamente hacia adelante y hacia mí con angustia. En un par de sesiones te acostumbraste a coger el ritmo y la postura, y nadabas con seguridad.

                Te encantaba que te tirara un palo al agua, lanzándote con decisión a por él, no importaban las corrientes ni la profundidad. Otras veces entrabas en el agua tu sola y explorabas las orillas y te dabas un pequeño recorrido nadando pausadamente en círculo para volver otra vez a la orilla.

                Una vez en el pantano de Entrepeñas, donde estuvimos acampados varios días de verano en una calita solitaria y deliciosa, lo pasaste a tus anchas y no parabas de entrar y salir del agua. Encontré un pequeño balón de goma que te tiraba al agua, y tu entrabas a buscarlo. Pero tu pequeña boca no era capaz de cogerlo y le lanzabas mordiscos que no hacían sino empujar el balón más adentro. No sé que es lo que hacías, pero el balón no venía nunca hacia la orilla, sino más y más adentro. Al final tenía que ir yo nadando y rescatar el balón y rescatarte a ti, porque sin duda hubieras perecido en el centro del pantano, agotada, persiguiendo incesante el rebelde balón.
                Disfrutaste entonces del agua más que en toda tu vida, pero no nos dejabas tomar el sol a gusto. Te habíamos puesto una toalla para que te tumbaras y secaras al salir del agua, pero tu elegías siempre una de las nuestras, a la que te lanzabas con codicia para secarte por el procedimiento del revolcón frenético. Te salías fuera de la toalla y te embadurnabas de arena, igual que una croqueta, y te volvías a revolcar en la toalla, poniéndonos perdidos. Al final tuvimos que atarte cerca de tu toalla y lejos de nosotros, pero estabas cabreada. Te iba el revolcón a nuestro lado.

                Sin embargo el mar te imponía. La primera vez que vistes la playa te entusiasmó la amplia arena donde corretear a tus anchas. Pero de pronto descubriste el agua inmensa y te quedaste plantada, indecisa. Luego te acercaste temerosa, viendo a lo lejos las espumas blancas que se movían. Te ibas acercando más, dudando, con la cabeza estirada hacia adelante y el cuerpo hacia atrás, hasta que llegaste a la orilla; y de pronto viste la ola que se acercaba arrastrándose y venía a por ti. Saliste corriendo y mirando hacia atrás, preguntándote que era aquella cosa que te perseguía. Luego te acostumbraste, con el mar ya tranquilo, a sortear las pequeñas olas de la orilla, que sin embargo te tapaban molestamente. Dabas un pequeño salto y te echabas a nadar. Sin embargo no dejaba de incordiarte el oleaje, que de vez en cuando te daba en el hocico. Así que, aunque la codicia de coger los palos que te tiraba te empujaba incansablemente dentro, salías enseguida.
                Sabías que aquellas aguas eran peligrosas y te alertabas también cuando yo me metía. Ibas hacia la orilla inquieta y nadabas hasta mí, para una vez alcanzado dar la vuelta y volver hacia la orilla mirando de vez en cuando para invitarme a seguirte. Si no lo hacia, volvías otra vez a repetir la operación.
                Incluso te fijabas cuando alguien se estaba bañando, y te acercabas muy erguida y atenta a la orilla, vigilando por si acaso.
 
 
 
 
 
 
 
 

REVOLCONES MATUTINOS

De pequeñita te dejábamos dormir encima de la cama, a los pies de tu ama. Siendo ya un perro joven, después de una enfermedad grave, te consentimos otra vez, mientras te reponías, volver a dormir con nosotros. Por las mañanas ibas trepando poco a poco hacia arriba, hasta la almohada, y te atrevías a apoyar allí la cabeza de lado, igual que nosotros. Naturalmente no te dejamos acostumbrarte.
                Más tarde, siendo ya un perro adulto, no te dejábamos entrar en el dormitorio por la mañana, pero aprovechabas el menor descuido para infiltrarte, y saltando a la cama te pegabas unos buenos revolcones patas arriba, con auténtica fruición, recordando sin duda viejos tiempos. Cuando te echábamos te resistías juguetona y al final te escurrías debajo de la cama con aire pícaro y satisfecho.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

CUANDO ME QUITABA LOS ZAPATOS

Llegaba a casa cansado y tu me seguías juguetona al dormitorio. Te habría gustado, como de cachorro, ponerte a jugar conmigo, a pelearte en broma, a tumbarte en el suelo con las patas extendidas hacia adelante y ladrarme incitándome al juego de la pelea, y revolcarte mientras yo te restregaba el hocico y tu simulabas morderme. Pero sabías que llegaba cansado y te contenías mientras me iba desvistiendo, sentada hacia mí pero con la mirada baja y mohína. Finalmente me quitaba los zapatos, y eso ya no lo podías resistir. Te animabas rápidamente, y moviendo el rabito y ondulando el cuerpo te ibas acercando, arrastrándote sin levantarte, hasta morderme los calcetines, con mucha habilidad, pues nunca me mordías el pié. Te acordabas sin duda de tu juego favorito de cachorro con los calcetines, que eran tu botín preferido. Cuando nos distraíamos entonces, cogías uno del suelo y te ibas de la habitación, mirando de reojo triunfante y maliciosa.
 
 
 
 
 
 

ANEMIA MORTAL

Se te doblaba la cabeza y tenías los ojos muy tristes. Nos mirabas sin entender, ofuscada, enfadada, hermética. Y no hacías caso apenas de nuestras caricias. Nos hacías un gruñido leve y sordo que no sabía ser enemistoso, algo así como "por si acaso es culpa vuestra, aunque no lo sé". Finalmente te encerraste mucho en ti. De tarde en tarde nos lanzabas una mirada ligeramente sentimental e incierta. Estabas muriendo de anemia, y tenías la misma expresión obstinada, la misma mirada mantenida pero con escasa vida detrás, que mi madre cuando se le estaba yendo la vida poco a poco, en hemorragias internas, y nos miraba fijamente, como si nos quisiese decir algo, pero sin atreverse a pronunciar palabra, encerrada en su propio destino, esforzándose en callar.

                Afortunadamente la generosa y abundante sangre de un fiel mastín y un adecuado tratamiento te salvaron de una muerte anunciada.
 
 
 
 
 
 

PALABRAS DE PERRO

Sonaba el teléfono y yo a veces no lo cogía sabiendo que era una de las muchas llamadas sin importancia que tu ama recibía a lo largo del día. Enseguida empezabas a aullar de manera continua, pero emitiendo diferentes sonidos enlazados, vocalizando. Sabías, porque nos habías visto, que por ese aparato, como si fuera una ventana mágica, alguien nos hablaba y decíamos las mismas cosas y hacíamos los mismos gestos que cuando hablábamos tu ama y yo. Sabías que en aquel momento alguien quería hablar por allí y comenzabas tú a hablarle al teléfono, igual que nosotros, mirando a otro lado, a alguien lejano. Y tu aullido, que intentaba ser lo más parecido a nuestras palabras, se elevaba hacia lo alto de la habitación queriendo alcanzar a la persona distante. Sentías que tenías que contestar. Contestar como nosotros, con palabras. Con palabras de perro.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 ME TRATABAS DE TÚ A TÚ

Eras ya un perro adulto. Te gustaba subirte al respaldo del sofá donde estaba sentado y me mirabas a mi altura, entendiéndome, quizás con mi misma mirada que tú has aprendido. Poco a poco intentabas aproximarte a mi cara y lamerme. No te dejaba, y unas veces apoyabas tu cabeza en mi hombro, al lado de mi cabeza. Otras veces, cuando estaba cansado o triste y te separaba, acababas poniendo sólo una pata en mi hombro, como si me confortaras para no sentirme solo, como si me dijeras: "No te preocupes colega. Tranquilo que estoy contigo"
 
 
 
 
 
 
 
 

 UNA LIEBRE A LA CARRERA

Eras un perro de caza y aunque no te había adiestrado en el oficio, llevabas por dentro tu condición. Las primeras veces que salimos al campo y oliste una cama de liebre o de perdiz, se te excitaba la sangre. Yo te incitaba a buscar y seguías el rastro, y no parabas de merodear por los alrededores con el hocico pegado al suelo, siguiendo los movimientos que había hecho el animal. Un día levantaste una liebre de su cama y de momento te quedaste parada, atónita ante un animal tan grande como tú. Luego, al ver que huía, te envalentonaste y saliste corriendo como una bala, muy segura, con la cabeza alta y agitando tus largas orejas al ritmo de la carrera. La perseguías con ahínco y no abandonabas, describiendo ambas, una detrás de la otra, un amplio círculo durante un buen rato. Tú movías rápida y enérgicamente tus cortas patas pero ella, con su gran zancada, acabó poniendo distancia entre las dos.
 
 
 
 
 
 
 
 

 LOS SUSTOS QUE ME DABAS

Te acercabas corriendo a un barranco, hasta el mismo borde, para asomarte decidida y curiosa al vacío, y mirar lo que había abajo. El corazón me daba un salto y me quedaba paralizado. Olvidaba que eras un ser horizontal y yo vertical, y que aunque asomaras toda la cabeza y te inclinaras hacia lo profundo, el resto de tu cuerpo te mantenía sobre el borde y a salvo.
 
 
 
 
 
 
 
 

 COMO LOS HIJOS CUANDO REÑÍAMOS

Nos querías a los dos, y cuando reñíamos, igual que un hijo, el corazón se te dividía. Si te ibas con uno ofenderías al otro, y no querías hacerlo. Dudabas, a veces esgrimías un pequeño gruñido mirándonos, y al final mohína y mirando de reojo te ibas y te escondías detrás de la cortina.
 
 
 
 
 
 
 
 

EL SECRETO DE LOS PARAGUAS

Los paraguas te asustaban. Tenías un miedo instintivo, sobre todo si estaban abiertos. No se que recuerdo fantasmagórico y atávico te traían, pero te infundían terror. Para nosotros fue una bendición que tuvieras ese punto flaco, pues era la única arma que teníamos para que no te subieras en los sofás cuando salíamos. Tu ama a veces se pasaba en esto y llenaba toda la casa de paraguas para controlar donde te ponías. Las visitas inesperadas eran una amenaza, pues a veces se encontraban con el extraño espectáculo que no alcanzaban a entender, aunque disimulaban.
                También te asustó, de cachorro, la primera vez que vistes una piña en la Casa de Campo. Te frenaste bruscamente en tu correteo y te acercaste cautelosa, estirando el hocico, para, llena de dudas y temores, escapar corriendo. Jugamos entonces contigo acercándote la piña y te escapabas con terror. Finalmente después de tirártela varias veces y comprobar tú, acercándote con cautela, que no hacía nada, te acostumbraste a ella y eras capaz de traerla en la boca.
 
 
 
 
 
 
 
 

EL CÉSPED

Salir al campo te apasionaba. Realizaba todo tu instinto de perro cazador. Olfateabas los rastros de la caza, subías y bajabas por los cerros, te arriesgabas por los sitios más difíciles, no tenías miedo en meterte conmigo en las cuevas o descender, deslizándote, por los barrancos. Pero el césped es donde tú disfrutabas con deleite, jugando. Ya de pequeñita te sacábamos a cualquier parque y corrías y saltabas entre la espesa hierba que casi te tapaba por completo. En el césped es donde te divertías y correteabas a tus anchas, pidiéndonos que jugáramos contigo tirándote palos, que nunca nos devolvías pero que acercabas a nosotros para que intentáramos quitártelos y salir tu corriendo otra vez. Allí olfateabas los tallos frescos que mordisqueabas con displicencia y que te servían de medicina. Donde mejor lo  pasaste corriendo fue sin duda en el Club de Campo, en las pistas de golf, donde yo te llevaba alguna vez.. Eso sí era una pista de carreras, un espacio infinito para tu expansión. Te tiraba una pelota de golf y te alejabas como una bala adentrándote en el verde, somero y quieto mar de hierba, perfectamente igualada.
                Otras veces volvías tu sola con una pelota perdida en la boca, encontrada entre la hierba. Y por cierto que me conseguiste una buena colección de ellas.

                Pienso que la hierba despertaba algo vital y alegre en ti, quizás debido a tu origen inglés.
 
 
 
 
 
 
 
 

JUGANDO A VER QUIEN PODÍA MAS

Estabas tumbada en el salón, aparentemente adormilada. Tu ama hacía un vestido. Al oír el ruido de las tijeras te espabilabas de un respingo. Sobre el suelo habían caído unas tiras de tela. Te lanzabas diligente y cogías una, tumbándote acto seguido y jugando a estirarla entre tus patas y el hocico. Te acordabas de los juegos de cachorro, en que yo te daba una tira de tela o una cuerda y jugábamos a quién se la llevaba. Tu tirabas con fuerza, sacando el genio y gruñendo. Yo no dejaba que te la llevaras. Había un momento de calma atenta, vigilante, esperando tú mi tirón, o un descuido mío, para dar el tuyo repentino. El juego fue haciéndose sicológico y cada vez más astuto. Yo tiraba suavemente, poco a poco y tu abrías un instante la boca para morder con más fuerza, para sujetar más cantidad de tela. Entonces, cogiendo  al vuelo esa fracción de segundo, daba yo un rápido tirón y conseguía sacarte el trapo de la boca, o al menos recuperar algo de cinta para repetir la operación, hasta conseguir todo el trapo. Pronto te diste cuenta de mi astucia y ya no abrías nunca la boca, mirándome fijamente, sin parpadear y con los ojos enrojecidos. Eras tú la que, sin darme tiempo, te adelantabas en la intención e ibas dando rápidos mordiscos a la tela, antes de que yo pudiese reaccionar, recuperándola poco a poco hasta llegar justo a mi mano, y me hacías abandonar, retirándote muy ufana.
                Una vez te gasté una broma, haciendo el mismo juego con una goma, que yo soltaba cuando tú, reculando, tirabas de ella. El gomazo en el hocico te asustó pero no por eso, cuando te ofrecía la goma, dejabas de cogerla.
                Cuando yo no quería jugar, te acercabas tú moviendo el rabo, con los ojos juguetones y con la cinta en la boca, y la ponías al lado de mi mano, mirándome, provocándome una y otra vez, dándome golpes con el hocico en la mano, hasta que cedía. Muñecos de goma, huesos de nylon, etc., eran buen instrumento para ese juego que te duró toda la vida.

                Por cierto que hablando de huesos, te encantaban los huesos de cuero, y cuando te dábamos uno no había quien te lo quitara hasta que  terminabas de roerlo. Para que te durara varias veces, tuvimos que recurrir a la siguiente estratagema: Salíamos a la puerta y tocábamos el timbre, cosa a la que tú siempre respondías ladrando y saliendo hecha una furia. Cuando volvías, el hueso había desaparecido misteriosamente y no dabas crédito al suceso, mirando por todas partes. Finalmente descubriste también el truco, y aunque el timbrazo te sorprendía y hacías amago de salir disparada, dudabas un instante, y luego, agarrando el hueso, salías corriendo hacia la puerta con él en la boca, lo dejabas allí en el suelo, y comenzabas a ladrar furiosa.
 
 
 
 
 
 
 
 

REVOLCONES EN LAS CARROÑAS

Íbamos por el campo y tú, olfateando algún rastro, te separabas de mí; yo seguía absorto en mi afición, buscando indicios de yacimientos arqueológicos. De pronto miraba y te veía a lo lejos revolcándote patas arriba, como una loca, en plena orgía de satisfacción, echándote al suelo una y otra vez, restregándote contra una carroña de animal, a veces seca, otras veces pegajosa y pestilente, y otras veces desaparecida, convertida en tierra ya. Pero a ti te daba igual y el olfato se te emborrachaba de placer, y aunque atendías a mi silbido y a mis voces, te sumergías de nuevo con afán en el desecho, feliz y pasándote por el hocico mi irritación.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

CELOS

Cuando tu ama y yo nos juntábamos en la cama o en el sofá, no lo podías soportar. Se te ponía una mirada desamparada y te acercabas, inquieta y expeditiva, a poner orden. Te subías a uno y a otro, acercabas el hocico suplicante a nuestra cara, lloriqueabas, y finalmente, con la cara algo enfadada y ofendida, te acababas instalando entre los dos y todo volvía a estar como tu querías.
 
 
 
 

 LUNITA MUERTA

Enfermaste lentamente, sin darnos cuenta. Era simplemente que te cansabas antes de tiempo, que tenías como reuma y te sentabas, o como si tuvieses un pincho en una pata y no pudieras andar. Pero eras el mismo perro y tu ánimo era el mismo. Ni tú lo sabías. Te habías vuelto gorda desde la última enfermedad de hacía años, a causa del tratamiento con cortisonas que te salvó la vida entonces. Pero era un gordura ligera, de perro casero, que también interpretábamos como consecuencia de la vida sedentaria que llevabas últimamente.

                Yo te sacaba menos al campo desde hacía ya tiempo, dada mi afición absorbente por la arqueología, que hacía que no estuviera pendiente de ti, por lo que, aburrida, te ibas enseguida debajo del coche y me dejabas deambular a mi aire. Sin embargo, a cada rato, me ibas a buscar por si me había perdido. Asfixiada por el duro sol del verano llegabas hasta mí cansina, con la lengua fuera, te acercabas  y yo te acariciaba. Me decías con tu actitud: "estoy aquí, hola..."; y te volvías acto seguido a la sombra del coche, perdido tras los lejanos montículos del campo. Al cabo de un rato estabas otra vez de vuelta, localizando mi posición y asegurándote de que no te había abandonado, aunque sabías que el coche era la posición fija que había que vigilar y el lugar seguro de retorno.
                Alguna vez, sin embargo, no me encontrabas, porque yo volvía al coche por un camino distinto. Entonces me buscabas incansable, correteando con toda la gracia de tu ágil vitalidad, subiéndote a los cerros y alzando tu graciosa cabecita de orejas largas y mirada de persona, oteando en todas direcciones, y emprendiendo de nuevo el camino ligera, con el hocico pegado al suelo, buscando mi rastro. Al verte en la distancia, yo te llamaba con fuerza y corría a mi vez tras de ti para que no te despistaras, hasta que al final me oías y mirabas presta en mi dirección. Entonces emprendías veloz el camino hacia mí, contenta de haberme encontrado.

                Empezaste a adelgazar después del último verano, en el mar, donde corriste y te bañaste con nosotros en la playa. Un verano al fin contigo en la playa casi solitaria, donde estabas a tus anchas. Pensamos que por fin habías recuperado tu antigua forma. Pero no, era el comienzo de tu enfermedad fatal. Apenas un mes antes del último día, en una salida al campo, en visita arqueológica a aquel pueblo antiguo abandonado, te tenías que sentar de vez en cuando, y tu ama se preocupó, diciendo que algo te pasaba, que estabas mal. Será algo pasajero pensé yo, quizás frío.

                Luego te costaba subirte al sofá, en el que finalmente te tumbabas alargando el hocico hacia nosotros y mirándonos cansada y comodona. El mismo sofá donde, cuando estabas contenta, te dabas la vuelta patas arriba como un niño y ladeando la cabeza te quedabas mirándonos con una expresión algo pícara y persistente, mientras te decíamos cosas y te chistábamos. Finalmente te encerrabas la mayor parte del tiempo en tu sitio, debajo de la mesa con faldillas de la cocina, donde tenías tu colchón. Y sólo salías cuando oías ruido de comida, cundo abríamos la nevera o sonaba algún plato. Estabas en tu rincón, pero con la oreja atenta siempre, pendiente de lo que pasaba en cada momento. Eso siempre lo has hecho de manera sorprendente: espiarnos a través de los sonidos y el olfato, identificando siempre lo que hacíamos a distancia. En eso te pareces a tu ama, que siempre está controlando lo que hago en otro sitio, ayudada del oído y la imaginación.

                Para la comida no estabas enferma. Salías de tu encierro como una rosa, dispuesta a participar en la pitanza, reclamando con tus insistentes gritillos agudos una participación en el botín. Y hasta dabas un saltito, como siempre, cuando te dejaba caer algo de comida.

                Te llevamos al veterinario, pensando que estabas aquejada de reuma en las patas traseras, o que quizás -según tu ama- tenías algo interno, ya que últimamente orinabas con mucha frecuencia. Pensamos que seguías mal de la cistitis que hacía poco tiempo habías tenido y que creíamos curada. La sangre estaba algo baja y quizás eso podía explicar tu cansancio,... pero los análisis finales dictaron el mal definitivo: Leismaniosis.

                Tenías un pronóstico incierto de vida, desde un mes hasta varios años. Además existía un posibilidad, aunque remota, de contagio para nosotros, que era más inquietante y peligrosa en los veranos a causa del mosquito traidor que nos transferiría tu veneno. Tratamiento, inyecciones de por vida,.... y esperanza. De momento esperar hasta la primavera, luego ya veríamos. Dura vida para todos. Entre tanto, el día a día.

                Te empezamos a pinchar nosotros,.... y de pronto el bajón, la visita al veterinario antes de tiempo y la evidencia de una complicación inducida por tu enfermedad. Era un trastorno en la coagulación de tu sangre, un enrevesamiento de tu naturaleza que te hacía sangrar por cualquier sitio. Decisión fatal a tomar,... o intentar curarte,.. al menos intentarlo, ...tratamiento de choque.

                Te quedaste hospitalizada, en una jaula, al lado de otras jaulas de perros enfermos y operados.

                Volvimos a verte al otro día y estabas muy agitada. Finalmente te tranquilizaste y apoyabas la cabeza en mi mano, sobre la mesa de tratamiento donde te habían puesto para estar con nosotros.

                Al día siguiente ya estabas hecha a que te visitáramos y enseguida te alegraste y te tranquilizaste. Orinabas sangre diluida y estabas más débil. Tenías la boca reseca ya que no te daban de beber y tu único alimento era suero. Pero seguías siendo el mismo perro y estabas tranquila con nosotros, mirándolo todo, observando a los otros perros que eran visitados en la misma sala por sus dueños. Cuando yo salía a fumar un cigarro al servicio, estabas pendiente de la puerta y me controlabas con viveza hasta que llegaba a tu lado. Tu ama evitaba el mirarte, aunque te acariciaba mecánicamente mientras hablaba con la otra gente. Alguna vez sí se dirigía con cariño a ti, aunque te observaba siempre de reojo. Yo te miraba como siempre, aunque la preocupación flotaba en mi cara, y el desquiciamiento de la incertidumbre también. Tú eras un perro maduro, y leías muy bien nuestra alma. Evitabas también mirarme directamente, como hacía tu ama contigo. Pero cuando intentaba leer el periódico, o simulaba dormirme para que te relajaras, me mirabas largamente a los ojos, con afecto constante, quizás sabiendo tu próxima muerte y manifestando tu sentimiento. Al rato te sentías cansada y apoyabas tu cabeza sobre mi mano extendida cerca de ti. Yo creo que sí, que sabías tu destino y como cualquier animal lo aceptabas, aunque tenías a veces una mirada baja y como enfadada, en resignada protesta.

                No reaccionaste al tratamiento extremo y había que terminar para no prolongar tu deterioro. Eso nos dijo el veterinario... y nos pidió tomar la decisión en el momento... Dolor insoportable por la urgencia. Tu ama, convencida en un principio, se quebró al instante.... y dijimos que esperara hasta el día siguiente. El veterinario nos preguntó con bondad indiferente si queríamos verte por última vez, pero no fuimos capaces de hacerlo en aquel momento en que estabas sentenciada por doce horas. Te quitaron el tratamiento que te mantenía con vida artificialmente, y esa misma noche te fuiste en tu propia sangre, que se escapaba por todos los poros de tu cuerpo.

                Nos llamaron de madrugada. La noticia de tu muerte anticipada nos trajo la paz. Te habías muerto tú misma, evitándonos el dolor de darte el fin.
 
 
 
 
 
 
 
 
 

REFLEXIÓN SOBRE LA MUERTE

He tenido la necesidad, en estas escenas de tu vida, de recordar punto por punto el camino de tu muerte, igual que lo hice con la muerte de mi madre:  Entonces sentí por primera vez esta necesidad imperativa, para intentar superar la incertidumbre, el estupor; la incredulidad de sentirla viva, presente el día antes, y desaparecida, ausente total, arrebatada de la existencia el día después. Incomprensible, inaceptable, magia trágica. El alma no se acostumbraba. Ella estaba presente dentro, latente, pero ya no existía. Vacío insufrible, horror casi. Estupor ante la muerte a la que uno no se acostumbra.

                ¿Qué es la vida que se siente tan rotunda, evidente, eterna, y desaparece en un instante y uno no sabe donde buscarla?. No está en el cuerpo, muerto ya, pero uno la siente latir todavía. Horrible y angustiosa contradicción que embota la mente y la conciencia, que confunde el pensamiento enganchado todavía al momento trágico del final.

                Sí, es necesario repensar el proceso para entenderlo, aunque quizás las lágrimas y el dolor consciente es el único camino para este entendimiento.

                ¡Qué fácil es morirse; qué rápido puede ser!. Y que difícil es prescindir del que muere, olvidarle, no contar con él... tantos años trenzada su vida con la nuestra, consolidados hábitos, sentimientos, apoyos y compensaciones.

                La muerte produce siempre el mismo dolor: el de la pérdida de todo un mundo de afectos, de implicaciones sentimentales que manteníamos con el que se muere y van a desaparecer con él. Esa es la raíz del auténtico dolor que sentimos por la muerte de las personas.

                Hay que cambiar nuestra vida exterior e interior. A veces es difícil encontrar otro equilibrio. Nuestro pensamiento sigue pronunciando el nombre del que se fue y queriendo sentir lo que sentía, pero ya no está y la razón quiere borrarlo, pero el corazón se revuelve en angustia y dolor. Sufrir por el que se ha ido es transformar todo el amor que sentíamos en dolor por su muerte, y hasta que no le hemos llorado lo suficiente no se serena el sentimiento en un dulce recuerdo.

                 Y los perros mueren igual que las personas, escapándose la vida -y el alma con ella- en un momento; escapándose del cuerpo que antes se movía y ahora yace quieto, abandonado a la destrucción del tiempo. Se ha perdido todo el ser en un instante y lo que queda no es nada, ..... sólo la imagen de la muerte.

                Tanta vida creada poco a poco, tanta conciencia de nosotros acumulada en el animal, tanto reflejo de nosotros mismos, viviendo en ti, Luna, en tu mirada preñada de nuestra propia alma, de nuestros propios sentimientos que tu entendías. Todo se ha perdido ya. Se perdió el cristal vivo de tu mirada que nos reflejaba, de tu alma que nos entendía. En un momento. Imposible de entender,… o de aceptar... ¿Qué somos?.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

YO TE ENTERRÉ CON MIS MANOS

Recogí tu cuerpo en la clínica veterinaria. Te iban a entregar al servicio de recogida e incineración del Ayuntamiento, donde junto con cientos de otros perros y animales muertos el mismo día, de todos los tamaños y razas, desaparecerías como una basura orgánica, impersonal, como un montón de desechos de la vida cotidiana de la Urbe que hay que eliminar.

                Te habían embutido en un pequeño saco de plástico negro bien atado. Parecías un pollo plastificado de Supermercado, doblado por todas partes para ocupar el mínimo espacio.

                Te llevé a nuestra casa de la sierra, donde tantas veces habías corrido en juego concertado conmigo, dejándome perseguirte y esquivándome en hábiles regates mientras me mirabas pícaramente de reojo.

                Debajo del Enebro grande, al lado de una peña, te enterré. Fue un instante de indecisión eliminada el abrir tu saco negro donde sabía lo que iba a encontrar: el momento de tu muerte. Estiré tus miembros apretujados y te coloqué sobre una tela como si estuvieses tumbada, durmiendo como solías. Tu sedoso pelo negro, tus largas orejas lucían como siempre. La gracia de tu forma y de tu postura era la habitual.

                Te tapé y deposité tierra encima con cuidado, hasta cubrir el hueco. Ahora estabas en tu sitio, en el lugar que te correspondía, en casa para siempre.
 
 


FIN