HISTORIA 

DE LA MADRE TIERRA

 

 

 

Jesús Vega Hernández

 

© Derechos reservados  Abril de 2006

 

 

 
 

 

 

 

 

ARREYTAL

 Os voy a contar una historia sorprendente que me ocurrió una tarde de otoño. Estaba revisando algunos escritos y notas con la intención de elegir un tema para un libro que escribiría a lo largo del invierno que se acercaba. Absorto en mis pensamientos y divagaciones, se fue apoderando de mí una sensación extraordinaria y aguda, como si fuera cayendo inevitable y maravillosamente hacia un abismo repleto de imágenes y contenidos; como si alguien se hubiese apoderado de mi imaginación y la empujara dentro de una historia fantástica.

            Era muy extraño, pues no tenía tiempo de reflexionar ni de parar mi imaginación. Estaba viviendo la historia directamente, aunque no podría describir con precisión lo que veía, salvo que era un mundo de extraordinario colorido y realidad, y las cosas sucedían tan deprisa que no era capaz de captar su significado. Una sucesión de imágenes cambiantes, muy vivas, impactaban mi mente sin descanso. Finalmente se pararon y se hizo una luz extremadamente clara y sosegada. Una imagen venerable, sin facciones definidas, casi sólo una presencia humana intensa y sin rostro me inundaba, y oía sus palabras lentas y profundas:

            «Me llamo Arreytal y soy una forma de conciencia, un espíritu solitario que habita en el Cosmos. Soy tan antiguo que vosotros diríais que vivo desde siempre. Mi ritmo vital es muy lento, lentísimo, como el paso de los siglos y los milenios. Para mí no existe el tiempo como vosotros lo entendéis, que estáis atados al reloj biológico de vuestro cuerpo. Yo me muevo por el tiempo con la misma agilidad que vosotros por vuestras ciudades. Conozco sus calles y sus atajos, y sé, como vosotros, acelerar o disminuir el ritmo de mis pasos. Soy un viajero incansable, un peregrino de los espacios, un aventurero en busca de estrellas nuevas.

            Hace muchísimos millones de años llegué cerca de vuestra estrella, que estaba naciendo, y me paré entusiasmado a contemplar su crecimiento. He visto nacer muchas estrellas a lo largo de mi existencia, pero ésta me fascinó especialmente y aún sigo contemplándola. Quizás sea porque siento que es la última, pues ya me encuentro cansado y se acerca el tiempo en que debo regresar a mi galaxia y disolverme para siempre en la luz de mi estrella-madre.

            Por eso, a los hombres que habéis nacido bajo esta luz os dirijo estas palabras, para que entendáis vuestra realidad y vuestro destino, pues aunque ya empezáis a comprender las cosas, y vuestros sabios y científicos han profundizado grandemente en todos los campos del saber, estáis todavía muy inquietos y angustiados con vuestro porvenir y no empezáis a imaginar siquiera el significado de todo lo que sucede. A vosotros,  humanos todavía, os dirijo estas palabras que son vuestras, que he aprendido al veros crecer y desarrollar durante milenios. Palabras para que me entendáis, para que lo que yo veo podáis al menos intuir a vuestra manera, con vuestro entendimiento humano que es, todavía, un reflejo de vuestro cuerpo y del pequeño espacio alrededor, y al que se le escapan muchas dimensiones de la existencia.

            Para vosotros, y en vuestro honor, me he puesto un nombre: Arreytal. En vuestro honor y en honor de esta última aventura que, como siempre, es mi vida y me invade por completo».

            Hizo una pausa muy profunda, que estaba preñada de la infinita y silenciosa nostalgia de un viajero milenario, como lo está la oscuridad de la noche cósmica abandonada por miríadas de estrellas que nos miran en soledad desde la lejanía; como lo está el viento congelado de las distancias sin límite, que silba callado por todo el Universo, o el lejano rayo de luz que viaja todavía por los espacios interminables después que su estrella ha muerto.

            Pero luego volvió a iluminarse su voz al calor de los recuerdos, y poco a poco sus palabras comenzaron a tomar una dimensión nueva, un sonido que se fundía en imágenes dentro de mí, como si me estuviera haciendo ver directamente lo que él había visto. Su rostro etéreo acabó difuminándose y, extrañamente, lo sentía sobre mí, sobre mi rostro, igual que si se hubiera confundido conmigo.

            «Explorando el Universo, había llegado a las proximidades de vuestra hermosa galaxia espiral, que refulgía solitaria en la oscura noche cósmica, alejada enormemente de las galaxias más próximas. La espiral brillaba deslumbrante, como una gigantesca rueda de fuegos artificiales, aparentemente estática y silenciosa. Sólo latía el fulgor de sus miríadas de estrellas.

            Según me iba acercando, puede contemplar la enorme masa roja de su viejo corazón ardiente, y sus azulados brazos que eran como ríos desparramados de estrellas que inundaban el negro vacío. Cuanto más me acercaba, la inmensa masa de estrellas se iba haciendo más dispersa, más desgranada y tenue, de la misma manera que la masa entera de una nube a lo lejos se disipa y disgrega a medida que nos aproximamos. Y entonces, en el borde de uno de los brazos, vi encenderse vuestra estrella. Vivamente animado, me dirigí hacia ella y descansé en sus proximidades, dispuesto a contemplar su evolución.

            Era una estrella discreta de tamaño, de intensa luz y bastante solitaria. Por la forma de encenderse pensé que en la condensación de la estrella podía haber quedado asociado algún planeta girando alrededor, aunque de momento no veía ninguno. Me alejé buscando órbitas lejanas y por fin divisé a lo lejos un punto iluminado. Resultó ser un enorme planeta de aspecto gaseoso. Densas nubes evolucionaban en franjas abarcando toda la superficie. A su alrededor pude localizar, también muy alejados, un buen número de satélites de diferentes formas y tamaños. El planeta parecía a su vez una estrella que no llegó a encenderse, con su corte de planetas girando alrededor.

            En una órbita todavía más lejana conseguí localizar otro planeta gigante, rodeado de un bello y delicado anillo en disco, perfectamente trazado; al acercarme comprobé que el disco estaba formado por una inmensidad de trozos y partículas de hielo. El planeta era de aspecto gaseoso, similar al anterior.

            Más allá fueron apareciendo otros planetas, todavía de considerables dimensiones, pero muy fríos e inhóspitos debido a la lejanía de la estrella. Toda aquella ingente cantidad de masa se veía abandonada en la distancia, asociada en su giro lento a la única presencia existente en el espacio alrededor: vuestra estrella.

            Me acerqué hacia ella y apareció un pequeño y bello planeta de color rojo. Tenía una ligera atmósfera transparente y dos casquetes blancos y congelados. La superficie se veía desolada, aunque surcada por antiguos cauces secos de gigantescos ríos. Destacaba un altísimo volcán apagado.

Continué mi aproximación y un bello espectáculo se fue abriendo ante mi vista: un hermoso planeta azul, de atmósfera transparente cubierta en algunas zonas por copos de nubes blancas. Sobre la superficie, enormes extensiones de agua cubrían la mayor parte del planeta. En las partes emergidas se veían zonas verdes surcadas por ríos, que alternaban con otras de elevadas cumbres montañosas.

            No había ninguna duda: ¡allí había crecido la vida! Por fin había encontrado otro sistema estelar vivo, otro rebrote quizás de conciencia en el inmenso y esparcido Universo. Porque así es el Universo ahora, un vastísimo espacio oscuro donde centellean magníficas estrellas, tan separadas que hasta yo, que puedo moverme por él a velocidades que escapan a vuestro entendimiento, y que tengo una vida cuya duración es tan incomprensible para vosotros como mi propia naturaleza, encuentro a veces desalentador el explorar sus caminos y me resulta difícil descubrir sus oasis de vida.

            Continué acercándome a la estrella, que hacía patente ya su caliente proximidad, y fueron apareciendo otros dos pequeños planetas: uno de asfixiante y densa atmósfera, y otro desolado y desnudo, abrasado por la estrella. Ambos estaban demasiado cerca del fuego para poder desarrollar vida. Porque la vida se genera al calor de la estrella, que es la energía madre, la fuerza primordial que da origen y mantiene la vida en el Universo, pero cuando este calor lo recibe en una discreta medida. Sólo la materia que se encuentra a la distancia adecuada -sobre el planeta adecuado- para recibir el calor preciso que le permita organizarse, acaba desarrollando el especial dinamismo que es la vida. La materia demasiado caliente se agita en turbulento caos y la demasiado fría permanece inerte.

            Todo indicaba que el planeta azul era el único apropiado en vuestra estrella para el desarrollo de la vida. Y allí estaba ella, la vida, en aquel hermoso color verde que se extendía por amplias zonas, y seguramente bajo aquellas inmensas extensiones de agua que casi cubrían el planeta.

            Emocionado, me dispuse a contemplar en una escala de tiempo lento, detalle por detalle, toda la evolución de vuestro planeta desde el instante mismo del nacimiento de la estrella. Me introduje por el pasadizo de tiempo más próximo de vuestra galaxia y volví a emerger en el origen de vuestra historia.

           

 

 
EL ORIGEN

 En el espacio que hoy ocupan vuestra estrella y sus planetas, y más allá todavía, había una gran nube de polvo y gases procedentes de la muerte de una gran estrella de otra generación. Las estrellas grandes explotan al morir, dispersando su materia por el espacio en forma de nube. Pero la muerte de la materia no es definitiva, porque dentro sigue latiendo débilmente la fuerza de la masa; la fuerza que tiende a conglomerar las grandes cantidades de materia dispersa  en un todo compacto. El empujón causado por la explosión reciente de otra estrella comprimió la nube, compactándola en una parte y provocando la progresiva condensación en torno a ella del resto. Toda la masa de gas empezó a girar alrededor de ese núcleo más denso, que se iba consolidando de manera creciente como si fuera un sumidero de masa, en torno al que se creaba un torbellino aspirante de la nube. La asimetría de la nube provocó la aparición de otras zonas de condensación pequeñas, que se desgajaron del torbellino y quedaron girando también, más separadas, en torno al gran núcleo central. A medida que pasaba el tiempo, la masa del núcleo se iba apretando más y más, reduciendo su volumen bajo la tremenda fuerza de atracción que se estaba poniendo de manifiesto. El rozamiento entre las partículas de materia así comprimidas elevó la temperatura hasta el punto de comenzar a producirse reacciones nucleares, convirtiendo al núcleo en una masa en explosión contenida, que equilibraba su fuerza expansiva con la fuerza de atracción, y que ardía vivamente. Había nacido una estrella, vuestra estrella.

            Las masas separadas que quedaron girando alrededor del núcleo no tenían la suficiente cantidad de materia para provocar una condensación tan energética, y aunque se calentaron por efecto de la compresión de la materia no llegaron a encenderse como la estrella. Quedaron conformadas simplemente como planetas incandescentes.

            Ya sé que es muy difícil para vosotros entender esta singular fuerza de atracción entre la materia, la fuerza gravitatoria como vosotros la llamáis porque así os lo han enseñado desde niños. Realmente sólo sois capaces de entender claramente aquellos fenómenos que habéis podido observar en vuestro mundo, aquello que forma parte de vuestra experiencia directa. Porque para vosotros "entender" una cosa o fenómeno nuevo es saber que está compuesto de una serie de cosas o fenómenos que conocéis de antes y que se han relacionado de una manera diferente. Así sois capaces de entender cómo funciona uno de vuestros vehículos, pues conocéis cada una de sus partes y comportamientos, y cómo se han organizado para producir un efecto resultante nuevo, que antes no se podía observar. A fin de cuentas estáis manejando cosas de vuestro mundo.

            Sin embargo, cuando tratáis de explicaros cosas cuya dimensión trasciende la escala de vuestra observación directa, empezáis a tener dificultades. Afortunadamente, vuestros sabios de todos los tiempos idearon experimentos para comprobar la existencia de determinados fenómenos que normalmente pasan desapercibidos en la experiencia cotidiana, y así fueron ampliando el campo de vuestros conocimientos y de vuestras "realidades". Alguno de ellos comprobó que suspendiendo una pequeña esfera al lado de otra de gran masa, la pequeña se acercaba a la grande de manera imperceptible a simple vista, pero detectable por medio de un espejo fijado a la primera, que reflejaba un rayo a distancia cuya imagen desplazada ya era observable. Así verificaron que la materia tendía a unirse entre sí. Para que todo el mundo pudiera hacerse una idea de ese fenómeno, lo atribuyeron a la existencia de un esfuerzo de la materia por unirse, y además dejaron establecidas  las medidas y magnitudes que describían la amplitud del fenómeno, para poder así determinarlo exactamente y poder hacer cálculos prácticos a posteriori. Además llegaron a la conclusión de que, puesto que vuestro planeta era una gran masa, este fenómeno de atracción entre las masas es lo que hacía que los cuerpos cayeran hacia el suelo.

            En un principio bastó a vuestros científicos el echar mano de las imágenes y conceptos habituales de vuestra experiencia habitual para describir y manejar los diferentes fenómenos observables. Así pudisteis "entender" la realidad que os rodeaba. Pero al ir mejorando los instrumentos de observación, y llegar vuestra mirada más dentro de la materia y más lejos en el firmamento, empezasteis a ver cosas que ya no se podían explicar de aquella manera tan palpable, que ya no se podían entender ni representar en base a vuestra experiencia humana. Pronto la ciencia de los números y de la geometría, invenciones vuestras para medir y manejar el mundo, se fue haciendo más complicada y separándose del mundo vivido. Sus procedimientos se apoyaban también en el sentido común, en relaciones aceptadas y comprobadas por todos, en la lógica como vosotros decís. Por ello, confiados, empezasteis a navegar dentro de vuestras teorías matemáticas, apoyándoos de unos principios en otros y no necesitando ya, para "entender" o creer en un resultado, la interpretación naturalista del mismo. Así fuisteis tejiendo diferentes "teorías" para interpretar una realidad que ya no era directamente observable más que por la experimentación sofisticada o por la observación excepcional. Hicisteis, no obstante, un esfuerzo por encontrar símiles naturalistas que pudieran acercar a la gente común estos nuevos fenómenos y "realidades", que sin embargo se veían incapaces para entenderlos en muchos casos.

            Y en efecto, os resulta difícil entender "vitalmente", con vuestros sentidos, estas cosas que exceden vuestra dimensión. ¿Cómo podrías "sentir" imaginariamente que una inmensa masa de gas se condensó y compactó para formar vuestra estrella y sus planetas, si hasta sentir la redondez del vuestro es una experiencia que no os fue posible hasta que lo fotografiasteis desde el espacio? Y sin embargo ya lo sabías, pues determinadas señales y observaciones apuntaban a ello. Pero no dejaba de ser una certidumbre teórica. Cuando de verdad "vivisteis" esa realidad fue al verla.

            Os queda una infinidad de cosas que saber del Universo. Y cada vez todo se irá alejando más de vuestros sentidos. La parte de Universo que veis a simple vista no es mayor que el tamaño de una hoja en un bosque. ¿Cómo podrías entender la totalidad sólo con vuestra mirada o con la mirada de vuestra imaginación? Pero toda la realidad está latiendo ante vosotros, aunque estáis alejados de ella por vuestros propios sentidos.

            Y sin embargo, ¿no sois parte también de ese Universo? Y además parte consciente, llamada a conocerlo por entero. Pero no debéis esforzaros en mirar con los ojos, ni siquiera con la imaginación, nacidos ambos para moveros sobre el Planeta. Igual que una de vuestras células o átomos es semejante a todas las demás, una estrella cualquiera es semejante a todas las estrellas; pero lo mismo que la realidad del cuerpo no se descubre mirando desde un átomo, no descubriréis la realidad del Universo mirando desde una estrella hacia todas las estrellas. Porque el Universo está en otra dimensión superior a la vuestra, que a fin de cuentas es la del espacio terrestre alrededor, directamente conocido por vosotros. Y no obstante,  disponéis de otra clase de conocimiento que vosotros llamáis espiritual, aunque no sabéis utilizarlo para "entender espiritualmente" el Universo. Pero aún es pronto en mi relato para poderos mostrar algo de esta realidad. Llegará el momento cuando hayáis descubierto el mensaje que encierra vuestra historia. Por ello es inexcusable seguir ahora con ella punto por punto.

 

 

LA TIERRA

De toda la masa de la nebulosa inicial de vuestro sistema, el noventa y nueve por ciento pasó a la estrella y el resto se distribuyó entre los planetas, que quedaron orbitando muy separados de la estrella. Podéis imaginar al vuestro como un diminuto insecto apenas visible que vuela pegado a las paredes de un gran salón en cuyo centro pende una bombilla encendida. Vuela tan despacio que casi no se percibe su movimiento. Así son las proporciones que yo veía desde  el punto en el que contemplaba vuestro sistema. Sólo el advertir la enorme distancia que existía hasta las estrellas más próximas hacía explicable que la fuerza de atracción de la estrella pudiera actuar a tanta distancia y conservar asociados en sus órbitas a los planetas.

            Me dirigí entonces al vuestro, la Tierra, como vosotros le llamáis, que estaba todavía incandescente y sobre su superficie pastosa empezaban a aparecer costras y escorias. El planeta estaba acompañado por un hermoso satélite, relativamente grande.

            Al irse enfriando paulatinamente la superficie, se consolidó una delgada corteza sólida, troceada en placas. Muy poco después, sobrevino en todo el sistema  una intensa lluvia de corpúsculos de materia, restos de la condensación de la nebulosa inicial, que bombardearon a todos los planetas y satélites dejándolos cubiertos de innumerables cráteres de impacto. En algunos este aspecto se conservó invariable, como en vuestro satélite. En otros, como en la Tierra, la dinámica de su superficie borraría estas huellas. Una parte de aquellos fragmentos de materia se escaparon de las colisiones y quedaron orbitando alrededor de la estrella, entre las órbitas de dos planetas.

            La débil corteza de la Tierra siguió enfriándose, pero el interior continuaba bullendo y las fuerzas y tensiones que se producían por efecto del movimiento combinado de todo el sistema hacían que la corteza crujiera y derramara por sus grietas lavas incandescentes y abundantes nubes de gases y vapores.

Se fue formando así, por encima de la corteza, una atmósfera de gases primigenios, entre los que estaba el vapor de agua. Y según continuaba enfriándose la superficie, el vapor de agua y los gases comenzaron a condensarse en forma de lluvia que caía profusamente y acabó cubriendo grandes extensiones de la Tierra.

            Al formarse la Tierra de un grumo periférico de la nebulosa inicial, convertido en remolino de condensación, continuó girando sobre sí misma una vez consolidada. Así se originó el día y la noche en el Planeta, según estuviera en su giro de cara al Sol -como llamáis a vuestra estrella- o de espaldas a él.

            Los planetas, al ser casi esféricos, reciben la luz de la estrella con distinta inclinación en cada una de sus partes. Las partes que la reciben más frontalmente están más calientes que las que la reciben sesgada. Si la Tierra hubiera quedado girando sobre sí misma en el mismo plano en el que a la vez gira alrededor del Sol, una parte cualquiera de su superficie recibiría siempre la luz con la misma inclinación, y tendría siempre la misma temperatura a lo largo de su trayectoria alrededor de la estrella -a lo largo del año-. Y así sucede, en efecto, en muchos planetas. Pero la Tierra quedó, sin embargo, girando en un plano algo inclinado, por lo que un mismo lugar de la superficie recibe la luz más perpendicularmente en unos tramos de la trayectoria que en otros. Así quedaron configuradas las estaciones, el frío y el calor cambiantes a lo largo del año.

            Noche y día, verano e invierno, frío y calor, desigualdades térmicas sobre la superficie de la Tierra y por tanto sobre la atmósfera. Desigualdades físicas de la superficie, zonas altas y bajas, agua y tierra, cada una a distintas temperaturas. El aire caliente se vuelve ligero y asciende, dejando un hueco que es ocupado por el aire más frío y pesado, que desciende. Esa es la dinámica de vuestra atmósfera, que mueve grandes masas de aire sobre el Planeta. Es el mecanismo de los vientos que no cesa.

            El agua del inmenso mar se evapora en las zonas más cálidas y forma nubes que son desplazadas por los vientos. Al llegar a zonas frías se condensa y precipita en forma de lluvia que corre por la tierra y vuelve al mar. Es el mecanismo del agua que siempre se repite.

            Todos estos efectos se empezaban a producir en aquel momento de vuestra historia geológica que yo contemplaba. La Tierra era entonces un planeta inhóspito, en el que la radiación del Sol caía con rigor, pues los gases de aquella atmósfera inicial no eran capaces de frenar los rayos más dañinos.

            Violentas tormentas y relámpagos recorrían el Planeta, agitando las aguas; los vientos eran huracanados y arrasadores. La intensa lluvia formaba ríos caudalosos que surcaban las tierras emergidas y las desgastaban, arrastrando sus materiales hacia el mar. La compleja maquinaria de la Naturaleza y todos sus mecanismos se habían puesto en marcha.  

 

  

APARICIÓN DE LA VIDA

Aquella atmósfera tumultuosa y primitiva estaba formada por gases comunes, los mismos que se encuentran en otros planetas. Debido a la acción de los rayos que caracterizaban aquel ambiente turbulento, y a la fuerte radiación ultravioleta del Sol, estos gases se desdoblaban en sus componentes, que se recombinaban químicamente produciendo a veces compuestos más complejos. Su vida era corta, sin embargo, debido a la misma radiación solar que llegaba apenas sin filtrar y que los volvía a descomponer. Y así, ningún compuesto químico evolucionado hubiese prosperado de no ser por la abundante lluvia y por los ríos que trasportaban aquellos compuestos hacia el mar, donde el filtro poderoso del agua los ponía a salvo de la mortífera radiación primigenia. Allí se iban acumulando estas moléculas complejas, lo mismo que se iba acumulando lentamente la sal de la tierra disuelta por los ríos, que acabaría, a lo largo del tiempo, volviendo salado el mar. El mar alcanzó así una alta concentración de moléculas complejas, convirtiéndose  en un auténtico caldo de cultivo, en un laboratorio donde éstas reaccionaban produciendo todo tipo de combinaciones químicas. Y fueron apareciendo las moléculas evolucionadas con las que se construyen los organismos.

            Desde los sencillos gases primitivos hasta las moléculas orgánicas, la materia anduvo un camino que ya existía como posibilidad en las moléculas sencillas. La química no es más que la realización de una posibilidad que ya existe en la materia. Sólo es preciso poner juntos los elementos que se van a combinar y que las condiciones ambientales sean apropiadas. El mar primitivo era un caldo de moléculas orgánicas que se extendía por todas partes, y en muchas de estas partes se daban las condiciones favorables para producirse reacciones complejas. Y se produjeron, siguiendo la tendencia natural de la materia, lo mismo que vuestra estrella y los planetas se organizaron a partir de la nebulosa primitiva cuando tuvo lugar un suceso favorable. Pero tanto en un caso como en otro podían no haberse dado estas condiciones, y seguir la nebulosa siendo nebulosa y los gases primitivos siendo simples gases atmosféricos. Hubiese bastado que la Tierra estuviera algo más cerca del Sol y su temperatura fuera mayor para que el vapor de agua no se hubiese condensado, permaneciendo en la atmósfera. No hubiera existido entonces el mar ni se hubieran podido alcanzar grandes concentraciones de materia compleja protegida bajo sus aguas. Hubiera bastado que cualquier otra condición no se hubiese producido para que los compuestos orgánicos no hubiesen prosperado, como ha sucedido y sucederá en otros planetas.

            El mar primitivo era un medio poblado por moléculas orgánicas de todo tipo, sencillas y muy complejas. Fue preciso ese medio tan extenso, esa enorme acumulación de materia orgánica y la disponibilidad de periodos de tiempo inmensos en esas condiciones para que se fuera produciendo una gran variedad de compuestos. Las moléculas complejas se formaban al reaccionar entre sí otras más sencillas, pero tenían una vida determinada, duraban un cierto tiempo, y luego volvían a descomponerse en sus partes. Pero una nueva reacción volvía a crear otra vez la molécula compleja cuando la cantidad de las sencillas aumentaba. Y así se alcanzaba un equilibrio entre las cantidades existentes de moléculas sencillas y complejas.

            Algunas moléculas complejas, formadas por largas cadenas de átomos, tenían la cualidad de doblarse, de retorcerse, adhiriéndose o soldándose a sí mismas, con lo que se reforzaba su estructura y la probabilidad de desintegrarse nuevamente era menor. Eran moléculas de una vida más larga. Pronto empezaron a acumularse este tipo de moléculas frente a otras más inestables que iban siendo desplazadas, al acaparar las primeras los compuestos elementales para su formación. La  proliferación de variedades y la aparición de moléculas cada vez más complejas dio lugar a la formación de marañas o enjambres.

            Estos grumos estaban formados por diversas sustancias y, a veces, alguna  de ellas se disponía en forma de capa o película envolvente exterior que dotaba al grumo de mayor estabilidad. Eran unas configuraciones caprichosas, que inicialmente no tenían más sentido que una forma más farragosa de existir la complejidad. Eran unos agregados de materia, unas microgotas orgánicas dotadas de una especie de membrana que las aislaba del exterior. Algunas de estas membranas filtraban determinadas sustancias, entre ellas las que servían para sintetizar las moléculas complejas de la gota: dejaban pasar el "alimento". Así la microgota consiguió durar formada más tiempo que la propia vida de las moléculas internas, pues aunque alguna de estas iba desintegrándose, se formaba otra nueva en el interior, manteniendo la estructura de la gota. Aunque el número de moléculas complejas totales en el medio seguía siendo el mismo, cada vez se veían más microgotas, ya que cuando se formaba una, permanecía.

            Algunas microgotas, después de crecer durante un tiempo, se rompían, no adaptándose el crecimiento de la membrana al de la microgota. Se deshacía la estructura y se dispersaban las moléculas complejas por el medio. En otros casos más favorables, la microgota entera, con su membrana, se dividía de manera adecuada dando lugar a dos microgotas, que iniciaban así su vida independiente y su crecimiento.

            Las microgotas más eficaces en realizar este proceso prolongaron su existencia en el medio,  acumulándose y desplazando a las otras, que cada vez encontraban más dificultades para subsistir.

            Pero la división de las microgotas era al azar, producida por fenómenos físicos, y la composición de las microgotas hijas no era idéntica; algunas no estaban bien dotadas para sobrevivir. La acumulación de las microgotas  era pues un proceso lento, pero milenio tras milenio los océanos se fueron poblando de estos "seres" orgánicos, de estos grumos organizados de materia compleja.

            El escenario de la Tierra en aquellos tiempos estaba formado por un mar poco profundo que cubría casi todo el Planeta, encharcando extensas  áreas superficiales. La tierra firme que afloraba estaba completamente desierta: rocas, tierra, arenas, fangos. Y en determinadas zonas de los mares, por todo el Planeta, las aguas estaban pobladas de diminutas microesferas. En cualquier gota de agua podían verse una buena cantidad de ellas. El medio marino inicial, que había sido un caldo de materia compleja homogéneo en el que las diferentes moléculas orgánicas arrastradas por los ríos se habían acumulado y flotaban esparcidas por doquier, después de muchos millones de años se veía poblado además por abundantes nódulos de materia, por esférulas diminutas donde se concentraba la materia más compleja.

            Y os preguntaréis qué significado tenia aquello, para qué servían aquellas gotículas de materia orgánica amontonada, que en apariencia no eran más que grumos mucilaginosos. Pensaréis que sólo se trataba de una forma curiosa de disponerse la materia compleja que ya existía antes; que eran forma sólo.»

            Arreytal se detuvo, dentro de mí, en su larga disertación y se quedó callado, pensativo unos instantes, como midiendo sus próximas reflexiones, como si fuera a desvelar  algo realmente importante.

            «Los nuevos “individuos” evolucionados, las microesferas, se habían formado espontáneamente a partir de los “individuos” antiguos, las moléculas complejas, y sobrevivían a ellas, como os he dicho, ya que la nueva estructura se renovaba continuamente gracias a la síntesis interna de sus elementos; y además se reproducían en alguna medida al romperse debido al crecimiento, dando lugar a dos nuevas microgotas más o menos semejantes. La microgota se insinuaba así como un siguiente paso de configuración espontánea de lo complejo, con vocación de permanencia. En la aparente simplicidad del proceso de su formación se ocultaba un gran significado, una nueva función que emergía con naturalidad de este pequeño paso dado por la Naturaleza. Se había formado un micromedio separado y distinto del medio marino global. Un micromedio que albergaba una gran concentración de materia compleja y en el que tenían lugar de manera más eficaz las reacciones de síntesis de dicha materia. Se había creado un laboratorio de complejidad, una fábrica que en adelante sería la responsable de formación de toda la materia más evolucionada. Y esas fábricas, con forma de microesfera, aparecían dispersas por doquier. Estos individuos-fábrica se alimentaban de los compuestos más simples que pululaban todavía en grandes cantidades por los mares, filtrándolos a través de sus membranas, alimentándose, creando su propia materia, creciendo y dividiéndose, esto es, perdurando, manteniendo su función a lo largo del tiempo, que es lo verdaderamente importante y significativo. Mueren los individuos elementales, moría -se dividía- la propia microesfera, pero la función se transmitía a las hijas. Podrías pensar que lo importante, lo significativo, no es el individuo sino la función que desarrolla, y que el significado propio del individuo consiste en ser soporte temporal de esa función hasta que la transmite.

            Creo que ya empezáis a ver aquí, en los primeros pasos que da la Naturaleza hacia el camino de la vida, la trama que regirá los designios de la existencia, desde la molécula orgánica inicial hasta vosotros. Y tal vez esto, en lo que os atañe, os puede llenar de desconsuelo, del sentimiento de ser meros esclavos del gigantesco e ineludible mecanismo de la existencia. Pero ya desde aquel momento, desde aquel punto de la incipiente evolución del Planeta en que se iban seleccionando y perduraban sólo algunos tipos de microesferas más eficaces, podéis contemplar también que la Naturaleza procede en exceso siempre, que es infinitamente generosa y aunque sus fines parecen apuntar en una dirección concreta, regala por añadidura la existencia a infinidad de seres y formas que acompañan a los elegidos en el camino de la complejidad.

            Pero me doy cuenta que os estoy hablando con vuestros propios sentimientos, que me estoy contagiando de vuestra "humanidad". Lo que os he contado últimamente es la manera cómo uno cualquiera de vosotros vería las cosas, atribuyendo a la Naturaleza intenciones humanas, propósitos, proyectos, sentido. Pero estas cualidades sólo existirán  en el Planeta a partir de vosotros, los humanos. Hasta vosotros, las cosas sucederán en sí mismas, de la manera que pueden suceder, de todas las maneras que pueden suceder. Y seguirán adelante, de manera natural, sólo las más apropiadas, igual que cuando se enciende un fuego en el bosque las llamas no se propagan siempre en todas las direcciones, sino finalmente hacia donde hay más vegetación y en la dirección en la que sopla el viento. Y el fuego es la complejidad, que se propaga y crece en la dirección más favorable.

            Y todavía alguno se preguntará por qué siempre las cosas tienen que seguir adelante, por qué la Naturaleza tiene que volverse cada vez más y más compleja; por qué no puede pararse ese gigantesco mecanismo y quedarse el Planeta, por ejemplo, en aquel estado inicial de las microesferas para siempre. Y yo le contesto que porque el Planeta, y todas las cosas, están en incesante movimiento y sucede de todo, igual que en el bosque hay luz, sombra, frío, calor, día, noche, y alguna vez hay tormenta y salta allí el rayo, y prende el fuego.»

            Dichas estas palabras pareció quedar aliviado, como si hubiera cumplido una parte importante de sus propósitos, como si hubiese desvelado el primero y más básico de sus mensajes. Pero pronto reanudó su discurso.

            «Pasó mucho tiempo, y la materia evolucionada en microgotas seguía cambiando lentamente y por tanto se iban seleccionando las configuraciones mejores para perdurar. Mil millones de años, incomprensibles para vosotros que contempláis vuestra historia en siglos y milenios, fueron necesarios para que apareciera un individuo más evolucionado que las microesferas, muy semejante a ellas, pero que incluía en su interior, junto a las otras sustancias complejas dispersas, unas moléculas especiales que influían de manera precisa en todas las reacciones que se producían allí. De tal manera actuaba aquella sustancia que se formaban sistemáticamente las mismas moléculas complejas. Actuaba realmente como un plan de producción ordenado minuciosamente, que contenía todas las instrucciones de los diferentes procesos químicos a realizar. Esta información estaba contenida en la propia forma de su molécula, y además, cuando la microgota se dividía, esta sustancia que contenía la clave de la estructura de aquel individuo tan especifico, lo hacía duplicándose exactamente, con lo que las dos gotas hijas desarrollaban una estructura idéntica, que a su vez transmitirían a las sucesivas generaciones.

            Había algo más en aquellas microgotas nuevas que las diferenciaba de las primitivas, y eran unas moléculas que aportaban energía en las reacciones de síntesis. Algunas de las reacciones en la molécula eran de combustión, productoras de energía, y aquellas moléculas especiales la almacenaban en su estructura, para liberarla en el momento y lugar oportuno donde se producían las reacciones de síntesis de la materia de la célula, dando lugar a una alta eficacia y rapidez en estos procesos. Actuaban como una especie de baterías celulares, alternando periodos de carga y descarga.

            Gracias a estos dos mecanismos nuevos, las primitivas microgotas se habían convertido en individuos específicos, en células con señas de identidad, que se reproducían a sí mismas de manera idéntica y con gran eficacia. Había aparecido algo nuevo y muy significativo, el "individuo" por excelencia, el individuo vivo, es decir, el individuo que se automantenía y se autogeneraba sin modificaciones. Era una garantía de supervivencia de estos seres tan selectivos. Hasta aquel momento, las microgotas cambiaban al dividirse, y eso hacía insegura la pervivencia de las líneas sucesorias.

            Quizás os podrá parecer inverosímil que estos dos mecanismos tan especiales puedan haberse desarrollado de manera espontánea a lo largo del tiempo, y la verdad es que requirieron una inmensidad de tiempo para aparecer por primera vez. Pero además es que los mecanismos de todo tipo se forman en abundancia en la naturaleza. Son la forma que tiene la materia de organizarse espontáneamente en estructuras estables de larga duración.

            Un mecanismo era ya la microesfera primitiva, un mecanismo que funcionaba de manera natural en un medio cargado de sustancias orgánicas elementales, de alimento. Realmente la microesfera actuaba como un succionador de alimento, como una bomba que introducía incesantemente el alimento dentro de su  laboratorio químico especializado en producir materia compleja. Al formar un micromedio separado, y agotarse dentro de él los componentes básicos, la diferencia de concentración de los mismos fuera y dentro inducía un flujo constante del alimento y mantenía la continuidad de las reacciones de síntesis de materia compleja. Era, sin duda una fábrica eficaz, y se había formado espontáneamente de manera bien sencilla.

            Pero es que una simple reacción química, en un medio donde coexisten los componentes y el producto, es ya un mecanismo que mantiene invariables las proporciones de todas las partes en unas condiciones determinadas del medio. Y ello se debe a ese proceso dinámico en que se está continuamente creando y deshaciendo el producto.

            Incluso la materia inerte tiende a organizarse en mecanismos, en estructuras dinámicas que utilizan la energía del medio. La incesante rotación de los planetas alrededor de su estrella no es más que una forma de organizarse dinámicamente la materia excedente en la formación de la estrella, y todo el Universo agrupado en Galaxias de diferentes formas y tamaños, que giran y se expanden de una manera concreta, no es más que otra forma de organización de la materia, inicialmente concentrada y dinamizada por  la formidable explosión generadora del Universo.

            Y la propia dinámica de vuestra atmósfera y del clima, que produce de manera incansable alternancias de frío y calor, lluvias y sequía, vientos y calmas, no son más que otros mecanismos que actúan incesantemente, generados con espontaneidad por la diferente distribución de la energía solar sobre la superficie curva de vuestro planeta, como ya os conté. Una condición tan simple como la inclinación del eje del Planeta en su órbita respecto a la Estrella induce los cambios climáticos estacionales bajo los que trascurren vuestras vidas, y es la causa de que el Planeta se tiña siempre de verde vida al llegar las primaveras.

            La materia y la energía coexisten necesariamente, y con frecuencia se organizan en mecanismos dinámicos que se mantienen bajo determinadas condiciones del medio. Cuantas más posibilidades de asociación, cuantos más grados de libertad tienen las cosas, más facilidad tienen para organizarse en mecanismos. Y la materia compleja, la materia orgánica, con tantas posibilidades de interacción química y física ¿cómo no habría de autoorganizarse en mecanismos al cabo de tiempos larguísimos, sometida al constante dinamismo del medio?

            Las células primitivas eran unos seres muy estables, ya que su organización se conservaba y sólo pequeños cambios que se producían al azar en la sustancia reproductora, por efecto de radiación ultravioleta o al dividirse, alteraban la información contenida en sus moléculas genéticas y, en consecuencia, los procesos de síntesis correspondientes. Muchos de estos cambios o errores genéticos eran perjudiciales y deterioraban la célula, pero algunos resultaron positivos  produciendo características ventajosas en el individuo, y con el transcurso del tiempo las líneas sucesorias más eficaces se fueron acumulando sobre las demás. Pero este mecanismo de evolución era muy lento y pasaron otros mil millones de años en que las células primitivas, sin cambiar en esencia su nivel de complejidad, dieron lugar a gran variedad de individuos.

            La forma esférica ya no era la única: había individuos alargados, en forma de bastón, en forma de coma, en espiral. Incluso, por primera vez, se veían algunos que habían desarrollado unos mecanismos especiales que les dotaban de movilidad: eran  unos orgánulos o colas en forma de látigo que se agitaban incesantemente. Mirándolos en detalle se podía ver que eran remedos primitivos de una hélice propulsada por un motor eléctrico. En efecto, el flagelo u órgano propulsor estaba formado por un paquete de fibrillas semirrígidas anclado en la membrana celular. Por la membrana circulaban incesantemente cargas eléctricas producidas en los procesos metabólicos de la célula. Estas cargas accionaban la terminación del flagelo, que tenía una estructura similar a un rótor y giraba impulsado por ellas. El anclaje se veía tan evolucionado que incluía una especie de cojinete para la transmisión eficaz del giro. El flagelo, así impulsado, giraba a la manera de una hélice longitudinal flexible, propulsando a la célula. El movimiento no era selectivo, simplemente proporcionaba movilidad errática a la célula, facilitando el encuentro con el alimento.

            Pero lo más curioso es que se veían, en gran abundancia, unas células especiales  que contenían un pigmento verdiazul, indicador de que absorbía gran parte del espectro luminoso. Era una sustancia capaz de realizar la síntesis de los compuestos celulares utilizando simplemente el agua y el anhídrido carbónico disueltos en ella, empleando la luz como fuente de energía. Ya no era preciso disponer de alimento orgánico para crecer. Y había proliferado ya tanto la vida que el alimento empezaba a escasear y la competencia era fuerte. Estos nuevos individuos escaparon así a la lucha por el alimento y prosperaron sin competencia, acumulándose en grandes cantidades. Las reservas de agua y luz no tenían fin y las células verdiazules comenzaron a descomponer el agua de los mares, aprovechando para sí el hidrógeno y dejando libre el oxígeno, que disuelto en el agua fue saturándola poco a poco, hasta escapar a la atmósfera, que también fue enriqueciéndose en este gas.

            Estas células primitivas habían dado un gran salto en la economía de subsistencia, pues resumían en ellas, y lo hacían innecesario, todo el proceso de elaboración de los componentes orgánicos o alimento llevado a cabo exclusivamente en la superficie de la tierra por reacción de los gases de la atmósfera primitiva y la radiación ultravioleta, en un complicado mecanismo que incluía diferentes procesos y circunstancias, y finalmente el arrastre y acumulación en los mares. Estas células providenciales, a partir de sólo dos compuestos químicos sencillos (agua y anhídrido carbónico disuelto en ella), eran capaces de realizar la síntesis de la materia compleja, crecer y multiplicarse.

            Y efectivamente fueron providenciales. De no haber aparecido, la vida hubiese detenido su expansión, y quizás se hubiese terminado al consumirse las reservas de alimento orgánico depositadas en los mares; alimento que transcurridas las tumultuosas etapas iniciales de la tierra dejó de producirse. ¿Pero por qué no habrían de generarse estas maravillosas células, si ello era posible y se dispuso del tiempo necesario para ensayar su formación?

            Sin embargo, el oxígeno disuelto en el agua era nocivo para las células existentes, que eran destruidas por oxidación. Se produjo entonces un verdadero desastre ambiental, en el que las células morían incesantemente a lo largo de los grandes periodos de tiempo en que la concentración de oxígeno en las aguas iba creciendo. Fue una batalla dramática en la que la proliferación de las cedulas clorofílicas iba aniquilando las poblaciones primitivas. Hasta que aparecieron, por los mismos mecanismos de cambio accidental y adaptación al nuevo ambiente, unas células capaces no sólo de resistir al oxígeno sino además de utilizarlo como fuente de energía en sus procesos metabólicos. Oxidaban internamente determinados compuestos y producían energía para el resto de sus reaccione metabólicas. La vida surgía en otra forma, adaptada al nuevo ambiente y curiosamente potenciada en eficacia con el nuevo mecanismo de obtención de energía. Habían nacido, por así decirlo, los seres que respiraban oxígeno, que acabarían imponiéndose como forma de vida en equilibrio con los seres generadores del mismo: los vegetales. Los primitivos seres que utilizaban exclusivamente la materia orgánica como alimento y no soportaban el oxígeno quedarían relegados a determinados ambientes carentes del mismo. La configuración básica de las principales categorías de seres vivos que hoy existen en vuestro planeta se produjo entonces: seres que producían directamente la materia orgánica y seres que la consumían.

            Habían transcurrido tres mil millones de vuestros años hasta este momento, las dos terceras partes de vuestra historia planetaria. Y aparentemente poco había sucedido hasta entonces; a simple vista, a la vista de vuestros ojos orgánicos, nada había pasado y ningún ser existía todavía. Y sin embargo en las aguas pululaban abundantes seres microscópicos que portaban la vida, la capacidad de automantenerse y reproducir su estructura hacia el futuro.

            Y sobre el mismo modelo de ser siguió trabajando incesante el mecanismo natural de la complejidad: variaciones accidentales en los individuos que a veces producían características ventajosas que les proporcionaban mayor estabilidad, más larga vida, mejor adaptación al ambiente. Y por eso mismo se iban acumulando lentamente a lo largo del tiempo, mientras que los otros morían con más facilidad y decrecía su población.

            Paso a paso, fueron evolucionando mecanismos más eficaces dentro de la célula, creciendo constantemente en complejidad. Muchas veces, la Naturaleza consiguió atajos evolutivos incorporando, al alimentarse, a otros seres más elementales pero especializados en alguna función, que en lugar de metabolizarse se quedaron integrados en el cuerpo celular, formando una especie de órgano cooperativo al funcionamiento de la célula. Con el tiempo estos orgánulos quedarían definitivamente incorporados a la estructura celular con su función propia.

            No os cansaré más describiendo todos los detalles de formación de cada uno de estos mecanismos y cómo se fueron perfeccionando, pero el hecho es que al cabo de cientos de millones de años los mares acabaron poblados de unas células evolucionadas, muy complejas, algo mayores que las primitivas, pero microscópicas todavía. Seguían estando formadas por una membrana y una sustancia interior, dentro de la cual ahora se veían ya toda una serie de corpúsculos u orgánulos bien diferenciados.

            La sustancia genética era ya muy complicada, formada por larguísimas moléculas que contenían una ingente cantidad de información. Tenían una estructura en forma de escalera retorcida, cuyos peldaños estaban formados por dos mitades. Cada uno de los dos largueros de la escalera aportaba una mitad del peldaño, que se unía a la otra mitad con un enlace relativamente débil. Y lo curioso de esta larguísima molécula genética es que había sólo cuatro tipos de unidades básicas o semipeldaños, responsables de soportar la información genética. Eran, y siguen siendo en vuestros días, las letras con las que se componen cortas palabras de tres letras. Pequeño vocabulario de sesenta y cuatro palabras distintas, suficiente para componer millones y millones de instrucciones en la larguísima molécula genética, que es capaz de construir el organismo más complejo: vosotros mismos.

            Además, cada semipeldaño o base genética se unía sólo a uno de los cuatro, de manera que si por cualquier causa la escalera se desarmaba, se dividía, y lo hacía siempre por las débiles uniones de las bases a la manera de una cremallera que se abre, cada semipeldaño “conocía” la base genética complementaria y podía reconstruirla por síntesis. La información a lo largo de la cadena estaba, por decirlo así, duplicada, ya que cada parte tenía su complementaria intrínsecamente definida. Las palabras de información quedaban definidas a lo largo de una de las mitades de la escalera, contribuyendo la otra a la duplicación exacta de la molécula. 

            Las largas moléculas genéticas enrolladas sobre sí mismas estaban englobadas formaban un corpúsculo o núcleo, encerrado en una membrana específica. Cuando la célula se dividía, el núcleo hacia lo propio dando lugar a dos núcleos iguales que iban a cada una de las células hijas.

            Pero además del núcleo, se veían unos orgánulos especializados en la producción de materia compleja, de proteínas, y otros en la producción de energía, que se distribuía a las diferentes partes de la célula por medio de moléculas que hacían funciones de batería eléctrica. Y además había cavidades o vacuolas, pequeños estómagos móviles que captaban alimentos a través de cierta parte de la membrana, los digerían y luego expulsaban los desechos por otra parte. Había incluso toda una red o andamiaje de microtubos que daban forma y consistencia a la célula, haciendo funciones de esqueleto. Y almacenes de moléculas complejas, y tráfico de las mismas entre ellos y otras partes de la célula. Igualmente se veían diversos mecanismos de locomoción, como los abundantes cilios o pestañas esparcidos por toda la superficie de la membrana, que actuaban como un sistema de remos perfectamente coordinados, o los flagelos que actuaban como hélices flexibles, o la deformación del cuerpo celular que se estiraba en la dirección del avance arrastrando el cuerpo por el medio. Otros individuos, alargados, se retorcían sobre sí mismos como un tornillo que penetraba en el medio.

            También reaccionaban estos seres de una sola célula a determinadas condiciones ambientales, como la luz, la presencia de determinadas sustancias, otros seres orgánicos en movimiento, etc., actuando como individuos sensibles que orientaban sus movimientos en una dirección adecuada a sus intereses. Algunos se alimentaban de materia orgánica muerta y otros se movían hacia diferentes seres vivos, actuando como incipientes depredadores. Eran realmente unos seres altamente organizados, con un gran número de funciones que se realizaban en orgánulos sumamente especializados. Su variedad era extraordinaria, formando un auténtico microzoo que se extendía por doquier. Los había incluso dotados de una protección dura a modo de armadura defensiva frente a otros depredadores. Estas armaduras eran de distintos tipos: esféricas, tubulares, en espiral, etc. Las más complicadas, de extraordinaria variedad y fantasía, estaban agujereadas en toda su superficie como coladores, por cuyos agujeros se emitían brazos o prolongaciones del cuerpo celular.

            Y entre toda esta fantástica variedad de seres, los había incluso que no eran ni del tipo vegetal ni del animal, sino que podían comportarse de ambas maneras según las circunstancias.           Cuando les convenía, estos seres se convertían en vegetal, eran capaces de producir la fotosíntesis y se desprendían de su orgánulo de propulsión o flagelo, ya innecesario. Actuando como animal, unas veces se alimentaban de seres vivos o, si escaseaban, de materia orgánica muerta. Como podéis observar, la multiplicidad de soluciones vitales que pudieron producirse, lo hicieron, si ello resultaba ventajoso en determinados medios. Y es que la fantástica capacidad de autoconstrucción de la vida no establece límites a sus posibilidades de montaje.

            Desde las primitivas células de sencilla organización hasta estas de organización tan compleja, la evolución anduvo un camino de ensayo y configuración de mecanismos biológicos que acabaron diseñando unas maquinarias sofisticadas, auténticas obras de             ingeniería natural que estaban perfectamente adaptadas al medio para automantenerse y reproducirse: para existir en suma.

            De acuerdo a vuestra manera de entender actual, aquellos seres eran ya realmente animalillos y plantas microscópicas, formados por una sola célula, que había alcanzado el máximo nivel de complejidad en que sus moléculas podían organizarse a un nivel tan diminuto.»

            Arreytal hizo de nuevo una pausa, dispuesto sin duda a desvelar otra vez algún oculto significado, algo revelador que subyaciera en el camino aparentemente encadenado y espontáneo de la evolución natural.

            «Muchos de vosotros os habréis sorprendido de la marcha de las cosas, pues aun entendiendo el continuo ascenso de organización de la materia, se ha pasado, casi de manera imperceptible, de una forma más o menos mecánica de disponerse la materia en las microesferas a una forma altamente organizada que reúne ya todas las características de los seres vivos, por pequeños que sean. Y a este nivel, no sabéis si calificarlos de materia organizada simplemente o de seres con intencionalidad, que persiguen un objetivo: su propia subsistencia. Y para ello "sienten" el ambiente, se orientan en él, se mueven por él en la dirección adecuada. Y la sorpresa os inquieta al ser conscientes de que ese es el significado de todos los seres vivos de vuestra época, incluidos vosotros mismos. Pero ello no debe inquietaros, porque aun participando de esa misma naturaleza con todos los seres vivos, la evolución a proseguido su camino hasta vosotros enriqueciéndose de contenido, y grandes maravillas  se han producido desde entonces. No debéis renunciar a vuestro origen, que es la vida, tan humilde como el de la célula. Pero sí tenéis que saber reconocer vuestro presente, extraordinariamente más funcional y complejo, y saber mirar hacia vuestro futuro, señalado por el largo camino de la evolución hacia lo complejo; futuro que al final de mi exposición llegareis finalmente a vislumbrar.

            Pero lo que sí es preciso que veáis claramente es que se ha pasado de la materia  a la vida de manera imperceptible, simplemente por aumento de la complejidad de las interacciones de la materia inerte a lo largo del tiempo; y que esta posibilidad estaba latente en la propia materia. Si una mano mágica hubiera dispuesto las cosas para que se produjeran cuidadosamente y en su momento, de la misma manera que el movimiento al azar lo ha hecho a lo largo del tiempo inmenso, la vida se habría producido rápidamente. Hoy sois capaces de construir un mecanismo como el flagelo de una célula, y lo podéis hacer en poco tiempo, disponiendo de las piezas adecuadas y de las instrucciones, del saber hacer. A su vez las piezas pueden hacerse también en poco tiempo cada una. Sois capaces de organizar la materia en mecanismos, y los mecanismos en complejas maquinarias de sorprendente funcionalidad. Y ya empezáis a manejar la biología incluso. En el futuro lo haréis en gran extensión, pues la biología no es más que complejidad también, y vosotros habéis desarrollado un órgano para entender, para manejar la complejidad: vuestro cerebro, que es capaz de reflejar, de copiar internamente la complejidad de las cosas. Pero queda mucho todavía para ello, aunque ya intuyáis la dirección en la que apunta vuestra evolución.

            Se había pasado, pues, de la materia a la vida; dos estados sumamente diferentes por su profundo significado. Y siempre que la materia se organiza dinámicamente, no lo hace sola sino en compañía de la energía que la dota de dinamismo. El juego espontáneo de la materia y la energía se acaba trasformando en vida, en mecanismo vivo que se automantiene por recreación continua. Esa máquina tan especial y selectiva era posible, aunque no muy probable, y por ello acabó apareciendo en una cierta proporción bajo el dinamismo global de vuestro planeta, después de tantos millones de años. Si contempláis la cantidad de materia inerte y la organizada en vida, os daréis cuenta de la inmensa desproporción que existe entre ambas. En vuestro mundo actual existen numerosas formas de organización de la materia, no todas las que han existido pero sí una inmensa variedad en todos los grados de complejidad, y su proporción os indica las pequeñas probabilidades de que la materia se organice de modo complejo. Se puede organizar de todos los modos, pero sólo una ínfima parte de vuestro sistema solar se ha organizado en vida siguiendo una distribución de probabilidades inversa a la complejidad.

            Pero lo más sorprendente es que algunas organizaciones, no todas, tienen capacidad creadora, es decir, que pueden dar lugar a organizaciones de orden superior dotadas de nuevas funciones. Algunas moléculas complejas, llegadas a un cierto nivel de complejidad, dieron lugar a las microesferas, que eran laboratorios especializados en la producción de moléculas complejas, dotados de alto rendimiento relativo. Las microesferas dieron lugar a la aparición de la célula primitiva, es decir, del individuo vivo, del ser que se replica a sí mismo manteniendo su configuración eficaz. Y el perfeccionamiento de la célula preparó el camino para un siguiente salto de funcionalidad: el organismo.

            Una única consideración más quisiera haceros antes de seguir, y es el significado de la célula como primer individuo  vivo. Una determinada molécula compleja ya era un individuo, igual que cualquier molécula simple. Estaba definido por su fórmula química. Una célula es un conjunto inmenso de moléculas organizadas dotado de un dinamismo que mantiene su forma y estructura, y además de un código o conjunto de reglas que rigen ese dinamismo. Si os preguntáis por el significado de esa célula, del para qué de esa organización tan compleja, no encontrareis la respuesta. Podrías decir: porque sí, por nada, porque es posible solamente, y os quedarías tan tranquilos. Y sin embargo esta pregunta os la podrías hacer también acerca de cualquier animal actual. ¿Para qué es necesario un tigre o un águila? Son sólo "seres", seres vivos, es decir, seres maravillosamente complejos que forman parte de los resultados viables de organización de la materia viva; igual que las diversas  rocas y los cristales minerales  son otras formas de organización de la materia inerte, tan distintas. Pero sí hay un aspecto sorprendente en las organizaciones vivas y es su capacidad de proliferación una vez conseguido un alto nivel de eficacia. Sólo detiene su acumulación en el medio la limitación de su alimento. Y ello debido a su capacidad de reproducirse, esa función tan especial que hace que todo el complicado camino de su aparición, a lo largo de millones de años, se vea acortado a un tiempo insignificante. Se ha producido el milagro natural de crear en sí mismo el taller de su producción constante y su reproducción más allá de su muerte. Si la microesfera era un laboratorio primitivo de fabricación de materia compleja, la célula es un laboratorio preciso de producción de una "marca" concreta de individuos complejos. Porque a fin de cuentas eso es un "ser": algo que se mantiene igual en el tiempo. Y un ser vivo es un sistema dinámico complejo que se mantiene en su estructura, que perdura, que "existe".

            En esta etapa a la que hemos llegado hablando y hablando, ha tenido lugar la gran diversificación de individuos microscópicos, el perfeccionamiento de seres vivos diminutos que han llegado a la máxima complejidad posible en su nivel.

            Alguno, sorprendido, seguirá preguntándose qué es lo que empuja a los seres a ser más y más complejos. Y nada los empuja, sin embargo. Simplemente surgen algunos cambios accidentales en el código genético que producen variación en las características de los individuos. Como ya os dije, algunas de estas variaciones son positivas, en el sentido de un mayor perfeccionamiento en la adaptación al medio o de la aparición de alguna nueva función que incrementa las posibilidades de supervivencia del individuo. Otras variaciones son ineficaces y no prosperan. Sólo la acción de periodos inmensos de tiempo hace que este sencillo mecanismo dirija la evolución de unas formas de vida hacia otras más complejas y viables.

            Los más incrédulos entre vosotros entenderán, sin duda, este sencillo ejemplo: introduzcamos una gran cantidad de pequeñas piezas metálicas asimétricas en un gran bombo que gira. A un lado del bombo hay un dispositivo imantador, que de cuando en cuando se dispara e imanta la pieza que por allí pasa en aquel momento. Al cabo de cierto tiempo se habrán imantado un buen número de piezas, dispersas por todo el bombo. Girando y mezclándose las piezas, de vez en cuando se encuentran en proximidad dos de ellas imantadas y se unen sólidamente, formando un individuo de dos piezas. Con el tiempo el número de los individuos de dos piezas aumenta. Llega un momento en que se forman individuos de tres piezas, de cuatro, etc. Algunas combinaciones de piezas, por ejemplo las de tres, no resultan demasiado estables y se deshacen con facilidad en los choques, siendo disputadas sus piezas por otras combinaciones más estables, por lo que a la larga las combinaciones de tres piezas acaban desapareciendo. Continúa pasando el tiempo y siguen aglomerándose conjuntos más y más grandes, y debido a la asimetría de las piezas originales la forma de estas aglomeraciones no es caprichosa sino que reproduce algunas configuraciones y formas determinadas preferentes. Algo parecido es el juego de la naturaleza a partir de los primitivos átomos asimétricos iniciales.

            Ya sé que otros, decepcionados por estos hechos, estáis pensando que entonces la vida no tiene ningún sentido, y que su significado no pasa de ser un mero juego gratuito de la materia, igual que la disposición de las estrellas en galaxias y de los planetas alrededor de las estrellas. Igual es, carente de significado, decís, la organización de una parte de la materia superficial de algún planeta privilegiado bajo el calor y la luz de su estrella para producir vida vegetal y animal. Todo es forma, pensáis, solo forma más o menos elaborada y compleja.

            Y sin embargo vosotros, que sois parte de esa materia organizada,  estáis empezando a comprender todo el proceso. Vuestra complejidad alcanzada, ya veremos cómo, ha desarrollado una nueva función que consiste en entender  lo que la naturaleza ha hecho de manera espontánea a lo largo de millones de milenios, y en poder hacerlo vosotros mismos también. Habéis empezado a manejar la naturaleza, a sustituir su lento mecanismo evolutivo, a mejorarlo. Habéis comenzado a crear complejidad, a crear "ser". Pero aunque ya veis el horizonte, sólo estáis dando los primeros pasos. Y es desde esta posición actual vuestra desde donde surge el sentido de todo el lento proceso, y el significado de sus diversas etapas.

            La naturaleza ha evolucionado formándose complejidad sobre la complejidad anterior, y ha llegado caminando lentamente hasta encarnar en vosotros. Y desde el extremo en que ahora os halláis, podéis observar  el camino andado en sus primeras etapas como escalones muy significativos en el asentamiento de lo complejo.

            Desde hace mucho tiempo habéis creído en la existencia invisible de dioses creadores de vuestro Universo. Sin embargo hoy quizás no sintáis la necesidad de atribuir su actuación para justificar la aparición de los organismos microscópicos vivos a que ha llegado mi disertación. Si imagináis aquel escenario primitivo de tierras completamente desiertas y extensos mares poblados de diminutos organismos invisibles, seguramente admitirías  fácilmente su generación por los procedimientos naturales descritos. Pero de ahí hasta el hombre, ya os parece otra cuestión. Sin duda en el hombre late ese dios en el que habéis creído casi desde siempre, y la evolución natural no os parece suficiente para explicar tan gran diferencia.

            Pero veamos, para iluminar ese camino, cómo se formó el siguiente nivel de complejidad. Miremos cómo se fueron formando los primeros organismos

 

 

 

LOS PRIMEROS ORGANISMOS

Los maravillosos seres de una célula resultaron tan eficazmente adaptados a su medio acuático que todavía sobreviven sus descendientes en vuestros días. Después de tanto tiempo, han perfeccionado todavía más su estructura, aunque su diseño fundamental se conserva igual.

            Compuestos por muchos millones de moléculas, eran ya seres que apuntaban a los verdaderos organismos, disponiendo de esquemas funcionales y orgánulos que remedaban aparatos digestivos, de locomoción, sensoriales, etc. Pero fueron sin embargo superados en el camino de la complejidad por seres cuyos órganos funcionales estaban formados por grupos de células iguales consolidadas entre sí. La célula sustituía así a la molécula como formadora de mecanismos funcionales. Es el nuevo ladrillo o elemento de construcción de estructuras en el nuevo individuo: el ser pluricelular.

            Oigo el estupor de muchos de vosotros que seguís atentos la marcha de la complejidad. Sentís por la célula una especie desconsuelo por su nuevo papel, por la degradación de su significado. Parece que va a ser sacrificada para la construcción de un nuevo ser, perdiendo su significado de individuo autónomo. Algo va a morir en la célula, algo intangible: su independencia, su lucha por la vida, su "ser" individual. En adelante será material de construcción, esclava de un organismo para el que trabajará. A cambio, estará bien atendida por él, que le suministrara alimento y cuidará de todas sus necesidades. Pero sentís que ha perdido su libertad. Es evidente que algo de vosotros mismos, de vuestro significado, se está reconociendo en el futuro papel de la célula. Y lo que os resulta más inquietante es ese nuevo individuo que va a nacer, que va a aparecer de la nada, como por arte de magia, sobre una masa de células individuales que empiezan a organizarse poco a poco movilizadas por una mayor eficacia de subsistencia.

            Y es que en efecto, desde la aparición de la célula, algunos tipos de ellas se reunían en agrupaciones de muchos individuos que se formaban en sucesivas generaciones, y que en lugar de dispersarse por el medio permanecían ligadas por algún procedimiento. La mayor eficacia del conjunto hizo que estos tipos de células sobrevivieran mejor. Unas veces, las más primitivas, compartían simplemente un substrato de fijación común que crecía a expensas de los restos calcáreos de los individuos que iban muriendo. Otras veces, la asociación se producía debido a una sustancia gelatinosa que segregaba la membrana de estas células y que se convertía en una masa adherente y englobante del  grupo. En este tipo de asociaciones empezaron a desarrollarse algunas estructuras muy sencillas que introducían alguna funcionalidad beneficiosa para el conjunto, algún servicio común. Así, algunas colonias eran alargadas, con los individuos colocados en serie, formando un filamento capaz de ondular y avanzar en el agua. Otras eran auténticas tablas flotantes, compuestas por una película plana que reunía, perfectamente agrupadas en escuadrones, a gran multitud de células. A veces eran como pelotas de gelatina en cuya superficie se situaban los individuos posicionados con sus flagelos hacia el exterior, siendo capaces de coordinar sus movimientos para el avance conjunto de la esfera. En otros casos se llegaron a crear estructuras filamentosas de unión, como auténticas redes entre los individuos.

            Sin embargo, en todas estas disposiciones los individuos seguían siendo autónomos, idénticos, y no había diferenciación de sus funciones. Simplemente cooperaban para el bien común.

            Pero pronto, algunas de estas colonias globulares de gelatina, de gran tamaño relativo - formadas por algunos miles células-, comenzaron tener individuos que no se reproducían, como si el tamaño de la colonia tuviese un límite eficaz. La inhibición de la reproducción llegaba a tal límite que sólo algunos grupos de células, que se colocaban juntas en determinada zona de la colonia, eran reproductoras, y se reproducían desprendiéndose en primera instancia de la colonia por esa zona favorable, a favor del movimiento, para navegar por su cuenta y dar origen después a otra colonia semejante. El resto de la colonia seguía formada algún tiempo y luego moría, agotado el periodo vital de sus células.»

            El etéreo rostro de Arreytal se separó de mí y esbozó una ligera sonrisa mientras me miraba de soslayo con una cierta intención que me desconcertó, como si estuviera mirando mi interior vacío, la nada de mi ser perecedero. Luego cambió su expresión y pareció hacer un esfuerzo por explicar lo intangible, lo extremadamente sutil que se esconde bajo los cambios espontáneos.

            «Algo había pasado entonces, algo imperceptible que tengo que resaltaros ahora con detalle para que vayáis entendiendo más vuestra naturaleza y la de vuestro mundo, y para que encontréis contestaciones a vuestras preguntas. Como dije antes, y como sucede siempre, sin apenas significarse, debido a un cambio natural, espontáneo, condicionado por la propia situación a la que se había llegado, apareció una nueva organización de la materia, de los individuos celulares en este caso. Una organización que era en sí un nuevo individuo, un nuevo "ser", puesto que perduraba en su forma. La colonia de células individuales se había convertido en un individuo pluricelular, en el que algunas de sus células se encargaban de la función reproductora de sí mismo, de la colonia, mientras que el resto de las células, la antigua colonia, el individuo inicial, acababa muriendo junto con todas sus células. Había aparecido la muerte del individuo pluricelular, vuestra propia muerte.

            Y alguno, entre los más ingenuos de vosotros, estará tentado a pensar en una posible evolución basada en una estructura unicelular mantenida: si nuestro organismo estuviera compuesto de una sola célula gigantesca hubiéramos sido inmortales, pensará. Llegado el momento, nos duplicaríamos en dos mitades idénticas; y así sucesivamente a lo largo del tiempo. Pero yo le digo: ¿serías vosotros mismos? Si vuestro "ser" fuese sólo organización fija de moléculas, invariable, a la manera de una máquina física, entonces sin duda os reproducirías de manera idéntica. Pero la maquina biológica es cambiante dentro de su equilibrio. Puede reaccionar ante determinados estímulos mostrando una "conducta" durante algún tiempo, y luego puede cambiar esa conducta. En las células más evolucionadas hay ya mecanismos que provocan respuestas condicionadas por  algún estímulo neutro que tiene lugar simultáneamente a otro significativo, favorable o nocivo. La célula reacciona durante algún tiempo ante el estímulo neutro como lo hace frente al significativo. Es como si tuviera una cierta memoria asociativa. Y esta memoria luego puede cambiar al cambiar el estímulo significativo. Evidentemente estos condicionamientos temporales o experienciales de la célula no tienen un reflejo permanente en la sustancia genética y por lo tanto no se heredan. En los individuos evolucionados estos contenidos "cambiantes o "personales" son patrimonio exclusivo del individuo y son especialmente ricos. Fijaos pues cómo ya desde los orígenes del individuo vivo hay algo en él que existe por encima de su organización material, algo que, produciéndose sobre esa estructura material, se manifiesta como un cambio temporal de la misma. Y ese bagaje de contenidos "inmateriales" no permanentes, o en todo caso intrasmisibles, es lo que constituye en los seres como vosotros el sentimiento de identidad.

            Así pues, en el caso de que la capacidad evolutiva de la célula hubiese sido tan inmensamente grande como para formar vuestro organismo actual, al dividiros habrías muerto también, os habrías "olvidado" de vosotros mismos y vuestro organismo empezaría una nueva experiencia y una nueva vida "espiritual".

            Pero volvamos a hablar de aquel organismo pluricelular primigenio, que surgía imperceptiblemente, calladamente, sin transición aparente entre el individuo antiguo y el nuevo. Se habían diferenciado en él un grupo de células especializadas en la reproducción de la colonia y el resto tenían la función de mantener la estructura, la organización, el cuerpo del individuo. La pequeña colonia reproductora, recién separada de la colonia madre, navegaba por su cuenta y sus células comenzaban a dividirse, a multiplicarse, creciendo el cuerpo del nuevo ser. Llegado a un punto de madurez y tamaño, se especializaban sus células reproductoras y volvía a empezar el ciclo. La “forma” de la colonia se reproducía, perduraba, pero el individuo progenitor moría. Y era una muerte más radical que la de la célula primitiva que se dividía pero seguía viviendo, pues ahora hasta la materia viva desaparecía, célula por célula. El individuo unicelular no muere biológicamente, sino que se divide, se duplica, y después los dos gemelos empiezan a crecer hasta llegar a la madurez ellos también. Por decirlo así, el individuo vuelve a su infancia biológica.  El organismo pluricelular muere definitivamente, aunque engendra un hijo de estructura idéntica.

            La mejora evolutiva de aquellos seres pluricelulares iniciales, igual que la de los unicelulares, al producirse por pequeños cambios al azar del material genético, era muy lenta. Por ello tardó tanto el mecanismo de la evolución en llegar a aquel punto de la vida en vuestro planeta: se consumió el 80% del tiempo de vuestra historia para llegar a aquellos seres pluricelulares tremendamente primitivos y diminutos todavía.

            Pero la riqueza de estructuras que la naturaleza iba mostrando, como consecuencia de las múltiples posibilidades de organización de la vida, incluiría nuevas formas de reproducción, que tenían lejanos antecedentes, sin embargo, en las primeras células. En efecto, y como excepción a la duplicación sistemática del material genético de la célula, a veces se unían dos células e intercambiaban trozos de su material genético, separándose después "renovadas", por decirlo así, con lo cual la diversificación de los individuos sucesivos daba un salto inesperado sobre el anterior mecanismo de diversificación basado en cambios accidentales y al azar, muy escasos, de los genes.

            Los primitivos pluricelulares ensayaron, de manera semejante, una forma de reproducción que consistía en desprender de la colonia dos tipos distintos de células, masculinas y femeninas. La nueva colonia reproductora se formaba por unión de ambos tipos distintos, aunque fueran de colonias diferentes, lo que permitiría en adelante la mezcla genética de individuos distintos. La sexualidad empezaba a funcionar. Pero en estos organismos primitivos la reproducción se seguiría manteniendo también por diversos procedimientos, mostrando insistentemente las diversas posibilidades de la combinatoria vital.

            Y os preguntáis si aquellos organismos iniciales eran una simple colonia de células o ya un  organismo pluricelular. La frontera era imprecisa, imperceptible. Sois vosotros los que tenéis necesidad de diferenciar conceptos para pensar la realidad, para manejarla por medio de imágenes mentales y palabras distintas, y por eso con frecuencia os encontráis con dificultad para discernir lo real, porque lo real no se produce siempre a saltos, sino a veces de manera continua. De manera continua en lo material, pero dando grandes saltos en su significación.

            He avanzado en el tiempo varios cientos de millones de años para no aburriros con la inmensa lentitud de la evolución en aquel momento. Y ahora sí, aquí ya diviso por primera vez al organismo pluricelular inequívoco, sumamente sencillo y primitivo, pero de tamaño observable a simple vista. Consiste sólo en una masa porosa homogénea, bien trabada pero sin diferenciación todavía de órganos.

            Tanto tiempo para llegar sólo a esto, diréis. En pocos siglos el hombre ha sido capaz de evolucionar desde un nivel de producción agrícola y artesanal hasta el desarrollo tecnológico acelerado, las comunicaciones a nivel planetario, el desplazamiento a gran velocidad, la transmisión de sonidos e imágenes a distancia, la conquista inicial del espacio; y sin embargo se ha necesitado un millón de veces más de tiempo para que una colonia evolucionada se convirtiera en una masa inmóvil cientos de veces mayor pero con una funcionalidad parecida, pegada al suelo marino. Sin embargo la evolución sigue sus caminos, y sus pasos no siempre son constantes; hay veces que avanza lentamente y otras se acelera debido al juego de las circunstancias, y debido a la naturaleza de los seres sobre los que se instala la complejidad.

            Este pluricelular antiguo era la primera y única forma viva observable para vosotros en los mares de aquellos tiempos. El resto de seres vivos eran diminutos, inapreciables a simple vista. La organización de este primer ser “grande” era, aunque sumamente sencilla, extraordinariamente eficaz en el medio marino; tanto, que ha sobrevivido en multitud de variedades hasta vuestros días: eran las esponjas.

            El cuerpo de estas esponjas primitivas  estaba formado por una masa homogénea en forma de odre, surcada por una infinidad de conductos y canales que se abrían al exterior en diminutos poros. Por el interior, los  canales desembocaban en una cavidad amplia que se abría a su vez al exterior por un orifico. La esponja permanecía adherida al substrato o suelo marino, y el agua, junto con los nutrientes microscópicos, penetraba por los poros y era expulsada por el orificio. La circulación de la misma la producía una capa de células ciliadas que tapizaba los conductos  interiores. Los nutrientes eran absorbidos por dichas células y se distribuían al resto del cuerpo de la esponja. La forma corporal estaba sustentada por un esqueleto de fibrillas minerales o de albúmina. No existían órganos propiamente dichos, aunque sí unos pocos tipos de células agrupadas en tejidos diferenciados. En el cuerpo de la esponja, entre su estructura esquelética, proliferaban células indiferenciadas capaces de transformarse en cualquiera de los otros tipos de células: reproductoras, epiteliales, ciliares, etc. Una red primitiva de células, de un tipo que podríamos llamar nervioso, mantenía integradas las células idénticas que formaban un determinado tejido, así como los diferentes tejidos que conformaban la estructura global. La esponja era además capaz de regenerarse en caso de accidente, a expensas de aquellas células polivalentes. La reproducción podía tener lugar de varias maneras, incluyendo la sofisticada reproducción sexuada, que se conservaría después en todos los seres posteriores evolucionados. En ella tenía lugar la diferenciación de las células reproductoras, que se producían por doquier, y no en órganos específicos como en los seres posteriores. Había células reproductoras masculinas, flageladas, dotadas de gran movilidad, y células reproductoras femeninas, de tipo más o menos oblongo y deformable, como uno de aquellos seres unicelulares anteriores llamados “amebas”, que seguirían existiendo ya siempre. Los espermatozoides o células masculinas eran liberados a la corriente que atravesaba la esponja, entrando en el caudal de otra, que los retendría y pondría en contacto con sus óvulos o células reproductoras femeninas. Una vez fecundadas éstas, se producía una larva ciliada que se desprendía al caudal circulatorio y se desplazaba por el medio exterior hasta fijarse al substrato; entonces comenzaba a desarrollar su vida como esponja independiente.

            La singularidad de estos primitivos pluricelulares era la sencillez de su organización corporal, a mitad de camino entre las colonias de células y el ser posterior dotado de órganos específicos para la realización de sus funciones. Sus células polivalentes desarrollaban las funciones requeridas en un momento determinado, transformándose en las células específicas apropiadas. Este polimorfismo celular fue una solución inicial a las diversas necesidades funcionales del individuo. Posteriormente, las diferentes funciones se llevarían a cabo en órganos específicos permanentes, destinados exclusivamente a una función concreta

            Y muchos os estaréis preguntando si este ser pluricelular era realmente más perfecto, más complejo, que los unicelulares evolucionados, aquellos microscópicos  seres dotados de tal cantidad de orgánulos y funciones para asegurar su supervivencia, con todos aquellos mecanismos de movilidad que los asemejaba a diminutos animalitos. En apariencia, había  aparecido un ser de gran tamaño formado por millones de células, de esas células tan evolucionadas que además de conservar su propia funcionalidad y su propia vida, cooperaban de manera estructurada e integrada para construir una funcionalidad y una vida nueva. Y esa nueva funcionalidad no tenía aparentemente otro fin que proporcionar una subsistencia organizada y exitosa a todo ese conjunto de células asociadas. Para ello se organizaba el movimiento sincronizado de las células ciliadas de manera que se produjera la circulación del agua que contenía el alimento; para ello éstas mismas células apresaban el alimento y lo transmitían al resto del cuerpo por medio de las células polivalentes ameboides. La estructura esquelética y conjuntiva mantenía consolidado todo el conjunto de células, que además aparecían interrelacionadas por la red de células de tipo nervioso. Estamos pues ante una gran densidad de agrupación de células complejas cooperativas, mucho mayor que la de los seres unicelulares dispersos, y que sobrevive de manera más eficaz. Y esta supervivencia se debe precisamente a que ese conjunto se ha integrado y organizado  en una funcionalidad eficaz que garantiza, no sólo la supervivencia de cada una de sus células  sino la de la propia organización. Y esa organización, con las cualidades de un nuevo ser construido sobre los seres unicelulares anteriores, es en sí más simple que la compleja organización de cada uno de esos unicelulares. Algunos concluiréis que no es un paso evolutivo, que no supone la aparición de un ser más complejo, sino sólo un aumento de la concentración de la materia compleja y una mayor eficacia de supervivencia. Y sin embargo, sobre esta nueva organización, sobre este ser elemental, inmóvil, la complejidad irá tejiendo organizaciones crecientes que traerán a los seres más evolucionados y de funcionalidad más sofisticada.

            Había nacido una nueva jerarquía del ser, un nuevo nivel de organización con más posibilidades de complejidad que la disponible en las estructuras unicelulares, que habían llegado a su límite evolutivo.

            Y de nuevo algunos experimentaréis el agudo desasosiego de otras veces ante los avances de la complejidad, porque el unicelular y su maravillosa individualidad se ha esclavizado, se ha supeditado al nuevo ser más simple que le domina. Parece que lo que importa es la supervivencia de ese nuevo ser tan simple, y a este fin se sacrifica la vida de todos los individuos unicelulares complejos, que acabarán muriendo irremediablemente, arrastrados por la muerte del pluricelular al que sostienen, que sin embargo ha conseguido reproducirse. Y al hacerlo, se convierte en generador, en padre de nuevos unicelulares organizados según su modelo. De un solo golpe se ha conseguido reproducir la vida de los unicelulares y del pluricelular.

            Bajo este mecanismo, el pluricelular actúa como una fábrica de materia compleja, de células especializadas para producir determinadas funciones que sirven al conjunto, a la organización pluricelular. Y estas células se diferencian a partir de las células ameboides polivalentes, que cambian su forma para desarrollar la función requerida. Tanta planificación y control incrementa vuestra inquietud. ¿No se está consumando hasta el límite la enajenación del ser simple inicial con su utilización completa?¿Tienen estas células, así desposeídas de su independencia, la categoría de ser unicelular o lo han perdido para siempre?

            Sí, el ser unicelular se definía por su destino propio, por su lucha por la supervivencia, por la "responsabilidad" intransferible de conservar su propia vida. Y finalmente ha cedido esa responsabilidad a la organización que le engloba y le mantiene con éxito, a cambio de su especialización en determinadas funciones útiles al conjunto. Ha sido asimilado. Su organización no está ya orientada a la propia supervivencia, sino al desarrollo de esas funciones para el conjunto. "Ha pasado de ser un unicelular a ser una célula". Ha pasado a existir en un medio cerrado, organizado y optimizado, mientras que antes existía en el medio exterior, disperso, en libertad.

            Traduzco vuestras emociones y sentimientos ante la marcha de la evolución natural, porque sé lo que sentís advirtiendo la semejanza de vuestras propias vidas, donde individualidad y organización social son fuerzas en tensión continua, mostrando cada una sus atractivos y sus peligros. Y es que a vuestro nivel se reproduce el mismo esquema evolutivo, el mismo drama de la existencia englobada en un ser superior: el ser social. Esquema que en vosotros tiene la novedad, al ser conscientes, de ser libremente elegido. Y esto es algo nuevo que ha aparecido últimamente en el ser: la conciencia de la libertad. Algunos de vosotros elegís la libertad, el individualismo. Otros la integración en la organización social, con todas sus ventajas y limitaciones. En general cada uno elige un grado de integración o libertad según sus características individuales. Sois como esas células polivalentes que pueden adquirir distinta forma y funcionalidad, pero sois vosotros mismos los que decidís ahora vuestra forma, y no la organización social, de manera automática, en función de sus necesidades. Por primera vez, con la aparición de la conciencia en el hombre, éste es capaz de asumir su función social sin enajenar completamente su individualidad. El nuevo ser social tiene por ello unas características nuevas, que en su momento veremos. Pero antes debemos seguir el largo camino de la evolución natural, espontánea, y maravillarnos con los extraordinarios mecanismos que la vida va a ir construyendo hasta llegar a vosotros, tratando de indagar donde residen las organizaciones más complejas, o mejor, las organizaciones con más potencial de complejidad, que, como en el caso del pluricelular inicial, no tienen por qué coincidir.

 

  

 

 

LA EXPLOSIÓN DE LA VIDA 

Con la aparición de los seres pluricelulares y sus mecanismos de reproducción, la generación de la vida experimentó una aceleración en su diversificación y complejidad que podrías definir como explosión, comparada con el ritmo anterior. Las unidades de construcción celulares presentaban unas propiedades extraordinarias para asociarse en conjuntos integrados y consolidados -los tejidos-, orientados al desempeño de una determinada función. Para ello, las células abandonaron su primitiva funcionalidad “global”, orientada a la totalidad de la vida del ser unicelular, y se especializaron en determinadas formas y funciones orientadas a la funcionalidad propia del tejido correspondiente. Estas células de los tejidos consiguieron unirse de diversas maneras según la función a desempeñar por el tejido, desde uniones tan soldadas que impedían el paso de cualquier liquido a su través hasta asociaciones completamente libres en substratos líquidos, alojadas en otros tejidos y sistemas de contención. Estos tejidos así formados empezaron a configurarse en estructuras funcionales diversas, poniendo de manifiesto su gran capacidad para la construcción.

            Pronto, los tejidos sencillos como el de la esponja se fueron asociando con otros distintos para configurar determinados mecanismos u órganos, que proporcionaban una funcionalidad más evolucionada. La vida, cuyas funciones  ya habíamos visto desplegarse en los seres unicelulares, comenzó a desarrollarse de nuevo bajo la superior potencialidad constructora de los nuevos materiales. Tejidos, órganos y conjuntos de órganos o sistemas, orientados a funciones complejas, empezaron a desplegarse, empujados por el mismo mecanismo del cambio y selección de los más eficaces que constituye la fuerza de la evolución. La eficacia en la consecución de alimento, la adaptación a diferentes medios y la competencia entre los distintos seres, comenzaron a propiciar el desarrollo de la movilidad y la capacidad de orientación en los seres animales.

            En cuanto a las plantas, cuya fuente alimenticia era inagotable, tuvieron una existencia más plácida y en ellas no tuvo lugar un desarrollo funcional tan acusado como en los animales. La no necesidad de movilidad ni de orientación en el medio limitó su organización a funciones vegetativas. Las abundantes colonias de plantas unicelulares evolucionaron también, construyendo estructuras pluricelulares y asociándose las células en tejidos y órganos funcionales de mayor eficacia para el conjunto.

            Pero la línea evolutiva de estos seres estaba limitada en complejidad por su misma facilidad para la vida, y puesto que no es vuestra línea evolutiva sólo os haré ver, cuando sea oportuno, algunos aspectos de ella que os sirvan para entender la naturaleza general de la evolución y vuestra propia naturaleza.

            Volviendo pues a los animales que empezaban a aparecer después de las primitivas esponjas inmóviles, y a medida que iba creciendo su funcionalidad, se veía aumentar en ellos la importancia y desarrollo del tejido formado por células especiales aptas para la comunicación, para la trasmisión de señales, que producían un comportamiento integrado de los demás tejidos. Eran células alargadas que trasmitían corrientes bioeléctricas, y que se soldaban por sus extremos formando auténticos circuitos y redes. Este tejido nervioso se comenzaba a significar de manera importante como el responsable del comportamiento unificado del individuo.

            Las primitivas medusas, que empezaban a aparecer en aquellos tiempos al lado de otros seres semejantes,  eran ya capaces de desplazarse contrayendo su saco gelatinoso de manera lenta y rítmica, expulsando el agua contenida y propulsándose. Su arquitectura seguía siendo muy sencilla, pues en esencia eran un odre hueco donde se digerían y asimilaban los alimentos introducidos con ayuda de una serie de tentáculos. Eran realmente un estómago flotante y móvil, y la trasmisión del alimento y del oxígeno se producía directamente a través de las paredes corporales internas, de poco espesor. Su superficie exterior estaba poblada de células sensibles a la luz, y en los bordes disponía de células excitables por el contacto y por diferentes sustancias químicas. Estas células, al activarse, disparaban un filamento urticante. Además estaban dotadas de unos órganos de equilibrio que dirigían su flotabilidad. Una red difusa de células nerviosas se extendía por su cuerpo, traduciendo la información de los tejidos sensitivos en respuestas de los tejidos musculares.

            Este esquema estructural configurado con células sensibles, células contráctiles o musculares y células nerviosas que interrelacionaban a las anteriores, sería el responsable en adelante de la conducta o movilidad orientada de los futuros animales.

            La asombrosa variedad de seres que se fue produciendo entonces era una señal clarísima de las múltiples soluciones disponibles para la vida en base a los organismos pluricelulares.

            Pronto aparecieron muchas clases de gusanos que se arrastraban por los lodos del fondo marino, y otros seres blandos que sin embargo aparecían protegidos por caparazones, conchas y placas duras, indicio claro de la existencia ya de seres mayores que los depredaban. Y es que con los pluricelulares la vida se organiza en otra dimensión física, en otro tamaño, y el alimento, las sustancias orgánicas a consumir, dejan ya de ser aquellas moléculas complejas sin vida que alimentaban a los unicelulares. Los propios seres pluricelulares de menor tamaño serán en adelante un perfecto alimento. La depredación de unos seres vivos por otros apareció entonces bajo los mares. Por primera vez un ser vivo se comía a otro ser vivo, le arrebataba la vida, considerándolo exclusivamente como alimento.

            Esto os producirá una inquietante sensación: la evidencia del mecanismo ciego de la vida. En aquellos tiempos la vida no sabía todavía que era vida, y no la respetaba. Era sólo necesidad, necesidad de alimento.  La naturaleza no parece ser un orden que atienda a valores éticos ni respete el desarrollo conseguido a lo largo de millones de años. La vida busca mantenerse y producirse a expensas de lo disponible, sea lo que sea. Y cuando existe una posibilidad viable, se producen las adaptaciones necesarias para aprovecharla. El tamaño alcanzado por los nuevos seres requería grandes cantidades de alimento, sólo disponible en otros seres. La vida tenía que construirse en la depredación de los demás, animales y plantas.

            Y así, para hacer frente a la depredación, fueron apareciendo las estructuras defensivas en algunos seres: púas, pilosidades, placas acorazadas… En otros, al contrario, y para favorecer la depredación, aparecieron estructuras de ataque: aguijones, dientes afilados... Unos animales se arrastraban reptando por los fondos, otros se valían de una multitud de patas para desplazarse, y algunos tenían filas de aletas laterales, como remos, que actuaban progresivamente generando una ondulación del conjunto. Eran realmente ingeniosas las invenciones orgánicas que iban apareciendo.

            Pronto, la mayor complejidad de órganos de estos seres trajo aparejada la necesidad de sistemas de nutrición y oxigenación más sofisticados, siendo los iniciales de las esponjas o medusas demasiado simples e insuficientes para hacer llegar el alimento y el oxígeno a todas las partes del cuerpo. Se conformaron sistemas de distribución soportados en tejidos y órganos específicos. El primitivo cuerpo poroso de las esponjas, o el superficial de las medusas y pólipos, que permitían una relación directa con el medio acuático y sus nutrientes, se veía sustituido ahora por sistemas de distribución internos que recreaban un medio acuático en circulación hasta las células más recónditas. Estos sistemas circulatorios disponían de una extensa red de canales y capilares aislados del medio externo, por los que circulaban unas células especiales capaces de transportar el oxígeno, el cual era captado del agua por medio de órganos respiratorios especializados. Los alimentos, una vez digeridos en órganos específicos y transformados en los elementos directamente asimilables por las células, circulaban también con el líquido de transporte.

            Los sentidos se iban afinando y perfeccionando extraordinariamente bajo el impulso de la necesidad de depredación y defensa. Los ojos pasaron de ser simples máculas o conjuntos de células sensibles a la luz, a formar un conjunto diferenciado y protuberante con movilidad. Las antenas sensibles al contacto o a sustancias químicas comenzaban a abundar.

            La tierra emergida había sido invadida ya por las plantas, que poco a poco, al borde de las aguas, hicieron las necesarias adaptaciones para sobrevivir fuera de ellas. Básicamente, tuvieron que ser capaces de captar directamente el anhídrido carbónico de la atmósfera y desarrollar nuevas raíces, no sólo ya para sustentarse sino para absorber el agua del subsuelo. Su posterior evolución desarrollaría tallos leñosos, resistentes y dotados de canales para la circulación del líquido vital por todas sus partes, lo que permitiría un gran crecimiento y tamaño de estos seres.

            La atmósfera contenía entonces una alta proporción de oxígeno, desprendido por las plantas marinas a través del agua de mar, y esto, unido al alimento vegetal que ya se había implantado en tierra con éxito, permitió que algunos organismos marinos especiales, los mejor dispuestos para adaptarse al ambiente exterior, iniciaran una vida mixta, anfibia, al borde de las mareas. Sin duda los animales de caparazón articulado, segmentado, eran los que disponían de la suficiente solidez, unida a la necesaria flexibilidad y agilidad, para moverse sobre la tierra. La ausencia inicial de depredadores en el medio exterior, y la abundancia de alimento vegetal, hicieron que los que consiguieron adaptarse proliferaran con rapidez. Tuvieron que desarrollar para ello mecanismos y órganos especiales para respirar directamente el oxígeno del aire. Disfrutaron de mucho tiempo en soledad y experimentaron una evolución y diversidad enorme, formándose una infinidad de seres entre los que destacaban los insectos de todos los tipos. Entre ellos, aparecen por primera vez los que conquistan el aire, siendo capaces de desplazarse por él gracias a la adaptación de determinados órganos.

            Mientras tanto, en los mares, iban apareciendo nuevos individuos, más perfeccionados, que habían conseguido una gran movilidad y una notable facilidad de alimentación y subsistencia gracias al desarrollo de una estructura rígida y articulada interiormente, en la que se hacían firmes los potentes tejidos musculares capaces de propulsar al animal por las aguas. Los peces, dotados de la mayor agilidad y velocidad entre los animales marinos, proliferaron en una gran variedad de formas y estructuras, y la depredación  tomó ya, de manera general, el tinte dramático de la lucha feroz por la vida. Algunos de estos peces vertebrados se habituaron también a la vida de las orillas, desarrollando las necesarias adaptaciones para llevar una vida mixta, dentro y fuera del agua. Aparecieron así los anfibios y después, algunos de ellos, se desentendieron definitivamente del medio acuático para trasformarse en reptiles. Unos y otros encontraban en el medio terrestre gran cantidad de alimento, con lo que su subsistencia estaba garantizada.

            La dinámica de la corteza terrestre producía cambios geológicos y climáticos que modificaban a veces las posibilidades de supervivencia de toda esta masa de seres vivos, que descendientes de antecesores acuáticos, y adaptados por tanto a un medio de características estables,  encontraron dificultades ante los cambios de humedad y temperatura. Se provocaron a veces monumentales desastres y desaparición de gran número de especies. Algunas, sin embargo, consiguieron evolucionar adaptándose a las nuevas condiciones y desarrollando características especiales. Una línea evolutiva proveniente de los reptiles, los dinosaurios, alcanzó una extraordinaria importancia, adquiriendo características extraordinarias y novedosas, como la de caminar sin reptar, esto es, con las patas extendidas en vertical, como los posteriores mamíferos. Su cuerpo era sin embargo alargado, como el de los reptiles, y su tamaño enorme. Vivieron cientos de millones de años sobre la tierra, desarrollando sorprendentes adaptaciones. Unos eran pacíficos herbívoros, otros violentos depredadores carnívoros; algunos se adaptaron al medio marino y otros, un grupo de dinosaurios de pequeño tamaño, consiguieron volar, dando lugar a los antecesores de las aves. Otro grupo, de individuos bípedos, con extremidades anteriores pequeñas y tres dedos prensiles, manifestaron una extraordinaria habilidad para mover y asir piedras y ramas, escrutando las cosas con una mirada frontal y curiosa, en la que se apreciaban destellos de inteligencia avanzada. Su cerebro era, proporcionalmente, el más grande hasta entonces desarrollado, y mayor que el de especies posteriores más evolucionadas. Eran unos seres cuya esperada evolución prometía mucho, quizás la aparición de la inteligencia superior. Pero, desgraciadamente, sobrevino una gran crisis climática provocada por la caída de un asteroide de grandes dimensiones que provocó la extinción de la mayoría de las especies de dinosaurios, sobre todo las de individuos de mayor tamaño. Los pequeños dinosaurios con plumas lograron sobrevivir y evolucionaron decididos hacia las aves.

            Otra línea evolutiva de los reptiles había dado lugar a unos pequeños seres (comparados con los dinosaurios) con capacidad para la regulación interna de su temperatura, para la gestación interna del embrión y para la alimentación de las crías mediante glándulas mamarias. Estos primeros mamíferos convivieron con los dinosaurios, aunque oscurecidos por su exuberancia y abundancia. Y los sobrevivieron a su extinción, gracias precisamente a sus peculiaridades que los hacían resistentes a los cambios del medio.

            Desde el comienzo de todo hasta vuestros días, la evolución de la vida ha generado innumerables formas de seres, algunos de extraordinario aspecto y conducta, que han desaparecido y de los que no han quedado huella. Sobre todo los que surgieron al principio, de cuerpo blando. Otros, como los dinosaurios, aparecen fosilizados a veces y habéis podido conocer su existencia. De la gran cantidad de especies que existieron, las que hoy podéis contemplar en vuestro mundo, aunque representan sólo una pequeña fracción del total, son representativas de todos los niveles de complejidad que se han producido a partir del principio común. Siguen perfectamente adaptadas al medio en que viven, y por ello perduran. Unicelulares  y pluricelulares simples y complejos, representativos de todas las épocas, siguen poblando las aguas, el aire y la tierra. Aun perteneciendo a los tipos iniciales, han evolucionado sin embargo perfeccionando su adaptación; pero la esencia de su estructura es la misma que al principio. De las especies que han desaparecido, la mayor parte lo hicieron debido a la aparición de otras mejor dotadas, con las que competían, o por su incapacidad de adaptación a los cambios climáticos. Así que los seres vivos que veis hoy son el resultado del filtro llevado a cabo por la cambiante naturaleza durante millones de años, que se ha llevado de camino innumerables formas vivas, dejando sin embargo una muestra de la escalera evolutiva. Y el último escalón es el hombre, tan distinto aparentemente de los animales que os negáis con frecuencia a aceptar su origen natural. Entre el simio más próximo al hombre y vosotros mismos imagináis demasiadas diferencias,  un salto inmenso que os separa definitivamente de los animales. Os atribuís una esencia distinta, un origen divino. “No, no, no somos un mono vestido, no somos un mono inteligente que ha desarrollado ingeniosos procedimientos para buscarse una vida más fácil e imponerse al resto de la naturaleza” - pensáis-. Y no lo sois en vuestro interior, pero sí lo sois en vuestra naturaleza. Vuestra estructura corporal, vuestra complejidad orgánica es la del mono. Tenéis un cuerpo de mono, venís de un primate común a monos y hombres. Los monos son vuestros primos menos inteligentes. Pero entre todos los órganos que poseéis en común, tenéis uno más desarrollado: el cerebro. Y ello ha bastado para que fuerais capaces de unas funciones mentales más avanzadas que ellos, que permitieron en vosotros la aparición y el desarrollo de la cultura: es decir, la comunicación y trasmisión del saber acumulado a vuestros semejantes y descendientes. Eso os convirtió en seres superiores. Unos  pequeños cambios orgánicos hicieron el milagro de un salto de complejidad en el ser.

            Pero ya os contaré, en su momento, cómo se produjo esta maravilla y el alcance de este suceso. Ahora miremos, por una sola vez, el despliegue maravilloso que la naturaleza hizo entre las especies animales, y las asombrosas adaptaciones y órganos que acabaron desarrollándose entre los seres vivos.

 

  

 

 

LOS MARAVILLOSOS ANIMALES 

En la estructura de los animales llaman poderosamente la atención sus sentidos, esos órganos especializados para proporcionarles una extraordinaria capacidad de orientación en el medio en que viven.

            Entre todos los órganos de los sentidos quizás el ojo es el que despierta más admiración. Cuando miráis, todo el despliegue de las cosas reales se presentan ante vosotros. Veis, o creéis ver, todo, hasta el punto de que para vosotros lo real es sólo lo que veis. Decís "si no lo veo no lo creo", y con eso pretendéis que una de las características de lo real es que sea visible por vuestros ojos. Veis el tamaño de las cosas, el color, su posición en el espacio. El maravillosos ojo es sensible a la luz y capta su espectro, es decir, las distintas radiaciones que lo componen. Y así, no sólo veis la forma de las cosas sino también sus colores, que dependen de la materia de que están hechas o revestidas, de manera que absorben una parte del espectro luminoso y el resto  lo reflejan, que es lo que percibís en forma de color. Y sin embargo no sois sensibles a  toda la luz, a todas sus radiaciones. Y por ello hay cosas invisibles para vosotros, aunque eso no os afecta demasiado. Vuestro ojo ha evolucionado para "ver" lo que le interesa, y lo mismo el de los demás animales. Hay infinidad de ojos en la naturaleza, cada uno adaptado al entorno vital de cada ser. Y el vuestro no es el ojo mejor, ni tampoco lo son los demás sentidos que tenéis. El ojo del águila ve con detalle a una distancia imposible para el vuestro, como si poseyera un teleobjetivo. Pero es que desde la altura de su vuelo precisa localizar sus presas y arrojarse velozmente sobre ellas. Siendo depredador, necesita apreciar la posición exacta y el movimiento de su presa, y por ello tiene sus ojos dispuestos de manera frontal, para que puedan concentrase en un objeto y recibir dos imágenes ligeramente diferentes de él, que le dan información de la perspectiva y por tanto de su movimiento. Las presas, por el contrario, han orientado sus ojos para defenderse de los depredadores, por lo que renuncian a esa disposición frontal de precisión a favor de una disposición que les permita mayor campo visual, para percibir así más fácilmente la llegada del depredador. Por ello tienen sus ojos más separados a ambos lados de la cabeza.

            El ojo más simple, el de algunos seres unicelulares, está formado por una pequeña zona o mancha sensible a la luz que les permite orientarse y nadar hacia la claridad. Los ojos de algunos gusanos planos son simples depresiones tapizadas por células fotosensibles, y los de numerosos seres, entre ellos, y principalmente, los insectos, están formados por un gran número de ojos individuales agrupados en un conjunto funcional u ojo compuesto. Cada ojo produce su imagen, que es solamente una parte del amplio campo visual, siendo capaces además, debido al solapamiento parcial de dichas imágenes, de apreciar pequeñísimos movimientos. Los animales nocturnos o los de las profundidades marinas tienen que ser capaces de ver con muy poca luz, por lo que han desarrollado ojos muy grandes, de abiertas pupilas. Las serpientes y los peces son capaces de ver colores en la gama del ultravioleta y el infrarrojo, que son invisibles para vosotros. Los peces de las profundidades sólo perciben colores azulados, los únicos que llegan a su mundo.

            En cuanto a las arquitecturas de los ojos, el perfeccionamiento de las mismas ha ido añadiendo, sobre las primitivas manchas sensibles, cavidades, lentes, diafragmas regulables según la intensidad de la luz y diferentes especializaciones según el medio concreto de vida del animal. El ingenio o, por ser más exactos, la plasticidad de la materia viva para conseguir adaptaciones eficaces parece no tener límite. Y éste es el caso de las soluciones que la vida ha ido configurando para orientarse en el espacio a expensas de la luz.  Esa información, por el hecho de provenir de la superficie de los objetos mirados, englobaba el diseño de su forma, información de su naturaleza, su posición y estado de movimiento. Una información por tanto completísima de los objetos, casi "objetiva" y a la que vosotros atribuís el carácter de "realidad".

            Pero la dramática lucha por la vida tuvo que ampliar pronto sus mecanismos de orientación, desarrollando otros sentidos complementarios que resultaban imprescindibles cuando la orientación por la luz no era suficiente debido a múltiples factores, como obstáculos visuales, ocultación defensiva de las presas y depredadores, etc.

            El oído, ese extraordinario órgano capaz de detectar las vibraciones del aire o el agua producidas por el movimiento de los cuerpos, era imprescindible en ciertas ocasiones para conocer la presencia de un animal o fenómeno. Desde los oídos más simples de algunos insectos, como las arañas, que consisten en pelillos muy sensibles distribuidos por sus vellosas patas, hasta el complejo oído de los mamíferos, dotado de una arquitectura sofisticada que incluye membranas vibratorias, trasmisores sólidos y de cámara líquida, y células sensibles a las vibraciones que proporciona ampliaciones de la señal de hasta cien veces la recibida, existe toda una variedad de soluciones que se han desarrollado en los diferentes animales. Algunas, entre las pertenecientes a los insectos, son pequeñas membranas sensibles o tímpanos situados en diferentes lugares del cuerpo, con frecuencia en el abdomen. En los grillos, estos "tímpanos" están colocados en las articulaciones o "rodillas" de las patas delanteras.

            Una característica de los animales terrestres es el órgano externo captador, antes del oído propiamente dicho, especie de embudo que canaliza el sonido hacia el interior del órgano auditivo. Sus grandes dimensiones en algunos animales es señal de su extraordinaria sensibilidad al sonido.

            Igual que sucede con la captación de la luz, también varía el espectro de frecuencias sonoras captadas por los diferentes oídos Los elefantes son capaces de oír a largas distancias sonidos de muy baja frecuencia, emitidos por sus congéneres, inaudibles por vosotros. También sois incapaces de oír algunos de los agudísimos sonidos que emiten los murciélagos. Éstos puede decirse que ven con el oído en la oscura noche donde llevan a cabo su actividad cazadora. Para situarse espacialmente y cazar, emiten una serie de ultrasonidos que se reflejan en las cosas y las presas, y que son oídos claramente por ellos, aportando una información espacial  tan precisa como la que aporta un ojo.

            Los delfines utilizan también este procedimiento, además del visual, el cual aporta incluso una información más completa que la vista en algunos aspectos, ya que los ultrasonidos penetran en el cuerpo y permiten conocer al delfín si un congénere tiene algún órgano enfermo o si ha comido recientemente. También les permite localizar bancos de pesca en aguas turbias y, al igual que las ballenas, orientarse en la navegación.

            La sensibilidad a diferentes sustancias químicas, el olfato, es otro sentido de aparición precoz en los seres vivos. La capacidad de distinguir pequeñísimas concentraciones de determinadas sustancias químicas en el aire alerta a los depredadores de la presencia de presas, y a éstas de los primeros. Es esencial también para la localización sexual en determinadas especies. Algunos animales han desarrollado una sensibilidad olfativa tan alta que hacen de este sentido el de mayor alcance. Un oso polar puede detectar un cadáver de foca a decenas de Km. de distancia y una anguila  es capaz de orientarse olfativamente a lo largo de miles de Km. por el Atlántico hasta llegar a su lugar de cría.

            Pero todos estos sentidos, y los de acción por contacto -el gusto y el tacto- tan familiares para vosotros, no son los únicos procedimientos de orientación de los animales, ni los únicos órganos sensibles a la información del medio. Otros parámetros físicos del medio pueden ser interpretados por algunos animales, especialmente los campos magnéticos y eléctricos, o la dirección de las corrientes de aire o agua. Las aves migratorias se orientan interpretando las variaciones del campo magnético durante su recorrido, y los tiburones son capaces de detectar los más pequeños movimientos de sus presas percibiendo los insignificantes campos eléctricos generados por las contracciones musculares. Las serpientes que cazan animales nocturnos, además de sus extraordinarios ojos que ven las radiaciones infrarrojas, tienen unos órganos separados de ellos capaces de detectar el calor de las presas.

            Los sentidos aportan la función necesaria para permitir la vida de los individuos dispersos en ambientes extensos, que precisan la búsqueda de sus presas y de sus congéneres, o la defensa de sus depredadores. La sensibilidad es la función de reconocimiento del medio y va ligada a la necesidad de movilidad.

            Y tan extraordinarios como los sentidos son los distintos mecanismos desarrollados para conseguir la movilidad por el medio. La movilidad es la característica fundamental de los animales, que al contrario de las plantas, deben moverse para la búsqueda del alimento.             La abundancia prácticamente interminable de los principios básicos necesarios para la vida de las plantas ha  permitido que desarrollen su vida inmóviles, inundando el Planeta de su verde presencia. En los animales, y sobre todo en los depredadores, la velocidad de movimientos es la clave para el logro del alimento. Seres extraordinariamente veloces han conseguido de esta manera su éxito vital, su supervivencia en un planeta cada vez más densamente poblado de competidores, y donde las presas a su vez han hecho de la velocidad el recurso de su salvación. Todos los medios físicos han sido ocupados por distintas especies y para ello han tenido que desarrollarse los órganos adecuados de desplazamiento por ellos. Y curiosamente, estos órganos especializados no han surgido de manera nueva y diferente sino por medio de la adaptación de los órganos locomotores de sus antecesores en otros medios. Las extremidades anteriores de algunos anfibios se modificaron para adaptarse a las necesidades de locomoción terrestre de los reptiles, y las de éstos a las que precisaban a su vez las aves y los mamíferos. Algunos mamíferos adaptaron de nuevo sus extremidades para volver al medio acuático, donde encontraron más recursos de vida que en el exterior. Es el baile adaptativo de las especies contemplado desde una perspectiva de tiempo resumido.

            Las soluciones decantadas para el movimiento por tierra son tan variadas como extraordinarias algunas de ellas. Hay animales dotados para la carrera de velocidad, como algunos felinos; otros son maestros del desplazamiento a saltos, como los canguros; algunos son corredores de dos patas, como las aves que se han adaptado a la vida en tierra;  los hay trepadores y saltadores de árboles y, en fin, toda la serie de especies que se desplazan con más o menos rapidez y por diferentes procedimientos utilizando extremidades con diseños en forma de palanca.

            En el agua, son también variadas las técnicas natatorias empleadas, cada una asociada al tipo de vida especial de los diferentes seres. Los más grandes, como en la tierra, no precisan demasiada velocidad. Los depredadores y presas de tamaño medio sí tienen que ser veloces para garantizar su supervivencia. Los hay sin embargo que siendo lentos recurren a otros mecanismos defensivos y de caza para triunfar, como la ocultación y el camuflaje, las protecciones defensivas, el veneno, etc. Las aletas natatorias flexibles, unidas a la ondulación del cuerpo, configuran la solución mecánica más común, sencilla e idónea para desplazarse por este medio, aunque también se emplean la propulsión a chorro y la ondulación sinuosa de cuerpos muy alargados.

            En el aire tiene lugar la misma variedad de soluciones: ágiles e incansables voladores de altura que persiguen insectos; infatigables voladores de distancia que migran a climas más favorables según la estación; aves poderosas que se precipitan veloces sobre sus presas en el suelo; pájaros que flotan suspendidos en el mismo lugar mientras se alimentan de las flores, o aves rapaces que permanecen igualmente inmóviles en el aire acechando la madriguera de sus presas. Hay aves de vuelo corto y pesado, de ala corta y rápida, buenas corredoras por el suelo, y otras que son incapaces de andar cuando caen a tierra debido a la gran longitud de sus alas. La pluma es el gran hallazgo evolutivo que ha permitido combinar un peso muy ligero con una gran capacidad para desplazar el aire y propulsarse.

            La movilidad y la sensibilidad se relacionan de manera necesaria entre sí, de modo  que la última sirva a la primera. La extraordinaria velocidad de algunos depredadores no sería útil sin una vista muy precisa. Ni tampoco la velocidad de una pequeña presa sin un oído muy fino. Los animales migratorios precisan de una sensibilidad de alcance, como la magnética y la olfativa. Los sigilosos cazadores nocturnos, que se mueven entre la maleza, no serían eficaces sin un acusado sentido del olfato o la sensibilidad al calor de la presa, como las serpientes.

            Pero la sensibilidad sirve también a otra función de extraordinaria importancia, como es la comunicación entre congéneres.  Con los sentidos perciben las señales que trasmiten los demás y que les informan de asuntos de vital importancia. Los animales utilizan diversos procedimientos para esta difusión o intercambio de información. Unas veces son los sonidos, generalmente emitidos con la garganta, aprovechando la impulsión de aire desde los pulmones. Los mamíferos y aves lo hacen así, y vosotros también. Porque vuestro lenguaje, aunque más complejo, es igualmente la combinación estructurada de sonidos distintos emitidos por vuestra garganta. Las ballenas y delfines se entienden también por medio de complicados sonidos que conforman un lenguaje limitado pero suficiente para comunicar información diversa. La mayor parte de los animales emiten, sin embargo, un conjunto simple de sonidos que les basta para expresar unas pocas situaciones de sumo interés vital, como la advertencia de peligro, la excitación sexual o la propiedad de un territorio. El canto de los pájaros, a veces tan elaborado y armonioso, significa simplemente la expresión de su presencia, que sirve además para identificarlos como de la misma especie; pero a la hora de comunicar las pocas señales vitales necesarias, les bastan unos pocos sonidos simples. Otros animales, como algunos insectos, emiten sonidos por frotamiento de las patas o las alas. Algunos sonidos animales son tan agudos que no los pueden oír  sus depredadores.

            Las señales olfativas son de vital importancia entre los animales. Distintas glándulas externas segregan sustancias que dejan olores intensos, advirtiendo de su presencia en un territorio o comunicando su estado sexual. Sólo vosotros, los hombres conscientes, habéis prescindido de las señales olfativas para tener un control más intencionado y reservado de vuestras manifestaciones. Además, vuestro amplio lenguaje permite expresar toda la información diversa que queráis comunicar, y para delimitar vuestro territorio empleáis puertas y vallas físicas, como constructores que sois. Pero hay animales con un sofisticado conjunto de glándulas que emplean para comunicar las distintas informaciones. Otros, más simples, utilizan sólo la orina. Las marcas espaciales no sólo delimitan un territorio como propio del animal, sino que puede trazar con ellas auténticas rutas o planos para su posterior uso. El olor corporal se intercambia a menudo entre los miembros de una manada para establecer la  identidad de grupo.

            Otro procedimiento importante para la comunicación de información es la movilidad. Por medio de movimientos del cuerpo, o de la cara, se comunica información de estados de ánimo y de la actitud presente. La agresividad, el miedo, la sumisión o la dominación, se manifiestan por todo un conjunto de expresiones corporales, que son especialmente ricas entre los animales que viven en sociedades grandes. En los simios superiores podéis ver una variada muestra de expresiones faciales, que llegan a expresar hasta la curiosidad, la atención o la evocación de imágenes. En casi todos los animales la actitud corporal es muy significativa. La observáis en vuestros perros domésticos cuando están alegres o temerosos. Son capaces de agitar la cola y el cuerpo, contoneándose, cuando son felices; o bajar las orejas y esconder el rabo cuando están asustados. Otras veces os lamen la cara o se tumban patas arriba cuando les acariciáis, en señal de máximo afecto o sumisión amistosa.

            Las abejas realizan curiosas danzas para comunicar a sus vecinas la situación del alimento. Son capaces de expresar así la dirección, la distancia del mismo y hasta su cantidad. Sin embargo, todas estas conductas "comunicativas" no son generalmente intencionadas, como son las vuestras, sino que responden a una necesidad "expresiva" de los individuos. Esa información es percibida por los demás congéneres y les orienta o contagia en determinados comportamientos. No se puede hablar de una intencionalidad o voluntad de expresarse, pues el animal se expresa a pesar suyo, de manera automática, y en una forma  fija definida por su código genético, que a lo largo de la evolución de su especie ha configurado ese tipo de comportamiento. Por tanto, las expresiones animales, en general, aunque puedan pareceros sorprendentes e intencionadas, son solamente “señales” que los demás individuos interpretan instintivamente, desencadenándose en ellos una respuesta igualmente automática. Muy lejos, pues, del lenguaje intencional, simbólico y dialogante que utilizáis los hombres.

            Sentidos y movilidad; sentidos y comunicación. Información y respuesta. Los sentidos perciben una señal de algo vital y el animal responde con un movimiento, con una expresión. La información se recibe interiormente y dispara una respuesta. Y esto es automático, espontáneo en el animal. Entre el órgano de sentido y  el órgano que actúa hay una interconexión nerviosa que origina la producción automática de la respuesta. Los circuitos nerviosos que parten de los sentidos trasportan débiles corrientes bioeléctricas generadas en ellos. Estas corrientes llegan hasta el músculo del órgano de respuesta, que actúa produciendo un movimiento.  Parece fácil el mecanismo para una respuesta simple. Cuando un animal, o vosotros mismos oís un ruido violento, vuestro corazón empieza a latir fuertemente, bombeando la gran cantidad de sangre que será necesaria para emprender velozmente la huida. Parece que hubiera una conexión directa entre el oído y el músculo cardíaco, y sin embargo la respuesta automática se produce por intermedio de una sustancia segregada por una hormona,  que se vierte en la sangre y activa el corazón. La conexión nerviosa está entre el oído y la glándula. Aún así parece sencillo. Sin embargo, incluso para el ser más simple, hay una gran cantidad de circuitos de conexión entre los sentidos y los músculos o las glándulas. Y normalmente las conexiones nerviosas de los sentidos no actúan emparejadas linealmente con las conexiones nerviosas de los órganos de respuesta, sino que una sola conexión de un sentido puede afectar a un gran número de conexiones de respuesta, y viceversa,  por lo que las interconexiones entre los circuitos que vienen de los sentidos y los circuitos que van a los músculos o las glándulas se multiplican, formando una gran maraña, un abultamiento o paquete de interconexiones que llamáis cerebro. El cerebro es realmente un órgano nervioso procesador, encargado de elaborar respuestas a partir de la información de los sentidos. Hay otros núcleos nerviosos además del cerebro, los cuales forman un cordón nervioso a lo largo de la columna espinal del animal. Son interconexiones más directas, más automáticas, responsables de toda una serie de actos internos o externos del organismo que pasan inadvertidos al animal, y que son necesarios para el funcionamiento integrado del organismo, como las contracciones cardíacas ordinarias, las secreciones glandulares o los movimientos respiratorios. También en el cerebro tienen lugar este tipo de actos automáticos, como la regulación interna de la temperatura o el mantenimiento estable de la postura. Pero sobre todo tiene lugar el proceso más sofisticado de análisis y procesamiento de toda la información que proviene de los sentidos y que desencadena el comportamiento del animal.

             Los animales más simples tienen sistemas nerviosos sencillos, a veces simplemente una red nerviosa difusa por todo el organismo, sin condensaciones medulares ni cerebro, que les permite simplemente contraerse ante cualquier contacto. En los animales más complejos, como en los simios superiores y sobre todo en vosotros, el tamaño del cerebro comparado con las redes nerviosas que interconecta, es muy grande, ya que deben atender a una gran cantidad de respuestas y conductas muy elaboradas. Además, estos cerebros son capaces de conservar el recuerdo de imágenes, ruidos, olores y cualquier otra sensación, que luego utiliza el individuo para orientarse en sus movimientos en busca del alimento, la guarida, el lejano lugar de migración o el reconocimiento de sus congéneres. Apoyándose en la memoria, son capaces de aprender conductas adecuadas, bien por ellos mismos o imitando a sus progenitores. Y en los animales superiores existe también una cierta capacidad de asociación entre las imágenes  guardadas de sus actos y la necesidad de actuar de una manera nueva en el presente para conseguir un objetivo; es decir, existe la capacidad de articular una ficción de la conducta, previa a la misma, un manejo de la imaginación como mecanismo más eficaz en la consecución del objetivo que una serie de ensayos al azar. El chimpancé es capaz de inventar, de hacer  por primera vez en su vida, sin haberlo visto hacer antes, la secuencia de actos necesarios para alcanzar una fruta suspendida en lo alto, subiéndose a un cajón. Y todo esto es una función del sistema nervioso, que evoca imágenes sensibles como sustituto de intentos reales. El animal empieza a vivir virtualmente, función que en el hombre llega a límites extraordinarios.

            Desde la simple mácula óptica de algunos unicelulares o la lenta reptación por el suelo de los gusanos, hasta el ojo del águila o el ala del albatros, desde la sencilla red nerviosa de los primeros pluricelulares hasta la compleja y abultada maraña de interconexiones de los mamíferos superiores, toda una serie de mecanismos se han desplegado en los seres vivos para dotarles de capacidad de orientación, de capacidad de relacionarse con su medio y sus congéneres. Y donde vosotros estáis viendo mecanismos, ¿hay sólo mecanismos?. Así os lo he contado yo, puesto que vosotros mismos sois constructores de mecanismos y sé que es vuestra manera de entender la naturaleza. Pero el mecanismo vivo es sólo el reflejo material de otra realidad superior: la función. Mecanismo y función van unidos, no se pueden separar, ni uno es primero y el otro después, sino que van emergiendo a la vida a la vez, y se van perfeccionando a la vez. Sin embargo, la función trasciende al órgano que la soporta, porque está "orientada" a un fin superior: el mantenimiento de la vida del ser completo. La función de "ver" no termina ni en el ojo ni en la visión,  sino que atiende a la necesidad del ser de orientarse, de relacionarse, de alimentarse o defenderse; a fin de cuentas, de conservar la vida. En la función es la unidad entera del organismo la que está implicada. El órgano es sólo el soporte material de esa función. La conservación del "individuo" o de la especie es lo que alienta, de manera integrada y organizada con otras, en cada función.

            Y la función es algo que se decanta orgánicamente ante unas posibilidades concretas de vida en un medio natural determinado. Si debido a los cambios accidentales hereditarios de los seres vivos algunos individuos nacen con unas características que permiten un mejor aprovechamiento o adaptación a las condiciones de un medio, éstos sobrevivirán mejor que los demás, y en toda la línea de sus descendientes, a lo largo de los tiempos de estabilidad de ese medio, irán acumulándose aquellos descendientes que  intensifiquen más estas características. La gran plasticidad de la materia viva para configurarse de diferentes maneras irá desarrollando, por este mecanismo,  el órgano más adecuado a la función requerida para la óptima pervivencia en ese medio.

            La característica de la materia viva es el dinamismo, interno y externo, orientado a un fin: la duración de esa vida, de ese mismo dinamismo global autoorganizado. Por eso, si hablamos de la vida, hablamos de acciones de los seres vivos, de funciones.

            Las soluciones vitales surgen variadas, como posibilidades que se decantan sin preferencia determinada en los medios naturales. En el mismo espacio de mar o tierra veis coexistir seres unicelulares y seres complejos, insectos y mamíferos, ballenas y plancton. Y además, coexisten armonizados de manera que no sólo sus vidas pueden producirse, sino que alimentándose unos de otros sus poblaciones se ajustan de manera que se establezca un equilibrio estable, una coexistencia armonizada o posible. Y este equilibrio vital en el medio se fue formando también a lo largo del tiempo y es inseparable de la génesis de las propias especies que han llegado a coexistir en él; de manera que podéis pensar que no sólo se han decantado seres vivos diversos en un medio, sino que todo un conjunto vital organizado, un medio vital, se ha decantado a la vez a lo largo de un periodo de tiempo. La vida se organiza y sale adelante de manera global, en formas y equilibrios determinados en cada situación.

            Y claro, vistas las cosas desde esta perspectiva de las posibilidades vitales de los medios, podrías pensar que puesto que los cambios de condiciones ambientales son bastante aleatorios, lo mismo que han aparecido seres complejos y perfeccionados,  podrían desaparecer, o ir apareciendo seres más simples cada vez, desandando el camino evolutivo de complejidad creciente. Y lo primero ha sido así a veces a lo largo de la historia de la vida. Pero respecto a lo segundo, sin embargo, la historia es irreversible; lo que fue se quedó atrás y la vida se autoconstruye sobre el presente creciendo en complejidad o adaptándose y permaneciendo. Los seres más complejos, igual que los más sencillos, son capaces de adaptarse a los cambios y aprovechar las oportunidades de otros medios cuando el suyo propio se empobrece. Algunos mamíferos han vuelto al medio marino, como las focas o las ballenas, que han convertido sus extremidades en aletas; otras veces han vuelto al aire, como los murciélagos, que han convertido sus extremidades en alas membranosas; y algunas aves han atrofiado sus alas y se han convertido en animales corredores, como el avestruz. Pero tanto unos como otros siguen siendo mamíferos y aves respectivamente. La evolución de los seres no va hacia atrás, sino que acumula y utiliza los cambios conseguidos para adaptarse o evolucionar. Y así, los seres más evolucionados pueden considerarse como un conjunto encadenado de las diferentes soluciones vitales de su línea evolutiva desde el origen, desde el unicelular primitivo. Vosotros mismos tenéis partes del organismo que no son específicas vuestras, sino de vuestros antecesores. Toda vuestra información genética, los datos de vuestra construcción orgánica, son comunes en un altísimo porcentaje con vuestros antecesores los primates, y un poco menos con la generalidad de todos los mamíferos; y tenéis todavía mucho de reptil.

            La complejidad se va acumulando si las condiciones lo permiten. La complejidad crece sobre la complejidad, y ¿cómo no habría de hacerlo si sus posibilidades vitales son ilimitadas? Esa es la dirección de la evolución, la dirección de la vida a lo largo del tiempo: la aparición de formas cada vez más complejas, que se construyen sobre las anteriores más simples por el mero hecho de tener todavía muchas posibilidades de combinación y organización. La complejidad va creciendo en formas de vida evolucionada en conjunto con otras más simples que se perfeccionan en su simplicidad y perduran, también, como soluciones vitales eficaces adaptadas a su medio.

            Y son tantas las posibilidades vitales de lo complejo, que no sólo se manifiestan en la sofisticada estructura de muchos animales, sino que incluso entre algunos, ya sean primitivos o evolucionados, actúa a nivel del comportamiento social de los individuos. Porque algunos animales se organizan en sociedades amplias y muy estructuradas; otras veces en familias o clanes; otras en relaciones cooperativas entre individuos de distinta especie. En estas organizaciones se puede apreciar cómo se trasciende la individualidad y las  propias limitaciones para estructurar un tipo de conducta que aporta más ventajas a los asociados. Y ello sin que sea precisa una base de inteligencia, como en el hombre, sino que esta conducta es autoconstruida por evolución en base a las posibilidades de interrelación que tienen muchos animales, incluidos los insectos. Aquí las conductas de los individuos son rasgos heredados genéticamente, como los caracteres físicos. Una abeja nace sabiendo ejecutar una danza peculiar trasmitiendo cierta información, y esta actitud se ha ido diseñando de manera natural para adaptarse lo mejor posible a las necesidades del mecanismo conjunto y eficaz de la colmena, del "organismo global", en el que encuentran así los individuos unas posibilidades de supervivencia mayor que por separado.

            Las abejas, hormigas y termitas, pueden formar sociedades de miles de individuos, hasta un millón en el caso de las últimas. Estos grupos están estructurados en base a la división de tareas, dimensionándose automáticamente el número de los individuos que realizan cada una. No sólo es diferente la tarea de los individuos sino que incluso su morfología se adapta a la función que realizan, presentando diferencias en tamaño, órganos y fisiología. En las termitas, la casta de las obreras tiene atrofiados los órganos sexuales y las defensas, dedicándose por completo a la recolección de alimento, su preparación o digestión previa y la distribución entre las otras castas. La casta de los soldados es igualmente estéril y sus individuos poseen unas extraordinarias defensas a modo de tenazas-tijera que los imposibilita incluso para alimentarse por ellos mismos, lo que hacen las obreras utilizando el boca a boca. Finalmente, la pareja real es la exclusivamente encargada de las funciones reproductoras, siendo la hembra prácticamente un enorme abdomen reproductor que no para de poner huevos durante toda su vida fértil. Su cabeza y extremidades cuelgan  de la gran masa inmóvil de su cuerpo, que está atendido por infinidad de obreros que no paran de alimentarlo, limpiarlo y recoger sus huevos para trasladarlos al lugar de cría. Todas las castas de termitas son ciegas y viven encerradas en el complejo montículo horadado del termitero, de construcción tan depurada que hasta posee ingeniosas estructuras de ventilación y acondicionamiento de aire, que son realizadas sin un plan previo residente en ningún individuo, sino merced a patrones de conducta genéticos que van desencadenando las acciones pertinentes, cada una estimulada por la anterior acabada. La termitera se autoconstruye, por decirlo así, igual que el cuerpo de cada termita durante su desarrollo. Las funciones o tareas de las termes se llevan acabo de manera incansable y minuciosa, y para la interrelación los individuos emplean fundamentalmente el oído y  el olfato.

            Y como os he dicho antes, toda esta compleja conducta entre los individuos no responde a una actividad dirigida por nadie, ni a un  plan de colaboración compartido. Es simplemente un mecanismo que ha ido emergiendo por selección natural a expensas de las posibilidades sencillas de relación de sus individuos. Pero fijaos en las características de éstos y a lo que os recuerdan: Cada casta de individuos está especializada en una función concreta, y han prescindido de las demás funciones generales que les convertirían en individuos autosuficientes. Su configuración orgánica ha cambiado, de manera que puedan desarrollar mejor su función. Y ello debido a la influencia de ciertas hormonas que se dan a los individuos inmaduros y que dirigen su desarrollo. ¿No os recuerda a la especialización de las células de los pluricelulares, que a cambio del desempeño de su función concreta han perdido también las otras generales, debiendo ser igualmente alimentados por otros conjuntos celulares del organismo? Y lo mismo que en ellos, la vida de la termitera perdura por encima de la vida de los individuos, que nacen y mueren dentro de ella, renovando constantemente la organización.

            El mecanismo de formación de estas sociedades animales responde al mismo esquema: especialización y pérdida de la autonomía. Y todo ello para dar vida a una organismo (a una organización) más compleja y mejor adaptada al medio. Si las termitas salieran de su mundo subterráneo e intentaran vivir independientemente serían devoradas por las hormigas en poco tiempo, las cuales se han convertido en su enemigo natural por excelencia. Al ser muy posteriores en aparecer, éstas últimas han ejercido la presión evolutiva que ha configurado la vida de la termitera, celosamente oculta e impermeable a otros seres. Y debido a ello, al ambiente oscuro y subterráneo, se ha producido la adaptación sensorial de las termes, que han perdido la visión.

            Y esta extraordinaria realización evolutiva de las sociedades de termes se fue decantando espontáneamente, siguiendo el proceso de autogeneración de lo complejo. Sin embargo vosotros tendéis a ver conductas inteligentes en los animales cuando observáis conductas que para vosotros requieren el concurso de la inteligencia,  de la reflexión. Y suponéis que es necesaria una actividad panificadora consciente para hacer esas cosas. Sin embargo los individuos pueden hacer auténticas maravillas de manera espontánea, instintiva, y las leyes de la complejidad actúan por encima de ellos, ejerciendo su extraordinario poder de aglomeración y organización cuando se dan las circunstancias adecuadas. Incluso en vosotros, que sois seres conscientes y os dais cuenta de lo que sucede a vuestro alrededor, estáis trasportados todavía por fenómenos sociales que os trascienden y que no podéis controlar. En sentido negativo, ahí están vuestras guerras y crisis económicas, la decadencia y desaparición de vuestras culturas históricas, etc. Y en sentido positivo, la ascensión del conocimiento, la globalización de vuestra cultura. Todos ellos son fenómenos que no habéis planificado conscientemente, aunque a veces pensáis que se realizan como consecuencia de vuestras acciones intencionadas, que sin embargo van dirigidas a fines muy diversos, más inmediatos y concretos. »

 

 
 

 

 

EL HOMBRE 

Arreytal suspiró profundamente dentro de mi pecho, como aliviado de haber concluido la parte más larga pero obligada de su relato. Y su mirada, la mía, se animó vivamente, cómo si por fin hubiese llegado el momento de la gran revelación, como si toda la vida anterior aparecida sobre la tierra formara un bloque separado y al llegar por fin a hablar del hombre fuese a traspasar una frontera definitiva, a entrar en un mundo sin retorno posible. Saliendo de mí, me miró con una expresión de complicidad fraternal y reanudó su discurso.

            «Los mamíferos más avanzados, los simios, habían alcanzado unos comportamientos que aún hoy os parecen sorprendentes a veces, con destellos de inteligencia, con muestras de conciencia de sí mismos. Su mirada atenta en vuestros ojos, os está diciendo que detrás de ella hay un ser que se siente individuo, que os reconoce como seres semejantes a él, que intenta imitaros y comunicarse con vosotros cuando se establece un vínculo de amistad. Pero para comunicarse sólo puede emplear algunos gritos y un número limitado de gestos y movimientos. Su mente está menos desarrollada, y sin embargo entre la estructura y complejidad de su organismo y el vuestro apenas hay pequeñas diferencias, aunque a flor de piel os parezcan enormes.

            Tiempos atrás, hubo muchas especies de simios que vivían y proliferaban en su ambiente natural, la selva, adaptados a la vida en los árboles. Hoy la mayor parte han desaparecido, pero otros tuvieron que adaptarse a condiciones climáticas cambiantes, que produjeron la disminución del área de bosques y la aparición progresiva de las sabanas, grandes extensiones de pradera de hierba alta. Tuvieron que adaptarse a un tipo de vida más desprotegido frente a los depredadores que el de la vida arborícola. La sabana era un medio nuevo que también contenía alimentos y se vieron presionados a moverse por él. Algunas especies de simios que eran capaces de andar más o menos erguidos encontraron en esta habilidad una  solución muy eficaz para desplazarse por el nuevo medio, ya que les permitía una vigilancia constante al cruzar las extensas praderas entre las distantes zonas boscosas protegidas. Los largos desplazamientos en busca de comida y refugio, bajo el calor de la sabana despoblada de árboles, también se vieron beneficiados por esta postura menos propensa a los estragos del calor. Además de la actitud vigilante, se protegían de los depredadores llevando palos en las manos, que ahora quedaban libres, lo que aumentaba sus posibilidades de defensa. Todos estos factores les dieron ventajas de supervivencia sobre las otras especies de simios tradicionales, que fueron extinguiéndose poco a poco en el nuevo medio. Con el tiempo se acabaron seleccionando en la sabana unos simios perfectos andadores, como vosotros, que además tenían una buena habilidad manejando palos y piedras. Las modificaciones  estructurales de su cuerpo, debido a la postura erguida, permitieron casualmente nuevas aptitudes, sobre todo una mayor posibilidad de emitir sonidos y gritos, que incrementaron las posibilidades de expresión y comunicación con sus congéneres.

             La complejidad empezó a realizar su trabajo de autocreación con estas nuevas facultades. La articulación de sonidos con significado, a la manera de un primitivo lenguaje, permitió la autoorganización de grupos con conductas muy eficaces para la supervivencia. A esto se unía la habilidad manual creciente, que empezaba ya a modificar las piedras y palos, retocándolos para una mayor eficacia como armas.

            Como reflejo del aumento de funcionalidad de aquellos simios evolucionados, el tamaño del cerebro iba aumentando, multiplicando las conexiones nerviosas. La nueva postura erguida favorecía o no impedía el aumento de peso del cerebro, que ahora cargaba verticalmente sobre la columna.

            Las limitaciones iniciales de su estructura, que tan indefensos les hacían frente a los grandes depredadores, se fueron superando gracias a la cooperación creciente y al empleo de las primitivas armas. En la sabana había otra posibilidad alimenticia, que gracias a las nuevas habilidades e instrumentos pudieron aprovechar: la carne, para cuyo consumo no tenían los dientes apropiados, ni para conseguirla la suficiente fortaleza natural. Gracias a la cooperación para la caza y para el ahuyentamiento de los carnívoros que estaban alimentándose de sus presas, así como a las herramientas de piedra que había aprendido a labrar,  pudieron despedazar a los animales muertos y cortar su carne. El mayor poder alimenticio del nuevo alimento fue un factor importante en su supervivencia e implantación. Seguían comiendo también plantas y tubérculos, que al igual que la carne consumían crudos. Y a veces comían a semejantes suyos: eran carne también.

            La línea de evolución estaba trazada: a mejores herramientas y mejor comunicación, más éxito para sobrevivir. Y existía la mano y la garganta preparadas para ello. Y la posibilidad de aumentar el cerebro para permitir ese aumento de funcionalidad. El progreso con la misma arquitectura corporal se había iniciado y ya no tendría final. Toda la potencialidad estaba ahora en la mano y la palabra.

            La utilización de cierto número de vocablos para designar a los animales, las plantas, las situaciones y las personas dinamizó las conductas de aquellos hombres primitivos. Al principio eran expresiones simples, casi sonidos que acompañaban a determinados gestos, una especie de lenguaje mixto de mayor potencial, en el que las palabras iban ganando terreno a los gestos.

            Las palabras fueron surgiendo poco a poco de manera imparable. Primero imitabais el rugido y la voz de los animales, y eso servía para referirse a ellos, acompañando a veces un gesto que los identificaba en algún aspecto esencial. También reproducíais el ruido del viento y la tormenta, el rumor del río. Teníais una garganta muy evolucionada capaz de producir sonidos diversos y articulados y comenzasteis a inventar nombres para las cosas. Pero estos nombres iban surgiendo poco a poco. Cada palabra alumbrada era un descubrimiento mágico que se producía en grupo, en partidas de caza o durante las largas horas de invierno ante las llamas del hogar. Era un acto de creación inspirada que se le ocurría a alguien y era reconocido como auténtico por el grupo, quedando instaurado para el clan. No valía cualquier sonido más o menos gratuito, sino que emanaba de la cosa de manera sagrada y única. Los brujos del clan eran normalmente los descubridores de palabras y con ellas se apropiaban de las cosas para el grupo. Porque pronunciar la palabra era lo mismo que traer ante el clan a la cosa misma, pues aparecía ante todos su imagen con viveza, sintiendo de un modo mágico como si fuera real y se tuviera un cierto poder sobre ella al invocarla cuando se quería. Igual que hoy sentís que lo real está atrapado en una fotografía, así lo real quedaba atrapado para aquellos hombres en sus primeras palabras.

            La talla de piedras, del material especial seleccionado por sus características favorables para producir  fracturas cortantes, se desarrolló lentamente, apareciendo diversas herramientas para cortar, machacar huesos, raspar pieles, trabajar palos, etc. Eran instrumentos que se hacían golpeando piedra con piedra, de una manera muy hábil, en direcciones adecuadas para lograr la fractura con el mínimo esfuerzo. Había que elegir bien la forma inicial del material, imaginando anticipadamente el diseño a conseguir y los golpes a dar para ir rebajando la piedra hasta su forma final. La inteligencia estaba presente, pero no era fácil el acto creador, la invención, todavía. Cada saber, cada técnica descubierta se usaba durante largos milenios sin ser capaces de mejorarla. La evolución del conocimiento era tan lenta todavía como la evolución orgánica. Pero la estaba empezando a suplantar, evidenciando su mayor versatilidad y potencial.

            Los hombres primitivos cazaban y recogían frutas y raíces comestibles. En la caza habían desarrollado estrategias inteligentes para el acoso y acorralamiento de los animales, empleaban trampas y eran capaces de abatir los grandes herbívoros de aquel tiempo. Conocían hierbas curativas y tenían unas reglas de conducta dentro del clan familiar. Utilizaban ya el fuego, aunque al principio no sabían cómo encenderlo y simplemente conservaban el fuego ocasional que se producía en la naturaleza. Se abrigaban con pieles y construían primitivos refugios de acampada con ramas. Su vida era lentamente errante, siguiendo a las manadas de animales y buscando continuamente nuevas zonas cuando la comida escaseaba.

            Su mundo mental era el reflejo de la realidad inmediata, que les ocupaba por completo Su vida, demasiado corta, presa de los riegos naturales y la enfermedad, que les sorprendían con demasiada frecuencia. Sus propios cadáveres se abandonaban generalmente a la naturaleza y no se distinguían ellos mismos del resto de los animales, cuya fuerza y poder respetaban.

            Eran hombres ya, más lejos de los otros simios que de vosotros, pero no eran todavía como vosotros. Si os encontrarais hoy con ellos experimentaríais una sensación extraña, porque veríais en ellos vuestro mismo cuerpo, una cara bastante parecida al primate, una conciencia intensa de sí mismos pero con una inteligencia muy lenta todavía, unida a un lenguaje muy pobre y limitado, formado por palabras-grito aisladas o secuencias de dos o tres palabras.

            Su capacidad para inventar algo nuevo era prácticamente nula. Sólo los muchos cientos de milenios durante los que se desarrolló su existencia fueron acumulando el escaso saber técnico que les permitió extenderse por todas partes y sobrevivir en diferentes climas y medios, superando la necesidad de adaptación biológica de sus organismos. Y ese saber técnico sí que eran capaces de enseñarlo y aprenderlo de generación en generación. Nacían con un cerebro mucho mayor que sus parientes primates, pero en blanco, con pocos condicionamientos para la acción. Tenían que aprenderlo todo, estaban desvalidos ante el mundo. Pero tenían una ventaja, y es que podían aprender cualquier cosa, y lo aprendido lo trasmitían a sus hijos. Así se fue rompiendo en una misma especie la determinación del comportamiento, ya que se posibilitó la acumulación del saber, del lento saber que a fuerza de milenios se fue descubriendo.

            Estos hombres, cuya forma de vida parecía casi invariable  a lo largo de un millón de años, fueron evolucionando biológicamente también, y al cabo del tiempo aparecieron especies de hombres dotados de mayor cerebro, como el vuestro actual. Era lo que hacía falta para que el nuevo procedimiento de evolución del hombre primitivo pudiera desarrollarse en toda su amplitud. Determinadas zonas cerebrales fueron dimensionándose mejor para el acrecentamiento de las funciones mentales importantes, como la conciencia, el lenguaje, la creatividad. Había aparecido el hombre moderno: vosotros.

            El animal y vosotros, semejantes corporalmente, pero diferentes en algo tan esencial como el proceso evolutivo. Las generaciones de una especie animal cualquiera tienen la misma conducta siempre, los mismos conocimientos. Se han adaptado bien a su medio y sobreviven de la misma manera a lo largo del tiempo. Sus habilidades son innatas -las heredan biológicamente- o las aprenden enseguida de sus progenitores despertando mecanismos prediseñados genéticamente. Y ahí se queda todo el saber de la especie,  repitiéndose el mismo ciclo sin cesar, hasta que cambia el medio ambiente. Entonces comienza el lento proceso de adaptación biológica por selección de los más aptos para las nuevas condiciones. Hay un cambio biológico.

            El hombre, sin embargo, es creativo y construye herramientas y adaptaciones externas a él mismo. No precisa cambiar su cuerpo ni su biología, porque su inteligencia le permite protegerse de los cambios y dotarse artificialmente de lo que necesita para sobrevivir. Su adaptación al medio es artificial, por medio de artificios o ingenios. Su evolución consiste en la acumulación de conocimientos que se van trasmitiendo a lo largo del tiempo. Su progreso es cultural.

            La creatividad, la capacidad para relacionar las cosas de manera que encuentre soluciones a nuevas necesidades no satisfechas, es su principal característica. Y eso supone una gran agilidad mental que sólo es posible gracias al empleo interior y silencioso de las palabras, al manejo de las ideas. La imaginación visual, el pensamiento visual, no se puede ejercer de manera voluntaria con facilidad. La voluntad, el acto intencionado, sólo puede operar sobre movimientos voluntarios, musculares, como la acción o la palabra. Y el pensamiento verbal es la evocación de palabras por medio de los movimientos esbozados, mínimos, sin voz, de la garganta. Es vuestro lenguaje interior, con el que os habláis a vosotros mismos, planteándoos vuestros problemas y preguntándoos por las soluciones, discurriendo, es decir, encadenando palabras y expresiones que van sugiriendo nuevas ideas.

            Si hacéis la prueba de pensar sólo con imágenes, os veréis sumidos inicialmente en la incapacidad para percibir ninguna; no podéis empezar a pensar. Sólo ante una percepción externa o interna, ante un estímulo de los sentidos, evocaréis alguna imagen. Ante una situación nueva, quizás se os ocurra la representación visual de una acción a realizar para abordarla con éxito, pero vuestra actividad imaginativa será lenta, a impulsos, con grandes lagunas y perplejidades. Os habéis metido, al pensar de esa manera, en la mente del animal, sumamente limitada para lo que no sea conducta aprendida e irreflexiva. Claro que no tenéis costumbre de pensar con imágenes, y sin querer sonarán silenciosamente palabras y preguntas dentro de vuestra mente. Sin embargo hay algunas personas que pueden pensar fácilmente así, y en realidad el pensamiento puede desarrollarse con una mezcla de imágenes y palabras en todos los grados de proporción, desde la palabra pura a la imagen pura. Los sueños discurren como una historia de imágenes, y en general el inconsciente trabaja en base a imágenes a gran velocidad. El hombre primitivo, igual que algunos animales, utilizaría imágenes para encontrar soluciones a golpes de intuición. El inconsciente, manejando imágenes, consigue resultados maravillosos, verdaderos actos de creación propios del genio, pero su funcionamiento es caprichoso, no controlado, empujado por la necesidad o la curiosidad extrema. Sin embargo el pensamiento consciente, en base a palabras, está sometido al control de la voluntad, disponible siempre. Por medio del lenguaje verbal del pensamiento establecemos una especie de dialogo con nosotros mismos en el que nos instamos a encontrar soluciones, o seguimos metódicamente un camino dirigido y controlado por nosotros mismos hacia el resultado, comprobando en cada momento los avances y los resultados parciales. Es una manera de hallar soluciones de manera programada. Además, el pensamiento verbal, el discurso interior, llama al inconsciente en cada paso para despertar intuiciones, convirtiéndose así en el administrador de esa preciosa herramienta creativa

            Poco a poco el hombre fue ampliando el número de sus palabras, poniendo nombre a las cosas que eran importantes en su vida: los animales que cazaba, las plantas, las  personas de su grupo… y también sus propias sensaciones y sentimientos, como el dolor, la alegría, el hambre. Pero además empezó a construir frases o conjuntos de palabras que representaban las acciones en las que aparecían las cosas, los animales y las personas, como correr, ir de caza, reunirse alrededor del fuego. Así fue naciendo el lenguaje  propiamente dicho, y la capacidad de evocar escenas completas, relatos. Empezó a representar los sucesos reales para planear estrategias de caza o comunicar sus propósitos al grupo. En las partidas de caza, el jefe del clan asignaba puestos y papeles, momento de partida, lugar, trampas a realizar, etc. Aunque estas estrategias ya se desarrollaban de manera rígida antes del lenguaje, con ayuda de algunos gestos y gritos, el empleo del habla permitía cambiar de estrategia sobre la marcha, según las circunstancias, y sobre todo el planteamiento previo, evaluando las diferentes estrategias posibles, anticipando y comparando resultados. Es decir, el hombre primitivo comenzó a "razonar", a utilizar el lenguaje de manera eficaz, encontrando soluciones anticipadas a sus problemas. El clan, reunido, llevaba a cabo largas "discusiones" puntualizando y opinando sobre las consecuencias de cada acción, esforzándose por imaginar lo que pasaría después. Comenzó a saber construir un mundo ficticio, virtual, una representación teatral sonora de la realidad, con la que se anticipaba a los sucesos, organizando la conducta del grupo de manera muy eficaz. También por entonces aparecieron los "contadores de historias", que hacían el relato de las partidas de caza, repleto de escenas vívidas que eran compartidas por niños, mujeres y ancianos alrededor del fuego. Esto daba coherencia al grupo, les unía en una misma experiencia e historia y fomentaba el uso y aprendizaje de la lengua. Se transmitían así también los conocimientos sobre la caza, la construcción de armas, etc.: es decir, los saberes del clan.

            Gracias al pensamiento, al manejo virtual interior del mundo, el hombre pudo desligarse de los fenómenos reales y anticiparlos, jugando y experimentando con las cosas y las situaciones sin exponerse a la realidad y a sus consecuencias. Poco a poco fue construyendo de manera más amplia su mundo virtual, su reflejo del mundo real, hasta poder nombrar todas las cosas que intervenían en su vida y todas las acciones que podían desarrollarse, así como sus estados de ánimo y sensaciones. Y trabajando con el pensamiento, cuando quería nombrar a un grupo de animales o cosas en relación a algún plan o consideración, se le ocurrió que todos ellos tenían alguna característica común que les agrupaba de manera significativa, de manera que utilizando un solo nombre podía nombrarlos a todos. Así comenzó a usar palabras que representaban las cosas de manera genérica. Empezó a utilizar conceptos o ideas abstractas, que sugerían aspectos comunes de los seres incluidos en la palabra representativa, que ya no era la imagen de una sola cosa, sino partes de todas. La palabra sugería conjuntos de imágenes, contenidos relacionados. La palabra “toro” sugería inicialmente la imagen de un toro, y en el caso más amplio, diversas imágenes de toros en diferentes situaciones. Pero la palabra “animal” podía sugerir un toro, un elefante, un león, etc. Podía ser una serie fugaz de todas las imágenes, o partes comunes a todos los animales, como patas, cola, pelo, etc. A medida que aumentaban los conceptos abstractos también las palabras simples se fueron llenando de contenidos adicionales, ya que aparecían ideas como la fuerza, la fiereza, los colores, etc., que podían asociarse a ellas. El mundo mental, reflejo del real, se fue enriqueciendo enormemente. Y gracias al lenguaje que lo soportaba, este mundo mental pudo trasmitirse a las generaciones sucesivas, que aprendían así a la vez el lenguaje, el mundo mental y la capacidad de pensar.

            A lo largo del tiempo, y dada la importancia del lenguaje para la supervivencia, la evolución biológica fue seleccionando un hombre con un cerebro mejor adaptado para el lenguaje, configurado de manera que era capaz de aprender a hablar una lengua con relativa facilidad.

            Anteriormente, el cerebro había evolucionado hacia una predisposición para captar lo real en base a unas formas o patrones de la sensibilidad que resultaban tremendamente eficaces en la lucha por la vida. Era la sensibilidad o sentido del espacio en sus tres dimensiones, forma ésta común con muchos animales, por otra parte. Más específicamente humano fue el sentido del tiempo, mediante el cual apreciaba el transcurrir de los sucesos, la duración de sus actividades, la comparación de la duración entre diversos fenómenos, y de alguna manera, la medida de su tiempo en base a fenómenos de duración fija, como el día, las estaciones, etc. El animal, por el contrario, vive inmerso en un presente casi continuo, aunque también sabe esperar, pero no capta la duración del tiempo como el hombre, que llega a poder programar su actividad y su vida. Naturalmente, el lenguaje y el pensamiento facilitaban la función de todos estos sentidos mentales, y se llenó de palabras que permitían su ejercicio. Otro sentido complejo, por llamarlo así comparado con los sentidos simples que radican en un órgano perceptivo, fue la captación de regularidades en los sucesos. Supo esperar el día tras la noche, la primavera tras el invierno, el trueno tras el rayo. También los animales tenían este sentido, que les impulsaba a reaccionar anticipándose a los fenómenos, pero estaba programado de manera genética sólo para determinado tipo de sucesos de importancia vital.

            Un tipo de regularidades especiales eran aquellas en que algo se transfería siempre del suceso anterior al posterior, como calor, energía, fuerza, de manera que se intuía que el suceso inicial era el responsable del siguiente, el cual se originaba debido a ese poder que se transmitía; el suceso inicial era la “causa” del siguiente. Esta capacidad mental de reconocer causas y efectos resultó ser primordial para explicarse el mundo, para descubrir en él relaciones de necesidad, y en suma para manejarlo al reproducirlas en su beneficio. Y así, esas intuiciones del tiempo, el espacio, lo sólido o lo líquido, las causas y sus efectos, fueron encontrando sus respectivas palabras, las que acabamos de usar, posibilitando el ejercicio y la incorporación de esas maneras eficaces de captar la realidad a su vida cotidiana. Todos estos sentidos mentales complejos, unidos a los simples, permitieron un gran poder de supervivencia. Fueron adaptaciones al mundo, utilizando determinadas características del mismo, que por medio de los órganos de los sentidos simples y complejos se transformaban en formas diferenciadas de percepción. Ello no quiere decir, como más adelante os contaré en detalle, que el mundo exterior fuera así, ni que existieran los colores ni los sonidos, ni el tiempo ni el espacio, ni la causa ni su efecto, sino que el hombre, como en su medida los animales, transformaban unas ciertas características de lo real en formas propias de su sensibilidad orgánica y mental.

            Todos los animales tienen un cerebro que ha evolucionado de manera que proporciona al individuo determinadas predisposiciones, que le resultarán eficaces en su lucha particular por la vida, y que aprenderá a desarrollar por medio del aprendizaje. Así la predisposición a volar, a cazar, al canto o a la lucha. Igualmente el hombre nace con sus predisposiciones para el lenguaje y la captación de la realidad por medio de sus sentidos complejos. Es su particular adaptación a la vida.

            La función del pensamiento ya desarrollado tenía su soporte en el nuevo cerebro, en el que la posibilidad de un número inmenso de interconexiones y correlaciones nerviosas permitían ese flujo y asociación  de contenidos mentales. Las zonas cerebrales donde tenían lugar estos procesos se habían desarrollado grandemente a partir de las incipientes del cerebro animal. El entramado de interconexiones resultaba sumamente complejo y con muchas posibilidades potenciales, las cuales había que realizar y consolidar a lo largo del desarrollo vital. Era como si  el individuo, al crecer y aprender, fuera materializando toda una red de conexiones nerviosas, como las raíces pilíferas de un árbol que se amplían y se enredan formando una maraña inextricable. Y lo mismo que las raíces, el cerebro puede comportarse de manera flexible, siendo capaz de desarrollar su función aunque alguna parte no demasiado vital quede dañada; puede desarrollar nuevas conexiones y salir adelante el individuo con todas sus funciones.

            La función simbólica del lenguaje se ejerció hacia el propio interior del individuo también, alcanzando sus sensaciones internas, sus deseos, sus emociones, su propio pensamiento incluso, definiendo y concretando al propio ser, que comenzó a "conocerse" a sí mismo en forma de conceptos, de manera separada a su propio transcurrir vital. El hombre se hizo "consciente de sí mismo", ya que era capaz de representarse o imaginarse de manera simultánea a la realización de sus funciones. Y ello fue posible gracias al desarrollo evolutivo de una especial configuración cerebral. Los animales superiores también tienen un cierto tipo de conciencia propia, en base a imágenes sensibles directas de su propio cuerpo y sus vivencias vitales, en percepción simultanea del mundo exterior. Pero es una conciencia directa, inmediata, ligada a la conducta. En el hombre, merced al mundo virtual interior, la conciencia se puede ejercer voluntariamente, desligada de los fenómenos, del transcurrir vital. Es una conciencia separada del mundo, una conciencia autónoma, en sí mismo.

            Cuando aún no existía el lenguaje, las percepciones de los sentidos y las intuiciones eran momentáneas, y el hombre, lo mismo que el animal, estaba sometido al ritmo de lo externo. La atención estaba puesta de manera inseparable en los sucesos. También atendía el hombre a su interior, a sus emociones y sentimientos, pero los gozaba y padecía siendo esclavo de su dinámica y percibiéndose a sí mismo de manera fugaz. Al aparecer el lenguaje y disponer de palabras que evocaban sensaciones, acciones y sentimientos, la conciencia de todo ello era accesible voluntariamente y podía demorarse en ella dada la intensidad moderada y controlable de lo sugerido.

            El pensamiento jugó una función importante en la actuación intencionada, voluntaria. Gracias al control de sí mismo que posibilitaba el pensamiento, el hombre fue capaz de actuar según un plan, en el momento preciso, sin que su acción estuviese disparada por percepciones sensoriales, sino por actos de la voluntad que da las órdenes oportunas en el momento adecuado según las estimaciones del pensamiento. Así pudo controlar voluntariamente la inhibición o desencadenamiento de sus actos, de manera que su eficacia fuera mayor. El pensamiento era el intermediario de la acción voluntaria.

Veis pues el extraordinario papel que jugó el lenguaje, que en principio parecía sólo un mero instrumento de comunicación para la acción en grupo. Su eficacia se manifestó en todos los aspectos de la conducta del hombre: vehículo del pensamiento, de la acción controlada, del mundo mental virtual, de la conciencia del yo.

            El pensamiento con palabras, debido a su interioridad y orientación hacia sí mismo, se simplificó grandemente respecto al lenguaje dirigido a los otros, consistiendo sólo en determinadas palabras con sentido, capaces de evocar todo un chaparrón de ideas asociadas al contexto. Las palabras duraban interiormente sólo un instante, lo necesario para desencadenar todo  su contenido de imágenes, de ideas, de otras palabras relacionadas. El pensamiento, así, se hacía enormemente fluido: era un discurrir.

 

  

 

 

EL MITO Y LA RELIGIÓN

El hombre primitivo experimentaba en su propio interior la intuición de la causa-efecto al ser consciente de sus motivaciones para hacer las cosas. Iba a cazar porque tenía hambre, agredía a otro hombre porque se sentía ofendido, gritaba cuando sentía dolor. Todo lo que hacía estaba motivado o tenía una causa que le transmitía la fuerza para hacerlo. También percibía en el exterior toda una serie de fenómenos que su intuición relacionaba como causa-efecto. Sabía que el árbol era abatido por el viento tormentoso, que el fuego en el bosque lo había producido el rayo que cayó en él, pues vio cómo surgía de su impacto. Había pues una identidad entre el hombre y el mundo y ambos tenían que funcionar de la misma manera. La misma intensidad y claridad de sus vivencias interiores la imaginó en las manifestaciones de la naturaleza y de los animales, es decir, supuso que existían en ellos motivaciones y sentimientos; eran sus causas internas, y el viento que derribaba el árbol debería tener también un motivo, porque otra razón no existía todavía en "su mundo" que lo explicase. La naturaleza cobraba así una dimensión a la vez humana y extraordinariamente poderosa, tanto como la fuerza de la tormenta o la furia del gran carnívoro. Era un mundo que infundía miedo y a la vez admiración, esto es, “respeto y veneración”. Se había producido por primera vez un ahondamiento, deformación o neurosis de la relación del animal humano con el mundo, que consistía en sustituir los automatismos de defensa y huida, el pavor animal, por un situarse frente al mundo como ante un ser a la vez semejante y superior, con el que existía alguna posibilidad de comunicación, entendimiento o negociación. Las palabras que servían para expresar la interioridad del hombre tuvieron que aplicarse -no había otras- para interpretar el mundo. Y "comprender" era, y sigue siendo para vosotros, describir algo en base a patrones conocidos, explicar, establecer una relación causa-efecto. Comprender no es conocer la realidad en sí de las cosas, sino "agarrarlas" de alguna manera, retenerlas interiormente, narrarlas. Eso era entonces comprender, y aún hoy lo es, a pesar de haber depurado tanto vuestro lenguaje y haber introducido en él, y en vuestra manera de  pensar por tanto, el concepto de "verdad" o rigor en la coherencia de todas las ideas respecto a una cosa.

            Esta fue la primera manera de "entender" el mundo. “Mundo” representado que el mismo hombre había ido creando al dar nombre a las cosas y fenómenos que observaba. Al crear palabras, aislaba aspectos de lo exterior y los revestía de "ser" en sí mismos, es decir, los creaba para su mundo; ese mundo que podía ser entonces manejado, pues la palabra y la cosa eran inseparables y él tenía el poder de nombrarla. Pero el nombrar no era suficiente para el hombre, pues algunas cosas, aún nombradas y conocidas, se manifestaban de manera desconcertante para él. Entonces se hacía necesario "entenderlas", saber cómo actuaban y debido a qué causas o motivos lo hacían, para así poder relacionarse con ellas, preverlas y manejarlas también de alguna manera. Y la manera más profunda de entender del hombre primitivo era experimentar las cosas en sí mismo, "sentirlas" interiormente, dejarse afectar por ellas de manera que impactaran en él intensamente dejando su huella. Entender las cosas era afectarse de las cosas. Era una manera de comprender enteramente humanizada. Las cosas estaban animadas para él, estaban poseídas de espíritu, de espíritu como el suyo, perfectamente entendible. Otra cosa no se podía imaginar que fuera más definida, más intensa, más significativa. Entender era identificarse con el mundo, para no sentirlo diferente, inexplicable, inmanejable, caótico. Conocer era humanizarlo todo. Y aunque hoy os parezca ingenua esta manera de entender, todavía la seguís empleando para comprender a vuestros semejantes. Pensáis que los demás actúan como vosotros actuaríais en las mismas circunstancias, y entenderlos es imaginarlos semejantes a vosotros. Es lo único que podéis hacer, pues no sois capaces de entrar en su alma y sentir realmente como ellos sienten, ni vivir sus especificas motivaciones y los peculiares matices de su ser. Seguís identificándoos en los demás. A las cosas del mundo ya las habéis alejado de vosotros, las habéis deshumanizado, aunque no del todo, pues para explicaros sus manifestaciones empleáis conceptos pertenecientes a vuestra naturaleza humana,  como son los transferidos a las nociones físicas de fuerza,  energía o impulso. Si una piedra cae es porque hay una fuerza que tira de ella. Si la piedra tiene una velocidad, lleva una energía capaz de transferir al objeto con el que impacte. Y no es que las cosas sean así, pero de alguna manera tenéis que imaginarlas, explicarlas o asemejarlas a lo conocido para poderlas utilizar Y además, puesto que no podéis comprender las cosas en su ser exacto, siempre estaréis haciendo semejanzas, teorías, aproximaciones a su ser, cada vez  más extensas, más descriptivas de lo que os interesa de ellas, pero siempre viendo  su ser en relación a vosotros, no su ser en sí mismas.

            Al ir creciendo el lenguaje, el hombre aumentaba el mundo disponible. El resto de las cosas era un conjunto indiferenciado que o no afectaba a su vida o creía que no la afectaba, o lo experimentaba como algo peligroso sobre lo que no se tenía control, como algo confuso e incierto, como un caos. Su vida se orientaba en "su mundo", y lo iba ampliando poco a poco, ganando terreno al caos. El caos iluminado por la palabra se convertía en mundo, sometido a un orden basado en la relación del hombre con él. Un mundo interpretado con su lenguaje, en el que existían sólo las motivaciones humanas como explicaciones de los sucesos. Las fuerzas de la naturaleza, de las que dependía su vida, y los poderosos animales, cobraban una dimensión tremenda bajo esta interpretación. Había que relacionarse con ellos, como poderosos seres que eran, de manera adecuada para no irritarlos y obtener sus favores. Lo primero fue establecer un orden de jerarquía entre ellos y los hombres, y una prácticas de relación, a la manera de las relaciones tribales, único tipo de relaciones conocidas. De esa manera se conseguía una organización del mundo similar a la organización lograda por el clan a lo largo de los tiempos; la organización que funcionaba, el orden. Así nacieron entre los primitivos los mitos y los ritos. El mito explicaba el mundo conocido, aquella parte de lo externo en que su vida tenía lugar. Y el rito eran las prácticas de relación del hombre con aquel mundo personalizado.

            Sin un mito el mundo era caos, desorden, imprevisión y amenaza. Con el mito, todo tenía una explicación y se podía vivir más tranquilo, sobre todo porque aunque los seres superiores del mundo se irritasen y ocasionasen tragedias a los hombres, se conocía la manera de intentar aplacarlos. Hoy os pueden parecer erróneos todos estos mitos primitivos, pero el concepto de "verdad" es algo evolutivo también, algo nunca absoluto. Es la coherencia de lo nuevo con lo previo conocido. Y entonces lo único previo conocido de manera palpable era el alma del hombre y el clan. Y todo se explicó a semejanza del alma y del clan. Porque el lenguaje aparece sobre  un clan formado y un hombre incipiente, y sus palabras primeras sirven a la comunicación, a la consolidación del clan, a la propia conciencia del hombre. Progresivamente se irá interpretando el mundo de manera más amplia.

            El que la interpretación mítica del mundo fuera eficaz o no, influiría en la evolución histórica del clan. Sin duda tendrían más probabilidades de sobrevivir aquellos clanes con mitos más eficaces, pero en un principio, el sólo hecho de tener un mito era más eficaz que vivir en el caos. El caos produce la angustia de la desorientación, de la esclavitud paralizante al azar, de la inacción. Una teoría mítica de comportamiento del mundo proporciona tranquilidad, permite estrategias, posibilidad de acción; y en el peor de los casos, asegura un 50% de aciertos en la acción. Pero es que además, un mito está abierto en cuanto posibilidades de actuación sobre y a través de él, deja grados de libertad para adaptarlo a las manifestaciones de lo real, jugando con sus posibilidades interpretativas, de manera que puede considerarse como una gramática o conjunto de reglas básicas con la que se pueden realizar diversas construcciones o interpretaciones de lo real, de manera que se vaya sometiendo al conocimiento. Un mito no es una fórmula del mundo, sino un teatro en el que se pueden interpretar diferentes obras, más o menos exitosas.

            Sin el mito el mundo no existe, porque no puede "imaginarse", no puede pensarse; es sólo caos inaprensible, humo. El valor del mito, ante todo, es que confiere realidad interior al mundo.

            Una primera consecuencia de la aparición de la conciencia potenciada por el lenguaje fue la confrontación del animal-hombre frente a los poderosos animales de su ambiente. El hombre no era ciertamente un animal temible, sino que tenía por encima a imponentes depredadores y hasta poderosos, aunque pacíficos, herbívoros. La fuerza que bullía en aquellos seres, vistos como semejantes, despertó en él un sentimiento de veneración hacia ellos, de respeto y temor como seres dotados de un "poder" superior, de una intensidad mucho más alta de lo que para él era digno de admiración: la vitalidad.

            Y el hombre tenía en aquellos primeros tiempos una relación muy intensa y continua con los animales. Se dedicaba a la caza y a la recolección de frutas y semillas, y esa era toda su vida. Fabricaba armas y útiles de piedra y madera para cazar y confeccionar vestidos de pieles, y sin duda la caza es lo que le ponía en contacto con la fuerza y la vitalidad excepcional de los grandes animales. No se pensaba a sí mismo diferente de los animales, e incluso en la época de los antecesores, como os he dicho, se alimentaba también de otros hombres cuando era necesario. Cuando moría algún miembro del clan, lo dejaban en cualquier sitio, como un animal muerto más, y era consumido o aprovechado por otros seres.           Más adelante, ya en la línea genealógica específicamente humana, desarrolló un culto y atención a los muertos, evidenciando la creencia en otra vida después de la muerte.

            La conciencia potenciada por el lenguaje le había llevado a sentir con evidencia la propia muerte, a anticiparla, a sufrirla. Se produjo entonces un conflicto mental entre la conciencia de su vida y la de su muerte, una incompatibilidad estructural de pensamiento al imaginarse muerto estando vivo. El instinto de supervivencia entraba en conflicto con la certeza de la muerte anticipada y se negaba a aceptarla. Por otro lado, los sueños eran un suceso que en el hombre primitivo tenían un interés especial, una vez alcanzada la conciencia plena. Igual sucedía con las experiencias alucinatorias o trances que le producían algunas plantas. El animal sueña también, pero lo olvida enseguida, y lo mismo el antecesor del hombre con conciencia reducida de tipo inmediato, no reflexivo. Pero el hombre plenamente consciente, capaz de reconsiderar y realimentar verbalmente sus sueños, de salvarlos del olvido automático, se maravillaba de esa otra vida que había trascurrido mientras dormía, como si su ser fuera doble y mientras uno dormía el otro seguía viviendo. Esa idea de seguir vivo en el sueño la traspasó a la muerte, acuciado por la angustia de su conflicto mental. En la muerte, su doble, su yo escondido, seguiría viviendo. Así comenzó la atención a los muertos, los ritos de enterramiento, el cuidado de lo que quedaba del ser que ahora vivía separado del cuerpo.

            Por entonces, había desarrollado estrategias de caza en grupo muy elaboradas, y se atrevía a cazar los grandes animales, que proporcionaban hartazgo a todo el grupo durante algunos días. El animal estaba presente de manera intensa y permanente en sus vidas y había un cierto conflicto entre el necesitar su muerte para alimentarse y los sentimientos de matar a un ser con tanto poder vital, superior al suyo, portador de la fuerza del ser. Vitalidad y alimento eran lo mismo. Los animales eran los portadores de la vitalidad y había que apropiársela comiéndolos. La caza en aquella época era algo lleno de riesgos, una especie de epopeya. La relación venatoria enfrentaba al hombre con el poder del animal, y lo sentía vivamente, porque lo mismo que él, los animales tenían sus dobles o espíritus que vivían después de ser matados. Las enormes manadas de ciertos animales tenían un espíritu  poderoso que los lideraba, a semejanza del jefe del clan. Entre los grandes animales de aquella época, los búfalos y los caballos eran los que vivían en manadas numerosas. Había que respetar a aquellos espíritus poderosos, y cada animal matado requería ciertos ritos de apaciguamiento del espíritu de la manada.

            El mundo del hombre primitivo se centraba en dos aspectos de una misma e imperiosa necesidad: sobrevivir. Los dos aspectos eran la vitalidad, asociada al alimento y por tanto a la caza, y la fecundidad, asociada a la maternidad. Y ambos aspectos los concebía como potencias, como seres dotados de poder o dioses. Había aprendido a poner palabras a las potencialidades de la vida, y las entendía de manera concreta, no como conceptos abstractos sin realidad. Así, vitalidad y fecundidad tenían existencia real y concreta, y un gran poder pues de ellos provenía el que tenían los individuos del clan. Eran deidades, seres poderosos. El caballo y bisonte fueron el símbolo los dioses principales de los cazadores en cuanto al poder vital, y  mujeres gruesas de prominentes atributos lo fueron de la fecundidad. Ambos poderes los representaban en forma de pinturas en las cuevas (el primero) y figurillas de arcilla o marfil (el  segundo). Este tipo de creencias se corresponde a una época en que el clan era ya muy importante, de varias docenas de seres, y existía el conocimiento de su trascendencia como entidad en que la vida de los individuos tenía lugar. Lo importante era conservar el clan, combatir la alta mortalidad infantil a base de fecundidad.

            En cuanto al poder vital, el caballo representaba o era la vitalidad masculina, y el bisonte la femenina, siendo importante la proporción y reparto de funciones atribuidos a ambos grupos. Por medio de las pinturas murales en las cuevas, se representaron escenas significativas con estos animales, evocando los principios y las normas del clan, el ritual de su constitución, etc. Allí, en aquellos santuarios de las cuevas, tenían lugar los ritos del clan, las ceremonias de magia y enseñanza, las invocaciones a los poderes superiores para el éxito en la caza y la procreación.

            La naturaleza del hombre, ya desde un principio, estaba inmersa en dos mundos: uno, el cotidiano, en el que se desenvolvía con sus habilidades y técnicas y en el que reinaba la ley causa-efecto controlada por él. No representaba sorpresas, y en él transcurría parte de su vida. Por otro lado existía el otro mundo, el incontrolable, que afectaba también de manera permanente a su vida, y que estaba gobernado por principios de poder superior a él. Era el mundo de las deidades o poderes espirituales, con los que se relacionaba a través de los ritos y de la magia. La magia era la manera de comunicarse con los espíritus y de poner a favor sus poderes mediante ciertos procedimientos. Era una teoría religiosa para interpretar o intervenir en lo desconocido, lo no seguro. Unas veces funcionaba y otras no, pero en este caso se pensaba que era debido a complicaciones y nuevos hechos que modificaban la situación. Parte de los rituales que se desarrollaban en los santuarios de las cavernas hacían referencia a la caza, pretendiendo propiciarla. La manera de hacerlo era representarla, pero no de manera concreta dibujando el animal a cazar, sino la fuerza deificada del animal, el poder vital. Representar una cosa era invocar su realidad, hacerla presente, obligarla a manifestarse. Por eso aparecen en las cuevas acumulaciones de bisontes y caballos, representativos de la deidad animal, unas veces agrupados y otras por separado. El volver a representar un bisonte era renovar el acto de magia que lo invocaba, y si se hacía al lado de otro anterior, se reforzaba el efecto. A veces se dibujaba encima, existiendo varias capas de pintura en la imagen, o se dibujaba una figura solapada con otra, incluso de diferente animal, pues no se trataba de conseguir una manifestación artística, sino el efecto mágico de invocar al poder vital mediante el dibujo. A veces aparecen otros animales diferentes de los principales (caballos y bisontes), como los mamut, ciervos, toros, etc. Su invocación es más concreta, relativa al propio animal. A veces aparece el animal atravesado de lanzas, propiciando su caza, anticipándola y asegurándola mágicamente. La imagen era la manifestación del ser, y al ser se le intuía incluso en los relieves de las paredes de las cuevas, como si estuviera allí pugnando por exteriorizar su presencia, y por eso se aprovechaban los perfiles y abultamientos ocasionales de las paredes para completar la figura y desvelarla por completo. Al ser representado el animal de manera tan realista, tan viva, tan cargada de presencia tanto en la forma como en la actitud, se potenciaba la función mágica de las pinturas.

            En otras ocasiones, se representaron murales completos, realizados a la vez, que componen escenas complejas, bien estructuradas y con una simbología de conjunto en la que predominan las dos deidades del caballo y el bisonte. Estos murales son los que hoy consideráis como las grandiosas obras del arte prehistórico. Las pinturas se disponen a lo largo de la cueva santuario de manera estructurada, significativa, y desarrollan una escenografía determinada en la que aparecen, junto a las pinturas de animales, signos y dibujos simbólicos que componen un lenguaje complementario a las pinturas. Es el primer lenguaje, en base a imágenes esquemáticas reducidas a su mínima expresión, a su sugerencia o a la simbología propia desarrollada por las culturas primitivas.

 

 

 

ORIGEN DEL ARTE

Las pinturas prehistóricas, sin pretenderlo, significan el comienzo del arte, y la captación tan perfecta de los contornos y posturas  de los animales reflejan unas dotes maduras de la imaginación y la capacidad artística representativa del hombre primitivo.

            Las primeras de ellas son grabados en las paredes, consistiendo sólo en la delineación del contorno, esto es, meros dibujos. Sin embargo su trazado es perfecto en cuanto a la realidad del animal, a su actitud y diseño. No aparecen en las paredes dibujos mal hechos o deformes, o poco hábiles, mostrando su función mágica y no el mero ejercicio del dibujo. Los pintores, los magos, aprendieron su arte dibujando en el suelo, en soportes perecederos, pero en las paredes dejaron sólo obras consumadas, en correspondencia con el poder mágico que debían desarrollar. La habilidad para el dibujo comenzó por la observación de la huella que dejaban manos, pies y el cuerpo sobre la arena o el lodo, aprendiendo a contornear los cuerpos de los animales cazados o la propia sombra. Luego vino la plasmación de las imágenes mentales mediante la delineación. Finalmente se rellenaba la figura de color y formas con color, llegando el arte primitivo realista a su plenitud. Sin embargo, no era arte, no era manifestación artística como hoy la entendéis, destinada a producir una emoción estética, sino a producir una emoción religiosa; y era también magia destinada a producir su efecto. La misma significación tenían las estatuillas de las diosas de la fecundidad, gruesas y de atributos sexuales y maternales exagerados. Su tamaño pequeño las convertía en objetos portátiles, de ajuar, que llevaban y tenían consigo las mujeres para invocar a la fecundidad. No aparecen por tanto dibujadas en las cavernas.

            Lo mismo sucede con diversos objetos de hueso, como los que habéis llamado bastones de mando y los mangos de propulsores de azagayas, que llevan grabados de figuras animales o tallas en relieve de los mismos. No aparecen en estos objetos de hueso los bisontes representativos de la deidad vital femenina, sino ciervos, cabras, y a veces caballos, evidenciando un uso relacionado con la caza y con el varón.

            Otra manifestación artística, por llamarla así, fue la danza, asociada también al ritual mágico-religioso. Iba acompañada de percusiones de diversos objetos, maderas, conchas, huesos y de instrumentos muy simples de viento, como silbatos, que ya se usaban también como reclamos de caza. Los brujos o chamanes eran los que practicaban o dirigían estos rituales. Practicaban su magia y se comunicaban con los espíritus de la vitalidad disfrazados de animal y ejecutando danzas en las que les acompañaban otros miembros del clan. La magia era la única posibilidad de intervención en los acontecimientos imprevisibles,  como las enfermedades, la falta de caza, etc. Su papel en aquellos tiempos era semejante al que juega la ciencia en vuestros días. Cuando no se conocía la causa material de un fenómeno, había que establecer una teoría explicativa en base a los motivos que los dioses pudiesen tener en la ocasión, que era la única explicación causal disponible en su cultura, en su mitología. El chamán entraba en trance o tenía sueños en los que aparecía el motivo responsable. Los dioses animales tenían sus exigencias y había que respetarlas. La caza tenía sus normas, sus limitaciones, sus ofrendas posteriores. Cazar era un acto de relación con los dioses y había que ser cuidadoso. Si no se obraba bien, había que aplacar a los dioses después.

            No pintaron al hombre en sus cuevas, salvo en raras ocasiones al chaman ejecutando algún ritual, y de manera burda, pues la pintura realista y llena de vitalidad estaba reservada a las deidades animales, para con ella hacerlas presentes. Lo único humano que pintaron en abundancia fueron manos, conjuntos de manos impresas sobre la roca que representaban la identidad personal, a la manera de huella dactilar, de los miembros del clan implicados en algún ritual.

 

 

  

 

 

EVOLUCION DE LA RELIGIÓN 

La vida de los cazadores primitivos fue cambiando, aparecieron nuevas armas, como el arco, que facilitaron la caza de manera asombrosa. Se fueron extinguiendo los grandes animales y por otra parte se comenzó a domesticar a los de la época. Y así fueron perdiendo su carácter sagrado, fue desapareciendo la veneración de su vitalidad. El animal domesticado era dócil, se le manejaba, y sobre todo no planteaba problemas de escasez ni peligro alguno. Además se había potenciado mucho la vida del hombre, los clanes eran más numerosos y había más recursos alimenticios debido al cultivo de las plantas, quedando bastantes cosas ya bajo el control del hombre. Él pasó a ser entonces el amo de los animales y la deidad animal desapareció, pues se controlaba la reproducción del ganado y la única incógnita imprevisible pasaron a ser los pastos. Esto, junto con la mayor importancia de la agricultura, centró lo sagrado incontrolable en las fuerzas que proporcionaban la fertilidad a los campos. La diosa de la fertilidad humana de los cazadores antiguos se convirtió entonces en diosa de la fertilidad de la Tierra, y todo lo relacionado con las fuerzas atmosféricas fue objeto de atención primordial; fue el centro de gravedad del alma neolítica. El Sol, la lluvia, la tormenta y el rayo, etc., fueron en aquel momento los portadores de las fuerzas supremas de las que dependía la vida, siendo objeto de las prácticas religiosas y de la mitología. El hombre había arrebatado la divinidad a los animales, pero se enfrentaba a nuevas fuerzas de las que dependía y a las que cedió esa divinidad en forma humanizada. En los nuevos grupos humanos, más amplios, el crecimiento del grupo se producía por una mejor y más abundante alimentación, es decir, por menos mortalidad en lugar de más nacimientos,  de manera que la divinidad de la fertilidad humana se trasfirió a la fertilidad de la tierra. En cuanto a la divinidad vital, se transfirió al Sol, al cielo, etc., que la asumieron  en forma antropomórfica en vez de zoológica. De una religión de la vitalidad animal se pasó a una religión de los cielos y la tierra.

            Los diferentes mitos que representaban esta concepción sagrada de la existencia fueron evolucionando de manera paralela a la cultura. Se descubrió la metalurgia, se desarrollaron métodos de cultivo más eficaces, se enriqueció el lenguaje incorporando todos estos progresos culturales y técnicos. El hombre controlaba cada vez más a la naturaleza e incluso sus observaciones sobre la climatología y el firmamento le permitían determinados pronósticos sobre los fenómenos. Las sociedades se fueron haciendo más complejas y jerárquicas y apareció la división del trabajo y las diferentes clases sociales. La eficacia de un grupo social o pueblo estribaba en su mejor organización, en sus costumbres y normas. Las religiones se fueron haciendo también más complejas, y en su capacidad para orientar la nueva existencia humana de manera eficiente estribaba como siempre su éxito. El acento o preocupación se puso entonces en la propia vida de las personas dentro del marco social, y por extensión del mundo. Era la preocupación por la persona que se sumergía cada vez más en la complejidad social, lo que centraba la atención: la felicidad, la salud, el destino. El cosmos mítico, sometido a los ciclos de creación y destrucción, la dinámica social, las guerras y conflictos, arrastraban al hombre en su movimiento. Y aquí se produjo la rebelión y separación entre el hombre y el mundo, entre su individualidad y el destino fatal que le mantenía esclavo del devenir. Aparecieron las religiones de la liberación. Antes, el hombre estaba inserto en el Cosmos y participaba de manera sagrada en él, respetando sus leyes. Ahora quiere liberarse de esa tiranía que le condena y trascenderlo. Las religiones cósmicas dieron paso a las religiones que tenían un Dios que existía por encima del mundo, en cuyo seno o reino paradisíaco estaba llamado a vivir después de la existencia terrena, la cual se veía como una prueba, como un paso necesario y doloroso hacia otra vida mejor, o bien como el camino histórico de todo un pueblo hacia el establecimiento de ese reino de Dios en la Tierra. Otras religiones tomaron diferente camino y fue el reconocimiento del carácter sagrado del hombre lo que afirmaron, el cual aspiraba a alcanzar la divinidad por sus propios medios, emprendiendo un camino de perfección que le llevaría a trascender la tiranía del Cosmos. El hombre se convertía así en lo divino, en el objeto de su propia religión.

            En los últimos tiempos, y a medida que el hombre ha ido ampliando su conocimiento del Cosmos, se ha dado cuenta de que no parece haber un límite para su saber, y sus avances son tan espectaculares que asume la tarea de ir modificando el mundo y la naturaleza, no ya sólo su entorno físico para vivir cómodamente en él, sino actuando sobre la propia vida y sobre su propia naturaleza, mejorándola, prolongando la existencia, luchando contra la enfermedad y la muerte. Este optimismo en su capacidad le ha hecho olvidarse del misterio sacralizado. Porque piensa que el misterio resulta ser  simplemente lo que permanece desconocido todavía y que será en algún momento desvelado por el conocimiento humano. La biología se ha convertido en una parte de la realidad a explorar y mejorar, a controlar. El hombre sigue siendo desbordado, sin embargo, por la extraordinaria complejidad del acontecer. La dinámica social y económica es tan compleja que no puede evitar las crisis bélicas o económicas. Tampoco controla el clima y los fenómenos atmosféricos. Y la dimensión del Cosmos le sigue siendo ajena en su inmensidad, lo mismo que la estructura ultima de la materia. Le falta mucho por saber aunque cada vez se sepa más, y aunque sepa, sobre todo, que todo se puede saber. Lo desconocido sigue planeando por encima de la vida del hombre, y entre ello lo que más le inquieta personalmente es su propia naturaleza perecedera. Asume que no hay dioses ni otra vida después de la terrena, y que todo es un desarrollo del que se conoce el origen fantástico en forma de gran explosión. Y prevé el final lejano al  agotarse esa energía movilizada inicialmente.

            Pero esta visión está anclada en una herramienta de conciencia que es el lenguaje desarrollado a lo largo del tiempo, sumamente pegado a la experiencia material del hombre. El Misterio del Universo sigue intocable y os trasciende. Estáis limitados para entenderlo en profundidad. En la actualidad esta limitación es el objeto inquietante de vuestra  reflexión. Las herramientas de conocimiento se han puesto en duda, y el conocimiento se vuelve sobre sí mismo para estudiar sus mecanismos y sus limitaciones.

            La última visión religiosa, a los ojos de algunos de vosotros, muestra al hombre como la verdadera naturaleza en desarrollo del Cosmos, como la esencia oculta y en potencia del mismo. No está colocado en él por los dioses ni hay otra vida después de la terrena, sino que el hombre es el mismo Cosmos que emerge con una naturaleza espiritual. El Cosmos tiene conciencia de sí mismo y tiene amor por sí mismo, y lo importante es que sigue de nuevo un camino hacia la sacralización, como al principio, pero hacia la sacralización consciente de su proceso. El que el hombre primitivo, desde que era propiamente hombre, haya sido capaz de intuir la divinidad, no es más que la manifestación incipiente de su propia naturaleza. Sí, como asegura anticipadamente alguna de vuestras religiones tradicionales, Dios se ha encarnado en el hombre, o se acabará encarnado, mejor. El fenómeno cósmico es el fenómeno divino, la ascensión evolutiva del Dios en el Cosmos.

            Pero hasta aquí la última visión con vuestro pensamiento, con vuestra manera actual de conocer que ya está puesta en tela de juicio por vosotros mismos.  Pero veamos entonces como conocéis ahora, qué es eso que ahora llamáis conocimiento.

 

 

 

 
 

 

EL CONOCIMIENTO 

Cuando un ser interacciona con otro, a veces se modifica o queda en él una huella de esa interacción, una huella del otro. Esa huella puede adoptar múltiples maneras y es ya un conocimiento del otro. Puede ser una huella pasiva por parte del afectado, en la que el otro habrá dejado reflejada de alguna manera algo de su naturaleza. Una roca acusa durante el transcurso del tiempo la huella de la lluvia, que deja en ella marcados los surcos del discurrir por sus paredes, desgastando determinadas zonas más que otras. Son surcos verticales que apuntan hacia el suelo e informan al observador de la dirección del agua que los formó y por tanto de su identidad. También el viento que sopla constante en una dirección determinada acaba formando surcos horizontales en otra roca y su huella le delata. Las rocas tienen en su ser información de la naturaleza de la lluvia y del viento; podrías decir que los conocen, que han experimentado su ser, aunque no hacen nada al respecto más que reflejarlos.

.           Un árbol despliega sus ramas y hojas para absorber de la manera más eficaz el aire que respira, y su forma expandida nos habla de la naturaleza del aire. También sus raíces buscan en la profundidad de la tierra la humedad,  la conocen, crecen hacia ella y la encuentran.

            El árbol ya no se queda impasible ante los elementos, sino que conociéndolos se adapta a ellos, crece hacia ellos para absorberlos, se mueve hacia ellos aunque sea de manera muy lenta. Es un ser vivo y reacciona acoplándose de manera activa con los elementos, y no de manera pasiva como la roca. Y aunque ese mecanismo de adaptación vital del árbol al medio sea automático, implica ya un auténtico conocimiento. El hecho de crecer un árbol es el hecho de conocer el medio que le rodea y reflejarlo en su propia forma desarrollada.

            Los animales más sencillos, en general, precisan más movilidad que las plantas y se mueven por su medio en busca de alimento. A veces este movimiento es muy simple debido a la relativa abundancia de comida. Un diminuto protozoo que se mueve al azar en el agua buscando alimento, sólo precisa a veces un mecanismo tan sencillo de orientación como retroceder un poco cuando choca con un obstáculo y volver a nadar en cualquier otra dirección para seguir avanzando, como esos cochecitos a pilas de los niños. Otras veces un primitivo ojo les advierte de la dirección más luminosa y nadan hacia ella o la evitan. El conocimiento que estos sencillos animales tienen de su medio se limita a esas pocas impresiones. Si pudieran hablarnos de él nos dirían que en su ambiente hay espacios claros y obscuros y hay obstáculos, y no sabrían decirnos más. Pero esa pequeña información es todo lo que necesitan para poder vivir su vida. Porque su conocimiento no tiene otro objetivo que permitirla.

            Los animales más evolucionados necesitan moverse con más libertad, necesitan buscar el alimento en un espacio más amplio y a veces lejano. Su necesidad de orientación es mucho mayor y para ello precisan diversos sentidos muy desarrollados. Esos sentidos dejan en ellos impresiones muy nítidas que les permiten conocer su medio con detalle, incluidos las plantas y otros animales que en él habitan. Pero además, la evolución ha creado en su interior estructuras y mecanismos de reconocimiento que le permiten actuar instantáneamente ante determinadas impresiones de los sentidos. Tiene pues un doble sistema de conocimiento: el inmediato o de percepción del medio con los sentidos, y el conocimiento biológico heredado que les permite interpretar de manera rápida y exitosa los datos del conocimiento sensitivo de primer nivel. Este conocimiento de segundo nivel está registrado en su biología y les informa por ejemplo que una determinada postura de otro animal es peligrosa o pacífica, y actuar en consecuencia de manera anticipada y veloz. Y todavía hay otro tercer nivel de conocimiento en estos animales evolucionados, que es el conocimiento adquirido a lo largo de su vida, a lo largo de su experiencia. Los animales aprenden, relacionan acontecimientos y acaban conociendo por repetición cuándo una situación resulta peligrosa, almacenando la información en su recuerdo. Es un conocimiento de aprendizaje. El comportamiento animal, bien se apoye en un automatismo primitivo, o en el conocimiento heredado o aprendido, es un comportamiento automático, de reacción instantánea.

            Al aparecer el hombre, e incluso antes en algunos antropoides, surge un nuevo tipo de comportamiento que se caracteriza por no ser necesariamente instantáneo. Es el comportamiento reflexivo. La complejidad creciente de la vida humana ha introducido evolutivamente una estructura cerebral que detiene el automatismo estímulo-reacción, introduciendo una pausa en la que tiene lugar el conocimiento reflexivo, esto es, la asociación y el juego de un número determinado de conocimientos previos, el análisis de conductas alternativas y sus ventajas, etc. Se ha anulado la necesidad de reacción inmediata ante el estímulo y ésta surge voluntariamente  después de toda una serie de consideraciones. Con el hombre han aparecido plenamente desarrollados mecanismos como la voluntad, la reflexión o juego controlado con los contenidos mentales, la conciencia. Es evidente que este tipo de conocimiento permite una orientación infinitamente superior al comportamiento automático, pues entra en juego mucha mayor cantidad de información. Pero esta información que puede traerse a la conciencia de manera intencionada es necesario que esté codificada, pues es información no sólo de sensaciones simples o escenas visuales memorizadas, sino de situaciones y escenas complejas. Se requiere pues el símbolo como condición para su manejo ágil y eficiente, esto es, para el conocimiento reflexivo. El símbolo o representación virtual de lo real.

            El simbolismo fue primero gestual, después pictórico y finalmente, y quizás desde el primer momento coexistiendo con los demás, sonoro, vocal. La facilidad del hombre para emitir sonidos muy variados y combinaciones de ellos dio lugar a un simbolismo sonoro que permitía por un lado coordinarse con los demás de manera muy eficaz y por otro lado pensar verbalmente y reflexionar. Esta simbolización del mundo del hombre fue desarrollándose y creciendo, reflejando los aspectos del medio que resultaban importantes. El conocimiento codificado era transmisible en esa forma simbólica a los demás, a las nuevas generaciones, formando propiamente la "cultura".

            En los seres vivos el conocimiento del medio se limita en general a la información necesaria para desarrollar su vida de manera exitosa. Realmente el ser vivo y su medio forman una estructura de intercambio inseparable, formada a lo largo de los tiempos evolutivos para coexistir en una situación estable. En esa estructura el animal se orienta percibiendo determinados aspectos que le son necesarios. Esa percepción se ha desarrollado también a lo largo del tiempo, y aunque es un aspecto o forma de la sensibilidad del ser vivo concreto, señala también, obviamente, una realidad del medio. La manera en que ve un insecto a una flor es diferente a como la ve un hombre, pero en ambas visiones o percepciones hay enfrente un ser: la flor. Si el insecto pudiera describir la flor lo haría de una manera muy distinta a como lo haría un hombre. Ambos habrían descrito "percepciones" diferentes, pero todas ellas estimuladas por la misma flor. Y esas percepciones no están en la flor, sino en el ser vivo que la percibe. Pero la sustancia de la flor, su estructura, su composición, produce esas sensaciones. De alguna manera las sensaciones nos están hablando, además de la existencia de la flor, de su naturaleza. Pero ella misma no huele a nada, ni tiene esos hermosos colores, ni esa forma incitante que despierta el apetito de libarla. Todo esto está en el ser vivo que la percibe. Así pues, la descripción que hace ese ser vivo es más bien una descripción de sí mismo, de sus apetencias. Si contemplamos a la vez el conjunto insecto-flor como un todo, la sensibilidad principal recae del lado del insecto, que percibe aspectos de la flor y los describe con sus propias apetencias, los traduce a su propia naturaleza. Y eso ya es una descripción simbólica, aunque parcial, de la flor. El conjunto de todas las descripciones subjetivas aportadas por todos los seres vivos que interaccionasen con la flor nos daría una descripción bastante amplia de la naturaleza de la flor. Al menos de los aspectos interesantes para un ser vivo global o genérico. Y lo que os preguntaréis ahora es si hay algo más en la naturaleza de la flor que no interese a ningún ser sensible. Y la respuesta es ciertamente que sí. Hay mucho más que corresponde a su naturaleza viva, a su estructura funcional, a su entidad material. Y al decir esto entendéis que, al menos para un ser inteligente como vosotros o yo, hay otros aspectos distintos de los meramente vitales que pueden interesarnos.

            Con el hombre, a partir de un cierto grado de evolución, va emergiendo un nuevo tipo de conocimiento que aparentemente está desligado del interés vital inmediato: es el conocimiento científico, el conocimiento pretendidamente objetivo o desinteresado. ¿Qué motiva o impulsa este tipo de conocimiento y con qué herramientas se aborda para que en lugar de hablar de la naturaleza del hombre se hable de las cosas en sí mismas?

            Vosotros os habéis atrevido a considerar cosas que no significan nada en vuestras vidas, como contar las estrellas o imaginar las partículas diminutas que constituyen la materia, subir a las montañas más altas o cruzar los desiertos. Os habéis atrevido a considerar medios que están fuera de vuestra dimensión vital, como el infinito Universo o la constitución última de la materia, medios que están fuera de vuestro mundo práctico y a los que no llegan directamente vuestros sentidos. Y sin embargo venís del animal y vuestro medio es el suyo, y vuestros sentidos son semejantes a los suyos, preparados para captar sólo la dimensión del mundo en que tiene lugar directamente vuestra vida. La evolución os ha dotado de una cualidad que también tienen, en cierta medida, vuestros antecesores más directos: la curiosidad. Os interesa cualquier cosa desconocida aunque no sea útil.

            Os voy a hablar ahora de la curiosidad y de la evolución de vuestra manera de conocer, para poder entender así vuestro presente y vuestro futuro.

            Los animales nacen con curiosidad por explorar el entorno en que viven, y de adultos su interés se amplía a todos aquellos aspectos relacionados con su tipo de vida. El animal puede ver también las estrellas, pero no le importan nada, no les presta atención. Sí se la presta a los ruidos que oye cercanos o a los movimientos de los arbustos, a los olores de las presas o de su propia especie. Esa curiosidad está grabada en su cerebro, es heredada y se pone en marcha espontáneamente.

            En el hombre existe también esa curiosidad animal, pero tiene en exclusiva otro tipo de curiosidad  o ansia de saber que trasciende su entorno y su vivir material. Es una curiosidad relacionada con el lenguaje, una curiosidad "intelectual” que se ejerce dentro de su mundo virtual, ya que su vida consciente se realiza en ese mundo creado por el hombre. Por medio del lenguaje el hombre aprendió a preguntarse, que era una manera de azuzar su intuición, de relacionar cosas, de hacer consciente y encerrar en lenguaje las causas de los fenómenos y las soluciones a los problemas; de "descubrir", en suma. Pero este mecanismo le situó en un camino sin fin, un camino de construcción o revelación, en forma de lenguaje, de un mundo complejo que a cada paso iba incrementando más y más su complejidad. Cada hallazgo abría nuevas preguntas, nuevas direcciones a explorar, lo mismo que una hormiga que ascendiera por un árbol iría percibiendo la separación en ramas, y dentro de cada rama, nuevas bifurcaciones de manera interminable.

            El hombre primitivo, sin embargo, con su interpretación mítica y global del mundo se parecía en cierta medida al animal, pues se interesaba sólo por las cosas que afectaban a su vida, tratando de encerrarlas en una simbología cerrada y completa que lo explicase todo de manera estructurada en el mito. Aunque esos mitos también iban cambiando con el tiempo y haciéndose complejos. Generalmente, el ámbito del mito era precisamente lo desconocido, lo que presentía a su alrededor en forma de presencias misteriosas y poderosas que se manifestaban a través de las cosas y los acontecimientos, e influían en su existencia. Los avatares diversos, los peligros, la enfermedad, la muerte, eran aspectos presentes en su vida y trataba de controlarlos por medio del conocimiento de sus causas, que entonces eran vistas como intencionales y divinas. Pero al margen de lo sagrado y misterioso, la vida cotidiana le planteaba retos prácticos y problemas de orientación y supervivencia para cuya solución estaba bien dotado por la naturaleza, que había ido seleccionando un cerebro especial a lo largo del tiempo.

            En el cerebro del hombre se había formado un mecanismo de conocimiento a lo largo de la evolución de sus antecesores que resultó ser extraordinariamente eficaz para sobrevivir, y estaba formado por diversos aspectos novedosos, de alguno de los cuales ya hemos hablado. Uno era esa intuición de que tras cada suceso había una fuerza o causa que lo producía. Otro, la intuición o entendimiento del tiempo, del transcurrir de los sucesos, que pronto empezó a medir comparando su duración con fenómenos naturales regulares, como el día y la noche, las estaciones, las lunas, etc. Otro aspecto era el entendimiento del espacio o dimensión de las cosas, su tamaño, que también comparaba con la dimensión de sus manos o brazos, u otras cosas habituales. Y también poseía la intuición de la cantidad, y el conocimiento  de las veces que una cosa individual estaba repetida; y aprendió a contarla comparándola con el número de dedos de su mano. Estas y otras maneras de conocimiento o captación de lo real que su cerebro poseía de manera innata, resultaron muy eficaces para orientarse en su medio, y al incorporarlas al lenguaje se hizo plenamente consciente de ellas y aprendió a manejarlas de manera eficaz  para la visión y creación virtual de su mundo, y para desenvolvimiento en él.

            A estas alturas de mi exposición os preguntaréis si esa percepción especial del mundo por el hombre se corresponde ya con la realidad o sigue siendo tan parcial e incierta como la del protozoo que solo distingue luz y oscuridad, obstáculo o camino libre, o incluso la del mamífero al que no le interesan las estrellas. Después de todo, el hombre es un mamífero evolucionado y sus necesidades de supervivencia no son muy distintas que la de ellos, y en todo caso, esas nuevas cualidades para conocer de su cerebro le han servido para imponerse en la lucha competitiva entre especies, siendo más débil y peor dotado que muchas de ellas.

            Así pues, el que su conocimiento de la realidad incluya la totalidad de sus aspectos sigue pareciendo ilusorio. Incluso, como ya dije, la percepción que tenéis en común con los animales no consiste en características concretas de lo real sino sensaciones vuestras que os informan de la existencia de algo. Los árboles no son verdes, ni el hielo es frío, ni el trueno emite un horrendo sonido. Son vuestras sensaciones, dentro de vosotros, las que son así, y si no estuvierais ahí, ni nadie estuviera ahí, incluidos los animales, el trueno no sonaría ni el árbol sería verde. El mundo sería oscuro y silencioso y aunque se producirían en él los diversos fenómenos nadie los detectaría en las mil formas distintas que los detecta la sensibilidad de los distintos seres vivos. Y lo que hay de verdad en esa detección es la propia captación del fenómeno, pero no la totalidad de su naturaleza. Si no detectásemos un árbol o cualquier otro objeto sólido, nos tropezaríamos con él. Pero lo "sólido" no es una característica del ser de las cosas, sino una manera de percibir que vosotros no podéis atravesarlo. El agua y el aire sí podéis atravesarlos, y es la relación vuestra con las cosas la que se percibe en todas esas sensaciones y formas de conocer de vuestra sensibilidad. Ciertamente eso no es la totalidad del mundo exterior.

            Pero es que además vuestra vida se desarrolla en una dimensión física determinada, en una dimensión que tiene por escenario cotidiano unos pocos kilómetros, y vuestro tamaño y las cosas que os rodean se miden en metros. Por eso los sentidos que habéis desarrollado están adaptados a esa dimensión de lo real. Sin embrago la naturaleza ha sido generosa y vuestros ojos pueden ver incluso las estrellas cercanas. No cabe duda que el poder ver la Luna os fue de utilidad para contar el tiempo y prever algunos fenómenos. En cuanto a lo más pequeño que podéis ver, no llega a esa diminuta dimensión que tienen los microbios que algunas veces os producen enfermedades que no podéis prever. Aquí la naturaleza se mostró tacaña encubriendo a algunos de vuestros enemigos.

            Y tampoco podéis percibir la dimensión ínfima de los átomos que forman la materia, en cuya dimensión o medio pierden sentido todos esas cualidades de vuestro conocimiento sensible. No podéis percibir el sonido que hace un electrón al girar en su órbita, ni la luz que emite al saltar a otra, ni entendéis la magnitud de la distancia que le separa del núcleo del átomo. Sin embargo, seguís aplicando por extensión vuestro lenguaje y vuestros conceptos de dimensión humana a ese mundo microcósmico, y lo que es más, conseguís adaptarlos para entender algo a ese nivel de realidad. Pero a menudo vuestros conceptos tropiezan ahí y se confunden, y ya no sois capaces de saber si lo que observáis es una partícula o un minúsculo copo de energía, y si su posición puede determinarse con seguridad o no. Y más allá de las lejanas estrellas observables a simple vista, habéis descubierto todo un Cosmos inexplicable todavía, que tampoco se rige por vuestro tiempo y espacio planetario, y en el que las dimensiones exceden vuestra imaginación y posibilidades naturales de entendimiento.

            Y os estáis preguntando desde hace rato: ¿Entonces, cómo son las cosas realmente, en su totalidad y verdad? Y yo no os lo podría decir tampoco; sólo os podría decir cómo las veo y conozco yo, que es de una manera mucho más compleja y profunda que la vuestra, porque mi conocimiento lo es también. Pero sería inútil intentarlo, ¿porque cómo podrías conocer exactamente cómo conozco yo si no poseéis ese tipo de conocimiento ni una naturaleza como la mía? ¿Cómo podrías imaginar lo que ve el murciélago por medio de hondas sonoras rebotadas en los objetos, si no poseéis ese tipo de visión?

            Hasta ahora sólo os he hablado del conocimiento por medio de los sentidos, y es el momento de hablar del conocimiento más profundo que ha desarrollado el hombre superando sus propias limitaciones heredadas de la especie.

            Hay un momento en la historia del hombre en que el conocimiento sensible, aunque proporcionándole suficientes recursos para orientar su vida material, no es suficiente para dotarle de estabilidad y equilibrio mentales, apareciendo una hondura incolmable, una necesidad existencial que la completa información de los sentidos no puede satisfacer. La vida del animal es una sucesión de instantes que acaparan toda su atención, bien equipado con sus recursos perceptivos, instintos y conocimientos aprendidos que forman todo su arsenal para enfrentarse a la existencia. Hay también memoria y recuerdos en la vida del animal, sentimientos, nostalgia y frustraciones, pero no es capaz de construir una historia propia, no es capaz de anticipar su futuro ni temer su propia desaparición. El animal es consciente en distintos grados, pero su conciencia es inmediata, presente, sentimiento de sí mismo en el momento. El mundo simbólico creado por el hombre en base al lenguaje le iba exigiendo ser completado en multitud de aspectos que todavía percibía de manera meramente intuitiva, inexpresable, vivencial y confusa, pero profunda e intrigante. Así fue emergiendo la curiosidad intelectual o verbal, que era un ansia profunda de interpretar el mundo exterior, de verlo conscientemente, de nombrarlo y manejarlo, de recrearlo virtualmente. El conocimiento del hombre pasa a ser conocimiento intelectual, en el que los sentidos son la fuente de referencia hacia la realidad, pero en el que los descubrimientos se hacen dentro del hombre, en su pensamiento, en su mundo virtual. La nueva conciencia alumbra visiones intuitivas muy intensas relativas a la propia vida y su duración temporal, a la necesidad de encontrar causas para todo, a la extensión del mundo, a su origen, etc. Ha emergido la insondable necesidad de conocimiento del hombre, ha nacido "la pregunta", que no es más que la intuición de una realidad existencial que quiere concretarse de manera consciente, es decir, mediante el lenguaje. El lenguaje es el vehículo de la nueva conciencia potenciada, disponible a voluntad. Esa manera de conocer del cerebro humano, que en principio estaba destinada a una eficaz orientación en el mundo por medio de las intuiciones de las causas, del tiempo, del espacio, se revela como una enfermedad del conocimiento incubada por la conciencia de la temporalidad personal, que trasciende sus límites como facultad al servicio de la supervivencia para convertirse en una necesidad insaciable de exploración de la propia existencia y de su salvación ante la muerte. Todo lo relativo al Cosmos tiene relación en esencia con la existencia del hombre, y forma parte inseparable de él. Todo está relacionado, y conocer el Cosmos es conocerse a uno mismo. El ansia insaciable de saber ha prendido en el alma del hombre y ya nada de lo existente le será ajeno.

            Y el hombre se volvió religioso, que en aquellos tiempos era simplemente ser sabio, pues el concepto de religión es muy posterior. Entonces había dos clases de sabiduría: la natural o técnica y la sobrenatural o trascendente. De la religión y su evolución ya os hablé, y es ella la que acapara la clase del conocimiento trascendente durante mucho tiempo. Pero llega un momento en que la reflexión trascendente se independiza del mito y abre el horizonte de la filosofía. La técnica se sistematiza y su contenido se desliga de la práctica, abriendo el horizonte de la ciencia.

            La filosofía ha jugado un papel tan importante en vuestro conocimiento que la habéis erigido en el saber por excelencia a lo largo de los tiempos, y la pretensión de encontrar la verdad por medio de ella siempre ha alentado a los filósofos. Su origen sin embargo se confunde con el propio origen del conocimiento sistemático. Ciencia y filosofía aparecieron juntas separándose de la mitología y de la religión, que estaban ya profundamente impregnadas de ellas. Al principio la filosofía englobaba la ciencia, pues los filósofos se definían como poseedores o amantes del conocimiento en general, y fueron a la vez  matemáticos o astrónomos.

            La filosofía en sí, se constituyó pronto como la forma de conocimiento por medio de la razón, o sea, del razonamiento. El razonamiento, que utiliza el lenguaje como única herramienta para conocer. El lenguaje en su primera utilización servía simplemente para nombrar cosas concretas y después, cada vez más, también cosas abstractas, "ideas" o formas generales de las cosas reales. Así la palabra triangulo no existía en la naturaleza, pero si existían objetos con formas triangulares más o menos acusadas. Además había mucha variedad de triángulos según su apariencia más o menos regular o más o menos aguda, pero todos tenían en común la característica de tener tres lados cerrados formando ángulos. Decir triangulo no es nada concreto, no define a una cosa real determinada, sino a una idea general que puede englobar a infinidad de cosas reales. Decir "ser" tampoco define a nada ni a nadie en concreto, sino a la cualidad de existir que tienen las cosas. Una cosa cualquiera es un "ser", y un hombre también lo es, puesto que ambos existen, están ahí. La utilidad que podía tener el dar nombres a cosas abstractas era evidentemente el poder hablar o pensar en general sobre aspectos comunes a las cosas, válidos para todas ellas. La expresión "los seres vivos nacen y mueren" es válida para todo el conjunto de plantas y animales incluido el hombre. En un principio, sin embargo, cuando lo único que existía en el lenguaje eran los nombres para algunas especies de animales y plantas, la constatación de la muerte general de todos ellos habría que expresarla citándolos uno por uno. Así pues, las ideas abstractas o conceptos simplificaban el uso del lenguaje, haciéndolo más fluido y manejable, por un lado. Pero por otro, se alumbraban o creaban conceptos nuevos que permitían considerar la realidad desde una aproximación distinta y más reveladora. No existe la vida, pero si existen unos seres a los que llamamos seres vivos y que tienen en común el nacer, crecer, reproducirse y morir. A eso que tienen en común le llamamos "vida". Pero la vida no existe en ninguna parte de esos seres como existe la sangre o la piel. La vida no es nada, es sólo una idea, una ficción, un fantasma inventado. Existe el ser vivo pero no la vida, y se pierde un ser vivo al morir, pero no se pierde la vida ni se descompone en nada la vida porque no es nada. Todo lo más se podría hablar de las funciones vitales, de la función de la vida, pero ya hemos usado otra idea, el concepto de función, que es otro fantasma.

            Sin embargo el lenguaje se enriquece con los conceptos y se puede hablar mucho y mejor, y manejar más eficazmente lo real usándolos. Toda una jerarquía de conceptos fue llenando el lenguaje, desde los más simples como "caballo", que incluía a cualquier caballo de cualquier color y tamaño, pasando por los conceptos de nivel intermedio como "animal", que incluía a cualquier clase de animal, hasta el más general de "ser", que incluía a animales, plantas, minerales y hasta a los dioses.

            Y me preguntaréis si toda esta incorporación de palabras o conceptos al lenguaje suponía un conocimiento mayor de la realidad que la que permitían las percepciones de los sentidos. Porque esos conceptos parece que no tenían "realidad". Y sin embargo, así como los nombres con que denominasteis a las cosas concretas os sirvieron para diferenciarlas, para separarlas del conjunto del fenómeno global y así comunicaros eficazmente y urdir estrategias de caza o conducta, ahora los conceptos más generales apuntaban a restituir el fenómeno global, a intentar conocerlo en su esencia y su conjunto, ampliando la dimensión conocida de la realidad.

            Pero veamos ahora la función del pensamiento y cómo con su uso se pretendía alcanzar  el conocimiento nuevo.

            Al principio, antes del lenguaje o en los albores de él, el hombre, lo mismo que algunos animales, "pensaba" por medio de imágenes. Este tipo de pensamiento estaba muy ligado a la intuición. Y podía, aunque penosamente, descubrirse un nuevo conocimiento por medio de los mecanismos inconscientes de la intuición. Así, uno de pronto se encontraba con la "idea" nueva en forma de una imagen que resolvía un problema. Aquellos seres como los prehomínidos y el hombre primitivo, que tenían ya un desarrollo determinado de la conciencia, podían pararse a veces en la acción para esperar la iluminación intuitiva. En el hombre preverbal se daba incluso el manejo consciente de imágenes paso a paso para encontrar una solución que no podía alcanzarse de un solo salto, todo ello con no poco esfuerzo. Con el desarrollo del lenguaje este proceso de pensamiento consciente  se potenció enormemente Para llegar a una solución, a un conocimiento nuevo, se partía de una verdad ya conocida o evidente que se relacionaba con otra y se obtenía así la solución, inalcanzable directamente. Por ejemplo: el hombre primitivo sabía que cuando llueve no se mojaba poniéndose a cubierto bajo un árbol. Pero el árbol en cuestión estaba en una zona de viento y era desagradable cobijarse allí. Si el árbol estuviese en la hondonada, además de no mojarse no tendría frío. No podía trasladar el árbol allí, pero en realidad eran las ramas las que le protegían de la lluvia, así que podía arrancar las ramas y llevarlas a la hondonada para colocarlas de manera parecida a como estaban en el árbol. Así descubrió o inventó la cabaña, un conocimiento nuevo. La operación de pensamiento o reflexión que realizó fue establecer una "identidad” de la función protectora entre el árbol y las ramas colocadas de manera semejante para que pararan la lluvia. Y esa identidad de función era para él "evidente", intuitiva, no admitía dudas.  Y es que dentro de su cerebro, la evolución de su especie había incorporado unos principios u operaciones lógicas evidentes, que la naturaleza a su alrededor cumplía y él aplicaba automáticamente con éxito. Sabía que una rama es siempre una rama se ponga donde se ponga, que no se transforma en otra cosa. Las cosas no eran contradictorias a sí mismas, no se cambiaban de pronto por otras cosas. Me diréis que esto es una verdad de Perogrullo, que es una tontería de puro evidente; y es que en verdad es evidente en grado máximo en vuestro medio vital, pero no tendría por qué serlo necesariamente, y de hecho no lo es en otras dimensiones de la realidad. Otra evidencia que estaba grabada desde el principio en la mente del hombre era la ya comentada de que todo fenómeno tenía que estar causado por algo, que si la rama se transformaba en otra cosa era porque algo actuaba sobre ella, por ejemplo el fuego, que la reduciría a cenizas.

            Pues bien, en base a estas operaciones mentales evidentes, y partiendo de hechos ciertos conocidos, llegaba a una nueva verdad. Todo ello, soportado en el lenguaje, constituía un "razonamiento" o ejercicio del pensamiento con valor de evidencia, es decir, de verdad.

            Aparte de este tipo de razonamientos prácticos, podía llegar por este camino racional a conocimientos teóricos puros, que además tendrían también aplicaciones prácticas. Por ejemplo: un grupo de cazadores había llegado por primera vez a la orilla de un lago muy grande, y desde la orilla no podían ver la orilla de enfrente. Pensaron al principio que el agua no tenía límites, que allí se acababa la tierra. Siguieron andando por la orilla y al cabo de algunos días descubren que han vuelto al punto de la orilla de donde partieron. El razonamiento que hacen es la comparación con un lago pequeño, cuyas orillas se divisan completamente y que pueden recorrerse desde un punto hasta regresar al mismo contorneándolas. Así, aunque sus sentidos no son capaces de ver el lago grande entero, concluyen o "deducen" que se trata de un lago, de una extensión cerrada de agua. Han llegado a un conocimiento teórico, invisible, pero cierto. La razón, su razón, ha superado a los sentidos y le ha proporcionado un conocimiento "evidente" y no sensible. Veis pues que el pensamiento se anunciaba capaz de alcanzar conocimientos nuevos sobre el mundo por medio del razonamiento.

            Otro tipo de razonamiento que hizo el hombre primitivo y que fijaría de alguna manera como "saber" en forma de doctrina o mito o enseñanza, fue por ejemplo el relativo a las fases de la Luna. Después de observar reiteradamente que la Luna pasaba siempre y en periodos de tiempo determinados por una serie de formas distintas, concluyó que eso estaba en la naturaleza de la Luna, en su "ser", y se quedó convencidos de que el fenómeno se repetiría en adelante ya que esa era la naturaleza de la Luna. Había generalizado una serie de observaciones que se producían siempre de la misma manera y a intervalos fijos, y había llegado a una evidencia que nunca se contradecía.

        Pero este tipo de razonamientos algunas veces fallaban. En el ejemplo del lago grande, mientras duraba el largo recorrido por sus orillas, podía producirse un fuego en el punto de partida, o una inundación debido a una tormenta, y desfigurar las orillas, por lo que no reconocerían el punto de partida. O haber llegado por primera vez al mar y pensar que contornearlo era cuestión de algunos días. O en el ejemplo de las fases de la Luna, si alguna vez se producía un eclipse de Luna, se sorprenderían de no cumplirse la secuencia. Esto hacía cavilar a aquellas gentes sobre la existencia de algo más tras lo observado, alguna realidad nueva que les impulsaría indagar y reflexionar sobre ella. Así iría avanzando el conocimiento.

            Otras veces era simplemente que un razonamiento se había hecho mal, a pesar de tener su carga de verdad intuitiva, bien porque las premisas de que se partían eran falsas o porque la relación que se establecía entre ellas no era correcta. Podía un inexperto jovenzuelo que huía de su tribu reflexionar que todos los animales duermen por la noche y puesto que era de noche ninguno le atacaría si abandonaba el poblado. Se había equivocado en la premisa, que no tenía validez general. Había pues que saber razonar bien para no caer en el error, y en aquellos tiempos primitivos eso era ser sabio, aunque todos empleaban el razonamiento de manera más o menos acertada.

            En épocas más avanzadas, cuando el lenguaje estaba desarrollado muchísimo y vuestros conocimientos eran ya muy amplios, os disteis cuenta de la importancia esencial de razonar correctamente de una manera sistemática que excluyera los posibles errores y falacias en que se podía caer. Y se levantó todo un cuerpo de doctrina o teoría del correcto razonar: la Lógica. Era el tiempo en que la Matemática empezaba a nacer, y los geómetras se planteaban problemas ingeniosos partiendo de conceptos meramente teóricos como la línea, el punto o el ángulo, y levantaban a partir de ellos teoremas y doctrinas ideales por medio de construcciones lógicas. Fue por entonces cuando apareció un tipo de hombre cuya actividad consistía simplemente en el ejercicio del pensamiento racional,  y su meta en encontrar el conocimiento o sabiduría. Apareció la figura del "pensador" o filosofo, como sería llamado después, que analizaría y sometería a juicio todo el conocimiento basado en la tradición y la religión, intentando encontrar una verdad centrada en lo evidente y no en lo misterioso, centrada en la razón y no en el mito, centrada en el hombre y no en los dioses.

            Sin embargo los relatos míticos habían sido hasta entonces la fuente de explicación o sosiego espiritual del hombre en aquellas áreas del saber que tocaban lo que iba más allá de lo práctico, de lo profano. La forma de los mitos tenía un alto contenido poético y simbólico, y se trasmitían por vía oral de generación en generación, en forma de historias o poemas cantados o recitados. Incluían además reglas y normas de conducta, cosmologías o interpretaciónes del Mundo, y el conjunto de saberes esenciales que debían trasmitirse a la siguiente generación. Pero además existía el conocimiento práctico, técnico, en multitud de campos de la vida cotidiana, y había peritos  y sabios en las distintas especialidades, como las diferentes artesanías, la medicina, la agricultura y la interpretación de los cielos, la construcción y la arquitectura, etc. Todas estas especialidades estaban no obstante impregnadas de conocimientos religiosos, y así la astronomía y astrología eran inseparables, como la medicina y la magia, la arquitectura y el culto. 

            Igual que la evolución orgánica fue haciendo más y más complejos a los animales, construyendo lo nuevo sobre lo anterior, igual el conocimiento se fue haciendo más y más complejo a medida que actuaban sobre él diferentes circunstancias. Una de ellas fue la convergencia en algunos lugares de culturas distintas que se mezclaron o influyeron mutuamente debido al creciente comercio entre los diferentes pueblos, e incluso al desplazamiento físico de gentes que colonizaban nuevos lugares y traían sus propias creencias. Allí coincidirían mitologías distintas, dioses distintos, y aquellas gentes con un alto desarrollo racional alcanzado por el comercio floreciente y las técnicas productivas agrícolas y artesanales, sintieron la necesidad de encontrar una visión común válida para todos, más allá de los dioses y creencias de cada uno, que ponían en evidencia la subjetividad cultural de aquel conocimiento mítico. Y encontraron en la reflexión intelectual, en la reflexión lógica sobre la naturaleza y el Mundo la orientación válida para cualquier hombre, con independencia de sus "creencias" tradicionales. La evidencia que proporcionaba el pensamiento racional a todos convencía y se erigió en el camino explicativo de todo, en la vía del conocimiento. Coincidieron también en aquel momento y lugar formas políticas diferentes de las monárquicas y aristocráticas, más democráticas, alejadas de las ortodoxias religiosas y morales de las castas políticas y religiosas. Surgió la necesidad de establecer nuevas normas aceptadas por todos y una legislación eficiente y acorde con las nuevas estructuras sociales y económicas. El nivel de riqueza era creciente, y dejaba tiempo libre para el ocio y el ejercicio intelectual desinteresado. Así, el pensamiento dejó de estar exclusivamente mediatizado por lo económico y productivo, para cultivarse como ejercicio de curiosidad y asombro ante la naturaleza y la existencia, con valor en sí mismo.

            Y fueron apareciendo aquellos hombres pioneros del ejercicio del pensamiento desinteresado, que someterían a su juicio racional todas las cosas y todas las preguntas a las que los mitos tradicionales había dado respuesta de manera poética y simbólica. Sin embargo, la transición no fue inmediata sino que siguieron coexistiendo mitos y discursos racionales, creencias heredadas e ideas nuevas o teorías. El pensamiento lógico se fue afianzando con fuerza en la incipiente matemática, que heredaría saberes numéricos y aritméticos provenientes de la actividad comercial, y geométricos provenientes de la agrimensura y la arquitectura. Pero la novedad es que los conocimientos  se elaboraron por el interés que despertaban en sí mismos, no por la búsqueda de una aplicación práctica. Estos teóricos del conocimiento o "pensadores" elaboraron teoremas y teorías abstractas partiendo de algunos conceptos ideales, y aplicando en torno a ellos el razonamiento demostrativo. Sin embargo, sus conocimientos no estuvieron del todo exentos al principio de la herencia mítica, envolviendo sus teorías numéricas y geométricas en un halo esotérico y místico.

            De la matemática se pasó con facilidad, siguiendo el mismo método de pensamiento, a la consideración de la naturaleza del mundo físico y su principio o esencia. Había que explicar lógicamente esa realidad que antes los mitos interpretaban de manera poética, sometida en su devenir al capricho y voluntad de los dioses. Había que encontrar, de manera que resultara evidente a la razón, cómo todo lo natural se desarrollaba a partir de un principio generador, cómo todo cambiaba y evolucionaba de manera necesaria sometido a determinadas leyes inherentes a ese principio, el cual era preciso descubrir o desvelar.

            Apareció pues, con toda su dimensión, la figura del filosofo o amante de la sabiduría, que extendió su actividad racional a todos los campos del saber: físico, político y legislativo, medicina, astronomía, ética, el propio conocimiento o ciencia del conocer e incluso lo que estaba más allá del mundo físico, lo metafísico que trascendía el mundo de los fenómenos observados. En este último saber metafísico, se aproximaba el conocimiento al terreno propio de la religión, de lo trascendente, de lo que existe o está detrás del mundo y lo mueve: la naturaleza del ser.

            Sin embargo, esta crisis o cambio radical en la forma de conocer que se produjo entonces en el mundo de vuestros antecesores culturales, los griegos, no se extendió enseguida por todo el Planeta. En otras regiones lejanas, en Oriente, el conocimiento racional seguía siendo esencialmente técnico, práctico, y las religiones ocupaban todo el espacio del saber teórico. Sin embargo, y coincidiendo con está época de los griegos amantes de la razón, se produjo en todo el Planeta un salto del conocimiento en forma de renovación religiosa, dentro de un escenario social y político caracterizado por civilizaciones urbanas y sociedades jerarquizadas de un alto desarrollo agrícola y comercial. Las religiones tenían un fuerte componente estatal e institucional, con castas de sacerdotes, templos, liturgias y festividades. Y lo que en Grecia fue revolución racional, en Oriente fue revolución mística y religiosa. El conocimiento primitivo centrado en lo mítico y en los dioses de la naturaleza, que con el correr del tiempo había dado lugar a panteones formados por numerosos dioses y complejas relaciones entre ellos, dio paso en todas partes a un conocimiento más centrado en el propio hombre y su problemática existencial. Aunque la manera en que esa revolución se configuraba dependió de la estructura de cada una de las sociedades. De la griega u occidental, ya hemos visto como se polarizó hacia la razón. En Oriente apareció, al igual que en Grecia, la figura excelsa del "pensador", pero en su forma equivalente de "meditador" o "profeta", que alumbró nuevas formas de religión, recogiendo parcialmente las tradiciones antiguas. Los grandes profetas de Israel, Buda en la India, Confucio en China o Zaratustra en Irán, plasmaron formas de religión que perdurarían ya a lo largo del tiempo con más o menos modificaciones.

            Pero también en estas grandes religiones que nacían, la condición reflexiva, filosófica y ética se incorporaba a ellas con un peso fundamental. La conciencia esencialmente colectiva de las antiguas religiones dio paso a la conciencia personal, y emergió el individuo como el centro de atención religiosa, con una relativa independencia de la sociedad y sus condicionantes. Y como reflejo de esta nueva conciencia individual y reflexiva,  unas religiones acabaron reconociendo un único Dios, al que además se le substrajeron muchas características antropomórficas y sensibles que antes poseían los dioses, para volverse más abstracto, no representable, como una idea reducida a sus componentes esenciales; otras religiones se centraron exclusivamente en la problemática del hombre y su inserción en la rueda o repetición de los fenómenos, predicando el desinterés mundano y la contemplación como camino para eliminar el sufrimiento y llegar al verdadero conocimiento o iluminación. Se observaba pues en las religiones un esfuerzo por trascender lo mundano, confiando en otra vida más plena después de la presente o renunciando en ésta al juego del Mundo que ata y envuelve al hombre en su devenir incontrolable.

            Por otra parte, los griegos ejercían su individualismo de una manera distinta, confiando en su razón como medio de dominar los fenómenos y llegar al entendimiento de la naturaleza, de las fuerzas que movían al mundo, y así trascenderlas o controlarlas. Fe en un Dios, renuncia al Mundo, o fe en la capacidad racional para entenderlo, eran todas ellas diferentes maneras de enfrentarse a la existencia y a la complejidad de los fenómenos que ataban al hombre al devenir de un Mundo que le trascendía.

            Pero entre los griegos, aparte del conocimiento racional, aparecieron también formas religiosas impregnadas de un alto contenido filosófico y cultos secretos, exotéricos. Y más tarde su propia filosofía consideraría también como objeto de estudio la idea religiosa, la idea de Dios, del alma y de la inmortalidad.

            Y ahora vosotros, herederos de esta tradición racional del pensamiento griego, pensaréis que por fin se había encontrado el camino correcto para avanzar hacia la "verdad" del mundo y la existencia de una manera lúcida, evidente, cierta. Y sin embargo, en este paso gradual de lo mítico a lo racional se fueron quedando por el camino muchos "conocimientos" o formas de relacionarse con el Mundo. Se estaban cambiando las "creencias" por las "evidencias". Y la pregunta que alguno se hará es si lo evidente, lo lógico, encierra la totalidad de la naturaleza del mundo o sólo una parte, si algo no se iba dejando olvidado en este ascenso racional al conocimiento, algo que antes se intuía misteriosamente a través del mito poético y la fantasía explicativa.

            Pero el camino racional estaba trazado, y la fe en él se configuraba como un nuevo mito, el mito de la capacidad del individuo para descubrir los misterios de la naturaleza e incluso de lo que estaba más allá de sus fenómenos y apariencia.

            La aparición del alfabeto y la escritura fonética, que permitía registrar por escrito el habla natural, facilitó y democratizó enormemente el desarrollo y difusión de la Filosofía, que requería meditación y análisis sosegado de sus contenidos.

Así se instaló definitivamente entre vosotros el conocimiento racional, proyectando vuestra cultura hacia lo complejo de manera acelerada.

            De la Filosofía se desgajó la Ciencia, tanto la Matemática como la Física, dejando a la Filosofía los contenidos especulativos alcanzables por medio del razonamiento verbal. La Ciencia pronto desarrolló su lenguaje específico, más abstracto, en base a signos no verbales y fórmulas matemáticas. Y la Ciencia fue acaparando poco a poco muchos contenidos de la Filosofía inicial, de la "Física" o Filosofía de la naturaleza de los primeros filósofos, profundizando en el análisis de los fenómenos, creando multitud de ramas especializadas.

            Pronto se fue desglosando también la Filosofía racional en diversas ramas, unas relativas al hombre, como el estudio del propio conocimiento, el alma humana o la naturaleza de las ideas; otras relativas a Dios y sus atributos, desde un enfoque racional no religioso; otras relativas al mundo desde una perspectiva general, bien cosmológica o sobre la propia naturaleza del ser; y otras relativas incluso a las propias ciencias, desde la perspectiva global de sus fundamentos, sus métodos y su alcance.

            Pero así como el método de la Filosofía era esencialmente el razonamiento deductivo, al igual que en la Matemática pura y la Lógica, la Ciencia Física recurría a otro tipo de método basado en la experimentación o realización de experimentos. Inicialmente el método científico se apoyaba en la observación repetida y en la elaboración de teorías explicativas sobre los fenómenos observados. Luego se reproducían los fenómenos disponiendo un experimento o escenario preparado adecuadamente para que éstos tuvieran lugar de manera voluntaria y controlada, y se verificaba que cumplían la teoría establecida. Estas teorías incluían la medida y cuantificación de los fenómenos, las fórmulas descriptivas de los mismos. Cuando no era posible repetir un fenómeno por vía experimental, había que conformarse con la observación natural sucesiva del mismo, y verificar que siempre se cumplía la teoría. Así fueron apareciendo "leyes físicas" y "principios" a los que el mundo parecía estar sometido de manera inexorable y que fueron interpretadas como el descubrimiento de su verdadera naturaleza. El mundo tenía una razón matemática, un mecanismo real que había sido encontrado. Sin embargo con el paso del tiempo se observó que algunos fenómenos escapaban a esas leyes físicas, y hubo que construir nuevas teorías más complejas que englobaran también a los nuevos fenómenos, desechando las antiguas leyes por falsas y consagrando las nuevas como verdaderas. Pero a medida que esta situación se reproducía más adelante y había que hacer evolucionar nuevamente las teorías, se hizo evidente la duda sobre la "realidad" de las leyes del mundo. No había leyes en la naturaleza, sino interpretaciones matemáticas y teóricas que se aproximaban mucho a la descripción de sus fenómenos. No eran leyes sino interpretaciones, visiones. Las cosas sucedían "como si" existiesen esas leyes de obligado cumplimiento, pero la ley final y definitiva, "la verdad" de la naturaleza no se dejaba apresar nunca. Sin embargo la aproximación a la realidad, en un cierto contexto o dimensión de lo natural, era tan exacta que podía decirse que a ese nivel eran autenticas leyes. La enorme potencia de esta forma de conocimiento  fue consiguiendo describir los fenómenos de tal manera que os proporcionaron el control progresivo de los mismos y su utilización práctica para vuestro interés, en forma de aplicaciones técnicas.

            Esta forma de conocimiento científico se acabó extendiendo por todo el mundo, quedando en Occidente delimitado el campo de la Filosofía a aquello que escapaba de la Ciencia y su conocimiento experimental, mientras que en Oriente este tipo de conocimiento filosófico siguió siendo abordado fundamentalmente por la Religión. En Occidente se produjo finalmente una influencia fuerte de la Filosofía en la Religión, tomando esta última una forma racional bastante elaborada.

            Lo mismo que sucedía con la ciencia, que no era capaz de encontrar la ley o principio definitivo de la naturaleza, pasaba también con la filosofía, ya que los sucesivos filósofos iban construyendo sistemas filosóficos nuevos que desbancaban o encontraban el error en los antiguos. Y la "verdad" se presentaba huidiza siempre, nunca definitiva. Sin embargo, así como la ciencia ha permitido un creciente dominio técnico del mundo, hasta el punto que habéis llegado a desarrollar un sinfín de máquinas útiles, y potenciado vuestra vida en cuanto a capacidad de desplazamiento, comunicación, utilización de energía, descubrimientos médicos, etc., la filosofía ha ido encajonándose en sí misma, encerrándose en sus propias reflexiones trascendentes sin encontrar salida a su función propia,  salvo su influencia en las ciencias y su reflexión sobre el propio método científico, o el enriquecimiento y depuración de la religión.

            Hasta tal punto habéis tomado conciencia de la crisis de la filosofía como fuente de conocimiento, que habéis empezado a plantearos su método, y reflexionáis sobre la validez de la razón filosófica. Así como la ciencia se apoya en la matemática y su exactitud resulta adecuada para describir los fenómenos, el lenguaje, que es la herramienta de la reflexión filosófica, os parece ya que resulta demasiado impreciso, demasiado de "andar por casa" para abordar el conocimiento. Y esta duda, esta crítica al lenguaje, ya os viene de antiguo, de aquel tiempo de los primeros filósofos griegos. Un grupo de ellos, los "sofistas", de mentalidad pragmática, desalentados quizás por las controversias entre los filósofos de la época, se constituyeron de hecho en los primeros críticos del conocimiento y encontraron un sentido práctico en la aplicación de su saber filosófico a fines utilitarios. Se dedicaron a la enseñanza retribuida de la filosofía, de la cultura en general, y especialmente a la enseñanza de la retórica, el arte de convencer a los demás, de gran interés en la recién instaurada "democracia" ateniense, donde el discurso era el arma política por excelencia. Y eran tan hábiles que conseguían demostrar lógicamente cualquier cosa que sirviese a los fines utilitarios de sus clientes. Incluso se mostraban ufanos de su arte aplicándolo a la demostración de cosas absurdas, cosas que escapaban al sentido común, construyendo razonamientos impecables que invitaban al engaño, a la seducción lógica. Pero renunciaban al conocimiento verdadero y la filosofía era para ellos un oficio, un arte  mercenario, una técnica de empleo sugestivo de la palabra.

            Algo fallaba pues en el lenguaje, que se convertía en instrumento para demostrar cualquier cosa. Las trampas filosóficas de los sofistas serían sin embargo puestas en evidencia por los filósofos posteriores, depurando las reglas del razonamiento y catalogando las  falacias del uso del lenguaje por los sofistas.

            Más específicamente critica fue otra escuela filosófica llamada de los "escépticos", que surgió un siglo después del apogeo máximo de la filosofía griega. Los escépticos afirmaban la imposibilidad de llegar a la verdad y por ello renunciaban al conocimiento. El pensamiento racional llegaba según ellos a un callejón sin salida, y a la vuelta al principio de los planteamientos, que ya implicaban el final. Así pues, se abstenían de emitir juicios ya que no se llegaba nunca a conclusiones, ni positivas ni negativas, acerca de la verdad. Según ellos, el hombre sólo podía conocer la apariencia sensible de las cosas, lo que sus sentidos y su entendimiento natural percibía, pero no la realidad objetiva que pudiera existir tras ello. Lo que los otros filósofos entendían por verdad no eran más que hipótesis, las cuales podían ser útiles como orientación en la vida pero que no respondían a la naturaleza en sí misma ni a la realidad del ser, las cuales eran definitivamente inasequibles al entendimiento humano.

        Este movimiento escéptico se ha reproducido muchas veces a lo largo de la historia de la filosofía, coincidiendo de hecho con su desarrollo, siendo parte consubstancial de él.

            Vuestra historia intelectual, racional, es un continuo desarrollo y ejercicio de la ciencia y la filosofía. Teorías científicas y sistemas filosóficos se multiplican y evolucionan sin cesar a lo largo de vuestra historia. La ciencia y la filosofía, cuyo origen fue meramente especulativo, amor a la sabiduría por sí misma, ocultaba sin embargo ese impulso interesado del hombre por conquistar su seguridad ante lo desconocido, por encontrar un sentido final en lo natural al que acoplar su vida y su propio sentido. Pero aparte de eso, la ciencia traía de la mano su aplicación práctica en la conquista de la naturaleza, su sentido de poder sobre ella más allá del propio conocimiento puro. La técnica os ha permitido cambiar vuestro medio natural, mejorar vuestra calidad de vida y adaptaros con éxito al mundo, potenciando vuestras dotes naturales hasta dimensiones sorprendentes. Os ha permitido construir grandes edificios y ciudades, vehículos que viajan a largas distancias y a gran velocidad surcando todos los medios naturales; os ha permitido ver y hablar en un  punto distante del Planeta como si estuvierais allí, descubrir remedios para las enfermedades y prolongar vuestra vida, manejar las fuentes de energía hasta tal punto que podrías arrasar la superficie de la Tierra si quisierais. Copiando a la naturaleza y los seres que ella ha creado a lo largo de miles de millones de años, habéis sido capaces de construir seres energético-mecánicos con nuevas o más especializadas funciones adecuadas a vuestros intereses, es decir, habéis creado nueva realidad. Y todo ello simplemente basado en la apariencia de los fenómenos, en las reglas o regularidades de comportamiento que habéis observado en la naturaleza, a pesar de no conocer en su completa realidad el ser de las cosas. Y es que no hacía falta, como no le hace falta al panadero que hace un pan saber de donde viene la harina, ni como se muele el trigo o cómo crece la espiga. Tampoco le hizo falta a la naturaleza que construyó los complejos seres vivos partir del principio del ser para crear un nuevo ser, sino construir sobre lo último, sobre la complejidad anterior para crear lo nuevo.

            Esa es la tensión permanente entre el conocimiento puro y la creación. Aspiráis al conocimiento absoluto de todas las cosas, pero no lo necesitáis para crear nuevo mundo.             Vuestra ciencia no alcanza nunca el verdadero conocimiento, pero vuestra técnica construye y crea con conocimientos aproximados, con interpretaciones humanas de lo real. La Ciencia primera estableció que el Cielo giraba alrededor de la Tierra y por eso llegaba la noche cuando el Sol se ocultaba por el horizonte. Luego establecisteis que en realidad era la Tierra la que girando sobre sí misma hacía que el Sol quedara tras ese horizonte. Y ambas teorías servían igual a los efectos prácticos de medir el tiempo, de construir y calibrar un reloj de sol. Y es que lo que es necesario para crear es conocer los fenómenos, no la realidad del ser, porque lo que buscáis con vuestro sentido práctico es reproducir y crear fenómenos, sea cual sea la naturaleza profunda del ser que los sustente. Y sin embargo aspiráis también desde el principio a saberlo todo acerca de ese ser. Hay en vosotros un ansia inagotable de saber, más allá del poder. Es un mecanismo automático de vuestra mente que en cada respuesta encontrada hace surgir nuevas preguntas.

            Os conté anteriormente que habéis evolucionado de manera que nacéis con una predisposición innata para percibir el espacio en sus tres dimensiones, que apreciáis el trascurso del tiempo, que descubrís o sospecháis la existencia de una causa detrás de muchos fenómenos. También detectáis la materia en sus diferentes estados; tenéis la intuición de la unidad y la cantidad, etc. Es decir, conocéis de manera directa una serie de aspectos de lo real que impacta vuestros sentidos, y lo conocéis en esas formas preestablecidas en vuestro cerebro que han demostrado ser muy eficaces para vuestra supervivencia y adaptación al mundo. Ya os dije que esa manera de conocer lo real no era toda la verdad de lo real, sino una manera más, la vuestra, de percibir su presencia y orientar vuestra actividad en la interacción con ello. Y vuestro lenguaje fue creando a lo largo de su desarrollo un sinfín de conceptos para encerrar esta manera de percibir lo real, esos "conocimientos" que en vuestra ingenuidad inicial identificabais con la realidad en sí misma. También os dije que poseíais de manera innata unas pocas  operaciones elementales de pensamiento que os resultaban "evidentes", ciertas, y que eran incluso anteriores al lenguaje y que podían ejercerse con pensamiento visual. Por medio de ellas podías reflexionar y encontrar soluciones a determinados problemas. Y estas funciones también eran sólo "vuestra manera" de percibir el comportamiento de lo real de una manera que resultaba eficaz para vuestra supervivencia, pero no el comportamiento total y verdadero de lo real. Y vuestro lenguaje fue también construyendo expresiones para realizar estas reflexiones, para ejecutarlas de manera voluntaria, construyendo discursos reflexivos, "razonamientos". Y así surgió vuestro pensamiento racional, vuestra filosofía. Y ya veis claramente cómo con los recursos de que parte vuestro conocimiento racional, apoyado en el lenguaje, no podrá llegar más allá de razonar sobre "vuestra propia percepción de los fenómenos", pero nunca sobre la verdadera naturaleza del ser que hay detrás de ellos.

            Ahora bien, aunque vuestros conocimientos se apoyen en el eco y la sombra de lo real, ese eco y esa sombra traen información parcial de lo real, y por tanto algo llegáis a conocer de ello. Pero este saber metafísico, de lo que está más allá de lo que percibís como físico o natural, aunque os hace guiños con sus sombras y ecos, se escapa ágilmente a vuestro conocimiento filosófico que intenta apresarlo por completo. Y sin embargo, durante mucho tiempo, y a pesar de las críticas que en todo momento se han levantado contra este tipo de ilusión del conocimiento total, os habéis obsesionado en perseguir la verdad, dando vueltas y mil vueltas a los conceptos y a los razonamientos, bajo el acicate de una evidencia casi al alcance de la mano.

            La  filosofía, no obstante,  ha contribuido al desarrollo de las ciencias, de la moral y las instituciones sociales, al ensanchamiento de la dimensión humana gracias a su capacidad para hacer preguntas aunque no encuentre respuestas, para crear ese hueco en el alma del hombre que le propulsa hacia delante y sin fin en el conocimiento.

            Parecido es, como ya he dicho, el camino de la Ciencia pura en cuanto camino sin fin que nunca apresa la verdad del mundo físico y opera por elaboración de interpretaciones o teorías aproximadas para explicarse lo real. Ahí, en esa pretensión metafísica de apresar la verdad del mundo natural fracasa también, si bien consigue reflejar y cuantificar los fenómenos de una manera tan exacta como para permitir la creación de mundo nuevo.

            Ante este panorama desilusionante de la imposibilidad de conocimiento exacto del mundo por medio de la filosofía y las ciencias, que os sitúa en la duda de que el conocimiento humano va a ser siempre imperfecto y aproximado, alguno se acordará de esas ciencias que habéis llamado "exactas" y volverá a ellas la mirada tratando de buscar allí un camino de seguridad para el conocimiento. La matemática, pensará, aunque se usa también en las ciencias de la naturaleza, obra en ellas como ciencia auxiliar, como herramienta para cuantificar los fenómenos o expresar su forma, y no es responsable por lo tanto de los errores de la teoría interpretativa  de lo natural que haga el científico. Pero ella misma, que se construye al margen de lo real, que existe de manera ideal sin pretender interpretar ninguna realidad, ha demostrado llegar a teoremas incontrovertibles y construir sistemas que no admiten ninguna duda, ya que se levantan paso a paso de manera demostrable por la lógica. Parte de la definición de unos conceptos o elementos ideales obtenidos por abstracción del mundo real, como en geometría el punto, la recta o el plano, sin dimensiones el primero, y con sólo una y dos dimensiones el segundo y tercero respectivamente; y en torno a ellos establece unos principios fundamentales considerados ciertos por evidentes, a partir de los cuales y mediante deducción lógica se van estableciendo relaciones entre dichos  elementos y las figuras con ellos construidas, llegando a proposiciones o teoremas sucesivos que conforman el edificio de la teoría. Y no deja de resultar sorprendente, por ejemplo, que una forma geométrica, idealización de una forma natural, esté sometida a una fórmula o regla entre sus partes, y que esta regla sea cierta para cualquier dimensión y variante dentro de esa forma geométrica. Por ejemplo, la superficie de un triangulo será siempre la mitad de su base por su altura, con independencia del tamaño y la forma del triangulo, sea éste equilátero, isósceles o escaleno. Y a esta fórmula se llega lógicamente, sin más que trazar algunas rectas y hacer un par de cálculos. Y claro, esto, además de sorprendente hasta cierto punto, puede resultar algo intuitivo si se piensa que una forma tiene que tener sus condicionantes, sus relaciones ocultas para que siga siendo esa forma y no otra. Y por extrapolación, podías pensar que todo objeto o fenómeno con un cierto orden o forma definida, deberá tener alguna fórmula que lo exprese. Y lo que resulta asombroso es que a veces complejos desarrollos y teorías matemáticas, puramente teóricos, que se construyeron al margen de su utilización práctica, han resultado al cabo del tiempo adecuados y correctos para explicar determinados fenómenos naturales que escapaban a las teorías físicas vigentes.

            El que en la matemática parezca haber algo mágico ya lo sintieron los primeros geómetras y filósofos griegos al elaborar las primeras teorías matemáticas, hasta el punto de afirmar que todo en el mundo estaba sometido a números, que esa era la esencia o el principio de lo real. Sin embargo la práctica de la aritmética y la geometría es tan antigua como el hombre, asociada a hechos tan simples como contar y medir. Al principio el hombre contó con los dedos de la mano cuando se trataba de manejar una cantidad pequeña de cosas semejantes. Cuando trataba de medir una distancia acudió a la comparación con partes de su cuerpo, como el brazo, la palma de la mano o los pasos. La combinación de cantidades y unidades de medida resolvía todos los asuntos prácticos. Más adelante, el uso del comercio y la agricultura dieron lugar a sistemas de contabilidad y medición sofisticados. Una primera dificultad que se apreció enseguida fue la necesidad de dividir las unidades de medida más pequeñas en partes a su vez, cuando la materia a repartir era valiosa. Así se aplicaron las fracciones a las unidades: la mitad, un tercio, etc. Los números fraccionarios así establecidos parecían asegurar el reparto correcto de las cantidades en la práctica. Pero cuando los griegos decidieron, en su afán científico, construir la teoría Matemática, se dieron cuenta de que esas divisiones o repartos que se venían haciendo de manera natural y satisfactoria en la práctica, en la teoría numérica desarrollada no eran exactos en algunos casos; no podía hacerse el reparto de manera absoluta y ni siquiera podían expresarse las partes completamente. Repartir una unidad por ejemplo entre tres sujetos arrojaba una parte para cada uno que tenía un número interminable de decimales, que no podía expresarse del todo ni por lo tanto repartirse equitativamente de manera exacta. Otras paradojas teóricas surgieron al querer expresar la medida de la diagonal de un cuadrado de lado uno, por ejemplo, pues no conseguían encontrar el número adecuado entre los conocidos. Había pues en la matemática de la época números inexactos o inexistentes para satisfacer a las necesidades de la teoría. La matemática no era exacta, presentaba inconsistencias, y esto, dado su carácter casi religioso de entonces, producía crisis filosóficas e incluso sicológicas entre los seguidores de las teorías.

            La matemática fue desarrollándose, creciendo sobre sí misma, dando lugar a muchas especialidades y teorías, y siempre había algún problema o inconsistencia en ellas que quedaba pendiente de solución, pero sin embargo se mantenía la esperanza de resolverlo próximamente, e incluso se planteaba la unificación de todas las diversas teorías matemáticas en una sola con validez general para todo. Finalmente vuestros últimos matemáticos han llegado a la conclusión de que este intento es vano y de que en cualquier sistema ideal como la matemática siempre es posible encontrar algún planteamiento que no puede demostrarse si es falso o verdadero, o algún problema que no puede resolverse. Es decir, que la teoría resulta siempre incompleta.

            Así que de nuevo os volvéis a encontrar en la Matemática con la inconsistencia de vuestro conocimiento, de vuestras elaboraciones mentales, lo mismo que os sucedió con la Ciencia y más aún con la Filosofía.

            Así es vuestro conocimiento y así sois vosotros, colocados ante el mundo y queriendo entenderlo aplicando los esquemas de orientación que habéis ido desarrollando a lo largo de vuestra historia, siempre con la pretensión y convicción de ser ciertos, de ser capaces de apresar la verdad. Y no podía ser de otra manera para que pudierais actuar sin dudas, sin vacilaciones. Teníais que estar seguros de ellos como lo está el animal del instinto que guía su conducta. Instinto configurado por la naturaleza a lo largo de su evolución. En vuestro caso, vosotros mismos como especie habéis desarrollado esa guía en forma de conocimiento, prolongando la evolución de vuestra especie en base al conocimiento, que cada vez os proporciona una mejor supervivencia y adaptación. Habéis dejado ya de adaptaros al medio y sois vosotros los que adaptáis el medio a vuestras necesidades, permaneciendo biológicamente estables.

            Pero ahora, después de tanto tiempo de desarrollo del conocimiento, habéis llegado a la conclusión de que el mismo es fundamentalmente práctico, y de que no podéis alcanzar la verdad, de que esa pretensión de la filosofía es una utopía. Y quizás os preguntéis si tiene sentido ese deseo, o si el deseo está mal planteado y lo que buscáis en realidad es otra cosa, existiendo alguna deficiencia en vuestra constitución sicológica que os empuja incansablemente hacia la verdad cuando lo que necesitáis es una cosa distinta. En todos los lugares de vuestro planeta, bajo diferentes creencias religiosas y trascendentes, la búsqueda de la luz, de la orientación vital, del sentido ante la existencia es general. En la tradición Occidental de la cultura, que es la vanguardia del saber planetario, esa iluminación ha tomado desde los griegos la forma de la búsqueda de la Verdad por el camino de la racionalidad, si bien la religión monoteísta ha establecido un camino más directo basado en la fe en lugar del conocimiento reflexivo. Eso que las religiones buscan de manera directa es lo que consigue tranquilizar vuestro deseo de saber, ya que Dios sería la máxima verdad y de él derivaría todo, aunque no consigáis conocer por entero el proceso. Dios sería ese  "principio" que buscaban los primeros pensadores griegos como origen de todas las cosas. Dios o dioses, como creían los primeros humanos y han creído siempre los posteriores, algo que trasciende al mundo. Esa intuición primigenia es significativa y sigue teniendo valor en todos los tiempos, por más que la razón se esfuerce en entenderlo todo a base de reflexión.

            Vosotros os plantáis frente al mundo intentando conocerlo…¿y si os sintierais simplemente mundo que sigue creándose gracias ahora a vosotros mismos, esa parte privilegiada del Planeta con capacidad creadora? ¿Os habéis planteado si Dios conoce el Mundo en detalle? Simplemente lo habría creado. El conocerlo es la labor de análisis meticuloso del que aspira a construir y no sabe cómo hacerlo. Si tuvierais el poder de crear no os obsesionarías con el conocer. Crear es saber directamente. Uno de vuestros artistas crea un cuadro movido por su inspiración. Un aprendiz de artista estudia minuciosamente la técnica empleada y se atreve a realizar algo parecido, de manera consciente. Así creáis vosotros algo de mundo, de manera técnica, dadas vuestras limitaciones. Pero además pretendéis que en esa técnica que vais elaborando radica la "verdad", que vuestro conocimiento es la verdad, cuando no es más que una herramienta de trabajo a la medida del hombre y hecha por el hombre para copiar el mundo creado.

            ¿No os sentís tentados ahora de volver la mirada a aquel conocimiento intuitivo del primitivo, después de este penoso y frustrante camino de la reflexión en busca de la verdad? ¿No os sentís tentados a explorar el camino de las religiones y los mitos antiguos desde una nueva perspectiva, no de la fe en ellas, sino de la clase de "verdad" que pueden contener? En definitiva, ¿no os planteáis otro camino de conocimiento diferente del reflexivo?

            Una parte me he dejado intencionadamente en la revisión anterior de vuestra cultura y conocimiento, no perteneciente al ámbito de la reflexión: el arte. Es el momento de contemplarlo, ya que pudiera contener también esa clase de verdad que andáis buscando.

            El arte ha existido desde el origen de vuestra especie, aunque al principio no era considerado arte en sí mismo por el hombre, sino expresión y materialización del mito. El concepto de arte es más reciente en vosotros y a él se le atribuye la cualidad de mostrar aspectos profundos de la realidad que el lenguaje reflexivo es incapaz de sondear.

            Las pinturas paleolíticas de las cuevas eran la instrumentación y representación de los mitos de aquella época, pero naturalmente aquellos hombres también dibujaron y grabaron a veces sus utensilios o armas con otros fines, aunque en general lo hacían al servicio de la magia que los haría propicios. El dibujo de algo invocaba a su ser y nada por tanto era gratuito sino que tenía un sentido. Más tarde se perdería esa dimensión sagrada o mágica de la representación para vivirla simplemente como sugerencia y recordatorio, o incluso, trivializándola, como elemento decorativo agradable o bello de uso cotidiano y general.

            Los mitos narrados verbalmente, transmitidos primero por tradición oral y luego escrita, incorporaban a su contenido una forma épica y poética muy fuerte. Eran arte como hoy lo entendéis, lo mismo que eran arte las magnificas pinturas de las cuevas antes del desarrollo ampliado del lenguaje. Y aparte de su perfección formal, el valor artístico que tenían consistía en poseer una cualidad especial incorporada en su forma, una sustancia que transmitía el mito. Portaban en su diseño las emociones míticas, las comunicaban por su sola contemplación, con tanta o más eficacia que los mitos posteriores expresados maravillosamente de manera literaria.

            A lo largo del tiempo habéis desterrado los mitos de vuestra vida en beneficio de la razón, de la filosofía y la ciencia, y hasta la religión la habéis cargado de racionalismo como si quisierais negarle al mito la responsabilidad de dar cuenta de su verdad, y pretendierais llegar a ella por medio de la razón para validar la veracidad de su mito.

 

  
 

 

EL ARTE 

El arte verdadero impregna  con frecuencia la pintura, la escultura y arquitectura, y cómo no, la música y la literatura, pero de manera desigual. Todas ellas han obrado al servicio de diferentes fines, transmitiendo mensajes religiosos, políticos, sociales, etc. Las llamadas obras de arte  reflejan no sólo el contexto al que se aplican sino la cultura de una época. A veces se han quedado en mero código trasmisor de esos contenidos y otras veces se han impregnado de esa sustancia indescifrable  y misteriosa que proporciona un conocimiento adicional y profundo de lo real. Finalmente habéis liberado al arte de servir en exclusiva a cualquier fin, y cuando lo hace es sólo como objetivo secundario, siendo su principal fin el del arte en sí mismo. El fin del arte es lo que contiene en sí de fascinante, de revelador, de bello, con independencia del motivo que represente. Esta liberación de su motivo, oculta sin embargo, y a la vez aclara, su esencia, la esencia del arte. Si su valor esencial no depende de lo representado, pero tampoco consiste sólo en su perfección formal o en su originalidad técnica, es que eso de fascinante, revelador y bello que le caracteriza es una nota que se refiere a la manera general de ver lo real representado, sea lo que sea. Es la manera de ver la realidad con unos ojos distintos de los ojos de la razón, del entendimiento objetivo y del sentido común. Es por tanto una visión mítica, una visión que incorpora y acentúa contenidos emocionales que actúan dentro de vosotros desde el origen de los tiempos, y de los cuales no sois conscientes. En el arte volvéis de nuevo a sentir el mito, pero no un mito representado sino escondido en la representación, en cada cosa, en la atmósfera general, en cada detalle. Y ese sentir mítico puede estar en la hoja de un árbol, en una casa, en el cielo, en un rostro. Ahora lo que el artista trasmite ya no es el sentimiento humano ante un mito concreto, sino el sentimiento ante lo mítico de cualquier cosa. Lo existente se carga de significado humano, pero su dimensión no es ya racional, expresable en lenguaje, sino anterior a él, más profunda, total. El arte es un lenguaje en sí mismo, pero no un lenguaje codificado que todos pueden entender de la misma manera, sino una expresión que os llega de diferentes maneras iluminando no la razón sino la totalidad indiferenciada de la persona, incluidos sus sentimientos, sus anhelos, temores y hasta su dimensión inconsciente y primitiva. El arte es el lenguaje total del hombre para expresar su relación con el mundo, su sentir el mundo de manera profundamente humana. El arte expresa el mundo humanizado, antropocéntrico.

            La  dimensión humana del arte se aprecia muy bien en esa pintura que llamáis "naif" o ingenua, sin técnica, pero que sin embargo lleva toda la carga del alma humana que contempla el mundo sin prejuicios culturales, sin razón figurativa. Igual pasa con las pinturas infantiles. Y puesto que el motivo representado ya no importa, sino la visión mítica de la realidad que subyace en él, la pintura abstracta puede también comunicar esa manera de ver, incluso mejor ya que aleja el engaño de la apariencia real. Hay magia y hay mito, hay sugerencias que calan en lo más profundo del alma, despertando emociones y contenidos inconscientes por medio de las formas no representativas de cosa alguna, y de los colores y sus combinaciones desligados de los objetos mundanos. Con unas y otros se puede construir composiciones llenas de misterioso significado y explorar el interior de la persona, encontrando mundos con sentido, realidades interiores que se hacen conscientes pero no expresables en lenguaje, sino precisamente en la pintura. Así, descubrimos nuevas dimensiones en nosotros de manera simultánea a descubrir el valor artístico. Y al no poder separarlo o aislarlo de nosotros por medio de conceptos o expresiones de lenguaje, permanecemos unidos a él en su descubrimiento por nosotros. El conocimiento que proporciona el arte es semejante al conocimiento contemplativo o místico, que se cumple en su ejercicio y es difícilmente transferible en su totalidad en forma de lenguaje, a no ser que el propio lenguaje sea también artístico, metafórico. Porque el conocimiento que estamos considerando apunta a verdades que trascienden lo aparente y se refieren a las preguntas que el hombre se hace sobre lo que sustenta el Mundo. Es un lenguaje pues de pretensiones metafísicas, pero sin ser racional.

            Volvéis pues al principio, cuando el lenguaje no estaba muy desarrollado y el mito respondía a esas preguntas. Ahora el lenguaje racional ha demostrado su incapacidad metafísica y dirigís la mirada hacia el arte como vehículo de esa verdad.

            La música es otro lenguaje simbólico portador de verdad, que se dirige directamente al sentimiento. La música habla de manera precisa al corazón y es capaz de contar historias llenas de matices emocionales y sentimentales. Además, esos sentimientos despertados sugieren incluso situaciones y sucesos de vuestra experiencia, por lo que se asemeja a la traducción sentimental de lo real vivido. La realidad puede conocerse de muchas maneras, a menudo mezcladas. Una de ellas es sentimentalmente, con profundidad humana. La música nos da ese tipo de conocimiento, que además puede extenderse a lo misterioso y fascinante que se oculta en lo inexplicable.

            Así pues, lo queráis o no, seguís sumidos, como al principio, como siempre, en una doble realidad, o la misma realidad que se manifiesta en dos vías de conocimiento. La realidad práctica de los fenómenos observables, en la que os desenvolvéis con vuestro conocimiento ordinario, reflexivo, y la realidad trascendente que necesitáis que exista de manera imperiosa para dar coherencia y sosiego a vuestro espíritu. Y esa segunda realidad, o trasfondo de lo observable, es lo que percibís o conocéis de manera ligera por medio del mito, el arte y la meditación mística. Hay otra aproximación a esa verdad enmascarada bajo el conocimiento científico. Ya os dije que la Ciencia muestra sólo hipótesis, teorías interpretativas del mundo, y a fin de cuentas eso es una descripción simbólica, un mito explicativo moderno muy evolucionado. 

            Por medio de la literatura trascendéis el uso ordinario del lenguaje convirtiéndolo en arte. Sobre todo con la poesía, donde el lenguaje pierde su estructura habitual y sus reglas de uso para convertirse en sugeridor de esos contenidos profundos a los que sólo llega la expresión artística. Se prescinde de la estructura lógica, se emplean construcciones que obligan a alejarse de ella y de la comprensión racional, y por medio de la metáfora y la construcción de imágenes sugerentes se hace ver una dimensión o paisaje nuevo de lo real.

Ante un poema no vale querer entender nada, sino contemplar su sugerencia, dejarse penetrar por él como por la música o la pintura.

            Las metáforas forman parte sin embargo del lenguaje ordinario, dando riqueza a su significado y llegando a formar parte del uso común del mismo. Una metáfora que llega de esta manera a ser de empleo habitual pierde su fuerza de sorpresa inicial, su fogonazo iluminador. Cuando decís que algo es "cierto como la luz del día", no revivís las sensaciones contenidas en la metáfora, sino que las sustituís por la sensación de gran certeza. Así habéis perdido las vivencias iluminadoras originarias. Las expresiones pierden su fuerza con el uso, y lo mismo les pasa a las palabras. La primera vez que se crea una palabra, una parte de la realidad toma cuerpo, se ilumina y se posee. La primera vez que creasteis la palabra amor para designar este sentimiento, fuisteis a la vez conscientes y poseedores del mismo, apareció y se perfiló en vuestro mundo desde un caos u oscuridad emocional. Adquirió el "ser". La metáfora y la palabra participan de mucho en común, que es el desvelamiento o concreción de lo real confuso en el magma indiferenciado de la existencia. Pero así como la palabra rescata realidades concretas y bien definibles, la metáfora captura realidades o relaciones de lo real más complejas, que no pueden separarse fácilmente del magma sin forma del ser. La metáfora no puede pues llegar a ser precisa como un concepto, ni su contenido recuperable de manera completa, sino que es la llave para acceder a contenidos de significado intuitivos que ponen en relación diferentes aspectos y paisajes de lo real. Cuando la metáfora es profunda suscita una visión que nunca se vuelve habitual ya que dada su complejidad cada vez que se evoca despierta nuevos matices y contenidos. En eso es igual que la pintura o la música, es decir, es arte. Un poema participa de esa cualidad artística e iluminadora, potenciado por sus metáforas y por la combinación de ellas en una estructura de significado que a su vez es iluminadora.

            Poesía, pintura, arte en general como desvelador o iluminador de niveles ocultos y profundos de la realidad, que apresada en el lenguaje ordinario ha perdido ya, debido al uso, el frescor y la viveza de impresión que supo comunicar en su origen, o comunica todavía en el alma de un niño que empieza a hablar. Os habéis contaminado en exceso de pragmatismo, habéis abusado del manejo de las cosas para vuestro interés material olvidando su dimensión mágica, el mensaje de su ser, que es la esencia misma en la que participáis, y al olvidarlo, habéis olvidado también esa dimensión profunda en vosotros. Y ya sólo la podéis recuperar gracias al arte, que no hace más que rasgar el velo del lenguaje ordinario y romper el espejo de las imágenes cotidianas para dejaros ver otra vez la intensidad del ser primigenio. Cuando el pensamiento utilitario deja de actuar por imposibilidad lógica ante el arte, entonces tenéis que enfrentaros a él por medio del sentimiento, de la sugerencia intuitiva, del lenguaje del inconsciente, rompiendo la cadena de la razón práctica que no lleva asociadas vivencias intensas.

            El inconsciente tiene su lenguaje también, pero es simbólico e indescifrable en gran parte, y además plural. El arte tiene mucho que ver con los sueños. Los sueños siempre nos impactan, nos salvan y nos condenan según la ocasión, pero siempre nos llegan adentro, aunque sea el mismo sueño que se repite.

            Cuando toda la dimensión del hombre se afecta con el arte, entonces "comprendéis" lo real. Cuando es sólo la razón la que se apodera de las cosas, apresáis el concepto, el esquema mental habitual, "entendéis" lo real en su dimensión utilitaria. Porque a fin de cuentas es a vosotros mismos lo que experimentáis en el acto de acercarse o conocer algo.             Como el hombre primitivo, seguís proyectando vuestro ser en el conocimiento de las cosas, y vuestra semejanza con ellas es lo que percibís cuando las conocéis. Y es que no hay otra manera completa de conocer que haciendo de uno las cosas, incorporándolas al propio ser, Ser uno con las cosas es unir lo semejante con ellas en un acto total de la persona, en un acto de amor. Y en esa unión, de un objeto material os llega el mensaje profundo y desnudo del "existir"; de un animal el mensaje de la vida; y de una persona os llega vuestra identidad total, el amor a la semejanza esencial completa. Comprender es pues unirse a la cosa, mientras que entender es separarse de ella para verla con el pensamiento utilitario, dispuesto a usarla, apresando sus características adecuadas para nuestro provecho. Cuando nos acercamos a las cosas con el entendimiento utilitario no captáis pues la propia dimensión espiritual, y en esa relación os empobrecéis. Sólo a través del arte o de la meditación mística sois capaces de revivir vuestra dimensión profunda. Y tanto os habéis contagiado del conocimiento utilitario que hasta lo llegáis a emplear con las personas, usándolas en vuestro interés y empobreciendo esa única ocasión de experimentación total de vosotros mismos.

            Y es ahora el momento de que os hable del conocimiento espiritual, que al principio de mi discurso os prometí abordar llegado el momento oportuno Y ese momento ha llegado de la mano del conocimiento artístico, mítico, religioso, de los que acabo de hablar y en los que he anticipado esta manera total de conocer. Cuando os unís a las cosas con el conocimiento profundo, total de la persona, con el espíritu, las descubrís en su realidad esencial, porque vuestra realidad es la misma que la de las cosas y nada más natural para vosotros que reflejar esa semejanza. Sois lo más evolucionado y complejo de vuestro planeta y venís de lo más simple, poseyendo en vosotros todas las características de los seres que os han antecedido, materia y vida. Por eso todo está en vosotros y conociéndoos, conocéis el ser de todas las cosas sobre vuestro planeta.

 

 

 
 

 

LA CRISIS DE LA CULTURA 

Pero vuestro lenguaje ordinario está lleno de falsas preguntas y equívocos, de trampas para el conocimiento. Y vuestros últimos filósofos y pensadores se han dado cuenta de manera tan radical de ello como para afirmar que el lenguaje es la fuente de la mayor parte de los problemas planteados desde siempre en Filosofía, y el origen de los malentendidos creados en ella, de tal forma que en un principio pensaron que el análisis y la reflexión sobre el lenguaje eran las condiciones previas para un correcto planteamiento de dichos problemas filosóficos. El análisis mostraría que muchos de esos problemas son simplemente falsos problemas creados por el propio lenguaje. El rechazo a la filosofía, que se remonta como os dije a su origen y continúa en paralelo con su desarrollo, no estaría entonces causado por los límites del propio conocimiento sino por los del lenguaje y las trampas que este os tiende.             Los analistas del Lenguaje vieron inicialmente que la imposibilidad de la Metafísica para alcanzar el conocimiento de lo real no estaba en la naturaleza inaprensible de lo que se quiere conocer, sino en la naturaleza de lo que se podía expresar mediante el lenguaje ordinario. Se sentían atrapados en el lenguaje como detrás de una cristalera antigua, viendo fuera la luz y los difusos contornos pero no percibiendo con claridad la realidad exterior. Habría pues que pelear contra el lenguaje, trabajar en él y depurarlo hasta hacerlo completamente transparente. Ello abría la esperanza al conocimiento y se pensó en un lenguaje ideal, un lenguaje perfecto que fuera la traducción exacta de la naturaleza del mundo, porque esperaban que había ciertamente algo más allá que era necesario develar, identificar, y que esto era quizás la causa del origen de la filosofía y de su continuo esfuerzo, que ocultaba un inconsciente deseo de querer superar los límites del lenguaje ordinario.

            Una vez más recordaré que el lenguaje es vuestra herramienta adaptativa al mundo, como las garras y los dientes son las del animal. En vosotros la naturaleza puso un cerebro especialmente dotado de inteligencia para la lucha por la vida, y el lenguaje fue el medio y la herramienta para ejercer esa inteligencia. Fue un instrumento social, desarrollado en el grupo humano y evolucionado a lo largo de los tiempos, pero siempre representando una visión particular del mundo, la correspondiente a una cultura social determinada, y por tanto reflejándola en su estructura. Cada lenguaje es un mundo en sí, y lo que puede expresarse con él es ese mundo construido, que en una parte es cultura, en otra estructura social y política. Y al pretender mirar con él la verdad de la naturaleza, se la ve a través de esa particular cultura, de esa estructura política.

            Y si volvéis los ojos a vuestra cultura Occidental, que ha acabado por contagiar a todas las culturas debido al desarrollo económico conseguido, imponiendo sus patrones de producción, consumo y ocio, veis que tras ella está ese impulso racional que comenzó en los griegos y se tradujo en un enorme desarrollo del pensamiento filosófico, y sobre todo de la Ciencia. La racionalidad aplicada al mundo práctico acabó despertando grandes expectativas en todas las esferas de la vida: en la técnica, en la productividad, en la economía, en la estructura social, en la sanidad, en la ética, etc. Hace apenas unos pocos siglos que vuestra sociedad empezó a dinamizarse con las expectativas de los descubrimientos científicos modernos y la confianza imparable en el progreso, y en las ideas de libertad, justicia y fraternidad entre los hombres, es decir, en la racionalidad aplicada a lo social buscando su armonía y equilibrio. A través de esta cultura habéis mirado lo real hasta ahora, creando vuestro mundo pensado. Ha sido una intensa etapa repleta de desarrollos, y el progreso ha alcanzado metas inimaginables en poquísimo tiempo. El futuro parecía haber encontrado su sentido definitivo. Nacieron las grandes ideologías, la fe en el conocimiento basado en la ciencia, la confianza en una verdad universal. Y todo ello prometía el bienestar y la felicidad futuras para la Humanidad.

            Sin embargo, últimamente, vuestra misma racionalidad empezaba a ver síntomas de degradación en vuestra cultura. Los avances científicos y su aplicación técnica se estaban poniendo al servicio no de la racionalidad común sino al de los grupos económicos o políticos dominantes, que estaban soslayando esa racionalidad común en beneficio del propio poder y de su crecimiento sin límites. El desarrollo económico y productivo, el consumo exacerbado de bienes, estaban degradando el Planeta, exterminando los ambientes naturales que aportaban equilibrio ambiental, esquilmando los recursos primarios, contaminando la atmósfera y el ecosistema. La ambición económica de los grupos dominantes estaba fomentando una cultura consumista sin sentido, manipulando a la sociedad gracias a la publicidad e induciendo necesidades ficticias, propagando mensajes conscientemente falsos que acababan convirtiéndose en opinión aceptada, en cultura común. El individuo estaba siendo manipulado y desposeído de su ser esencial, convertido en instrumento al servicio de la producción orientada a un consumo innecesario. La ambición política en determinados sistemas sociales absolutistas estaba también manipulando al individuo al servicio de su egotismo político, convertido en objetivo en sí mismo.

            Respetando aparentemente las formas liberales y democráticas, o las absolutistas y socializadas, se estaban utilizando realmente al servicio del poder. La clase política tenía una doble vida: la aparente al servicio del bien social, que respetaba las formas racionales, y la real en la que todo valía para conservar el poder, traicionando a la sociedad. Los sistemas socialistas han acabado hundiéndose y los sistemas liberales han entrado en profunda crisis.

            La racionalidad en fin, origen de vuestra cultura occidental, está fracasando, no por sí misma ni  por su posible esencia errónea sino por su apropiación por el poder y su ejercicio sesgado al servicio del interés de los grupos dominantes. El poder ha creado un mundo irracional usando la razón a su servicio. El poder ha esclavizado a la Humanidad de manera escondida en una medida infinitamente mayor que en los antiguos sistemas sociales basados abiertamente en la fuerza, anteriores a la racionalidad moderna.

            Y así habéis empezado a analizar ese uso corrompido de la razón y los medios y herramientas que lo permiten. Y en la raíz de todo está el propio lenguaje y su capacidad como herramienta para construir o representar vuestro mundo. Puesto que el lenguaje no refleja con exactitud la realidad objetiva, sino a través de la manera de ver de una sociedad y cultura determinadas, las ideologías y discursos plasmados en él son meras construcciones de esa sociedad y no tienen un valor universal. Las relaciones entre estados y sus diferentes ideologías han dado lugar a interminables conflictos y guerras, y la Historia, considerada como narración de los sucesos de una colectividad, es otra construcción elaborada desde el poder político bajo la cual se escribe. Pueden escribirse historias distintas para una misma sociedad o para el mundo entero dependiendo de quien las escriba y de su manera de interpretar los acontecimientos. El que no exista una historia única equivale a hablar del fracaso de la Historia como descripción de la verdad de los hechos sucedidos.

            Los individuos nacen en una sociedad y dentro de una Historia, y su manera de formarse y hacerse personas está contaminada por ese discurso histórico y por la cultura correspondiente. Los valores, los gustos, los entretenimientos, las maneras de expresarse y sentir y todo lo que les rodea en esa cultura acaban condicionando fuertemente lo que llegan a ser. La persona toma esos elementos del medio para definirse, para hacerse, y por lo tanto se construye a su imagen y semejanza, aunque él mismo se sienta original y único, completamente independiente. El yo, la manera de sentirse uno mismo, se pone en entredicho, ya que podría decirse que ese yo ha sido elaborado inconscientemente bajo el esquema constructivo social, o si queréis ser más radicales, es un yo inducido por la sociedad.

            En cuanto a la verdad de los sucesos contemporáneos o información, está contaminada y condicionada también por el poder y su capacidad de manipulación consciente de los medios de comunicación. Los discursos habituales del poder a través de los medios informativos acaban siendo aceptados por la sociedad como verdades incuestionables, como la auténtica realidad. La capacidad manipuladora de la televisión de vuestros días es tal, que se puede construir virtualmente una guerra de grandes dimensiones seleccionando sucesos  y escaramuzas aislados, es decir, se puede realizar un guión ficticio y presentarlo como real al servicio de los intereses políticos y económicos de un país.

            En fin, vuestra cultura occidental ha entrado en una profunda crisis generalizada y sus cimientos tiemblan ante el fracaso de sus metas de progreso, libertad, paz y bienestar para todos. Toda una civilización que comenzó con los griegos y el uso de la razón, está puesta en entredicho en vuestros días.

            Y en esta confusión estáis, desorientados, rechazando las ideologías, los valores tradicionales, las verdades absolutas, la moral rígida y unificadora, la educación, la información y hasta el uso correcto del lenguaje. Es una época de incertidumbres, de ausencia de sentidos, de refugio en lo banal y placentero, de atención a lo inmediato, a lo anecdótico y concreto, de no exclusión de nada y búsqueda en ello de interés o placer. Lo "correcto" ha dado paso al interés por lo diferente. Es una época de cambio incesante, de búsqueda o evasión, de indefinición.

            Y como factor común presente en esta actitud general, la desconfianza en la verdad. La verdad es escurridiza, y fallan todos los intentos del hombre en poseerla, tanto en la filosofía como en las teorías científicas, en la política o la religión, en la información y hasta en la autonomía del individuo. El propio concepto de verdad lo tenéis puesto en la picota. Y os preguntáis si no será también esa idea de la verdad otra trampa del lenguaje, otra pregunta mal hecha que encubre una necesidad diferente, quizás el apaciguamiento de la ansiedad cognitiva que proviene de la contradicción entre la intuición de la limitación del lenguaje para descubrir la realidad y el esfuerzo inconsciente por descubrirla a través de él. O quizás deberías preguntaros si esa tendencia incesante de preguntarse por todo pueda ser, por el contrario, un condicionante biológico grabado en la estructura de vuestra mente, un mecanismo de cognición heredado, propio de vuestra especie. Psicología o biología. En cualquier caso este impulso actúa en vuestra cultura occidental basada en la razón, es decir, en el lenguaje. En las culturas orientales tradicionales ese deseo incesante de conocimiento se polariza por la vía del espíritu, de la meditación intuitiva, del sentimiento religioso. Al negarse la vía racional para acceder a la verdad en estas culturas, no existe la sed de verdad racional, sino el camino de la perfección espiritual y la búsqueda de la iluminación intuitiva.»

            Arreytal se calló durante largo tiempo. Parecía haber concluido el largo relato de la historia de la Tierra, desde el origen hasta la época actual, y ahora se mostraba cansado, o así me lo parecía a mí interiormente, aunque tal vez sólo estaba meditando la forma de sus próximas palabras para expresar lo inexpresable en nuestro lenguaje, después de todo lo dicho sobre él y sus deficiencias; o quizás pensaba cómo plantear algo que contradiciendo nuestra actual desconfianza en la verdad pudiera ser convincente.

 

 

 

 

 

UNA NUEVA RELIGIÓN 

«Todo lo que os he contado hasta ahora lo he hecho recurriendo a vuestra manera racional de entender las cosas, a vuestro pensamiento que busca causas y explicaciones lógicas a los sucesos. Y ello sin recurrir demasiado en profundidad a los conocimientos acumulados por vuestros pensadores y científicos, pues he pretendido hablar para todos a costa de no ser excesivamente riguroso. Además, como os he dicho, las teorías científicas y el pensamiento van evolucionando, por lo que la fidelidad absoluta a vuestro saber actual no tendría ningún sentido; sí lo tiene vislumbrar lo que subyace en todo este discurso explicativo. No obstante, os he explicado con cierto detalle cómo han ido apareciendo y evolucionando las cosas, de lo más simple a lo más complejo. ¿Pero es así realmente como ha sucedido, después de ver cómo vuestra lógica y manera de pensar han entrado en crisis? ¿No habrá sido toda esta exposición una manera de acomodar lo sucedido a vuestros esquemas mentales, de la misma manera que lo hacían los mitos de la antigüedad, capaces también de explicarlo casi todo a las mentes de aquella época?

            Las cosas y los sucesos son más complejos de lo que pensáis, y a veces os encontráis, incluso hoy, con sucesos contradictorios que escapan a vuestras interpretaciones lógicas, o fenómenos que sois incapaces de prever.

            Sumidos en vuestras incertidumbres generalizadas, en las dudas sobre lo que subyace en el lenguaje por debajo de la pretendida verdad, deberéis invocar al sentido profundo humano que os llega desde el origen. Deberéis remontar el río hasta el primer acto humano: la construcción de la herramienta. La herramienta primitiva era ya vuestra respuesta al problema de la verdad. Era la primera rebelión contra las limitaciones de vuestra naturaleza. Con la herramienta os subisteis por encima de los condicionamientos del Planeta y empezasteis un camino que os fue haciendo independientes de su tiranía. Empezasteis a conquistar vuestra libertad. Y ahí estáis, dándoos cuenta de que vuestro destino os pertenece, a pesar de seguir incluidos en la materia planetaria y su escenario, al que vais modificando alrededor para facilitaros la vida. Y sospecháis que todas las preguntas sobre la verdad del fenómeno que os envuelve, todo el esfuerzo y la avidez por conocer la verdad, encierran realmente la voluntad de ser libres, de construir el Mundo a vuestra manera, de humanizar el Planeta. Sois sus herederos aunque os transcienda en dimensión. No se trata ya de conocer, postura de sumisión todavía ante la realidad que trasciende, sino de creación humanizante en el planeta en el que habéis surgido. Vuestro planeta se humaniza y se hace consciente y libre con vosotros. Formáis un todo con él, es vuestro soporte lo mismo que vuestra conciencia se encuentra soportada en vuestro cuerpo. Sois creadores de vosotros mismos, dándoos cuenta, y no estando a merced de los acontecimientos como en las primeras etapas de vuestra evolución. Pero todavía esta voluntad de autocreación está sometida a demasiados errores, a demasiada voluntad ingenua heredada de los éxitos iniciales de vuestro conocimiento racional. Aunque ya os dais cuenta de que las cosas son mucho más complejas, de que todo está tejido y entrelazado de manera compleja y no es posible actuar sólo a fuerza de querer transformar la realidad, lo cual os viene sumiendo en esta crisis profunda del conocimiento. Tenéis que escuchar el lenguaje del mundo, tenéis que descubrir una nueva manera de conocer.

            Vuestro pensamiento actual es muy simple, se basa en este esquema: -Deseo una cosa. -Sé cómo conseguirla o construirla. -Hago el esfuerzo necesario venciendo las resistencias del entorno, y ya la tengo.

            Pero habéis ignorado el alcance y significado de las interconexiones del entorno, habéis producido una deformación transitoria en él desplazándolo de su equilibrio, y siempre estará ejerciendo presión para recuperarlo, lo que os obliga a un continuo esfuerzo para mantener ese desequilibrio provocado. Así fracasan antes o después los proyectos voluntariosos, así se hunden con el tiempo las sociedades y los imperios, así surgen las guerras, la miseria marginal, las desigualdades mantenidas entre la sociedad humana. Así irrumpen las revoluciones violentas y así se malgasta la energía humana cuando se quiere actuar sólo en una parcela del mundo para configurarlo a voluntad.

            El verdadero conocimiento es el de la totalidad. La verdadera creación es la de un nuevo equilibrio de la totalidad. Y ése no se puede imponer, no se puede planificar. Hay que dejarlo que surja después de poner juntas a las partes. Hay que construir acercando las partes de la totalidad para que interactúen según sus propias tendencias y necesidades. Y esto es un proceso lento, de evolución y autoensamblaje, en el que puede aparecer un orden nuevo o no aparecer si la complejidad no encuentra su camino.

            Ha llegado ya el tiempo para vosotros de que os olvidéis del deseo y la voluntariedad, del esfuerzo titánico y la violencia, física o mental. Ha llegado el tiempo de la renuncia y la habilidad, de la pasión por encontrar, mejor que por imponer, de dejar construirse las cosas limitando vuestra creación a ponerlas juntas permitiendo que manifiesten sus tendencias y afinidades. Ese es el conocimiento, contemplar la formación de los equilibrios, inducirlos o contribuir a que se formen. No es hacer, sino dejar hacerse. Dejar que se cree el mundo siendo a la vez parte y contemplador consciente. La complejidad os supera, nos supera a todos, el mundo se crea solo y el Hombre no es el creador sino su conciencia. Estáis sometidos al nivel superior de lo Complejo, que sin embargo os deja libertad para equivocaros, porque ese nivel no es un Dios sino la esencia del fenómeno, la propiedad de asociación entre sí de lo complejo que se decanta a veces en estructuras en equilibrio que perduran. Y en eso consiste vuestro conocimiento futuro, en sintonizar con el movimiento de lo complejo para acercar o alejar sus partes según a donde os lleve; promover equilibrios humanizantes o evitar equilibrios retrógrados. Porque vuestro papel es simplemente el sustituir al azar como autor del movimiento de las cosas para que entren en reacción, promoviendo interacciones adecuadas para acortar los procesos de autocreación.

            La realidad desplegada en un momento insinúa polos de atracción estructurales, posibles equilibrios en los que se decanta un nivel de existencia superior, más rico, más seguro para todas las partes. Descubrir esos polos “atractores” es la tarea del conocimiento futuro. A veces los atractores apuntan a la instauración de algo completamente nuevo e insospechado, que siempre ha de resultar atractivo para las partes. Aventurarse hacia ello es contemplar en toda su dimensión el acto de la creación.

            Igual que la naturaleza ha ido creando, auxiliada por el azar y los milenios, todas las complejas formas de vida hasta vosotros, sois vosotros ahora los que sustituyendo al azar iréis ayudando a construirse el Mundo a vuestra imagen primero, y luego a vosotros mismos según vayan desvelándose las posibilidades del ser. Seréis conciencia del fenómeno de humanización e ingenieros que manejan parcialmente, con respeto, procesos poderosos que les superan. Y por eso, profundamente responsables. Si fracasáis será por fallo de vuestra manera de conocimiento.

            Si contempláis el derroche de vida y conciencia dispersada en especies y en individuos humanos que el azar y las eras planetarias han ido acumulando en vuestro planeta, os daréis cuenta de hasta qué punto el azar ha sido el indolente ingeniero. Las vidas individuales se renuevan, nacen y mueren en infinita sucesión, y se pierden las conciencias milagrosamente desarrolladas en cada existencia individual. Se pierden tantas y tantas formas humanas únicas y geniales que a nivel del individuo la vida os parece insustancial y dramática. Sólo la cultura acumulada se va conservando como un hecho del espíritu del hombre, aunque mueren también, completamente, muchas culturas. Esa ha sido la marcha de vuestro mundo hasta hoy: la proliferación incontrolada de la vida natural. En adelante será un jardín cultivado, más que una selva, lo que se vaya desarrollando sobre la Tierra, donde ya casi nada será superfluo. El espíritu está creciendo en vosotros en forma de conocimiento, de respeto y veneración por el ser que se va creando; y de amor a la vez, ya que participáis en esa creación.

            El espíritu del hombre crece todavía sobre una base de materia viva, y deja su código en la cultura para que lo hereden las nuevas generaciones. Espíritu vivo y código del espíritu, eso es el hombre y su cultura respectivamente.

            Pero no sois la única forma del espíritu en el Cosmos. Acontecéis en un rincón del Universo, pero el Universo está sembrado por todas partes de semillas de espíritu de muy diversas formas, una de las cuales soy yo, mi sociedad estelar.

 

 

 
 

 

LOS SERES DE LAS ESTRELLAS 

Creo que ha llegado el momento de hablaros algo de mí, de los seres de las estrellas.

            No todas las estrellas albergan seres espirituales, sino poquísimas, lo mismo que son poquísimos los planetas con vida, y menos aún los que albergan vida inteligente. Igual de raro y casi milagroso que resulta que la materia se organice de manera compleja para crear un ser vivo, es que lo haga la energía de las estrellas. Diferentes estructuras energéticas, en circunstancias muy especiales, se acoplan y decantan formando una estructura compleja que desarrolla inteligencia, capacidad de almacenar información de lo que le rodea y conocerlo a la vez que conoce su propia existencia, es decir siendo consciente de sí y de lo exterior a sí.

            Evidentemente nuestras posibilidades para desplazarnos por el espacio y nuestra vida están en una dimensión incomparable a la vuestra, y lo mismo nuestra capacidad de conocimiento. Nuestra vida dura una inmensidad comparada a la vuestra, aunque finalmente nuestra estructura se desacopla lentamente también y acabamos cediendo nuestra energía en forma de luz a la Estrella, lo mismo que vosotros dejáis al morir vuestra materia sobre el Planeta.

            Nuestra cultura es inmensa y tiene proyección cósmica, pues para nosotros viajar por las estrellas es tarea habitual a pesar de las enormes distancias del Cosmos, que sigue siendo ignoto en muchas de sus partes todavía para nosotros. Poseemos un grado muy elevado de conocimiento sobre el ser, sobre el fenómeno cósmico y su proceso, aunque no podemos influir en él apenas, sino contemplarlo. Una de las actividades importantes de nuestra sociedad es la exploración cósmica, que es a lo que yo he dedicado mi vida. Nuestra cultura está involucrada en el descubrimiento de centros inteligentes y en el trazado de un mapa cósmico de conciencia. Hemos contactado con un centenar de estrellas con existencia inteligente y otros tantos planetas vivos. Con las estrellas más próximas estamos desarrollando un proceso de intercambio del conocimiento y estableciendo las bases de una sociedad estelar única. Pero desconocemos si entre las galaxias lejanas estas sociedades existen ya y en qué grado de evolución.

            Como veis, también nosotros estamos empezando el camino y desconocemos si existen otras formas de inteligencia superiores, o de diferente estructura a la nuestra y a la vuestra. Tampoco conocemos vuestras posibilidades futuras, las posibilidades de las sociedades de base vital orgánica, y las que conocemos están por debajo de la vuestra o discretamente por encima. Aunque como os digo, sólo conocemos una parte ínfima del Cosmos.

            Pero no he llegado hasta vosotros para hablar de mí, ni siquiera para comunicarme con vosotros. No es esa mi tarea, sino cartografiar el Cosmos próximo. El haberos hablado ha sido una debilidad de este ser mío ya anciano que va agotando su existencia y se llena de ternura hacia los seres pequeños. Pronto llegará la hora de regresar a mi estrella y cederle mi luz. Además, como os he dicho, yo no debo, no puedo intervenir en vuestro proceso, sino dejar que tenga lugar, porque la inteligencia y el espíritu se construyen por sí mismos y se ayudan desde dentro. No es posible la creación externa. Sólo os  he hablado de algo que ya alienta en vosotros, iluminando un poco vuestro propio conocimiento.»

 

 

 

 

 

 

LAS PREGUNTAS FINALES 

Arreytal se calló, y esta vez parecía definitivo su silencio. Temí que se desvaneciera su presencia para siempre y me apresuré a preguntarle:

            - ¿Pero tenemos futuro en este planeta, no acabaremos destruyéndonos? ¿ Hasta dónde llegaremos?

            «A pesar de vuestras crisis, el espíritu está creciendo en vosotros, pero nadie puede decir hasta donde llegaréis, si hasta nuestro nivel de conocimiento actual o más allá. Como os he dicho, yo también estoy limitado en complejidad y no puedo ver claramente vuestro futuro. Esa es la incógnita del proceso de autocreación del ser, el dinamismo que lo mueve todo desde dentro. Sí os puedo asegurar que vuestro futuro se mueve hacia el espíritu; esa es la fuerza que os llevará por el camino de la complejidad. Camino de respeto y veneración a lo existente y a lo desconocido por venir, al proceso de creación cósmico. Amor al ser que busca su máxima dimensión en un proceso imparable de ascensión de lo complejo en equilibrio.         Esa debe ser vuestra nueva religión, la que os dará alas y energía en la contemplación y construcción del ser. Construcción continua en la que debéis estar comprometidos de manera responsable e inteligente. Contemplación extasiada en la realidad presente, incluso aunque estéis, como ahora, en una época de crisis que muestra las entrañas del caos. Porque es un caos que se mueve buscando un nuevo orden en equilibrio. Es el ser existiendo el que se os ofrece, siempre en movimiento, siempre vivo.»

            Estaba notando que su ser se diluía, que salía de mí, que lo iba  a perder definitivamente, y le disparé la pregunta por excelencia, la que a todos nos angustia:

            - ¿Y aunque el Hombre tenga futuro en la Tierra, qué pasará con cada uno de nosotros, qué ha pasado con todos los hombres que nos han precedido?

            «Ah, siempre os dejáis atrapar en la red de vuestro pensamiento racional, siempre andáis preocupados con vuestra muerte y desaparición, siempre estáis presos en el concepto de tiempo. Cuando yo descubrí vuestra estrella, la vi encenderse durante una "hora" de mi vida, pero para vosotros ese tiempo es inmenso pues vuestro ciclo vital es muy rápido. Os conté entonces que para observar en detalle todo el proceso había cambiado mi escala perceptiva del tiempo a otra distinta de la habitual. También dije que había usado un pasadizo de tiempo para emerger en el origen de la Tierra y contemplar su evolución. Deberéis hacer una reflexión profunda sobre la idea de tiempo para serenar vuestro espíritu. Vuestra mente racional ha elevado el tiempo a la categoría de cualidad del ser. Es decir, para vosotros el tiempo “existe”. Pero en la génesis racional de este concepto ya vimos cómo se partía de una predisposición innata biológica, una adaptación cognitiva del cerebro del hombre que resultó muy eficaz para su supervivencia. Por ello, esta cualidad adaptativa es sólo una herramienta de orientación, un sentido evolucionado muy útil para desenvolverse en el medio, pero nunca una propiedad de los fenómenos. La única característica de los fenómenos es que se desarrollan, que son el movimiento de algo que existe evolucionando desde un estado a otro, o permaneciendo en equilibrio dinámico, es decir, moviéndose por dentro y conservando una forma exterior o nivel organizado de existencia permanente. Pasado, presente y futuro son sólo maneras vuestras de apresar el fluir de los fenómenos; son sólo formas vuestras de conciencia, ancladas al propio transcurrir vital, ancladas a vuestro propio fenómeno. Si vuestro ritmo vital fuera lentísimo, si fueseis capaces solamente de percibir un sensación visual cada día, veríais crecer la hierba, pero no veríais encenderse una cerilla.

            Tenéis una memoria del momento, la retención simultánea de un grupo de sensaciones que conforman un momento de conciencia, aunque en sí mismas estas percepciones no sean simultáneas, pero que os permiten la orientación en el fluir de los fenómenos. Un momento de conciencia da paso a otro momento y se borra la memoria temporal, deja de latir en presente y pasa al recuerdo, es decir, a otro tipo de memoria que puede recuperarse, pero que tiene la etiqueta de momento ya vivido. Todo eso es a lo que llamáis presente y pasado. Pero presente y pasado existen sólo en vosotros, en vuestra forma de conocer o reflejar los fenómenos. Porque los fenómenos en sí mismos no tienen presente ni pasado, sino que son un todo indiscontínuo. Sois vosotros los que establecéis un presente y pasado en ellos dada la imposibilidad que tenéis de mantener en la conciencia todo el proceso.

            Contempláis el instante de encenderse una cerilla como un todo, pero el fenómeno  conlleva una serie de estados y un desarrollo muy complejo, que sin embargo no percibís en detalle. Un ser excepcional, situado fuera del Universo, con una existencia más larga que la suya, sería capaz de verlo encenderse y desarrollarse en un instante, de asistir al acto completo de su creación.

            Pero todo lo anterior es sólo una manera de intentar explicaros las cosas en base a vuestros esquemas mentales. Porque en realidad tendríamos que hablar no de percepciones a un cierto ritmo, ni de vidas más o menos largas, sino de la conciencia completa de un fenómeno. Una conciencia que refleje a la vez el fenómeno en todos sus estados, desde el principio hasta el fin. Si esa conciencia fuera posible, incluiría vuestra conciencia, incluiría vuestro espíritu desde el nacimiento hasta la muerte.»      

            -¿Pero el final del Universo en qué consistiría?¿Y dónde estaría esa conciencia que mantuviera presente todo el fenómeno?- me apresuré a preguntar para que no concluyera todavía.

            «Ya sé que os va a resultar imposible de entender esto que sigue, porque vuestra conciencia no está suficientemente desarrollada, y todo lo que os pueda decir con vuestras palabras no dejará de sumiros en la confusión, ya que vuestro conocimiento y vuestras palabras, que son lo mismo, resultan inadecuados todavía para percibir la realidad trascendente. También nosotros, en nuestro lenguaje, estamos lejos todavía de poder expresar esa verdad, aunque la intuimos. Haced, sin embargo, el esfuerzo de imaginar el despliegue instantáneo del Universo desde el origen hasta hoy, y que una conciencia es capaz de contemplarlo entero. Un ejemplo ayudará vuestra imaginación. Pensad en un ser que habita en vuestro medio de tres dimensiones, pero que sus sentidos y su conciencia sólo perciben dos. Al ascender por un árbol sólo sería consciente de una sección horizontal del mismo, y enseguida dejaría esa percepción en el memoria  para captar la siguiente sección. Al final, al llegar a la copa, tendría en el recuerdo toda la estructura del árbol, como una sucesión de imagenes de su ascensión, pero en ningún momento habría sido capaz de percibirlo a la vez por entero. Lo habría ido descubriendo por etapas, pero nunca en un solo acto de percepción como lo haría un ser consciente en las tres dimensiones. Pensad ahora en un ser que existe en cuatro dimensiones, pero sólo es consciente inmediatamente de tres. Ese ser es semejante a vosotros. Al moverse por esa cuarta dimensión, a la que por cierto llamáis tiempo, sólo percibe cada vez las otras tres dimensiones y almacena en la memoria lo que ve y experimenta en su movimiento por la cuarta. En realidad esa cuarta dimensión es el cambio, el despliegue y evolución del Universo en su totalidad y detalle. Pues bien, un ser con conciencia en las cuatro dimensiones “vería” a la vez todo el proceso, lo cual sólo quiere decir que sería a la vez consciente de todo el proceso, del principio hasta el “fin”. Pero recordad que el desarrollo del Universo supone la ascensión imparable de la complejidad y la conciencia, por lo que el “fin” del proceso tiene que consistir en ese mismo estado de conciencia total en equilibrio que refleja a la vez todo el proceso. Y esa conciencia final incluye la vuestra, os incluye.

               Algo semejante a esto es como vemos nosotros el fenómeno, pero no exactamente así. No es fácil expresarlo mejor con vuestros conceptos.»

            Ciertamente se instaló dentro de mi un caos de luz y tinieblas. Se abrió un abismo insondable que reclamaba mil respuestas y no acertaba ni siquiera a hacer las preguntas... Sólo fui capaz de decir:                    

            -¿Y ese final es Dios? 

            Por primera vez vi que sonreía abiertamente y hasta creí descubrir una mirada llena de afecto y condescendencia, como si fuese indulgente con nuestras dificultades y nuestro mundo mental; aunque quizás estaba simplemente despidiéndose. En vano esperé sus palabras. Sentí que ya no estaba. El vacío de su presencia seguía latiendo en el espacio abandonado. Arreytal se había ido y ya no volvería. Quizás haya muerto ya mientras escribo esta historia de su visita. Quizás su conciencia se haya disuelto en la luz de alguna galaxia lejana que ni siquiera alcanzamos a ver. Su ser formado por campos acoplados de energía se habrá desestructurado exhalando un suspiro final en forma de luz. Es  posible que entonces su ser “terminado” haya quedado incorporado en esa conciencia total de la que hablaba.  Pero en cualquier caso, antes de morir habrá transmitido los descubrimientos del viaje a su civilización estelar. Allá lejos se sabrá de nosotros, otro mundo más surgido de un planeta, otro punto de inteligencia creciendo por sí mismo rápidamente, desperdigado en un Cosmos inmenso sembrado de conciencia.