HISTORIA
DE LA MADRE TIERRA
Jesús Vega Hernández
© Derechos reservados Abril de 2006
ARREYTAL
Era muy extraño, pues no tenía
tiempo de reflexionar ni de parar mi imaginación. Estaba viviendo la historia
directamente, aunque no podría describir con precisión lo que veía, salvo que
era un mundo de extraordinario colorido y realidad, y las cosas sucedían tan
deprisa que no era capaz de captar su significado. Una sucesión de imágenes
cambiantes, muy vivas, impactaban mi mente sin descanso. Finalmente se pararon
y se hizo una luz extremadamente clara y sosegada. Una imagen venerable, sin
facciones definidas, casi sólo una presencia humana intensa y sin rostro me
inundaba, y oía sus palabras lentas y profundas:
«Me llamo Arreytal y soy una forma
de conciencia, un espíritu solitario que habita en el Cosmos. Soy tan antiguo
que vosotros diríais que vivo desde siempre. Mi ritmo vital es muy lento,
lentísimo, como el paso de los siglos y los milenios. Para mí no existe el
tiempo como vosotros lo entendéis, que estáis atados al reloj biológico de
vuestro cuerpo. Yo me muevo por el tiempo con la misma agilidad que vosotros
por vuestras ciudades. Conozco sus calles y sus atajos, y sé, como vosotros,
acelerar o disminuir el ritmo de mis pasos. Soy un viajero incansable, un
peregrino de los espacios, un aventurero en busca de estrellas nuevas.
Hace muchísimos millones de años
llegué cerca de vuestra estrella, que estaba naciendo, y me paré entusiasmado a
contemplar su crecimiento. He visto nacer muchas estrellas a lo largo de mi
existencia, pero ésta me fascinó especialmente y aún sigo contemplándola.
Quizás sea porque siento que es la última, pues ya me encuentro cansado y se
acerca el tiempo en que debo regresar a mi galaxia y disolverme para siempre en
la luz de mi estrella-madre.
Por eso, a los hombres que habéis
nacido bajo esta luz os dirijo estas palabras, para que entendáis vuestra
realidad y vuestro destino, pues aunque ya empezáis a comprender las cosas, y
vuestros sabios y científicos han profundizado grandemente en todos los campos
del saber, estáis todavía muy inquietos y angustiados con vuestro porvenir y no
empezáis a imaginar siquiera el significado de todo lo que sucede. A
vosotros, humanos todavía, os dirijo estas
palabras que son vuestras, que he aprendido al veros crecer y desarrollar
durante milenios. Palabras para que me entendáis, para que lo que yo veo podáis
al menos intuir a vuestra manera, con vuestro entendimiento humano que es,
todavía, un reflejo de vuestro cuerpo y del pequeño espacio alrededor, y al que
se le escapan muchas dimensiones de la existencia.
Para vosotros, y en vuestro honor,
me he puesto un nombre: Arreytal. En vuestro honor y en honor de esta última
aventura que, como siempre, es mi vida y me invade por completo».
Hizo una pausa muy profunda, que
estaba preñada de la infinita y silenciosa nostalgia de un viajero milenario,
como lo está la oscuridad de la noche cósmica abandonada por miríadas de
estrellas que nos miran en soledad desde la lejanía; como lo está el viento congelado
de las distancias sin límite, que silba callado por todo el Universo, o el
lejano rayo de luz que viaja todavía por los espacios interminables después que
su estrella ha muerto.
Pero luego volvió a iluminarse su
voz al calor de los recuerdos, y poco a poco sus palabras comenzaron a tomar
una dimensión nueva, un sonido que se fundía en imágenes dentro de mí, como si
me estuviera haciendo ver directamente lo que él había visto. Su rostro etéreo
acabó difuminándose y, extrañamente, lo sentía sobre mí, sobre mi rostro, igual
que si se hubiera confundido conmigo.
«Explorando el Universo, había
llegado a las proximidades de vuestra hermosa galaxia espiral, que refulgía
solitaria en la oscura noche cósmica, alejada enormemente de las galaxias más
próximas. La espiral brillaba deslumbrante, como una gigantesca rueda de fuegos
artificiales, aparentemente estática y silenciosa. Sólo latía el fulgor de sus
miríadas de estrellas.
Según me iba acercando, puede
contemplar la enorme masa roja de su viejo corazón ardiente, y sus azulados
brazos que eran como ríos desparramados de estrellas que inundaban el negro
vacío. Cuanto más me acercaba, la inmensa masa de estrellas se iba haciendo más
dispersa, más desgranada y tenue, de la misma manera que la masa entera de una
nube a lo lejos se disipa y disgrega a medida que nos aproximamos. Y entonces,
en el borde de uno de los brazos, vi encenderse vuestra estrella. Vivamente
animado, me dirigí hacia ella y descansé en sus proximidades, dispuesto a
contemplar su evolución.
Era una estrella discreta de tamaño,
de intensa luz y bastante solitaria. Por la forma de encenderse pensé que en la
condensación de la estrella podía haber quedado asociado algún planeta girando
alrededor, aunque de momento no veía ninguno. Me alejé buscando órbitas lejanas
y por fin divisé a lo lejos un punto iluminado. Resultó ser un enorme planeta
de aspecto gaseoso. Densas nubes evolucionaban en franjas abarcando toda la
superficie. A su alrededor pude localizar, también muy alejados, un buen número
de satélites de diferentes formas y tamaños. El planeta parecía a su vez una
estrella que no llegó a encenderse, con su corte de planetas girando alrededor.
En una órbita todavía más lejana
conseguí localizar otro planeta gigante, rodeado de un bello y delicado anillo
en disco, perfectamente trazado; al acercarme comprobé que el disco estaba
formado por una inmensidad de trozos y partículas de hielo. El planeta era de
aspecto gaseoso, similar al anterior.
Más allá fueron apareciendo otros
planetas, todavía de considerables dimensiones, pero muy fríos e inhóspitos
debido a la lejanía de la estrella. Toda aquella ingente cantidad de masa se
veía abandonada en la distancia, asociada en su giro lento a la única presencia
existente en el espacio alrededor: vuestra estrella.
Me acerqué hacia ella y apareció un
pequeño y bello planeta de color rojo. Tenía una ligera atmósfera transparente
y dos casquetes blancos y congelados. La superficie se veía desolada, aunque
surcada por antiguos cauces secos de gigantescos ríos. Destacaba un altísimo
volcán apagado.
Continué
mi aproximación y un bello espectáculo se fue abriendo ante mi vista: un
hermoso planeta azul, de atmósfera transparente cubierta en algunas zonas por
copos de nubes blancas. Sobre la superficie, enormes extensiones de agua
cubrían la mayor parte del planeta. En las partes emergidas se veían zonas
verdes surcadas por ríos, que alternaban con otras de elevadas cumbres
montañosas.
No había ninguna duda: ¡allí había
crecido la vida! Por fin había encontrado otro sistema estelar vivo, otro
rebrote quizás de conciencia en el inmenso y esparcido Universo. Porque así es
el Universo ahora, un vastísimo espacio oscuro donde centellean magníficas
estrellas, tan separadas que hasta yo, que puedo moverme por él a velocidades
que escapan a vuestro entendimiento, y que tengo una vida cuya duración es tan
incomprensible para vosotros como mi propia naturaleza, encuentro a veces
desalentador el explorar sus caminos y me resulta difícil descubrir sus oasis
de vida.
Continué acercándome a la estrella,
que hacía patente ya su caliente proximidad, y fueron apareciendo otros dos
pequeños planetas: uno de asfixiante y densa atmósfera, y otro desolado y
desnudo, abrasado por la estrella. Ambos estaban demasiado cerca del fuego para
poder desarrollar vida. Porque la vida se genera al calor de la estrella, que
es la energía madre, la fuerza primordial que da origen y mantiene la vida en
el Universo, pero cuando este calor lo recibe en una discreta medida. Sólo la
materia que se encuentra a la distancia adecuada -sobre el planeta adecuado-
para recibir el calor preciso que le permita organizarse, acaba desarrollando
el especial dinamismo que es la vida. La materia demasiado caliente se agita en
turbulento caos y la demasiado fría permanece inerte.
Todo indicaba que el planeta azul
era el único apropiado en vuestra estrella para el desarrollo de la vida. Y
allí estaba ella, la vida, en aquel hermoso color verde que se extendía por
amplias zonas, y seguramente bajo aquellas inmensas extensiones de agua que
casi cubrían el planeta.
Emocionado, me dispuse a contemplar
en una escala de tiempo lento, detalle por detalle, toda la evolución de
vuestro planeta desde el instante mismo del nacimiento de la estrella. Me
introduje por el pasadizo de tiempo más próximo de vuestra galaxia y volví a
emerger en el origen de vuestra historia.
EL ORIGEN
Las masas separadas que quedaron
girando alrededor del núcleo no tenían la suficiente cantidad de materia para
provocar una condensación tan energética, y aunque se calentaron por efecto de
la compresión de la materia no llegaron a encenderse como la estrella. Quedaron
conformadas simplemente como planetas incandescentes.
Ya sé que es muy difícil para
vosotros entender esta singular fuerza de atracción entre la materia, la fuerza
gravitatoria como vosotros la llamáis porque así os lo han enseñado desde
niños. Realmente sólo sois capaces de entender claramente aquellos fenómenos
que habéis podido observar en vuestro mundo, aquello que forma parte de vuestra
experiencia directa. Porque para vosotros "entender" una cosa o
fenómeno nuevo es saber que está compuesto de una serie de cosas o fenómenos
que conocéis de antes y que se han relacionado de una manera diferente. Así
sois capaces de entender cómo funciona uno de vuestros vehículos, pues conocéis
cada una de sus partes y comportamientos, y cómo se han organizado para
producir un efecto resultante nuevo, que antes no se podía observar. A fin de
cuentas estáis manejando cosas de vuestro mundo.
Sin embargo, cuando tratáis de
explicaros cosas cuya dimensión trasciende la escala de vuestra observación
directa, empezáis a tener dificultades. Afortunadamente, vuestros sabios de todos
los tiempos idearon experimentos para comprobar la existencia de determinados
fenómenos que normalmente pasan desapercibidos en la experiencia cotidiana, y
así fueron ampliando el campo de vuestros conocimientos y de vuestras
"realidades". Alguno de ellos comprobó
que suspendiendo una pequeña esfera al lado de otra de gran masa, la pequeña se
acercaba a la grande de manera imperceptible a simple vista, pero detectable
por medio de un espejo fijado a la primera, que reflejaba un rayo a distancia
cuya imagen desplazada ya era observable. Así verificaron que la materia tendía
a unirse entre sí. Para que todo el mundo pudiera hacerse una idea de ese
fenómeno, lo atribuyeron a la existencia de un esfuerzo de la materia por
unirse, y además dejaron establecidas
las medidas y magnitudes que describían la amplitud del fenómeno, para
poder así determinarlo exactamente y poder hacer cálculos prácticos a
posteriori. Además llegaron a la conclusión de que, puesto que vuestro planeta
era una gran masa, este fenómeno de atracción entre las masas es lo que hacía
que los cuerpos cayeran hacia el suelo.
En un principio bastó a vuestros
científicos el echar mano de las imágenes y conceptos habituales de vuestra
experiencia habitual para describir y manejar los diferentes fenómenos
observables. Así pudisteis "entender" la realidad que os rodeaba. Pero al ir mejorando los instrumentos de observación,
y llegar vuestra mirada más dentro de la materia y más lejos en el firmamento,
empezasteis a ver cosas que ya no se podían explicar de aquella manera tan
palpable, que ya no se podían entender ni representar en base a vuestra
experiencia humana. Pronto la ciencia de los números y de la geometría,
invenciones vuestras para medir y manejar el mundo, se fue haciendo más
complicada y separándose del mundo vivido. Sus procedimientos se apoyaban
también en el sentido común, en relaciones aceptadas y comprobadas por todos,
en la lógica como vosotros decís. Por ello, confiados, empezasteis a navegar
dentro de vuestras teorías matemáticas, apoyándoos de unos principios en otros
y no necesitando ya, para "entender" o creer en un resultado, la
interpretación naturalista del mismo. Así fuisteis tejiendo diferentes
"teorías" para interpretar una realidad que ya no era directamente
observable más que por la experimentación sofisticada o por la observación
excepcional. Hicisteis, no obstante, un esfuerzo por encontrar símiles
naturalistas que pudieran acercar a la gente común estos nuevos fenómenos y
"realidades", que sin embargo se veían incapaces para entenderlos en
muchos casos.
Y en efecto, os resulta difícil entender
"vitalmente", con vuestros sentidos, estas cosas que exceden vuestra
dimensión. ¿Cómo podrías "sentir" imaginariamente que una inmensa
masa de gas se condensó y compactó para formar vuestra estrella y sus planetas,
si hasta sentir la redondez del vuestro es una experiencia que no os fue
posible hasta que lo fotografiasteis desde el espacio? Y sin embargo ya lo
sabías, pues determinadas señales y observaciones apuntaban a ello. Pero no
dejaba de ser una certidumbre teórica. Cuando de verdad "vivisteis"
esa realidad fue al verla.
Os queda una infinidad de cosas que
saber del Universo. Y cada vez todo se irá alejando más de vuestros sentidos.
La parte de Universo que veis a simple vista no es mayor que el tamaño de una
hoja en un bosque. ¿Cómo podrías entender la totalidad sólo con vuestra mirada
o con la mirada de vuestra imaginación? Pero toda la realidad está latiendo
ante vosotros, aunque estáis alejados de ella por vuestros propios sentidos.
Y sin embargo, ¿no sois parte también de ese Universo? Y
además parte consciente, llamada a conocerlo por entero. Pero no debéis
esforzaros en mirar con los ojos, ni siquiera con la imaginación, nacidos ambos
para moveros sobre el Planeta. Igual que una de vuestras células o átomos es
semejante a todas las demás, una estrella cualquiera es semejante a todas las
estrellas; pero lo mismo que la realidad del cuerpo no se descubre mirando
desde un átomo, no descubriréis la realidad del Universo mirando desde una
estrella hacia todas las estrellas. Porque el Universo está en otra dimensión
superior a la vuestra, que a fin de cuentas es la del espacio terrestre
alrededor, directamente conocido por vosotros. Y no obstante, disponéis de otra clase de conocimiento que
vosotros llamáis espiritual, aunque no sabéis utilizarlo para "entender
espiritualmente" el Universo. Pero aún es pronto en mi relato para poderos
mostrar algo de esta realidad. Llegará el momento cuando hayáis descubierto el
mensaje que encierra vuestra historia. Por ello es inexcusable seguir ahora con
ella punto por punto.
LA TIERRA
Me dirigí entonces al vuestro, la
Tierra, como vosotros le llamáis, que estaba todavía incandescente y sobre su
superficie pastosa empezaban a aparecer costras y escorias. El planeta estaba
acompañado por un hermoso satélite, relativamente grande.
Al irse enfriando paulatinamente la
superficie, se consolidó una delgada corteza sólida, troceada en placas. Muy
poco después, sobrevino en todo el sistema
una intensa lluvia de corpúsculos de materia, restos de la condensación
de la nebulosa inicial, que bombardearon a todos los planetas y satélites
dejándolos cubiertos de innumerables cráteres de impacto. En algunos este
aspecto se conservó invariable, como en vuestro satélite. En otros, como en la
Tierra, la dinámica de su superficie borraría estas huellas. Una parte de
aquellos fragmentos de materia se escaparon de las colisiones y quedaron
orbitando alrededor de la estrella, entre las órbitas de dos planetas.
La débil corteza de la Tierra siguió enfriándose, pero el
interior continuaba bullendo y las fuerzas y tensiones que se producían por
efecto del movimiento combinado de todo el sistema hacían que la corteza
crujiera y derramara por sus grietas lavas incandescentes y abundantes nubes de
gases y vapores.
Se
fue formando así, por encima de la corteza, una atmósfera de gases primigenios,
entre los que estaba el vapor de agua. Y según continuaba enfriándose la
superficie, el vapor de agua y los gases comenzaron a condensarse en forma de
lluvia que caía profusamente y acabó cubriendo grandes extensiones de la
Tierra.
Al formarse la Tierra de un grumo
periférico de la nebulosa inicial, convertido en remolino de condensación,
continuó girando sobre sí misma una vez consolidada.
Así se originó el día y la noche en el Planeta, según estuviera en su giro de
cara al Sol -como llamáis a vuestra estrella- o de espaldas a él.
Los planetas, al ser casi esféricos,
reciben la luz de la estrella con distinta inclinación en cada una de sus partes.
Las partes que la reciben más frontalmente están más calientes que las que la
reciben sesgada. Si la Tierra hubiera quedado girando sobre sí misma en el
mismo plano en el que a la vez gira alrededor del Sol, una parte cualquiera de
su superficie recibiría siempre la luz con la misma inclinación, y tendría
siempre la misma temperatura a lo largo de su trayectoria alrededor de la
estrella -a lo largo del año-. Y así sucede, en efecto, en muchos planetas.
Pero la Tierra quedó, sin embargo, girando en un plano algo inclinado, por lo
que un mismo lugar de la superficie recibe la luz más perpendicularmente en
unos tramos de la trayectoria que en otros. Así quedaron configuradas las
estaciones, el frío y el calor cambiantes a lo largo del año.
Noche y día, verano e invierno, frío
y calor, desigualdades térmicas sobre la superficie de la Tierra y por tanto
sobre la atmósfera. Desigualdades físicas de la superficie, zonas altas y
bajas, agua y tierra, cada una a distintas temperaturas. El aire caliente se
vuelve ligero y asciende, dejando un hueco que es ocupado por el aire más frío
y pesado, que desciende. Esa es la dinámica de vuestra atmósfera, que mueve
grandes masas de aire sobre el Planeta. Es el mecanismo de los vientos que no
cesa.
El agua del inmenso mar se evapora
en las zonas más cálidas y forma nubes que son desplazadas por los vientos. Al
llegar a zonas frías se condensa y precipita en forma de lluvia que corre por
la tierra y vuelve al mar. Es el mecanismo del agua que siempre se repite.
Todos estos efectos se empezaban a
producir en aquel momento de vuestra historia geológica que yo contemplaba. La
Tierra era entonces un planeta inhóspito, en el que la radiación del Sol caía
con rigor, pues los gases de aquella atmósfera inicial no eran capaces de frenar
los rayos más dañinos.
Violentas tormentas y relámpagos recorrían el Planeta, agitando las aguas; los vientos eran huracanados y arrasadores. La intensa lluvia formaba ríos caudalosos que surcaban las tierras emergidas y las desgastaban, arrastrando sus materiales hacia el mar. La compleja maquinaria de la Naturaleza y todos sus mecanismos se habían puesto en marcha.
APARICIÓN DE LA VIDA
Desde los sencillos gases primitivos
hasta las moléculas orgánicas, la materia anduvo un camino que ya existía como
posibilidad en las moléculas sencillas. La química no es más que la realización
de una posibilidad que ya existe en la materia. Sólo es preciso poner juntos
los elementos que se van a combinar y que las condiciones ambientales sean
apropiadas. El mar primitivo era un caldo de moléculas orgánicas que se
extendía por todas partes, y en muchas de estas partes se daban las condiciones
favorables para producirse reacciones complejas. Y se produjeron, siguiendo la
tendencia natural de la materia, lo mismo que vuestra estrella y los planetas
se organizaron a partir de la nebulosa primitiva cuando tuvo lugar un suceso
favorable. Pero tanto en un caso como en otro podían no haberse dado estas
condiciones, y seguir la nebulosa siendo nebulosa y los gases primitivos siendo
simples gases atmosféricos. Hubiese bastado que la Tierra estuviera algo más
cerca del Sol y su temperatura fuera mayor para que el vapor de agua no se
hubiese condensado, permaneciendo en la atmósfera. No hubiera existido entonces
el mar ni se hubieran podido alcanzar grandes concentraciones de materia
compleja protegida bajo sus aguas. Hubiera bastado que cualquier otra condición
no se hubiese producido para que los compuestos orgánicos no hubiesen
prosperado, como ha sucedido y sucederá en otros planetas.
El mar primitivo era un medio
poblado por moléculas orgánicas de todo tipo, sencillas y muy complejas. Fue
preciso ese medio tan extenso, esa enorme acumulación de materia orgánica y la
disponibilidad de periodos de tiempo inmensos en esas condiciones para que se
fuera produciendo una gran variedad de compuestos. Las moléculas complejas se
formaban al reaccionar entre sí otras más sencillas, pero tenían una vida
determinada, duraban un cierto tiempo, y luego volvían a descomponerse en sus
partes. Pero una nueva reacción volvía a crear otra
vez la molécula compleja cuando la cantidad de las sencillas aumentaba. Y así
se alcanzaba un equilibrio entre las cantidades existentes de moléculas
sencillas y complejas.
Algunas moléculas
complejas, formadas por largas cadenas de átomos, tenían la cualidad de
doblarse, de retorcerse, adhiriéndose o soldándose a sí mismas, con lo que se
reforzaba su estructura y la probabilidad de desintegrarse nuevamente era
menor. Eran moléculas de una vida más larga. Pronto empezaron a acumularse este
tipo de moléculas frente a otras más inestables que iban siendo desplazadas, al
acaparar las primeras los compuestos elementales para su formación. La proliferación de variedades y la aparición de
moléculas cada vez más complejas dio lugar a la formación de marañas o
enjambres.
Estos grumos estaban formados por diversas sustancias y, a veces,
alguna de ellas se disponía en forma de
capa o película envolvente exterior que dotaba al grumo de mayor estabilidad.
Eran unas configuraciones caprichosas, que inicialmente no tenían más sentido
que una forma más farragosa de existir la complejidad. Eran unos agregados de
materia, unas microgotas orgánicas dotadas de una especie de membrana que las
aislaba del exterior. Algunas de estas membranas filtraban determinadas
sustancias, entre ellas las que servían para sintetizar las moléculas complejas
de la gota: dejaban pasar el "alimento". Así la microgota consiguió durar
formada más tiempo que la propia vida de las moléculas internas, pues aunque
alguna de estas iba desintegrándose, se formaba otra nueva en el interior,
manteniendo la estructura de la gota. Aunque el número de moléculas complejas
totales en el medio seguía siendo el mismo, cada vez se veían más microgotas,
ya que cuando se formaba una, permanecía.
Algunas microgotas,
después de crecer durante un tiempo, se rompían, no adaptándose el crecimiento
de la membrana al de la microgota. Se deshacía la estructura y se dispersaban
las moléculas complejas por el medio. En otros casos más favorables, la
microgota entera, con su membrana, se dividía de manera adecuada dando lugar a dos microgotas,
que iniciaban así su vida independiente y su crecimiento.
Las
microgotas más eficaces en realizar este proceso prolongaron su existencia en
el medio, acumulándose y desplazando a
las otras, que cada vez encontraban más dificultades para subsistir.
Pero la división de las microgotas
era al azar, producida por fenómenos físicos, y la composición de las
microgotas hijas no era idéntica; algunas no estaban bien dotadas para
sobrevivir. La acumulación de las microgotas
era pues un proceso lento, pero milenio tras milenio los océanos se fueron
poblando de estos "seres" orgánicos, de estos grumos organizados de
materia compleja.
El escenario de la Tierra en
aquellos tiempos estaba formado por un mar poco profundo que cubría casi todo
el Planeta, encharcando extensas áreas
superficiales. La tierra firme que afloraba estaba completamente desierta:
rocas, tierra, arenas, fangos. Y en determinadas zonas de los mares, por todo
el Planeta, las aguas estaban pobladas de diminutas microesferas. En cualquier
gota de agua podían verse una buena cantidad de ellas. El medio marino inicial,
que había sido un caldo de materia compleja homogéneo en el que las diferentes
moléculas orgánicas arrastradas por los ríos se habían acumulado y flotaban
esparcidas por doquier, después de muchos millones de años se veía poblado
además por abundantes nódulos de materia, por esférulas diminutas donde se
concentraba la materia más compleja.
Y os preguntaréis qué significado
tenia aquello, para qué servían aquellas gotículas de materia orgánica
amontonada, que en apariencia no eran más que grumos mucilaginosos. Pensaréis
que sólo se trataba de una forma curiosa de disponerse la materia compleja que
ya existía antes; que eran forma sólo.»
Arreytal
se detuvo, dentro de mí, en su larga disertación y se quedó callado, pensativo
unos instantes, como midiendo sus próximas reflexiones, como si fuera a
desvelar algo realmente importante.
«Los nuevos “individuos”
evolucionados, las microesferas, se habían formado espontáneamente a partir de
los “individuos” antiguos, las moléculas complejas, y sobrevivían a ellas, como
os he dicho, ya que la nueva estructura se renovaba continuamente gracias a la
síntesis interna de sus elementos; y además se reproducían en alguna medida al
romperse debido al crecimiento, dando lugar a dos nuevas microgotas más o menos
semejantes. La microgota se insinuaba así como un siguiente paso de
configuración espontánea de lo complejo, con vocación de permanencia. En la
aparente simplicidad del proceso de su formación se ocultaba un gran
significado, una nueva función que emergía con naturalidad de este pequeño paso
dado por la Naturaleza. Se había formado un micromedio separado y distinto del
medio marino global. Un micromedio que albergaba una gran concentración de
materia compleja y en el que tenían lugar de manera más eficaz las reacciones
de síntesis de dicha materia. Se había creado un laboratorio de complejidad,
una fábrica que en adelante sería la responsable de formación de toda la
materia más evolucionada. Y esas fábricas, con forma de microesfera, aparecían
dispersas por doquier. Estos individuos-fábrica se alimentaban de los
compuestos más simples que pululaban todavía en grandes cantidades por los
mares, filtrándolos a través de sus membranas, alimentándose, creando su propia
materia, creciendo y dividiéndose, esto es, perdurando, manteniendo su función
a lo largo del tiempo, que es lo verdaderamente importante y significativo.
Mueren los individuos elementales, moría -se dividía- la propia microesfera,
pero la función se transmitía a las hijas. Podrías pensar que lo importante, lo
significativo, no es el individuo sino la función que desarrolla, y que el
significado propio del individuo consiste en ser soporte temporal de esa
función hasta que la transmite.
Creo que ya empezáis a ver aquí, en
los primeros pasos que da la Naturaleza hacia el camino de la vida, la trama
que regirá los designios de la existencia, desde la molécula orgánica inicial
hasta vosotros. Y tal vez esto, en lo que os atañe, os puede llenar de
desconsuelo, del sentimiento de ser meros esclavos del gigantesco e ineludible
mecanismo de la existencia. Pero ya desde aquel momento, desde aquel punto de
la incipiente evolución del Planeta en que se iban seleccionando y perduraban
sólo algunos tipos de microesferas más eficaces, podéis contemplar también que
la Naturaleza procede en exceso siempre, que es infinitamente generosa y aunque
sus fines parecen apuntar en una dirección concreta, regala por añadidura la
existencia a infinidad de seres y formas que acompañan a los elegidos en el
camino de la complejidad.
Pero me doy cuenta que os estoy
hablando con vuestros propios sentimientos, que me estoy contagiando de vuestra
"humanidad". Lo que os he contado últimamente es la manera cómo uno
cualquiera de vosotros vería las cosas, atribuyendo a la Naturaleza intenciones
humanas, propósitos, proyectos, sentido. Pero estas cualidades sólo
existirán en el Planeta a partir de
vosotros, los humanos. Hasta vosotros, las cosas sucederán en sí mismas, de la
manera que pueden suceder, de todas las maneras que pueden suceder. Y seguirán
adelante, de manera natural, sólo las más apropiadas, igual que cuando se
enciende un fuego en el bosque las llamas no se propagan siempre en todas las
direcciones, sino finalmente hacia donde hay más vegetación y en la dirección
en la que sopla el viento. Y el fuego es la complejidad, que se propaga y crece
en la dirección más favorable.
Y
todavía alguno se preguntará por qué siempre las cosas tienen que seguir
adelante, por qué la Naturaleza tiene que volverse cada vez más y más compleja;
por qué no puede pararse ese gigantesco mecanismo y quedarse el Planeta, por
ejemplo, en aquel estado inicial de las microesferas para siempre. Y yo le
contesto que porque el Planeta, y todas las cosas, están en incesante
movimiento y sucede de todo, igual que en el bosque hay luz, sombra, frío,
calor, día, noche, y alguna vez hay tormenta y salta allí el rayo, y prende el
fuego.»
Dichas
estas palabras pareció quedar aliviado, como si hubiera cumplido una parte
importante de sus propósitos, como si hubiese desvelado el primero y más básico
de sus mensajes. Pero pronto reanudó su discurso.
«Pasó mucho tiempo, y la materia evolucionada en
microgotas seguía cambiando lentamente y por tanto se iban seleccionando las
configuraciones mejores para perdurar. Mil millones de años, incomprensibles
para vosotros que contempláis vuestra historia en siglos y milenios, fueron
necesarios para que apareciera un individuo más evolucionado que las
microesferas, muy semejante a ellas, pero que incluía en su interior, junto a
las otras sustancias complejas dispersas, unas moléculas especiales que
influían de manera precisa en todas las reacciones que se producían allí. De
tal manera actuaba aquella sustancia que se formaban sistemáticamente las
mismas moléculas complejas. Actuaba realmente como un plan de producción
ordenado minuciosamente, que contenía todas las instrucciones de los diferentes
procesos químicos a realizar. Esta información estaba contenida en la propia
forma de su molécula, y además, cuando la microgota se dividía, esta sustancia
que contenía la clave de la estructura de aquel individuo tan especifico, lo
hacía duplicándose exactamente, con lo que las dos gotas hijas desarrollaban
una estructura idéntica, que a su vez
transmitirían a las sucesivas generaciones.
Había algo más en aquellas microgotas nuevas que las
diferenciaba de las primitivas, y eran unas moléculas que aportaban energía en
las reacciones de síntesis. Algunas de las reacciones en la molécula eran de
combustión, productoras de energía, y aquellas moléculas especiales la
almacenaban en su estructura, para liberarla en el momento y lugar oportuno
donde se producían las reacciones de síntesis de la materia de la célula, dando
lugar a una alta eficacia y rapidez en estos procesos. Actuaban como una
especie de baterías celulares, alternando periodos de carga y descarga.
Gracias a estos dos mecanismos
nuevos, las primitivas microgotas se habían convertido en individuos
específicos, en células con señas de identidad, que se reproducían a sí mismas
de manera idéntica y con gran eficacia. Había aparecido algo nuevo y muy
significativo, el "individuo" por excelencia, el individuo vivo, es
decir, el individuo que se automantenía y se autogeneraba sin modificaciones.
Era una garantía de supervivencia de estos seres tan selectivos. Hasta aquel
momento, las microgotas cambiaban al dividirse, y eso hacía insegura la
pervivencia de las líneas sucesorias.
Quizás os podrá parecer inverosímil
que estos dos mecanismos tan especiales puedan haberse desarrollado de manera
espontánea a lo largo del tiempo, y la verdad es que requirieron una inmensidad
de tiempo para aparecer por primera vez. Pero además es que los mecanismos de
todo tipo se forman en abundancia en la naturaleza. Son la forma que tiene la
materia de organizarse espontáneamente en estructuras estables de larga
duración.
Un
mecanismo era ya la microesfera primitiva, un mecanismo que funcionaba de
manera natural en un medio cargado de sustancias orgánicas elementales, de
alimento. Realmente la microesfera actuaba como un succionador de alimento,
como una bomba que introducía incesantemente el alimento dentro de su laboratorio químico especializado en producir
materia compleja. Al formar un micromedio separado, y agotarse dentro de él los
componentes básicos, la diferencia de concentración de los mismos fuera y
dentro inducía un flujo constante del alimento y mantenía la continuidad de las
reacciones de síntesis de materia compleja. Era, sin duda una fábrica eficaz, y
se había formado espontáneamente de manera bien sencilla.
Pero es que una simple reacción
química, en un medio donde coexisten los componentes y el producto, es ya un
mecanismo que mantiene invariables las proporciones de todas las partes en unas
condiciones determinadas del medio. Y ello se debe a ese proceso dinámico en
que se está continuamente creando y deshaciendo el producto.
Incluso
la materia inerte tiende a organizarse en mecanismos, en estructuras dinámicas
que utilizan la energía del medio. La incesante rotación de los planetas
alrededor de su estrella no es más que una forma de organizarse dinámicamente
la materia excedente en la formación de la estrella, y todo el Universo
agrupado en Galaxias de diferentes formas y tamaños, que giran y se expanden de
una manera concreta, no es más que otra forma de organización de la materia,
inicialmente concentrada y dinamizada por
la formidable explosión generadora del Universo.
Y la propia dinámica de vuestra
atmósfera y del clima, que produce de manera incansable alternancias de frío y
calor, lluvias y sequía, vientos y calmas, no son más que otros mecanismos que
actúan incesantemente, generados con espontaneidad por la diferente
distribución de la energía solar sobre la superficie curva de vuestro planeta,
como ya os conté. Una condición tan simple como la inclinación del eje del
Planeta en su órbita respecto a la Estrella induce los cambios climáticos
estacionales bajo los que trascurren vuestras vidas, y es la causa de que el
Planeta se tiña siempre de verde vida al llegar las primaveras.
La
materia y la energía coexisten necesariamente, y con frecuencia se organizan en
mecanismos dinámicos que se mantienen bajo determinadas condiciones del medio.
Cuantas más posibilidades de asociación, cuantos más grados de libertad tienen
las cosas, más facilidad tienen para organizarse en mecanismos. Y la materia
compleja, la materia orgánica, con tantas posibilidades de interacción química
y física ¿cómo no habría de autoorganizarse en mecanismos al cabo de tiempos
larguísimos, sometida al constante dinamismo del medio?
Las
células primitivas eran unos seres muy estables, ya que su organización se
conservaba y sólo pequeños cambios que se producían al azar en la sustancia
reproductora, por efecto de radiación ultravioleta o al dividirse, alteraban la
información contenida en sus moléculas genéticas y, en consecuencia, los
procesos de síntesis correspondientes. Muchos de estos cambios o errores
genéticos eran perjudiciales y deterioraban la célula, pero algunos resultaron
positivos produciendo características
ventajosas en el individuo, y con el transcurso del tiempo las líneas
sucesorias más eficaces se fueron acumulando sobre las demás. Pero este
mecanismo de evolución era muy lento y pasaron otros mil millones de años en
que las células primitivas, sin cambiar en esencia su nivel de complejidad,
dieron lugar a gran variedad de individuos.
La forma esférica ya no era la
única: había individuos alargados, en forma de bastón, en forma de coma, en
espiral. Incluso, por primera vez, se veían algunos que habían desarrollado
unos mecanismos especiales que les dotaban de movilidad: eran unos orgánulos o colas en forma de látigo que
se agitaban incesantemente. Mirándolos en detalle se podía ver que eran remedos
primitivos de una hélice propulsada por un motor eléctrico. En efecto, el
flagelo u órgano propulsor estaba formado por un paquete de fibrillas
semirrígidas anclado en la membrana celular. Por la membrana circulaban
incesantemente cargas eléctricas producidas en los procesos metabólicos de la
célula. Estas cargas accionaban la terminación del flagelo, que tenía una
estructura similar a un rótor y giraba impulsado por ellas. El anclaje se veía
tan evolucionado que incluía una especie de cojinete para la transmisión eficaz
del giro. El flagelo, así impulsado, giraba a la manera de una hélice
longitudinal flexible, propulsando a la célula. El movimiento no era selectivo,
simplemente proporcionaba movilidad errática a la célula, facilitando el
encuentro con el alimento.
Pero
lo más curioso es que se veían, en gran abundancia, unas células especiales que contenían un pigmento verdiazul,
indicador de que absorbía gran parte del espectro luminoso. Era una sustancia
capaz de realizar la síntesis de los compuestos celulares utilizando
simplemente el agua y el anhídrido carbónico disueltos en ella, empleando la
luz como fuente de energía. Ya no era preciso disponer de alimento orgánico
para crecer. Y había proliferado ya tanto la vida que el alimento empezaba a
escasear y la competencia era fuerte. Estos nuevos individuos escaparon así a
la lucha por el alimento y prosperaron sin competencia, acumulándose en grandes
cantidades. Las reservas de agua y luz no tenían fin y las células verdiazules
comenzaron a descomponer el agua de los mares, aprovechando para sí el
hidrógeno y dejando libre el oxígeno, que disuelto en el agua fue saturándola
poco a poco, hasta escapar a la atmósfera, que también fue enriqueciéndose en
este gas.
Estas células primitivas habían dado
un gran salto en la economía de subsistencia, pues resumían en ellas, y lo
hacían innecesario, todo el proceso de elaboración de los componentes orgánicos
o alimento llevado a cabo exclusivamente en la superficie de la tierra por
reacción de los gases de la atmósfera primitiva y la radiación ultravioleta, en
un complicado mecanismo que incluía diferentes procesos y circunstancias, y
finalmente el arrastre y acumulación en los mares. Estas células
providenciales, a partir de sólo dos compuestos químicos sencillos (agua y
anhídrido carbónico disuelto en ella), eran capaces de realizar la síntesis de
la materia compleja, crecer y multiplicarse.
Y efectivamente fueron
providenciales. De no haber aparecido, la vida hubiese detenido su expansión, y
quizás se hubiese terminado al consumirse las reservas de alimento orgánico
depositadas en los mares; alimento que transcurridas las tumultuosas etapas
iniciales de la tierra dejó de producirse. ¿Pero por qué no habrían de
generarse estas maravillosas células, si ello era posible y se dispuso del
tiempo necesario para ensayar su formación?
Sin embargo, el oxígeno disuelto en
el agua era nocivo para las células existentes, que eran destruidas por
oxidación. Se produjo entonces un verdadero desastre ambiental, en el que las
células morían incesantemente a lo largo de los grandes periodos de tiempo en
que la concentración de oxígeno en las aguas iba creciendo. Fue una batalla
dramática en la que la proliferación de las cedulas clorofílicas iba
aniquilando las poblaciones primitivas. Hasta que aparecieron, por los mismos
mecanismos de cambio accidental y adaptación al nuevo ambiente, unas células
capaces no sólo de resistir al oxígeno sino además de utilizarlo como fuente de
energía en sus procesos metabólicos. Oxidaban internamente determinados
compuestos y producían energía para el resto de sus reaccione metabólicas. La
vida surgía en otra forma, adaptada al nuevo ambiente y curiosamente potenciada
en eficacia con el nuevo mecanismo de obtención de energía. Habían nacido, por
así decirlo, los seres que respiraban oxígeno, que acabarían imponiéndose como
forma de vida en equilibrio con los seres generadores del mismo: los vegetales.
Los primitivos seres que utilizaban exclusivamente la materia orgánica como
alimento y no soportaban el oxígeno quedarían relegados a determinados
ambientes carentes del mismo. La configuración básica de las principales
categorías de seres vivos que hoy existen en vuestro planeta se produjo
entonces: seres que producían directamente la materia orgánica y seres que la
consumían.
Habían transcurrido tres mil
millones de vuestros años hasta este momento, las dos terceras partes de
vuestra historia planetaria. Y aparentemente poco había sucedido hasta
entonces; a simple vista, a la vista de vuestros ojos orgánicos, nada había
pasado y ningún ser existía todavía. Y sin embargo en las aguas pululaban
abundantes seres microscópicos que portaban la vida, la capacidad de
automantenerse y reproducir su estructura hacia el futuro.
Y
sobre el mismo modelo de ser siguió trabajando incesante el mecanismo natural
de la complejidad: variaciones accidentales en los individuos que a veces
producían características ventajosas que les proporcionaban mayor estabilidad,
más larga vida, mejor adaptación al ambiente. Y por eso mismo se iban
acumulando lentamente a lo largo del tiempo, mientras que los otros morían con
más facilidad y decrecía su población.
Paso
a paso, fueron evolucionando mecanismos más eficaces dentro de la célula,
creciendo constantemente en complejidad. Muchas veces, la Naturaleza consiguió
atajos evolutivos incorporando, al alimentarse, a otros seres más elementales
pero especializados en alguna función, que en lugar de metabolizarse se
quedaron integrados en el cuerpo celular, formando una especie de órgano
cooperativo al funcionamiento de la célula. Con el tiempo estos orgánulos
quedarían definitivamente incorporados a la estructura celular con su función
propia.
No os cansaré más describiendo todos
los detalles de formación de cada uno de estos mecanismos y cómo se fueron
perfeccionando, pero el hecho es que al cabo de cientos de millones de años los
mares acabaron poblados de unas células evolucionadas, muy complejas, algo
mayores que las primitivas, pero microscópicas todavía. Seguían estando
formadas por una membrana y una sustancia interior, dentro de la cual ahora se
veían ya toda una serie de corpúsculos u orgánulos bien diferenciados.
La sustancia genética era ya muy
complicada, formada por larguísimas moléculas que contenían una ingente
cantidad de información. Tenían una estructura
en forma de escalera retorcida, cuyos peldaños estaban formados por dos
mitades. Cada uno de los dos largueros de la escalera aportaba una mitad del
peldaño, que se unía a la otra mitad con un enlace relativamente débil. Y lo
curioso de esta larguísima molécula genética es que había sólo cuatro tipos de
unidades básicas o semipeldaños, responsables de soportar la información
genética. Eran, y siguen siendo en vuestros días, las letras con las que se
componen cortas palabras de tres letras. Pequeño vocabulario de sesenta y
cuatro palabras distintas, suficiente para componer millones y millones de
instrucciones en la larguísima molécula genética, que es capaz de construir el
organismo más complejo: vosotros mismos.
Además, cada semipeldaño o base
genética se unía sólo a uno de los cuatro, de manera que si por cualquier causa
la escalera se desarmaba, se dividía, y lo hacía siempre por las débiles
uniones de las bases a la manera de una cremallera que se abre, cada
semipeldaño “conocía” la base genética complementaria y podía reconstruirla por
síntesis. La información a lo largo de la cadena estaba, por decirlo así,
duplicada, ya que cada parte tenía su complementaria intrínsecamente definida.
Las palabras de información quedaban definidas a lo largo de una de las mitades
de la escalera, contribuyendo la otra a la duplicación exacta de la molécula.
Las largas moléculas genéticas
enrolladas sobre sí mismas estaban englobadas formaban un corpúsculo o núcleo,
encerrado en una membrana específica. Cuando la célula se dividía, el núcleo
hacia lo propio dando lugar a dos núcleos iguales que iban a cada una de las
células hijas.
Pero además del núcleo, se veían
unos orgánulos especializados en la producción de materia compleja, de
proteínas, y otros en la producción de energía, que se distribuía a las
diferentes partes de la célula por medio de moléculas que hacían funciones de
batería eléctrica. Y además había cavidades o vacuolas, pequeños estómagos
móviles que captaban alimentos a través de cierta parte de la membrana, los
digerían y luego expulsaban los desechos por otra parte. Había incluso toda una
red o andamiaje de microtubos que daban forma y consistencia a la célula,
haciendo funciones de esqueleto. Y almacenes de moléculas complejas, y tráfico
de las mismas entre ellos y otras partes de la célula. Igualmente se veían
diversos mecanismos de locomoción, como los abundantes cilios o pestañas
esparcidos por toda la superficie de la membrana, que actuaban como un sistema
de remos perfectamente coordinados, o los flagelos que actuaban como hélices
flexibles, o la deformación del cuerpo celular que se estiraba en la dirección
del avance arrastrando el cuerpo por el medio. Otros individuos, alargados, se
retorcían sobre sí mismos como un tornillo que penetraba en el medio.
También reaccionaban estos seres de
una sola célula a determinadas condiciones ambientales, como la luz, la
presencia de determinadas sustancias, otros seres orgánicos en movimiento,
etc., actuando como individuos sensibles que orientaban sus movimientos en una
dirección adecuada a sus intereses. Algunos se alimentaban de materia orgánica
muerta y otros se movían hacia diferentes seres vivos, actuando como
incipientes depredadores. Eran realmente unos seres altamente organizados, con
un gran número de funciones que se realizaban en orgánulos sumamente especializados.
Su variedad era extraordinaria, formando un auténtico microzoo que se extendía
por doquier. Los había incluso dotados de una protección dura a modo de
armadura defensiva frente a otros depredadores. Estas armaduras eran de
distintos tipos: esféricas, tubulares, en espiral, etc. Las más complicadas, de
extraordinaria variedad y fantasía, estaban agujereadas en toda su superficie
como coladores, por cuyos agujeros se emitían brazos o prolongaciones del
cuerpo celular.
Y entre toda esta fantástica
variedad de seres, los había incluso que no eran ni del tipo vegetal ni del
animal, sino que podían comportarse de ambas maneras según las circunstancias. Cuando les convenía, estos seres se
convertían en vegetal, eran capaces de producir la fotosíntesis y se
desprendían de su orgánulo de propulsión o flagelo, ya innecesario. Actuando
como animal, unas veces se alimentaban de seres vivos o, si escaseaban, de
materia orgánica muerta. Como podéis observar, la multiplicidad de soluciones
vitales que pudieron producirse, lo hicieron, si ello resultaba ventajoso en
determinados medios. Y es que la fantástica capacidad de autoconstrucción de la
vida no establece límites a sus posibilidades de montaje.
Desde
las primitivas células de sencilla organización hasta estas de organización tan
compleja, la evolución anduvo un camino de ensayo y configuración de mecanismos
biológicos que acabaron diseñando unas maquinarias sofisticadas, auténticas
obras de ingeniería natural
que estaban perfectamente adaptadas al medio para automantenerse y
reproducirse: para existir en suma.
De acuerdo a vuestra
manera de entender actual, aquellos seres eran ya realmente animalillos y plantas microscópicas, formados
por una sola célula, que había alcanzado el máximo nivel de complejidad en que
sus moléculas podían organizarse a un nivel tan diminuto.»
Arreytal hizo de nuevo una pausa,
dispuesto sin duda a desvelar otra vez algún oculto significado, algo revelador
que subyaciera en el camino aparentemente encadenado y espontáneo de la evolución
natural.
«Muchos de vosotros os habréis
sorprendido de la marcha de las cosas, pues aun entendiendo el continuo ascenso
de organización de la materia, se ha pasado, casi de manera imperceptible, de
una forma más o menos mecánica de disponerse la materia en las microesferas a
una forma altamente organizada que reúne ya todas las características de los
seres vivos, por pequeños que sean. Y a este nivel, no sabéis si calificarlos
de materia organizada simplemente o de seres con intencionalidad, que persiguen
un objetivo: su propia subsistencia. Y para ello "sienten" el
ambiente, se orientan en él, se mueven por él en la dirección adecuada. Y la
sorpresa os inquieta al ser conscientes de que ese es el significado de todos
los seres vivos de vuestra época, incluidos vosotros mismos. Pero ello no debe
inquietaros, porque aun participando de esa misma naturaleza con todos los
seres vivos, la evolución a proseguido su camino hasta vosotros enriqueciéndose
de contenido, y grandes maravillas se
han producido desde entonces. No debéis renunciar a vuestro origen, que es la
vida, tan humilde como el de la célula. Pero sí tenéis que saber reconocer
vuestro presente, extraordinariamente más funcional y complejo, y saber mirar
hacia vuestro futuro, señalado por el largo camino de la evolución hacia lo
complejo; futuro que al final de mi exposición llegareis finalmente a
vislumbrar.
Pero lo que sí es preciso que veáis
claramente es que se ha pasado de la materia
a la vida de manera imperceptible, simplemente por aumento de la
complejidad de las interacciones de la materia inerte a lo largo del tiempo; y
que esta posibilidad estaba latente en la propia materia. Si una mano mágica
hubiera dispuesto las cosas para que se produjeran cuidadosamente y en su
momento, de la misma manera que el movimiento al azar lo ha hecho a lo largo
del tiempo inmenso, la vida se habría producido rápidamente. Hoy sois capaces
de construir un mecanismo como el flagelo de una célula, y lo podéis hacer en
poco tiempo, disponiendo de las piezas adecuadas y de las instrucciones, del
saber hacer. A su vez las piezas pueden hacerse también en poco tiempo cada
una. Sois capaces de organizar la materia en mecanismos, y los mecanismos en
complejas maquinarias de sorprendente funcionalidad. Y ya empezáis a manejar la
biología incluso. En el futuro lo haréis en gran extensión, pues la biología no
es más que complejidad también, y vosotros habéis desarrollado un órgano para
entender, para manejar la complejidad: vuestro cerebro, que es capaz de
reflejar, de copiar internamente la complejidad de las cosas. Pero queda mucho
todavía para ello, aunque ya intuyáis la dirección en la que apunta vuestra
evolución.
Se
había pasado, pues, de la materia a la vida; dos estados sumamente diferentes
por su profundo significado. Y siempre que la materia se organiza
dinámicamente, no lo hace sola sino en compañía de la energía que la dota de
dinamismo. El juego espontáneo de la materia y la energía se acaba trasformando
en vida, en mecanismo vivo que se automantiene por recreación continua. Esa
máquina tan especial y selectiva era posible, aunque no muy probable, y por
ello acabó apareciendo en una cierta proporción bajo el dinamismo global de
vuestro planeta, después de tantos millones de años. Si contempláis la cantidad
de materia inerte y la organizada en vida, os daréis cuenta de la inmensa
desproporción que existe entre ambas. En vuestro mundo actual existen numerosas
formas de organización de la materia, no todas las que han existido pero sí una
inmensa variedad en todos los grados de complejidad, y su proporción os indica
las pequeñas probabilidades de que la materia se organice de modo complejo. Se
puede organizar de todos los modos, pero sólo una ínfima parte de vuestro
sistema solar se ha organizado en vida siguiendo una distribución de
probabilidades inversa a la complejidad.
Pero lo más sorprendente es que
algunas organizaciones, no todas, tienen capacidad creadora, es decir, que
pueden dar lugar a organizaciones de orden superior dotadas de nuevas
funciones. Algunas moléculas complejas, llegadas a un cierto nivel de
complejidad, dieron lugar a las microesferas, que eran laboratorios
especializados en la producción de moléculas complejas, dotados de alto
rendimiento relativo. Las microesferas dieron lugar a la aparición de la célula
primitiva, es decir, del individuo vivo, del ser que se replica a sí mismo
manteniendo su configuración eficaz. Y el perfeccionamiento de la célula
preparó el camino para un siguiente salto de funcionalidad: el organismo.
Una única consideración más quisiera
haceros antes de seguir, y es el significado de la célula como primer
individuo vivo. Una determinada molécula
compleja ya era un individuo, igual que cualquier molécula simple. Estaba
definido por su fórmula química. Una célula es un conjunto inmenso de moléculas
organizadas dotado de un dinamismo que mantiene su forma y estructura, y además
de un código o conjunto de reglas que rigen ese dinamismo. Si os preguntáis por
el significado de esa célula, del para qué de esa organización tan compleja, no
encontrareis la respuesta. Podrías decir: porque sí, por nada, porque es
posible solamente, y os quedarías tan tranquilos. Y sin embargo esta pregunta
os la podrías hacer también acerca de cualquier animal actual. ¿Para qué es
necesario un tigre o un águila? Son sólo "seres", seres vivos, es
decir, seres maravillosamente complejos que forman parte de los resultados
viables de organización de la materia viva; igual que las diversas rocas y los cristales minerales son otras formas de organización de la
materia inerte, tan distintas. Pero sí hay un aspecto sorprendente en las
organizaciones vivas y es su capacidad de proliferación una vez conseguido un
alto nivel de eficacia. Sólo detiene su acumulación en el medio la limitación
de su alimento. Y ello debido a su capacidad de reproducirse, esa función tan
especial que hace que todo el complicado camino de su aparición, a lo largo de
millones de años, se vea acortado a un tiempo insignificante. Se ha producido
el milagro natural de crear en sí mismo el taller de su producción constante y
su reproducción más allá de su muerte. Si la microesfera era un laboratorio
primitivo de fabricación de materia compleja, la célula es un laboratorio
preciso de producción de una "marca" concreta de individuos complejos.
Porque a fin de cuentas eso es un "ser": algo que se mantiene igual
en el tiempo. Y un ser vivo es un sistema dinámico complejo que se mantiene en
su estructura, que perdura, que "existe".
En esta etapa a la que hemos llegado
hablando y hablando, ha tenido lugar la gran diversificación de individuos
microscópicos, el perfeccionamiento de seres vivos diminutos que han llegado a
la máxima complejidad posible en su nivel.
Alguno, sorprendido, seguirá
preguntándose qué es lo que empuja a los seres a ser más y más complejos. Y
nada los empuja, sin embargo. Simplemente surgen algunos cambios accidentales
en el código genético que producen variación en las características de los
individuos. Como ya os dije, algunas de estas variaciones son positivas, en el
sentido de un mayor perfeccionamiento en la adaptación al medio o de la
aparición de alguna nueva función que incrementa las posibilidades de
supervivencia del individuo. Otras variaciones son ineficaces y no prosperan. Sólo
la acción de periodos inmensos de tiempo hace que este sencillo mecanismo
dirija la evolución de unas formas de vida hacia otras más complejas y viables.
Los más incrédulos entre vosotros
entenderán, sin duda, este sencillo ejemplo: introduzcamos
una gran cantidad de pequeñas piezas metálicas asimétricas en un gran bombo que
gira. A un lado del bombo hay un dispositivo imantador, que de cuando en cuando
se dispara e imanta la pieza que por allí pasa en aquel momento. Al cabo de
cierto tiempo se habrán imantado un buen número de piezas, dispersas por todo
el bombo. Girando y mezclándose las piezas, de vez en cuando se encuentran en
proximidad dos de ellas imantadas y se unen sólidamente, formando un individuo
de dos piezas. Con el tiempo el número de los individuos de dos piezas aumenta.
Llega un momento en que se forman individuos de tres piezas, de cuatro, etc.
Algunas combinaciones de piezas, por ejemplo las de tres, no resultan demasiado
estables y se deshacen con facilidad en los choques, siendo disputadas sus
piezas por otras combinaciones más estables, por lo que a la larga las
combinaciones de tres piezas acaban desapareciendo. Continúa pasando el tiempo
y siguen aglomerándose conjuntos más y más grandes, y debido a la asimetría de
las piezas originales la forma de estas aglomeraciones no es caprichosa sino
que reproduce algunas configuraciones y formas determinadas preferentes. Algo
parecido es el juego de la naturaleza a partir de los primitivos átomos
asimétricos iniciales.
Ya sé que otros, decepcionados por
estos hechos, estáis pensando que entonces la vida no tiene ningún sentido, y
que su significado no pasa de ser un mero juego gratuito de la materia, igual
que la disposición de las estrellas en galaxias y de los planetas alrededor de
las estrellas. Igual es, carente de significado, decís, la organización de una
parte de la materia superficial de algún planeta privilegiado bajo el calor y
la luz de su estrella para producir vida vegetal y animal. Todo es forma,
pensáis, solo forma más o menos elaborada y compleja.
Y
sin embargo vosotros, que sois parte de esa materia organizada, estáis empezando a comprender todo el
proceso. Vuestra complejidad alcanzada, ya veremos cómo, ha desarrollado una
nueva función que consiste en entender
lo que la naturaleza ha hecho de manera espontánea a lo largo de
millones de milenios, y en poder hacerlo vosotros mismos también. Habéis
empezado a manejar la naturaleza, a sustituir su lento mecanismo evolutivo, a
mejorarlo. Habéis comenzado a crear complejidad, a crear "ser". Pero
aunque ya veis el horizonte, sólo estáis dando los primeros pasos. Y es desde
esta posición actual vuestra desde donde surge el sentido de todo el lento
proceso, y el significado de sus diversas etapas.
La
naturaleza ha evolucionado formándose complejidad sobre la complejidad
anterior, y ha llegado caminando lentamente hasta encarnar en vosotros. Y desde
el extremo en que ahora os halláis, podéis observar el camino andado en sus primeras etapas como
escalones muy significativos en el asentamiento de lo complejo.
Desde hace mucho tiempo habéis
creído en la existencia invisible de dioses creadores de vuestro Universo. Sin
embargo hoy quizás no sintáis la necesidad de atribuir su actuación para
justificar la aparición de los organismos microscópicos vivos a que ha llegado
mi disertación. Si imagináis aquel escenario primitivo de tierras completamente
desiertas y extensos mares poblados de diminutos organismos invisibles,
seguramente admitirías fácilmente su
generación por los procedimientos naturales descritos. Pero de ahí hasta el
hombre, ya os parece otra cuestión. Sin duda en el hombre late ese dios en el
que habéis creído casi desde siempre, y la evolución natural no os parece
suficiente para explicar tan gran diferencia.
Pero veamos, para iluminar ese
camino, cómo se formó el siguiente nivel de complejidad. Miremos cómo se fueron
formando los primeros organismos
LOS PRIMEROS ORGANISMOS
Compuestos por muchos millones de
moléculas, eran ya seres que apuntaban a los verdaderos organismos, disponiendo
de esquemas funcionales y orgánulos que remedaban aparatos digestivos, de
locomoción, sensoriales, etc. Pero fueron sin embargo superados en el camino de
la complejidad por seres cuyos órganos funcionales estaban formados por grupos
de células iguales consolidadas entre sí. La célula sustituía así a la molécula
como formadora de mecanismos funcionales. Es el nuevo ladrillo o elemento de
construcción de estructuras en el nuevo individuo: el ser pluricelular.
Oigo el estupor de muchos de
vosotros que seguís atentos la marcha de la complejidad. Sentís por la célula
una especie desconsuelo por su nuevo papel, por la degradación de su
significado. Parece que va a ser sacrificada para la construcción de un nuevo
ser, perdiendo su significado de individuo autónomo. Algo va a morir en la
célula, algo intangible: su independencia, su lucha por la vida, su
"ser" individual. En adelante será material de construcción, esclava
de un organismo para el que trabajará. A cambio, estará bien atendida por él,
que le suministrara alimento y cuidará de todas sus necesidades. Pero sentís
que ha perdido su libertad. Es evidente que algo de vosotros mismos, de vuestro
significado, se está reconociendo en el futuro papel de la célula. Y lo que os
resulta más inquietante es ese nuevo individuo que va a nacer, que va a
aparecer de la nada, como por arte de magia, sobre una masa de células
individuales que empiezan a organizarse poco a poco movilizadas por una mayor
eficacia de subsistencia.
Y es que en efecto, desde la
aparición de la célula, algunos tipos de ellas se reunían en agrupaciones de
muchos individuos que se formaban en sucesivas generaciones, y que en lugar de
dispersarse por el medio permanecían ligadas por algún procedimiento. La mayor
eficacia del conjunto hizo que estos tipos de células sobrevivieran mejor. Unas
veces, las más primitivas, compartían simplemente un substrato de fijación
común que crecía a expensas de los restos calcáreos de los individuos que iban
muriendo. Otras veces, la asociación se producía debido a una sustancia
gelatinosa que segregaba la membrana de estas células y que se convertía en una
masa adherente y englobante del grupo.
En este tipo de asociaciones empezaron a desarrollarse algunas estructuras muy
sencillas que introducían alguna funcionalidad beneficiosa para el conjunto,
algún servicio común. Así, algunas colonias eran alargadas, con los individuos
colocados en serie, formando un filamento capaz de ondular y avanzar en el
agua. Otras eran auténticas tablas flotantes, compuestas por una película plana
que reunía, perfectamente agrupadas en escuadrones, a gran multitud de células.
A veces eran como pelotas de gelatina en cuya superficie se situaban los
individuos posicionados con sus flagelos hacia el exterior, siendo capaces de
coordinar sus movimientos para el avance conjunto de la esfera. En otros casos
se llegaron a crear estructuras filamentosas de unión, como auténticas redes
entre los individuos.
Sin embargo, en todas estas
disposiciones los individuos seguían siendo autónomos, idénticos, y no había
diferenciación de sus funciones. Simplemente cooperaban para el bien común.
Pero pronto, algunas de estas
colonias globulares de gelatina, de gran tamaño relativo - formadas por algunos
miles células-, comenzaron tener individuos que no se reproducían, como si el
tamaño de la colonia tuviese un límite eficaz. La inhibición de la reproducción
llegaba a tal límite que sólo algunos grupos de células, que se colocaban
juntas en determinada zona de la colonia, eran reproductoras, y se reproducían
desprendiéndose en primera instancia de la colonia por esa zona favorable, a
favor del movimiento, para navegar por su cuenta y dar origen después a otra
colonia semejante. El resto de la colonia seguía formada algún tiempo y luego
moría, agotado el periodo vital de sus células.»
El etéreo
rostro de Arreytal se separó de mí y esbozó una ligera sonrisa mientras me
miraba de soslayo con una cierta intención que me desconcertó, como si
estuviera mirando mi interior vacío, la nada de mi ser perecedero. Luego cambió
su expresión y pareció hacer un esfuerzo por explicar lo intangible, lo
extremadamente sutil que se esconde bajo los cambios espontáneos.
«Algo había pasado entonces, algo
imperceptible que tengo que resaltaros ahora con detalle para que vayáis
entendiendo más vuestra naturaleza y la de vuestro mundo, y para que encontréis
contestaciones a vuestras preguntas. Como dije antes, y como sucede siempre,
sin apenas significarse, debido a un cambio natural, espontáneo, condicionado
por la propia situación a la que se había llegado, apareció una nueva
organización de la materia, de los individuos celulares en este caso. Una
organización que era en sí un nuevo individuo, un nuevo "ser", puesto
que perduraba en su forma. La colonia de células individuales se había
convertido en un individuo pluricelular, en el que algunas de sus células se
encargaban de la función reproductora de sí mismo, de la colonia, mientras que
el resto de las células, la antigua colonia, el individuo inicial, acababa
muriendo junto con todas sus células. Había aparecido la muerte del individuo
pluricelular, vuestra propia muerte.
Y alguno, entre los más ingenuos de
vosotros, estará tentado a pensar en una posible evolución basada en una
estructura unicelular mantenida: si nuestro organismo estuviera compuesto de
una sola célula gigantesca hubiéramos sido inmortales, pensará. Llegado el
momento, nos duplicaríamos en dos mitades idénticas; y así sucesivamente a lo
largo del tiempo. Pero yo le digo: ¿serías vosotros mismos? Si vuestro
"ser" fuese sólo organización fija de moléculas, invariable, a la
manera de una máquina física, entonces sin duda os reproducirías de manera
idéntica. Pero la maquina biológica es cambiante dentro de su equilibrio. Puede
reaccionar ante determinados estímulos mostrando una "conducta"
durante algún tiempo, y luego puede cambiar esa conducta. En las células más
evolucionadas hay ya mecanismos que provocan respuestas condicionadas por algún estímulo neutro que tiene lugar
simultáneamente a otro significativo, favorable o nocivo. La célula reacciona
durante algún tiempo ante el estímulo neutro como lo hace frente al
significativo. Es como si tuviera una cierta memoria asociativa. Y esta memoria
luego puede cambiar al cambiar el estímulo significativo. Evidentemente estos
condicionamientos temporales o experienciales de la célula no tienen un reflejo
permanente en la sustancia genética y por lo tanto no se heredan. En los
individuos evolucionados estos contenidos "cambiantes o
"personales" son patrimonio exclusivo del individuo y son
especialmente ricos. Fijaos pues cómo ya desde los orígenes del individuo vivo
hay algo en él que existe por encima de su organización material, algo que,
produciéndose sobre esa estructura material, se manifiesta como un cambio
temporal de la misma. Y ese bagaje de contenidos "inmateriales" no
permanentes, o en todo caso intrasmisibles, es lo que constituye en los seres
como vosotros el sentimiento de identidad.
Así pues, en el caso de
que la capacidad evolutiva de la célula hubiese sido tan inmensamente grande
como para formar vuestro organismo actual, al dividiros habrías muerto también,
os habrías "olvidado" de vosotros mismos y vuestro organismo empezaría
una nueva experiencia y una nueva vida "espiritual".
Pero volvamos a hablar de aquel
organismo pluricelular primigenio, que surgía imperceptiblemente, calladamente,
sin transición aparente entre el individuo antiguo y el nuevo. Se habían
diferenciado en él un grupo de células especializadas en la reproducción de la
colonia y el resto tenían la función de mantener la estructura, la
organización, el cuerpo del individuo. La pequeña colonia reproductora, recién
separada de la colonia madre, navegaba por su cuenta y sus células comenzaban a
dividirse, a multiplicarse, creciendo el cuerpo del nuevo ser. Llegado a un
punto de madurez y tamaño, se especializaban sus células reproductoras y volvía
a empezar el ciclo. La “forma” de la colonia se reproducía, perduraba, pero el
individuo progenitor moría. Y era una muerte más radical que la de la célula
primitiva que se dividía pero seguía viviendo, pues ahora hasta la materia viva
desaparecía, célula por célula. El individuo unicelular no muere
biológicamente, sino que se divide, se duplica, y después los dos gemelos
empiezan a crecer hasta llegar a la madurez ellos también. Por decirlo así, el
individuo vuelve a su infancia biológica.
El organismo pluricelular muere definitivamente, aunque engendra un hijo
de estructura idéntica.
La mejora evolutiva de aquellos
seres pluricelulares iniciales, igual que la de los unicelulares, al producirse
por pequeños cambios al azar del material genético, era muy lenta. Por ello
tardó tanto el mecanismo de la evolución en llegar a aquel punto de la vida en
vuestro planeta: se consumió el 80% del tiempo de vuestra historia para llegar
a aquellos seres pluricelulares tremendamente primitivos y diminutos todavía.
Pero la riqueza de estructuras que
la naturaleza iba mostrando, como consecuencia de las múltiples posibilidades
de organización de la vida, incluiría nuevas formas de reproducción, que tenían
lejanos antecedentes, sin embargo, en las primeras células. En efecto, y como
excepción a la duplicación sistemática del material genético de la célula, a
veces se unían dos células e intercambiaban trozos de su material genético,
separándose después "renovadas", por decirlo así, con lo cual la
diversificación de los individuos sucesivos daba un salto inesperado sobre el anterior
mecanismo de diversificación basado en cambios accidentales y al azar, muy
escasos, de los genes.
Los primitivos pluricelulares
ensayaron, de manera semejante, una forma de reproducción que consistía en
desprender de la colonia dos tipos distintos de células, masculinas y
femeninas. La nueva colonia reproductora se formaba por unión de ambos tipos
distintos, aunque fueran de colonias diferentes, lo que permitiría en adelante
la mezcla genética de individuos distintos. La sexualidad empezaba a funcionar.
Pero en estos organismos primitivos la reproducción se seguiría manteniendo
también por diversos procedimientos, mostrando insistentemente las diversas
posibilidades de la combinatoria vital.
Y os preguntáis si
aquellos organismos iniciales eran una simple colonia de células o ya un organismo pluricelular. La frontera era
imprecisa, imperceptible. Sois vosotros los que tenéis necesidad de diferenciar
conceptos para pensar la realidad, para manejarla por medio de imágenes mentales
y palabras distintas, y por eso con frecuencia os encontráis con dificultad
para discernir lo real, porque lo real no se produce siempre a saltos, sino a
veces de manera continua. De manera continua en lo material, pero dando grandes
saltos en su significación.
He avanzado en el tiempo varios
cientos de millones de años para no aburriros con la inmensa lentitud de la
evolución en aquel momento. Y ahora sí, aquí ya diviso por primera vez al
organismo pluricelular inequívoco, sumamente sencillo y primitivo, pero de
tamaño observable a simple vista. Consiste sólo en una masa porosa homogénea,
bien trabada pero sin diferenciación todavía de órganos.
Tanto tiempo para llegar
sólo a esto, diréis. En pocos siglos el hombre ha sido capaz de evolucionar
desde un nivel de producción agrícola y artesanal hasta el desarrollo
tecnológico acelerado, las comunicaciones a nivel planetario, el desplazamiento
a gran velocidad, la transmisión de sonidos e imágenes a distancia, la
conquista inicial del espacio; y sin embargo se ha necesitado un millón de veces
más de tiempo para que una colonia evolucionada se convirtiera en una masa
inmóvil cientos de veces mayor pero con una funcionalidad parecida, pegada al
suelo marino. Sin embargo la evolución sigue sus caminos, y sus pasos no
siempre son constantes; hay veces que avanza lentamente y otras se acelera
debido al juego de las circunstancias, y debido a la naturaleza de los seres
sobre los que se instala la complejidad.
Este pluricelular
antiguo era la primera y única forma viva observable para vosotros en los mares
de aquellos tiempos. El resto de seres vivos eran diminutos, inapreciables a
simple vista. La organización de este primer ser “grande” era, aunque sumamente
sencilla, extraordinariamente eficaz en el medio marino; tanto, que ha
sobrevivido en multitud de variedades hasta vuestros días: eran las esponjas.
El cuerpo de estas
esponjas primitivas estaba formado por
una masa homogénea en forma de odre, surcada por una infinidad de conductos y
canales que se abrían al exterior en diminutos poros. Por el interior, los canales desembocaban en una cavidad amplia
que se abría a su vez al exterior por un orifico. La esponja permanecía
adherida al substrato o suelo marino, y el agua, junto con los nutrientes
microscópicos, penetraba por los poros y era expulsada por el orificio. La
circulación de la misma la producía una capa de células ciliadas que tapizaba
los conductos interiores. Los nutrientes
eran absorbidos por dichas células y se distribuían al resto del cuerpo de la
esponja. La forma corporal estaba sustentada por un esqueleto de fibrillas
minerales o de albúmina. No existían órganos propiamente dichos, aunque sí unos
pocos tipos de células agrupadas en tejidos diferenciados. En el cuerpo de la
esponja, entre su estructura esquelética, proliferaban células indiferenciadas
capaces de transformarse en cualquiera de los otros tipos de células:
reproductoras, epiteliales, ciliares, etc. Una red primitiva de células, de un
tipo que podríamos llamar nervioso, mantenía integradas las células idénticas
que formaban un determinado tejido, así como los diferentes tejidos que
conformaban la estructura global. La esponja era además capaz de regenerarse en
caso de accidente, a expensas de aquellas células polivalentes. La reproducción
podía tener lugar de varias maneras, incluyendo la sofisticada reproducción
sexuada, que se conservaría después en todos los seres posteriores
evolucionados. En ella tenía lugar la diferenciación de las células
reproductoras, que se producían por doquier, y no en órganos específicos como en
los seres posteriores. Había células reproductoras masculinas, flageladas,
dotadas de gran movilidad, y células reproductoras femeninas, de tipo más o
menos oblongo y deformable, como uno de aquellos seres unicelulares anteriores
llamados “amebas”, que seguirían existiendo ya siempre. Los espermatozoides o
células masculinas eran liberados a la corriente que atravesaba la esponja,
entrando en el caudal de otra, que los retendría y pondría en contacto con sus
óvulos o células reproductoras femeninas. Una vez fecundadas éstas, se producía
una larva ciliada que se desprendía al caudal circulatorio y se desplazaba por
el medio exterior hasta fijarse al substrato; entonces comenzaba a desarrollar
su vida como esponja independiente.
La singularidad de estos
primitivos pluricelulares era la sencillez de su organización corporal, a mitad
de camino entre las colonias de células y el ser posterior dotado de órganos
específicos para la realización de sus funciones. Sus células polivalentes
desarrollaban las funciones requeridas en un momento determinado,
transformándose en las células específicas apropiadas. Este polimorfismo
celular fue una solución inicial a las diversas necesidades funcionales del
individuo. Posteriormente, las diferentes funciones se llevarían a cabo en
órganos específicos permanentes, destinados exclusivamente a una función
concreta
Y muchos os
estaréis preguntando si este ser pluricelular era realmente más perfecto, más
complejo, que los unicelulares evolucionados, aquellos microscópicos seres dotados de tal cantidad de orgánulos y
funciones para asegurar su supervivencia, con todos aquellos mecanismos de
movilidad que los asemejaba a diminutos animalitos. En apariencia, había aparecido un ser de gran tamaño formado por
millones de células, de esas células tan evolucionadas que además de conservar
su propia funcionalidad y su propia vida, cooperaban de manera estructurada e
integrada para construir una funcionalidad y una vida nueva. Y esa nueva
funcionalidad no tenía aparentemente otro fin que proporcionar una subsistencia
organizada y exitosa a todo ese conjunto de células asociadas. Para ello se
organizaba el movimiento sincronizado de las células ciliadas de manera que se
produjera la circulación del agua que contenía el alimento; para ello éstas
mismas células apresaban el alimento y lo transmitían al resto del cuerpo por
medio de las células polivalentes ameboides. La estructura esquelética y
conjuntiva mantenía consolidado todo el conjunto de células, que además
aparecían interrelacionadas por la red de células de tipo nervioso. Estamos
pues ante una gran densidad de agrupación de células complejas cooperativas,
mucho mayor que la de los seres unicelulares dispersos, y que sobrevive de
manera más eficaz. Y esta supervivencia se debe precisamente a que ese conjunto
se ha integrado y organizado en una
funcionalidad eficaz que garantiza, no sólo la supervivencia de cada una de sus
células sino la de la propia organización.
Y esa organización, con las cualidades de un nuevo ser construido sobre los
seres unicelulares anteriores, es en sí más simple que la compleja organización
de cada uno de esos unicelulares. Algunos concluiréis que no es un paso
evolutivo, que no supone la aparición de un ser más complejo, sino sólo un
aumento de la concentración de la materia compleja y una mayor eficacia de
supervivencia. Y sin embargo, sobre esta nueva organización, sobre este ser
elemental, inmóvil, la complejidad irá tejiendo organizaciones crecientes que
traerán a los seres más evolucionados y de funcionalidad más sofisticada.
Había nacido una nueva jerarquía
del ser, un nuevo nivel de organización
con más posibilidades de complejidad que la disponible en las
estructuras
unicelulares, que habían llegado a su límite evolutivo.
Y de nuevo algunos
experimentaréis el agudo desasosiego de otras veces ante los avances de la
complejidad, porque el unicelular y su maravillosa individualidad se ha
esclavizado, se ha supeditado al nuevo ser más simple que le domina. Parece que
lo que importa es la supervivencia de ese nuevo ser tan simple, y a este fin se
sacrifica la vida de todos los individuos unicelulares complejos, que acabarán
muriendo irremediablemente, arrastrados por la muerte del pluricelular al que
sostienen, que sin embargo ha conseguido reproducirse. Y al hacerlo, se
convierte en generador, en padre de nuevos unicelulares organizados según su
modelo. De un solo golpe se ha conseguido reproducir la vida de los
unicelulares y del pluricelular.
Bajo este mecanismo, el
pluricelular actúa como una fábrica de materia compleja, de células
especializadas para producir determinadas funciones que sirven al conjunto, a
la organización pluricelular. Y estas células se diferencian a partir de las
células ameboides polivalentes, que cambian su forma para desarrollar la función
requerida. Tanta planificación y control incrementa vuestra inquietud. ¿No se
está consumando hasta el límite la enajenación del ser simple inicial con su
utilización completa?¿Tienen estas células, así desposeídas de su
independencia, la categoría de ser unicelular o lo han perdido para siempre?
Sí, el ser unicelular se
definía por su destino propio, por su lucha por la supervivencia, por la
"responsabilidad" intransferible de conservar su propia vida. Y
finalmente ha cedido esa responsabilidad a la organización que le engloba y le
mantiene con éxito, a cambio de su especialización en determinadas funciones
útiles al conjunto. Ha sido asimilado. Su organización no está ya orientada a la propia supervivencia, sino al
desarrollo de esas funciones para el conjunto. "Ha pasado de ser un
unicelular a ser una célula". Ha pasado a existir en un medio cerrado,
organizado y optimizado, mientras que antes existía en el medio exterior,
disperso, en libertad.
Traduzco vuestras emociones y
sentimientos ante la marcha de la evolución natural, porque sé lo que sentís
advirtiendo la semejanza de vuestras propias vidas, donde individualidad y
organización social son fuerzas en tensión continua, mostrando cada una sus
atractivos y sus peligros. Y es que a vuestro nivel se reproduce el mismo
esquema evolutivo, el mismo drama de la existencia englobada en un ser
superior: el ser social. Esquema que en vosotros tiene la novedad, al ser conscientes,
de ser libremente elegido. Y esto es algo nuevo que ha aparecido últimamente en
el ser: la conciencia de la libertad. Algunos de vosotros elegís la libertad,
el individualismo. Otros la integración en la organización social, con todas
sus ventajas y limitaciones. En general cada uno elige un grado de integración
o libertad según sus características individuales. Sois como esas células
polivalentes que pueden adquirir distinta forma y funcionalidad, pero sois
vosotros mismos los que decidís ahora vuestra forma, y no la organización
social, de manera automática, en función de sus necesidades. Por primera vez,
con la aparición de la conciencia en el hombre, éste es capaz de asumir su
función social sin enajenar completamente su individualidad. El nuevo ser
social tiene por ello unas características nuevas, que en su momento veremos.
Pero antes debemos seguir el largo camino de la evolución natural, espontánea,
y maravillarnos con los extraordinarios mecanismos que la vida va a ir
construyendo hasta llegar a vosotros, tratando de indagar donde residen las
organizaciones más complejas, o mejor, las organizaciones con más potencial de
complejidad, que, como en el caso del pluricelular inicial, no tienen por qué
coincidir.
LA EXPLOSIÓN DE LA VIDA
Con
la aparición de los seres pluricelulares y sus mecanismos de reproducción, la
generación de la vida experimentó una aceleración en su diversificación y
complejidad que podrías definir como explosión, comparada con el ritmo
anterior. Las unidades de construcción celulares presentaban unas propiedades
extraordinarias para asociarse en conjuntos integrados y consolidados -los
tejidos-, orientados al desempeño de una determinada función. Para ello, las
células abandonaron su primitiva funcionalidad “global”, orientada a la
totalidad de la vida del ser unicelular, y se especializaron en determinadas
formas y funciones orientadas a la funcionalidad propia del tejido
correspondiente. Estas células de los tejidos consiguieron unirse de diversas
maneras según la función a desempeñar por el tejido, desde uniones tan soldadas
que impedían el paso de cualquier liquido a su través hasta asociaciones
completamente libres en substratos líquidos, alojadas en otros tejidos y
sistemas de contención. Estos tejidos así formados empezaron a configurarse en
estructuras funcionales diversas, poniendo de manifiesto su gran capacidad para
la construcción.
Pronto,
los tejidos sencillos como el de la esponja se fueron asociando con otros
distintos para configurar determinados mecanismos u órganos, que proporcionaban
una funcionalidad más evolucionada. La vida, cuyas funciones ya habíamos visto desplegarse en los seres
unicelulares, comenzó a desarrollarse de nuevo bajo la superior potencialidad
constructora de los nuevos materiales. Tejidos, órganos y conjuntos de órganos
o sistemas, orientados a funciones complejas, empezaron a desplegarse,
empujados por el mismo mecanismo del cambio y selección de los más eficaces que
constituye la fuerza de la evolución. La eficacia en la consecución de
alimento, la adaptación a diferentes medios y la competencia entre los
distintos seres, comenzaron a propiciar el desarrollo de la movilidad y la
capacidad de orientación en los seres animales.
En cuanto a las plantas, cuya fuente
alimenticia era inagotable, tuvieron una existencia más plácida y en ellas no
tuvo lugar un desarrollo funcional tan acusado como en los animales. La no
necesidad de movilidad ni de orientación en el medio limitó su organización a
funciones vegetativas. Las abundantes colonias de plantas unicelulares
evolucionaron también, construyendo estructuras pluricelulares y asociándose
las células en tejidos y órganos funcionales de mayor eficacia para el
conjunto.
Pero
la línea evolutiva de estos seres estaba limitada en complejidad por su misma
facilidad para la vida, y puesto que no es vuestra línea evolutiva sólo os haré
ver, cuando sea oportuno, algunos aspectos de ella que os sirvan para entender
la naturaleza general de la evolución y vuestra propia naturaleza.
Volviendo pues a los animales que
empezaban a aparecer después de las primitivas esponjas inmóviles, y a medida
que iba creciendo su funcionalidad, se veía aumentar en ellos la importancia y
desarrollo del tejido formado por células especiales aptas para la comunicación,
para la trasmisión de señales, que producían un comportamiento integrado de los
demás tejidos. Eran células alargadas que trasmitían corrientes bioeléctricas,
y que se soldaban por sus extremos formando auténticos circuitos y redes. Este
tejido nervioso se comenzaba a significar de manera importante como el
responsable del comportamiento unificado del individuo.
Las primitivas medusas, que
empezaban a aparecer en aquellos tiempos al lado de otros seres
semejantes, eran ya capaces de
desplazarse contrayendo su saco gelatinoso de manera lenta y rítmica,
expulsando el agua contenida y propulsándose. Su arquitectura seguía siendo muy
sencilla, pues en esencia eran un odre hueco donde se digerían y asimilaban los
alimentos introducidos con ayuda de una serie de tentáculos. Eran realmente un
estómago flotante y móvil, y la trasmisión del alimento y del oxígeno se
producía directamente a través de las paredes corporales internas, de poco
espesor. Su superficie exterior estaba poblada de células sensibles a la luz, y
en los bordes disponía de células excitables por el contacto y por diferentes
sustancias químicas. Estas células, al activarse, disparaban un filamento
urticante. Además estaban dotadas de unos órganos de equilibrio que dirigían su
flotabilidad. Una red difusa de células nerviosas se extendía por su cuerpo,
traduciendo la información de los tejidos sensitivos en respuestas de los
tejidos musculares.
Este
esquema estructural configurado con células sensibles, células contráctiles o
musculares y células nerviosas que interrelacionaban a las anteriores, sería el
responsable en adelante de la conducta o movilidad orientada de los futuros
animales.
La asombrosa variedad de seres que
se fue produciendo entonces era una señal clarísima de las múltiples soluciones
disponibles para la vida en base a los organismos pluricelulares.
Pronto aparecieron muchas clases de
gusanos que se arrastraban por los lodos del fondo marino, y otros seres
blandos que sin embargo aparecían protegidos por caparazones, conchas y placas
duras, indicio claro de la existencia ya de seres mayores que los depredaban. Y
es que con los pluricelulares la vida se organiza en otra dimensión física, en
otro tamaño, y el alimento, las sustancias orgánicas a consumir, dejan ya de
ser aquellas moléculas complejas sin vida que alimentaban a los unicelulares.
Los propios seres pluricelulares de menor tamaño serán en adelante un perfecto
alimento. La depredación de unos seres vivos por otros apareció entonces bajo
los mares. Por primera vez un ser vivo se comía a otro ser vivo, le arrebataba
la vida, considerándolo exclusivamente como alimento.
Esto
os producirá una inquietante sensación: la evidencia del mecanismo ciego de la
vida. En aquellos tiempos la vida no sabía todavía que era vida, y no la
respetaba. Era sólo necesidad, necesidad de alimento. La naturaleza no parece ser un orden que
atienda a valores éticos ni respete el desarrollo conseguido a lo largo de millones
de años. La vida busca mantenerse y producirse a expensas de lo disponible, sea
lo que sea. Y cuando existe una posibilidad viable, se producen las
adaptaciones necesarias para aprovecharla. El tamaño alcanzado por los nuevos
seres requería grandes cantidades de alimento, sólo disponible en otros seres.
La vida tenía que construirse en la depredación de los demás, animales y
plantas.
Y así, para hacer frente a la
depredación, fueron apareciendo las estructuras defensivas en algunos seres:
púas, pilosidades, placas acorazadas… En otros, al contrario, y para favorecer
la depredación, aparecieron estructuras de ataque: aguijones, dientes
afilados... Unos animales se arrastraban reptando por los fondos, otros se
valían de una multitud de patas para desplazarse, y algunos tenían filas de
aletas laterales, como remos, que actuaban progresivamente generando una
ondulación del conjunto. Eran realmente ingeniosas las invenciones orgánicas
que iban apareciendo.
Pronto, la mayor complejidad de
órganos de estos seres trajo aparejada la necesidad de sistemas de nutrición y
oxigenación más sofisticados, siendo los iniciales de las esponjas o medusas
demasiado simples e insuficientes para hacer llegar el alimento y el oxígeno a
todas las partes del cuerpo. Se conformaron sistemas de distribución soportados
en tejidos y órganos específicos. El primitivo cuerpo poroso de las esponjas, o
el superficial de las medusas y pólipos, que permitían una relación directa con
el medio acuático y sus nutrientes, se veía sustituido ahora por sistemas de
distribución internos que recreaban un medio acuático en circulación hasta las
células más recónditas. Estos sistemas circulatorios disponían de una extensa
red de canales y capilares aislados del medio externo, por los que circulaban
unas células especiales capaces de transportar el oxígeno, el cual era captado
del agua por medio de órganos respiratorios especializados. Los alimentos, una
vez digeridos en órganos específicos y transformados en los elementos
directamente asimilables por las células, circulaban también con el líquido de
transporte.
Los sentidos se iban afinando y
perfeccionando extraordinariamente bajo el impulso de la necesidad de
depredación y defensa. Los ojos pasaron de ser simples máculas o conjuntos de
células sensibles a la luz, a formar un conjunto diferenciado y protuberante
con movilidad. Las antenas sensibles al contacto o a sustancias químicas
comenzaban a abundar.
La
tierra emergida había sido invadida ya por las plantas, que poco a poco, al
borde de las aguas, hicieron las necesarias adaptaciones para sobrevivir fuera
de ellas. Básicamente, tuvieron que ser capaces de captar directamente el
anhídrido carbónico de la atmósfera y desarrollar nuevas raíces, no sólo ya
para sustentarse sino para absorber el agua del subsuelo. Su posterior
evolución desarrollaría tallos leñosos, resistentes y dotados de canales para
la circulación del líquido vital por todas sus partes, lo que permitiría un
gran crecimiento y tamaño de estos seres.
La atmósfera contenía entonces una
alta proporción de oxígeno, desprendido por las plantas marinas a través del
agua de mar, y esto, unido al alimento vegetal que ya se había implantado en
tierra con éxito, permitió que algunos organismos marinos especiales, los mejor
dispuestos para adaptarse al ambiente exterior, iniciaran una vida mixta,
anfibia, al borde de las mareas. Sin duda los animales de caparazón articulado,
segmentado, eran los que disponían de la suficiente solidez, unida a la
necesaria flexibilidad y agilidad, para moverse sobre la tierra. La ausencia
inicial de depredadores en el medio exterior, y la abundancia de alimento
vegetal, hicieron que los que consiguieron adaptarse proliferaran con rapidez.
Tuvieron que desarrollar para ello mecanismos y órganos especiales para
respirar directamente el oxígeno del aire. Disfrutaron de mucho tiempo en
soledad y experimentaron una evolución y diversidad enorme, formándose una
infinidad de seres entre los que destacaban los insectos de todos los tipos.
Entre ellos, aparecen por primera vez los que conquistan el aire, siendo capaces
de desplazarse por él gracias a la adaptación de determinados órganos.
Mientras tanto, en los mares, iban
apareciendo nuevos individuos, más perfeccionados, que habían conseguido una
gran movilidad y una notable facilidad de alimentación y subsistencia gracias
al desarrollo de una estructura rígida y articulada interiormente, en la que se
hacían firmes los potentes tejidos musculares capaces de propulsar al animal
por las aguas. Los peces, dotados de la mayor agilidad y velocidad entre los
animales marinos, proliferaron en una gran variedad de formas y estructuras, y
la depredación tomó ya, de manera
general, el tinte dramático de la lucha feroz por la vida. Algunos de estos
peces vertebrados se habituaron también a la vida de las orillas, desarrollando
las necesarias adaptaciones para llevar una vida mixta, dentro y fuera del
agua. Aparecieron así los anfibios y después, algunos de ellos, se
desentendieron definitivamente del medio acuático para trasformarse en
reptiles. Unos y otros encontraban en el medio terrestre gran cantidad de
alimento, con lo que su subsistencia estaba garantizada.
La
dinámica de la corteza terrestre producía cambios geológicos y climáticos que
modificaban a veces las posibilidades de supervivencia de toda esta masa de
seres vivos, que descendientes de antecesores acuáticos, y adaptados por tanto
a un medio de características estables,
encontraron dificultades ante los cambios de humedad y temperatura. Se
provocaron a veces monumentales desastres y desaparición de gran número de
especies. Algunas, sin embargo, consiguieron evolucionar adaptándose a las
nuevas condiciones y desarrollando características especiales. Una línea
evolutiva proveniente de los reptiles, los dinosaurios, alcanzó una
extraordinaria importancia, adquiriendo características extraordinarias y
novedosas, como la de caminar sin reptar, esto es, con las patas extendidas en
vertical, como los posteriores mamíferos. Su cuerpo era sin embargo alargado,
como el de los reptiles, y su tamaño enorme. Vivieron cientos de millones de
años sobre la tierra, desarrollando sorprendentes adaptaciones. Unos eran
pacíficos herbívoros, otros violentos depredadores carnívoros; algunos se
adaptaron al medio marino y otros, un grupo de dinosaurios de pequeño tamaño,
consiguieron volar, dando lugar a los antecesores de las aves. Otro grupo, de
individuos bípedos, con extremidades anteriores pequeñas y tres dedos
prensiles, manifestaron una extraordinaria habilidad para mover y asir piedras
y ramas, escrutando las cosas con una mirada frontal y curiosa, en la que se
apreciaban destellos de inteligencia avanzada. Su cerebro era,
proporcionalmente, el más grande hasta entonces desarrollado, y mayor que el de
especies posteriores más evolucionadas. Eran unos seres cuya esperada evolución
prometía mucho, quizás la aparición de la inteligencia superior. Pero,
desgraciadamente, sobrevino una gran crisis climática provocada por la caída de
un asteroide de grandes dimensiones que provocó la extinción de la mayoría de
las especies de dinosaurios, sobre todo las de individuos de mayor tamaño. Los
pequeños dinosaurios con plumas lograron sobrevivir y evolucionaron decididos
hacia las aves.
Otra línea evolutiva de los reptiles
había dado lugar a unos pequeños seres (comparados con los dinosaurios) con
capacidad para la regulación interna de su temperatura, para la gestación
interna del embrión y para la alimentación de las crías mediante glándulas
mamarias. Estos primeros mamíferos convivieron con los dinosaurios, aunque
oscurecidos por su exuberancia y abundancia. Y los sobrevivieron a su
extinción, gracias precisamente a sus peculiaridades que los hacían resistentes
a los cambios del medio.
Desde
el comienzo de todo hasta vuestros días, la evolución de la vida ha generado
innumerables formas de seres, algunos de extraordinario aspecto y conducta, que
han desaparecido y de los que no han quedado huella. Sobre todo los que
surgieron al principio, de cuerpo blando. Otros, como los dinosaurios, aparecen
fosilizados a veces y habéis podido conocer su existencia. De la gran cantidad
de especies que existieron, las que hoy podéis contemplar en vuestro mundo,
aunque representan sólo una pequeña fracción del total, son representativas de
todos los niveles de complejidad que se han producido a partir del principio
común. Siguen perfectamente adaptadas al medio en que viven, y por ello
perduran. Unicelulares y pluricelulares
simples y complejos, representativos de todas las épocas, siguen poblando las
aguas, el aire y la tierra. Aun perteneciendo a los tipos iniciales, han
evolucionado sin embargo perfeccionando su adaptación; pero la esencia de su
estructura es la misma que al principio. De las especies que han desaparecido,
la mayor parte lo hicieron debido a la aparición de otras mejor dotadas, con
las que competían, o por su incapacidad de adaptación a los cambios climáticos.
Así que los seres vivos que veis hoy son el resultado del filtro llevado a cabo
por la cambiante naturaleza durante millones de años, que se ha llevado de
camino innumerables formas vivas, dejando sin embargo una muestra de la
escalera evolutiva. Y el último escalón es el hombre, tan distinto
aparentemente de los animales que os negáis con frecuencia a aceptar su origen
natural. Entre el simio más próximo al hombre y vosotros mismos imagináis
demasiadas diferencias, un salto inmenso
que os separa definitivamente de los animales. Os atribuís una esencia
distinta, un origen divino. “No, no, no somos un mono vestido, no somos un mono
inteligente que ha desarrollado ingeniosos procedimientos para buscarse una
vida más fácil e imponerse al resto de la naturaleza” - pensáis-. Y no lo sois
en vuestro interior, pero sí lo sois en vuestra naturaleza. Vuestra estructura
corporal, vuestra complejidad orgánica es la del mono. Tenéis un cuerpo de
mono, venís de un primate común a monos y hombres. Los monos son vuestros
primos menos inteligentes. Pero entre todos los órganos que poseéis en común,
tenéis uno más desarrollado: el cerebro. Y ello ha bastado para que fuerais
capaces de unas funciones mentales más avanzadas que ellos, que permitieron en
vosotros la aparición y el desarrollo de la cultura: es decir, la comunicación
y trasmisión del saber acumulado a vuestros semejantes y descendientes. Eso os
convirtió en seres superiores. Unos
pequeños cambios orgánicos hicieron el milagro de un salto de
complejidad en el ser.
Pero ya os contaré, en su momento,
cómo se produjo esta maravilla y el alcance de este suceso. Ahora miremos, por
una sola vez, el despliegue maravilloso que la naturaleza hizo entre las especies
animales, y las asombrosas adaptaciones y órganos que acabaron desarrollándose
entre los seres vivos.
LOS MARAVILLOSOS
ANIMALES
En
la estructura de los animales llaman poderosamente la atención sus sentidos,
esos órganos especializados para proporcionarles una extraordinaria capacidad
de orientación en el medio en que viven.
Entre todos los órganos de los
sentidos quizás el ojo es el que despierta más admiración. Cuando miráis, todo
el despliegue de las cosas reales se presentan ante vosotros. Veis, o creéis
ver, todo, hasta el punto de que para vosotros lo real es sólo lo que veis.
Decís "si no lo veo no lo creo", y con eso pretendéis que una de las
características de lo real es que sea visible por vuestros ojos. Veis el tamaño
de las cosas, el color, su posición en el espacio. El maravillosos ojo es
sensible a la luz y capta su espectro, es decir, las distintas radiaciones que
lo componen. Y así, no sólo veis la forma de las cosas sino también sus
colores, que dependen de la materia de que están hechas o revestidas, de manera
que absorben una parte del espectro luminoso y el resto lo reflejan, que es lo que percibís en forma
de color. Y sin embargo no sois sensibles a
toda la luz, a todas sus radiaciones. Y por ello hay cosas invisibles
para vosotros, aunque eso no os afecta demasiado. Vuestro ojo ha evolucionado
para "ver" lo que le interesa, y lo mismo el de los demás animales.
Hay infinidad de ojos en la naturaleza, cada uno adaptado al entorno vital de
cada ser. Y el vuestro no es el ojo mejor, ni tampoco lo son los demás sentidos
que tenéis. El ojo del águila ve con detalle a una distancia imposible para el
vuestro, como si poseyera un teleobjetivo. Pero es que desde la altura de su
vuelo precisa localizar sus presas y arrojarse velozmente sobre ellas. Siendo
depredador, necesita apreciar la posición exacta y el movimiento de su presa, y
por ello tiene sus ojos dispuestos de manera frontal, para que puedan
concentrase en un objeto y recibir dos imágenes ligeramente diferentes de él, que
le dan información de la perspectiva y por tanto de su movimiento. Las presas,
por el contrario, han orientado sus ojos para defenderse de los depredadores,
por lo que renuncian a esa disposición frontal de precisión a favor de una
disposición que les permita mayor campo visual, para percibir así más
fácilmente la llegada del depredador. Por ello tienen sus ojos más separados a
ambos lados de la cabeza.
El
ojo más simple, el de algunos seres unicelulares, está formado por una pequeña
zona o mancha sensible a la luz que les permite orientarse y nadar hacia la
claridad. Los ojos de algunos gusanos planos son simples depresiones tapizadas
por células fotosensibles, y los de numerosos seres, entre ellos, y
principalmente, los insectos, están formados por un gran número de ojos
individuales agrupados en un conjunto funcional u ojo compuesto. Cada ojo
produce su imagen, que es solamente una parte del amplio campo visual, siendo
capaces además, debido al solapamiento parcial de dichas imágenes, de apreciar
pequeñísimos movimientos. Los animales nocturnos o los de las profundidades
marinas tienen que ser capaces de ver con muy poca luz, por lo que han
desarrollado ojos muy grandes, de abiertas pupilas. Las serpientes y los peces
son capaces de ver colores en la gama del ultravioleta y el infrarrojo, que son
invisibles para vosotros. Los peces de las profundidades sólo perciben colores
azulados, los únicos que llegan a su mundo.
En cuanto a las arquitecturas de los
ojos, el perfeccionamiento de las mismas ha ido añadiendo, sobre las primitivas
manchas sensibles, cavidades, lentes, diafragmas regulables según la intensidad
de la luz y diferentes especializaciones según el medio concreto de vida del
animal. El ingenio o, por ser más exactos, la plasticidad de la materia viva
para conseguir adaptaciones eficaces parece no tener límite. Y éste es el caso
de las soluciones que la vida ha ido configurando para orientarse en el espacio
a expensas de la luz. Esa información,
por el hecho de provenir de la superficie de los objetos mirados, englobaba el
diseño de su forma, información de su naturaleza, su posición y estado de
movimiento. Una información por tanto completísima de los objetos, casi
"objetiva" y a la que vosotros atribuís el carácter de "realidad".
Pero la dramática lucha por la vida
tuvo que ampliar pronto sus mecanismos de orientación, desarrollando otros
sentidos complementarios que resultaban imprescindibles cuando la orientación
por la luz no era suficiente debido a múltiples factores, como obstáculos
visuales, ocultación defensiva de las presas y depredadores, etc.
El
oído, ese extraordinario órgano capaz de detectar las vibraciones del aire o el
agua producidas por el movimiento de los cuerpos, era imprescindible en ciertas
ocasiones para conocer la presencia de un animal o fenómeno. Desde los oídos
más simples de algunos insectos, como las arañas, que consisten en pelillos muy
sensibles distribuidos por sus vellosas patas, hasta el complejo oído de los
mamíferos, dotado de una arquitectura sofisticada que incluye membranas
vibratorias, trasmisores sólidos y de cámara líquida, y células sensibles a las
vibraciones que proporciona ampliaciones de la señal de hasta cien veces la
recibida, existe toda una variedad de soluciones que se han desarrollado en los
diferentes animales. Algunas, entre las pertenecientes a los insectos, son
pequeñas membranas sensibles o tímpanos situados en diferentes lugares del
cuerpo, con frecuencia en el abdomen. En los grillos, estos
"tímpanos" están colocados en las articulaciones o
"rodillas" de las patas delanteras.
Una característica de los animales
terrestres es el órgano externo captador, antes del oído propiamente dicho,
especie de embudo que canaliza el sonido hacia el interior del órgano auditivo.
Sus grandes dimensiones en algunos animales es señal de su extraordinaria
sensibilidad al sonido.
Igual que sucede con la captación de
la luz, también varía el espectro de frecuencias sonoras captadas por los
diferentes oídos Los elefantes son capaces de oír a largas distancias sonidos
de muy baja frecuencia, emitidos por sus congéneres, inaudibles por vosotros.
También sois incapaces de oír algunos de los agudísimos sonidos que emiten los
murciélagos. Éstos puede decirse que ven con el oído en la oscura noche donde
llevan a cabo su actividad cazadora. Para situarse espacialmente y cazar,
emiten una serie de ultrasonidos que se reflejan en las cosas y las presas, y
que son oídos claramente por ellos, aportando una información espacial tan precisa como la que aporta un ojo.
Los delfines utilizan también este
procedimiento, además del visual, el cual aporta incluso una información más
completa que la vista en algunos aspectos, ya que los ultrasonidos penetran en
el cuerpo y permiten conocer al delfín si un congénere tiene algún órgano
enfermo o si ha comido recientemente. También les permite localizar bancos de
pesca en aguas turbias y, al igual que las ballenas, orientarse en la
navegación.
La sensibilidad a diferentes
sustancias químicas, el olfato, es otro sentido de aparición precoz en los
seres vivos. La capacidad de distinguir pequeñísimas concentraciones de
determinadas sustancias químicas en el aire alerta a los depredadores de la
presencia de presas, y a éstas de los primeros. Es esencial también para la localización
sexual en determinadas especies. Algunos animales han desarrollado una
sensibilidad olfativa tan alta que hacen de este sentido el de mayor alcance.
Un oso polar puede detectar un cadáver de foca a decenas de Km. de distancia y
una anguila es capaz de orientarse
olfativamente a lo largo de miles de Km. por el Atlántico hasta llegar a su
lugar de cría.
Pero todos estos sentidos, y los de
acción por contacto -el gusto y el tacto- tan familiares para vosotros, no son
los únicos procedimientos de orientación de los animales, ni los únicos órganos
sensibles a la información del medio. Otros parámetros físicos del medio pueden
ser interpretados por algunos animales, especialmente los campos magnéticos y
eléctricos, o la dirección de las corrientes de aire o agua. Las aves
migratorias se orientan interpretando las variaciones del campo magnético
durante su recorrido, y los tiburones son capaces de detectar los más pequeños
movimientos de sus presas percibiendo los insignificantes campos eléctricos
generados por las contracciones musculares. Las serpientes que cazan animales
nocturnos, además de sus extraordinarios ojos que ven las radiaciones
infrarrojas, tienen unos órganos separados de ellos capaces de detectar el
calor de las presas.
Los
sentidos aportan la función necesaria para permitir la vida de los individuos
dispersos en ambientes extensos, que precisan la búsqueda de sus presas y de
sus congéneres, o la defensa de sus depredadores. La sensibilidad es la función
de reconocimiento del medio y va ligada a la necesidad de movilidad.
Y tan extraordinarios como los
sentidos son los distintos mecanismos desarrollados para conseguir la movilidad
por el medio. La movilidad es la característica fundamental de los animales,
que al contrario de las plantas, deben moverse para la búsqueda del alimento. La abundancia prácticamente
interminable de los principios básicos necesarios para la vida de las plantas
ha permitido que desarrollen su vida
inmóviles, inundando el Planeta de su verde presencia. En los animales, y sobre
todo en los depredadores, la velocidad de movimientos es la clave para el logro
del alimento. Seres extraordinariamente veloces han conseguido de esta manera
su éxito vital, su supervivencia en un planeta cada vez más densamente poblado
de competidores, y donde las presas a su vez han hecho de la velocidad el
recurso de su salvación. Todos los medios físicos han sido ocupados por
distintas especies y para ello han tenido que desarrollarse los órganos
adecuados de desplazamiento por ellos. Y curiosamente, estos órganos
especializados no han surgido de manera nueva y diferente sino por medio de la
adaptación de los órganos locomotores de sus antecesores en otros medios. Las
extremidades anteriores de algunos anfibios se modificaron para adaptarse a las
necesidades de locomoción terrestre de los reptiles, y las de éstos a las que
precisaban a su vez las aves y los mamíferos. Algunos mamíferos adaptaron de
nuevo sus extremidades para volver al medio acuático, donde encontraron más
recursos de vida que en el exterior. Es el baile adaptativo de las especies
contemplado desde una perspectiva de tiempo resumido.
Las soluciones decantadas para el
movimiento por tierra son tan variadas como extraordinarias algunas de ellas.
Hay animales dotados para la carrera de velocidad, como algunos felinos; otros
son maestros del desplazamiento a saltos, como los canguros; algunos son
corredores de dos patas, como las aves que se han adaptado a la vida en
tierra; los hay trepadores y saltadores
de árboles y, en fin, toda la serie de especies que se desplazan con más o
menos rapidez y por diferentes procedimientos utilizando extremidades con
diseños en forma de palanca.
En el agua, son también variadas las
técnicas natatorias empleadas, cada una asociada al tipo de vida especial de
los diferentes seres. Los más grandes, como en la tierra, no precisan demasiada
velocidad. Los depredadores y presas de tamaño medio sí tienen que ser veloces
para garantizar su supervivencia. Los hay sin embargo que siendo lentos
recurren a otros mecanismos defensivos y de caza para triunfar, como la
ocultación y el camuflaje, las protecciones defensivas, el veneno, etc. Las
aletas natatorias flexibles, unidas a la ondulación del cuerpo, configuran la
solución mecánica más común, sencilla e idónea para desplazarse por este medio,
aunque también se emplean la propulsión a chorro y la ondulación sinuosa de
cuerpos muy alargados.
En el aire tiene lugar la misma
variedad de soluciones: ágiles e incansables voladores de altura que persiguen
insectos; infatigables voladores de distancia que migran a climas más
favorables según la estación; aves poderosas que se precipitan veloces sobre
sus presas en el suelo; pájaros que flotan suspendidos en el mismo lugar
mientras se alimentan de las flores, o aves rapaces que permanecen igualmente
inmóviles en el aire acechando la madriguera de sus presas. Hay aves de vuelo
corto y pesado, de ala corta y rápida, buenas corredoras por el suelo, y otras
que son incapaces de andar cuando caen a tierra debido a la gran longitud de
sus alas. La pluma es el gran hallazgo evolutivo que ha permitido combinar un
peso muy ligero con una gran capacidad para desplazar el aire y propulsarse.
La movilidad y la sensibilidad se
relacionan de manera necesaria entre sí, de modo que la última sirva a la primera. La
extraordinaria velocidad de algunos depredadores no sería útil sin una vista
muy precisa. Ni tampoco la velocidad de una pequeña presa sin un oído muy fino.
Los animales migratorios precisan de una sensibilidad de alcance, como la
magnética y la olfativa. Los sigilosos cazadores nocturnos, que se mueven entre
la maleza, no serían eficaces sin un acusado sentido del olfato o la
sensibilidad al calor de la presa, como las serpientes.
Pero la sensibilidad sirve también a
otra función de extraordinaria importancia, como es la comunicación entre
congéneres. Con los sentidos perciben
las señales que trasmiten los demás y que les informan de asuntos de vital
importancia. Los animales utilizan diversos procedimientos para esta difusión o
intercambio de información. Unas veces son los sonidos, generalmente emitidos
con la garganta, aprovechando la impulsión de aire desde los pulmones. Los
mamíferos y aves lo hacen así, y vosotros también. Porque vuestro lenguaje,
aunque más complejo, es igualmente la combinación estructurada de sonidos
distintos emitidos por vuestra garganta. Las ballenas y delfines se entienden
también por medio de complicados sonidos que conforman un lenguaje limitado
pero suficiente para comunicar información diversa. La mayor parte de los
animales emiten, sin embargo, un conjunto simple de sonidos que les basta para
expresar unas pocas situaciones de sumo interés vital, como la advertencia de
peligro, la excitación sexual o la propiedad de un territorio. El canto de los
pájaros, a veces tan elaborado y armonioso, significa simplemente la expresión
de su presencia, que sirve además para identificarlos como de la misma especie;
pero a la hora de comunicar las pocas señales vitales necesarias, les bastan
unos pocos sonidos simples. Otros animales, como algunos insectos, emiten
sonidos por frotamiento de las patas o las alas. Algunos sonidos animales son
tan agudos que no los pueden oír sus
depredadores.
Las señales olfativas son de vital
importancia entre los animales. Distintas glándulas externas segregan
sustancias que dejan olores intensos, advirtiendo de su presencia en un
territorio o comunicando su estado sexual. Sólo vosotros, los hombres
conscientes, habéis prescindido de las señales olfativas para tener un control
más intencionado y reservado de vuestras manifestaciones. Además, vuestro
amplio lenguaje permite expresar toda la información diversa que queráis
comunicar, y para delimitar vuestro territorio empleáis puertas y vallas
físicas, como constructores que sois. Pero hay animales con un sofisticado
conjunto de glándulas que emplean para comunicar las distintas informaciones.
Otros, más simples, utilizan sólo la orina. Las marcas espaciales no sólo
delimitan un territorio como propio del animal, sino que puede trazar con ellas
auténticas rutas o planos para su posterior uso. El olor corporal se
intercambia a menudo entre los miembros de una manada para establecer la identidad de grupo.
Otro procedimiento importante para la comunicación de
información es la movilidad. Por medio de movimientos del cuerpo, o de la cara,
se comunica información de estados de ánimo y de la actitud presente. La
agresividad, el miedo, la sumisión o la dominación, se manifiestan por todo un
conjunto de expresiones corporales, que son especialmente ricas entre los
animales que viven en sociedades grandes. En los simios superiores podéis ver
una variada muestra de expresiones faciales, que llegan a expresar hasta la
curiosidad, la atención o la evocación de imágenes. En casi todos los animales
la actitud corporal es muy significativa. La observáis en vuestros perros
domésticos cuando están alegres o temerosos. Son capaces de agitar la cola y el
cuerpo, contoneándose, cuando son felices; o bajar las orejas y esconder el
rabo cuando están asustados. Otras veces os lamen la cara o se tumban patas
arriba cuando les acariciáis, en señal de máximo afecto o sumisión amistosa.
Las
abejas realizan curiosas danzas para comunicar a sus vecinas la situación del
alimento. Son capaces de expresar así la dirección, la distancia del mismo y
hasta su cantidad. Sin embargo, todas estas conductas "comunicativas"
no son generalmente intencionadas, como son las vuestras, sino que responden a
una necesidad "expresiva" de los individuos. Esa información es
percibida por los demás congéneres y les orienta o contagia en determinados
comportamientos. No se puede hablar de una intencionalidad o voluntad de
expresarse, pues el animal se expresa a pesar suyo, de manera automática, y en
una forma fija definida por su código
genético, que a lo largo de la evolución de su especie ha configurado ese tipo
de comportamiento. Por tanto, las expresiones animales, en general, aunque
puedan pareceros sorprendentes e intencionadas, son solamente “señales” que los
demás individuos interpretan instintivamente, desencadenándose en ellos una
respuesta igualmente automática. Muy lejos, pues, del lenguaje intencional,
simbólico y dialogante que utilizáis los hombres.
Sentidos y movilidad; sentidos y
comunicación. Información y respuesta. Los sentidos perciben una señal de algo
vital y el animal responde con un movimiento, con una expresión. La información
se recibe interiormente y dispara una respuesta. Y esto es automático,
espontáneo en el animal. Entre el órgano de sentido y el órgano que actúa hay una interconexión
nerviosa que origina la producción automática de la respuesta. Los circuitos
nerviosos que parten de los sentidos trasportan débiles corrientes
bioeléctricas generadas en ellos. Estas corrientes llegan hasta el músculo del órgano
de respuesta, que actúa produciendo un movimiento. Parece fácil el mecanismo para una respuesta
simple. Cuando un animal, o vosotros mismos oís un ruido violento, vuestro
corazón empieza a latir fuertemente, bombeando la gran cantidad de sangre que
será necesaria para emprender velozmente la huida. Parece que hubiera una
conexión directa entre el oído y el músculo cardíaco, y sin embargo la
respuesta automática se produce por intermedio de una sustancia segregada por
una hormona, que se vierte en la sangre
y activa el corazón. La conexión nerviosa está entre el oído y la glándula. Aún
así parece sencillo. Sin embargo, incluso para el ser más simple, hay una gran
cantidad de circuitos de conexión entre los sentidos y los músculos o las
glándulas. Y normalmente las conexiones nerviosas de los sentidos no actúan
emparejadas linealmente con las conexiones nerviosas de los órganos de
respuesta, sino que una sola conexión de un sentido puede afectar a un gran
número de conexiones de respuesta, y viceversa,
por lo que las interconexiones entre los circuitos que vienen de los
sentidos y los circuitos que van a los músculos o las glándulas se multiplican,
formando una gran maraña, un abultamiento o paquete de interconexiones que
llamáis cerebro. El cerebro es realmente un órgano nervioso procesador,
encargado de elaborar respuestas a partir de la información de los sentidos.
Hay otros núcleos nerviosos además del cerebro, los cuales forman un cordón
nervioso a lo largo de la columna espinal del animal. Son interconexiones más
directas, más automáticas, responsables de toda una serie de actos internos o
externos del organismo que pasan inadvertidos al animal, y que son necesarios
para el funcionamiento integrado del organismo, como las contracciones
cardíacas ordinarias, las secreciones glandulares o los movimientos
respiratorios. También en el cerebro tienen lugar este tipo de actos
automáticos, como la regulación interna de la temperatura o el mantenimiento
estable de la postura. Pero sobre todo tiene lugar el proceso más sofisticado
de análisis y procesamiento de toda la información que proviene de los sentidos
y que desencadena el comportamiento del animal.
Los animales más simples tienen sistemas
nerviosos sencillos, a veces simplemente una
red nerviosa difusa por todo el organismo, sin condensaciones medulares ni
cerebro, que les permite simplemente contraerse ante cualquier contacto. En los
animales más complejos, como en los simios superiores y sobre todo en vosotros,
el tamaño del cerebro comparado con las redes nerviosas que interconecta, es
muy grande, ya que deben atender a una gran cantidad de respuestas y conductas
muy elaboradas. Además, estos cerebros son capaces de conservar el recuerdo de
imágenes, ruidos, olores y cualquier otra sensación, que luego utiliza el
individuo para orientarse en sus movimientos en busca del alimento, la guarida,
el lejano lugar de migración o el reconocimiento de sus congéneres. Apoyándose
en la memoria, son capaces de aprender conductas adecuadas, bien por ellos
mismos o imitando a sus progenitores. Y en los animales superiores existe
también una cierta capacidad de asociación entre las imágenes guardadas de sus actos y la necesidad de
actuar de una manera nueva en el presente para conseguir un objetivo; es decir,
existe la capacidad de articular una ficción de la conducta, previa a la misma,
un manejo de la imaginación como mecanismo más eficaz en la consecución del
objetivo que una serie de ensayos al azar. El chimpancé es capaz de inventar,
de hacer por primera vez en su vida, sin
haberlo visto hacer antes, la secuencia de actos necesarios para alcanzar una
fruta suspendida en lo alto, subiéndose a un cajón. Y todo esto es una función
del sistema nervioso, que evoca imágenes sensibles como sustituto de intentos
reales. El animal empieza a vivir virtualmente, función que en el hombre llega
a límites extraordinarios.
Desde la simple mácula óptica de
algunos unicelulares o la lenta reptación por el suelo de los gusanos, hasta el
ojo del águila o el ala del albatros, desde la sencilla red nerviosa de los
primeros pluricelulares hasta la compleja y abultada maraña de interconexiones
de los mamíferos superiores, toda una serie de mecanismos se han desplegado en
los seres vivos para dotarles de capacidad de orientación, de capacidad de
relacionarse con su medio y sus congéneres. Y donde vosotros estáis viendo
mecanismos, ¿hay sólo mecanismos?. Así os lo he contado yo, puesto que vosotros
mismos sois constructores de mecanismos y sé que es vuestra manera de entender
la naturaleza. Pero el mecanismo vivo es sólo el reflejo material de otra
realidad superior: la función. Mecanismo y función van unidos, no se pueden
separar, ni uno es primero y el otro después, sino que van emergiendo a la vida
a la vez, y se van perfeccionando a la vez. Sin embargo, la función trasciende
al órgano que la soporta, porque está "orientada" a un fin superior:
el mantenimiento de la vida del ser completo. La función de "ver" no
termina ni en el ojo ni en la visión,
sino que atiende a la necesidad del ser de orientarse, de relacionarse,
de alimentarse o defenderse; a fin de cuentas, de conservar la vida. En la
función es la unidad entera del organismo la que está implicada. El órgano es
sólo el soporte material de esa función. La conservación del "individuo"
o de la especie es lo que alienta, de manera integrada y organizada con otras,
en cada función.
Y la función es algo que se decanta
orgánicamente ante unas posibilidades concretas de vida en un medio natural
determinado. Si debido a los cambios accidentales hereditarios de los seres
vivos algunos individuos nacen con unas características que permiten un mejor
aprovechamiento o adaptación a las condiciones de un medio, éstos sobrevivirán
mejor que los demás, y en toda la línea de sus descendientes, a lo largo de los
tiempos de estabilidad de ese medio, irán acumulándose aquellos descendientes
que intensifiquen más estas
características. La gran plasticidad de la materia viva para configurarse de
diferentes maneras irá desarrollando, por este mecanismo, el órgano más adecuado a la función requerida
para la óptima pervivencia en ese medio.
La característica de la materia viva
es el dinamismo, interno y externo, orientado a un fin: la duración de esa
vida, de ese mismo dinamismo global autoorganizado. Por eso, si hablamos de la
vida, hablamos de acciones de los seres vivos, de funciones.
Las
soluciones vitales surgen variadas, como posibilidades que se decantan sin
preferencia determinada en los medios naturales. En el mismo espacio de mar o
tierra veis coexistir seres unicelulares y seres complejos, insectos y
mamíferos, ballenas y plancton. Y además, coexisten armonizados de manera que
no sólo sus vidas pueden producirse, sino que alimentándose unos de otros sus
poblaciones se ajustan de manera que se establezca un equilibrio estable, una
coexistencia armonizada o posible. Y este equilibrio vital en el medio se fue
formando también a lo largo del tiempo y es inseparable de la génesis de las
propias especies que han llegado a coexistir en él; de manera que podéis pensar
que no sólo se han decantado seres vivos diversos en un medio, sino que todo un
conjunto vital organizado, un medio vital, se ha decantado a la vez a lo largo
de un periodo de tiempo. La vida se organiza y sale adelante de manera global,
en formas y equilibrios determinados en cada situación.
Y
claro, vistas las cosas desde esta perspectiva de las posibilidades vitales de
los medios, podrías pensar que puesto que los cambios de condiciones
ambientales son bastante aleatorios, lo mismo que han aparecido seres complejos
y perfeccionados, podrían desaparecer, o
ir apareciendo seres más simples cada vez, desandando el camino evolutivo de
complejidad creciente. Y lo primero ha sido así a veces a lo largo de la
historia de la vida. Pero respecto a lo segundo, sin embargo, la historia es
irreversible; lo que fue se quedó atrás y la vida se autoconstruye sobre el
presente creciendo en complejidad o adaptándose y permaneciendo. Los seres más
complejos, igual que los más sencillos, son capaces de adaptarse a los cambios
y aprovechar las oportunidades de otros medios cuando el suyo propio se
empobrece. Algunos mamíferos han vuelto al medio marino, como las focas o las
ballenas, que han convertido sus extremidades en aletas; otras veces han vuelto
al aire, como los murciélagos, que han convertido sus extremidades en alas
membranosas; y algunas aves han atrofiado sus alas y se han convertido en
animales corredores, como el avestruz. Pero tanto unos como otros siguen siendo
mamíferos y aves respectivamente. La evolución de los seres no va hacia atrás,
sino que acumula y utiliza los cambios conseguidos para adaptarse o
evolucionar. Y así, los seres más evolucionados pueden considerarse como un
conjunto encadenado de las diferentes soluciones vitales de su línea evolutiva
desde el origen, desde el unicelular primitivo. Vosotros mismos tenéis partes
del organismo que no son específicas vuestras, sino de vuestros antecesores.
Toda vuestra información genética, los datos de vuestra construcción orgánica,
son comunes en un altísimo porcentaje con vuestros antecesores los primates, y
un poco menos con la generalidad de todos los mamíferos; y tenéis todavía mucho
de reptil.
La complejidad se va acumulando si
las condiciones lo permiten. La complejidad crece sobre la complejidad, y ¿cómo
no habría de hacerlo si sus posibilidades vitales son ilimitadas? Esa es la
dirección de la evolución, la dirección de la vida a lo largo del tiempo: la
aparición de formas cada vez más complejas, que se construyen sobre las
anteriores más simples por el mero hecho de tener todavía muchas posibilidades
de combinación y organización. La complejidad va creciendo en formas de vida
evolucionada en conjunto con otras más simples que se perfeccionan en su
simplicidad y perduran, también, como soluciones vitales eficaces adaptadas a
su medio.
Y son tantas las posibilidades vitales de lo complejo,
que no sólo se manifiestan en la sofisticada estructura de muchos animales,
sino que incluso entre algunos, ya sean primitivos o evolucionados, actúa a nivel
del comportamiento social de los individuos. Porque algunos animales se
organizan en sociedades amplias y muy estructuradas; otras veces en familias o
clanes; otras en relaciones cooperativas entre individuos de distinta especie.
En estas organizaciones se puede apreciar cómo se trasciende la individualidad
y las propias limitaciones para
estructurar un tipo de conducta que aporta más ventajas a los asociados. Y ello
sin que sea precisa una base de inteligencia, como en el hombre, sino que esta
conducta es autoconstruida por evolución en base a las posibilidades de
interrelación que tienen muchos animales, incluidos los insectos. Aquí las
conductas de los individuos son rasgos heredados genéticamente, como los
caracteres físicos. Una abeja nace sabiendo ejecutar una danza peculiar
trasmitiendo cierta información, y esta actitud se ha ido diseñando de manera
natural para adaptarse lo mejor posible a las necesidades del mecanismo
conjunto y eficaz de la colmena, del "organismo global", en el que
encuentran así los individuos unas posibilidades de supervivencia mayor que por
separado.
Las
abejas, hormigas y termitas, pueden formar sociedades de miles de individuos,
hasta un millón en el caso de las últimas. Estos grupos están estructurados en
base a la división de tareas, dimensionándose automáticamente el número de los
individuos que realizan cada una. No sólo es diferente la tarea de los
individuos sino que incluso su morfología se adapta a la función que realizan,
presentando diferencias en tamaño, órganos y fisiología. En las termitas, la
casta de las obreras tiene atrofiados los órganos sexuales y las defensas,
dedicándose por completo a la recolección de alimento, su preparación o
digestión previa y la distribución entre las otras castas. La casta de los
soldados es igualmente estéril y sus individuos poseen unas extraordinarias
defensas a modo de tenazas-tijera que los imposibilita incluso para alimentarse
por ellos mismos, lo que hacen las obreras utilizando el boca a boca.
Finalmente, la pareja real es la exclusivamente encargada de las funciones
reproductoras, siendo la hembra prácticamente un enorme abdomen reproductor que
no para de poner huevos durante toda su vida fértil. Su cabeza y extremidades
cuelgan de la gran masa inmóvil de su
cuerpo, que está atendido por infinidad de obreros que no paran de alimentarlo,
limpiarlo y recoger sus huevos para trasladarlos al lugar de cría. Todas las
castas de termitas son ciegas y viven encerradas en el complejo montículo horadado
del termitero, de construcción tan depurada que hasta posee ingeniosas
estructuras de ventilación y acondicionamiento de aire, que son realizadas sin
un plan previo residente en ningún individuo, sino merced a patrones de
conducta genéticos que van desencadenando las acciones pertinentes, cada una
estimulada por la anterior acabada. La termitera se autoconstruye, por decirlo
así, igual que el cuerpo de cada termita durante su desarrollo. Las funciones o
tareas de las termes se llevan acabo de manera incansable y minuciosa, y para
la interrelación los individuos emplean fundamentalmente el oído y el olfato.
Y como os he dicho antes, toda esta
compleja conducta entre los individuos no responde a una actividad dirigida por
nadie, ni a un plan de colaboración
compartido. Es simplemente un mecanismo que ha ido emergiendo por selección
natural a expensas de las posibilidades sencillas de relación de sus
individuos. Pero fijaos en las características de éstos y a lo que os
recuerdan: Cada casta de individuos está especializada en una función concreta,
y han prescindido de las demás funciones generales que les convertirían en
individuos autosuficientes. Su configuración orgánica ha cambiado, de manera
que puedan desarrollar mejor su función. Y ello debido a la influencia de
ciertas hormonas que se dan a los individuos inmaduros y que dirigen su
desarrollo. ¿No os recuerda a la especialización de las células de los
pluricelulares, que a cambio del desempeño de su función concreta han perdido
también las otras generales, debiendo ser igualmente alimentados por otros
conjuntos celulares del organismo? Y lo mismo que en ellos, la vida de la
termitera perdura por encima de la vida de los individuos, que nacen y mueren
dentro de ella, renovando constantemente la organización.
El mecanismo de formación de estas sociedades animales
responde al mismo esquema: especialización y pérdida de la autonomía. Y todo
ello para dar vida a una organismo (a una organización) más compleja y mejor
adaptada al medio. Si las termitas salieran de su mundo subterráneo e
intentaran vivir independientemente serían devoradas por las hormigas en poco
tiempo, las cuales se han convertido en su enemigo natural por excelencia. Al
ser muy posteriores en aparecer, éstas últimas han ejercido la presión
evolutiva que ha configurado la vida de la termitera, celosamente oculta e
impermeable a otros seres. Y debido a ello, al ambiente oscuro y subterráneo,
se ha producido la adaptación sensorial de las termes, que han perdido la
visión.
Y esta extraordinaria
realización evolutiva de las sociedades de termes se fue decantando
espontáneamente, siguiendo el proceso de autogeneración de lo complejo. Sin embargo vosotros
tendéis a ver conductas inteligentes en los animales cuando observáis conductas que para vosotros
requieren el concurso de la inteligencia,
de la reflexión. Y suponéis que es necesaria una actividad panificadora
consciente para hacer esas cosas. Sin embargo los individuos pueden hacer
auténticas maravillas de manera espontánea, instintiva, y las leyes de la
complejidad actúan por encima de ellos, ejerciendo su extraordinario poder de
aglomeración y organización cuando se dan las circunstancias adecuadas. Incluso
en vosotros, que sois seres conscientes y os dais cuenta de lo que sucede a
vuestro alrededor, estáis trasportados todavía por fenómenos sociales que os
trascienden y que no podéis controlar. En sentido negativo, ahí están vuestras
guerras y crisis económicas, la decadencia y desaparición de vuestras culturas
históricas, etc. Y en sentido positivo, la ascensión del conocimiento, la
globalización de vuestra cultura. Todos ellos son fenómenos que no habéis planificado conscientemente, aunque a veces
pensáis que se realizan como consecuencia de vuestras acciones intencionadas,
que sin embargo van dirigidas a fines muy diversos, más inmediatos y concretos. »
EL HOMBRE
Arreytal
suspiró profundamente dentro de mi pecho, como aliviado de haber concluido la
parte más larga pero obligada de su relato. Y su mirada, la mía, se animó vivamente,
cómo si por fin hubiese llegado el momento de la gran revelación, como si toda
la vida anterior aparecida sobre la tierra formara un bloque separado y al
llegar por fin a hablar del hombre fuese a traspasar una frontera definitiva, a
entrar en un mundo sin retorno posible. Saliendo de mí, me miró con una
expresión de complicidad fraternal y reanudó su discurso.
«Los mamíferos más avanzados, los
simios, habían alcanzado unos comportamientos que aún hoy os parecen
sorprendentes a veces, con destellos de inteligencia, con muestras de
conciencia de sí mismos. Su mirada atenta en vuestros ojos, os está diciendo
que detrás de ella hay un ser que se siente individuo, que os reconoce como
seres semejantes a él, que intenta imitaros y comunicarse con vosotros cuando
se establece un vínculo de amistad. Pero para comunicarse sólo puede emplear
algunos gritos y un número limitado de gestos y movimientos. Su mente está
menos desarrollada, y sin embargo entre la estructura y complejidad de su
organismo y el vuestro apenas hay pequeñas diferencias, aunque a flor de piel
os parezcan enormes.
Tiempos atrás, hubo muchas especies
de simios que vivían y proliferaban en su ambiente natural, la selva, adaptados
a la vida en los árboles. Hoy la mayor parte han desaparecido, pero otros
tuvieron que adaptarse a condiciones climáticas cambiantes, que produjeron la
disminución del área de bosques y la aparición progresiva de las sabanas,
grandes extensiones de pradera de hierba alta. Tuvieron que adaptarse a un tipo
de vida más desprotegido frente a los depredadores que el de la vida
arborícola. La sabana era un medio nuevo que también contenía alimentos y se
vieron presionados a moverse por él. Algunas especies de simios que eran
capaces de andar más o menos erguidos encontraron en esta habilidad una solución muy eficaz para desplazarse por el
nuevo medio, ya que les permitía una vigilancia constante al cruzar las
extensas praderas entre las distantes zonas boscosas protegidas. Los largos
desplazamientos en busca de comida y refugio, bajo el calor de la sabana
despoblada de árboles, también se vieron beneficiados por esta postura menos
propensa a los estragos del calor. Además de la actitud vigilante, se protegían
de los depredadores llevando palos en las manos, que ahora quedaban libres, lo
que aumentaba sus posibilidades de defensa. Todos estos factores les dieron
ventajas de supervivencia sobre las otras especies de simios tradicionales, que
fueron extinguiéndose poco a poco en el nuevo medio. Con el tiempo se acabaron
seleccionando en la sabana unos simios perfectos andadores, como vosotros, que
además tenían una buena habilidad manejando palos y piedras. Las
modificaciones estructurales de su
cuerpo, debido a la postura erguida, permitieron casualmente nuevas aptitudes,
sobre todo una mayor posibilidad de emitir sonidos y gritos, que incrementaron
las posibilidades de expresión y comunicación con sus congéneres.
La complejidad empezó a realizar su trabajo de
autocreación con estas nuevas facultades. La articulación de sonidos con
significado, a la manera de un primitivo lenguaje, permitió la autoorganización
de grupos con conductas muy eficaces para la supervivencia. A esto se unía la
habilidad manual creciente, que empezaba ya a modificar las piedras y palos,
retocándolos para una mayor eficacia como armas.
Como reflejo del aumento de
funcionalidad de aquellos simios evolucionados, el tamaño del cerebro iba
aumentando, multiplicando las conexiones nerviosas. La nueva postura erguida
favorecía o no impedía el aumento de peso del cerebro, que ahora cargaba
verticalmente sobre la columna.
Las limitaciones iniciales de su
estructura, que tan indefensos les hacían frente a los grandes depredadores, se
fueron superando gracias a la cooperación creciente y al empleo de las
primitivas armas. En la sabana había otra posibilidad alimenticia, que gracias
a las nuevas habilidades e instrumentos pudieron aprovechar: la carne, para
cuyo consumo no tenían los dientes apropiados, ni para conseguirla la
suficiente fortaleza natural. Gracias a la cooperación para la caza y para el
ahuyentamiento de los carnívoros que estaban alimentándose de sus presas, así
como a las herramientas de piedra que había aprendido a labrar, pudieron despedazar a los animales muertos y
cortar su carne. El mayor poder alimenticio del nuevo alimento fue un factor
importante en su supervivencia e implantación. Seguían comiendo también plantas
y tubérculos, que al igual que la carne consumían
crudos. Y a veces comían a semejantes suyos: eran carne también.
La línea de
evolución estaba trazada: a mejores herramientas y mejor comunicación, más
éxito para sobrevivir. Y existía la mano y la garganta preparadas para ello. Y
la posibilidad de aumentar el cerebro para permitir ese aumento de
funcionalidad. El progreso con la misma arquitectura corporal se había iniciado
y ya no tendría final. Toda la potencialidad estaba ahora en la mano y la
palabra.
La utilización de cierto número de
vocablos para designar a los animales, las plantas, las situaciones y las
personas dinamizó las conductas de aquellos hombres primitivos. Al principio
eran expresiones simples, casi sonidos que acompañaban a determinados gestos,
una especie de lenguaje mixto de mayor potencial, en el que las palabras iban
ganando terreno a los gestos.
Las palabras fueron surgiendo poco a poco de manera imparable. Primero
imitabais el rugido y la voz de los animales, y eso servía para referirse a
ellos, acompañando a veces un gesto que los identificaba en algún aspecto
esencial. También reproducíais el ruido del viento y la tormenta, el rumor del
río. Teníais una garganta muy evolucionada capaz de producir sonidos diversos y
articulados y comenzasteis a inventar nombres para las cosas. Pero estos
nombres iban surgiendo poco a poco. Cada palabra alumbrada era un
descubrimiento mágico que se producía en grupo, en partidas de caza o durante
las largas horas de invierno ante las llamas del hogar. Era un acto de creación
inspirada que se le ocurría a alguien y era reconocido como auténtico por el
grupo, quedando instaurado para el clan. No valía cualquier sonido más o menos
gratuito, sino que emanaba de la cosa de manera sagrada y única. Los brujos del
clan eran normalmente los descubridores de palabras y con ellas se apropiaban
de las cosas para el grupo. Porque pronunciar la palabra era lo mismo que traer
ante el clan a la cosa misma, pues aparecía ante todos su imagen con viveza,
sintiendo de un modo mágico como si fuera real y se tuviera un cierto poder
sobre ella al invocarla cuando se quería. Igual que hoy sentís que lo real está
atrapado en una fotografía, así lo real quedaba atrapado para aquellos hombres
en sus primeras palabras.
La talla de piedras, del material
especial seleccionado por sus características favorables para producir fracturas cortantes, se desarrolló
lentamente, apareciendo diversas herramientas para cortar, machacar huesos,
raspar pieles, trabajar palos, etc. Eran instrumentos que se hacían golpeando
piedra con piedra, de una manera muy hábil, en direcciones adecuadas para
lograr la fractura con el mínimo esfuerzo. Había que elegir bien la forma
inicial del material, imaginando anticipadamente el diseño a conseguir y los
golpes a dar para ir rebajando la piedra hasta su forma final. La inteligencia
estaba presente, pero no era fácil el acto creador, la invención, todavía. Cada
saber, cada técnica descubierta se usaba durante largos milenios sin ser
capaces de mejorarla. La evolución del conocimiento era tan lenta todavía como
la evolución orgánica. Pero la estaba empezando a suplantar, evidenciando su
mayor versatilidad y potencial.
Los hombres primitivos
cazaban y recogían frutas y raíces comestibles. En la caza habían desarrollado
estrategias inteligentes para el acoso y acorralamiento de los animales,
empleaban trampas y eran capaces de abatir los grandes herbívoros de aquel
tiempo. Conocían hierbas curativas y tenían unas reglas de conducta dentro del
clan familiar. Utilizaban ya el fuego, aunque al principio no sabían cómo encenderlo y
simplemente conservaban el fuego ocasional que se producía en la naturaleza. Se
abrigaban con pieles y construían primitivos refugios de acampada con ramas. Su
vida era lentamente errante, siguiendo a las manadas de animales y buscando
continuamente nuevas zonas cuando la comida escaseaba.
Su mundo mental era el reflejo de la
realidad inmediata, que les ocupaba por completo Su vida, demasiado corta,
presa de los riegos naturales y la enfermedad, que les sorprendían con
demasiada frecuencia. Sus propios cadáveres se abandonaban generalmente a la
naturaleza y no se distinguían ellos mismos del resto de los animales, cuya
fuerza y poder respetaban.
Eran hombres ya, más
lejos de los otros simios que de vosotros, pero no eran todavía como vosotros.
Si os encontrarais hoy con ellos experimentaríais una sensación extraña, porque
veríais en ellos vuestro mismo cuerpo, una cara bastante parecida al primate,
una conciencia intensa de sí mismos pero con una inteligencia muy lenta
todavía, unida a un lenguaje muy pobre y limitado, formado por palabras-grito
aisladas o secuencias de dos o tres palabras.
Su capacidad para
inventar algo nuevo era prácticamente nula. Sólo los muchos cientos de milenios
durante los que se desarrolló su existencia fueron acumulando el escaso saber
técnico que les permitió extenderse por todas partes y sobrevivir en diferentes
climas y medios, superando la necesidad de adaptación biológica de sus
organismos. Y ese saber técnico sí que eran capaces de enseñarlo y aprenderlo
de generación en generación. Nacían con un cerebro mucho mayor que sus parientes
primates, pero en blanco, con pocos condicionamientos para la acción. Tenían
que aprenderlo todo, estaban desvalidos ante el mundo. Pero tenían una ventaja,
y es que podían aprender cualquier cosa, y lo aprendido lo trasmitían a sus
hijos. Así se fue rompiendo en una misma especie la determinación del
comportamiento, ya que se posibilitó la acumulación del saber, del lento saber
que a fuerza de milenios se fue descubriendo.
Estos hombres, cuya forma de vida
parecía casi invariable a lo largo de un
millón de años, fueron evolucionando biológicamente también, y al cabo del
tiempo aparecieron especies de hombres dotados de mayor cerebro, como el
vuestro actual. Era lo que hacía falta para que el nuevo procedimiento de
evolución del hombre primitivo pudiera desarrollarse en toda su amplitud.
Determinadas zonas cerebrales fueron dimensionándose mejor para el
acrecentamiento de las funciones mentales importantes, como la conciencia, el
lenguaje, la creatividad. Había aparecido el hombre moderno: vosotros.
El animal y vosotros,
semejantes corporalmente, pero diferentes en algo tan esencial como el proceso
evolutivo. Las generaciones de una especie animal cualquiera tienen la misma
conducta siempre, los mismos conocimientos. Se han adaptado bien a su medio y sobreviven
de la misma manera a lo largo del tiempo. Sus habilidades son innatas -las
heredan biológicamente- o las aprenden enseguida de sus progenitores
despertando mecanismos prediseñados genéticamente. Y ahí se queda todo el saber
de la especie, repitiéndose el mismo
ciclo sin cesar, hasta que cambia el medio ambiente. Entonces comienza el lento
proceso de adaptación biológica por selección de los más aptos para las nuevas
condiciones. Hay un cambio biológico.
El hombre, sin embargo, es creativo
y construye herramientas y adaptaciones externas a él mismo. No precisa cambiar
su cuerpo ni su biología, porque su inteligencia le permite protegerse de los
cambios y dotarse artificialmente de lo que necesita para sobrevivir. Su
adaptación al medio es artificial, por medio de artificios o ingenios. Su
evolución consiste en la acumulación de conocimientos que se van trasmitiendo a
lo largo del tiempo. Su progreso es cultural.
La creatividad, la
capacidad para relacionar las cosas de manera que encuentre soluciones a nuevas
necesidades no satisfechas, es su principal característica. Y eso supone una
gran agilidad mental que sólo es posible gracias al empleo interior y
silencioso de las palabras, al manejo de las ideas. La imaginación visual, el
pensamiento visual, no se puede ejercer de manera voluntaria con facilidad. La
voluntad, el acto intencionado, sólo puede operar sobre movimientos
voluntarios, musculares, como la acción o la palabra. Y el pensamiento verbal
es la evocación de palabras por medio de los movimientos esbozados, mínimos,
sin voz, de la garganta. Es vuestro lenguaje interior, con el que os habláis a
vosotros mismos, planteándoos vuestros problemas y preguntándoos por las
soluciones, discurriendo, es decir, encadenando palabras y expresiones que van sugiriendo
nuevas ideas.
Si hacéis la prueba de pensar sólo con imágenes, os veréis sumidos
inicialmente en la incapacidad para percibir ninguna; no podéis empezar a
pensar. Sólo ante una percepción externa o interna, ante un estímulo de los
sentidos, evocaréis alguna imagen. Ante una situación nueva, quizás se os
ocurra la representación visual de una acción a realizar para abordarla con
éxito, pero vuestra actividad imaginativa será lenta, a impulsos, con grandes
lagunas y perplejidades. Os habéis metido, al pensar de esa manera, en la mente
del animal, sumamente limitada para lo que no sea conducta aprendida e
irreflexiva. Claro que no tenéis costumbre de pensar con imágenes, y sin querer
sonarán silenciosamente palabras y preguntas dentro de vuestra mente. Sin
embargo hay algunas personas que pueden pensar fácilmente así, y en realidad el
pensamiento puede desarrollarse con una mezcla de imágenes y palabras en todos
los grados de proporción, desde la palabra pura a la imagen pura. Los sueños
discurren como una historia de imágenes, y en general el inconsciente trabaja
en base a imágenes a gran velocidad. El hombre primitivo, igual que algunos
animales, utilizaría imágenes para encontrar soluciones a golpes de intuición.
El inconsciente, manejando imágenes, consigue resultados maravillosos,
verdaderos actos de creación propios del genio, pero su funcionamiento es
caprichoso, no controlado, empujado por la necesidad o la curiosidad extrema.
Sin embargo el pensamiento consciente, en base a palabras, está sometido al
control de la voluntad, disponible siempre. Por medio del lenguaje verbal del
pensamiento establecemos una especie de dialogo con nosotros mismos en el que
nos instamos a encontrar soluciones, o seguimos metódicamente un camino
dirigido y controlado por nosotros mismos hacia el resultado, comprobando en
cada momento los avances y los resultados parciales. Es una manera de hallar
soluciones de manera programada. Además, el pensamiento verbal, el discurso
interior, llama al inconsciente en cada paso para despertar intuiciones,
convirtiéndose así en el administrador de esa preciosa herramienta creativa
Poco a poco el hombre fue
ampliando el número de sus palabras, poniendo nombre
a las cosas que eran importantes en su vida: los animales que cazaba, las plantas,
las personas de su grupo… y también sus
propias sensaciones y sentimientos, como el dolor, la alegría, el hambre. Pero
además empezó a construir frases o conjuntos de palabras que representaban las
acciones en las que aparecían las cosas, los animales y las personas, como
correr, ir de caza, reunirse alrededor del fuego. Así fue naciendo el
lenguaje propiamente dicho, y la
capacidad de evocar escenas completas, relatos. Empezó a representar los
sucesos reales para planear estrategias de caza o comunicar sus propósitos al
grupo. En las partidas de caza, el jefe del clan asignaba puestos y papeles,
momento de partida, lugar, trampas a realizar, etc. Aunque estas estrategias ya
se desarrollaban de manera rígida antes del lenguaje, con ayuda de algunos
gestos y gritos, el empleo del habla permitía cambiar de estrategia sobre la
marcha, según las circunstancias, y sobre todo el planteamiento previo,
evaluando las diferentes estrategias posibles, anticipando y comparando
resultados. Es decir, el hombre primitivo comenzó a "razonar", a
utilizar el lenguaje de manera eficaz, encontrando soluciones anticipadas a sus
problemas. El clan, reunido, llevaba a cabo largas "discusiones"
puntualizando y opinando sobre las consecuencias de cada acción, esforzándose
por imaginar lo que pasaría después. Comenzó a saber construir un mundo
ficticio, virtual, una representación teatral sonora de la realidad, con la que
se anticipaba a los sucesos, organizando la conducta del grupo de manera muy
eficaz. También por entonces aparecieron los "contadores de
historias", que hacían el relato de las partidas de caza, repleto de
escenas vívidas que eran compartidas por niños, mujeres y ancianos alrededor
del fuego. Esto daba coherencia al grupo, les unía en una misma experiencia e historia
y fomentaba el uso y aprendizaje de la lengua. Se transmitían así también los
conocimientos sobre la caza, la construcción de armas, etc.: es decir, los
saberes del clan.
Gracias al pensamiento,
al manejo virtual interior del mundo, el hombre pudo desligarse de los
fenómenos reales y anticiparlos, jugando y experimentando con las cosas y las
situaciones sin exponerse a la realidad y a sus consecuencias. Poco a poco fue
construyendo de manera más amplia su mundo virtual, su reflejo del mundo real, hasta
poder nombrar todas las cosas que intervenían en su vida y todas las acciones
que podían desarrollarse, así como sus estados de ánimo y sensaciones. Y
trabajando con el pensamiento, cuando quería nombrar a un grupo de animales o
cosas en relación a algún plan o consideración, se le ocurrió que todos ellos
tenían alguna característica común que les agrupaba de manera significativa, de
manera que utilizando un solo nombre podía nombrarlos a todos. Así comenzó
a usar palabras que representaban las cosas de manera genérica. Empezó a
utilizar conceptos o ideas abstractas, que sugerían aspectos comunes de los
seres incluidos en la palabra representativa, que ya no era la imagen de una
sola cosa, sino partes de todas. La palabra sugería conjuntos de imágenes, contenidos
relacionados. La palabra “toro” sugería inicialmente la imagen de un toro, y en
el caso más amplio, diversas imágenes de toros en diferentes situaciones. Pero
la palabra “animal” podía sugerir un toro, un elefante, un león, etc. Podía ser
una serie fugaz de todas las imágenes, o partes comunes a todos los animales,
como patas, cola, pelo, etc. A medida que aumentaban los conceptos abstractos
también las palabras simples se fueron llenando de contenidos adicionales, ya
que aparecían ideas como la fuerza, la fiereza, los colores, etc., que podían
asociarse a ellas. El mundo mental, reflejo del real, se fue enriqueciendo
enormemente. Y gracias al lenguaje que lo soportaba, este mundo mental pudo
trasmitirse a las generaciones sucesivas, que aprendían así a la vez el
lenguaje, el mundo mental y la capacidad de pensar.
A lo largo del tiempo, y
dada la importancia del lenguaje para la supervivencia, la evolución biológica
fue seleccionando un hombre con un cerebro mejor adaptado para el lenguaje,
configurado de manera que era capaz de aprender a hablar una lengua con
relativa facilidad.
Anteriormente, el cerebro había evolucionado hacia una
predisposición para captar lo real en base a unas formas o patrones de la
sensibilidad que resultaban tremendamente eficaces en la lucha por la vida. Era
la sensibilidad o sentido del espacio en sus tres dimensiones, forma ésta común
con muchos animales, por otra parte. Más específicamente humano fue el sentido
del tiempo, mediante el cual apreciaba el transcurrir de los sucesos, la
duración de sus actividades, la comparación de la duración entre diversos
fenómenos, y de alguna manera, la medida de su tiempo en base a fenómenos de
duración fija, como el día, las estaciones, etc. El animal, por el contrario,
vive inmerso en un presente casi continuo, aunque también sabe esperar, pero no
capta la duración del tiempo como el hombre, que llega a poder programar su
actividad y su vida. Naturalmente, el lenguaje y el pensamiento facilitaban la
función de todos estos sentidos mentales, y se llenó de palabras que permitían
su ejercicio. Otro sentido complejo, por llamarlo así comparado con los
sentidos simples que radican en un órgano perceptivo, fue la captación de
regularidades en los sucesos. Supo esperar el día tras la noche, la primavera
tras el invierno, el trueno tras el rayo. También los animales tenían este
sentido, que les impulsaba a reaccionar anticipándose a los fenómenos, pero
estaba programado de manera genética sólo para determinado tipo de sucesos de
importancia vital.
Un tipo de regularidades
especiales eran aquellas en que algo se transfería siempre del suceso anterior
al posterior, como calor, energía, fuerza, de manera que se intuía que el
suceso inicial era el responsable del siguiente, el cual se originaba debido a
ese poder que se transmitía; el suceso inicial era la “causa” del siguiente.
Esta capacidad mental de reconocer causas y efectos resultó ser primordial para
explicarse el mundo, para descubrir en él relaciones de necesidad, y en suma
para manejarlo al reproducirlas en su beneficio. Y así, esas intuiciones del
tiempo, el espacio, lo sólido o lo líquido, las causas y sus efectos, fueron
encontrando sus respectivas palabras, las que acabamos de usar, posibilitando
el ejercicio y la incorporación de esas maneras eficaces de captar la realidad
a su vida cotidiana. Todos estos sentidos mentales complejos, unidos a los
simples, permitieron un gran poder de supervivencia. Fueron adaptaciones al
mundo, utilizando determinadas características del mismo, que por medio de los
órganos de los sentidos simples y complejos se transformaban en formas
diferenciadas de percepción. Ello no quiere decir, como más adelante os contaré
en detalle, que el mundo exterior fuera así, ni que existieran los colores ni
los sonidos, ni el tiempo ni el espacio, ni la causa ni su efecto, sino que el
hombre, como en su medida los animales, transformaban unas ciertas
características de lo real en formas propias de su sensibilidad orgánica y
mental.
Todos los animales tienen un cerebro
que ha evolucionado de manera que proporciona al individuo determinadas
predisposiciones, que le resultarán eficaces en su lucha particular por la
vida, y que aprenderá a desarrollar por medio del aprendizaje. Así la
predisposición a volar, a cazar, al canto o a la lucha. Igualmente el hombre
nace con sus predisposiciones para el lenguaje y la captación de la realidad
por medio de sus sentidos complejos. Es su particular adaptación a la vida.
La función del pensamiento ya
desarrollado tenía su soporte en el nuevo cerebro, en el que la posibilidad de
un número inmenso de interconexiones y correlaciones nerviosas permitían ese
flujo y asociación de contenidos
mentales. Las zonas cerebrales donde tenían lugar estos procesos se habían
desarrollado grandemente a partir de las incipientes del cerebro animal. El
entramado de interconexiones resultaba sumamente complejo y con muchas
posibilidades potenciales, las cuales había que realizar y consolidar a lo
largo del desarrollo vital. Era como si
el individuo, al crecer y aprender, fuera materializando toda una red de
conexiones nerviosas, como las raíces pilíferas de un árbol que se amplían y se
enredan formando una maraña inextricable. Y lo mismo que las raíces, el cerebro
puede comportarse de manera flexible, siendo capaz de desarrollar su función
aunque alguna parte no demasiado vital quede dañada; puede desarrollar nuevas
conexiones y salir adelante el individuo con todas sus funciones.
La función simbólica del lenguaje se
ejerció hacia el propio interior del individuo también, alcanzando sus
sensaciones internas, sus deseos, sus emociones, su propio pensamiento incluso,
definiendo y concretando al propio ser, que comenzó a "conocerse" a
sí mismo en forma de conceptos, de manera separada a su propio transcurrir
vital. El hombre se hizo "consciente de sí mismo", ya que era capaz
de representarse o imaginarse de manera simultánea a la realización de sus
funciones. Y ello fue posible gracias al desarrollo evolutivo de una especial
configuración cerebral. Los animales superiores también tienen un cierto tipo
de conciencia propia, en base a imágenes sensibles directas de su propio cuerpo
y sus vivencias vitales, en percepción simultanea del mundo exterior. Pero es
una conciencia directa, inmediata, ligada a la conducta. En el hombre, merced
al mundo virtual interior, la conciencia se puede ejercer voluntariamente,
desligada de los fenómenos, del transcurrir vital. Es una conciencia separada
del mundo, una conciencia autónoma, en sí mismo.
Cuando aún no existía el
lenguaje, las percepciones de los sentidos y las
intuiciones eran momentáneas, y el hombre, lo mismo que el animal,
estaba
sometido al ritmo de lo externo. La atención estaba puesta de manera
inseparable en los sucesos. También atendía el hombre a su interior, a
sus
emociones y sentimientos, pero los gozaba y padecía siendo esclavo de
su
dinámica y percibiéndose a sí mismo de manera fugaz. Al aparecer el
lenguaje y
disponer de palabras que evocaban sensaciones, acciones y sentimientos,
la
conciencia de todo ello era accesible voluntariamente y podía demorarse
en ella
dada la intensidad moderada y controlable de lo sugerido.
El pensamiento jugó una función
importante en la actuación intencionada, voluntaria. Gracias al control de sí
mismo que posibilitaba el pensamiento, el hombre fue capaz de actuar según un
plan, en el momento preciso, sin que su acción estuviese disparada por
percepciones sensoriales, sino por actos de la voluntad que da las órdenes
oportunas en el momento adecuado según las estimaciones del pensamiento. Así
pudo controlar voluntariamente la inhibición o desencadenamiento de sus actos,
de manera que su eficacia fuera mayor. El pensamiento era el intermediario de
la acción voluntaria.
Veis pues el extraordinario papel que jugó el lenguaje, que en principio
parecía sólo un mero instrumento de comunicación para la acción en grupo. Su
eficacia se manifestó en todos los aspectos de la conducta del hombre: vehículo
del pensamiento, de la acción controlada, del mundo mental virtual, de la conciencia
del yo.
El pensamiento con
palabras, debido a su interioridad y orientación hacia sí mismo, se simplificó
grandemente respecto al lenguaje dirigido a los otros, consistiendo sólo en
determinadas palabras con sentido, capaces de evocar todo un chaparrón de ideas
asociadas al contexto. Las palabras duraban interiormente sólo un instante, lo
necesario para desencadenar todo su
contenido de imágenes, de ideas, de otras palabras relacionadas. El pensamiento, así, se hacía
enormemente fluido: era un discurrir.
EL MITO Y LA RELIGIÓN
Esta fue la primera manera de "entender" el mundo. “Mundo”
representado que el mismo hombre había ido creando al dar nombre a las cosas y
fenómenos que observaba. Al crear palabras, aislaba aspectos de lo exterior y
los revestía de "ser" en sí mismos, es decir, los creaba para su
mundo; ese mundo que podía ser entonces manejado, pues la palabra y la cosa
eran inseparables y él tenía el poder de nombrarla. Pero el nombrar no era
suficiente para el hombre, pues algunas cosas, aún nombradas y conocidas, se
manifestaban de manera desconcertante para él. Entonces se hacía necesario
"entenderlas", saber cómo actuaban y debido a qué causas o motivos lo
hacían, para así poder relacionarse con ellas, preverlas y manejarlas también
de alguna manera. Y la manera más profunda de entender del hombre primitivo era
experimentar las cosas en sí mismo, "sentirlas" interiormente,
dejarse afectar por ellas de manera que impactaran en él intensamente dejando
su huella. Entender las cosas era afectarse de las cosas. Era una manera de
comprender enteramente humanizada. Las cosas estaban animadas para él, estaban
poseídas de espíritu, de espíritu como el suyo, perfectamente entendible. Otra
cosa no se podía imaginar que fuera más definida, más intensa, más
significativa. Entender era identificarse con el mundo, para no sentirlo
diferente, inexplicable, inmanejable, caótico. Conocer era humanizarlo todo. Y
aunque hoy os parezca ingenua esta manera de entender, todavía la seguís
empleando para comprender a vuestros semejantes. Pensáis que los demás actúan
como vosotros actuaríais en las mismas circunstancias, y entenderlos es
imaginarlos semejantes a vosotros. Es lo único que podéis hacer, pues no sois
capaces de entrar en su alma y sentir realmente como ellos sienten, ni vivir
sus especificas motivaciones y los peculiares matices de su ser. Seguís
identificándoos en los demás. A las cosas del mundo ya las habéis alejado de
vosotros, las habéis deshumanizado, aunque no del todo, pues para explicaros
sus manifestaciones empleáis conceptos pertenecientes a vuestra naturaleza
humana, como son los transferidos a las
nociones físicas de fuerza, energía o
impulso. Si una piedra cae es porque hay una fuerza que tira de ella. Si la
piedra tiene una velocidad, lleva una energía capaz de transferir al objeto con
el que impacte. Y no es que las cosas sean así, pero de alguna manera tenéis
que imaginarlas, explicarlas o asemejarlas a lo conocido para poderlas utilizar
Y además, puesto que no podéis comprender las cosas en su ser exacto, siempre
estaréis haciendo semejanzas, teorías, aproximaciones a su ser, cada vez más extensas, más descriptivas de lo que os
interesa de ellas, pero siempre viendo
su ser en relación a vosotros, no su ser en sí mismas.
Al ir creciendo el
lenguaje, el hombre aumentaba el mundo disponible. El resto de las cosas era un
conjunto indiferenciado que o no afectaba a su vida o creía que no la afectaba,
o lo experimentaba como algo peligroso sobre lo que no se tenía control, como
algo confuso e incierto, como un caos. Su vida se orientaba en "su
mundo", y lo iba ampliando poco a poco, ganando terreno al caos. El caos
iluminado por la palabra se convertía en mundo, sometido a un orden basado en
la relación del hombre con él. Un mundo interpretado con su lenguaje, en el que
existían sólo las motivaciones humanas como explicaciones de los sucesos. Las
fuerzas de la naturaleza, de las que dependía su vida, y los poderosos
animales, cobraban una dimensión tremenda bajo esta interpretación. Había que
relacionarse con ellos, como poderosos seres que eran, de manera adecuada para
no irritarlos y obtener sus favores. Lo primero fue establecer un orden de
jerarquía entre ellos y los hombres, y una prácticas de relación, a la manera
de las relaciones tribales, único tipo de relaciones conocidas. De esa manera
se conseguía una organización del mundo similar a la organización lograda por
el clan a lo largo de los tiempos; la organización que funcionaba, el orden.
Así nacieron entre los primitivos los mitos y los ritos. El mito explicaba el
mundo conocido, aquella parte de lo externo en que su vida tenía lugar. Y el
rito eran las prácticas de relación del hombre con aquel mundo personalizado.
Sin un mito el mundo era caos,
desorden, imprevisión y amenaza. Con el mito, todo tenía una explicación y se
podía vivir más tranquilo, sobre todo porque aunque los seres superiores del
mundo se irritasen y ocasionasen tragedias a los hombres, se conocía la manera
de intentar aplacarlos. Hoy os pueden parecer erróneos todos estos mitos
primitivos, pero el concepto de "verdad" es algo evolutivo también,
algo nunca absoluto. Es la coherencia de lo nuevo con lo previo conocido. Y
entonces lo único previo conocido de manera palpable
era el alma del hombre y el clan. Y todo se explicó a semejanza del alma y del
clan. Porque el lenguaje aparece sobre
un clan formado y un hombre incipiente, y sus palabras primeras sirven a
la comunicación, a la consolidación del clan, a la propia conciencia del
hombre. Progresivamente se irá interpretando el mundo de manera más amplia.
El que la interpretación mítica del mundo fuera eficaz o
no, influiría en la evolución histórica del clan. Sin duda tendrían más
probabilidades de sobrevivir aquellos clanes con mitos más eficaces, pero en un
principio, el sólo hecho de tener un mito era más eficaz que vivir en el caos.
El caos produce la angustia de la desorientación, de la esclavitud paralizante
al azar, de la inacción. Una teoría mítica de comportamiento del mundo
proporciona tranquilidad, permite estrategias, posibilidad de acción; y en el
peor de los casos, asegura un 50% de aciertos en la acción. Pero es que además,
un mito está abierto en cuanto posibilidades de actuación sobre y a través de él,
deja grados de libertad para adaptarlo a las manifestaciones de lo real,
jugando con sus posibilidades interpretativas, de manera que puede considerarse
como una gramática o conjunto de reglas básicas con la que se pueden realizar
diversas construcciones o interpretaciones de lo real, de manera que se vaya
sometiendo al conocimiento. Un mito no es una fórmula del mundo, sino un teatro
en el que se pueden interpretar diferentes obras, más o menos exitosas.
Sin el mito el mundo no existe,
porque no puede "imaginarse", no puede pensarse; es sólo caos
inaprensible, humo. El valor del mito, ante todo, es que confiere realidad
interior al mundo.
Una primera consecuencia de la
aparición de la conciencia potenciada por el lenguaje fue la confrontación del
animal-hombre frente a los poderosos animales de su ambiente. El hombre no era
ciertamente un animal temible, sino que tenía por encima a imponentes
depredadores y hasta poderosos, aunque pacíficos, herbívoros. La fuerza que
bullía en aquellos seres, vistos como semejantes, despertó en él un sentimiento
de veneración hacia ellos, de respeto y temor como seres dotados de un
"poder" superior, de una intensidad mucho más alta de lo que para él
era digno de admiración: la vitalidad.
Y el hombre tenía en aquellos primeros tiempos una
relación muy intensa y continua con los animales. Se dedicaba a la caza y a la
recolección de frutas y semillas, y esa era toda su vida. Fabricaba armas y
útiles de piedra y madera para cazar y confeccionar vestidos de pieles, y sin
duda la caza es lo que le ponía en contacto con la fuerza y la vitalidad
excepcional de los grandes animales. No se pensaba a sí mismo diferente de los
animales, e incluso en la época de los antecesores, como os he dicho, se
alimentaba también de otros hombres cuando era necesario. Cuando moría algún
miembro del clan, lo dejaban en cualquier sitio, como un animal muerto más, y
era consumido o aprovechado por otros seres. Más
adelante, ya en la línea genealógica específicamente humana, desarrolló un
culto y atención a los muertos, evidenciando la creencia en otra vida después
de la muerte.
La
conciencia potenciada por el lenguaje le había llevado a sentir con evidencia
la propia muerte, a anticiparla, a sufrirla. Se produjo entonces un conflicto
mental entre la conciencia de su vida y la de su muerte, una incompatibilidad
estructural de pensamiento al imaginarse muerto estando vivo. El instinto de
supervivencia entraba en conflicto con la certeza de la muerte anticipada y se
negaba a aceptarla. Por otro lado, los sueños eran un suceso que en el hombre
primitivo tenían un interés especial, una vez alcanzada la conciencia plena.
Igual sucedía con las experiencias alucinatorias o trances que le producían
algunas plantas. El animal sueña también, pero lo olvida enseguida, y lo mismo
el antecesor del hombre con conciencia reducida de tipo inmediato, no
reflexivo. Pero el hombre plenamente consciente, capaz de reconsiderar y
realimentar verbalmente sus sueños, de salvarlos del olvido automático, se
maravillaba de esa otra vida que había trascurrido mientras dormía, como si su
ser fuera doble y mientras uno dormía el otro seguía viviendo. Esa idea de
seguir vivo en el sueño la traspasó a la muerte, acuciado por la angustia de su
conflicto mental. En la muerte, su doble, su yo escondido, seguiría viviendo.
Así comenzó la atención a los muertos, los ritos de enterramiento, el cuidado
de lo que quedaba del ser que ahora vivía separado del cuerpo.
Por entonces, había
desarrollado estrategias de caza en grupo muy elaboradas, y se atrevía a cazar
los grandes animales, que proporcionaban hartazgo a todo el grupo durante
algunos días. El animal estaba presente de manera intensa y permanente en sus
vidas y había un cierto conflicto entre el necesitar su muerte para alimentarse
y los sentimientos de matar a un ser con tanto poder vital, superior al suyo,
portador de la fuerza del ser. Vitalidad y alimento eran lo mismo. Los animales
eran los portadores de la vitalidad y había que apropiársela comiéndolos. La
caza en aquella época era algo lleno de riesgos, una especie de epopeya. La
relación venatoria enfrentaba al hombre con el poder del animal, y lo sentía
vivamente, porque lo mismo que él, los animales tenían sus dobles o espíritus
que vivían después de ser matados. Las enormes manadas de ciertos animales
tenían un espíritu poderoso que los
lideraba, a semejanza del jefe del clan. Entre los grandes animales de aquella
época, los búfalos y los caballos eran los que vivían en manadas numerosas. Había
que respetar a aquellos espíritus poderosos, y cada animal matado requería
ciertos ritos de apaciguamiento del espíritu de
la manada.
El mundo del hombre primitivo se centraba en dos aspectos
de una misma e imperiosa necesidad: sobrevivir. Los dos aspectos eran la
vitalidad, asociada al alimento y por tanto a la caza, y la fecundidad,
asociada a la maternidad. Y ambos aspectos los concebía como potencias, como
seres dotados de poder o dioses. Había aprendido a poner palabras a las
potencialidades de la vida, y las entendía de manera concreta, no como
conceptos abstractos sin realidad. Así, vitalidad y fecundidad tenían
existencia real y concreta, y un gran poder pues de ellos provenía el que
tenían los individuos del clan. Eran deidades, seres poderosos. El caballo y
bisonte fueron el símbolo los dioses principales de los cazadores en cuanto al
poder vital, y mujeres gruesas de
prominentes atributos lo fueron de la fecundidad. Ambos poderes los
representaban en forma de pinturas en las cuevas (el primero) y figurillas de
arcilla o marfil (el segundo). Este tipo
de creencias se corresponde a una época en que el clan era ya muy importante,
de varias docenas de seres, y existía el conocimiento de su trascendencia como
entidad en que la vida de los individuos tenía lugar. Lo importante era conservar
el clan, combatir la alta mortalidad infantil a base de fecundidad.
En cuanto al poder vital, el caballo
representaba o era la vitalidad masculina, y el bisonte la femenina, siendo
importante la proporción y reparto de funciones atribuidos a ambos grupos. Por
medio de las pinturas murales en las cuevas, se representaron escenas
significativas con estos animales, evocando los principios y las normas del
clan, el ritual de su constitución, etc. Allí, en aquellos santuarios de las
cuevas, tenían lugar los ritos del clan, las ceremonias de magia y enseñanza,
las invocaciones a los poderes superiores para el éxito en la caza y la
procreación.
La naturaleza del hombre, ya desde
un principio, estaba inmersa en dos mundos: uno, el cotidiano, en el que se
desenvolvía con sus habilidades y técnicas y en el que reinaba la ley
causa-efecto controlada por él. No representaba sorpresas, y en él transcurría
parte de su vida. Por otro lado existía el otro mundo, el incontrolable, que
afectaba también de manera permanente a su vida, y que estaba gobernado por
principios de poder superior a él. Era el mundo de las deidades o poderes
espirituales, con los que se relacionaba a través de los ritos y de la magia.
La magia era la manera de comunicarse con los espíritus y de poner a favor sus
poderes mediante ciertos procedimientos. Era una teoría religiosa para
interpretar o intervenir en lo desconocido, lo no seguro. Unas veces funcionaba
y otras no, pero en este caso se pensaba que era debido a complicaciones y
nuevos hechos que modificaban la situación. Parte de los rituales que se
desarrollaban en los santuarios de las cavernas hacían referencia a la caza,
pretendiendo propiciarla. La manera de hacerlo era representarla, pero no de
manera concreta dibujando el animal a cazar, sino la fuerza deificada del
animal, el poder vital. Representar una cosa era invocar su realidad, hacerla
presente, obligarla a manifestarse. Por eso aparecen en las cuevas
acumulaciones de bisontes y caballos, representativos de la deidad animal, unas
veces agrupados y otras por separado. El volver a representar un bisonte era
renovar el acto de magia que lo invocaba, y si se hacía al lado de otro
anterior, se reforzaba el efecto. A veces se
dibujaba encima, existiendo varias capas de pintura en la imagen, o se dibujaba
una figura solapada con otra, incluso de diferente animal, pues no se trataba
de conseguir una manifestación artística, sino el efecto mágico de invocar al
poder vital mediante el dibujo. A veces aparecen otros animales diferentes de
los principales (caballos y bisontes), como los mamut, ciervos, toros, etc. Su
invocación es más concreta, relativa al propio animal. A veces aparece el
animal atravesado de lanzas, propiciando su caza, anticipándola y asegurándola
mágicamente. La imagen era la manifestación del ser, y al ser se le intuía
incluso en los relieves de las paredes de las cuevas, como si estuviera allí
pugnando por exteriorizar su presencia, y por eso se aprovechaban los perfiles
y abultamientos ocasionales de las paredes para completar la figura y
desvelarla por completo. Al ser representado el animal de manera tan realista,
tan viva, tan cargada de presencia tanto en la forma como en la actitud, se
potenciaba la función mágica de las pinturas.
En otras ocasiones, se representaron
murales completos, realizados a la vez, que componen escenas complejas, bien
estructuradas y con una simbología de conjunto en la que predominan las dos
deidades del caballo y el bisonte. Estos murales son los que hoy consideráis
como las grandiosas obras del arte prehistórico. Las pinturas se disponen a lo
largo de la cueva santuario de manera estructurada, significativa, y
desarrollan una escenografía determinada en la que aparecen, junto a las
pinturas de animales, signos y dibujos simbólicos que componen un lenguaje
complementario a las pinturas. Es el primer lenguaje, en base a imágenes
esquemáticas reducidas a su mínima expresión, a su sugerencia o a la simbología
propia desarrollada por las culturas primitivas.
ORIGEN DEL ARTE
Las
pinturas prehistóricas, sin pretenderlo, significan el comienzo del arte, y la
captación tan perfecta de los contornos y posturas de los animales reflejan unas dotes maduras
de la imaginación y la capacidad artística representativa del hombre primitivo.
Las primeras de ellas son grabados en las paredes,
consistiendo sólo en la delineación del contorno, esto es, meros dibujos. Sin
embargo su trazado es perfecto en cuanto a la realidad del animal, a su actitud
y diseño. No aparecen en las paredes dibujos mal hechos o deformes, o poco
hábiles, mostrando su función mágica y no el mero ejercicio del dibujo. Los
pintores, los magos, aprendieron su arte dibujando en el suelo, en soportes
perecederos, pero en las paredes dejaron sólo obras consumadas, en correspondencia
con el poder mágico que debían desarrollar. La habilidad para el dibujo comenzó
por la observación de la huella que dejaban manos, pies y el cuerpo sobre la
arena o el lodo, aprendiendo a contornear los cuerpos de los animales cazados o
la propia sombra. Luego vino la plasmación de las imágenes mentales mediante la
delineación. Finalmente se rellenaba la figura de color y formas con color,
llegando el arte primitivo realista a su plenitud. Sin embargo, no era arte, no
era manifestación artística como hoy la entendéis, destinada a producir una
emoción estética, sino a producir una emoción religiosa; y era también magia
destinada a producir su efecto. La misma significación tenían las estatuillas
de las diosas de la fecundidad, gruesas y de atributos sexuales y maternales
exagerados. Su tamaño pequeño las convertía en objetos portátiles, de ajuar,
que llevaban y tenían consigo las mujeres para invocar a la fecundidad. No
aparecen por tanto dibujadas en las cavernas.
Lo mismo sucede con diversos objetos de hueso, como los
que habéis llamado bastones de mando y los mangos de propulsores de azagayas,
que llevan grabados de figuras animales o tallas en relieve de los mismos. No
aparecen en estos objetos de hueso los bisontes representativos de la deidad
vital femenina, sino ciervos, cabras, y a veces caballos, evidenciando un uso
relacionado con la caza y con el varón.
Otra manifestación artística, por llamarla así, fue la
danza, asociada también al ritual mágico-religioso. Iba acompañada de
percusiones de diversos objetos, maderas, conchas, huesos y de instrumentos muy
simples de viento, como silbatos, que ya se usaban también como reclamos de
caza. Los brujos o chamanes eran los que practicaban o dirigían estos rituales.
Practicaban su magia y se comunicaban con los espíritus de la vitalidad
disfrazados de animal y ejecutando danzas en las que les acompañaban otros
miembros del clan. La magia era la única posibilidad de intervención en los
acontecimientos imprevisibles, como las
enfermedades, la falta de caza, etc. Su papel en aquellos tiempos era semejante
al que juega la ciencia en vuestros días. Cuando no se conocía la causa
material de un fenómeno, había que establecer una teoría explicativa en base a
los motivos que los dioses pudiesen tener en la ocasión, que era la única
explicación causal disponible en su cultura, en su mitología. El chamán entraba
en trance o tenía sueños en los que aparecía el motivo responsable. Los dioses
animales tenían sus exigencias y había que respetarlas. La caza tenía sus normas,
sus limitaciones, sus ofrendas posteriores. Cazar era un acto de relación con
los dioses y había que ser cuidadoso. Si no se obraba bien, había que aplacar a
los dioses después.
No pintaron al hombre en sus cuevas, salvo en raras
ocasiones al chaman ejecutando algún ritual, y de manera burda, pues la pintura
realista y llena de vitalidad estaba reservada a las deidades animales, para
con ella hacerlas presentes. Lo único humano que pintaron en abundancia fueron
manos, conjuntos de manos impresas sobre la roca que representaban la identidad
personal, a la manera de huella dactilar, de los miembros del clan implicados
en algún ritual.
EVOLUCION DE LA RELIGIÓN
La
vida de los cazadores primitivos fue cambiando, aparecieron nuevas armas, como
el arco, que facilitaron la caza de manera asombrosa. Se fueron extinguiendo
los grandes animales y por otra parte se comenzó a domesticar a los de la
época. Y así fueron perdiendo su carácter sagrado, fue desapareciendo la
veneración de su vitalidad. El animal domesticado era dócil, se le manejaba, y
sobre todo no planteaba problemas de escasez ni peligro alguno. Además se había
potenciado mucho la vida del hombre, los clanes eran más numerosos y había más
recursos alimenticios debido al cultivo de las plantas, quedando bastantes
cosas ya bajo el control del hombre. Él pasó a ser entonces el amo de los
animales y la deidad animal desapareció, pues se
controlaba la reproducción del ganado y la única incógnita imprevisible pasaron
a ser los pastos. Esto, junto con la mayor importancia de la agricultura,
centró lo sagrado incontrolable en las fuerzas que proporcionaban la fertilidad
a los campos. La diosa de la fertilidad humana de los cazadores antiguos se
convirtió entonces en diosa de la fertilidad de la Tierra, y todo lo
relacionado con las fuerzas atmosféricas fue objeto de atención primordial; fue
el centro de gravedad del alma neolítica. El Sol, la lluvia, la tormenta y el rayo,
etc., fueron en aquel momento los portadores de las fuerzas supremas de las que
dependía la vida, siendo objeto de las prácticas religiosas y de la mitología.
El hombre había arrebatado la divinidad a los animales, pero se enfrentaba a
nuevas fuerzas de las que dependía y a las que cedió esa divinidad en forma
humanizada. En los nuevos grupos humanos, más amplios, el crecimiento del grupo
se producía por una mejor y más abundante alimentación, es decir, por menos
mortalidad en lugar de más nacimientos,
de manera que la divinidad de la fertilidad humana se trasfirió a la
fertilidad de la tierra. En cuanto a la divinidad vital, se transfirió al Sol,
al cielo, etc., que la asumieron en
forma antropomórfica en vez de zoológica. De una religión de la vitalidad
animal se pasó a una religión de los cielos y la tierra.
Los diferentes mitos que
representaban esta concepción sagrada de la existencia fueron evolucionando de
manera paralela a la cultura. Se descubrió la metalurgia, se desarrollaron
métodos de cultivo más eficaces, se enriqueció el lenguaje incorporando todos
estos progresos culturales y técnicos. El hombre controlaba cada vez más a la
naturaleza e incluso sus observaciones sobre la climatología y el firmamento le
permitían determinados pronósticos sobre los fenómenos. Las sociedades se
fueron haciendo más complejas y jerárquicas y apareció la división del trabajo
y las diferentes clases sociales. La eficacia de un grupo social o pueblo
estribaba en su mejor organización, en sus costumbres y normas. Las religiones
se fueron haciendo también más complejas, y en su capacidad para orientar la
nueva existencia humana de manera eficiente
estribaba como siempre su éxito. El acento o preocupación se puso entonces en
la propia vida de las personas dentro del marco social, y por extensión del
mundo. Era la preocupación por la persona que se sumergía cada vez más en la
complejidad social, lo que centraba la atención: la felicidad, la salud, el
destino. El cosmos mítico, sometido a los ciclos de creación y destrucción, la
dinámica social, las guerras y conflictos, arrastraban al hombre en su
movimiento. Y aquí se produjo la rebelión y separación entre el hombre y el
mundo, entre su individualidad y el destino fatal que le mantenía esclavo del
devenir. Aparecieron las religiones de la liberación. Antes, el hombre estaba
inserto en el Cosmos y participaba de manera sagrada en él, respetando sus
leyes. Ahora quiere liberarse de esa tiranía que le condena y trascenderlo. Las
religiones cósmicas dieron paso a las religiones que tenían un Dios que existía
por encima del mundo, en cuyo seno o reino paradisíaco estaba llamado a vivir
después de la existencia terrena, la cual se veía como una prueba, como un paso
necesario y doloroso hacia otra vida mejor, o bien como el camino histórico de
todo un pueblo hacia el establecimiento de ese reino de Dios en la Tierra.
Otras religiones tomaron diferente camino y fue el reconocimiento del carácter
sagrado del hombre lo que afirmaron, el cual aspiraba a alcanzar la divinidad
por sus propios medios, emprendiendo un camino de perfección que le llevaría a
trascender la tiranía del Cosmos. El hombre se convertía así en lo divino, en
el objeto de su propia religión.
En los últimos tiempos, y
a medida que el hombre ha ido ampliando su conocimiento del Cosmos, se ha dado
cuenta de que no parece haber un límite para su saber, y sus avances son tan
espectaculares que asume la tarea de ir modificando el mundo y la naturaleza,
no ya sólo su entorno físico para vivir cómodamente en él, sino actuando sobre
la propia vida y sobre su propia naturaleza, mejorándola, prolongando la
existencia, luchando contra la enfermedad y la muerte. Este optimismo en su
capacidad le ha hecho olvidarse del misterio sacralizado. Porque piensa que el
misterio resulta ser simplemente lo que
permanece desconocido todavía y que será en algún momento desvelado por el
conocimiento humano. La biología se ha convertido en una parte de la realidad a
explorar y mejorar, a controlar. El hombre sigue siendo desbordado, sin embargo,
por la extraordinaria complejidad del acontecer. La dinámica social y económica
es tan compleja que no puede evitar las crisis bélicas o económicas. Tampoco
controla el clima y los fenómenos atmosféricos. Y la dimensión del Cosmos le
sigue siendo ajena en su inmensidad, lo mismo que la estructura ultima de la
materia. Le falta mucho por saber aunque cada vez se sepa más, y aunque sepa,
sobre todo, que todo se puede saber. Lo desconocido sigue planeando por encima
de la vida del hombre, y entre ello lo que más le inquieta personalmente es su
propia naturaleza perecedera. Asume que no hay dioses ni otra vida después de
la terrena, y que todo es un desarrollo del que se conoce el origen fantástico
en forma de gran explosión. Y prevé el final lejano al agotarse esa energía movilizada inicialmente.
Pero esta visión está anclada en una herramienta de
conciencia que es el lenguaje desarrollado a lo largo del tiempo, sumamente
pegado a la experiencia material del hombre. El Misterio del Universo sigue
intocable y os trasciende. Estáis limitados para entenderlo en profundidad. En
la actualidad esta limitación es el objeto inquietante de vuestra reflexión. Las herramientas de conocimiento
se han puesto en duda, y el conocimiento se vuelve sobre sí mismo para estudiar
sus mecanismos y sus limitaciones.
La última visión religiosa, a los
ojos de algunos de vosotros, muestra al hombre como la verdadera naturaleza en
desarrollo del Cosmos, como la esencia oculta y en potencia del mismo. No está
colocado en él por los dioses ni hay otra vida después de la terrena, sino que
el hombre es el mismo Cosmos que emerge con una naturaleza espiritual. El
Cosmos tiene conciencia de sí mismo y tiene amor por sí mismo, y lo importante
es que sigue de nuevo un camino hacia la sacralización, como al principio, pero
hacia la sacralización consciente de su proceso. El que el hombre primitivo,
desde que era propiamente hombre, haya sido capaz de intuir la divinidad, no es
más que la manifestación incipiente de su propia naturaleza. Sí, como asegura
anticipadamente alguna de vuestras religiones tradicionales, Dios se ha
encarnado en el hombre, o se acabará encarnado, mejor. El fenómeno cósmico es
el fenómeno divino, la ascensión evolutiva del Dios en el Cosmos.
Pero
hasta aquí la última visión con vuestro pensamiento, con vuestra manera actual
de conocer que ya está puesta en tela de juicio por vosotros mismos. Pero veamos entonces como conocéis ahora, qué
es eso que ahora llamáis conocimiento.
EL CONOCIMIENTO
Cuando
un ser interacciona con otro, a veces se modifica o queda en él una huella de
esa interacción, una huella del otro. Esa huella puede adoptar múltiples
maneras y es ya un conocimiento del otro. Puede ser una huella pasiva por parte
del afectado, en la que el otro habrá dejado reflejada de alguna manera algo de
su naturaleza. Una roca acusa durante el transcurso del tiempo la huella de la
lluvia, que deja en ella marcados los surcos del discurrir por sus paredes,
desgastando determinadas zonas más que otras. Son surcos verticales que apuntan
hacia el suelo e informan al observador de la dirección del agua que los formó
y por tanto de su identidad. También el viento que sopla constante en una
dirección determinada acaba formando surcos horizontales en otra roca y su
huella le delata. Las rocas tienen en su ser información de la naturaleza de la
lluvia y del viento; podrías decir que los conocen, que han experimentado su
ser, aunque no hacen nada al respecto más que reflejarlos.
. Un árbol despliega sus ramas y hojas
para absorber de la manera más eficaz el aire que respira, y su forma expandida
nos habla de la naturaleza del aire. También sus raíces buscan en la
profundidad de la tierra la humedad, la
conocen, crecen hacia ella y la encuentran.
El árbol ya no se queda impasible ante
los elementos, sino que conociéndolos se adapta a ellos, crece hacia ellos para
absorberlos, se mueve hacia ellos aunque sea de manera muy lenta. Es un ser
vivo y reacciona acoplándose de manera activa con los elementos, y no de manera
pasiva como la roca. Y aunque ese mecanismo de adaptación vital del árbol al
medio sea automático, implica ya un auténtico conocimiento. El hecho de crecer
un árbol es el hecho de conocer el medio que le rodea y reflejarlo en su propia
forma desarrollada.
Los
animales más sencillos, en general, precisan más movilidad que las plantas y se
mueven por su medio en busca de alimento. A veces este movimiento es muy simple
debido a la relativa abundancia de comida. Un diminuto protozoo que se mueve al
azar en el agua buscando alimento, sólo precisa a veces un mecanismo tan
sencillo de orientación como retroceder un poco cuando choca con un obstáculo y
volver a nadar en cualquier otra dirección para seguir avanzando, como esos
cochecitos a pilas de los niños. Otras veces un primitivo ojo les advierte de
la dirección más luminosa y nadan hacia ella o la evitan. El conocimiento que
estos sencillos animales tienen de su medio se limita a esas pocas impresiones.
Si pudieran hablarnos de él nos dirían que en su ambiente hay espacios claros y
obscuros y hay obstáculos, y no sabrían decirnos más. Pero esa pequeña
información es todo lo que necesitan para poder vivir su vida. Porque su
conocimiento no tiene otro objetivo que permitirla.
Los animales más evolucionados
necesitan moverse con más libertad, necesitan buscar el alimento en un espacio
más amplio y a veces lejano. Su necesidad de orientación es mucho mayor y para ello precisan diversos sentidos muy
desarrollados. Esos sentidos dejan en ellos impresiones muy nítidas que les
permiten conocer su medio con detalle, incluidos las plantas y otros animales
que en él habitan. Pero además, la evolución ha creado en su interior
estructuras y mecanismos de reconocimiento que le permiten actuar
instantáneamente ante determinadas impresiones de los sentidos. Tiene pues un
doble sistema de conocimiento: el inmediato o de percepción del medio con los
sentidos, y el conocimiento biológico heredado que les permite interpretar de
manera rápida y exitosa los datos del conocimiento sensitivo de primer nivel.
Este conocimiento de segundo nivel está registrado en su biología y les informa
por ejemplo que una determinada postura de otro animal es peligrosa o pacífica,
y actuar en consecuencia de manera anticipada y veloz. Y todavía hay otro
tercer nivel de conocimiento en estos animales evolucionados, que es el
conocimiento adquirido a lo largo de su vida, a lo largo de su experiencia. Los
animales aprenden, relacionan acontecimientos y acaban conociendo por
repetición cuándo una situación resulta peligrosa, almacenando la información
en su recuerdo. Es un conocimiento de aprendizaje. El comportamiento animal,
bien se apoye en un automatismo primitivo, o en el conocimiento heredado o
aprendido, es un comportamiento automático, de reacción instantánea.
Al aparecer el hombre, e incluso
antes en algunos antropoides, surge un nuevo tipo de comportamiento que se
caracteriza por no ser necesariamente instantáneo. Es el comportamiento
reflexivo. La complejidad creciente de la vida humana ha introducido evolutivamente una estructura cerebral que detiene el
automatismo estímulo-reacción, introduciendo una pausa en la que tiene lugar el
conocimiento reflexivo, esto es, la asociación y el juego de un número
determinado de conocimientos previos, el análisis de conductas alternativas y
sus ventajas, etc. Se ha anulado la necesidad de reacción inmediata ante el
estímulo y ésta surge voluntariamente
después de toda una serie de consideraciones. Con el hombre han
aparecido plenamente desarrollados mecanismos como la voluntad, la reflexión o
juego controlado con los contenidos mentales, la conciencia. Es evidente que
este tipo de conocimiento permite una orientación infinitamente superior al
comportamiento automático, pues entra en juego mucha mayor cantidad de
información. Pero esta información que puede traerse a la conciencia de manera
intencionada es necesario que esté codificada, pues es información no sólo de
sensaciones simples o escenas visuales memorizadas, sino de situaciones y
escenas complejas. Se requiere pues el símbolo como condición para su manejo
ágil y eficiente, esto es, para el conocimiento reflexivo. El símbolo o
representación virtual de lo real.
El simbolismo fue primero gestual,
después pictórico y finalmente, y quizás desde el primer momento coexistiendo
con los demás, sonoro, vocal. La facilidad del hombre para emitir sonidos muy
variados y combinaciones de ellos dio lugar a un simbolismo sonoro que permitía
por un lado coordinarse con los demás de manera muy eficaz y por otro lado
pensar verbalmente y reflexionar. Esta simbolización del mundo del hombre fue
desarrollándose y creciendo, reflejando los aspectos del medio que resultaban
importantes. El conocimiento codificado era transmisible en esa forma simbólica
a los demás, a las nuevas generaciones, formando propiamente la
"cultura".
En los seres vivos el conocimiento
del medio se limita en general a la información necesaria para desarrollar su
vida de manera exitosa. Realmente el ser vivo y su medio forman una estructura
de intercambio inseparable, formada a lo largo de los tiempos evolutivos para
coexistir en una situación estable. En esa estructura el animal se orienta
percibiendo determinados aspectos que le son necesarios. Esa percepción se ha
desarrollado también a lo largo del tiempo, y aunque es un aspecto o forma de
la sensibilidad del ser vivo concreto, señala también, obviamente, una realidad
del medio. La manera en que ve un insecto a una flor es diferente a como la ve
un hombre, pero en ambas visiones o percepciones hay enfrente un ser: la flor.
Si el insecto pudiera describir la flor lo haría de una manera muy distinta a
como lo haría un hombre. Ambos habrían descrito "percepciones"
diferentes, pero todas ellas estimuladas por la misma flor. Y esas percepciones
no están en la flor, sino en el ser vivo que la percibe. Pero la sustancia de
la flor, su estructura, su composición, produce esas sensaciones. De alguna
manera las sensaciones nos están hablando, además de la existencia de la flor,
de su naturaleza. Pero ella misma no huele a nada, ni tiene esos hermosos
colores, ni esa forma incitante que despierta el apetito de libarla. Todo esto
está en el ser vivo que la percibe. Así pues, la descripción que hace ese ser
vivo es más bien una descripción de sí mismo, de sus apetencias. Si
contemplamos a la vez el conjunto insecto-flor como un todo, la sensibilidad
principal recae del lado del insecto, que percibe aspectos de la flor y los
describe con sus propias apetencias, los traduce a su propia naturaleza. Y eso
ya es una descripción simbólica, aunque parcial, de la flor. El conjunto de
todas las descripciones subjetivas aportadas por todos los seres vivos que
interaccionasen con la flor nos daría una descripción bastante amplia de la
naturaleza de la flor. Al menos de los aspectos interesantes para un ser vivo
global o genérico. Y lo que os preguntaréis ahora es si hay algo más en la
naturaleza de la flor que no interese a ningún ser sensible. Y la respuesta es
ciertamente que sí. Hay mucho más que corresponde a su naturaleza viva, a su
estructura funcional, a su entidad material. Y al decir esto entendéis que, al
menos para un ser inteligente como vosotros o yo, hay otros aspectos distintos
de los meramente vitales que pueden interesarnos.
Con el hombre, a partir de un cierto
grado de evolución, va emergiendo un nuevo tipo de conocimiento que
aparentemente está desligado del interés vital inmediato: es el conocimiento
científico, el conocimiento pretendidamente objetivo o desinteresado. ¿Qué
motiva o impulsa este tipo de conocimiento y con qué herramientas se aborda
para que en lugar de hablar de la naturaleza del hombre se hable de las cosas
en sí mismas?
Vosotros
os habéis atrevido a considerar cosas que no significan nada en vuestras vidas,
como contar las estrellas o imaginar las partículas diminutas que constituyen
la materia, subir a las montañas más altas o cruzar los desiertos. Os habéis
atrevido a considerar medios que están fuera de vuestra dimensión vital, como
el infinito Universo o la constitución última de la materia, medios que están
fuera de vuestro mundo práctico y a los que no llegan directamente vuestros
sentidos. Y sin embargo venís del animal y vuestro medio es el suyo, y vuestros
sentidos son semejantes a los suyos, preparados para captar sólo la dimensión
del mundo en que tiene lugar directamente vuestra vida. La evolución os ha
dotado de una cualidad que también tienen, en cierta medida, vuestros
antecesores más directos: la curiosidad. Os interesa cualquier cosa desconocida
aunque no sea útil.
Os voy a hablar ahora de la curiosidad
y de la evolución de vuestra manera de conocer, para poder entender así vuestro
presente y vuestro futuro.
Los animales nacen con curiosidad
por explorar el entorno en que viven, y de adultos su interés se amplía a todos
aquellos aspectos relacionados con su tipo de vida. El animal puede ver también
las estrellas, pero no le importan nada, no les presta atención. Sí se la
presta a los ruidos que oye cercanos o a los movimientos de los arbustos, a los
olores de las presas o de su propia especie. Esa curiosidad está grabada en su
cerebro, es heredada y se pone en marcha espontáneamente.
En el hombre existe también esa
curiosidad animal, pero tiene en exclusiva otro tipo de curiosidad o ansia de saber que trasciende su entorno y
su vivir material. Es una curiosidad relacionada con el lenguaje, una
curiosidad "intelectual” que se ejerce dentro de su mundo virtual, ya que
su vida consciente se realiza en ese mundo creado por el hombre. Por medio del
lenguaje el hombre aprendió a preguntarse, que era una manera de azuzar su
intuición, de relacionar cosas, de hacer consciente y encerrar en lenguaje las
causas de los fenómenos y las soluciones a los problemas; de
"descubrir", en suma. Pero este mecanismo le situó en un camino sin
fin, un camino de construcción o revelación, en forma de lenguaje, de un mundo
complejo que a cada paso iba incrementando más y más su complejidad. Cada
hallazgo abría nuevas preguntas, nuevas direcciones a explorar, lo mismo que
una hormiga que ascendiera por un árbol iría percibiendo la separación en
ramas, y dentro de cada rama, nuevas bifurcaciones de manera interminable.
El hombre primitivo, sin embargo,
con su interpretación mítica y global del mundo se parecía en cierta medida al
animal, pues se interesaba sólo por las cosas que afectaban a su vida, tratando
de encerrarlas en una simbología cerrada y completa que lo explicase todo de
manera estructurada en el mito. Aunque esos mitos también iban cambiando con el
tiempo y haciéndose complejos. Generalmente, el ámbito del mito era precisamente
lo desconocido, lo que presentía a su alrededor en forma de presencias
misteriosas y poderosas que se manifestaban a través de las cosas y los
acontecimientos, e influían en su existencia. Los avatares diversos, los
peligros, la enfermedad, la muerte, eran aspectos presentes en su vida y
trataba de controlarlos por medio del conocimiento de sus causas, que entonces
eran vistas como intencionales y divinas. Pero al margen de lo sagrado y
misterioso, la vida cotidiana le planteaba retos prácticos y problemas de
orientación y supervivencia para cuya solución estaba bien dotado por la
naturaleza, que había ido seleccionando un cerebro especial a lo largo del
tiempo.
En el cerebro del hombre se había
formado un mecanismo de conocimiento a lo largo de la evolución de sus
antecesores que resultó ser extraordinariamente eficaz para sobrevivir, y
estaba formado por diversos aspectos novedosos, de alguno de los cuales ya
hemos hablado. Uno era esa intuición de que tras cada suceso había una fuerza o
causa que lo producía. Otro, la intuición o entendimiento del tiempo, del
transcurrir de los sucesos, que pronto empezó a medir comparando su duración
con fenómenos naturales regulares, como el día y la noche, las estaciones, las
lunas, etc. Otro aspecto era el entendimiento del espacio o dimensión de las
cosas, su tamaño, que también comparaba con la dimensión de sus manos o brazos,
u otras cosas habituales. Y también poseía la intuición de la cantidad, y el
conocimiento de las veces que una cosa
individual estaba repetida; y aprendió a contarla comparándola con el número de
dedos de su mano. Estas y otras maneras de conocimiento o captación de lo real
que su cerebro poseía de manera innata, resultaron muy eficaces para orientarse
en su medio, y al incorporarlas al lenguaje se hizo plenamente consciente de
ellas y aprendió a manejarlas de manera eficaz
para la visión y creación virtual de su mundo, y para desenvolvimiento
en él.
A estas alturas de mi exposición os
preguntaréis si esa percepción especial del mundo por el hombre se corresponde
ya con la realidad o sigue siendo tan parcial e incierta como la del protozoo
que solo distingue luz y oscuridad, obstáculo o camino libre, o incluso la del
mamífero al que no le interesan las estrellas. Después de todo, el hombre es un
mamífero evolucionado y sus necesidades de supervivencia no son muy distintas
que la de ellos, y en todo caso, esas nuevas cualidades para conocer de su
cerebro le han servido para imponerse en la lucha competitiva entre especies,
siendo más débil y peor dotado que muchas de ellas.
Así
pues, el que su conocimiento de la realidad incluya la totalidad de sus
aspectos sigue pareciendo ilusorio. Incluso, como ya dije, la percepción que
tenéis en común con los animales no consiste en características concretas de lo
real sino sensaciones vuestras que os informan de la existencia de algo. Los
árboles no son verdes, ni el hielo es frío, ni el trueno emite un horrendo
sonido. Son vuestras sensaciones, dentro de vosotros, las que son así, y si no estuvierais
ahí, ni nadie estuviera ahí, incluidos los animales, el trueno no sonaría ni el
árbol sería verde. El mundo sería oscuro y silencioso y aunque se producirían
en él los diversos fenómenos nadie los detectaría en las mil formas distintas
que los detecta la sensibilidad de los distintos seres vivos. Y lo que hay de
verdad en esa detección es la propia captación del fenómeno, pero no la
totalidad de su naturaleza. Si no detectásemos un árbol o cualquier otro objeto
sólido, nos tropezaríamos con él. Pero lo "sólido" no es una
característica del ser de las cosas, sino una manera de percibir que vosotros
no podéis atravesarlo. El agua y el aire sí podéis atravesarlos, y es la
relación vuestra con las cosas la que se percibe en todas esas sensaciones y
formas de conocer de vuestra sensibilidad. Ciertamente eso no es la totalidad
del mundo exterior.
Pero es que además vuestra vida se
desarrolla en una dimensión física determinada, en una dimensión que tiene por
escenario cotidiano unos pocos kilómetros, y vuestro tamaño y las cosas que os
rodean se miden en metros. Por eso los sentidos que habéis desarrollado están
adaptados a esa dimensión de lo real. Sin embrago la naturaleza ha sido
generosa y vuestros ojos pueden ver incluso las estrellas cercanas. No cabe
duda que el poder ver la Luna os fue de utilidad para contar el tiempo y prever
algunos fenómenos. En cuanto a lo más pequeño que podéis ver, no llega a esa
diminuta dimensión que tienen los microbios que algunas veces os producen
enfermedades que no podéis prever. Aquí la naturaleza se mostró tacaña
encubriendo a algunos de vuestros enemigos.
Y tampoco podéis percibir la
dimensión ínfima de los átomos que forman la materia, en cuya dimensión o medio
pierden sentido todos esas cualidades de vuestro conocimiento sensible. No
podéis percibir el sonido que hace un electrón al girar en su órbita, ni la luz
que emite al saltar a otra, ni entendéis la magnitud de la distancia que le
separa del núcleo del átomo. Sin embargo, seguís aplicando por extensión vuestro
lenguaje y vuestros conceptos de dimensión humana a ese mundo microcósmico, y
lo que es más, conseguís adaptarlos para entender algo a ese nivel de realidad.
Pero a menudo vuestros conceptos tropiezan ahí y se confunden, y ya no sois
capaces de saber si lo que observáis es una partícula o un minúsculo copo de
energía, y si su posición puede determinarse con seguridad o no. Y más allá de
las lejanas estrellas observables a simple vista, habéis descubierto todo un
Cosmos inexplicable todavía, que tampoco se rige por vuestro tiempo y espacio
planetario, y en el que las dimensiones exceden vuestra imaginación y
posibilidades naturales de entendimiento.
Y os
estáis preguntando desde hace rato: ¿Entonces, cómo son las cosas realmente, en
su totalidad y verdad? Y yo no os lo podría decir tampoco; sólo os podría decir
cómo las veo y conozco yo, que es de una manera mucho más compleja y profunda
que la vuestra, porque mi conocimiento lo es también. Pero sería inútil
intentarlo, ¿porque cómo podrías conocer exactamente cómo conozco yo si no
poseéis ese tipo de conocimiento ni una naturaleza como la mía? ¿Cómo podrías
imaginar lo que ve el murciélago por medio de hondas sonoras rebotadas en los
objetos, si no poseéis ese tipo de visión?
Hasta ahora sólo os he hablado del
conocimiento por medio de los sentidos, y es el momento de hablar del
conocimiento más profundo que ha desarrollado el hombre superando sus propias
limitaciones heredadas de la especie.
Hay un momento en la historia del
hombre en que el conocimiento sensible, aunque proporcionándole suficientes
recursos para orientar su vida material, no es suficiente para dotarle de
estabilidad y equilibrio mentales, apareciendo una hondura incolmable, una
necesidad existencial que la completa información de los sentidos no puede
satisfacer. La vida del animal es una sucesión de instantes que acaparan toda
su atención, bien equipado con sus recursos perceptivos, instintos y
conocimientos aprendidos que forman todo su arsenal para enfrentarse a la
existencia. Hay también memoria y recuerdos en la vida del animal,
sentimientos, nostalgia y frustraciones, pero no es capaz de construir una
historia propia, no es capaz de anticipar su futuro ni temer su propia
desaparición. El animal es consciente en distintos grados, pero su conciencia
es inmediata, presente, sentimiento de sí mismo en el momento. El mundo
simbólico creado por el hombre en base al lenguaje le iba exigiendo ser
completado en multitud de aspectos que todavía percibía de manera meramente
intuitiva, inexpresable, vivencial y confusa, pero profunda e intrigante. Así
fue emergiendo la curiosidad intelectual o verbal, que era un ansia profunda de
interpretar el mundo exterior, de verlo conscientemente, de nombrarlo y
manejarlo, de recrearlo virtualmente. El conocimiento del hombre pasa a ser
conocimiento intelectual, en el que los sentidos son la fuente de referencia
hacia la realidad, pero en el que los descubrimientos se hacen dentro del
hombre, en su pensamiento, en su mundo virtual. La nueva conciencia alumbra visiones
intuitivas muy intensas relativas a la propia vida y su duración temporal, a la
necesidad de encontrar causas para todo, a la extensión del mundo, a su origen,
etc. Ha emergido la insondable necesidad de conocimiento del hombre, ha nacido
"la pregunta", que no es más que la intuición de una realidad
existencial que quiere concretarse de manera consciente, es decir, mediante el
lenguaje. El lenguaje es el vehículo de la nueva conciencia potenciada,
disponible a voluntad. Esa manera de conocer del cerebro humano, que en
principio estaba destinada a una eficaz orientación en el mundo por medio de
las intuiciones de las causas, del tiempo, del espacio, se revela como una
enfermedad del conocimiento incubada por la conciencia de la temporalidad
personal, que trasciende sus límites como facultad al servicio de la
supervivencia para convertirse en una necesidad insaciable de exploración de la
propia existencia y de su salvación ante la muerte. Todo lo relativo al Cosmos
tiene relación en esencia con la existencia del hombre, y forma parte
inseparable de él. Todo está relacionado, y conocer el Cosmos es conocerse a
uno mismo. El ansia insaciable de saber ha prendido en el alma del hombre y ya
nada de lo existente le será ajeno.
Y el hombre se volvió religioso, que
en aquellos tiempos era simplemente ser sabio, pues el concepto de religión es
muy posterior. Entonces había dos clases de sabiduría: la natural o técnica y
la sobrenatural o trascendente. De la religión y su evolución ya os hablé, y es
ella la que acapara la clase del conocimiento trascendente durante mucho
tiempo. Pero llega un momento en que la reflexión trascendente se independiza
del mito y abre el horizonte de la filosofía. La técnica se sistematiza y su
contenido se desliga de la práctica, abriendo el horizonte de la ciencia.
La filosofía ha jugado un papel tan
importante en vuestro conocimiento que la habéis erigido en el saber por
excelencia a lo largo de los tiempos, y la pretensión de encontrar la verdad
por medio de ella siempre ha alentado a los filósofos. Su origen sin embargo se
confunde con el propio origen del conocimiento sistemático. Ciencia y filosofía
aparecieron juntas separándose de la mitología y de la religión, que estaban ya
profundamente impregnadas de ellas. Al principio la filosofía englobaba la
ciencia, pues los filósofos se definían como poseedores o amantes del
conocimiento en general, y fueron a la vez
matemáticos o astrónomos.
La filosofía en sí, se constituyó
pronto como la forma de conocimiento por medio de la razón, o sea, del
razonamiento. El razonamiento, que utiliza el lenguaje como única herramienta
para conocer. El lenguaje en su primera utilización servía simplemente para
nombrar cosas concretas y después, cada vez más, también cosas abstractas,
"ideas" o formas generales de las cosas reales. Así la palabra
triangulo no existía en la naturaleza, pero si existían objetos con formas
triangulares más o menos acusadas. Además había mucha variedad de triángulos
según su apariencia más o menos regular o más o menos aguda, pero todos tenían
en común la característica de tener tres lados cerrados formando ángulos. Decir
triangulo no es nada concreto, no define a una cosa real determinada, sino a
una idea general que puede englobar a infinidad de cosas reales. Decir "ser"
tampoco define a nada ni a nadie en concreto, sino a la cualidad de existir que
tienen las cosas. Una cosa cualquiera es un "ser", y un hombre
también lo es, puesto que ambos existen, están ahí. La utilidad que podía tener
el dar nombres a cosas abstractas era evidentemente el poder hablar o pensar en
general sobre aspectos comunes a las cosas, válidos para todas ellas. La
expresión "los seres vivos nacen y mueren" es válida para todo el
conjunto de plantas y animales incluido el hombre. En un principio, sin
embargo, cuando lo único que existía en el lenguaje eran los nombres para
algunas especies de animales y plantas, la constatación de la muerte general de
todos ellos habría que expresarla citándolos uno por uno. Así pues, las ideas
abstractas o conceptos simplificaban el uso del lenguaje, haciéndolo más fluido
y manejable, por un lado. Pero por otro, se alumbraban o creaban conceptos
nuevos que permitían considerar la realidad desde una aproximación distinta y
más reveladora. No existe la vida, pero si existen unos seres a los que
llamamos seres vivos y que tienen en común el nacer, crecer, reproducirse y
morir. A eso que tienen en común le llamamos "vida". Pero la vida no
existe en ninguna parte de esos seres como existe la sangre o la piel. La vida
no es nada, es sólo una idea, una ficción, un fantasma inventado. Existe el ser
vivo pero no la vida, y se pierde un ser vivo al morir, pero no se pierde la
vida ni se descompone en nada la vida porque no es nada. Todo lo más se podría
hablar de las funciones vitales, de la función de la vida, pero ya hemos usado
otra idea, el concepto de función, que es otro fantasma.
Sin embargo el lenguaje se enriquece con los conceptos y
se puede hablar mucho y mejor, y manejar más eficazmente lo real usándolos.
Toda una jerarquía de conceptos fue llenando el lenguaje, desde los más simples
como "caballo", que incluía a cualquier caballo de cualquier color y
tamaño, pasando por los conceptos de nivel intermedio como "animal",
que incluía a cualquier clase de animal, hasta el más general de
"ser", que incluía a animales, plantas, minerales y hasta a los
dioses.
Y me preguntaréis si toda esta
incorporación de palabras o conceptos al lenguaje suponía un conocimiento mayor
de la realidad que la que permitían las percepciones de los sentidos. Porque
esos conceptos parece que no tenían "realidad". Y sin embargo, así
como los nombres con que denominasteis a las cosas concretas os sirvieron para
diferenciarlas, para separarlas del conjunto del fenómeno global y así comunicaros
eficazmente y urdir estrategias de caza o conducta, ahora los conceptos más
generales apuntaban a restituir el fenómeno global, a intentar conocerlo en su
esencia y su conjunto, ampliando la dimensión conocida de la realidad.
Pero veamos ahora la función del
pensamiento y cómo con su uso se pretendía alcanzar el conocimiento nuevo.
Al principio, antes del lenguaje o
en los albores de él, el hombre, lo mismo que algunos animales,
"pensaba" por medio de imágenes. Este tipo de pensamiento estaba muy
ligado a la intuición. Y podía, aunque penosamente, descubrirse un nuevo
conocimiento por medio de los mecanismos inconscientes de la intuición. Así,
uno de pronto se encontraba con la "idea" nueva en forma de una
imagen que resolvía un problema. Aquellos seres como los prehomínidos y el
hombre primitivo, que tenían ya un desarrollo determinado de la conciencia,
podían pararse a veces en la acción para esperar la iluminación intuitiva. En
el hombre preverbal se daba incluso el manejo consciente de imágenes paso a
paso para encontrar una solución que no podía alcanzarse de un solo salto, todo
ello con no poco esfuerzo. Con el desarrollo del lenguaje este proceso de
pensamiento consciente se potenció
enormemente Para llegar a una solución, a un conocimiento nuevo, se partía de
una verdad ya conocida o evidente que se relacionaba con otra y se obtenía así
la solución, inalcanzable directamente. Por ejemplo: el hombre primitivo sabía
que cuando llueve no se mojaba poniéndose a cubierto bajo un árbol. Pero el
árbol en cuestión estaba en una zona de viento y era desagradable cobijarse
allí. Si el árbol estuviese en la hondonada, además de no mojarse no tendría
frío. No podía trasladar el árbol allí, pero en realidad eran las ramas las que
le protegían de la lluvia, así que podía arrancar las ramas y llevarlas a la
hondonada para colocarlas de manera parecida a como estaban en el árbol. Así
descubrió o inventó la cabaña, un conocimiento nuevo. La operación de
pensamiento o reflexión que realizó fue establecer una "identidad” de la función
protectora entre el árbol y las ramas colocadas de manera semejante para que
pararan la lluvia. Y esa identidad de función era para él "evidente",
intuitiva, no admitía dudas. Y es que
dentro de su cerebro, la evolución de su especie había incorporado unos
principios u operaciones lógicas evidentes, que la naturaleza a su alrededor
cumplía y él aplicaba automáticamente con éxito. Sabía que una rama es siempre
una rama se ponga donde se ponga, que no se transforma en otra cosa. Las cosas
no eran contradictorias a sí mismas, no se cambiaban de pronto por otras cosas.
Me diréis que esto es una verdad de Perogrullo, que es una tontería de puro
evidente; y es que en verdad es evidente en grado máximo en vuestro medio
vital, pero no tendría por qué serlo necesariamente, y de hecho no lo es en
otras dimensiones de la realidad. Otra evidencia que estaba grabada desde el
principio en la mente del hombre era la ya comentada de que todo fenómeno tenía
que estar causado por algo, que si la rama se transformaba en otra cosa era
porque algo actuaba sobre ella, por ejemplo el fuego, que la reduciría a
cenizas.
Pues bien, en base a estas
operaciones mentales evidentes, y partiendo de hechos ciertos conocidos,
llegaba a una nueva verdad. Todo ello, soportado en el lenguaje, constituía un
"razonamiento" o ejercicio del pensamiento con valor de evidencia, es
decir, de verdad.
Aparte
de este tipo de razonamientos prácticos, podía llegar por este camino racional
a conocimientos teóricos puros, que además tendrían también aplicaciones
prácticas. Por ejemplo: un grupo de cazadores había llegado por primera vez a
la orilla de un lago muy grande, y desde la orilla no podían ver la orilla de
enfrente. Pensaron al principio que el agua no tenía límites, que allí se
acababa la tierra. Siguieron andando por la orilla y al cabo de algunos días
descubren que han vuelto al punto de la orilla de donde partieron. El
razonamiento que hacen es la comparación con un lago pequeño, cuyas orillas se
divisan completamente y que pueden recorrerse desde un punto hasta regresar al
mismo contorneándolas. Así, aunque sus sentidos no son capaces de ver el lago
grande entero, concluyen o "deducen" que se trata de un lago, de una
extensión cerrada de agua. Han llegado a un conocimiento teórico, invisible,
pero cierto. La razón, su razón, ha superado a los sentidos y le ha
proporcionado un conocimiento "evidente" y no sensible. Veis pues que
el pensamiento se anunciaba capaz de alcanzar conocimientos nuevos sobre el
mundo por medio del razonamiento.
Otro tipo de razonamiento que hizo
el hombre primitivo y que fijaría de alguna manera como "saber" en
forma de doctrina o mito o enseñanza, fue por ejemplo el relativo a las fases
de la Luna. Después de observar reiteradamente que la Luna pasaba siempre y en
periodos de tiempo determinados por una serie de formas distintas, concluyó que
eso estaba en la naturaleza de la Luna, en su "ser", y se quedó
convencidos de que el fenómeno se repetiría en adelante ya que esa era la
naturaleza de la Luna. Había generalizado una serie de observaciones que se
producían siempre de la misma manera y a intervalos fijos, y había llegado a
una evidencia que nunca se contradecía.
Pero
este tipo de razonamientos algunas veces fallaban. En el ejemplo del lago
grande, mientras duraba el largo recorrido por sus orillas, podía producirse un
fuego en el punto de partida, o una inundación debido a una tormenta, y
desfigurar las orillas, por lo que no reconocerían el punto de partida. O haber
llegado por primera vez al mar y pensar que contornearlo era cuestión de
algunos días. O en el ejemplo de las fases de la Luna, si alguna vez se
producía un eclipse de Luna, se sorprenderían de no cumplirse la secuencia.
Esto hacía cavilar a aquellas gentes sobre la existencia de algo más tras lo
observado, alguna realidad nueva que les impulsaría indagar y reflexionar sobre
ella. Así iría avanzando el conocimiento.
Otras veces era simplemente que un
razonamiento se había hecho mal, a pesar de tener su carga de verdad intuitiva,
bien porque las premisas de que se partían eran falsas o porque la relación que
se establecía entre ellas no era correcta. Podía un inexperto jovenzuelo que
huía de su tribu reflexionar que todos los animales duermen por la noche y
puesto que era de noche ninguno le atacaría si abandonaba el poblado. Se había
equivocado en la premisa, que no tenía validez general. Había pues que saber
razonar bien para no caer en el error, y en aquellos tiempos primitivos eso era
ser sabio, aunque todos empleaban el razonamiento de manera más o menos
acertada.
En
épocas más avanzadas, cuando el lenguaje estaba desarrollado muchísimo y
vuestros conocimientos eran ya muy amplios, os disteis cuenta de la importancia
esencial de razonar correctamente de una manera sistemática que excluyera los
posibles errores y falacias en que se podía caer. Y se levantó todo un cuerpo
de doctrina o teoría del correcto razonar: la Lógica. Era el tiempo en que la
Matemática empezaba a nacer, y los geómetras se planteaban problemas ingeniosos
partiendo de conceptos meramente teóricos como la línea, el punto o el ángulo,
y levantaban a partir de ellos teoremas y doctrinas ideales por medio de
construcciones lógicas. Fue por entonces cuando apareció un tipo de hombre cuya
actividad consistía simplemente en el ejercicio del pensamiento racional, y su meta en encontrar el conocimiento o
sabiduría. Apareció la figura del "pensador" o filosofo, como sería
llamado después, que analizaría y sometería a juicio todo el conocimiento
basado en la tradición y la religión, intentando encontrar una verdad centrada
en lo evidente y no en lo misterioso, centrada en la razón y no en el mito,
centrada en el hombre y no en los dioses.
Sin embargo los relatos míticos
habían sido hasta entonces la fuente de explicación o sosiego espiritual del
hombre en aquellas áreas del saber que tocaban lo que iba más allá de lo
práctico, de lo profano. La forma de los mitos tenía un alto contenido poético
y simbólico, y se trasmitían por vía oral de generación en generación, en forma
de historias o poemas cantados o recitados. Incluían además reglas y normas de
conducta, cosmologías o interpretaciónes del Mundo, y el conjunto de saberes
esenciales que debían trasmitirse a la siguiente generación. Pero además
existía el conocimiento práctico, técnico, en multitud de campos de la vida
cotidiana, y había peritos y sabios en
las distintas especialidades, como las diferentes artesanías, la medicina, la
agricultura y la interpretación de los cielos, la construcción y la arquitectura,
etc. Todas estas especialidades estaban no obstante impregnadas de
conocimientos religiosos, y así la astronomía y astrología eran inseparables,
como la medicina y la magia, la arquitectura y el culto.
Igual que la evolución orgánica fue
haciendo más y más complejos a los animales, construyendo lo nuevo sobre lo
anterior, igual el conocimiento se fue haciendo más y más complejo a medida que
actuaban sobre él diferentes circunstancias. Una de ellas fue la convergencia
en algunos lugares de culturas distintas que se mezclaron o influyeron
mutuamente debido al creciente comercio entre los diferentes pueblos, e incluso
al desplazamiento físico de gentes que colonizaban nuevos lugares y traían sus
propias creencias. Allí coincidirían mitologías distintas, dioses distintos, y
aquellas gentes con un alto desarrollo racional alcanzado por el comercio
floreciente y las técnicas productivas agrícolas y artesanales, sintieron la
necesidad de encontrar una visión común válida para todos, más allá de los
dioses y creencias de cada uno, que ponían en evidencia la subjetividad
cultural de aquel conocimiento mítico. Y encontraron en la reflexión
intelectual, en la reflexión lógica sobre la naturaleza y el Mundo la
orientación válida para cualquier hombre, con independencia de sus
"creencias" tradicionales. La evidencia que proporcionaba el
pensamiento racional a todos convencía y se erigió en el camino explicativo de
todo, en la vía del conocimiento. Coincidieron también en aquel momento y lugar
formas políticas diferentes de las monárquicas y aristocráticas, más
democráticas, alejadas de las ortodoxias religiosas y morales de las castas
políticas y religiosas. Surgió la necesidad de establecer nuevas normas
aceptadas por todos y una legislación eficiente y acorde con las nuevas
estructuras sociales y económicas. El nivel de riqueza era creciente, y dejaba
tiempo libre para el ocio y el ejercicio intelectual desinteresado. Así, el
pensamiento dejó de estar exclusivamente mediatizado por lo económico y
productivo, para cultivarse como ejercicio de curiosidad y asombro ante la
naturaleza y la existencia, con valor en sí mismo.
Y fueron apareciendo
aquellos hombres pioneros del ejercicio del pensamiento desinteresado, que
someterían a su juicio racional todas las cosas y todas las preguntas a las que
los mitos tradicionales había dado respuesta de manera poética y simbólica. Sin
embargo, la transición no fue inmediata sino que siguieron coexistiendo mitos y
discursos racionales, creencias heredadas e ideas nuevas o teorías. El
pensamiento lógico se fue afianzando con fuerza en la incipiente matemática,
que heredaría saberes numéricos y aritméticos provenientes de la actividad
comercial, y geométricos provenientes de la agrimensura y la arquitectura. Pero
la novedad es que los conocimientos se
elaboraron por el interés que despertaban en sí mismos, no por la búsqueda de
una aplicación práctica. Estos teóricos del conocimiento o
"pensadores" elaboraron teoremas y teorías abstractas partiendo de
algunos conceptos ideales, y aplicando en torno a ellos el razonamiento
demostrativo. Sin embargo, sus conocimientos no estuvieron del todo exentos al
principio de la herencia mítica, envolviendo sus teorías numéricas y
geométricas en un halo esotérico y místico.
De
la matemática se pasó con facilidad, siguiendo el mismo método de pensamiento,
a la consideración de la naturaleza del mundo físico y su principio o esencia.
Había que explicar lógicamente esa realidad que antes los mitos interpretaban
de manera poética, sometida en su devenir al capricho y voluntad de los dioses.
Había que encontrar, de manera que resultara evidente a la razón, cómo todo lo
natural se desarrollaba a partir de un principio generador, cómo todo cambiaba
y evolucionaba de manera necesaria sometido a determinadas leyes inherentes a
ese principio, el cual era preciso descubrir o desvelar.
Apareció pues, con toda su
dimensión, la figura del filosofo o amante de la sabiduría, que extendió su
actividad racional a todos los campos del saber: físico, político y
legislativo, medicina, astronomía, ética, el propio conocimiento o ciencia del
conocer e incluso lo que estaba más allá del mundo físico, lo metafísico que
trascendía el mundo de los fenómenos observados. En este último saber
metafísico, se aproximaba el conocimiento al terreno propio de la religión, de
lo trascendente, de lo que existe o está detrás del mundo y lo mueve: la
naturaleza del ser.
Sin embargo, esta crisis o cambio
radical en la forma de conocer que se produjo entonces en el mundo de vuestros
antecesores culturales, los griegos, no se extendió enseguida por todo el
Planeta. En otras regiones lejanas, en Oriente, el conocimiento racional seguía
siendo esencialmente técnico, práctico, y las religiones ocupaban todo el
espacio del saber teórico. Sin embargo, y coincidiendo con está época de los
griegos amantes de la razón, se produjo en todo el Planeta un salto del
conocimiento en forma de renovación religiosa, dentro de un escenario social y
político caracterizado por civilizaciones urbanas y sociedades jerarquizadas de
un alto desarrollo agrícola y comercial. Las religiones tenían un fuerte
componente estatal e institucional, con castas de sacerdotes, templos,
liturgias y festividades. Y lo que en Grecia fue revolución racional, en
Oriente fue revolución mística y religiosa. El conocimiento primitivo centrado
en lo mítico y en los dioses de la naturaleza, que con el correr del tiempo
había dado lugar a panteones formados por numerosos dioses y complejas
relaciones entre ellos, dio paso en todas partes a un conocimiento más centrado
en el propio hombre y su problemática existencial. Aunque la manera en que esa
revolución se configuraba dependió de la estructura de cada una de las
sociedades. De la griega u occidental, ya hemos visto como se polarizó hacia la
razón. En Oriente apareció, al igual que en Grecia, la figura excelsa del
"pensador", pero en su forma equivalente de "meditador" o
"profeta", que alumbró nuevas formas de religión, recogiendo
parcialmente las tradiciones antiguas. Los grandes profetas de Israel, Buda en
la India, Confucio en China o Zaratustra en Irán, plasmaron formas de religión
que perdurarían ya a lo largo del tiempo con más o menos modificaciones.
Pero también en estas grandes
religiones que nacían, la condición reflexiva, filosófica y ética se
incorporaba a ellas con un peso fundamental. La conciencia esencialmente
colectiva de las antiguas religiones dio paso a la conciencia personal, y
emergió el individuo como el centro de atención religiosa, con una relativa
independencia de la sociedad y sus condicionantes. Y como reflejo de esta nueva
conciencia individual y reflexiva, unas
religiones acabaron reconociendo un único Dios, al que además se le
substrajeron muchas características antropomórficas y sensibles que antes
poseían los dioses, para volverse más abstracto, no representable, como una
idea reducida a sus componentes esenciales; otras religiones se centraron
exclusivamente en la problemática del hombre y su inserción en la rueda o
repetición de los fenómenos, predicando el desinterés mundano y la
contemplación como camino para eliminar el sufrimiento y llegar al verdadero
conocimiento o iluminación. Se observaba pues en las religiones un esfuerzo por
trascender lo mundano, confiando en otra vida más plena después de la presente
o renunciando en ésta al juego del Mundo que ata y envuelve al hombre en su
devenir incontrolable.
Por otra parte, los griegos ejercían
su individualismo de una manera distinta, confiando en su razón como medio de
dominar los fenómenos y llegar al entendimiento de la naturaleza, de las fuerzas
que movían al mundo, y así trascenderlas o controlarlas. Fe en un Dios,
renuncia al Mundo, o fe en la capacidad racional para entenderlo, eran todas
ellas diferentes maneras de enfrentarse a la existencia y a la complejidad de
los fenómenos que ataban al hombre al devenir de un Mundo que le trascendía.
Pero entre los griegos, aparte del
conocimiento racional, aparecieron también formas religiosas impregnadas de un
alto contenido filosófico y cultos secretos, exotéricos. Y más tarde su propia
filosofía consideraría también como objeto de estudio la idea religiosa, la
idea de Dios, del alma y de la inmortalidad.
Y ahora vosotros, herederos de esta
tradición racional del pensamiento griego, pensaréis que por fin se había
encontrado el camino correcto para avanzar hacia la "verdad" del
mundo y la existencia de una manera lúcida, evidente, cierta. Y sin embargo, en
este paso gradual de lo mítico a lo racional se fueron quedando por el camino
muchos "conocimientos" o formas de relacionarse con el Mundo. Se
estaban cambiando las "creencias" por las "evidencias". Y
la pregunta que alguno se hará es si lo evidente, lo lógico, encierra la
totalidad de la naturaleza del mundo o sólo una parte, si algo no se iba
dejando olvidado en este ascenso racional al conocimiento, algo que antes se
intuía misteriosamente a través del mito poético y la fantasía explicativa.
Pero el camino racional estaba
trazado, y la fe en él se configuraba como un nuevo mito, el mito de la
capacidad del individuo para descubrir los misterios de la naturaleza e incluso
de lo que estaba más allá de sus fenómenos y apariencia.
La aparición del alfabeto y la
escritura fonética, que permitía registrar por escrito el habla natural,
facilitó y democratizó enormemente el desarrollo y difusión de la Filosofía,
que requería meditación y análisis sosegado de sus contenidos.
Así
se instaló definitivamente entre vosotros el conocimiento racional, proyectando
vuestra cultura hacia lo complejo de manera acelerada.
De la Filosofía se desgajó la
Ciencia, tanto la Matemática como la Física, dejando a la Filosofía los
contenidos especulativos alcanzables por medio del razonamiento verbal. La
Ciencia pronto desarrolló su lenguaje específico, más abstracto, en base a
signos no verbales y fórmulas matemáticas. Y la Ciencia fue acaparando poco a
poco muchos contenidos de la Filosofía inicial, de la "Física" o
Filosofía de la naturaleza de los primeros filósofos, profundizando en el
análisis de los fenómenos, creando multitud de ramas especializadas.
Pronto
se fue desglosando también la Filosofía racional en diversas ramas, unas
relativas al hombre, como el estudio del propio conocimiento, el alma humana o
la naturaleza de las ideas; otras relativas a Dios y sus atributos, desde un enfoque
racional no religioso; otras relativas al mundo desde una perspectiva general,
bien cosmológica o sobre la propia naturaleza del ser; y otras relativas
incluso a las propias ciencias, desde la perspectiva global de sus fundamentos,
sus métodos y su alcance.
Pero así como el método de la
Filosofía era esencialmente el razonamiento deductivo, al igual que en la
Matemática pura y la Lógica, la Ciencia Física recurría a otro tipo de método
basado en la experimentación o realización de experimentos. Inicialmente el
método científico se apoyaba en la observación repetida y en la elaboración de
teorías explicativas sobre los fenómenos observados. Luego se reproducían los
fenómenos disponiendo un experimento o escenario preparado adecuadamente para
que éstos tuvieran lugar de manera voluntaria y controlada, y se verificaba que
cumplían la teoría establecida. Estas teorías incluían la medida y
cuantificación de los fenómenos, las fórmulas descriptivas de los mismos.
Cuando no era posible repetir un fenómeno por vía experimental, había que
conformarse con la observación natural sucesiva del mismo, y verificar que
siempre se cumplía la teoría. Así fueron apareciendo "leyes físicas"
y "principios" a los que el mundo parecía estar sometido de manera
inexorable y que fueron interpretadas como el descubrimiento de su verdadera
naturaleza. El mundo tenía una razón matemática, un mecanismo real que había
sido encontrado. Sin embargo con el paso del tiempo se observó que algunos
fenómenos escapaban a esas leyes físicas, y hubo que construir nuevas teorías
más complejas que englobaran también a los nuevos fenómenos, desechando las
antiguas leyes por falsas y consagrando las nuevas como verdaderas. Pero a
medida que esta situación se reproducía más adelante y había que hacer
evolucionar nuevamente las teorías, se hizo evidente la duda sobre la
"realidad" de las leyes del mundo. No había leyes en la naturaleza,
sino interpretaciones matemáticas y teóricas que se aproximaban mucho a la
descripción de sus fenómenos. No eran leyes sino interpretaciones, visiones.
Las cosas sucedían "como si" existiesen esas leyes de obligado
cumplimiento, pero la ley final y definitiva, "la verdad" de la
naturaleza no se dejaba apresar nunca. Sin embargo la aproximación a la realidad,
en un cierto contexto o dimensión de lo natural, era tan exacta que podía
decirse que a ese nivel eran autenticas leyes. La enorme potencia de esta forma
de conocimiento fue consiguiendo
describir los fenómenos de tal manera que os proporcionaron el control
progresivo de los mismos y su utilización práctica para vuestro interés, en
forma de aplicaciones técnicas.
Esta
forma de conocimiento científico se acabó extendiendo por todo el mundo,
quedando en Occidente delimitado el campo de la Filosofía a aquello que escapaba
de la Ciencia y su conocimiento experimental, mientras que en Oriente este tipo
de conocimiento filosófico siguió siendo abordado fundamentalmente por la
Religión. En Occidente se produjo finalmente una influencia fuerte de la
Filosofía en la Religión, tomando esta última una forma racional bastante
elaborada.
Lo mismo que sucedía con la ciencia,
que no era capaz de encontrar la ley o principio definitivo de la naturaleza,
pasaba también con la filosofía, ya que los sucesivos filósofos iban
construyendo sistemas filosóficos nuevos que desbancaban o encontraban el error
en los antiguos. Y la "verdad" se presentaba huidiza siempre, nunca
definitiva. Sin embargo, así como la ciencia ha permitido un creciente dominio
técnico del mundo, hasta el punto que habéis llegado a desarrollar un sinfín de
máquinas útiles, y potenciado vuestra vida en cuanto a capacidad de
desplazamiento, comunicación, utilización de energía, descubrimientos médicos,
etc., la filosofía ha ido encajonándose en sí misma, encerrándose en sus
propias reflexiones trascendentes sin encontrar salida a su función
propia, salvo su influencia en las
ciencias y su reflexión sobre el propio método científico, o el enriquecimiento
y depuración de la religión.
Hasta tal punto habéis tomado
conciencia de la crisis de la filosofía como fuente de conocimiento, que habéis
empezado a plantearos su método, y reflexionáis sobre la validez de la razón
filosófica. Así como la ciencia se apoya en la matemática y su exactitud
resulta adecuada para describir los fenómenos, el lenguaje, que es la
herramienta de la reflexión filosófica, os parece ya que resulta demasiado
impreciso, demasiado de "andar por casa" para abordar el
conocimiento. Y esta duda, esta crítica al lenguaje, ya os viene de antiguo, de
aquel tiempo de los primeros filósofos griegos. Un grupo de ellos, los
"sofistas", de mentalidad pragmática, desalentados quizás por las
controversias entre los filósofos de la época, se constituyeron de hecho en los
primeros críticos del conocimiento y encontraron un sentido práctico en la
aplicación de su saber filosófico a fines utilitarios. Se dedicaron a la
enseñanza retribuida de la filosofía, de la cultura en general, y especialmente
a la enseñanza de la retórica, el arte de convencer a los demás, de gran interés
en la recién instaurada "democracia" ateniense, donde el discurso era
el arma política por excelencia. Y eran tan hábiles que conseguían demostrar
lógicamente cualquier cosa que sirviese a los fines utilitarios de sus
clientes. Incluso se mostraban ufanos de su arte aplicándolo a la demostración
de cosas absurdas, cosas que escapaban al sentido común, construyendo
razonamientos impecables que invitaban al engaño, a la seducción lógica. Pero
renunciaban al conocimiento verdadero y la filosofía era para ellos un oficio,
un arte mercenario, una técnica de
empleo sugestivo de la palabra.
Algo fallaba pues en el lenguaje,
que se convertía en instrumento para demostrar cualquier cosa. Las trampas
filosóficas de los sofistas serían sin embargo puestas en evidencia por los
filósofos posteriores, depurando las reglas del razonamiento y catalogando
las falacias del uso del lenguaje por
los sofistas.
Más específicamente critica fue otra
escuela filosófica llamada de los "escépticos", que surgió un siglo
después del apogeo máximo de la filosofía griega. Los escépticos afirmaban la
imposibilidad de llegar a la verdad y por ello renunciaban al conocimiento. El
pensamiento racional llegaba según ellos a un callejón sin salida, y a la
vuelta al principio de los planteamientos, que ya implicaban el final. Así
pues, se abstenían de emitir juicios ya que no se llegaba nunca a conclusiones,
ni positivas ni negativas, acerca de la verdad. Según ellos, el hombre sólo
podía conocer la apariencia sensible de las cosas, lo que sus sentidos y su
entendimiento natural percibía, pero no la realidad objetiva que pudiera
existir tras ello. Lo que los otros filósofos entendían por verdad no eran más
que hipótesis, las cuales podían ser útiles como orientación en la vida pero
que no respondían a la naturaleza en sí misma ni a la realidad del ser, las
cuales eran definitivamente inasequibles al entendimiento humano.
Este
movimiento escéptico se ha reproducido muchas veces a lo largo de la historia
de la filosofía, coincidiendo de hecho con su desarrollo, siendo parte
consubstancial de él.
Vuestra historia intelectual,
racional, es un continuo desarrollo y ejercicio de la ciencia y la filosofía.
Teorías científicas y sistemas filosóficos se multiplican y evolucionan sin
cesar a lo largo de vuestra historia. La ciencia y la filosofía, cuyo origen
fue meramente especulativo, amor a la sabiduría por sí misma, ocultaba sin
embargo ese impulso interesado del hombre por conquistar su seguridad ante lo
desconocido, por encontrar un sentido final en lo natural al que acoplar su
vida y su propio sentido. Pero aparte de eso, la ciencia traía de la mano su
aplicación práctica en la conquista de la naturaleza, su sentido de poder sobre
ella más allá del propio conocimiento puro. La técnica os ha permitido cambiar
vuestro medio natural, mejorar vuestra calidad de vida y adaptaros con éxito al
mundo, potenciando vuestras dotes naturales hasta dimensiones sorprendentes. Os
ha permitido construir grandes edificios y ciudades, vehículos que viajan a
largas distancias y a gran velocidad surcando todos los medios naturales; os ha
permitido ver y hablar en un punto
distante del Planeta como si estuvierais allí, descubrir remedios para las
enfermedades y prolongar vuestra vida, manejar las fuentes de energía hasta tal
punto que podrías arrasar la superficie de la Tierra si quisierais. Copiando a
la naturaleza y los seres que ella ha creado a lo largo de miles de millones de
años, habéis sido capaces de construir seres energético-mecánicos con nuevas o
más especializadas funciones adecuadas a vuestros intereses, es decir, habéis
creado nueva realidad. Y todo ello simplemente basado en la apariencia de los
fenómenos, en las reglas o regularidades de comportamiento que habéis observado
en la naturaleza, a pesar de no conocer en su completa realidad el ser de las
cosas. Y es que no hacía falta, como no le hace falta al panadero que hace un
pan saber de donde viene la harina, ni como se muele el trigo o cómo crece la
espiga. Tampoco le hizo falta a la naturaleza que construyó los complejos seres
vivos partir del principio del ser para crear un nuevo ser, sino construir
sobre lo último, sobre la complejidad anterior para crear lo nuevo.
Esa es la tensión permanente entre
el conocimiento puro y la creación. Aspiráis al conocimiento absoluto de todas
las cosas, pero no lo necesitáis para crear nuevo mundo. Vuestra ciencia no alcanza nunca el
verdadero conocimiento, pero vuestra técnica construye y crea con conocimientos
aproximados, con interpretaciones humanas de lo real. La Ciencia primera
estableció que el Cielo giraba alrededor de la Tierra y por eso llegaba la
noche cuando el Sol se ocultaba por el horizonte. Luego establecisteis que en
realidad era la Tierra la que girando sobre sí misma hacía que el Sol quedara
tras ese horizonte. Y ambas teorías servían igual a los efectos prácticos de
medir el tiempo, de construir y calibrar un reloj de sol. Y es que lo que es
necesario para crear es conocer los fenómenos, no la realidad del ser, porque
lo que buscáis con vuestro sentido práctico es reproducir y crear fenómenos,
sea cual sea la naturaleza profunda del ser que los sustente. Y sin embargo
aspiráis también desde el principio a saberlo todo acerca de ese ser. Hay en
vosotros un ansia inagotable de saber, más allá del poder. Es un mecanismo
automático de vuestra mente que en cada respuesta encontrada hace surgir nuevas
preguntas.
Os conté anteriormente que habéis
evolucionado de manera que nacéis con una predisposición innata para percibir
el espacio en sus tres dimensiones, que apreciáis el trascurso del tiempo, que
descubrís o sospecháis la existencia de una causa detrás de muchos fenómenos.
También detectáis la materia en sus diferentes estados; tenéis la intuición de
la unidad y la cantidad, etc. Es decir, conocéis de manera directa una serie de
aspectos de lo real que impacta vuestros sentidos, y lo conocéis en esas formas
preestablecidas en vuestro cerebro que han demostrado ser muy eficaces para
vuestra supervivencia y adaptación al mundo. Ya os dije que esa manera de conocer
lo real no era toda la verdad de lo real, sino una manera más, la vuestra, de
percibir su presencia y orientar vuestra actividad en la interacción con ello.
Y vuestro lenguaje fue creando a lo largo de su desarrollo un sinfín de
conceptos para encerrar esta manera de percibir lo real, esos
"conocimientos" que en vuestra ingenuidad inicial identificabais con
la realidad en sí misma. También os dije que poseíais de manera innata unas
pocas operaciones elementales de
pensamiento que os resultaban "evidentes", ciertas, y que eran
incluso anteriores al lenguaje y que podían ejercerse con pensamiento visual.
Por medio de ellas podías reflexionar y encontrar soluciones a determinados
problemas. Y estas funciones también eran sólo "vuestra manera" de
percibir el comportamiento de lo real de una manera que resultaba eficaz para
vuestra supervivencia, pero no el comportamiento total y verdadero de lo real.
Y vuestro lenguaje fue también construyendo expresiones para realizar estas
reflexiones, para ejecutarlas de manera voluntaria, construyendo discursos
reflexivos, "razonamientos". Y así surgió vuestro pensamiento
racional, vuestra filosofía. Y ya veis claramente cómo con los recursos de que
parte vuestro conocimiento racional, apoyado en el lenguaje, no podrá llegar
más allá de razonar sobre "vuestra propia percepción de los
fenómenos", pero nunca sobre la verdadera naturaleza del ser que hay
detrás de ellos.
Ahora bien, aunque vuestros
conocimientos se apoyen en el eco y la sombra de lo real, ese eco y esa sombra
traen información parcial de lo real, y por tanto algo llegáis a conocer de
ello. Pero este saber metafísico, de lo que está más allá de lo que percibís
como físico o natural, aunque os hace guiños con sus sombras y ecos, se escapa
ágilmente a vuestro conocimiento filosófico que intenta apresarlo por completo.
Y sin embargo, durante mucho tiempo, y a pesar de las críticas que en todo
momento se han levantado contra este tipo de ilusión del conocimiento total, os
habéis obsesionado en perseguir la verdad, dando vueltas y mil vueltas a los
conceptos y a los razonamientos, bajo el acicate de una evidencia casi al
alcance de la mano.
La
filosofía, no obstante, ha
contribuido al desarrollo de las ciencias, de la moral y las instituciones
sociales, al ensanchamiento de la dimensión humana gracias a su capacidad para
hacer preguntas aunque no encuentre respuestas, para crear ese hueco en el alma
del hombre que le propulsa hacia delante y sin fin en el conocimiento.
Parecido es, como ya he dicho, el
camino de la Ciencia pura en cuanto camino sin fin que nunca apresa la verdad
del mundo físico y opera por elaboración de interpretaciones o teorías
aproximadas para explicarse lo real. Ahí, en esa pretensión metafísica de
apresar la verdad del mundo natural fracasa también, si bien consigue reflejar
y cuantificar los fenómenos de una manera tan exacta como para permitir la
creación de mundo nuevo.
Ante este panorama desilusionante de
la imposibilidad de conocimiento exacto del mundo por medio de la filosofía y
las ciencias, que os sitúa en la duda de que el conocimiento humano va a ser
siempre imperfecto y aproximado, alguno se acordará de esas ciencias que habéis
llamado "exactas" y volverá a ellas la mirada tratando de buscar allí
un camino de seguridad para el conocimiento. La matemática, pensará, aunque se
usa también en las ciencias de la naturaleza, obra en ellas como ciencia
auxiliar, como herramienta para cuantificar los fenómenos o expresar su forma,
y no es responsable por lo tanto de los errores de la teoría
interpretativa de lo natural que haga el
científico. Pero ella misma, que se construye al margen de lo real, que existe
de manera ideal sin pretender interpretar ninguna realidad, ha demostrado
llegar a teoremas incontrovertibles y construir sistemas que no admiten ninguna duda, ya que se levantan paso a paso de
manera demostrable por la lógica. Parte de la definición de unos conceptos o
elementos ideales obtenidos por abstracción del mundo real, como en geometría
el punto, la recta o el plano, sin dimensiones el primero, y con sólo una y dos
dimensiones el segundo y tercero respectivamente; y en torno a ellos establece
unos principios fundamentales considerados ciertos por evidentes, a partir de
los cuales y mediante deducción lógica se van estableciendo relaciones entre
dichos elementos y las figuras con ellos
construidas, llegando a proposiciones o teoremas sucesivos que conforman el
edificio de la teoría. Y no deja de resultar sorprendente, por ejemplo, que una
forma geométrica, idealización de una forma natural, esté sometida a una
fórmula o regla entre sus partes, y que esta regla sea cierta para cualquier
dimensión y variante dentro de esa forma geométrica. Por ejemplo, la superficie
de un triangulo será siempre la mitad de su base por su altura, con
independencia del tamaño y la forma del triangulo, sea éste equilátero,
isósceles o escaleno. Y a esta fórmula se llega lógicamente, sin más que trazar
algunas rectas y hacer un par de cálculos. Y claro, esto, además de
sorprendente hasta cierto punto, puede resultar algo intuitivo si se piensa que
una forma tiene que tener sus condicionantes, sus relaciones ocultas para que
siga siendo esa forma y no otra. Y por extrapolación, podías pensar que todo
objeto o fenómeno con un cierto orden o forma definida, deberá tener alguna
fórmula que lo exprese. Y lo que resulta asombroso es que a veces complejos
desarrollos y teorías matemáticas, puramente teóricos, que se construyeron al
margen de su utilización práctica, han resultado al cabo del tiempo adecuados y
correctos para explicar determinados fenómenos naturales que escapaban a las
teorías físicas vigentes.
El que en la matemática parezca
haber algo mágico ya lo sintieron los primeros geómetras y filósofos griegos al
elaborar las primeras teorías matemáticas, hasta el punto de afirmar que todo
en el mundo estaba sometido a números, que esa era la esencia o el principio de
lo real. Sin embargo la práctica de la aritmética y la geometría es tan antigua
como el hombre, asociada a hechos tan simples como contar y medir. Al principio
el hombre contó con los dedos de la mano cuando se trataba de manejar una
cantidad pequeña de cosas semejantes. Cuando trataba de medir una distancia
acudió a la comparación con partes de su cuerpo, como el brazo, la palma de la
mano o los pasos. La combinación de cantidades y unidades de medida resolvía
todos los asuntos prácticos. Más adelante, el uso del comercio y la agricultura
dieron lugar a sistemas de contabilidad y medición sofisticados. Una primera
dificultad que se apreció enseguida fue la necesidad de dividir las unidades de
medida más pequeñas en partes a su vez, cuando la materia a repartir era
valiosa. Así se aplicaron las fracciones a las unidades: la mitad, un tercio,
etc. Los números fraccionarios así establecidos parecían asegurar el reparto
correcto de las cantidades en la práctica. Pero cuando los griegos decidieron,
en su afán científico, construir la teoría Matemática, se dieron cuenta de que
esas divisiones o repartos que se venían haciendo de manera natural y satisfactoria
en la práctica, en la teoría numérica desarrollada no eran exactos en algunos
casos; no podía hacerse el reparto de manera absoluta y ni siquiera podían
expresarse las partes completamente. Repartir una unidad por ejemplo entre tres
sujetos arrojaba una parte para cada uno que tenía un número interminable de
decimales, que no podía expresarse del todo ni por lo tanto repartirse
equitativamente de manera exacta. Otras paradojas teóricas surgieron al querer
expresar la medida de la diagonal de un cuadrado de lado uno, por ejemplo, pues
no conseguían encontrar el número adecuado entre los conocidos. Había pues en
la matemática de la época números inexactos o inexistentes para satisfacer a
las necesidades de la teoría. La matemática no era exacta, presentaba
inconsistencias, y esto, dado su carácter casi religioso de entonces, producía
crisis filosóficas e incluso sicológicas entre los seguidores de las teorías.
La matemática fue desarrollándose,
creciendo sobre sí misma, dando lugar a muchas especialidades y teorías, y
siempre había algún problema o inconsistencia en ellas que quedaba pendiente de
solución, pero sin embargo se mantenía la esperanza de resolverlo próximamente,
e incluso se planteaba la unificación de todas las diversas teorías matemáticas
en una sola con validez general para todo. Finalmente vuestros últimos
matemáticos han llegado a la conclusión de que este intento es vano y de que en
cualquier sistema ideal como la matemática siempre es posible encontrar algún
planteamiento que no puede demostrarse si es falso o verdadero, o algún
problema que no puede resolverse. Es decir, que la teoría resulta siempre
incompleta.
Así que de nuevo os volvéis a
encontrar en la Matemática con la inconsistencia de vuestro conocimiento, de
vuestras elaboraciones mentales, lo mismo que os sucedió con la Ciencia y más
aún con la Filosofía.
Así es vuestro conocimiento y así
sois vosotros, colocados ante el mundo y queriendo entenderlo aplicando los
esquemas de orientación que habéis ido desarrollando a lo largo de vuestra
historia, siempre con la pretensión y convicción de ser ciertos, de ser capaces
de apresar la verdad. Y no podía ser de otra manera para que pudierais actuar
sin dudas, sin vacilaciones. Teníais que estar seguros de ellos como lo está el
animal del instinto que guía su conducta. Instinto configurado por la
naturaleza a lo largo de su evolución. En vuestro caso, vosotros mismos como
especie habéis desarrollado esa guía en forma de conocimiento, prolongando la
evolución de vuestra especie en base al conocimiento, que cada vez os
proporciona una mejor supervivencia y adaptación. Habéis dejado ya de adaptaros
al medio y sois vosotros los que adaptáis el medio a vuestras necesidades,
permaneciendo biológicamente estables.
Pero ahora, después de tanto tiempo
de desarrollo del conocimiento, habéis llegado a la conclusión de que el mismo
es fundamentalmente práctico, y de que no podéis alcanzar la verdad, de que esa
pretensión de la filosofía es una utopía. Y quizás os preguntéis si tiene
sentido ese deseo, o si el deseo está mal planteado y lo que buscáis en
realidad es otra cosa, existiendo alguna deficiencia en vuestra constitución
sicológica que os empuja incansablemente hacia la verdad cuando lo que
necesitáis es una cosa distinta. En todos los lugares de vuestro planeta, bajo
diferentes creencias religiosas y trascendentes, la búsqueda de la luz, de la
orientación vital, del sentido ante la existencia es general. En la tradición
Occidental de la cultura, que es la vanguardia del saber planetario, esa
iluminación ha tomado desde los griegos la forma de la búsqueda de la Verdad
por el camino de la racionalidad, si bien la religión monoteísta ha establecido
un camino más directo basado en la fe en lugar del conocimiento reflexivo. Eso
que las religiones buscan de manera directa es lo que consigue tranquilizar
vuestro deseo de saber, ya que Dios sería la máxima verdad y de él derivaría
todo, aunque no consigáis conocer por entero el proceso. Dios sería ese "principio" que buscaban los
primeros pensadores griegos como origen de todas las cosas. Dios o dioses, como
creían los primeros humanos y han creído siempre los posteriores, algo que
trasciende al mundo. Esa intuición primigenia es significativa y sigue teniendo
valor en todos los tiempos, por más que la razón se esfuerce en entenderlo todo
a base de reflexión.
Vosotros os plantáis frente al mundo
intentando conocerlo…¿y si os sintierais simplemente mundo que sigue creándose
gracias ahora a vosotros mismos, esa parte privilegiada del Planeta con capacidad
creadora? ¿Os habéis planteado si Dios conoce el Mundo en detalle? Simplemente
lo habría creado. El conocerlo es la labor de análisis meticuloso del que
aspira a construir y no sabe cómo hacerlo. Si tuvierais el poder de crear no os
obsesionarías con el conocer. Crear es saber directamente. Uno de vuestros
artistas crea un cuadro movido por su inspiración. Un aprendiz de artista
estudia minuciosamente la técnica empleada y se atreve a realizar algo
parecido, de manera consciente. Así creáis vosotros algo de mundo, de manera
técnica, dadas vuestras limitaciones. Pero además pretendéis que en esa técnica
que vais elaborando radica la "verdad", que vuestro conocimiento es
la verdad, cuando no es más que una herramienta de trabajo a la medida del
hombre y hecha por el hombre para copiar el mundo creado.
¿No os sentís tentados ahora de
volver la mirada a aquel conocimiento intuitivo del primitivo, después de este
penoso y frustrante camino de la reflexión en busca de la verdad? ¿No os sentís
tentados a explorar el camino de las religiones y los mitos antiguos desde una
nueva perspectiva, no de la fe en ellas, sino de la clase de "verdad"
que pueden contener? En definitiva, ¿no os planteáis otro camino de
conocimiento diferente del reflexivo?
Una
parte me he dejado intencionadamente en la revisión anterior de vuestra cultura
y conocimiento, no perteneciente al ámbito de la reflexión: el arte. Es el
momento de contemplarlo, ya que pudiera contener también esa clase de verdad
que andáis buscando.
El
arte ha existido desde el origen de vuestra especie, aunque al principio no era
considerado arte en sí mismo por el hombre, sino expresión y materialización
del mito. El concepto de arte es más reciente en vosotros y a él se le atribuye
la cualidad de mostrar aspectos profundos de la realidad que el lenguaje
reflexivo es incapaz de sondear.
Las pinturas paleolíticas de las
cuevas eran la instrumentación y representación de los mitos de aquella época,
pero naturalmente aquellos hombres también dibujaron y grabaron a veces sus
utensilios o armas con otros fines, aunque en general lo hacían al servicio de
la magia que los haría propicios. El dibujo de algo invocaba a su ser y nada
por tanto era gratuito sino que tenía un sentido. Más tarde se perdería esa dimensión
sagrada o mágica de la representación para vivirla simplemente como sugerencia
y recordatorio, o incluso, trivializándola, como elemento decorativo agradable
o bello de uso cotidiano y general.
Los
mitos narrados verbalmente, transmitidos primero por tradición oral y luego
escrita, incorporaban a su contenido una forma épica y poética muy fuerte. Eran
arte como hoy lo entendéis, lo mismo que eran arte las magnificas pinturas de
las cuevas antes del desarrollo ampliado del lenguaje. Y aparte de su perfección
formal, el valor artístico que tenían consistía en poseer una cualidad especial
incorporada en su forma, una sustancia que transmitía el mito. Portaban en su
diseño las emociones míticas, las comunicaban por su sola contemplación, con
tanta o más eficacia que los mitos posteriores expresados maravillosamente de
manera literaria.
A lo largo del tiempo habéis
desterrado los mitos de vuestra vida en beneficio de la razón, de la filosofía
y la ciencia, y hasta la religión la habéis cargado de racionalismo como si
quisierais negarle al mito la responsabilidad de dar cuenta de su verdad, y
pretendierais llegar a ella por medio de la razón para validar la veracidad de
su mito.
EL ARTE
El
arte verdadero impregna con frecuencia
la pintura, la escultura y arquitectura, y cómo no, la música y la literatura,
pero de manera desigual. Todas ellas han obrado al servicio de diferentes
fines, transmitiendo mensajes religiosos, políticos, sociales, etc. Las
llamadas obras de arte reflejan no sólo
el contexto al que se aplican sino la cultura de una época. A veces se han
quedado en mero código trasmisor de esos contenidos y otras veces se han
impregnado de esa sustancia indescifrable
y misteriosa que proporciona un conocimiento adicional y profundo de lo
real. Finalmente habéis liberado al arte de servir en exclusiva a cualquier
fin, y cuando lo hace es sólo como objetivo secundario, siendo su principal fin
el del arte en sí mismo. El fin del arte es lo que contiene en sí de
fascinante, de revelador, de bello, con independencia del motivo que
represente. Esta liberación de su motivo, oculta sin embargo, y a la vez
aclara, su esencia, la esencia del arte. Si su valor esencial no depende de lo
representado, pero tampoco consiste sólo en su perfección formal o en su
originalidad técnica, es que eso de fascinante, revelador y bello que le
caracteriza es una nota que se refiere a la manera general de ver lo real
representado, sea lo que sea. Es la manera de ver la realidad con unos ojos
distintos de los ojos de la razón, del entendimiento objetivo y del sentido
común. Es por tanto una visión mítica, una visión que incorpora y acentúa
contenidos emocionales que actúan dentro de vosotros desde el origen de los
tiempos, y de los cuales no sois conscientes. En el arte volvéis de nuevo a
sentir el mito, pero no un mito representado sino escondido en la
representación, en cada cosa, en la atmósfera general, en cada detalle. Y ese
sentir mítico puede estar en la hoja de un árbol, en una casa, en el cielo, en
un rostro. Ahora lo que el artista trasmite ya no es el sentimiento humano ante
un mito concreto, sino el sentimiento ante lo mítico de cualquier cosa. Lo
existente se carga de significado humano, pero su dimensión no es ya racional,
expresable en lenguaje, sino anterior a él, más profunda, total. El arte es un
lenguaje en sí mismo, pero no un lenguaje codificado que todos pueden entender
de la misma manera, sino una expresión que os llega de diferentes maneras
iluminando no la razón sino la totalidad indiferenciada de la persona,
incluidos sus sentimientos, sus anhelos, temores y hasta su dimensión
inconsciente y primitiva. El arte es el lenguaje total del hombre para expresar
su relación con el mundo, su sentir el mundo de manera profundamente humana. El
arte expresa el mundo humanizado, antropocéntrico.
La dimensión humana del arte se aprecia muy bien
en esa pintura que llamáis "naif" o ingenua, sin técnica, pero que
sin embargo lleva toda la carga del alma humana que contempla el mundo sin
prejuicios culturales, sin razón figurativa. Igual pasa con las pinturas
infantiles. Y puesto que el motivo representado ya no importa, sino la visión
mítica de la realidad que subyace en él, la pintura abstracta puede también
comunicar esa manera de ver, incluso mejor ya que aleja el engaño de la
apariencia real. Hay magia y hay mito, hay sugerencias que calan en lo más
profundo del alma, despertando emociones y contenidos inconscientes por medio
de las formas no representativas de cosa alguna, y de los colores y sus
combinaciones desligados de los objetos mundanos. Con unas y otros se puede
construir composiciones llenas de misterioso significado y explorar el interior
de la persona, encontrando mundos con sentido, realidades interiores que se
hacen conscientes pero no expresables en lenguaje, sino precisamente en la
pintura. Así, descubrimos nuevas dimensiones en nosotros de manera simultánea a
descubrir el valor artístico. Y al no poder separarlo o aislarlo de nosotros
por medio de conceptos o expresiones de lenguaje, permanecemos unidos a él en
su descubrimiento por nosotros. El conocimiento que proporciona el arte es
semejante al conocimiento contemplativo o místico, que se cumple en su
ejercicio y es difícilmente transferible en su totalidad en forma de lenguaje,
a no ser que el propio lenguaje sea también artístico, metafórico. Porque el
conocimiento que estamos considerando apunta a verdades que trascienden lo
aparente y se refieren a las preguntas que el hombre se hace sobre lo que
sustenta el Mundo. Es un lenguaje pues de pretensiones metafísicas, pero sin
ser racional.
Volvéis pues al principio, cuando el
lenguaje no estaba muy desarrollado y el mito respondía a esas preguntas. Ahora
el lenguaje racional ha demostrado su incapacidad metafísica y dirigís la
mirada hacia el arte como vehículo de esa verdad.
La música es otro lenguaje simbólico
portador de verdad, que se dirige directamente al sentimiento. La música habla
de manera precisa al corazón y es capaz de contar historias llenas de matices
emocionales y sentimentales. Además, esos sentimientos despertados sugieren
incluso situaciones y sucesos de vuestra experiencia, por lo que se asemeja a
la traducción sentimental de lo real vivido. La realidad puede conocerse de
muchas maneras, a menudo mezcladas. Una de ellas es sentimentalmente, con
profundidad humana. La música nos da ese tipo de conocimiento, que además puede
extenderse a lo misterioso y fascinante que se oculta en lo inexplicable.
Así pues, lo queráis o no, seguís
sumidos, como al principio, como siempre, en una doble realidad, o la misma
realidad que se manifiesta en dos vías de conocimiento. La realidad práctica de
los fenómenos observables, en la que os desenvolvéis con vuestro conocimiento
ordinario, reflexivo, y la realidad trascendente que necesitáis que exista de
manera imperiosa para dar coherencia y sosiego a vuestro espíritu. Y esa
segunda realidad, o trasfondo de lo observable, es lo que percibís o conocéis
de manera ligera por medio del mito, el arte y la meditación mística. Hay otra
aproximación a esa verdad enmascarada bajo el conocimiento científico. Ya os
dije que la Ciencia muestra sólo hipótesis, teorías interpretativas del mundo,
y a fin de cuentas eso es una descripción simbólica, un mito explicativo
moderno muy evolucionado.
Por medio de la literatura
trascendéis el uso ordinario del lenguaje convirtiéndolo en arte. Sobre todo
con la poesía, donde el lenguaje pierde su estructura habitual y sus reglas de
uso para convertirse en sugeridor de esos contenidos profundos a los que sólo
llega la expresión artística. Se prescinde de la estructura lógica, se emplean
construcciones que obligan a alejarse de ella y de la comprensión racional, y
por medio de la metáfora y la construcción de imágenes sugerentes se hace ver
una dimensión o paisaje nuevo de lo real.
Ante
un poema no vale querer entender nada, sino contemplar su sugerencia, dejarse
penetrar por él como por la música o la pintura.
Las metáforas forman parte sin embargo del lenguaje
ordinario, dando riqueza a su significado y llegando a formar parte del uso
común del mismo. Una metáfora que llega de esta manera a ser de empleo habitual
pierde su fuerza de sorpresa inicial, su fogonazo iluminador. Cuando decís que
algo es "cierto como la luz del día", no revivís las sensaciones
contenidas en la metáfora, sino que las sustituís por la sensación de gran
certeza. Así habéis perdido las vivencias iluminadoras originarias. Las
expresiones pierden su fuerza con el uso, y lo mismo les pasa a las palabras.
La primera vez que se crea una palabra, una parte de la realidad toma cuerpo,
se ilumina y se posee. La primera vez que creasteis la palabra amor para
designar este sentimiento, fuisteis a la vez conscientes y poseedores del
mismo, apareció y se perfiló en vuestro mundo desde un caos u oscuridad
emocional. Adquirió el "ser". La metáfora y la palabra participan de
mucho en común, que es el desvelamiento o concreción de lo real confuso en el
magma indiferenciado de la existencia. Pero así como la palabra rescata
realidades concretas y bien definibles, la metáfora captura realidades o
relaciones de lo real más complejas, que no pueden separarse fácilmente del
magma sin forma del ser. La metáfora no puede pues llegar a ser precisa como un
concepto, ni su contenido recuperable de manera completa, sino que es la llave
para acceder a contenidos de significado intuitivos que ponen en relación
diferentes aspectos y paisajes de lo real. Cuando la metáfora es profunda
suscita una visión que nunca se vuelve habitual ya que dada su complejidad cada
vez que se evoca despierta nuevos matices y contenidos. En eso es igual que la
pintura o la música, es decir, es arte. Un poema participa de esa cualidad
artística e iluminadora, potenciado por sus metáforas y por la combinación de
ellas en una estructura de significado que a su vez es iluminadora.
Poesía, pintura, arte en general
como desvelador o iluminador de niveles ocultos y profundos de la realidad, que
apresada en el lenguaje ordinario ha perdido ya, debido al uso, el frescor y la
viveza de impresión que supo comunicar en su origen, o comunica todavía en el
alma de un niño que empieza a hablar. Os habéis contaminado en exceso de
pragmatismo, habéis abusado del manejo de las cosas para vuestro interés
material olvidando su dimensión mágica, el mensaje de su ser, que es la esencia
misma en la que participáis, y al olvidarlo, habéis olvidado también esa
dimensión profunda en vosotros. Y ya sólo la podéis recuperar gracias al arte,
que no hace más que rasgar el velo del lenguaje ordinario y romper el espejo de
las imágenes cotidianas para dejaros ver otra vez la intensidad del ser
primigenio. Cuando el pensamiento utilitario deja de actuar por imposibilidad
lógica ante el arte, entonces tenéis que enfrentaros a él por medio del
sentimiento, de la sugerencia intuitiva, del lenguaje del inconsciente,
rompiendo la cadena de la razón práctica que no lleva asociadas vivencias
intensas.
El inconsciente tiene su lenguaje
también, pero es simbólico e indescifrable en gran parte, y además plural. El
arte tiene mucho que ver con los sueños. Los sueños siempre nos impactan, nos
salvan y nos condenan según la ocasión, pero siempre nos llegan adentro, aunque
sea el mismo sueño que se repite.
Cuando toda la dimensión del hombre
se afecta con el arte, entonces "comprendéis" lo real. Cuando es sólo
la razón la que se apodera de las cosas, apresáis el concepto, el esquema
mental habitual, "entendéis" lo real en su dimensión utilitaria.
Porque a fin de cuentas es a vosotros mismos lo que experimentáis en el acto de
acercarse o conocer algo. Como
el hombre primitivo, seguís proyectando vuestro ser en el conocimiento de las
cosas, y vuestra semejanza con ellas es lo que percibís cuando las conocéis. Y
es que no hay otra manera completa de conocer que haciendo de uno las cosas,
incorporándolas al propio ser, Ser uno con las cosas es unir lo semejante con
ellas en un acto total de la persona, en un acto de amor. Y en esa unión, de un
objeto material os llega el mensaje profundo y desnudo del "existir";
de un animal el mensaje de la vida; y de una persona os llega vuestra identidad
total, el amor a la semejanza esencial completa. Comprender es pues unirse a la
cosa, mientras que entender es separarse de ella para verla con el pensamiento
utilitario, dispuesto a usarla, apresando sus características adecuadas para
nuestro provecho. Cuando nos acercamos a las cosas con el entendimiento
utilitario no captáis pues la propia dimensión espiritual, y en esa relación os
empobrecéis. Sólo a través del arte o de la meditación mística sois capaces de
revivir vuestra dimensión profunda. Y tanto os habéis contagiado del
conocimiento utilitario que hasta lo llegáis a emplear con las personas,
usándolas en vuestro interés y empobreciendo esa única ocasión de
experimentación total de vosotros mismos.
Y es
ahora el momento de que os hable del conocimiento espiritual, que al principio
de mi discurso os prometí abordar llegado el momento oportuno Y ese momento ha
llegado de la mano del conocimiento artístico, mítico, religioso, de los que
acabo de hablar y en los que he anticipado esta manera total de conocer. Cuando
os unís a las cosas con el conocimiento profundo, total de la persona, con el
espíritu, las descubrís en su realidad esencial, porque vuestra realidad es la
misma que la de las cosas y nada más natural para vosotros que reflejar esa
semejanza. Sois lo más evolucionado y complejo de vuestro planeta y venís de lo
más simple, poseyendo en vosotros todas las características de los seres que os
han antecedido, materia y vida. Por eso todo está en vosotros y conociéndoos, conocéis
el ser de todas las cosas sobre vuestro planeta.
LA CRISIS DE LA
CULTURA
Pero
vuestro lenguaje ordinario está lleno de falsas preguntas y equívocos, de
trampas para el conocimiento. Y vuestros últimos filósofos y pensadores se han
dado cuenta de manera tan radical de ello como para afirmar que el lenguaje es
la fuente de la mayor parte de los problemas planteados desde siempre en
Filosofía, y el origen de los malentendidos creados en ella, de tal forma que en un principio pensaron que el
análisis y la reflexión sobre el lenguaje eran las condiciones previas para un
correcto planteamiento de dichos problemas filosóficos. El análisis mostraría
que muchos de esos problemas son simplemente falsos problemas creados por el propio
lenguaje. El rechazo a la filosofía, que se remonta como os dije a su origen y
continúa en paralelo con su desarrollo, no estaría entonces causado por los
límites del propio conocimiento sino por los del lenguaje y las trampas que
este os tiende. Los analistas
del Lenguaje vieron inicialmente que la imposibilidad de la Metafísica para
alcanzar el conocimiento de lo real no estaba en la naturaleza inaprensible de
lo que se quiere conocer, sino en la naturaleza de lo que se podía expresar
mediante el lenguaje ordinario. Se sentían atrapados en el lenguaje como detrás
de una cristalera antigua, viendo fuera la luz y los difusos contornos pero no
percibiendo con claridad la realidad exterior. Habría pues que pelear contra el
lenguaje, trabajar en él y depurarlo hasta hacerlo completamente transparente.
Ello abría la esperanza al conocimiento y se pensó en un lenguaje ideal, un
lenguaje perfecto que fuera la traducción exacta de la naturaleza del mundo,
porque esperaban que había ciertamente algo más allá que era necesario develar,
identificar, y que esto era quizás la causa del origen de la filosofía y de su
continuo esfuerzo, que ocultaba un inconsciente deseo de querer superar los
límites del lenguaje ordinario.
Una vez más recordaré que
el lenguaje es vuestra herramienta adaptativa al mundo, como las garras y los
dientes son las del animal. En vosotros la naturaleza puso un cerebro
especialmente dotado de inteligencia para la lucha por la vida, y el lenguaje
fue el medio y la herramienta para ejercer esa inteligencia. Fue un instrumento
social, desarrollado en el grupo humano y evolucionado a lo largo de los
tiempos, pero siempre representando una visión particular del mundo, la
correspondiente a una cultura social determinada, y por tanto reflejándola en su
estructura. Cada lenguaje es un mundo en sí, y lo que puede expresarse con él
es ese mundo construido, que en una parte es cultura, en otra estructura social
y política. Y al pretender mirar con él la verdad de la naturaleza, se la ve a
través de esa particular cultura, de esa estructura política.
Y si volvéis los ojos a vuestra cultura Occidental, que
ha acabado por contagiar a todas las culturas debido al desarrollo económico
conseguido, imponiendo sus patrones de producción, consumo y ocio, veis que tras
ella está ese impulso racional que comenzó en los griegos y se tradujo en un
enorme desarrollo del pensamiento filosófico, y sobre todo de la Ciencia. La
racionalidad aplicada al mundo práctico acabó despertando grandes expectativas
en todas las esferas de la vida: en la técnica, en la productividad, en la
economía, en la estructura social, en la sanidad, en la ética, etc. Hace apenas
unos pocos siglos que vuestra sociedad empezó a dinamizarse con las
expectativas de los descubrimientos científicos modernos y la confianza
imparable en el progreso, y en las ideas de libertad, justicia y fraternidad
entre los hombres, es decir, en la racionalidad aplicada a lo social buscando
su armonía y equilibrio. A través de esta cultura habéis mirado lo real hasta
ahora, creando vuestro mundo pensado. Ha sido una intensa etapa repleta de
desarrollos, y el progreso ha alcanzado metas inimaginables en poquísimo
tiempo. El futuro parecía haber encontrado su sentido definitivo. Nacieron las
grandes ideologías, la fe en el conocimiento basado en la ciencia, la confianza
en una verdad universal. Y todo ello prometía el bienestar y la felicidad
futuras para la Humanidad.
Sin embargo, últimamente, vuestra misma racionalidad
empezaba a ver síntomas de degradación en vuestra cultura. Los avances
científicos y su aplicación técnica se estaban poniendo al servicio no de la
racionalidad común sino al de los grupos económicos o políticos dominantes, que
estaban soslayando esa racionalidad común en beneficio del propio poder y de su
crecimiento sin límites. El desarrollo económico y productivo, el consumo
exacerbado de bienes, estaban degradando el Planeta, exterminando los ambientes
naturales que aportaban equilibrio ambiental, esquilmando los recursos
primarios, contaminando la atmósfera y el ecosistema. La ambición económica de
los grupos dominantes estaba fomentando una cultura consumista sin sentido,
manipulando a la sociedad gracias a la publicidad e induciendo necesidades
ficticias, propagando mensajes conscientemente falsos que acababan
convirtiéndose en opinión aceptada, en cultura común. El individuo estaba
siendo manipulado y desposeído de su ser esencial, convertido en instrumento al
servicio de la producción orientada a un consumo innecesario. La ambición
política en determinados sistemas sociales absolutistas estaba también
manipulando al individuo al servicio de su egotismo político, convertido en
objetivo en sí mismo.
Respetando
aparentemente las formas liberales y democráticas, o las absolutistas y
socializadas, se estaban utilizando realmente al servicio del poder. La clase
política tenía una doble vida: la aparente al servicio del bien social, que
respetaba las formas racionales, y la real en la que todo valía para conservar
el poder, traicionando a la sociedad. Los sistemas socialistas han acabado
hundiéndose y los sistemas liberales han entrado en profunda crisis.
La racionalidad en fin,
origen de vuestra cultura occidental, está fracasando, no por sí misma ni por su posible esencia errónea sino por su
apropiación por el poder y su ejercicio sesgado al servicio del interés de los
grupos dominantes. El poder ha creado un mundo irracional usando la razón a su
servicio. El poder ha esclavizado a la Humanidad de manera escondida en una
medida infinitamente mayor que en los antiguos sistemas sociales basados
abiertamente en la fuerza, anteriores a la racionalidad moderna.
Y así habéis empezado a analizar ese uso corrompido de la
razón y los medios y herramientas que lo permiten. Y en la raíz de todo está el
propio lenguaje y su capacidad como herramienta para construir o representar
vuestro mundo. Puesto que el lenguaje no refleja con exactitud la realidad
objetiva, sino a través de la manera de ver de una sociedad y cultura
determinadas, las ideologías y discursos plasmados en él son meras
construcciones de esa sociedad y no tienen un valor universal. Las relaciones
entre estados y sus diferentes ideologías han dado lugar a interminables
conflictos y guerras, y la Historia, considerada como narración de los sucesos
de una colectividad, es otra construcción elaborada desde el poder político
bajo la cual se escribe. Pueden escribirse historias distintas para una misma
sociedad o para el mundo entero dependiendo de quien las escriba y de su manera
de interpretar los acontecimientos. El que no exista una historia única
equivale a hablar del fracaso de la Historia como descripción de la verdad de
los hechos sucedidos.
Los individuos nacen en una sociedad y dentro de una
Historia, y su manera de formarse y hacerse personas está contaminada por ese
discurso histórico y por la cultura correspondiente. Los valores, los gustos,
los entretenimientos, las maneras de expresarse y sentir y todo lo que les
rodea en esa cultura acaban condicionando fuertemente lo que llegan a ser. La
persona toma esos elementos del medio para definirse, para hacerse, y por lo
tanto se construye a su imagen y semejanza, aunque él mismo se sienta original
y único, completamente independiente. El yo, la manera de sentirse uno mismo,
se pone en entredicho, ya que podría decirse que ese yo ha sido elaborado
inconscientemente bajo el esquema constructivo social, o si queréis ser más
radicales, es un yo inducido por la sociedad.
En cuanto a la verdad de
los sucesos contemporáneos o información, está contaminada y condicionada
también por el poder y su capacidad de manipulación consciente de los medios de
comunicación. Los discursos habituales del poder a través de los medios
informativos acaban siendo aceptados por la sociedad como verdades
incuestionables, como la auténtica realidad. La capacidad manipuladora de la
televisión de vuestros días es tal, que se puede construir virtualmente una
guerra de grandes dimensiones seleccionando sucesos y escaramuzas aislados, es decir, se puede
realizar un guión ficticio y presentarlo como real al servicio de los intereses
políticos y económicos de un país.
En fin, vuestra cultura occidental ha entrado en una
profunda crisis generalizada y sus cimientos tiemblan ante el fracaso de sus
metas de progreso, libertad, paz y bienestar para todos. Toda una civilización
que comenzó con los griegos y el uso de la razón, está puesta en entredicho en
vuestros días.
Y en esta confusión estáis, desorientados, rechazando las
ideologías, los valores tradicionales, las verdades absolutas, la moral rígida
y unificadora, la educación, la información y hasta el uso correcto del
lenguaje. Es una época de incertidumbres, de ausencia de sentidos, de refugio
en lo banal y placentero, de atención a lo inmediato, a lo anecdótico y
concreto, de no exclusión de nada y búsqueda en ello de interés o placer. Lo
"correcto" ha dado paso al interés por lo diferente. Es una época de
cambio incesante, de búsqueda o evasión, de indefinición.
Y como factor común presente en esta actitud general, la
desconfianza en la verdad. La verdad es escurridiza, y fallan todos los
intentos del hombre en poseerla, tanto en la filosofía como en las teorías
científicas, en la política o la religión, en la información y hasta en la
autonomía del individuo. El propio concepto de verdad lo tenéis puesto en la
picota. Y os preguntáis si no será también esa idea de la verdad otra trampa
del lenguaje, otra pregunta mal hecha que encubre una necesidad diferente,
quizás el apaciguamiento de la ansiedad cognitiva que proviene de la
contradicción entre la intuición de la limitación del lenguaje para descubrir
la realidad y el esfuerzo inconsciente por descubrirla a través de él. O quizás
deberías preguntaros si esa tendencia incesante de preguntarse por todo pueda
ser, por el contrario, un condicionante biológico grabado en la estructura de
vuestra mente, un mecanismo de cognición heredado, propio de vuestra especie.
Psicología o biología. En cualquier caso este impulso actúa en vuestra cultura
occidental basada en la razón, es decir, en el lenguaje. En las culturas
orientales tradicionales ese deseo incesante de conocimiento se polariza por la
vía del espíritu, de la meditación intuitiva, del sentimiento religioso. Al
negarse la vía racional para acceder a la verdad en estas culturas, no existe
la sed de verdad racional, sino el camino de la perfección espiritual y la
búsqueda de la iluminación intuitiva.»
Arreytal se calló durante
largo tiempo. Parecía haber concluido el largo relato de la historia de la
Tierra, desde el origen hasta la época actual, y ahora se mostraba cansado, o
así me lo parecía a mí interiormente, aunque tal vez sólo estaba meditando la
forma de sus próximas palabras para expresar lo inexpresable en nuestro
lenguaje, después de todo lo dicho sobre él y sus deficiencias; o quizás
pensaba cómo plantear algo que contradiciendo nuestra actual desconfianza en la
verdad pudiera ser convincente.
UNA NUEVA RELIGIÓN
«Todo lo que os he contado
hasta ahora lo he hecho recurriendo a vuestra manera racional de entender las
cosas, a vuestro pensamiento que busca causas y explicaciones lógicas a los
sucesos. Y ello sin recurrir demasiado en profundidad a los conocimientos
acumulados por vuestros pensadores y científicos, pues he pretendido hablar
para todos a costa de no ser excesivamente riguroso. Además, como os he dicho,
las teorías científicas y el pensamiento van evolucionando, por lo que la
fidelidad absoluta a vuestro saber actual no tendría ningún sentido; sí lo
tiene vislumbrar lo que subyace en todo este discurso explicativo. No obstante,
os he explicado con cierto detalle cómo han ido apareciendo y evolucionando las
cosas, de lo más simple a lo más complejo. ¿Pero es así realmente como ha
sucedido, después de ver cómo vuestra lógica y manera de pensar han entrado en
crisis? ¿No habrá sido toda esta exposición una manera de acomodar lo sucedido
a vuestros esquemas mentales, de la misma manera que lo hacían los mitos de la
antigüedad, capaces también de explicarlo casi todo a las mentes de aquella
época?
Las cosas y los sucesos son más complejos de lo que
pensáis, y a veces os encontráis, incluso hoy, con sucesos contradictorios que
escapan a vuestras interpretaciones lógicas, o fenómenos que sois incapaces de
prever.
Sumidos en vuestras incertidumbres generalizadas, en las
dudas sobre lo que subyace en el lenguaje por debajo de la pretendida verdad,
deberéis invocar al sentido profundo humano que os llega desde el origen.
Deberéis remontar el río hasta el primer acto humano: la construcción de la
herramienta. La herramienta primitiva era ya vuestra respuesta al problema de
la verdad. Era la primera rebelión contra las limitaciones de vuestra
naturaleza. Con la herramienta os subisteis por encima de los condicionamientos
del Planeta y empezasteis un camino que os fue haciendo independientes de su
tiranía. Empezasteis a conquistar vuestra libertad. Y ahí estáis, dándoos
cuenta de que vuestro destino os pertenece, a pesar de seguir incluidos en la
materia planetaria y su escenario, al que vais modificando alrededor para
facilitaros la vida. Y sospecháis que todas las preguntas sobre la verdad del
fenómeno que os envuelve, todo el esfuerzo y la avidez por conocer la verdad,
encierran realmente la voluntad de ser libres, de construir el Mundo a vuestra
manera, de humanizar el Planeta. Sois sus herederos aunque os transcienda en
dimensión. No se trata ya de conocer, postura de sumisión todavía ante la
realidad que trasciende, sino de creación humanizante en el planeta en el que
habéis surgido. Vuestro planeta se humaniza y se hace consciente y libre con
vosotros. Formáis un todo con él, es vuestro soporte lo mismo que vuestra
conciencia se encuentra soportada en vuestro cuerpo. Sois creadores de vosotros
mismos, dándoos cuenta, y no estando a merced de los acontecimientos como en
las primeras etapas de vuestra evolución. Pero todavía esta voluntad de
autocreación está sometida a demasiados errores, a demasiada voluntad ingenua
heredada de los éxitos iniciales de vuestro conocimiento racional. Aunque ya os
dais cuenta de que las cosas son mucho más complejas, de que todo está tejido y
entrelazado de manera compleja y no es posible actuar sólo a fuerza de querer
transformar la realidad, lo cual os viene sumiendo en esta crisis profunda del
conocimiento. Tenéis que escuchar el lenguaje del mundo, tenéis que descubrir
una nueva manera de conocer.
Vuestro pensamiento actual es muy simple, se basa en este
esquema: -Deseo una cosa. -Sé cómo conseguirla o construirla. -Hago el esfuerzo
necesario venciendo las resistencias del entorno, y ya la tengo.
Pero
habéis ignorado el alcance y significado de las interconexiones del entorno,
habéis producido una deformación transitoria en él desplazándolo de su equilibrio,
y siempre estará ejerciendo presión para recuperarlo, lo que os obliga a un
continuo esfuerzo para mantener ese desequilibrio provocado. Así fracasan antes
o después los proyectos voluntariosos, así se hunden con el tiempo las
sociedades y los imperios, así surgen las guerras, la miseria marginal, las
desigualdades mantenidas entre la sociedad humana. Así irrumpen las
revoluciones violentas y así se malgasta la energía humana cuando se quiere
actuar sólo en una parcela del mundo para configurarlo a voluntad.
El verdadero conocimiento es el de la totalidad. La
verdadera creación es la de un nuevo equilibrio de la totalidad. Y ése no se
puede imponer, no se puede planificar. Hay que dejarlo que surja después de
poner juntas a las partes. Hay que construir acercando las partes de la
totalidad para que interactúen según sus propias tendencias y necesidades. Y
esto es un proceso lento, de evolución y autoensamblaje, en el que puede
aparecer un orden nuevo o no aparecer si la complejidad no encuentra su camino.
Ha llegado ya el tiempo para vosotros de que os olvidéis
del deseo y la voluntariedad, del esfuerzo titánico y la violencia, física o
mental. Ha llegado el tiempo de la renuncia y la habilidad, de la pasión por
encontrar, mejor que por imponer, de dejar construirse las cosas limitando
vuestra creación a ponerlas juntas permitiendo que manifiesten sus tendencias y
afinidades. Ese es el conocimiento, contemplar la formación de los equilibrios,
inducirlos o contribuir a que se formen. No es hacer, sino dejar hacerse. Dejar
que se cree el mundo siendo a la vez parte y contemplador consciente. La
complejidad os supera, nos supera a todos, el mundo se crea solo y el Hombre no
es el creador sino su conciencia. Estáis sometidos al nivel superior de lo
Complejo, que sin embargo os deja libertad para equivocaros, porque ese nivel
no es un Dios sino la esencia del fenómeno, la propiedad de asociación entre sí
de lo complejo que se decanta a veces en estructuras en equilibrio que
perduran. Y en eso consiste vuestro conocimiento futuro, en sintonizar con el
movimiento de lo complejo para acercar o alejar sus partes según a donde os
lleve; promover equilibrios humanizantes o evitar equilibrios retrógrados.
Porque vuestro papel es simplemente el sustituir al azar como autor del
movimiento de las cosas para que entren en reacción, promoviendo interacciones
adecuadas para acortar los procesos de autocreación.
La realidad desplegada en un momento insinúa polos de
atracción estructurales, posibles equilibrios en los que se decanta un nivel de
existencia superior, más rico, más seguro para todas las partes. Descubrir esos
polos “atractores” es la tarea del conocimiento futuro. A veces los atractores
apuntan a la instauración de algo completamente nuevo e insospechado, que siempre
ha de resultar atractivo para las partes. Aventurarse hacia ello es contemplar
en toda su dimensión el acto de la creación.
Igual que la naturaleza ha ido
creando, auxiliada por el azar y los milenios, todas las complejas formas de
vida hasta vosotros, sois vosotros ahora los que sustituyendo al azar iréis
ayudando a construirse el Mundo a vuestra imagen primero, y luego a vosotros
mismos según vayan desvelándose las posibilidades del ser. Seréis conciencia
del fenómeno de humanización e ingenieros que manejan parcialmente, con
respeto, procesos poderosos que les superan. Y por eso, profundamente
responsables. Si fracasáis será por fallo de vuestra manera de conocimiento.
Si contempláis el derroche de vida y conciencia
dispersada en especies y en individuos humanos que el azar y las eras
planetarias han ido acumulando en vuestro planeta, os daréis cuenta de hasta
qué punto el azar ha sido el indolente ingeniero. Las vidas individuales se
renuevan, nacen y mueren en infinita sucesión, y se pierden las conciencias
milagrosamente desarrolladas en cada existencia individual. Se pierden tantas y
tantas formas humanas únicas y geniales que a nivel del individuo la vida os
parece insustancial y dramática. Sólo la cultura acumulada se va conservando
como un hecho del espíritu del hombre, aunque mueren también, completamente,
muchas culturas. Esa ha sido la marcha de vuestro mundo hasta hoy: la
proliferación incontrolada de la vida natural. En adelante será un jardín
cultivado, más que una selva, lo que se vaya desarrollando sobre la Tierra,
donde ya casi nada será superfluo. El espíritu está creciendo en vosotros en
forma de conocimiento, de respeto y veneración por el ser que se va creando; y
de amor a la vez, ya que participáis en esa creación.
El espíritu del hombre crece todavía sobre una base de
materia viva, y deja su código en la cultura para que lo hereden las nuevas
generaciones. Espíritu vivo y código del espíritu, eso es el hombre y su
cultura respectivamente.
Pero no sois la única forma del espíritu en el Cosmos.
Acontecéis en un rincón del Universo, pero el Universo está sembrado por todas
partes de semillas de espíritu de muy diversas formas, una de las cuales soy
yo, mi sociedad estelar.
LOS SERES DE LAS ESTRELLAS
Creo que ha llegado el
momento de hablaros algo de mí, de los seres de las estrellas.
No todas las estrellas
albergan seres espirituales, sino poquísimas, lo mismo que son poquísimos los
planetas con vida, y menos aún los que albergan vida inteligente. Igual de raro
y casi milagroso que resulta que la materia se organice de manera compleja para
crear un ser vivo, es que lo haga la energía de las estrellas. Diferentes
estructuras energéticas, en circunstancias muy especiales, se acoplan y
decantan formando una estructura compleja que desarrolla inteligencia,
capacidad de almacenar información de lo que le rodea y conocerlo a la vez que
conoce su propia existencia, es decir siendo consciente de sí y de lo exterior
a sí.
Evidentemente
nuestras posibilidades para desplazarnos por el espacio y nuestra vida están en
una dimensión incomparable a la vuestra, y lo mismo nuestra capacidad de
conocimiento. Nuestra vida dura una inmensidad comparada a la vuestra, aunque
finalmente nuestra estructura se desacopla lentamente también y acabamos
cediendo nuestra energía en forma de luz a la Estrella, lo mismo que vosotros
dejáis al morir vuestra materia sobre el Planeta.
Nuestra cultura es inmensa
y tiene proyección cósmica, pues para nosotros viajar
por las estrellas es tarea habitual a pesar de las enormes distancias del
Cosmos, que sigue siendo ignoto en muchas de sus partes todavía para nosotros.
Poseemos un grado muy elevado de conocimiento sobre el ser, sobre el fenómeno
cósmico y su proceso, aunque no podemos influir en él apenas, sino
contemplarlo. Una de las actividades importantes de nuestra sociedad es la
exploración cósmica, que es a lo que yo he dedicado mi vida. Nuestra cultura
está involucrada en el descubrimiento de centros inteligentes y en el trazado
de un mapa cósmico de conciencia. Hemos contactado con un centenar de estrellas
con existencia inteligente y otros tantos planetas vivos. Con las estrellas más
próximas estamos desarrollando un proceso de intercambio del conocimiento y
estableciendo las bases de una sociedad estelar única. Pero desconocemos si
entre las galaxias lejanas estas sociedades existen ya y en qué grado de
evolución.
Como veis, también nosotros estamos
empezando el camino y desconocemos si existen otras formas de inteligencia
superiores, o de diferente estructura a la nuestra y a la vuestra. Tampoco
conocemos vuestras posibilidades futuras, las posibilidades de las sociedades
de base vital orgánica, y las que conocemos están por debajo de la vuestra o
discretamente por encima. Aunque como os digo, sólo conocemos una parte ínfima
del Cosmos.
Pero no he llegado hasta vosotros
para hablar de mí, ni siquiera para comunicarme con vosotros. No es esa mi
tarea, sino cartografiar el Cosmos próximo. El haberos hablado ha sido una
debilidad de este ser mío ya anciano que va agotando su existencia y se llena
de ternura hacia los seres pequeños. Pronto llegará la hora de regresar a mi
estrella y cederle mi luz. Además, como os he dicho, yo no debo, no puedo
intervenir en vuestro proceso, sino dejar que tenga lugar, porque la
inteligencia y el espíritu se construyen por sí mismos y se ayudan desde
dentro. No es posible la creación externa. Sólo os he hablado de algo que ya alienta en
vosotros, iluminando un poco vuestro propio conocimiento.»
LAS PREGUNTAS FINALES
Arreytal se
calló, y esta vez parecía definitivo su silencio. Temí que se desvaneciera su
presencia para siempre y me apresuré a preguntarle:
- ¿Pero tenemos futuro en este
planeta, no acabaremos destruyéndonos? ¿ Hasta dónde llegaremos?
«A pesar de vuestras crisis, el
espíritu está creciendo en vosotros, pero nadie puede decir hasta donde
llegaréis, si hasta nuestro nivel de conocimiento actual o más allá. Como os he
dicho, yo también estoy limitado en complejidad y no puedo ver claramente vuestro
futuro. Esa es la incógnita del proceso de autocreación del ser, el dinamismo
que lo mueve todo desde dentro. Sí os puedo asegurar que vuestro futuro se
mueve hacia el espíritu; esa es la fuerza que os llevará por el camino de la
complejidad. Camino de respeto y veneración a lo existente y a lo desconocido
por venir, al proceso de creación cósmico. Amor al ser que busca su máxima
dimensión en un proceso imparable de ascensión de lo complejo en equilibrio. Esa debe ser vuestra nueva religión, la
que os dará alas y energía en la contemplación y construcción del ser.
Construcción continua en la que debéis estar comprometidos de manera
responsable e inteligente. Contemplación extasiada en la realidad presente,
incluso aunque estéis, como ahora, en una época de crisis que muestra las
entrañas del caos. Porque es un caos que se mueve buscando un nuevo orden en
equilibrio. Es el ser existiendo el que se os ofrece, siempre en movimiento,
siempre vivo.»
Estaba notando que su ser se diluía, que salía de mí, que
lo iba a perder definitivamente, y le
disparé la pregunta por excelencia, la que a todos nos angustia:
- ¿Y aunque el Hombre tenga futuro en la Tierra, qué
pasará con cada uno de nosotros, qué ha pasado con todos los hombres que nos
han precedido?
«Ah, siempre os dejáis
atrapar en la red de vuestro pensamiento racional, siempre andáis preocupados
con vuestra muerte y desaparición, siempre estáis presos en el concepto de
tiempo. Cuando yo descubrí vuestra estrella, la vi encenderse durante una
"hora" de mi vida, pero para vosotros ese tiempo es inmenso pues
vuestro ciclo vital es muy rápido. Os conté entonces que para observar en
detalle todo el proceso había cambiado mi escala perceptiva del tiempo a otra
distinta de la habitual. También dije que había usado un pasadizo de tiempo
para emerger en el origen de la Tierra y contemplar su evolución. Deberéis
hacer una reflexión profunda sobre la idea de tiempo para serenar vuestro
espíritu. Vuestra mente racional ha elevado el tiempo a la categoría de cualidad
del ser. Es decir, para vosotros el tiempo “existe”. Pero en la génesis
racional de este concepto ya vimos cómo se partía de una predisposición innata
biológica, una adaptación cognitiva del cerebro del hombre que resultó muy
eficaz para su supervivencia. Por ello, esta cualidad adaptativa es sólo una
herramienta de orientación, un sentido evolucionado muy útil para desenvolverse
en el medio, pero nunca una propiedad de los fenómenos. La única característica
de los fenómenos es que se desarrollan, que son el movimiento de algo que
existe evolucionando desde un estado a otro, o permaneciendo en equilibrio
dinámico, es decir, moviéndose por dentro y conservando una forma exterior o
nivel organizado de existencia permanente. Pasado, presente y futuro son sólo maneras
vuestras de apresar el fluir de los fenómenos; son sólo formas vuestras de
conciencia, ancladas al propio transcurrir vital, ancladas a vuestro propio
fenómeno. Si vuestro ritmo vital fuera lentísimo, si fueseis capaces solamente
de percibir un sensación visual cada día, veríais crecer la hierba, pero no
veríais encenderse una cerilla.
Tenéis una memoria del momento, la retención simultánea
de un grupo de sensaciones que conforman un momento de conciencia, aunque en sí
mismas estas percepciones no sean simultáneas, pero que os permiten la
orientación en el fluir de los fenómenos. Un momento de conciencia da paso a
otro momento y se borra la memoria temporal, deja de latir en presente y pasa
al recuerdo, es decir, a otro tipo de memoria que puede recuperarse, pero que
tiene la etiqueta de momento ya vivido. Todo eso es a lo que llamáis presente y
pasado. Pero presente y pasado existen sólo en vosotros, en vuestra forma de
conocer o reflejar los fenómenos. Porque los fenómenos en sí mismos no tienen presente
ni pasado, sino que son un todo indiscontínuo. Sois vosotros los que
establecéis un presente y pasado en ellos dada la imposibilidad que tenéis de
mantener en la conciencia todo el proceso.
Contempláis el instante de encenderse una cerilla como un
todo, pero el fenómeno conlleva una
serie de estados y un desarrollo muy complejo, que sin embargo no percibís en
detalle. Un ser excepcional, situado fuera del Universo, con una existencia más
larga que la suya, sería capaz de verlo encenderse y desarrollarse en un
instante, de asistir al acto completo de su creación.
Pero todo lo anterior es sólo una manera de intentar
explicaros las cosas en base a vuestros esquemas mentales. Porque en realidad
tendríamos que hablar no de percepciones a un cierto ritmo, ni de vidas más o
menos largas, sino de la conciencia completa de un fenómeno. Una conciencia que
refleje a la vez el fenómeno en todos sus estados, desde el principio hasta el
fin. Si esa conciencia fuera posible, incluiría vuestra conciencia, incluiría vuestro
espíritu desde el nacimiento hasta la muerte.»
-¿Pero el final del Universo en qué consistiría?¿Y dónde
estaría esa conciencia que mantuviera presente todo el fenómeno?- me apresuré a
preguntar para que no concluyera todavía.
«Ya sé que os va a resultar imposible de entender esto
que sigue, porque vuestra conciencia no está suficientemente desarrollada, y
todo lo que os pueda decir con vuestras palabras no dejará de sumiros en la
confusión, ya que vuestro conocimiento y vuestras palabras, que son lo mismo,
resultan inadecuados todavía para percibir la realidad trascendente. También
nosotros, en nuestro lenguaje, estamos lejos todavía de poder expresar esa
verdad, aunque la intuimos. Haced, sin embargo, el esfuerzo de imaginar el
despliegue instantáneo del Universo desde el origen hasta hoy, y que una
conciencia es capaz de contemplarlo entero. Un ejemplo ayudará vuestra
imaginación. Pensad en un ser que habita en vuestro medio de tres dimensiones,
pero que sus sentidos y su conciencia sólo perciben dos. Al ascender por un
árbol sólo sería consciente de una sección horizontal del mismo, y enseguida
dejaría esa percepción en el memoria
para captar la siguiente sección. Al final, al llegar a la copa, tendría
en el recuerdo toda la estructura del árbol, como una sucesión de imagenes de
su ascensión, pero en ningún momento habría sido capaz de percibirlo a la vez
por entero. Lo habría ido descubriendo por etapas, pero nunca en un solo acto
de percepción como lo haría un ser consciente en las tres dimensiones. Pensad
ahora en un ser que existe en cuatro dimensiones, pero sólo es consciente
inmediatamente de tres. Ese ser es semejante a vosotros. Al moverse por esa
cuarta dimensión, a la que por cierto llamáis tiempo, sólo percibe cada vez las
otras tres dimensiones y almacena en la memoria lo que ve y experimenta en su
movimiento por la cuarta. En realidad esa cuarta dimensión es el cambio, el
despliegue y evolución del Universo en su totalidad y detalle. Pues bien, un
ser con conciencia en las cuatro dimensiones “vería” a la vez todo el proceso,
lo cual sólo quiere decir que sería a la vez consciente de todo el proceso, del
principio hasta el “fin”. Pero recordad que el desarrollo del Universo supone
la ascensión imparable de la complejidad y la conciencia, por lo que el “fin”
del proceso tiene que consistir en ese mismo estado de conciencia total en
equilibrio que refleja a la vez todo el proceso. Y esa conciencia final incluye
la vuestra, os incluye.
Algo semejante a esto es
como vemos nosotros el fenómeno, pero no exactamente así. No es fácil
expresarlo mejor con vuestros conceptos.»
Ciertamente se instaló dentro de mi
un caos de luz y tinieblas. Se abrió un abismo insondable que reclamaba mil
respuestas y no acertaba ni siquiera a hacer las preguntas... Sólo fui capaz de
decir:
-¿Y ese final es Dios?
Por
primera vez vi que sonreía abiertamente y hasta creí descubrir una mirada llena
de afecto y condescendencia, como si fuese indulgente con nuestras dificultades
y nuestro mundo mental; aunque quizás estaba simplemente despidiéndose. En vano
esperé sus palabras. Sentí que ya no estaba. El vacío de su presencia seguía
latiendo en el espacio abandonado. Arreytal se había ido y ya no volvería.
Quizás haya muerto ya mientras escribo esta historia de su visita. Quizás su
conciencia se haya disuelto en la luz de alguna galaxia lejana que ni siquiera
alcanzamos a ver. Su ser formado por campos acoplados de energía se habrá
desestructurado exhalando un suspiro final en forma de luz. Es posible que entonces su ser “terminado” haya
quedado incorporado en esa conciencia total de la que hablaba. Pero en cualquier caso, antes de morir habrá
transmitido los descubrimientos del viaje a su civilización estelar. Allá lejos
se sabrá de nosotros, otro mundo más surgido de un planeta, otro punto de
inteligencia creciendo por sí mismo rápidamente, desperdigado en un Cosmos
inmenso sembrado de conciencia.